Tougher than the rest | Emil
El tono de voz usado por Edna, la forma en la que había nombrado a Jane y el silencio de esta no hicieron otra cosa que hacerle perder los nervios. Intentó ignorar durante unos instantes a la francesa para volver a centrarse en la psicóloga y que de verdad creyese lo que había pasado.— Ignórala por favor, se me manchó el vestido y por eso estaba en ropa interior. He entrado en la habitación y literalmente me ha tirado a la cama. ¡Yo solo quería enseñarle un cuadro que compré! —explicó sintiendo como un par de lágrimas escapaban de sus ojos. Jamás había llorado frente a nadie y aquella no iba a ser la primera vez. Con violencia, cogió la ropa de Edna y la lanzó fuera del cuarto, para después mirarla con rabia. — Lárgate, joder.
La escena era demasiado para poderla asimilar. Estaba estática, incrédula. No había contestado a la primeras palabras de Emil y no lo iba a hacer a las palabras de la “amiga” de la misma. Intentó creer a la pelirroja cuando le habló con aquella desesperación, lo intentó pero la situación era demasiado evidente como para hacerlo. — Menuda casualidad. Debería creer eso antes de la teoría de que simplemente os ibais a acostar — repuso con tono irónico, claramente dolida. Jane había dejado entrar a Emil dentro de sus barreras, pese a sus prejuicios, y pese a Connor. Incluso había pensado en sacar el tema de su hijo, una vez que Emil volviese de su viaje. Estaba sintiendo algo más que afecto por la profesora. Hacía demasiado tiempo que no dejaba a nadie entrar en su vida de un modo parecido — ¿Realmente has ido a la República Checa? — preguntó de pronto. Quizá con eso también la había engañado y había necesitado una semana de espacio para tirarse a quien quisiera.
Sus ojos danzaban de una mujer a la otra, siguiendo la conversación con verdadero asombro. Empezaba a entender de qué iba todo aquello, pero la sorpresa de que Emil fuera capaz de involucrarse tanto con alguien hasta el punto de rechazar un polvo seguro, era algo casi incomprensible para Eris. Tomó su ropa y se vistió con una sonrisilla. Por el rabillo del ojo pudo ver a Emil llorando. Quizá fue eso lo que le removió el estómago y la obligó a actuar. Se dirigió hacia la desconocida, se inclinó sobre ella, de forma sugerente —había cosas que no podía evitar —, y susurró: — Te está diciendo la verdad. Le gustas de verdad.
Sin darle tiempo de contestar, la tomó del mentón y le plantó un rápido beso en los labios. Podía tener buenas intenciones, pero el cabreo y la frustración sexual no se la quitaba nadie. No había podido resistirse a provocar así a Emil. Justo tras eso, salió rápidamente por la puerta, dando una gran portazo tras de sí.














