Cada vez que me preguntan por aquellas ocasiones en que vi mi vida peligrar hablo del atentado terrorista que presencié en Dhaka (Bangladesh) cuando cuatro artefactos explotaron en cadena a lo largo de una de las principales avenidas de la capital, del atraco que sufrí en Lima (Perú) cuando atravesaba el barrio del Callao y cinco tipos se echaron encima de mí inmovilizándome y robándome lo que llevaba en los bolsillos, o la vez que varios mareros me salieron al paso con machetes en la carretera cuando cruzaba El Salvador. También suelo recordar con emoción aquellas noches en Australia en las que los dingos aullaban alrededor de mi tienda de campaña, durmiendo a la intemperie en la montaña mientras estallaba la tormenta y caían los rayos, caminando entre el tráfico caótico con el riesgo de atropello en países como la India, cuando estuve frente a un rinoceronte salvaje a escasos veinte metros en la reserva natural de Chitwan (Nepal) o la vez que contraje la fiebre chikungunya en Chiapas (México)…Se trata sin duda de un viaje trepidante que requiere, no sólo de una gran fortaleza física y mental, sino también de valentía, coraje, disciplina y algo de suerte para sortear todos los peligros, dificultades y obstáculos que acechan en el camino. Porque una cosa es la aventura, cruzar el desierto, subir las montañas, caminar bajo la lluvia, cubrir distancias de hasta ochenta kilómetros en una sola jornada, solventar los problemas técnicos, recorrer países y culturas tan diferentes, pasar hambre, la soledad…y otra es sobrepasar esa línea en la que la vida está en juego en apenas unos kilómetros, en unos instantes, porque atraviesas a pie y en solitario una zona muy peligrosa y tienes la mala suerte de que un descerebrado se cruza en tu camino. Pues bien, hace apenas unos días volví a vivir una de esas situaciones indeseables que le hacen a uno cuestionarse el sentido de un viaje así, y si merece la pena seguir jugándose el tipo por la especie humana.
El principal criterio por el que elijo el itinerario por un país es la seguridad (posteriormente la belleza, los contactos que tenga a lo largo de ese recorrido, o la longitud cuando factores como el presupuesto o el visado juegan en contra). Es por ello que he modificado en varias ocasiones la ruta provisional por México. En un principio, a partir de DF, pensaba subir por la costa este pegado al golfo y entrar a EE.UU por Laredo o Reynosa, pero ante la extrema peligrosidad de atravesar a pie los estados de Tamaulipas y Nuevo León, preferí subir por la costa oeste y entrar a Estados Unidos por Tijuana. Sin embargo, en esta segunda opción debía cruzar también el estado de Michoacán y Jalisco, por lo que finalmente me decanté por poner rumbo a Cancún a pesar de que el recorrido diera un giro un tanto extraño y no exento tampoco de peligros como en el estado de Veracruz.
Resulta que no hay una zona completamente segura en México y hay que asumir un riesgo, pues prácticamente todo el territorio está infectado por el narcotráfico, el crimen organizado, los asaltos, secuestros y los robos de organizaciones delictivas y bandas criminales como el cártel de Sinaloa, los Zetas, la familia Michoacana, los Templarios o Nueva Generación entre los más sonados, y las escisiones están haciendo que cada vez aumenten más en número. Ocurre también que el papel del gobierno y las autoridades deja tanto que desear, que parece “justificar” la proliferación y adhesión a dichas organizaciones, obviamente, entre gente mezquina sin ningún tipo de ética ni moral.
Pues bien, hacía ya varios días que había abandonado la capital y reanudado la marcha rumbo a Cancún. Atrás quedaban Puebla, Orizaba, Ciudad Mendoza, Cosamaloapan, Acayucan, Minatitlán y el peligroso estado de Veracruz, realizando etapas de más de cincuenta kilómetros diarios con un calor y una humedad realmente axfisiantes. En principio, había pasado la zona más delicada y me adentraba en el estado de Tabasco, pero nada más lejos de la realidad.
Tras pasar una calurosa noche acampado en una gasolinera, me ponía en camino en el que ya era mi día 930 de viaje a las 7 de la mañana, hora a la que está amaneciendo a esta latitud y en estas fechas. La mañana trascurría tranquila, sin más incidentes que un breve control por parte de unos militares quienes, más por curiosidad que por deber, me preguntaron de dónde venía, qué llevaba en mi carrito y a dónde iba, trámites a los que ya estoy acostumbrado y respondo sin ninguna molestia, asombrándolos con datos, cifras y números del viaje tan impresionante que llevo ya a mis espaldas. A lo largo de mi viaje ha cambiado mi opinión acerca de las fuerzas del orden, policía, ejército y agentes de inmigración, pues no tengo nada que esconder, voy tan desprotegido y son ya tantas las veces que me han ayudado, ofrecido información, alojamiento y escolta, que cuando los veo no puedo por menos que sentirme seguro. Es más, a pesar de la mala fama de la policía mexicana, hace también pocos días y en otro control rutinario, acabaron queriéndose hacer fotos conmigo y, lo que es más curioso, dándome dinero.
A mediodía paré a comer en un restaurante de carretera, como lo he hecho otras tantas veces, y con la cabeza envuelta en una camiseta y el sol brillando con intensidad en el cielo, reanudaba la marcha sin un destino claro para el final de la jornada. Atravesaba la frontera entre los estados de Veracruz y Tabasco avanzando raudo y en sentido contrario por el arcén de la autopista 180D, una carretera larga y solitaria a través de campos y cultivos de maíz. Son ya dos años y siete meses recorriendo el mundo a pie y en solitario y, por lo general, por zonas muy rurales y nada turísticas, sin más protección que mi mente y mis piernas puesto que camino sin compañía ni coches de asistencia. Se va despertando un olfato, una especie de sexto sentido, que te hace percibir el peligro en el aire, estar alerta y extremar las precauciones. Pues bien, ésta era una de esas regiones, kilómetros y kilómetros de carretera inhóspita y solitaria sin restaurantes, poblaciones, casetas de cobro, gasolineras…donde el caminante disfruta de la paz y la tranquilidad si se trata de un país seguro, pero donde se siente muy desprotegido al tratarse de países castigados por la violencia y la delincuencia.
Ya era media tarde, llevaba un par de horas imaginando cómo reaccionar en caso de que me asaltaran, viendo que no podría pasarme a los carriles del otro sentido porque había una gran zanja separándolos imposible de franquear con el carrito, campos y humedales por el otro lado, comprobando los teléfonos de emergencia y la cobertura de mi móvil…y yo creo que fue eso, el hecho de anticiparme a los acontecimientos lo que me dio una ventaja llegado el momento, lo que me permitió reaccionar con rapidez, jugar con el factor sorpresa y poder escapar mientras los asaltantes tardaban en entender lo que ocurría. Iba inmerso en estas reflexiones cuando de repente, a lo lejos y de frente, por mi mismo arcén, vi tres personas. Al principio no sabía si se acercaban o si los estaba alcanzando por la espalda, pero pasados unos instantes me pude cerciorar no sólo que de que se acercaban, sino de que eran tres tipos jóvenes con machetes, uno de ellos sin camiseta, pequeños detalles que le hacen a uno sospechar. Inmediatamente me quité las gafas de sol y las guardé en el bolsillo en un gesto que no pudieron percibir, pues son muy llamativas y delatan mi condición de extranjero. Acto seguido me abrí ligeramente hacia el interior de la carretera para no quedar encerrado y tener el espacio de los carriles para reaccionar, caminando sobre la línea blanca del arcén, mientras avanzaba con paso veloz y decidido hacia ellos, contemplando la posibilidad de que tan solo fueran trabajadores del campo que volvían caminando a casa tras la jornada. Sin embargo, cuando apenas nos separaban veinte metros, se abrieron ocupando todo el arcén y uno de ellos comenzó a mirar repetidamente hacia atrás para comprobar que no viniera ningún automóvil, menos aún uno de policía, lo que hizo que se confirmaran mis sospechas, mi corazón se acelerara, mis piernas se tensaran y se prepararan para lo peor, un asalto inminente. Lejos de achantarme o de darme la vuelta, continué avanzando raudo hacia ellos y, cuando estábamos a apenas cuatro metros, el que había estado mirando hacia detrás y caminaba por el lado interior de la calzada, apuntándome con un machete que zarandeaba en el aire, me dijo: “Para ahí, ¿qué llevas en el carro?” No lo pensé ni un instante, en apenas una fracción de segundo, sin responderle y aprovechando la inercia del carrito, me apoyé en el manillar haciéndolo girar sobre las dos ruedas traseras hacia el interior de los carriles y, como no venía ningún vehículo, eché a correr empujándolo con todas mis fuerzas, rebasándolos a la distancia suficiente como para que no me alcanzaran con el machete. Fue ese instante, apenas dos segundos, lo que tardaron en reaccionar y yo en rebasarlos, lo que me dio la ventaja suficiente para huir y salvar la situación. Salieron corriendo detrás de mí, pude oír cómo uno me gritó: “¡No corras, te vamos a seguir!” miré hacia atrás y pude ver cómo uno me seguía de cerca a escasos metros con el machete en la mano por mitad de la carretera y otro por el arcén, el tercero debía haberse quedado atrás. Llevaba las gafas y el móvil en una mano para que no saltaran de mis bolsillos en la carrera, en la otra una botella de agua medio vacía, y la cabeza envuelta en una camiseta blanca protegiéndome del sol y una gorra. Pensé en aprovechar la pequeña distancia que les llevaba para, en un gesto rápido, sacar mi riñonera roja (esa en la que llevo la documentación y el dinero) del carrito y soltarlo todo, pero no estaba dispuesto a desprenderme de ello hasta que no quedara más remedio, hasta que no fuera la última opción. Es ya mucho tiempo viajando con Jimmy, llevo todo mi viaje guardado en mi ordenador portátil y, sobre todo, no me daba la gana de darle mis cosas a esa chusma. Sin embargo, sabía que no hay ordenador ni dinero capaz de pagar el valor de la vida y, si tenía que deshacerme de mi equipaje, lo haría. Pasó algún coche, y un autobús, recuerdo, sin hacer el más mínimo gesto de parar, mientras seguía corriendo sorteándolos y empujando el carrito por el otro lado pegado a la zanja. Miré hacia atrás un instante y vi que ya sólo me seguía uno realizando su último esfuerzo, me retiré la camiseta de la cara como pude para respirar mejor y seguí corriendo hasta que ese también se cansó y dejaron de seguirme. Yo seguí corriendo, mirando hacia atrás, comprobando cómo se alejaban, con verdadera tensión por lo que acababa de pasar. Me sentía como la liebre que quiebra milagrosamente a los galgos, como la gacela que huye de los leones, en una situación extrema y salvaje, sin embargo, todavía no acababa de salvar la situación. Seguía a pie y solo en medio de ninguna parte, de una carretera larga y solitaria en la que continuaba sin tener ningún refugio, un restaurante, un pueblito…Recuerdo cómo alzaba las manos a los pocos coches que pasaban pidiéndoles auxilio, pero ninguno se detuvo. Temía que los asaltantes llamaran por teléfono o se encontraran con algún amigo, volvieran a darme caza en una o dos motos y me cerraran el paso, ahí entonces ya no tendría escapatoria. Alternaba tramos corriendo y caminando, dosificando las fuerzas por si volvían a sorprenderme no estar completamente exhausto, mientras pensaba en la idea de esconderme entre los árboles y los arbustos hasta el día siguiente, pero lo descarté porque, si ya era inseguro de día, no quería imaginarme de noche. Sin duda, era un mal día para morir. Llamé cuatro veces al 074, teléfono de emergencia en carretera, pero no me respondió nadie. Llamé al teléfono de emergencia consular, pero tampoco me atendieron, me parecía increíble. Un día estás rodeado de gente, atendido por medios de comunicación, dando charlas en universidades, durmiendo en hoteles y, cuando realmente lo necesitas, no hay nadie, estás solo. Llegué a plantearme terminar el viaje, qué sentido tenía seguir jugándome la vida perdidas la fe y la esperanza en la especie humana, cuando sabes que no hay nada mejor ni más importante en la vida que estar cerca de los tuyos, disfrutando de la paz y la tranquilidad, saboreando los pequeños detalles de la vida cotidiana, un buen vino, una película, el calor del fuego, un paseo por la montaña y las sonrisas de aquellos a los que quieres. Me detuve un instante fugaz y nervioso para meter las gafas y el agua en el carro y colgarme alrededor de la cintura una bolsita con la documentación y el dinero en caso de que esa gentuza volviera de nuevo y tuviera que salir corriendo desprendiéndome de todo. Llevaba ya cincuenta kilómetros recorridos esa jornada, y fácilmente cinco o diez más con el percance. Deseaba ver pasar un coche de policía o del ejército, pero nada. Pensé en llamar a algún amigo de DF para que desde allí movilizaran un servicio de emergencia, pero pensé que no serviría para nada, yo necesitaba ayuda inmediata, así que volví a llamar al 074 por quinta vez, cuando a los treinta segundos dando tono la llamada por fin respondió la voz de una mujer. Sin embargo, apenas habíamos hablado diez segundos cuando el saldo de mi móvil se terminó. No daba crédito, no me lo podía creer, me parecía estar en medio de una película, no había tenido tiempo ni de contarle mi posición, cómo podía ser que un teléfono de emergencia no fuera gratuito. Seguí avanzando veloz, alternando tramos corriendo y caminando, sudando, sin apenas agua, mirando hacia atrás, maldiciendo que hubiera chusma así sobre la faz de la tierra, cuando a lo lejos, por fin, pude distinguir un grupo de operarios trabajando en unas obras de la carretera. Me acerqué hasta ellos, pregunté por el encargado y le expuse mi situación. Me sentí terriblemente aliviado, me dieron agua y me dijeron que apenas unos metros más adelante había unas casetas de cobro y una gasolinera, mientras me contaban cómo hacía unos días asaltaban en esa misma zona al topógrafo robándole el dinero que llevaba encima. Decenas de kilómetros hasta Heroica Cárdenas y Villahermosa en los que cortan la carretera con piedras y troncos para asaltar a los vehículos que pasan, pero esa es otra historia, una vez más había salvado los peligros y tenía un lugar para pasar la noche a resguardo.
Siempre hablamos de lo mal que lo hacen los gobiernos, pero nunca oigo hablar de la chusma, la escoria sin ética ni moral para los que la vida no vale nada, asesinos y ladrones miserables, los que secuestran y extorsionan, los flojos, los débiles, los que venderían a su madre por una dosis de droga, los que ensucian, no ya un país, sino la sociedad, a la Humanidad. Hablamos mal de los ejércitos, autoridades y fuerzas del orden, criticándolos desde el marco de confort y seguridad que ellos mismos nos proporcionan, y eso es algo que también hay que recordar para no caer en la crítica fácil, los argumentos panfletarios y la demagogia.
Pero a pesar de que en el mundo haya millones de personas abandonadas de la mano de dios a la oscuridad y las tinieblas, necios y cobardes que se esconden y justifican tras el mal hacer de los demás, que buscan burdas escusas en su entorno para seguir el camino fácil y alejarse de la virtud, hay otros tantos, millones de héroes anónimos en todo el planeta, valientes y luchadores, y mientras haya un rayo de luz en el mundo, la inocente sonrisa de un niño, un brillo en la mirada de los hombres, un atisbo de esperanza en el último rincón de los corazones, no perderemos la fe en la Humanidad, no caeremos abatidos en la batalla, y seguiremos caminando por un mundo más justo y lindo, persiguiendo el sueño con la convicción del idealista, la tenacidad del loco y la seguridad de aquel que sabe que está en lo cierto. Porque, ¿qué sentido tiene si no la vida, sino es para luchar a capa y espada por aquello en lo que creemos y sentimos, para hacer del mundo un lugar más hermoso y habitable, para buscar la belleza? Por el amor, por la libertad, por el honor, por la dignidad…marchamos.