Os voy a contar una historia muy dura y muy triste: la historia de cómo yo y todas las chicas de mi alrededor no podíamos mirarnos al espejo.
A los 11 años, dejo de ir a la playa porque decido que no tengo suficiente pecho como para ponerme un bikini.
A los 12 años, soy incapaz de ir a comprar sujetadores sin echarme a llorar. Me relleno el sujetador de papel higiénico.
A los 13 años, meto barriga cuando voy en bikini para sentirme más delgada y más bonita.
A los 14 años, mis amigas se quejan de lo gordas que están cuando pesan menos que yo.
A los 14 años, “gorda” o “fea” es lo peor que se me puede llamar siendo chica, todas temblamos de miedo al oír esos “insultos”.
A los 14 años, una amiga tiene que convencerme para ir a una excursión del instituto porque me da miedo que mis compañeros me vean en bikini.
A los 14 años, tengo que convencer a una amiga para que se bañe en la piscina en un campamento, porque está gordita y le da vergüenza.
A los 14 años, la madre de familia de un intercambio inglés nos cuenta que a los 17 perdió a casi todas sus amigas, que murieron de anorexia.
A los 16 años, tengo que amenazar a una amiga con chivarme a sus padres si no deja de vomitar, porque ha escupido sangre.
A los 16 años, la hermana pequeña de mi novia ya ha estado internada por anorexia. Mi novia no se atreve a comer en público porque está gorda.
A los 16 años, dejo de ir a clase y están a punto de suspenderme la evaluación porque no me siento lo suficientemente guapa como para salir.
A los 17 años, mi ex novia se echa a llorar yendo de compras poque no hay tallas para su cuerpo. Yo la abrazo y no sé qué decir.
A los 17 años, vuelven a internar a la hermana de mi ex novia por anorexia. Yo la abrazo y no sé qué decir.
A ls 17 años, mi hermana de 13 me cuenta que una de sus amigas de verano vomita lo que come para adelgazar. No sé qué decir.
A los 17 años, pienso que ya que no puedo ser guapa, al menos estaré delgada, y pruebo a no comer por unos días. Una manzana y un zumo al día.
A los 17 años, una de mis mejores amigas me confiesa que vomita la comida para adelgazar. Lloro al teléfono y no sé qué decir.
A los 17 años, me cuentan que la ex novia de una amiga común follaba con camiseta porque se avergonzaba de su tripa.
A los 17 años, una amiga del sitio donde veraneo se descarga una aplicación para registrar cada caloría de todo lo que ingiere.
A los 17 años, una amiga me pasa a mí la bolsa de Cheetos porque le da vergüenza que los chicos la vean comer “comida de gorda”.
A los 17 años, me enamoro de otra chica. Ya ni siquiera me sorprendo cuando me entero de que ella también vomitaba la comida.
A los 17 años, una de mis mejores amigas me cuenta que fue anoréxica. A veces se le olvida comer. No sé qué decir.
A los 18 años, miles de chicas que me siguen en Twitter acuden a mí todos los días para pedirme ayuda para volver a comer.
A los 18 años, puedo decir por primera vez que salir de compras de ropa no es una tortura. Es una diversión.
A los 18 años, leo en Twitter que una amiga tiene ganas de “volver a meterse los dedos” después de ir de compras y no encontrar tallas.
A los 18 años, empiezo a conocer a otra chica. No me sorprendo cuando me cuenta que tuvo problemas con la comida. Es el pan mío de cada día.
A los 18 años, doy gracias todos los días porque mi hermana de 13 años se quiera a sí misma. También doy gracias porque está delgada.
A los 18 años, oigo a mi primo decirle a su hermano gordo que tampoco se pase con el queso en Nochebuena, con un deje de burla.
A los 18 años, hablo de acoso escolar porque un niño se ha suicidado y me llegan decenas de historias de niñas atacadas por “gordas”.
A los 18 años, estoy cansada. Todos los días me levanto en un mundo en que tengo miedo de que las mujeres a las que quiero dejen de comer.
A los 18 años, estoy cansada. Estoy acostumbrada a odiar mi cuerpo: lo he aprendido de las mujeres de mi familia, lo he visto en mis amigas.
A los 18 años, temo no decirle a mi pareja cuánto adoro su cuerpo, con cada centímetro de grasa, por si teme no ser suficiente.
A los 18 años, estoy cansada. Me sé de memoria los trucos para adelgazar, lo sorprendente es que nunca me haya metido los dedos para vomitar.
A los 18 años, soy rara por no haber hecho nunca dieta.
A los 18 años, no me parezco a ninguna de las modelos de anuncios y carteles.
A los 18 años, en el colectivo feminista en el que estoy empapelamos Valencia de pegatinas contra el canon de belleza. Se extiende por el país.
Me preguntan en una entrevista por qué hemos empapelado Valencia contra el canon de belleza. Me pregunto cómo no íbamos a hacerlo.
Mi madre me pregunta por qué soy tan radical y estoy tan enfadada con un mundo que ha intentado matarnos de hambre. Cómo no estarlo.
Me dicen que la lucha por el amor propio de las mujeres no es revolucionaria. Me pregunto si tampoco llaman dictadura al canon de belleza.
Me dicen que la lucha por el amor propio de las mujeres no es revolucionaria. Me pregunto si salvar vidas tampoco lo es.
Me pregunto si tengo motivos para estar orgullosa de mí misma. Entonces recuerdo que he aprendido a quererme en un mundo que odia mi cuerpo.
Me pregunto qué hacemos mis amigas y yo en comparación con las sufragistas. Entonces recuerdo que hemos rescatado nuestras vidas del hambre.
Me pregunto para qué sirve el feminismo, para qué sirve mi lucha. Entonces recuerdo que mis amigas y yo ya no queremos morir de hambre.
A los 18 años, me atrevo por fin a ponerme sujetadores sin relleno ni push-up. Lo llamo revolución.
A los 18 años, mi ex novia, ahora de mis mejores amigas, se atreve por fin a llevar camisetas cortas estando gorda. Lo llamamos revolución.
A los 18 años, mi novia y mis amigas vuelven, poco a poco, a comer. Yo ya no dejo de hacerlo nunca. Lo llamamos revolución.
A los 18 años, la hermana con anorexia de mi ex novia sigue viva. Se está recuperando. Lo llamamos revolución.
A los 18 años, mi amiga no ha vuelto a vomitar la comida. Habla de lo buena que está. Lo llamamos revolución.
A los 18 años, estoy más enamorada de mi cuerpo de lo que jamás estaré de nadie. Lo llamo revolución.