Camina sonámbula por un pasillo oscuro
aunque si abriera los ojos verĂa que no se encuentra en la oscuridad
es pasto o gusanos resecos y duros lo que cruje bajo sus pies?
Es la briza caliente del verano o el aliento de una bestia voraz lo que le intenta sacudir los mechones de pelo que le cuelgan sobre la cara
Pasaron demasiados dĂas desde la Ăşltima ducha, de tanto rascarse las escamas que le caen sobre los ojos se formaron rastas en sus raĂces
No puede verlas porque le tiene demasiado miedo a los espejos.
Teme por el aliento del monstruo que la vigila cuando en su interior ella misma es, ahora más que nunca, un terrible monstruo.
Quizás por eso se muerde las uñas hasta las cutĂculas y se rasca la piel hasta llenarse las manos de sangre
de ahĂ la coloraciĂłn amarillenta, bilirrubĂnica, de la punta de sus dedos
Camina descalza porque hubo un tiempo en el que se dejĂł de sentir merecedora de sus zapatos y los entregĂł
poco a poco su sed de justicia para consigo mismo fue dejandola desnudaÂ
Ahora no quiere ni ver a donde a llegado después de caminar tantos años desde la sombra de la espalda de los que la aman’, nadie se desprendió de ella con la facilidad que caminó lo más lejos posible de cualquier lugar donde pudieran escucharla lamentarse
no era quien para llorar.
Si hubiera podido inyectarse ese delicioso anonimato en su desagradable metamorfosis, yo sé que lo hubiera hecho.
Cuando su cuerpo dejó de escucharla para convertirse lentamente en algo más mientras se le marchitaban los ojos de tanto tenerlos cerrados.
Dentro de su cabeza, un extasis de pasillos por los que escapar de todos sus propios reproches. Encerrado en uno mismo, uno no se cansa de correr,
Y mientras por fuera la guerra estaba perdida en ese pequeño multiverso mental ganaba todas la batallas.
Estoy harta del salvarla, saben? Y creo que ella está harta de pedirme que la ayude. Por eso fue su madre la que me llamó esta vez. Que por favor la vaya a sacar de la casa, que no contesta el teléfono nunca y que la imagen de la última vez fue demasiado para ella.
Tengo que tomar la decisiĂłn de quedarme en Ushuaia a dejarla potencialmente morir, o viajar a buscarla. Siento su dolor y me parece que está empezando a escarvar por mis suturas, esas que yo sĂ me esforcĂ© por mantener. Le digo que lo que me está pidiendo es una locura, que encuentre la manera, que la interne o que la deje morir. Le grito mientras llora desesperada, inválida. Cuelgo el telĂ©fono, saco los pasajes. Le aviso a mis padres que voy a ir a hacerles una visita sorpresa, solo yo. Despierto a Freds y le digo que por Ăşltima voy a ir a buscarla.Â
Me responde lo mismo que la Ăşltima vez, que todas las veces: no me pidas perdĂłn, lo que tienen es muy especial.
Cuando compramos esta casa en el fin del mundo no nos imaginamos que Ăbamos a terminar viviendo acá. Supongo que yo tambiĂ©n estoy merodeando mi propio palacio mental, tapando agujeros, fumando de la pipa de mi difunto padre y leyendo todos los clásicos que nunca pude leer de joven en mi revoltosa juventud. Escribiendo libros que en el fondo no leerĂa y nutriĂ©ndome de mi propio esnobismo. Soy feliz, pero el costo de los reproches de mi niña interna es alto y de todos los dĂas. Quizás estoy yendo porque reencontrarme con las miserias de mi pasado me va a servir de cable a tierra, se supone, aprendĂ de niña, que estar bien es un trabajo que nos tiene que costar.
Estoy sintiendo que deja de costarme y eso me aterra. AsĂ que perdĂłn criatura desvenida, si hay una motivaciĂłn egoĂsta mientras toco tu puerta.Â
Tengo, obviamente, la llave del departamento. Entro y me golpea primero un fuerte olor a orina y heces de gato. Las criaturas gordas maullan cuando me ven entrar....
Serán las misma que la última vez que vine?
Cuento 3. La Ăşltima vez que vine eran 4.
Tambien hay olor a podrido y platos por todos lados. La densidad del aire me golpea tan fuertemente que temo haber llegado demasiado tarde y que este muerta. Pero no, yo conozco el olor de la carne volviendo la tierra. Este es el olor de morirse aunque tu cuerpo no haya dejado de funcionar. Hay telas por todo el piso, cortadas, creo que una tiene un poco de vomito. No quiero mirar mucho.
Entro directamente en la habitaciĂłn. En la cama yace uno de los grandes amores de mi vida, roncando como un angelito. Tal y como la imaginĂ© el pelo le cae grasoso sobre la cara y las raĂces están hechas rastas, no tiene uñas pero si sangre seca por todas las manos. BajĂł varios kilos, probablemente por las nauseas, además de que no creo que estĂ© trabajando mucho en este estado.Â
Sin hacer ruido salgo de la habitaciĂłn y me dirijo al baño. La bañadera está llena de heces de gato.Â
Suspiro. Voy a tener que hacer algunas cosas antes de despertarla. Abro la ventana del baño y de par en par las puertas del comedor que dan al balcĂłn, para esto debo correr los rollos de tela mal apilados en el piso. Afuera hacen cinco grados, el invierno más crudo que nos dio Buenos Aires en años. Pienso que ella lo deberĂa estar disfrutando.
No se despiertan entre todo el escandalo, debe estar drogadĂsima. Saco de mi mochila el paquete de bolsas de basura y saco la primera. SĂ© que voy a sacar por lo menos tres o cuatro llenas. Primero la caja de arena y las heces en la bañera, dejo correr el agua bien caliente para que el vapor se lleve por la ventana todo este olor desagradable. Abro la heladera, vacĂa. Pongo el vino blanco que traje, dulce.Â
Despejo masomenos la mesa del comedor, tiro botellas, vasos de cartĂłn para ramen instantáneo, papeles con moco. Lavo la eterna pila de platos, la parte más tediosa. Aunque estoy tratando de no hacer ruido, estoy acá hace más de dos horas y todavĂa no se mueve. Termino le lavar, sirvo dos copas de vino.Â
Vuelvo al dormitorio con las copas en la mano y las apoyo como puedo en una tambiĂ©n abarrotada de mierda mesita de luz. Entonces me inclino sobre ella y pongo mi mano sobre su hombro. Con todas la ventana abiertas en el departamento empezĂł a hacer frĂo pero su piel está hirviendo de caliente, creo que tiene fiebre. Entre abre los ojos desorientada y me mira.Â
Que te pensás? Que solo podĂ©s venir cuando estoy en la mierda y el resto del año ni llamarme? Andate de mi casa. Me dice cuando se da cuenta de que soy real y que estoy sentada en su cama. Le alcanzo una copa de vino, se quiebra mientras la agarra y le da el primer sorbo.Â
Un oceáno que no puedo parar. Se limpia los mocos con su remera porque se debe haber quedado sin servilletas hace una semana. La miro sin decir nada, soy buena en darme cuenta cuando no tengo que decir nada. Se termina la copa de un trago, yo me termino la mĂa en otro y llevo las copas rapidamente a la cocina.Â
CUando vuelvo se está levantando, Pongo mi hombro alrededor del suyo y la llevo al baño, el agua sigue corriendo. Giro la canilla para que comience a salir por el tuvo inferior en vez de por la ducha y tiro el tapĂłn adentro. Ella se desviste en silencio. TodavĂa no dijimos una palabra. Cierro la ventana y la puerta y me saco el pulĂłver para tirarlo en el piso. Se deja el corpiño de tela y la bombacha para meterse en la bañera con la lentitud de una anciana. Y sĂ, el sufrimiento te envejece. Se sumerge una vez y se incorpora mirando hacia adelante.
Me arrodillo, me arremango, agarro el shampoo y me pongo mucho entre las manos. Me inclino sobre ella que volviĂł a cerrar los ojos sentada mientras el agua la tapa y se lo pongo en la cabeza reciĂ©n mojada. Comienzo a masajear, Las facciones de su cara pierden tensiĂłn poco a poco. Y en el momento que ella empieza a relajarse, yo tambiĂ©n, y una lágrima se me forma en el ojo derecho para caer silenciosa por el costado de mi cara.Â
Sin embargo todavĂa no nos dijimos nada. Le lavĂ© bien el pelo, le puse muchĂsimo aconicionador.Â
Me señala el botiquĂn del baño, me incorporo para abrirlo: hay varias cajas de medicamentos, clonazepan, un par de antidepresivos, antibioticos e ibuprofeno. Agarro el peine y lo cierro. Le desenrredo con todo el cuidado que puedo el pelo. Y cierro el agua para que no acabe por desbordarse cuando haga lo que planeo hacer a continuaciĂłn.Â
Cuando te mudaste a este departamento me enamoré de tu bañera gigante. Le digo mientras me desvisto sin hacer movimientos bruscos.
Me meto, en ropa interior, y me siento enfrentada a ella, con la canilla clavándose en mi nuca.Â
Estás nadando en la mugre de una semana.Â
Nada mas? Parece que no te bañas hace dos.
Casi que puedo escuchar el sonido del hielo quebrándose, casi como presenciar el deshielo del Perito Moreno. Nos estallamos de risa, como no lo hacĂamos hace años, como no lo hicimos la Ăşltima que vine a pedirle que dejara de dejarse estar porque me iba y no pensaba volver a salvarla: porque me echo a la mierda y no me volviĂł a escribir nunca más.
Pasaron dos años desde la Ăşltima vez que la vi, y estaba harta de extrañarla tanto.Â