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La parte humana
que llevan en sí
todos los perros
La parte mía
que es libre
cuando el perro
también lo es.
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30
La parte humana
que llevan en sí
todos los perros
La parte mía
que es libre
cuando el perro
también lo es.
7
Descubrirse más entera
después de la pérdida:
conservar solo el asombro
de haber sido
el lugar del prodigio.
28
Puede el deseo
irrumpir en el cuerpo,
tomar su lugar para
acontecer en el mundo
como rompe al cemento
un brote de hierba.
28
Irrumpir
por las mañanas al mundo
jugando
como un perro.
14
Llegar a la cima de la escalera. Mirar hacia abajo. Sentir el anzuelo del vértigo clavarse en el pecho. Cerrar los ojos. Recordar la propia vida derrumbándose una, dos, tres, cuatro veces. Recordar los meses que tomó levantarse, los años para restaurar el equilibrio. Preguntarse si la caída también tiene su parte de vuelo. Imaginar el instante súbito y luminoso antes del dolor, antes de golpear el suelo. Abrir los ojos. Poner el pie en el aire. Entregarse al vacío.
28
Haber vuelto a querer un perro
tantos años después
de los que tuve en la infancia
porque allí aprendí
y ahora lo sé
que son el lugar más seguro
donde dejar
el amor
que llevo
en las manos.
22
Entrar a la cocina. Detenerse ante el fregadero. Suspirar. Asomarse a los trastes sucios como hacia un abismo. Tomar una copa que aún conserva marcas de vino. Enjabonarla. Humedecerla después bajo el chorro del agua. Contemplar la desaparición de los últimos rastros de espuma. Acariciar la superficie limpia con los dedos. Pensar: aquí termina el mundo que había conocido. Notar entonces el crujido. Descubrir una grieta extendiéndose desde el borde del cristal hasta el centro. Recordar las cosas delicadas que sostuviste alguna vez sin romperlas: el cascarón de un huevo, un hoja seca, cierta esperanza, el ala de una libélula. Abrir el bote de la basura. Arrojar la copa dentro. Escuchar el estruendo con el que se apila una nueva capa de cristales rotos. Abandonar la cocina.
24
Se anunció con aquel odio hacia mí misma. Un día apareció en oleadas. Después llegó la certeza: mi hermano y yo éramos cada vez más similares a pesar de nuestro crecimiento. Había vigilado frente al espejo los cambios en mi apariencia física. Era notorio el desarrollo en el que me adentraba. El rostro se despojaba de las facciones infantiles. El resto del cuerpo se cubría de formas redondeadas. Pero el vínculo que compartíamos como mellizos se resistía a abandonarme. Reclamaba su lugar por medio de otros rasgos. La voz fue uno de los primeros indicios. Mi tono se volvió semejante al de mi hermano. Luego nuestros ademanes dieron la impresión de formar una misma secuencia. Hasta los movimientos más súbitos parecían ocurrir a un mismo ritmo. Temí perder lo poco que conseguía nombrar como mío. Quizá por eso la primera herida que me provoqué fue tan profunda. La sensación de control le siguió de inmediato: lastimarme a voluntad había puesto en marcha una transformación sin retorno. Desde ese momento sólo hallé alivio en las lesiones. Me las causé con todo tipo de bordes afilados. Utilicé alfileres, hojas de afeitar, trozos de vidrio, un cuchillo. La sangre manó de mi pecho hasta los muslos, con especial saña en el vientre y en los antebrazos. Abrí un nuevo corte por cada una de nuestras semejanzas. Como si fuera la única manera de destruir aquello de mi hermano que me habitaba.
11
Durante esa época pasé horas sumergida en la bañera de la casa. Como si respondiera a un llamado que provenía del agua helada. Lo hacía con las luces apagadas mientras dormían mi madre y mi hermano. Era lo único que conseguía apaciguarme cuando despertaba con la respiración agitada. En un principio la tina me contuvo el cuerpo entero. Después aparecieron los cambios que se extendían de mis pechos a las caderas. La carne, antes lisa, había crecido. Parecía hinchada de oscuridad y de agua. Lo distinto de mi aspecto era notorio a la luz del día. Mi hermano lo advirtió con más claridad que nadie. Había en él una atención expectante. Hasta aquel día en que el calor del verano se volvió insoportable. Mi hermano insistió en que fuéramos a nadar a la alberca pública esa tarde. En cuanto llegamos me arrojé primero que él a la parte más honda. Aunque flotábamos distantes, el vaivén del agua se encargó de acercarnos. Al volver a mi lado me retó a tocar el fondo de la alberca con las manos. Así revivimos durante un rato nuestros juegos de la infancia. Entonces hicimos el último enfrentamiento: descubrir quién podía contener la respiración por más tiempo. Nos sumergimos frente a frente con los ojos abiertos. Varias veces probamos nuestra resistencia. Hasta el momento en que mi asfixia se prolongó a tal grado que atravesó de pronto el umbral de un orgasmo. Recuerdo haber sacado la cabeza del agua con un jadeo desconcertado y encontrar en mi hermano la mirada de quien ha sido testigo de un naufragio.
20
Mi madre siempre deseó amamantarnos. Dice que ese anhelo existía en ella desde antes de nuestra concepción. Que por eso nos ofreció sus pechos en cuanto nacimos. Pero que, de manera simultánea, mi hermano y yo los rechazamos. Aún cuando el llanto del hambre caracterizó nuestros primeros días, cada que mi madre intentaba darnos pecho la rehuíamos. No le sirvió de nada encubrir su leche con una mamila ni rozarnos los labios con sus pezones mientras dormíamos. Algo en nuestro instinto se había trastornado. Aunque mi madre optó por alimentarnos de otra manera, extraer y tirar su leche no bastó para evitar que se acumulara. Por eso con el tiempo apareció la inflamación, seguida de las grietas y el sangrado. Quizá fue una sospecha lo que la llevó a intentarlo. Decidió aclararla aquella vez en que hasta el roce de la ropa le lastimaba. Se desnudó el torso y nos colocó frente a ella: mi hermano a la derecha, yo a la izquierda. Al percibir su piel tumefacta por fin dimos señales de reconocerla. Entonces la encontramos con la boca y por primera vez mamamos de ella. Dice que sintió como si abriéramos dos heridas en ella. Que con nuestra avidez no parecíamos buscar su leche, sino el daño al que ésta había quedado unida. En cuanto lo entendió nos apartó con violencia. No volvería a sostenernos así de cerca.
8
Para mi madre, nuestro origen simultáneo fue la prueba de que la dualidad existía. Decía que mi hermano y yo éramos dos opuestos destinados a complementarse. Por ello, nuestro carácter debía ser como una balanza en equilibrio. La división del bien y el mal entre nosotros sería uno de los atributos que nos distinguiría. Mi hermano ocupó la posición del mellizo malvado desde el principio. Para demostrarlo, destruía con saña mis muñecas y me cortaba el cabello mientras dormía. La idea de diferenciarse por ser malo le entusiasmaba. Por el contrario, asumió como un rasgo de bondad la paciencia con la que me resistía. Una ocasión fuimos invitados a una fiesta de disfraces. Mi hermano pidió ser un demonio, así que yo personifiqué al ángel de túnica inmaculada. Mi madre nos acompañó a la reunión durante un rato. Pero en cuanto nos dejó solos mi hermano y yo nos separamos. Me dediqué a deambular entre las demás criaturas hasta que se me acercó una niña pequeña. La blancura de su disfraz de conejo acoplaba con la del mío. De pronto extendió las manos hacia las plumas que sobresalían de mi espalda. Apenas una ligera sacudida me hizo notar su intento por arrancarlas. No la miraba a ella cuando le solté el puñetazo en la cara. Miraba la herida abierta que era mi hermano en medio de los demás. Conforme caminé hacia él dejé de escuchar los chillidos. Al llegar a su lado posó de inmediato la atención en mi atuendo. Las gotas de sangre que lo habían salpicado eran del mismo color que él vestía.
29
Acostarse boca arriba en la camilla vistiendo solo la ropa interior. Cubrirse con la sábana de los hombros a los muslos. Cerrar los ojos. Escuchar al médico entrar en la habitación. Sentir que palpa el antebrazo derecho. Notar la primera punzada. Reconocer la posición exacta del dolor. Contar once agujas clavándose en la carne: cuatro del brazo a la mano, tres de la rodilla al empeine, tres de la frente al cuello, una en el centro del pecho. Inhalar profundo. Pensar en la fragilidad de un cuerpo que se sujeta con alfileres al mundo, igual que una mariposa azul disecada en una exhibición. Exhalar. Recuperar la noción del tiempo cuando las agujas son extraídas por el médico. Girar el torso para recostarse boca abajo. Mantener los ojos cerrados. Esperar a que el procedimiento empiece de nuevo.
2
Quizá para mi hermano la primera vez fue por instinto. Con la naturalidad de ciertos gestos que anteceden a la conciencia. Tantear la aspereza con los dedos. Sentir un borde que se desprende. Llevarlo a la boca. Saborearlo. Las marcas oscuras de sangre seca alertaban a mi madre. Por eso mi hermano se comía las costras para borrar el rastro de las lesiones que se infligía. El hábito de hurgar una y otra vez en las mismas heridas lo adquirió de manera paulatina. No hacía distinción entre cortes, quemaduras, arañazos y raspones. Parecía transformado después de arrancarse y tragar trozos de sí mismo. Como si fuera capaz de abrir un espacio de eternidad en el cuerpo que se alimentaba por el mismo gesto que lo consumía. Fue justo allí donde se originó mi envidia. En esa forma de intimidad que yo desconocía. Lo que hice aquella vez supongo que también fue por instinto. Cuando mi hermano me pidió que le rascara la espalda la hallé al levantar su playera. Entre sus omóplatos colgaba una costra a punto de soltarse. Sin dejar de mirarla arañé con fuerza la carne que la rodeaba. En el instante en que mi hermano suplicó que me detuviera la arranqué y me la metí en la boca. El sabor a herrumbre me invadió la lengua durante varios días. Todo ese tiempo lo pasé abstraída. No había manera de que supiera entonces: el silencio situado en mí era aquel que delata las traiciones.
16
Mi hermano y yo compartimos un lenguaje secreto antes de pronunciar nuestras primeras palabras. Dice mi madre que por eso el habla nos alcanzó con retraso. Sólo éramos capaces de emitir balbuceos a la edad de los tres años. Alarmada, mi madre decidió impartirnos lecciones para aprender a nombrar las cosas del mundo. Estaba segura de que le entendíamos, aunque no hacíamos más que permanecer en silencio mientras ella nos hablaba. Después de meses, la frustración la llevó a probar otra estrategia: era cierto que nos negábamos a reconocerla como interlocutora. Quizá, al dejarnos solos, manifestaríamos entre nosotros un uso incipiente de las palabras. A partir de ese momento se dedicó a espiarnos. Lo notó por primera vez una ocasión en la que jugábamos cerca de ella. Era una entonación irregular que solía iniciar en mi hermano y que yo retomaba en cuanto él se interrumpía. Así, descubrió que llevábamos a cabo ágiles intercambios con múltiples variaciones de tono. En otras ocasiones nuestras voces se superponían para sostener la misma entonación un rato. Dice que había en nosotros el comportamiento de los animales que se descubren parte de la misma especie. Mi madre planificó una consulta con el especialista cuando se cumplió un año de la aparición de ese intercambio. La noche previa, mi hermano y yo peleamos con violencia para apropiarnos del único oso de tela que había en la casa, pues deseábamos jugar con él por separado. Antes de que mi madre lograra intervenir soltamos al mismo tiempo un: “Yo” tan rabioso que la dejó paralizada. Dice que nos quedamos en silencio mientras cada quien sostenía uno de los brazos del oso. Dice que ahí, al mirar alrededor como si reconociéramos todo por primera vez, le parecimos dos desterrados.
21
No llamaría amor a lo que mi hermano y yo sentíamos el uno por el otro. Sospecho que entre nosotros ocurría algo distinto. Pero los sentimientos que suceden desde tan cerca nacen plagados de puntos ciegos. Es difícil distinguir así los acontecimientos que los desencadenan. Habíamos atestiguado a los hermanos que durante el crecimiento descubren entre sí su capacidad para hacer daño. Las primeras cicatrices en marcar sus cuerpos solían tener un origen fraterno. A diferencia de ellos, nosotros nunca lastimamos al otro ni permitimos que alguien más lo hiciera, pues el dolor que ocasionan los demás es de una naturaleza distinta al que se provoca uno mismo. No imaginábamos que el deseo de proteger adopta formas extrañas. En especial cuando proviene de quien ha experimentado en sí mismo el daño que es capaz de hacer. Los destellos fueron el punto de partida para mi hermano. Los notamos al pasar frente a la cafetería que había junto a la escuela. Un hombre permanecía todos los días en las mesas exteriores con un plato de sopa. En aquella ocasión, al caminar a su lado, un resplandor se posó en el borde de mi falda. Mi hermano volvió con brusquedad sobre sus pasos. En el instante en que se situó frente al hombre le escupió en la cara. Un espejo de mano cayó al suelo mientras el hombre, asqueado, se escabullía hacia el interior del local. Los fragmentos de vidrio crujieron bajo sus zapatos. Mi hermano se inclinó a recoger un puñado de esquirlas. Centellearon por última vez antes de hundirse dentro del plato.
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Escuchamos lo que la gente creía acerca de los mellizos cuando aún éramos pequeños. Decían que la sensibilidad en nosotros obedecía a una naturaleza distinta, pues estábamos unidos de manera absoluta por cierta forma de percibir el tacto. Fue la llegada a la escuela lo que nos convirtió en un par de extraños. Todos allí habitaban el mundo sin compañía. Por ello, fuimos sometidos a interrogatorios desde el primer día. Nos acorralaban para preguntarnos si habíamos sufrido en el cuerpo las heridas del otro, o para saber si era cierto que experimentábamos el dolor al mismo tiempo. Mi hermano y yo convertimos de inmediato en propias esas dudas ajenas. Para entonces nuestras vidas ya trazaban su órbita alrededor del otro, pero el misterio en el que de pronto nos habían colocado era aterrador. ¿De qué manera lograríamos distinguirnos entre nosotros, si estábamos forzados a compartir la sensaciones más íntimas del cuerpo? Nada ocasionó tanta angustia en mi hermano como la posibilidad de que fuera cierto lo que se decía. Cuestionaba una y otra vez a mi madre, aunque ninguna de sus negativas consiguió tranquilizarlo. Supongo que había algo razonable en su recelo: mi madre nunca lograría desmentir desde su experiencia lo que la gente aseguraba ya que, al igual que el resto, también tuvo un nacimiento solitario. Mi hermano dejó de nombrar sus preocupaciones aquel día que lo perdí de vista durante el recreo. Recorrí el patio de la escuela para buscarlo, pero después de un rato me distraje con un juego. Antes de que nos llamaran de regreso al aula noté detrás de mí su presencia. Unas tijeras de punta redonda colgaban de su mano. Lo miré perpleja cuando por fin abrió la boca: tenía los dientes ensangrentados y un corte vertical en la punta de la lengua. Separé los labios en un acto reflejo. La expresión de triunfo apareció en su rostro cuando notó mi lengua intacta. Aún saboreaba la sangre con deleite en el momento en que la campana anunció el fin del recreo.
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Supongo que a mi madre le pareció inofensivo mi súbito interés por tejer pulseras de hilo. Le había pedido que me regalara el material al cumplir doce años. Nunca reconocí ante ella que se trataba de una moda pasajera: mis compañeras de la escuela habían empezado a usar pulseras que ellas mismas se tejían. El propósito era destacar de los demás con las tramas más complejas y coloridas. Aquella era la época de cuerpo ambiguo que caracteriza al final de la infancia. Y tanto en mí como en mi hermano la promesa del cambio que provocaría el crecimiento también se demoraba. Una de las técnicas más populares requería entrelazar el tejido a los dedos. Fallé todas las veces que intenté aprender por mi cuenta. La frustración alcanzó su punto más alto aquella ocasión en la que terminé con los hilos enredados en la mano. Se ciñeron a mis dedos cuando intenté liberarme de la maraña tirando con rabia de uno de sus extremos. El adormecimiento apareció de inmediato. La piel se había puesto lívida ante mis ojos. No conocía esa forma de mirarme. El resto de la tarde lo dediqué a devanar las madejas de colores sobre mi cuerpo desnudo. Me miré en el espejo del baño durante todo el proceso. La fuerza con la que ceñí el hilo hizo aparecer un cúmulo de hendiduras en la figura pueril que tanto había aborrecido. De alguna forma la distorsión conseguía resaltar su belleza. Pero la transformación que había desencadenado no sólo ocurría en apariencia. La sensación lacerante de cada tajo aclaraba un límite que antes parecía borroso: para reconocerme había que ir hacia el centro del dolor y atravesarlo. Corté los hilos con unas tijeras cuando la piel se amorató. Había algo asombroso en la ligereza que experimenté al soltarme.