Todas las veces que callé, se me llenó el corazón de las raíces de un árbol robusto que se irguió entre los espacios labrados por el enojo y el desasosiego.
Un árbol cuya corteza era rugosa, había adquirido las costras del moho sobre el moho y el olor particular de los líquenes. La fronda, mi fronda, estaba repleta de virutas maltrechas, retorcidas, ufanas de la prisa por crecer que podían quebrarse fácilmente. Sus hojas eran como papelitos fulgentes de formas sin forma, no podrían compararse una con otra, todas eran distintas y sólo en eso se parecían, como una caterva de tonalidades o como las escuetas formas de tristeza que deja a su paso una mentira descubierta. Las hojas superpuestas impidieron que el sol lo atravesara y envolvieron el tronco entre sombras espesas, haciendo del suelo un pantanal atestado de palabras expiradas como ramas podridas sobre el lodo y de hojas en descomposición. El árbol, para entonces mi centro, como el punto negro que imaginamos al final de un agujero.









