Introducción de El Bravo Tuky - Prodavinci
Primero fue la vanguardia. Se tiene memoria del antepasado tuky sentado en una carreta, con la gorra volteada hacia atrás. Probablemente en alguna ciudad de Italia, o de incógnito en París, durante la primera década del siglo pasado. Habrá palmeado a Marinetti en el hombro. Su intento de hacer un saludo coreográfico fue posiblemente frustrado. En el traquetear de su vehículo decimonónico, habrá adivinado el sonido de la máquina, herencia de lo electrónico: para qué escuchar a Puccini, para qué a Mozart. El tuky es bisnieto de la vanguardia que se empezó a cuestionar lo bello para abrazar el rugido de la música átona, de la rebeldía del rumor.
Hoy la música se remezcla sin pudor. De las cornetas de reproductores personales y masivos suena cualquier delirio que se acometa en el estudio o en la comodidad del cuarto, con las herramientas tecnológicas de turno. Pero eso tuvo que ocurrir por primera vez. Un público que no se sentara a esperar el violín, sino la máquina. El invisible rumor de la corneta. Precedida por el laboratorio, la música electrónica fue un invento académico, que buscaba el sonido del futuro, documental o modulado, feroz o zen. Esos experimentos de montaje y sintetización poco a poco permearon en el mainstream, se volvieron alemanes en la lista Billboard, divas disco, raperos con samplings.
La electrónica nació como venganza de lo urbano, cuando se cruzaron los cables de los sentidos. Era intuir la industria ante su eco, auscultar el futuro escuchando el gorjear del asfalto que sustituía a los adoquines.
Cien años después, como en las escrituras, el verbo. Esta vez antecedido por el brillo del monitor. Un video de Youtube anuncia una saga “Petare vs Cotiza baile de changa tukky parte 1”. Más de 500.000 reproducciones lo convierten en un best seller nacional. En la imagen, entran los ganadores de la primera semana al ruedo. Ropa deportiva, camisetas, pañuelos a la frente, pantalones cortos. Uno comienza a mover los pies cual una tijera alucinada, que se sale de sus bisagras sin perder la cadencia. Lo acompañan las manos y las rodillas, las caderas. Después sus compañeros. Entran las mujeres. La música se desata y el bajo se distorsiona. El micrófono de la cámara portátil no alcanza a abrazar su rugido.
¿Qué es ese baile que alterna formaciones con un ritmo inclemente? Qué es esa palabra, tuky, qué dice del otro.
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