#NoTeMetasConMisDerechos
Hoy escribo desde mi trinchera y mi experiencia. Ante un ataque tan frontal, es un deber defenderse. Esta es mi defensa contra la #MarchaXLaFamilia, que con su idea de «familia natural» maquilla una profunda homofobia y desprecio por los derechos de quienes somos diferentes. Porque no les molestan las familias de padres solteros ni les interesan las familias de los asesinados por la guerra que vive nuestro país; no defienden las familias que curas pederastas destruyeron y siguen destruyendo con impunidad; no defienden más que su «derecho» a violar el estado laico, a oprimirnos y retroceder en avances que no son ocurrencia de un presidente sino el logro de muchas organizaciones y personas que han trabajado durante décadas por tener un lugar más justo donde vivir.
Comparto estas intimidades porque considero que todos queremos siempre lo mejor para nuestros amigos y seres queridos, y entonces si lees esto comprenderás que no estamos pidiendo nada que no sea justo y necesario.
Cuando tenía unos 12 años recuerdo que me gustaba juntarme sólo con niñas y que por ser afeminado era motivo de burlas. «¿Por qué juegas con las niñas, qué eres mujercito? ¿Qué no eres hombre?» me dijo una maestra en la escuela; así, directo. Una maestra. Quizá muchos que marcharán hoy tienen miedo porque creen que se va a enseñar «ideología de género» en las escuelas. ¿De qué ideología me hablan? ¿De la ideología de que hombre-mujer es lo único que existe? ¿De burlarse de sus alumnos por ser diferentes? ¿De marginarlos porque no se comportan como «hombrecitos» o «mujercitas»? ¿No ya lo hacen todos los días? ¿No es eso imponer una ideología de género?
Cuando creces escuchando que lo que haces y lo que sientes está mal, lo único que se te ocurre es buscar alguien que te escuche y apoye. En ese tiempo me acerqué a la iglesia sin sospechar que no sólo sería rechazado sino condenado al infierno. Con el paso de los años decidí alejarme de una religión que predica con el odio, el miedo y la culpa y que sólo me estaba haciendo daño. Odiaba a aquellos a quienes me acerqué y sólo me dieron la espalda. Me burlaba de la iglesia y sus incoherencias, aunque con el tiempo también abandoné la burla, la confrontación y el odio —en ese orden— a la religión católica: no vale la pena, no vamos a convencer a los creyentes ni a callarlos, y se gana muy poco con tratar de destruirla, sus propias incongruencias la están destruyendo poco a poco ante los ojos de todos.
Después tuve el privilegio de ir a la universidad (porque en este país la educación sigue siendo un privilegio) y muchas veces que entraba a la biblioteca de la Facultad de Psicología de la UNAM buscaba libros que me ayudaran a entender lo que sentía. Libros de fisiología, neurobiología, psicoanálisis, antropología, teoría queer, Foucault... quería encontrar respuestas. Encontré más preguntas que respuestas y aprendí el rigor de la argumentación con datos y con estructura lógica, y descubrí que hay muchos charlatanes y mentirosos que no sustentan sus afirmaciones, como Nicolosi y sus terapias reparativas, que en su conciencia carga las vidas de muchos homosexuales que quisieron dejar de ser una abominación y sólo encontraron la muerte. Hoy agradezco haber tenido esta conciencia a través del estudio, la lectura y el debate: eso me salvó de estar siempre pisoteado en el suelo. Qué lástima que no haya sido así para muchos.
Sé que algunos de mis conocidos o familiares que asistirán o apoyarán la marcha de hoy están convencidos de que están haciendo algo bueno (porque los conozco) y no los juzgo. A ellos les pido que si tienen dudas o miedo respecto a lo que organizaciones como el Frente por la Familia les han hecho creer, por favor se informen, se acerquen a especialistas, en sus escuelas o las de sus hijos, y se darán cuenta de que muchas de las cosas que tramposamente promueven son mentiras. La vieja táctica de inventar un enemigo, mentir y engañar —y eso más que pecado, es infame y vergonzoso—. Hola políticos de ultraderecha (PAN, Encuentro Social...), les urge regresar al poder, ¿verdad? no importa el precio.
Con todo esto, hoy creo que es mi responsabilidad sincerarme e intentar abrir cada vez más el camino para las futuras generaciones... y aunque suene a chiste, "uno como sea, pero ellos son criaturas", y es que estoy seguro de que en este momento hay alguien, en algún lugar de México o del mundo, que está sufriendo porque le han hecho creer que está mal por ser como es, que lo que siente es pecado, abominación, que no puede formar una familia porque es un desequilibrado y se burlan de él, lo maltratan, su familia lo desprecia, si no es que ya decidió suicidarse; quienes ya pasamos por eso debemos pensar tanto en nosotros como en los que vienen: en dejar un mundo mejor para ellos y sus familias.
Me arrepentiría mucho de saber que pude hacer algo y no lo hice, por comodidad, por apatía o por vergüenza. Quizá marchar es sólo una de muchas estrategias y frentes desde donde se pueden generar cambios —porque nos hace visibles— pero estoy convencido de que el trabajo y el ejemplo cotidiano es la batalla más importante que podemos luchar. Hablar de esto, cuestionarlo y debatirlo con nuestra gente cercana, no escondernos y defender todos los días nuestros derechos.
Si aún te causa repulsión la idea de que los homosexuales existamos y exijamos derechos te diría: acércate. Conócenos y te darás cuenta que somos personas como tú y como cualquiera: que tenemos sueños, metas, que somos personas con defectos y virtudes, con amor y desamor —Leona Dormida dixit—, sufrimos y reímos como tú, y que no hay razón —ni legal ni religiosa— para tener menos derechos ni valer menos en esta sociedad.
Hoy estoy convencido de que no quiero casarme ni tener hijos y esa es una convicción muy personal (y quizá temporal, no sabemos lo que pase mañana); no todos los homosexuales quieren casarse o adoptar, pero el asunto no es personal sino colectivo: estoy también seguro de que no quiero vivir en un país en el que se pisoteen mis derechos; en el que seamos considerados ciudadanos de segunda ni quiero que nos digan que sí tenemos derechos pero no todos, o que tenemos sólo algunos derechos aunque con otro nombre.
Porque conozco a muchos que sí sueñan con casarse y tener una familia y sé que tienen la capacidad intelectual, moral, económica y emocional para hacerlo; y porque solicitar la adopción no es como pedir tamales: las parejas no llegan y piden «dame uno de dulce y uno de mole». No. Hay procedimientos y a una pareja perfectamente apta yo nunca podría decirle a la cara «no, tú no tienes derecho a ser feliz». No sé cómo los de la #MarchaXLaFamilia pueden hacerlo.
No quiero vivir en un país que oprime a quienes son diferentes por el simple hecho de serlo.
Hubiera agradecido y todo hubiera sido más fácil si alguien en vez de decirme «¿qué, eres mujercito?» me hubiera dicho que estaba bien sentir lo que sentía, que no era nada malo y que tenía derecho a vivir feliz. Sé que a aquellos conservadores les preocupan sólo las familias cuadradas (¡sorpresa! existen y seguirán existiendo familias redondas, ovaladas, triangulares y muchas más) y los niños siempre y cuando no sean homosexuales ni revoltosos ni cuestionen nada.
Pero confío en que la gente cercana a mí sabrá reconocer que no estamos pidiendo nada que no sea justo y necesario.
No quiero cometer el error de Juanga de vivir en la obviedad y nunca haberme pronunciado por nuestros derechos.
#NoTeMetasConMisDerechos
#NoTeMetasConMiCucu













