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Macondo: Círculo Vicioso
Les voy a echar un cuento. Esto no tiene nada que ver con nada de lo que conozco, y lo he construido en mi imaginación, gastándome mal las horas pensando en cómo pasan las cosas que pasan todos los días, sin que los que tienen que hacer algo hagan algo, y sin que los que trabajan honestamente sospechen.
Justo ayer me estaba preguntando cómo llegaban a política personas como Cabal o el clan de los Suárez (para no ir muy lejos)… Y escuchando una entrevista, oigo que Jorge Robledo dice, a propósito de la falta de tarjetones durante las votaciones pasadas, que si uno contara esto en Alemania, nadie se lo creería. Y es verdad, en efecto, aquí nadie se lo cree. Parece que eso sólo pudiera pasar en una historia macondiana llena de realismo mágico, cómo este cuento que les voy a contar:
Es algo descabellado. Una hipérbole mental de la cual estoy convencida no hay evidencias fácticas. Simplemente, se me ocurre que, tal vez, así de simple sea la vida, y así de fácil nos la roben.
Sin más preámbulo, para que no se me aburran de tanta bobada, sin leer la bobada completa, ahí va el cuentico:
Por un tiempo, trabajé para el gobierno. Aprendí muchas cosas, algunas buenas y otras no tan buenas. De todo, me quedó que, sí, buenos somos muchos, pero los corruptos son más (con el agravante de que es una fiebre altamente contagiosa que pega con el mero avistamiento de cualquier estado de poder).
Trabajando, un día salí a tomarme unas cervezas con un compañero. Él, era todo un personaje. Sabía lenguaje de señas, braile, inglés y español. Trabajaba de día como un hombre y de mujer en las noches, en dólares, por cámara web. Pero esa es otra historia.
A pesar de ser muy preparado e inteligente, entró al gobierno por rosca, como muchos. Pero, por lo menos él se ganaba el sueldo. Me dijo que uno de los subsecretarios era “amigo” suyo, y que él le había conseguido el trabajito. Pero obvio, ese amigo tenía esposa y no lo reconocía en el trabajo. Los mismos con los mismos, ¿cierto?
Yo, muerta de la intriga, empecé de inquisidora a preguntar y preguntar. Ese chisme me lo tenía que coger. Sólo por el morbo. Y él, a gusto con una buena oyente, empezó a hablar. Y sí, supe quién era el amigo. Supe también cómo se conocieron, qué hacían cuando se veían y muchísimas cosas más que no era necesario saber. Y en esas, se me ocurrió preguntarle cómo había hecho el amigo para ser subsecretario.
Aquí voy a hacer un paréntesis para explicar. Ese amigo era una persona… rara, por lo demás. Digamos que su puesto era de subsecretario de “dulces” pero él había estudiado “metales”. Yo, que estaba casi directamente a sus órdenes, nunca entendí bien cómo había llegado allí. Nunca entendí cómo muchos trabajábamos por hacer los mejores “dulces” para el país, y él sólo trabajaba por su imagen, por ejemplo. Pero en fin, eso también es otro cuento…
Mi amigo, entonces, con algunas cervezas y unos cuantos aguardienticos encima, me empezó a contar lo que él sabía de esos cargos. Él, que era tal vez el último pobre diablo en la cadena, regalándose por un puesto fijo para completar la paga que se hacía trabajando de puta virtual por las noches. Él, que no ganaba nada más que una mísera promesa de empleo (porque no todos corren con su suerte) después de meterse en todo ese mierdero, conocía desde abajo cómo se hacía política en… ¿Macondo?
Me contó que, en todas las elecciones, los grandes partidos tenían zonas. Sí, como los combos. Con fronteras invisibles y tales. Entonces, por zonas, compraban jurados. En cada puesto electoral había un vendido. Los identificaban con anticipación y los corrompían (por lo menos a dos por mesa), para que en el conteo final, contaran como ellos quisieran. Y así, tachán, ganaban curules.
También, me contó el papel que él había jugado. Porque todo esto lo sabía como insider, no como testigo de oídas. Me contó que a él lo ponían en representación de las personas con discapacidad auditiva y ciegos, entonces él, siguiendo órdenes, votaba por el que dijo el jefe. Abuelos, sordos, ciegos, mudos…. solos, pero ni torpes, ni testarudos. Votos todos, cedidos al diablo sin ni siquiera saberlo.
Y ustedes se preguntarán. ¿Quién tiene tanta plata para pagarle a tantas personas? Porque, hagamos cuentas: son más de 100.000 mesas, y ¡hay que pagarle a por lo menos dos jurados por mesa! Digamos que, bajita la mano, les paguen 100.000 devaluados pesitos (haciendo un promedio, porque yo sé, hay gente que se regala, pero hay otros que tienen una “ética” más costosa). Eso son 20 billones de pesos que se gastan los partidos políticos en simplemente asegurar sus curules.
¿Quién paga eso?, pregunté yo, ingenua. Y pues claro, todo vuelve al principio. Es un círculo vicioso: el subsecretario tiene que darle el 2% de su sueldo mensual al partido, porque su puesto, aunque no es de voto popular, es político. Y así, con todos los puestos políticos del país.
Entonces, ¡claro! Con razón dijo un tal Corzo que no le alcanzaba el sueldo de congresista para tanquear sus dos camionetas. Si tiene que sacar su tajadita mensual para retribuirle al partido por dejarlo ir a dormir en el congreso.
Pero, ya. No se preocupen. Eso sólo pasa en mis sueños, de buscar y buscar formas para explicar por qué siguen los mismos (con los mismos) gobernando a Macondo.
Macondo: Círculo Vicioso
Les voy a echar un cuento. Esto no tiene nada que ver con nada de lo que conozco, y lo he construido en mi imaginación, gastándome mal las horas pensando en cómo pasan las cosas que pasan todos los días, sin que los que tienen que hacer algo hagan algo, y sin que los que trabajan honestamente sospechen.
Justo ayer me estaba preguntando cómo llegaban a política personas como Cabal o el clan de los Suárez (para no ir muy lejos)... Y escuchando una entrevista, oigo que Jorge Robledo dice, a propósito de la falta de tarjetones durante las votaciones pasadas, que si uno contara esto en Alemania, nadie se lo creería. Y es verdad, en efecto, aquí nadie se lo cree. Parece que eso sólo pudiera pasar en una historia macondiana llena de realismo mágico, cómo este cuento que les voy a contar:
Es algo descabellado. Una hipérbole mental de la cual estoy convencida no hay evidencias fácticas. Simplemente, se me ocurre que, tal vez, así de simple sea la vida, y así de fácil nos la roben.
Sin más preámbulo, para que no se me aburran de tanta bobada, sin leer la bobada completa, ahí va el cuentico:
Por un tiempo, trabajé para el gobierno. Aprendí muchas cosas, algunas buenas y otras no tan buenas. De todo, me quedó que, sí, buenos somos muchos, pero los corruptos son más (con el agravante de que es una fiebre altamente contagiosa que pega con el mero avistamiento de cualquier estado de poder).
Trabajando, un día salí a tomarme unas cervezas con un compañero. Él, era todo un personaje. Sabía lenguaje de señas, braile, inglés y español. Trabajaba de día como un hombre y de mujer en las noches, en dólares, por cámara web. Pero esa es otra historia.
A pesar de ser muy preparado e inteligente, entró al gobierno por rosca, como muchos. Pero, por lo menos él se ganaba el sueldo. Me dijo que uno de los subsecretarios era "amigo" suyo, y que él le había conseguido el trabajito. Pero obvio, ese amigo tenía esposa y no lo reconocía en el trabajo. Los mismos con los mismos, ¿cierto?
Yo, muerta de la intriga, empecé de inquisidora a preguntar y preguntar. Ese chisme me lo tenía que coger. Sólo por el morbo. Y él, a gusto con una buena oyente, empezó a hablar. Y sí, supe quién era el amigo. Supe también cómo se conocieron, qué hacían cuando se veían y muchísimas cosas más que no era necesario saber. Y en esas, se me ocurrió preguntarle cómo había hecho el amigo para ser subsecretario.
Aquí voy a hacer un paréntesis para explicar. Ese amigo era una persona... rara, por lo demás. Digamos que su puesto era de subsecretario de "dulces" pero él había estudiado "metales". Yo, que estaba casi directamente a sus órdenes, nunca entendí bien cómo había llegado allí. Nunca entendí cómo muchos trabajábamos por hacer los mejores "dulces" para el país, y él sólo trabajaba por su imagen, por ejemplo. Pero en fin, eso también es otro cuento...
Mi amigo, entonces, con algunas cervezas y unos cuantos aguardienticos encima, me empezó a contar lo que él sabía de esos cargos. Él, que era tal vez el último pobre diablo en la cadena, regalándose por un puesto fijo para completar la paga que se hacía trabajando de puta virtual por las noches. Él, que no ganaba nada más que una mísera promesa de empleo (porque no todos corren con su suerte) después de meterse en todo ese mierdero, conocía desde abajo cómo se hacía política en... ¿Macondo?
Me contó que, en todas las elecciones, los grandes partidos tenían zonas. Sí, como los combos. Con fronteras invisibles y tales. Entonces, por zonas, compraban jurados. En cada puesto electoral había un vendido. Los identificaban con anticipación y los corrompían (por lo menos a dos por mesa), para que en el conteo final, contaran como ellos quisieran. Y así, tachán, ganaban curules.
También, me contó el papel que él había jugado. Porque todo esto lo sabía como insider, no como testigo de oídas. Me contó que a él lo ponían en representación de las personas con discapacidad auditiva y ciegos, entonces él, siguiendo órdenes, votaba por el que dijo el jefe. Abuelos, sordos, ciegos, mudos.... solos, pero ni torpes, ni testarudos. Votos todos, cedidos al diablo sin ni siquiera saberlo.
Y ustedes se preguntarán. ¿Quién tiene tanta plata para pagarle a tantas personas? Porque, hagamos cuentas: son más de 100.000 mesas, y ¡hay que pagarle a por lo menos dos jurados por mesa! Digamos que, bajita la mano, les paguen 100.000 devaluados pesitos (haciendo un promedio, porque yo sé, hay gente que se regala, pero hay otros que tienen una "ética" más costosa). Eso son 20 billones de pesos que se gastan los partidos políticos en simplemente asegurar sus curules.
¿Quién paga eso?, pregunté yo, ingenua. Y pues claro, todo vuelve al principio. Es un círculo vicioso: el subsecretario tiene que darle el 2% de su sueldo mensual al partido, porque su puesto, aunque no es de voto popular, es político. Y así, con todos los puestos políticos del país.
Entonces, ¡claro! Con razón dijo un tal Corzo que no le alcanzaba el sueldo de congresista para tanquear sus dos camionetas. Si tiene que sacar su tajadita mensual para retribuirle al partido por dejarlo ir a dormir en el congreso.
Pero, ya. No se preocupen. Eso sólo pasa en mis sueños, de buscar y buscar formas para explicar por qué siguen los mismos (con los mismos) gobernando a Macondo.
Matildetilde
Homeless and Refugees in Paris.
Some photos I took in last winter in Europe. Paris, the city of lights, after the ISIS atack.
¡Ay! ¡Sí me han querido!
Cómo me han querido que me han retenido en sus brazos con el fin de nunca soltarme. Me han querido tanto que hasta de enloquecer me han culpado. Y yo los he querido igual: los quiero para siempre, sin medida, sin temores, sin resabios…
El amor, para mi, es libre. Nada puede gritar más “te quiero” como elegir libremente estar con vos; nacimos solos, pero decidimos acompañarnos. Yo no te necesito, pero quiero tenerte a mi lado; quiero tenerte a mi lado para ver la luna, escuchar canciones, leer libros, recorrer caminos y explorar el mundo. Yo creo en vos, porque crees en mi, y al revés. Una relación no es una obligación sino una amistad, un compañerismo perpetuo y una complicidad implícita en cada mirada y sonrisa que aunque no nos dedicamos, sabemos nuestras.
No escogemos de quién nos enamoramos, simplemente, lo hacemos: queremos. Hay que querer sin mesura, intensamente, sin reproches. Queramos así, no tratemos de cambiar el ser que nos cautivó, no coaccionemos a esencia que hizo que nos vibrara el corazón.
El amor es libre (otra vez, y siempre): desde que empieza, y sí, para siempre. Se va, si quiere; vuelve, si quiere; se queda, si queremos. Porque el amor es de los dos, tan tuyo como mío, lo hacemos los dos y lo tenemos los dos.
Te quiero a vos, pero me quiero a mi. Quereme así.
The first thing Snape asks Harry is “Potter! What would I get if I added powdered root of asphodel to an infusion of wormwood?” According to Victorian Flower Language, asphodel is a type of lily meaning ‘My regrets follow you to the grave’ and wormwood means ‘absence’ and also typically symbolized bitter sorrow. If you combined that, it meant ‘I bitterly regret Lily’s death’.
submitted by emilioenlarealeza
hairstylesbeauty.tumblr.com
21.09.2015
Oranlopple, with Elise Mesner, paper collage on wood panel, 2015, 8” x 11.5”
From the exhibition 4%ERS at FFDG, San Francisco USA, Sep 25th - Oct 24th
https://twitter.com/loladupre