Él era diferente y lo sabía. Nunca quiso seguir las reglas impuestas por su conservador padre, pero, ¿Qué más podía hacer, tratándose del hijo único?
Es más, tenía que doblegarse y adoptar principios que nunca fueron los suyos, rendirse a seguir una disciplina que no aprobaba y, peor aún, ser el mejor de los mejores en ello.
Él, justamente. ¿Por qué él, justamente, de entre tantos otros que hubieran matado por tener el honor? ¿Por qué él, justamente, el de la voluntad más independiente de todos? Su rebeldía fue castigada miles de veces, hasta que aprendió la lección: contenerse... y preparar su venganza.
Aquella noche, la luna estaba teñida de rojo como si supiera lo que vendría, como si, secreta y silenciosamente, fuera tanto testigo como apoyo desde lo alto.
Esperó a que todos se durmieran agotados por el festejo del dieciseisavo cumpleaños del heredero, ebrios y atiborrados de buena comida. Él bebió poco y comió menos, algo que no extrañó a nadie dadas sus costumbres de ayuno. Se sintió liviano y aguerrido mientras recorrió los corredores del palacio bajo la luz de las estrellas, sin molestarse en resguardar el ruido de sus pasos.
Más allá, las bestias favoritas de su padre y que eran también el símbolo de la familia, las mantícoras, descansaban las dos acurrucadas una junto a la otra. No sospecharon del joven, ni siquiera cuando este comenzó a dibujar en el piso a su alrededor, patrones y símbolos obscuros usando como tinta la sangre que brotó de su muñecas.
Dos espíritus rencorosos acudieron al llamado, a la familia jamás le faltaron enemigos. Y las fauces de las criaturas se abrieron dejando escapar un rugido de agonía que perforó la tranquilidad de la noche cuando sus cuerpos fueron entregados, sus almas reemplazadas y su control cedido. Él, entonces, supo que no había vuelta atrás y se sintió ansioso, expectante, e inevitablemente nervioso. No se detuvo a pensar si ellos se lo merecían, sólo se enfocó en saborear su pronta recompensa: la libertad.
Las bestias se abalanzaron contra las paredes de su cárcel que cayeron ante la brutal fuerza maligna que les alimentaba. Colmillos y garras encontraron la carne de los desprevenidos, la sangre cubrió los suelos de intrincado decorado y salpicó los tapices, los gritos llenaron cada rincón de los cuartos. Él, a salvo por ser el autor del pacto, sintió la fuerza de la masacre golpeando contra su templanza.
¿Por qué lo hiciste? Se preguntó, en un atisbo de cordura.
Lo merecían. Se respondió, intentando mantenerse firme.
¿Por qué? Le traicionaba su corazón.
¡Eran tus padres, era tu familia!
No los necesito, no necesito a nadie.
Entonces, de entre los cuerpos de los sirvientes caídos en plena huida, una silueta emergió en dirección opuesta y plantó cara a una de las mantícoras.
El joven supo de quién se trataba en cuanto vio la hoja de metal reflejando la luz de la luna. Era el guardián de papá, su sanguinario comandante y, a pesar de todo, su hombre de confianza. Supo también que no podría quedarse a ver el espectáculo, pues aquel era alguien tan perspicaz como para averiguarlo todo con una mirada atenta y tan frío como el abrazo de un espectro, y aunque también era tan fiel como el sol al amanecer, no quiso ni pudo confiar en el juramento de proteger a todos los miembros de la familia que hiciera tanto tiempo atrás.
Pero sus piernas no respondieron a la orden de moverse.
Con diestro movimiento y con una precisión envidiable, el guardián despojó a una de las criaturas de su cola venenosa. Luego, esquivó de un salto la garra que intentaba atraparle y fue incluso tan veloz como para evadir el segundo intento. El joven se halló hipnotizado por la gracia del guerrero y sus ojos se encontraron por un instante, antes de que este último se inclinara para cercenar de un corte la cabeza de la criatura, cuyos dientes manchados de sangre se partieron al estrellarse contra las baldosas.
El joven sintió la muerte de una de sus mascotas y bien pudo haber ordenado a la segunda que se retirara, si no fuera que así se delataría.
La otra bestia encontró la oportunidad de dibujar con sus garras sendos surcos en la espalda del guerrero que, con todo, sólo tensó la mandíbula antes de contraatacar con una estocada directo al costado de la bestia, perforando pulmones y corazón y acabando así con su vida. Los espíritus rencorosos fueron así liberados y el joven, demasiado orgulloso como para huir y riguroso consigo mismo como para fingir ser una víctima, encaró al guerrero con todo el aplomo que la victoria le inspiró.
Porque, a pesar de todo, aquella fue su victoria en contra de la tiranía de su padre y la debilidad de su madre.