Nada.
No importa cuanto lo intente. Jamás se va a dejar de sentir así. Cómo si no hubiera nada que perder. Cómo si la idea de no existir de repente fuera la más atractiva.
No dejo de pensar en épocas más fáciles y a la vez me pregunto, ¿las tuve?. Es difícil de decir cuando todo lo que puedo recordar es dolor, humillación y culpa. Los tres pilares fundamentales de mi vida. La forma en la que está regida mi rutina. Cuando los pensamientos oscuros se apoderan de mi, me sostengo de las cosas que me hacían felices. De momentos que puedo oler y sentir en la piel. Cómo las noches de verano en las que papá me llevaba a comprar helado de agua por las noches. Casi que puedo sentir los grillos y el repiqueteo de las ojotas. El olor a pasto recién cortado y el calor en el cuerpo. La sensación de paz y normalidad que me producía hacer algo tan mundano. Esos recuerdos son los que me hacen seguir. Porque anhelo sentir esa normalidad. Anhelo sentir el mundo a mi alrededor. Ser protagonista de él y no estar viéndolo desde las últimas filas, porque ese, ese mis amigos, es un lugar solitario.
Y no me dejen morir. Porque siento que todo me marchita de a poco. Y perdón si no cumplo lo que dije alguna vez. Perdón si no puedo intentarlo. No es que no lo quiera, es que no le encuentro sentido. Y por favor duerman bien si me voy. No hay nada en este mundo que me haga tomar una decisión incorrecta. Porque a veces creo que soy un alma libre, no importa cuan influenciable fui. Cuan maltratada quedé. No importa el estar mansillada. Nada me ata. Nada frena mis ganas de más. Nada me sorprende y ese es el problema. No hay nada que me haga sentir viva. No hay nada que puedan darme que me de ganas de seguir. No hay nada que sea extraordinario. Nada.













