Circulo vicioso
Hace algunos meses que estamos de novios y no todo es color rosa. Las peleas son constantes, como un círculo vicioso que nunca termina. Peleamos, nos amamos y nos volvemos a pelear. Hoy peleamos toda la tarde por celular y nunca llegué a entender la causa. Pero a pesar de eso, ahora estoy yendo a verlo. Estoy en el tren, puedo notar que es tarde porque el sol se está escondiendo, escucho una canción que no me acuerdo el nombre, pero me la sé de memoria. Un chico me mira y me sonríe, otro hombre me mira como si estuviera desnuda, pero sin embargo pienso en él.
Me prometo llegar y cambiar las cosas. Pienso que este fin de semana no va a haber peleas, que todo va a estar bien, que nos vamos a reír mucho y que voy a dejar de llorar. Pienso que él por fin va a amarme sin decírmelo y estando conmigo.
Llego. Al principio trato de mantener distancia, le reprocho algunas cosas sin sentido, noto en su cara un fastidio repudiable e inmediatamente me acuerdo de la promesa del tren. Sonrió y lo beso. Me mira y puedo notar que me desea así que lo beso más. Hacemos el amor una o dos veces. Después se duerme y yo lo admiro. Es tan hermoso y me ama. Por unos minutos, pienso que soy yo el problema, que tengo que calmarme porque él realmente me ama.
Dos horas después estamos peleando de nuevo y otra vez no sé por qué. Me grita mis peores desgraciadas: que no voy a cambiar, que disfruto de las peleas y que por más que él me diera lo que quiero yo seguiría siendo igual, que cómo puede ser que salga a bailar con mis amigos, que me encanta que otros hombres me miren, que si ve me estando con otro me mata y después se mata él, que me visto como si fuera una prostituta, que estoy muy enferma y que lo estoy enfermando a él. No paro de llorar, pero él sigue gritando. Lo miro, pero no entiendo las cosas que me dice. Me acuerdo que en otra pelea me echó de su casa a las 2am y no entiendo como después de eso pude volver. Me río de mi misma, como pude ser tan patética y volver, pero después vuelvo a llorar y esta vez con más fuerza. Me mira perplejo como no entiendo nada. Sé lo que está pensando.
Junto mis cosas, las hago un bollo y pretendo meterlas en mi mochila. Él me pregunta qué carajo estoy haciendo, que deje de exagerar, que ya es tarde. Me mira como si me odiara, como sí no tuviera el derecho a llorar y sentirme miserable. Me mira como sí la loca y enferma fuera yo. Me mira y me dice “te encanta este circo”. Me quiero ir. Sus palabras me lastiman y él sigue. Me encierro en el baño, él sigue gritando que es su casa, que los vecinos van a escuchar, que estoy loca. Golpea la puerta cada vez más fuerte y yo pienso que sí, que él tiene razón, que realmente estoy enferma, que debería morirme ahí mismo y dejar de joder a los demás.
Respiro. Trato de calmarme. Él sigue golpeando, yo trato de pensar en una canción, siempre la música ayudó a calmarme. Me miro al espejo y no puedo creer como llegué a sentirme así. Pienso que tengo que dejarlo, así que decidida abro la puerta. Entra, me acuerdo muy bien que le pegó una piña a la pared mientras yo trataba de desaparecer. Me dijo que me amaba, que todo iba a estar bien. Le dije que quería irme, que no podía seguir con él, que me hacía mal. Me respondió que era tarde, que estaba lejos de casa y que no tenía como irme. Me quedé callada porque tenía razón.
Me trajo algo para tomar y me pidió que vayamos a dormir. Me prometió que mañana iba a hacer otro día, que iba a estar todo bien, que íbamos a ir a pasear. Ya no podía creerle, pero me acosté mientras él me abrazaba.
Me desperté, eran más de las tres de la tarde así que decidí levantarme. Él se durmió mucho después que yo así que tenía sueño. Le dije que quería ir a algún lado, que no estaba bien como para estar ahí. Me respondió que no, que él no iba a ir a ningún lado, que tenía sueño y no quería hacer otra cosa que dormir. Empecé a llorar y él repudiando mi actitud me reprochó que ya tengo veintidós años y que tenía que dejar de actuar como si fuera una quinceañera.
Le pedí por favor que me abra, que iba a irme. Se río mientras me decía que a los cincos minutos de irme iba a llamarlo pidiendo volver, como ya lo había hecho otras veces. Que quería ahorrarse el tiempo porque estaba harto de mis caprichos. Le dije que no, que no quería estar más con él, que esta vez era en serio, no soné creíble pero esta vez era verdad. Me abrió la puerta y salí. Caminé y me sequé las lágrimas.
Esta vez era diferente. Me sentía diferente. Me sentí lista para dejarlo atrás. No quería volver, sólo quería llegar a casa. Sé que él pensaba que era una pelea más del circulo vicioso. Sé que pensaba que esto iba a pasar como pasó todo. Sé que estaba seguro de que yo no podía vivir sin él. Sé que estaba esperando que lo llame llorando para que venga a buscarme. Pero esta vez no.
Inesperadamente para mí, y para él, pude irme. Me fui. Me fui porque realmente quise. Me sentí tranquila y libre. Me mandó un mensaje “perdón, todo es mi culpa. Voy a cambiar porque te amo. Vos no tenes nada que ver”. Entendí que él tenía razón. Yo no era eso, yo no era esos llantos y esos ataques de nervios. Sólo quería que nos fuéramos de vacaciones, quería mostrarle lo hermoso que puede llegar a ser el mundo cuando estás al lado de la persona que amas, quería cocinarle su comida favorita y hacer el amor todas las veces que él quisiera, quería que sepa el compromiso y la fidelidad son promesas posibles para mí.
Pero él siempre exigía, y yo siempre aceptaba. Me ponía en su lugar y entendía que él podía hasta ahí y no más. Entonces me entregaba a sus promesas de un amor que iba a mejorar, que ya íbamos a ser vida de novios, que él iba a cambiar sus actitudes pero que yo tenía que esperarlo. Y fue así como agaché la cabeza y me entregué completamente dejando de lado mis deseos como mujer. Dejé que hiciera de mi mente y de mis pensamientos lo que quisiera. Me quedé muchas veces, cuando en realidad quería irme.
Me hizo creer que realmente estaba enferma, que yo era la loca celosa y la que siempre buscaba pelear sin razón. Me hizo creer que merecía esos episodios donde no quería hacer otra cosa que desaparecer. Me hizo creer que yo era la infeliz que lo quería arrastrar a un infierno. Me hizo creer que otro hombre que me ame como él no iba a encontrar. Me hizo creer que merecía que él apague el teléfono mientras discutíamos y yo no podía respirar. Me hizo amarlo hasta que me doliera cada parte de mí. Pero inesperadamente, pude irme.












