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Felices 46 años a uno de los mejores compositores de toda la historia. Felices 46 años, God.
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>:(
El feo más papacito.
Dogs in cars.
He looks angry, handsome, amazing … charming!
La excusa del Bicentenario
Víspera del Bicentenario de Barranquilla. Casas que izaron en alto el rojo, amarillo y verde. Estaderos que están ‘botando la casa por la ventana’. Calles repletas de banderas de todos los tamaños, camisetas, pulseras y afiches en alusión a la ciudad, aún dispuestos para la venta.
En La Arenosa se respira fiesta y no es para menos, pues hace 200 dejamos atrás la condición de Sitio para entrar a la categoría de Villa. O al menos ese ambiente es lo que uno percibe en el recorrido en la ruta A9-2 de Transmetro, desde Villa Campestre –urbanización que aún no se sabe si es de Puerto Colombia o de Barranquilla– hasta la calle 72.
Allí, uno de los pasajeros pone a sonar su celular y a todo volumen se escucha un Porque yo soy como el oso… entre más feo, soy más sabroso… y no, no es la canción de El Gran Combo de Puerto Rico, sino una versión más a lo champeta urbana lo que oímos.
A pesar de esto, el recorrido es muy ameno. Por 100 pesos más, te subes a un bus moderno, con aire y que solo se detiene donde debe, cosa que muchos jamás se imaginaron que iba a pasar en la ciudad unos años atrás.
Al bajarse en la Estación Joe Arroyo e iniciar el recorrido por la que alguna vez fue la calle principal del comercio de Barranquilla, te encuentras con muchos vendedores que vienen de donde menos te imaginas, apiñados, vendiendo casi lo mismo.
Comprende uno que después de casi un siglo de haber sido la primera meca de la inmigración de pueblos extranjeros hacia el país (árabes, gringos, franceses y un largo etcétera), esta condición se ha prolongado hasta el día de hoy.
Y sí, desde 1823, cuando empieza la navegación fluvial, se construye el muelle de Puerto Colombia y se consolida como uno de los más largos del mundo. Las mercancías se movían por ferrocarril a Barranquilla y luego, por vía fluvial, hasta el interior del país. De esta manera, esos árabes, gringos y franceses dinamizan la industria y hacen de la ciudad una urbe moderna.
No por nada en 1946, durante la inauguración de los primeros Juegos Centroamericanos y del Caribe, el presidente Mariano Ospina Pérez confirmó que ésta es la Puerta de Oro de Colombia.
Casi todos los síntomas de modernidad entraron por el muelle donde se cruzan río y mar: el primer ferrocarril, el cual comunicaba Puerto Colombia y Sabanilla; la primera empresa de teléfonos; primera ciudad en donde se proyectó una película, traída por Ernesto Viecco Morote; nace Scadta, primera aerolínea comercial y, por supuesto, el primer vuelo; primera empresa pública municipal; primera estación de radio comercial privada en Colombia, La Voz de Barranquilla; el Romelio Martínez es el primer estadio con pista olímpica y el de Sabanilla fue el primer puerto de mar y río en el país.
***
Mientras más tarde se hace, el tráfico va colapsando y las bocinas de los carros suenan repetida y rápidamente cuando la luz del semáforo apenas cambia de rojo a amarillo. Los buses de Transmetro van llenos de gente que recién sale de su trabajo o apenas va a entrar. Todos los taxis están ocupados. Entonces, pasa un viejo Sobusa Carrera 72 que al fin y al cabo sirve.
El cambio es sublime. El velocímetro marca 80 kilómetros por hora en una zona donde lo máximo es 60 pero ninguno de los 200 pasajeros que nos acomodamos en ese bus dice nada por “la costumbre”. Suena a todo volumen por una emisora popular Barranquilla, procera e inmortal, ceñida de agua y madurada al sol… y, casi que inconscientemente, muchos tarareamos con pasión el himno que nos identifica, mientras anuncian el musical “Érase una vez en La Arenosa” que se presentará el día siguiente, en la Plaza de La Paz.
Es irónico ver cómo después de avanzar tanto en materia de transporte público, al implementar el sistema de buses articulados, sobreviven grandes chatarras tan desgastadas, que les suena hasta la pintura, pero por algún motivo aún siguen a cuatro ruedas, entorpeciendo con su terquedad en sobrevivir el desarrollo vial de la ciudad.
De pronto esos son los mismo buses que han sobrevivido desde la década de los 60 hasta principios de 1980, época en que Barranquilla se sume en una decadencia económica. Esto, en gran parte, debido al fracaso de algunas empresas dedicadas a la actividad industrial que no llegó a consolidarse en la ciudad, manteniéndose el comercio como principal actividad económica.
Esto además coincide con el fin del comodato de las Empresas Públicas Municipales con la Chicago Illinois Trust Company y con la migración del campo a las ciudades; se inicia una época de decadencia para Barranquilla, que supuso una desaceleración en la industria, la cultura, los servicios públicos y el crecimiento demográfico.
Eso fue lo que quedó de una ciudad que le dio la cara al río. Se convirtió en La Puerta de Oro de Colombia pero esa puerta la dejaron abierta y cualquiera entró e hizo lo que quiso.
Las malas administraciones de la ciudad durante años deterioraron su esplendor político y económico. Se desmoronó, y su desarrollo e infraestructura decayeron notoriamente. No había servicios ni agua potable. La corta visión de ese entonces y el hecho de darle la espalda al río fueron los errores.
***
Bajarse de un bus en esas condiciones es, definitivamente, respirar otro aire. No sé si sea por el Bicentenario de Barranquilla pero, de un tiempo para acá, la ciudad también tiene un nuevo aire. Lo cierto es que el magno evento del que todo el mundo está hablando sirve para darnos cuenta de que están volviendo a pasar cosas en esta “esquina”, como la ha llamado la alcaldesa Elsa Noguera.
A pesar de que a capital del Atlántico ha sido célebre por su caótico planeamiento urbano, causado por un origen espontáneo como puerto y distorsionado por la corrupción administrativa, que ha hecho difícil el encauzamiento apropiado de los recursos para un centro urbano de dimensiones mayores, se ha tratado de encaminar la urbe hacia nuevos proyectos para recuperar su nivel de capital estratégica del país.
Por estos días, Noguera afirmó que el Bicentenario de la ciudad es la oportunidad para descubrir aspectos de nuestra historia que aún no conocemos y para emprender proyectos que son una realidad y que aumentarán nuestro sentido de pertenencia por la ciudad.
Obras en las que se está empezando a trabajar como la canalización de arroyos, la recuperación de parques, el saneamiento de los caños, la entrega de viviendas gratuitas y, por supuesto, la construcción del corredor portuario y la Avenida del Río, con lo que Barranquilla comienza a echar una incipiente pero alentadora mirada, por fin, hacia el río Magdalena.
Con estos cambios alcanzamos a vislumbrar una ciudad que, siempre y cuando siga por ese camino, será pieza clave en el desarrollo económico, político y social de Colombia.
Puede que algunos piensen que el sentimiento patrio dura hasta este domingo, y el lunes los barranquilleros vuelven a ser los mismos ciudadanos indiferentes, pero también puede que sea la oportunidad perfecta para que caigamos en cuenta de que aún estamos a tiempo para que Barranquilla pueda unirse a otras ciudades que tienen y conviven con ríos como Londres, Nueva York, Guayaquil y, aquí cerquita, Medellín.
Es la oportunidad para empezar a dejar de lado temas sin duda importantes, como un partido del Junior o el Carnaval, y empezar a preocuparnos por temas que afectan decisivamente la calidad de vida de todos.
Por Salomé Llanos López
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