Carlos Martínez Rivas + Julia Kent
Cuando ya no me quieras. Cuando ya no me quieras y no podamos estropear nada porque nada estará vivo y confiado. Cuando tú te hayas ido y yo me haya ido y los de la música se hayan marchado y el portón se cierre (dentro pasan el largo fierro por la argolla asegurando con la correa el cerrojo, y soplan los candiles y las mechas se quedan humeando); diremos: ”Algo se ha perdido. No mucho. Nunca es mucho. Pero algo esencial —un culto, un lenguaje, un rito— está perdido”. Cuando hayamos dejado de ser esto que somos: pareja expuesta al dardo, mal avenida pero bien enlazada, y nos dispersemos en otros círculos y nos disipemos en otras charlas; habrá quien diga: “Aquí dos seres carmesíes se atraparon. Los vimos balancearse estremecerse oscilar retornar a la seguridad y caer”. Para entonces, el zumbido del tractor volverá a oírse desde el fondo del llano. Las chorejas del guanacaste caerán con su golpe seco frente al portal. Pero esos rumores de la vida nos llegarán por separado, y otro sol será tu sol y otra luna será mi luna. Cuando ya no me quieras. Cuando en la reunión tus ojos al encontrar los míos ya no digan: “Aguarda a que termine con esta gente, pero mi corazón te pertenece”. Cuando en las sucesivas fases de tu errabunda búsqueda femenina ames a otro: y te descalces delante de otro cetro y te desveles bajo otra antorcha y triturada por otros trapiches trasiegues el poder que yo te transmití; pensaré aguzadamente: ”Ya se le agotará. ¡Y entonces vendrá a mí y no le daré más!” Y así siga por el mundo y a través de los días rumiándote en el hosco destierro, granitizándome en la frustración y el orgullo como un mendigo sobre un pedestal. Remontando el obstruido pasado como un sucio canal maloliente en el crepúsculo: “Aquí estuve brutal. Ahí comenzó el desierto. En aquel banco trató de herirme. Tal día…” Y así te evoque. Así conjure tu sombra agujereándola de flaquezas y máculas. Cuando ya no me quieras y yo ya no te tema. Cuando contentadizo, trivial, inadecuado para la soledad y la amargura yo mismo haya olvidado —cuando ya no me quieras— que me quisiste; garras y mantos de mujeres: Furias como Pietás, Erinias disfrazadas de monjas me depositarán en la oscura y helada tumba que me busqué.
[Carlos Martínez Rivas, “La puesta en el sepulcro. Decimo cuarta estación”, Poesía Reunida, 2007]












