Nada es para siempre. Penas juveniles.
Cosas que he aprendido en veinticinco años siendo ascendente acuario. Soy enamoradiza, desde que me conozco, desde que recuerdo. Eso no significa jamás que siempre he sido correspondida. Más he sufrido que me he sentido amada por quien yo amo. Acostumbrada a estar entre las sombras, como buena acuariana, la patito feo mientras crecía. Ahora tengo veinticinco años, no es serio sufrir por tener baja autoestima o por no tener una relación, digo, conozco en primera persona que hay un mundo de cosas más importantes. Creo que he trabajado bastante en sentirme bien conmigo misma y es lo que me ha dado fuerzas para saberme increíble. Y es lo que también me ha abierto a experiencias en el amor... históricas, avasallantes, de una vez en la vida. Todas y cada una, han sido únicas e irremplazables. Pero empecé grande, no viví amores adolescentes, tuve adolescencia tardía y me porté muy mal hasta los veinte años. A los 21 tuve una relación por primera vez y fue horrible, luego la segunda. La tercera... Sigue siendo hermosa, la mejor de toda mi vida y la más importante, pero los caminos se cruzaron en el peor contexto. Antes de eso y entremedio de eso, muchos amores quise y no se me fueron concedidos. Estoy bastante familiarizada con el rechazo. Este año, a principio de año, luego de un proceso de luto amoroso gigante por aquella hermosa relación que tuve, por primera vez, me interesé en alguien que era la viva imagen del prototipo perfecto para mí, de toda mi vida, alguien de mi edad, alguien cercano a mis ideales, a mis sueños, metas, anhelos, el mismo humor, con la teoría de las aceitunas lista, o más o menos, le gustaban cosas que a mí no, y al revés, por ejemplo, no es fanático del limón, yo lo amo. Era perfecto. Por primera vez me sentía viva, el mundo sabía que éramos el uno para el otro, o de otra forma no tenía explicación el por qué nos miraban tanto en la calle cuando caminamos de la mano, el viento lo decía. Nuestros ojos. Tuvimos una intimidad verbal en dos citas de ocho horas cada una que jamás había tenido con alguien, ni siquiera con aquel amor de mi vida. -Me gustas. -¿Cuánto? Del 1 al 10 -Diez... once... doce... -Tienes que venir a verme, la próxima semana... quizá puedo venir el jueves, pero trata de ir a verme tú... -Que rico... aunque no quiero ir que flojera -Ya... como eres -Pero si voy a ir igual... quiero verte -Vámonos en esa micro ¿sirve? -Vámonos... Nos subimos a esa micro, nos comimos la boca con toda el hambre del mundo, hablamos de droga (que nos nos drogábamos ya) y chao me voy, te quiero, te quiero... Hablamos... Fue la última vez que lo vi, me rompió el corazón una semana después. Creo que todavía no supero el lovebombing de esa semana. Le dije que no me lo hiciera y él me dijo que no lo haría, de hecho terminó conmigo por "muy buenas razones" que nada tenían que ver con el lovebombing... De todas formas es un hombre de mi edad... Pero saben qué. Nadie me quita lo viva que me sentí esa semana. Nadie me quita lo cerca que estuve. Nadie me quita la reconciliación que tuve con mi misma juventud, con el ensayo y error, con el miedo, la vergüenza, el salto al vacío. Fue la mejor sensación de todas. Los amores vienen y van... O como dicen en Diego y Glot: Las perras vienen y van, los amigos quedan... O algo así dice la abuela. Después de ese corazón roto todo mejoró para mí. Absolutamente todo. Comencé a estudiar de nuevo. Recibí la noticia de mi casa. Charli xcx sacó dos álbums nuevos. Reafirmé mi amor por mí misma, por mis amigas. Por ese aquel amor. Comencé a pintar de nuevo. A reírme más. A coquetear más. A ser joven. Eso es impagable. Y volverá a pasar.
















