Y a veces ni siquiera dejo que me miren directamente a los ojos, porque podrían verte en ellos, sin que sepan tu nombre, porque no te conocen. Y cuando no estás, que es casi siempre, me quedo saboreando aquel vacío que se forma en mi vida, y que sabe a todos aquellos momentos bonitos que alguna vez tuvieron lugar en mi mente, y en tus sueños; también en nuestras manos, que nunca se tocaron, pero que por las noches nos reclaman el calor del otro. Eres esas ganas que tengo de saltar al vacío. Y es que estás siempre detrás de cada pretexto que me invento para olvidarte. Si quieres que siga jugando esta partida, ofréceme otras piezas, que éstas que tengo no me sirven, porque se trata de los fragmentos de todas las promesas que nos hicimos. Te juro que he intentado salir de este embrollo, pero me alcanzas siempre antes de que llegue a la salida. Mírame, corazón. Concédeme esta tregua, que estoy cansado de luchar contra el terrorismo de tu boca, contra todo lo que se trate de ti y que nunca me deja tranquilo. Y sí, ya sé que es inútil. Y qué puedo decirte. Estás hecha a prueba de olvido.











