Y pasó el tiempo... una década entera de desafíos, miedos, pruebas y emociones, de descubrimientos, viajes y aventuras.
Siempre pensando en dejarte ir, en que yo no encajaba, en que no era mi sitio; por tu edad, por tu experiencia, por tu ser, por tu personalidad... Tantas cosas negativas que no sabía cómo decir, tantos reflejos míos que no lograba resolver.
Pero año tras año, aventura tras aventura, allí estaba yo... Queriendo no quererte, pero amándote. Queriendo que no me quieras, pero enamorándote.
Tú tan fogoso... yo tan apagada. Rompí el cariño que tanto quería, te di lo que me dabas, te ofrecí más y lo desechabas. Una tras otra, uno tras otro, éramos tú o yo quienes nos poníamos límites.
Excusas, guerras por nuestra bandera; una bandera oculta, solo nuestra, perteneciente a nuestro propio reino. Quisimos y pudimos... pero desistimos.
Ahora no te veo, no me ves; eres solo el recuerdo de aquella vez. Llorando por última vez, riendo por última vez, un último beso, un último abrazo... Una mirada que se fue detrás de ti, un suspiro que enterró el dolor.
Un suspiro que con el aire se desvanece, mientras a flote queda el dolor, la pasión, el amor y el deseo que todavía tengo de ti.
La calma se ha vuelto un ser extraño, ya no recuerdo cómo es su presencia junto a mi cama. La calma que me dabas, la alegría que soltabas, la sonrisa que te dedicaba, la caricia en tu piel... Tensa y blanca, tan dura que parecía inquebrantable, pero al primer mordisco se partía.
Mis ganas y mis deseos vagaban en silencio detrás de ti, marchitando el suelo que dejaba atrás. Mis palabras mudas no sabían qué decir, mi mirada ciega negaba la realidad, viviendo en la nostalgia del pasado: de la diversión en la cama, de los besos en cualquier rincón.
Me extravié en ello, me perdí en un recuerdo. Y aunque venían cosas nuevas, la sensación de antes ya no estaba.
Cada día me sentía más pequeña sin ti, cada día desaparecía un poco cuando tú, sin mí, reías. Buscaba adulaciones que no te daba, porque al mirar atrás, solo existía ese camino marchito. No encontraba alegría en tus actos, porque no tenía alegría en mí.
Amarga era mi espera de algo que nunca sucedía... El sabotaje era mi compañero, mi escudo y mi guerrero. Entre humos de plantas se escondía; una falsa sonrisa lo cubría todo, pero te engañaba a ti como me engañaba a mí. Buscando esa sensación en otras flores, ahogado en su néctar me quedé... embriagado, cansado con cada calada de su espíritu.
Cada vez me alejaba más de ti, cada vez me alejaba más de mí, hasta que me perdí.
Y la culpa te la puse a ti... cuando mía era toda.
A pesar de tus actos y tus no acciones, no valoré —no valoraste— mis cosas ni las tuyas. Cada vez fui más insignificante, me sentí así, me hacías sentir así. Las lágrimas cubrían mis mejillas, a escondidas o directamente en tu cara, pero más a menudo ocultas, porque no era momento de ser el débil... aunque terminé adoptando ese rol.
Ahora nada me queda. Con nadie me entiendo, solo yo y mis temores. Nuevos amigos que no ayudan a nada, más que a cubrirme en su propia angustia, felices, alimentados por mis saladas lágrimas.
Para ti... ya no soy nada. Para mí... tú lo eres todo.