Van a venir
Por Fabián H. Medina
Este cuento forma parte de la antología "Oculto en las sombras: Homenaje a Patricia Highsmith" publicado en 2023 por Gold Editorial (Colombia)
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Ringo sabe que van a venir. Agazapado en la única ventana con persianas del basurero que tiene por departamento observa el largo pasillo del complejo. Sabe que tendrá visitantes aunque no los haya invitado. Por eso tantea el revólver que tiene en la mano y abre otra vez el tambor para comprobar que ahí están las seis balas. Sabe que van a venir.
En el terreno hay seis departamentos y el suyo está al final del pasillo que conecta con la única entrada y salida del lugar. Salvo un matrimonio, en la mayoría de los otros viven estudiantes del interior pero es enero y todos están en sus pueblos. “Puta suerte la mía”, se lamentó.
Son las 16 y afuera el calor es infernal. Ringo sabe que van a venir. Ya pasaron dos horas del plazo que tenía para saldar la deuda con el gordo Gaona, el último prestamista al que tendría que haberle pedido plata en la ciudad. Pero lo hizo. Deberle a Gaona era firmar la sentencia de muerte y Ringo ya logró postergar la ejecución dos días. Dos días para cancelar la deuda con la promesa del pago de un interés casi similar al del préstamo, los que Ringo no pagó. Por eso sabe que van a venir.
$50 mil dólares. “Ni robando el casino del pueblo voy a juntar eso”, pensaba Ringo. Los apostadores siempre encuentran la forma de cavarse la fosa. Ahora ya es tarde y ni por asomo tiene esa plata. No le queda otra que escapar pero para eso va a tener que correr sangre. “No es cuestión de huir y que me agarren en otra ciudad o en la frontera. Gaona tiene contactos en todos los pueblos y en las Fuerzas”, razonó.
Ringo sabe que los matones ya lo deben estar esperando afuera del complejo. Por eso tiene que liquidarlos y después recién huir. Dejar un mensaje. “Conmigo no vas a joder, hijo de puta. Si querés boletearme vas a tener que mandar más hombres y perseguirme hasta la concha de la lora”, fantaseaba.
Ringo armó un pequeño fuerte en ese ruinoso departamento. Limpió una vieja pistola y se aprovistó para aguantar todo el día y el viaje de escape: un atado de cigarrillos, una botella de Criadores, algo de coca y unos porros, aunque eso queda para el final; para cuando todo termine y pueda relajar. La comida era lo de menos. Necesita estar ligero, alerta. Un saque cada hora para estar despabilado. Van a venir en cualquier momento y él los espera.
Son las 18 y el sol comienza a ocultarse. Ringo mira por la ventana mientras las gotas se le acumulan en la frente. Sabe que van a venir por eso apagó todas luces y el ventilador. Es una batalla de paciencia. El que se apura pierde. Si cruza el portón es boleta y si ellos vienen se arriesgan al mismo destino. Pero él sabe que van a venir, por eso tiene que esperar.
Algo interrumpe el silencio. De fondo se escuchan unos pasos seguidos de un ligero murmullo, como de una conversación. Ringo contuvo la respiración para oír mejor mientras empuñaba la pistola.
Los murmullos cesaron y se escuchó el ruido de un manojo de llaves. Ringo se corrió de la ventana y fijó la mirada en el picaporte. Una puerta se abrió pero no era la suya. Se acercó de nuevo a espiar por la ventana. Eran los Sánchez, el matrimonio que vivía al lado. Ringo soltó un suspiro y se secó la frente con el antebrazo. “Si hay testigos no van a poder hacer ruido o también se los van a tener que cargar a ellos. Ventaja para mí”, se relajó.
A pesar del calor, Ringo tomó la botella de Criadores y apuró unos tragos mientras espiaba por la ventana. Los bolsos de la pareja todavía estaban en la puerta. “¿En qué andan estos?”, pensó. Segundos después los Sánchez salieron del departamento, cerraron la puerta y se perdieron con sus bolsos por el pasillo. “Viven todos de joda en este país”, se quejó por dentro Ringo.
La penumbra en el complejo era total. Ringo se aseguró de sacar todos los focos del pasillo para complicar a la gente de Gaona pero él tampoco podía distinguir unos metros más allá de su departamento. “Tengo que estar despierto”. Una raya más para activar.
Ringo miró por la ventana. El calor era cada vez más sofocante. “¿Cómo le fui a pedir plata a Gaona? Pero qué pelotudo soy”, pensó. El sudor le traspasaba las cejas; los ojos le ardían. “Si zafo de esta, no juego nunca más”, se juró. El silencio era total. “O al menos voy a apostar a lo seguro. Hasta que me acomode”, se rectificó.
El silencio se hacía cada vez más inquietante. “Ni una puta chicharra”, se lamentó. Eran casi las 20. El mínimo ruido de los autos pasando lo ponía tenso. “Me tengo que tranquilizar porque me voy a morir antes de que lleguen”, pensó. Hora del porro.
Dos pitadas profundas fueron suficientes para aflojar los nudos de la espalda. Por primera vez en dos días, Ringo sintió algo de alivio. En medio del humo se acordó del negro Carli, un transa de baja monta por el que nadie daba dos pesos pero que supo dar un batacazo un año atrás: asaltar una cueva del gordo Gaona. En circunstancias nunca del todo aclaradas, Carli, a cara descubierta y pertrechado con una pistola, redujo a los dos guardias y se llevó todo el efectivo de los cajeros. Las cámaras de seguridad lo captaron y desde entonces se desconocía su paradero. Gaona prometió una generosa recompensa a cambio de su ubicación.
Ringo había escuchado rumores. El temerario transa andaría por Montecarlo esperando a cruzar el Paraná y perderse en Paraguay. Ese era territorio de turco Sahid, un rival histórico de Gaona; de ahí la elección de Carli. “Lo puedo agarrar. Él me conoce por eso no va a sospechar. Lo puedo llevar con Gaona y ahí saldamos la deuda”, pensó Ringo.
Sería una traición infame y de cualquier manera tendría que irse de la ciudad. Las ratas no tienen mucha expectativa de vida, aún menos que la de un apostador. “Son las reglas de juego, Carli lo va a entender”, pensó.
Los minutos pasaban y Ringo esperaba al lado de la ventana. No quedaba otra que esperar, después matar a los soldados de Gaona y huir. Empezar otra vida en otra ciudad. Una última apuesta.
Otra raya y un trago de whisky. Esperaba que –mínimo- fueran dos los matones pero tenía sus sospechas. “Afuera seguro hay otro esperando de campana”. Abrió otra vez el tambor. Hizo cálculos: una bala para cada matón; dos para rematarlos. “Eso va a llamar la atención. Si abro fuego, los que estén esperando se van a venir al humo o van a escapar. Pero el ruido puede alertar a la policía y si me agarran con un muerto a lado, no tengo escapatoria”, pensó.
Ringo pegó un salto rumbo al baño. En un gancho que sobresalía de los azulejos colgaba una diminuta radio para duchas. La encendió y puso el volumen al máximo. “Tengo que distraerlos y que no se escuchen los disparos”, pensó. Con el señuelo armado, se acomodó al lado de la ventana.
Ya era casi la medianoche. La radio saturaba desde el baño pero Ringo no se distraía. Repasaba el plan en su cabeza una y otra vez. Daba por descontado que los matones forzarían la única puerta del departamento, por eso los esperaba detrás de una barricada armada con una mesa. La luz en el baño quedó encendida para distraerlos. “Si se trata de un matón, la cosa será más simple. Si son dos, espero a que entren y se acerquen hasta el baño y ahí ataco. Sin son tres… Dios quiera que no sean tres”, pensó.
Ringo se impacientaba cada vez más. La duda comenzó a carcomerle la cabeza. El plan era muy arriesgado. Si lograba despachar a los dos matones, afuera seguro lo estarían esperando otros soldados de Gaona. Y si esperaba con los muertos dentro del departamento, se arriesgaba a que llegaran más matones o la policía. “Esto no va a funcionar”, se desesperó.
Los nervios, la merca, el faso y el whisky le habían quitado lucidez. “Cuando los escuche venir voy a disparar. No se van a arriesgar a hacer quilombo. Tengo que ganar la calle rápido. Un disparo para hacerlos correr. Después salgo yo”, repasó.
De repente Ringo escuchó un crujido en el techo, como si algo caminara por sobre las chapas del departamento. “Están arriba los hijos de puta”, pensó. Apuntó el revólver al techo como esperando que abriera un agujero y cayeran de ahí los visitantes. Tardó unos segundos en darse cuenta de lo absurdo de la idea.
El ruido había parado pero Ringo seguía empuñando el arma. La cabeza le reventaba pero sabía que iban a venir por él. Nada se escuchaba más que una repetitiva melodía electrónica saturando en la radio. Ringo apuntaba a la puerta hasta que la tensión lo sacó de quicio.
— ¿Qué pasa, hijos de puta? Tienen miedo de entrar —gritó.
Ringo escuchó un ruido a sus espaldas y no dudó. Se dio vuelta y disparó dos veces. En el destello no alcanzó a ver a nadie pero escuchó a unos gatos correr por el techo. “Estoy vivo”, se alivió. Los disparos impactaron en la bajo mesada muy cerca de donde estaba la garrafa de gas de 10 kilos.
No reparó en el destino de los disparos. Reconocía que el susto lo hizo precipitarse pero lo tranquilizó la rapidez de su reacción. Tomó otro trago del whisky. El calor era infernal pero se empezó a sentir eufórico.
—Dale, cagones. Muestren la cara —desafió en voz alta.
El aire del departamento se comenzaba a viciar. Ringo se percató que los disparos cortaron la manguera de la garrafa pero, cuando se disponía a cerrarla, otra vez escuchó ruidos aunque ahora provenían de afuera. “Puta madre. Ya están acá”, pensó.
Ringo empuño nuevamente la pistola mirando a la puerta. La euforia se le había disipado. El sudor frío le caía en cascada de la frente pero solo estaba pendiente de gatillar rápido cuando irrumpieran por la puerta. Ya no había margen para planes de escape. Era matar o morir.
Los segundos pasaban y la ansiedad se apoderaba de Ringo.
—Hijos de puta, terminemos de una vez. Entren, cagones. Estoy solo —gritó.
Nadie respondió del otro lado.
—Cuatro balas. Cuatro balas para ustedes, hijos de puta.
Ringo, cada vez más mareado, empezó a sentir como el arma le pesaba. “Se asustaron estos cagones. Se asustaron”, pensaba. La visión se le tornó borrosa pero no quería bajar la guardia. “A lo mejor Gaona reculó. Se dio cuenta que no soy ningún gil. Si lo atrapo a Carli capaz me perdona”.
Ringo aflojó los brazos. Recordó la pérdida de gas pero le pareció que la garrafa estaba a dos cuadras de distancia. Se tumbó con brusquedad en una silla. La pistola se le cayó de la mano derecha. Sabía que el calor era tremendo pero ya no lo sentía. “Si lo atrapo a Carli me van a perdonar. Podría trabajar para Gaona, cancelar la deuda”, pensó.
La tenue luz que se filtraba del baño apenas iluminaba una franja en la pared de la que Ringo solo podía distinguir la parte baja de un póster despintando: se trataba de los números que representaban los sueños en la quiniela. Alcanzó a distinguir el número 87 (piojos); el 88 (el Papa); el 89 (la rata). Se quedó pensando en ese último número. “Tengo que jugarle al 89 a la cabeza. Al 89, cuando vuelva de Montecarlo”, se echó a reír para después caer al piso.
La puerta del departamento se abrió. Ringo distinguió unas siluetas acercándose.
—El 89, a la cabeza —alcanzó a balbucear.













