Me hiciste creer que el 18 era especial. Me hiciste creer que ese día marcaba algo distinto, algo que iba a quedar para siempre entre nosotros. Me hiciste creer que tus palabras eran reales, que salían de un lugar sincero, y yo me aferré a ellas como si fueran lo único firme que tenía. Pero con el tiempo, lo único que me quedó fue el desgaste de no saber si todo lo que decías era verdad o si solo era algo pasajero. Vivía en la duda, en el silencio, en la espera de algo que nunca terminaba de llegar.
Me dolía el alma de una forma que no puedo explicar. Era un dolor constante, silencioso, de esos que no se ven, pero que te rompen por dentro. Me matabas sin darte cuenta, o tal vez sí, porque yo te miraba con amor, pero también con miedo. Miedo a perderte, miedo a que dejaras de sentir, miedo a que un día simplemente te fueras y me dejaras con todo este amor que no sabría dónde poner.
Y al final, eso fue lo que pasó. Hoy ya no sé quién fuiste realmente, ni quién sos ahora. Y eso es lo que más duele, porque la persona que yo amé con todo mi ser ya no existe, o tal vez nunca existió como yo creía. Y lo peor de todo es que yo sí sabía quién era cuando estaba con vos. Tenía claridad, tenía sueños, tenía un rumbo. Pero después de todo esto, me volví a perder. Me quedé vacío, sin reconocerme, sin saber en qué momento dejé de ser yo.
Me hiciste entender que no importa cuánto ames, a veces eso no alcanza. No importa cuánto lo intentes, cuántas veces perdones, cuántas veces te quedes cuando todo en vos te pide que te vayas. No importa cuánto des, porque hay amores que simplemente no saben quedarse. Y aun así, yo me quedé. Me quedé hasta el último minuto de nuestra relación, hasta el último momento en el que todavía había algo en mí que creía que podía salvarnos.
Nunca te disculpaste, y ya no quiero que lo hagas. Porque hay cosas que no se arreglan con palabras cuando el daño ya está hecho. Me duele todo esto, M, me duele más de lo que alguna vez imaginé que algo podía doler. Porque yo no quería algo pasajero con vos. Yo quería una vida entera. Quería despertarme a tu lado todos los días. Quería hijos con tu sonrisa y tu forma de mirar. Quería un perro corriendo en un fondo grande, y una casa llena de recuerdos nuestros. Quería un lugar donde cada pared tuviera una foto que contara nuestra historia, donde el tiempo no nos separara, sino que nos uniera más.
Yo te amaba más que a nadie en mi vida. Te amaba de una forma limpia, sincera, sin reservas. Te elegía incluso en mis peores días, incluso cuando me sentía roto. Y lo más triste es que una parte de mí sabe que siempre te voy a amar. No importa cuánto tiempo pase, no importa cuánto intente seguir adelante, siempre va a existir en mí ese lugar que fue tuyo y que nadie más va a poder ocupar. Aunque me hayas dejado heridas gigantes, aunque me hayas cambiado para siempre, aunque me hayas enseñado el dolor de la forma más cruel, yo siempre voy a llevar tu nombre en el silencio de lo que no pudo ser.
Seguramente leas esto en el colectivo o en un Uber, mirando por la ventana, distraída, mientras el mundo sigue como si nada. Y seguramente ya estés lejos, no solo en distancia, sino en todo lo demás. Lejos de lo que fuimos, lejos de lo que soñamos, lejos de mí.
Y yo voy a seguir acá, con todo lo que no te pude decir, con todo lo que sentí y todavía siento. Con el recuerdo de lo que fuimos y con el vacío de lo que no llegamos a ser.
Me hubiera gustado que fueras vos. Siempre vos.