Nunca dije esto, pero…
El deseo a veces me arrastra, como una marea que no puedo controlar.
Otras veces, es como meterse en una poza de agua caliente: burbujea, envuelve, te hace cerrar los ojos. Puedes estar con otros o sola, o sola con otros. No importa. Te sumerge igual.
También está ese deseo que se le pide a una estrella fugaz. Esa ilusión que brota cuando bajas la guardia de la lógica, y de verdad crees —aunque sea un segundo— que una roca en el cielo puede darte algo.
Hay un deseo que se parece a una estrella: ves a alguien que te gusta, que admiras, que deseas. Y quisieras tocarla sin apagar su brillo. Solo dejarte deslumbrar.
Pero ¿qué pasa cuando deseas lo prohibido?
Es una incomodidad dulce. Un sentimiento que no molesta, pero que no puedes explicar si alguien lo nota.
Y hay deseos que te dañan.
A veces me dejo llevar. Otras, tengo miedo de no poder controlarme.
Pero hay días en que lo miro de frente, lo reconozco… y decido no lastimarme hoy.


















