Reseña: Las noches blancas (1957) Luchino Visconti
ACLARATORIA: Esta reseña está basada únicamente en la película y no tiene ninguna intención de compararla con el libro de Fiódor Dostoyevski.
Es natural que el hombre se aferre a algo, comúnmente a algo imposible ya que supone un reto para sí mismo. Los seres humanos estamos repletos de ilusiones y el aferrarnos a cosas nos mantiene vivos, conectados, con la esperanza de que eso que sujetamos desde adentro nos haga sentir felices en algún momento. Y bajo este simple (y a la vez complejo) argumento Visconti nos sumerge en el universo de Mario interpretado por Marcello Mastroianni, una leyenda del cine italiano.
La escenografía llena de calles vacías y sucias, edificios al borde del colapso y puentes simbolizan la miseria del alma humana. La soledad incipiente, los malos hábitos, las relaciones quebradas y los vínculos que constantemente establecemos con otros. Así está Mario, sumergido en la miseria mientras intenta conectar con alguien y llenar así su vacío. En el interín conocerá a Natalia que, para su desgracia lo conducirá un estado peor que en el que se encuentra; hecho que se simboliza a través de la nevada al final de la película, porque ahora el corazón del hombre se ha vuelto frío después de ilusionarse en vano.
La fotografía es limpia y conecta con el melodrama. La iluminación conduce al espectador a sumergirse exactamente en una Noche Blanca debido a los faroles de la ciudad y el contraste que el negro del cielo hace con los edificios blancos. El director italiano ha construido un universo donde todo conecta con la psique de los personajes y el sentimiento de soledad que transmiten.
Al principio la película puede ser tediosa ya que transcurre lentamente, pero a partir de la mitad del segundo acto entramos en un frenesí que no queremos que acabe. Visconti sabe tratar a través de la imagen los sentimientos de los personajes y jugar con ellos para engañar al espectador. Los primeros planos en la escena del baile simulan una conexión verdadera e íntima entre Mario y Natalia, creemos que finalmente ella le corresponderá y le besará, pero luego segundos más tarde nos enteramos que ella fingía. Sin embargo, es la fotografía final que nos deja sin aliento tal como se encuentra Mario. La inclusión de los tres personajes en el cuadro mientras presenciamos la ruptura de la doble ilusión (la de Mario y la de nosotros como espectadores) es la que nos conecta directamente con el personaje principal, no podemos evitar sentirnos conmovidos por lo que está sintiendo él, siendo nosotros testigos y casi que consentidores del hecho.
Todo lo que hemos mencionado anteriormente se debe a una cosa y es a la maestría del guión. Los diálogos profundos y las acciones se unen para regalarnos una de las películas más tristes de toda la historia del cine, y por ello quiero finalizar con un comentario:
Somos vulnerables cuando amamos, cuando entregamos todo de nosotros y no recibimos nada a cambio. ¿Podríamos decir que Mario tiene un problema de amor propio? Probablemente, pero Natalia también lo tiene. Ambos se ilusionaron, ella con el inquilino y él con ella. Ambos dieron demasiado de sí mismos que se olvidaron de amarse y de respetarse. Las noches blancas (1957) es un juego de dejar y quedarse, amar y odiar, recordar y olvidar, y eso es precisamente lo que la hace una obra maestra porque expresa con claridad lo difícil que es para los seres humanos desprenderse de algo a lo que están aferrados. Es el sufrimiento la única vía para que dejemos ir eso que nos lastima. El caso principal es el amor hacia una persona que no nos corresponde, pero en la vida hay miles de cosas que funcionan de la misma manera.
Al final lo que quedan son las mascotas que, a diferencia de los hombres no tienen la capacidad de enamorarse tan profundamente.
Un instante que debería ser eterno. En el fotograma: Mario (Marcello Mastroianni) y Natalia (Maria Schell).












