El silencio solo lo rompía el crepitar de la leña en la chimenea. Él la levantó, la sentó en el suelo, justo sobre la alfombra de piel, y se arrodilló entre sus muslos. No hubo preámbulos. Su boca encontró de inmediato el pezón erecto, succionando con fuerza, el sonido húmedo uniéndose al fuego. Ella arqueó la espalda, su aliento acelerándose con cada lametón que él alternaba en ambos senos.
Sin soltarla, se deslizó hacia abajo. Sus manos abrieron el camino, revelando su sexo. La lengua se posó de inmediato, un toque cálido y preciso que la hizo temblar. Él no se detuvo, concentrado solo en llevarla al límite. La estimulación era intensa, rápida, experta. Ella gimió, tapándose la boca, hasta que el placer se desbordó en un clímax repentino y violento sobre su boca.
Él se levantó de un salto, la excitación palpable. Sin mediar palabra, la tomó por la cintura y la giró. Ella quedó de espaldas, arrodillada sobre sus manos, su cuerpo aún estremeciéndose por la descarga. Él la penetró sin aviso, un impacto sólido y profundo.
El ritmo comenzó con embestidas suaves, apenas rozando, para luego acelerarse. La cadencia se hizo imparable, un golpe tras otro. Él tomó una gran sección de su pelo con una mano, tensándola, usando la tracción para controlar el vaivén. Ella sintió el calor de su sexo apretarse alrededor de su miembro, una constricción que lo llevó al borde.
Los gemidos se mezclaron en un coro frenético. Él la tomó por ambas caderas, elevando la intensidad hasta que ambos gritaron, llegando juntos a un clímax que los derrumbó. Cayeron extasiados sobre la suave piel de oso, sin separarse, el único sonido la respiración pesada de dos cuerpos frente a la quietud ardiente de la chimenea.







