Nueva Jerusalén
Llevo varias semanas siguiendo un curso sobre la imaginación apocalíptica coordinado por Eudald Espluga, autor de un celebrado ensayo titulado Imaginar el fin. Pensamiento apocalíptico para un futuro postcapitalista . El curso lleva por subtítulo “ Releer el Apocalipsis contra las fantasías colapsistas”, que ya contiene su argumento central: que hay dos maneras diferentes y no equivalentes de imaginar el fin. La primera es la imaginación colapsista: el fin como cierre definitivo, sin horizonte ni posibilidad de otro mundo. La segunda es la imaginación posapocalíptica que Espluga propone recuperar como gesto antiimperialista y emancipatorio. El apocalipsis como fin del mundo tal y como lo conocemos , de un mundo que ya no puede sostenerse. La distinción es justa y necesaria pero se complica porque nuestros tecnooligarcas no tienen una imaginación colapsista y punto. Habitan esa imaginación posapocalíptica. Y poseen algo muy peligroso: una soteriología. La soteriología es la rama de la teología que estudia las doctrinas de la salvación. En su versión cristiana, la salvación es necesaria porque nacemos manchados de pecado y por eso que se vincule a la redención: toda falta debe ser expiada, pagada, rescatada. Por tanto, si la salvación exige atravesar una tribulación para alcanzar la vida eterna, entonces el apocalipsis ya no es una catástrofe a evitar sino una condición para la utopía. Y, tarde o temprano, quienes tienen poder y medios y creen en esa lógica intentarán crear las condiciones para que el apocalipsis llegue cuanto antes. Una perturbadora versión del “quien pueda hacer, que haga”. Esto es lo que subyace cuando Naomi Klein y Astra Taylor, en su largo artículo en The Guardian que aparecerá este septiembre como libro titulado End Times Fascism, documentan que Peter Thiel, Elon Musk o JD Vance imaginan el colapso y lo anticipan, lo desean, lo están acelerando. Porque creen saber de qué lado van a estar cuando llegue. Porque ya tienen diseñada su Nueva Jerusalén. La historia que los tecnooligarcas cuentan sobre la inteligencia artificial sigue punto por punto la gramática del Libro del Apocalipsis. Habrá una gran batalla, una catástrofe colosal. Incontables millones perecerán en ella. Pero quien sobreviva habitará la ciudad más hermosa y luminosa que imaginarse pueda, una ciudad que bañará de luz el mundo durante mil años, levantada sobre las ruinas humeantes del viejo mundo. Por eso el debate público sobre si la IA nos salvará o nos destruirá es, en parte, espurio. No son posiciones opuestas. Ambas preparan el terreno para la misma conclusión: que una élite reducida será el remanente elegido, la fracción autorizada a sobrevivir y prosperar. La amenaza existencial y la promesa utópica forman parte del mismo relato. Primero se anuncia el abismo, después se vende acceso a la salvación en formato premium. De ahí que su imaginario coincida con el de los preppers metiditos en sus búnqueres, las arcas espaciales, las islas privadas, las plataformas marítimas, las nubes soberanas. Todas esas fantasías comparten la estructura del Arrebatamiento cristiano : los fieles ascienden a una ciudad dorada mientras los condenados se mueren del asco aquí abajo. Y si quieres estar entre los que se salvaran, te dicen, ya puedes ir espabilando. Como dijo el antiguo CEO Eric Schmidt en el discurso en el que fue sonoramente abucheado , “cuando alguien te ofrece un asiento en la nave espacial, no preguntas cuál. Simplemente subes.” Se trata, sin mucho disimulo, de un proyecto eugenésico. Es un "merecemos sobrevivir porque somos el siguiente estadio de la evolución humana". Un proyecto de supremacismo y salvación a la vez. En algunos casos, la imaginación soteriológica deja de ser metáfora. Thiel lleva tiempo describiendo a Greta Thunberg como el anticristo, como la figura que, según el Apocalipsis, aparecerá con un mensaje engañoso de paz. Es una lectura coherente con la escatología de Thiel. Pedir que cuidemos este viejo mundo, que no lo abandonemos, que no nos subamos al arca, es exactamente lo que haría el anticristo para impedir el salto hacia esa ciudad prometida que él imagina. No, no es una metáfora, es un programa político, como prueba que varios miembros de la actual administración estadounidense como Mike Huckabee, embajador en Israel, y Pete Hegseth, sostengan posiciones dentro del sionismo cristiano, la doctrina según la cual la expansión territorial israelí en Tierra Santa es condición necesaria para el retorno del Mesías. El genocidio en Gaza, otro proyecto eugenésico, es una puesta a punto del apocalipsis ansiado. Es la organización meticulosa de quién será rescatado y quién se quedará fuera. El adversario no tiene una imaginación colapsista. Tiene una imaginación soteriológica. No se va a rendir ante el fin. Va a actuar para precipitarlo porque ya tiene diseñada como será la vida después, la Nueva Jerusalén. Esa visión ya ha encontrado su camino en la cultura popular. En El colapso (2019), la comentada serie francesa que narra en tiempo real el hundimiento de la sociedad, el penúltimo episodio sigue a una exministra que intenta llegar a su plaza reservada en una isla privada para ultrarricos. En la estupendísima Vesper (2022), los ricos viven en una ciudadela de esferas flotantes sobre un páramo devastado. En el clímax de ambas, esa ciudad de oro en el horizonte brilla indiferente ante la protagonista. Pero una tiene una plaza allí, la otra se propone anular su poder. Se está librando una batalla, pero no es la batalla final épica entre el Bien y el Mal que imaginaba el fascismo de los años 1930 y 40, la que traería una utopía para todos. Ni tampoco la batalla apocalíptica con la que fantasean los tecnooligarcas. Esa batalla es aquí y ahora, es una batalla de la imaginación y de la acción sobre qué mundo queremos que salga de la crisis en curso. Ellos ya tienen decidido como va a ser su Nueva Jerusalén. Nuestra tarea es, como Vesper, aguarles la fiesta. Powered by beehiiv

















