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@dontcryengel
Que el silencio te susurre mi nombre
A veces quisiera que todo me diera igual.
No porque no me importe nada, sino porque estoy cansada de que todo me importe demasiado.
De sentir todo tan fuerte. De darle vueltas a las cosas. De llevarme palabras a la cama y quedarme pensando en ellas durante horas. De hacerme la fuerte durante el día y desarmarme cuando estoy sola.
Ya bastante tengo con mi propia cabeza
Hay días en los que me cuesta hasta conmigo misma. Días en los que no tengo ganas de hablar con nadie, ni de salir, ni de hacer absolutamente nada, y aun así hago el esfuerzo de seguir funcionando como si no pasara nada.
Y después llego a casa y me encuentro con lo mismo.
Una familia que sabe convivir conmigo, pero que muchas veces no sabe verme.
Y eso es una mierda.
Porque no necesito que nadie me trate con cuidado todo el tiempo. Sé que todos tienen sus problemas, sus días de mierda, sus propias cosas. Yo también las tengo.
Pero hay una diferencia entre entender que todos están lidiando con algo y acostumbrarse a que conmigo se puede descargar cualquier cosa.
Estoy cansada de los malos tratos disfrazados de carácter. De los insultos que después pretenden que olvide. De los reproches que se acumulan. De sentir que tengo que medir cada palabra para no terminar siendo el blanco de alguien.
Y mientras tanto, yo también estoy peleando mis propias batallas.
Solo que las mías no hacen ruido.
No se ven.
No tienen una herida que puedas señalar con el dedo y decir “ahí está el problema”.
Entonces sigo.
Hago lo que tengo que hacer. Contesto cuando puedo. Sonrío cuando hace falta. Trabajo. Convivo. Me río incluso. Y supongo que desde afuera parece que estoy bien.
Quizás ese sea el problema
Que aprendí demasiado bien a esconder cuando no lo estoy.
Y después me pregunto qué pasaría si un día simplemente dejara de hacerlo.
Si dejara de fingir.
Si dejara de intentar que todo esté bien.
Si dejara de ser la que aguanta.
No sé si alguien se daría cuenta o si simplemente habría menos ruido en la casa.
Y esa idea me parte.
Porque por más enojada que esté, por más decepcionada que me sienta, por más veces que haya pensado “me quiero ir de acá”, hay una parte de mí que sigue esperando algo tan básico que hasta me da vergüenza admitirlo: sentirme querida sin tener que ganármelo.
Sentir que puedo estar mal sin convertirme en una carga.
Poder llegar a casa y no sentir que tengo que protegerme también de las personas que viven conmigo
Quizás por eso estoy tan cansada.
No de vivir.
De tener que vivir siempre a la defensiva.
De sentir que tengo que poder con todo porque nadie va a hacerlo por mí.
Y no sé cuánto tiempo más voy a poder convencerme de que no necesito nada de nadie.
Porque la verdad es que sí necesito.
Necesito cariño.
Necesito paciencia.
Necesito que alguna vez alguien me mire sin estar buscando qué hice mal.
Necesito sentir, aunque sea por un rato, que no tengo que ser fuerte.
Y me da una bronca enorme necesitarlo justamente de las personas de las que más veces aprendí a no esperar nada.
Otra noche de cumpleaños.
Y, como casi todas las noches importantes, termina igual: en silencio.
Hoy me tocó comer una porción de torta sin nadie sentado enfrente. Sin risas, sin abrazos, sin esa sensación de pertenecer a algún lugar. Qué irónico que exista un día para celebrar que naciste cuando hace tanto tiempo vivir se siente más como una obligación que como un regalo.
Dormí gran parte del día. No porque quisiera descansar, sino porque mientras duermo mi cabeza deja de pelear conmigo por un rato. Porque despierta siempre encuentra la forma de recordarme todo lo que me falta. Todo lo que nunca tuve.
Es el día que me obliga a mirar de frente una realidad de la que el resto del año intento escapar: nunca supe lo que era sentirse en casa. Nunca supe lo que era tener un hogar en el sentido más profundo de la palabra. Ese lugar donde alguien te espera, donde tu ausencia pesa, donde tu presencia alcanza.
Y cuando no conocés eso, los cumpleaños dejan de ser una celebración para convertirse en un recordatorio.
Un recordatorio de todos los lugares donde no pertenecés.
De todas las veces que te sentiste de más.
De todas las mesas donde sobró una silla para vos, aunque estuvieras sentada.
Hay personas que cumplen años rodeadas de gente. Yo los cumplo rodeada de recuerdos, de silencios y de preguntas que nunca encuentran respuesta.
A veces siento que llevo tanto tiempo sobreviviendo que me olvidé cómo se siente vivir de verdad. Como si mi cuerpo siguiera avanzando por costumbre mientras mi alma se hubiera quedado esperando un hogar que nunca llegó.
Y lo más triste es que no extraño algo que perdí.
Extraño algo que nunca tuve.
Comieron hoy?
?
No sé si alguna vez voy a poder explicarte todo esto de la manera correcta, porque ni yo termino de entender la intensidad con la que te siento. Pero necesito que sepas que para mí esto nunca fue algo pasajero, ni superficial, ni fácil de controlar.
Creo que desde mucho antes de que algo pasara entre nosotros, ya había una parte de mí que te había elegido. Y no desde la lógica, porque si fuera por lógica probablemente habría intentado sentir menos, cuidarme más o no involucrarme tanto. Pero con vos nunca pude sentir a medias.
Y ahora que esto es real, ahora que puedo compartir tiempo con vos, tener tus besos, mirarte de cerca y saber que de verdad estás acá conmigo, hay días en los que todavía no puedo creerlo. Porque durante muchísimo tiempo te sentí imposible. Como esas cosas que una desea en silencio sabiendo que probablemente nunca las va a tener.
Por eso también tengo tanto miedo. Porque cuando pasás demasiado tiempo imaginando algo, idealizándolo, deseándolo desde lejos… y un día finalmente lo tenés enfrente, aparece el terror de perderlo. O peor todavía: de perderte a vos misma dentro de todo eso.
Y sí, hay muchas cosas que me generan inseguridades. Hay momentos en los que me pregunto si estoy sintiendo demasiado, si me estoy tirando al vacío con los ojos cerrados, si estoy poniendo partes demasiado sensibles de mí en manos de alguien que ni siquiera entiende el peso que tienen. Porque creo que vos todavía no dimensionás todo lo que provocás en mí.
Me da miedo encariñarme de esta manera. Me da miedo acostumbrarme a vos, a tu presencia, a tus besos, a cómo me siento cuando estoy cerca tuyo. Porque cuando alguien logra convertirse en un lugar seguro para vos, también se convierte en alguien con el poder de destruirte un poco si un día decide irse.
Y aun así, sigo acá. Y eso es lo más contradictorio de todo. Porque mi cabeza vive intentando protegerme, diciéndome que baje la intensidad, que no sienta tanto, que no entregue tanto de mí. Pero después aparecés vos… y todo eso pierde fuerza.
Vos llegaste a tocar partes mías que pensé que iban a quedarse dormidas para siempre. Me devolviste una ilusión que yo ya había aprendido a esconder para no salir lastimada. Y eso es algo enorme, aunque tal vez desde afuera no se note.
A veces quisiera poder explicarte esto de una forma más tranquila, más simple, menos emocional. Pero la verdad es que vos me hiciste sentir cosas que nunca fueron simples. Vos me desordenaste por completo la forma de sentir, de pensar y hasta de verme a mí misma.
Y quizá lo más sincero que puedo decirte es esto: me asusta muchísimo todo lo que siento por vos. Porque cuando alguien llega tan profundo, ya no existe manera de salir intacta.
Pero incluso con todo ese miedo, con todas mis dudas y mis inseguridades, hay algo dentro mío que nunca cambió.
Yo siempre supe que eras vos.
Unas ganas de que seas sólo mío.
Desde que tengo memoria vivo atrapada en la misma sensación: un vacío que nadie ve, una tristeza que no se va.
Aprendí a disfrazarla, a fingir normalidad, a sonreír cuando hay que sonreír, a no preocupar a nadie. Pero por dentro estoy rota.
Intento integrarme, participar, ser parte del mundo, pero todo sigue su curso y yo sigo quedándome atrás.
Cada gesto, cada palabra, cada intento de conectar se siente como un esfuerzo inútil. La soledad me acompaña incluso en medio de gente, incluso cuando fingo que todo está bien.
Me cansa esta rutina de sentirme aplastada por algo que parece no tener nombre ni salida. Me cansa tener que levantarme cada día sabiendo que voy a enfrentar la misma sensación de vacío.
Me canso de fingir que estoy bien, de aparentar fuerza, de que nadie note que estoy desmoronándome por dentro.
Y entonces me pregunto una y otra vez: ¿vale la pena seguir?
¿A alguien le importaría si algún día no estoy? ¿Si dejo de luchar, si dejo de fingir?
No es que quiera desaparecer, no es eso. Solo quiero que este dolor deje de aplastarme, que esta soledad deje de doler tan profundamente.
Pero no sé cómo.
Y eso es lo más pesado de todo: vivir con la certeza de que no hay mapa, ni guía, ni salida clara, solo este ciclo de tristeza y aislamiento que parece eterno.
A veces siento que gritar no alcanza, que escribirlo tampoco, que nadie podría entender lo profundo de esta oscuridad que llevo adentro.
Y aun así sigo. Sigo respirando, sigo intentando, aunque todo duela, aunque nadie note que estoy aquí.
Hay algo en mí que ya empezó a ir más allá, aunque trate de frenarlo. Y eso es lo que más me incomoda. Porque no sé si del otro lado hay lo mismo, o si soy yo dándole peso a algo que todavía es frágil.
Me da miedo ilusionarme con algo que no tiene lugar para crecer. Me da bronca no poder simplemente sentir sin cuestionarlo todo. Como si tuviera que estar alerta todo el tiempo, midiendo cuánto doy, cuánto espero, cuánto me dejo afectar.
Y aún así, hay una parte de mí que no quiere soltar. Que quiere quedarse, ver qué pasa, arriesgarse un poco más. Aunque no haya garantías.
Es raro… querer avanzar y al mismo tiempo tener el impulso de salir corriendo.
Y quedarme justo en el medio, sin saber qué versión de mí va a ganar.
A veces siento que no sé amar sin miedo. Que apenas alguien empieza a importarme, algo dentro mío se activa y empieza a destruirlo todo antes de que tenga la oportunidad de ser real. Mi cabeza se llena de escenarios donde me dejan, donde ya no soy suficiente, donde descubren que soy demasiado complicada para quedarse.
Y entonces empiezo a cambiar. Me vuelvo insegura, necesito señales, confirmaciones, palabras que me aseguren que todavía están ahí. No porque quiera controlar, sino porque estoy intentando callar el ruido constante que me dice que en cualquier momento voy a perderlo todo.
Lo más cruel es que soy consciente mientras pasa. Sé que estoy sobrepensando, sé que estoy creando problemas que quizás no existen, y aun así no puedo frenarlo. Me veo arruinando momentos lindos por miedo, alejando con mis dudas aquello que más quiero cerca.
Y después llega la culpa. Esa que te hace sentir pesada, difícil de amar, como si fueras un problema que nadie pidió. Como si amaras mal. Como si estuvieras rota.
Pero nadie ve la parte en la que solo estás intentando sentirte segura. Nadie ve lo mucho que luchás por no huir, por no cerrarte, por quedarte incluso cuando tu mente te grita que te protejas antes de que duela.
Y al final entendés algo: esto es vivir con ansiedad… amar profundamente mientras peleás todos los días contra una versión de tu propia mente que siempre espera perder.
Unboxing?
Hay personas que llegan a tu vida y, sin hacer ruido, se vuelven hogar. Vos sos eso para mí, Cami.
Compartimos tantas versiones nuestras que a veces cuesta explicar todo lo que significás. Estuviste en mis días más luminosos y también en esos donde apenas sabía cómo seguir, siempre con esa forma tan tuya de acompañar: sincera, fuerte y llena de amor.
Admiro profundamente la mujer que sos. Tu sensibilidad, tu valentía para volver a empezar las veces que hizo falta, y esa manera tan genuina de cuidar a quienes amás. Me llena de orgullo verte crecer, sanar, luchar y seguir siendo fiel a tu esencia, incluso cuando el camino no fue fácil.
Gracias por estar, por escuchar, por sostener y por compartir la vida conmigo de una manera tan real. Algunas personas pasan… otras se quedan en el alma, y vos sos de las que se quedan para siempre.
Te amo incondicionalmente.
Sentirte dentro de mí.
Poder sentir tu piel rozando la mía, cada roce que prende algo que no se puede apagar.
Ese éxtasis que me deja temblando, sin aire, sin nombre.
Las ganas de que seas solamente mío, de tenerte tan cerca que el mundo desaparezca.
De que no haya distancia que nos separe, de que todo se concentre en este momento, en esta sensación que quema.
Quiero perderme en vos y que vos te pierdas en mí.
Que cada caricia sea un recordatorio de lo que sentimos y de lo que nadie más puede tocar.
Que no haya tiempo, que no haya reglas, solo nosotros y este fuego que no pide permiso.
Y mientras te siento, me doy cuenta de que no quiero nada más.
Solo vos, tu piel, tu calor, tu olor… todo de vos, nada más.
A veces siento que no pertenezco a nada. Ni siquiera a los lugares donde se supone que debería sentirme en casa. Tener familia y aun así saber que no es ahí, que estoy pero no encajo, que hay vínculos pero no abrigo. Esa soledad rara de estar acompañada y sentirse afuera igual.
Mi cabeza no ayuda. Todo el tiempo recordándome lo poco importante que siento que soy, poniéndome en primer plano mis faltas, mis silencios, mis ganas de ser validada sabiendo que probablemente nunca llegue, porque nunca llegó. Y duele aceptar eso.
Y entonces aparece el pensamiento de alejarme y no volver. No como un plan, sino como un deseo repetitivo de escape. De irme de donde no me siento vista, de dejar de insistir, de desaparecer un poco para que deje de doler.
Desde el principio
siento que todo esto es un enredo en mi cabeza.
Me gustaría poder conocerte,
descubrir quién sos más allá
de lo que alcanzo a ver.
Tal vez cada vez que intento expresarme,
todo vuelve a empezar.
Mis palabras se pierden en el aire,
mis ganas de acercarme flotan solas.
A veces me gustaría que me tuvieras un poco más en cuenta,
aunque solo sea un pensamiento mío.
Y aun así,
dejo que estas palabras queden aquí, conmigo,
un susurro de lo que siento,
aunque solo exista en estas líneas que me pertenecen.
Te extraño.
Y perdón por mis enojos inacabados,
por no saber expresarme,
o quizás porque simplemente
todavía no sabemos cómo comunicarnos.