La Cofradía del Primer Bautismo
Dicen que, mucho antes de que la guerra devorara el mundo, los primeros fieles se reunían en un antiguo baptisterio romano levantado en el siglo I, donde las aguas prometían purificar el alma. Cuando la tierra se abrió y las herejías comenzaron a emerger del mar, aquel santuario fue sepultado, pero su congregación sobrevivió.
Sus descendientes visten armaduras adornadas con mosaicos agrietados, portan pilas bautismales convertidas en relicarios y consideran que cada batalla es un nuevo bautismo, no con agua, sino con barro, sangre y pólvora.
Ahora peregrinan hacia el Peñón de Gibraltar, donde las naves de los herejes encallan sin descanso y vomitan legiones blasfemas sobre las costas. Allí, entre las trincheras inundadas y las antiguas ruinas del Imperio, la Cofradía del Primer Bautismo busca contener la marea impía, convencida de que mientras uno solo de sus peregrinos permanezca en pie, las aguas sagradas no habrán sido profanadas para siempre.
Enlace a la campaña: (por Eardin)
El padre Giovanni se despertó empapado en sudor. Había tenido sueños premonitorios en el pasado, pero ninguno como este. Aquello había sido la experiencia más real que jamás hubiera vivido, incluso más vívida que el propio presente que habitaba. Sin perder un instante, se dirigió a los suyos:
—Hermanos, Dios me ha hablado.
Sus compañeros lo miraron con absoluto interés.
—¡Me ha mostrado el camino de nuestra peregrinación! —continuó—. Será duro, pero el Señor nos tiene preparado un destino glorioso.
Nadie osaba dudar de Giovanni. Sus hombres lo respetaban ciegamente; siempre los había guiado hacia la victoria, por lo que todos acataban sus órdenes sin vacilar. Esa misma mañana, la peregrinación cambió de rumbo y tomó una ruta completamente diferente.
Pasaron los días, los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses, pero nunca llegaban a su destino. Por primera vez, el frío peso de la duda empezó a instalarse en el corazón de sus camaradas.
Rua, la mano derecha de Giovanni, decidió hablar en nombre de todos: —Padre, nuestros hermanos empiezan a flaquear... ¿Acaso Dios nos ha abandonado?
Giovanni lo miró en silencio y, con parsimonia, señaló la imponente cumbre que se alzaba ante ellos. —Está ahí arriba.
Rua, sorprendido por la repentina certeza del sacerdote, asintió y dio la orden de marcha.
Tardaron cuatro horas en coronar la montaña. Una vez en la cima, todos contemplaron las magníficas vistas de la bahía que se abría ante sus ojos; sin embargo, allí arriba no había absolutamente nada.
—¿Y ahora, padre? —preguntó Rua, desconcertado.
Giovanni, con una sonrisa de profunda satisfacción, exclamó: —¡Es aquí!
Todos escudriñaron la cima buscando alguna señal divina, una reliquia o una aparición, pero el páramo seguía desierto. Rua volvió a insistir, impaciente: —¿Y ahora qué, padre?
Giovanni se giró hacia él con calma y sentenció: —Ahora vamos allí —dijo mientras señalaba con el dedo un pequeño pueblo costero.
Todos clavaron la mirada en esa dirección, justo a tiempo para ver cómo un barco maniobraba y hacía su entrada en el puerto.












