¿Es efectivo el activismo de Femen?
Femen ataca de nuevo. Vuelve a sus pantallas la joven aguerrida contra corbatudos, que forcejea y grita puño en alto.
Conozca la valentía de esa chica. Sé lo que es estar en situaciones así, y siento su tensión antes de lanzarse al ruedo, las ganas de salir corriendo, el desvanecimiento de todo lo que no sea el objetivo. Y además, sola. Olé.
Pero de repente me siento cuñado, y siento vergüenza ajena.
La protesta esta vez no es un señor corbatudo del FMI, ni Rouco Varela, ni ha entrado en una conferencia de tal, ni forcejea con nosecuántos seguratas. Esta vez el objetivo es un muñeco de cera, y quien la trata de expulsar es el responsable del museo, un sitio sin ninguna significancia política ni patriarcal en especial.
Ello me hace pensar en el activismo de nuevo.
Femen siempre me han resultado demasiado agresivas, pero respeto su labor. Prefiero el humor y la ironía en el activismo, pero pronto pienso en las sufragistas, mucho más violentas que Femen, y que sin embargo lograron su objetivo. ¿Es preferible un activismo agresivo? Hay deferencias fundamentales entre Femen y las sufragistas, claro. Primero, son épocas distintas: la Europa de las sufragistas estaba al filo de dos guerras masivas, y la violencia estaba mucho más a la orden del día, especialmente la ejercida por el estado. Pero, mucho más importante que eso, tenían un mensaje claro, “Votes for women”, y también a quién dirigirlo, el Gobierno. El mensaje era entendible para cuñados, que podían oponerse a él o no.
Hoy todo está mucho más diluido.
“¡Coge al patriarcado por los huevos!” gritaba la activista en el Museo de Cera. “Coger por los huevos” es una expresión agresiva en sí, que entendemos como “enfréntate a él” o, “no le dejes respirar”. Si un mensaje es agresivo, “la otra parte” se va a poner automáticamente a la defensiva. Además, a diferencia del mensaje se las sufragistas, este eslogan no reclama algo para sí, sino que quiere un perjuicio para el otro. Por ello, esta acción de Femen es equiparable a cuando la carcundia se manifestaba contra el matrimonio gay: no era para reclamar un derecho, era para quitárselo a los demás. No estoy hablando de qué creo que está bien y qué mal, sólo estoy interpretando el impulso intrínseco de cada colectivo. La Gente Entrañable que se manifestaba contra el matrimonio gay tenía en sí razones tan poderosas para hacerlo (mandato divino, ni más ni menos) como las puede tener una feminista. A menudo el desprecio a esas razones ajenas nos impide ver que son poderosas, genuinas, y no tienen por qué estar malintencionadas: en este caso, pecado mortal, con infierno y todo eso. Cosa seria. En resumen, el cuñado que ve esta acción de Femen en su feed interpreta que esas tipas van contra él.
Y luego está el concepto de “patriarcado”, que es aún peor.
Podrá pensarse que el cuñado, al sentirse atacado, se siente patriarcado, y por tanto va a cambiar. Error. Usted, estudiosa feminista, sabe muy bien qué es el patriarcado, sus implicaciones a todos los niveles, las sutiles formas que opera en cada relación interpersonal, como ahora yo, que estoy haciendo mansplainning y me tendría que callar, pero para el cuñado es un concepto nebuloso al que no logra dar forma. Además, nadie quiere formar parte de un colectivo cuyas connotaciones son claramente negativas. Ni les es muy complicado escabullirse, de todos modos, porque el término es extremadamente impersonal. No es el Gobierno de las sufragistas, es un conjunto de hombre y mujeres, de Pueblo, que además son majos (Gente Entrañable), corcho. Cuñados, pero majos.
Y ojo, que hablo de feminismo, como podría hablar de cualquier otra forma de activismo.
Ese tipo de problemas son los que sufre el activismo de hoy. Suele quedarse muy en la superficie (manifestaciones, performances), o es demasiado agresivo (escraches antideshaucios, o el caso que nos ocupa). En muchas ocasiones el enemigo está difuminado (capital, patriarcado), en otras ya está obsoleto (Iglesia) y en otras ni siquiera se menciona (“nos manipulan”). Ahí está la dificultad de aterrizar bien un mensaje, cosa complicada en esta época en la que no hay un poder visible y centralizado al que atacar. “Con Franco estábamos mejor” podemos decir, y no nos faltará razón: había cosas claras que cambiar, y había a quien reclamárselas. Claro que las tortas que nos daban también estaban mejor.
La cuestión es que la acción directa sirve cuando va dirigida a un poderoso, y no cuando va dirigida al Pueblo.
Por eso tenemos que valernos del arte que realmente logra dirigir a la masa, y éste no es otro que la publicidad. Una herramienta tan efectiva que, sin ir más lejos, ha logrado asociar felicidad, juventud y diversión a la Coca-Cola, una cosa que lo único que causa de verdad es diabetes. El ultrarracionalismo llama “valor-grasa” a esas propiedades que atribuimos a un producto, y que hacemos nuestras al consumirlo. Así, el valor-grasa de la acción de Femen es agresividad y negatividad, el valor grasa del Cola-Cao es energía y diversión. Las batallas modernas consisten, por tanto, en comunicar el valor-grasa más efectivo al mayor número de personas posible y el mayor número de veces. Y ahí Coca-Cola gana y Femen pierde. Para inclinar la balanza a nuestro favor tenemos que jugar en la esfera de la comunicación y el valor-grasa, es decir, asociar mensajes simples y directos a nuestra idea, y venderla a través de ellos. Y, ya que no podemos disponer de presupuestos millonarios para colar un anuncio en televisión, nuestra arma es la guerrilla y el activismo.
Por eso digo: activistas, cuñadizad vuestro mensaje.