“Pabellón de Cancerosos”, Alexander Solyenitsin
“Acababa de hacer entrar a una niñita de cuatro años con un vestido azul, acompañada de su madre. La niña tenía en la cara unos pequeños angiomas rojos, todavía minúsculos y hasta ahora benignos; pero se acostumbra aplicarle rayos a este tipo de tumor, a fin de que no empeore. En cuanto a la niñita, ignorante de la grave amenaza de muerte que quizás llevaba ya sobre su pequeño labio, no estaba muy intranquila. No era la primera vez que venía: ya no tenía miedo: gorjeaba, extendía la mano hacia los aparatos niquelados, muy dichosa en este mundo rutilante. En su caso, la sesión no duraba sino tres minutos; mas ella no estaba del todo dispuesta a permanecer inmóvil tres miunutos bajo el angosto tubo que la enfermera dirigía con precisión a la parte enferma. Hacía incesantes contorsiones, se apartaba, y la técnica desconectaba nerviosamente el aparato, rectificando sin cesar la orientación del tubo. La madre trataba de retener la atención de la pequeña con un juguete que tenía en la mano, prometiéndole otros, con la condición de que se estuviera sosegada”. (p.62, Editorial Ercilla, 1973)














