Mientras tanto, en el otro extremo de la pampa florecían las colonias agrícolas que llegaban hasta la mitad de la […]
Mientras tanto, en el otro extremo de la pampa florecían las colonias agrícolas que llegaban hasta la mitad de la actual provincia de La Pampa. El desierto fue desterrado al extremo oeste pampeano y sur de Mendoza y allí parecía haber sido arrinconado para siempre, pero pronto llegaría su hora. Durante la Primera Guerra Mundial comenzaron a notarse las sequías, primero un año de cada tres, luego dos de cada cuatro. Algunos médanos comenzaron a moverse, y así hasta que en la década de los treinta estalló lo que ha dado en llamarse la «crisis climática de los años treinta», la cual, por las circunstancias históricas en las que se produjo, significó la aparición de un nuevo tipo de crisis ambiental para la pampa, ya que en la misma actuó, como protagonista de primer plano, la sociedad moderna, junto a los otros dos elementos que caracterizan a la dinámica de los ambientes geográficos, y que son: el cambio climático y la herencia ambiental. Este episodio poco difundido de la historia argentina se desarrolló entre fines de los años veinte y principios de los cuarenta y, salvo alguna referencia literaria, no ha sido mencionada ni estudiada en su significado trascendente para nuestro ambiente pampeano. Las sequías, cada vez más frecuentes e intensas, encontraron un área sin protección a causa de los desmontes y el reemplazo de la vegetación natural, por lo que el avance del desierto, para desesperación de los colonos, las empresas ferroviarias y el gobierno, fue muy rápido. Los médanos se movilizaron hasta en el partido de Nueve de Julio, es decir muy adentro de la provincia de Buenos Aires. Más al oeste la situación era dramática. La arena lo cubría todo, las compañías ferroviarias debieron destinar, en algunos tramos, cuadrillas permanentes para despejar las vías. Hacia el noreste y las cercanías de Buenos Aires volvieron a asomarse las tormentas de polvo.
















