El miedo inexorable
...miedo perpetuo ...miedo a la vida misma. He llegado a la conclusión de que de eso es de lo que sufro. El cosquilleo constante de la adrenalina recorriéndome como si me estuvieran cazando. Como si al final del corredor estuviera el león que va a devorarme. Esa descarga la siento por toda mi piel desde que despierto hasta que me duermo, siempre ayudada por mi droga psiquiátrica. Si esto es con ayuda, entiendo perfectamente porque la vida siempre se me hizo invivible sin alcohol. No es posible o soportable que un ser humano viva en constante estado de alerta... puede llevar a la locura... muy posiblemente entonces, estoy loca. Mi psiquiatra dice que es mi cerebro y su incapacidad para bajar la guardia y encontrar la calma. Desde pequeña se acostumbró a estar en estado de alarma, siempre con cuidado. Cuidándome de no dañar nada, de no perder nada, de no aporrearme, de no jugar hasta muy tarde, de no dormir a la hora correcta, de no comerme todo lo que me sirvieran así me provocara náuseas, de no hablar muy duro, de no gritar, de no salir, de no perder una materia, de no sacar menos de 4,8, de no caerme... porque hasta las caídas usuales de la niñez, los raspones en las rodillas tenían consecuencias fatales. Castigos que mi madre solucionaba con hielo y metiendo mi cola en el bidet con agua fría. Miedo a la ira de mi padre con sus ojos verde fuego.
Ya con 57 años encima sigo con el mismo miedo. Este miedo a no ser la perfección que se me exigió me consume hasta la parálisis total. He tratado de resumirlo en palabras... de nombrarlo... de enumerarlo. De pronto así sería capaz de irlo enfrentando e irlo superando punto por punto, como escuché en un podcast alguna vez. Pero la realidad es que es demasiado grande y lo siento innumerable...
Tengo miedo hasta de que esto que estoy escribiendo no sea suficiente, que nadie quiera leerlo y de que me quede mal escrito...













