De "Las 50 mejores entrevistas de Los Inrockuptibles": Elliott Smith
Una de las tantas cosas que se dijeron alrededor de la trágica muerte de Elliott Smith en 2003 tuvo que ver con el carácter premonitorio de sus canciones, además de su marcada personalidad depresiva. No hace falta escarbar demasiado para comprobarlo: en esta entrevista de comienzos de 1999, a meses de la edición de XO -y a un año de su insólita participación en la ceremonia de los premios Oscar-, el cantautor norteamericano exhibía su conducta introvertida y confesaba un intento de suicidio.
Participaste de una ceremonia de Hollywood, pasaste de la autogestión a un sello mainstream… ¿Sientes algún tipo de presión ahora?
No siento ninguna presión. Incluso el día de la entrega de los Oscar, no podía concebir que fuera de mí de quien estaban hablando en términos tan elogiosos. Nunca podría pertenecer a ese ambiente, fue una experiencia irreal. Me sentía como el monstruo de turno. Fue como un extrañísimo trip de ácido.
Gus Van Sant también es originario de Portland ¿eran amigos?
Él grababa canciones folk bastante retorcidas en su casa, así que lo conocía más como cantante que como director. Intercambiábamos secretitos, cómo grabar en casa sin un centrado y sin materiales. Si algún capo de Hollywood me hubiera propuesto utilizar mis canciones, me habría negado. Pero conocía la creatividad de Gus, nuestra relación era más sentimental que profesional. Estaba seguro de que no iba a tratar de manipularme. Cuando fui nominado para el Oscar, toda la crítica de cine me entrevistó, preguntándome en qué otras películas iba a trabajar. De pronto me había convertido en un profesional de las bandas de sonido, cuando en realidad llegué a eso por azar. Pero no tengo ganas de componer para el cine. Lo que quiero hacer es seguir escribiendo canciones que me conmuevan.
¿Cómo se puede grabar para un gigante como DreamWorks y tener al mismo tiempo tan poca ambición?
Nunca le mandé un cassette a algún sello discográfico, y el hecho de que mis discos sean ahora distribuidos en todo el mundo no cambia nada para mí: sigo haciendo mis canciones, que no se preocupan demasiado por quién las vende. Mi única satisfacción es no tener que trabajar más en obras de construcción. Y al mismo tiempo me da un poco de vergüenza, sé que no merezco vivir de mi música. Ya tuve este mismo problema de conciencia cuando mi grupo anterior, Heatmise, firmó -contra mi voluntad- con un gran sello discográfico.
¿Desempeñabas algún papel dentro de ese grupo de rock fuerte y rústico?
Sí. Pero no me molestaba, porque, aunque musicalmente detestaba la mayor parte de sus canciones, los quería mucho como seres humanos. Soñaba en secreto con cambiar la línea musical del grupo, pero no tuve la fuerza necesaria. Así que me puse a grabar mis canciones solo. Sin embargo, en Heatmiser, yo componía y cantaba la mitad de los temas. Pero me resultaba insoportable ver lo que le hacían sufrir a mis canciones, las transformaban en ritmos rockeros. Tuve que quererlos mucho para quedarme con ellos… (risas) Además, no tenía la suficiente confianza como para cantar y tocar solo. Hasta hace un año odiaba mi voz, no la podía controlar. De hecho, mi voz sigue sin convencerme.
¿De dónde sacaste la confianza necesaria?
Había empezado a escribir este tipo de canciones cuando tenía más o menos catorce años, pero por un largo tiempo no salieron de mi habitación. Estaba seguro de que si alguien llegaba a escucharlas, me humillaría señalándome con el dedo. En la escena en las que yo me movía nadie hacía eso, nunca se hablaba de guitarras acústicas entre los punas, todo el mundo escuchaba grupos como Nirvana o Mudhoney. Era un cobarde que no se animaba a abandonar la manada. Fue mi novia de aquella época la que me insistió para que sacara un single. Mandó un cassette a un sello de allá, Cavity Search. Me llamaron y me dijeron: "¡Muy bueno, queremos editarlo!" Pero, "¿cuáles quieren poner en el single?", "¡Todas, queremos sacar un álbum!". Sin ese primer disco, nunca me habría atrevido a tocar en vivo. Y no habría sufrido por eso: no busco ser reconocido, nunca tuve pósters de estrellas pop en mi habitación. Siempre detesté las vidrieras. En fin, mírenme ¿cómo podría creerme una estrella?
¿No tienes envidia a veces de la felicidad con que otros componen?
Es un sentimiento que no me enorgullece, pero siento una envidia increíble cuando escucho algunas canciones -temas de Alex Chilton, de John Lennon, de Leadbelly. Los odio mortalmente por impedirme componer algún día esa canción. Con mis contemporáneos no me pasa tanto -salvo quizás con Quasi, Beck o Sebadoh. Son unos de los pocos grupos con los que me junto; de hecho acabo de irme de gira con Beck, me gusta la manera en que funciona su cerebro… (sonrisa) Aunque hago grandes esfuerzos por ser una buena persona, soy más bien antisocial. Mi pareja Mary Lou lord es capaz de hablar durante horas y horas después de sus recitales. Yo, ni bien puedo, me escapo. No puedo hablar con más de una persona a la vez.
Muchas veces tu nombre se asocia al de otros norteamericanos, como Lambchop o Sparklehorse. ¿Te ayudan a sentirte menos solo?
Es lo mismo que la Seguridad Social: mi archivo se perdió y me pusieron en el mismo casillero que el resto de los inclasificables. No tengo nada en común con esos grupos, odio los estilos -como por ejemplo el género alt country. Por eso me gusta tanto componer canciones: nacen sin estilo. Además, mi sensibilidad es más pop que la de ellos. Me causa gracia que me etiqueten como los fi, justo a mí, que crecí escuchando las producciones de George Martin. No entiendo esa gente que dice que prefiere el low fi antes que el hi fi. A los cinco años, me fui por primera vez de vacaciones con mi papá, después del divorcio de mis padres. En aquella época, él era hippie, acababa de volver de Vietnam y era un verdadero enigma para mí. Porque yo venía de Dallas, una ciudad blanca, religiosa, pacata, en la que no existía ese tipo de personaje. En mi barrio, la única ambición era ganar más plata que tu vecino para comprarte un auto más grande que el suyo. Y mi padre vivía en Los Ángeles, escribía canciones sobre cosas que conocía -las carreras de caballos, los traficantes de drogas- y coleccionaba discos. Era un tipo raro, incluso pensaba que tenía pinta de afeminado. Fue durante esas primeras vacaciones en California que me enamoré del Álbum blanco. Por el lado de mi madre, nadie escuchaba esa música. Y sin embargo, todos eran músicos y tocaban en big bangs que hacían versiones de Gershwin, baladas jazzeras… Cuando era chico, eso me aburría mortalmente. Sin embargo, me obligaron a tomar clases de piano, depositando esperanzas colosales en mí. Pero muy pronto lo único que me interesó fue el rock, y luego el punk. De los Beatles pasé a los Clash y después a Bauhaus. El nuevo marido de mi madre odiaba mis discos, hizo todo lo que pudo, durante años, para impedir que me comprara una guitarra. Fue mi padre quién, durante mis escasas vacaciones, me enseñó a tocar la guitarra: gracias a él se tocar "Don't Think Twice, It's Alright", de Bob Dylan.
¿Tu familia era considerada extraña en Texas?
Como no éramos ni negros ni homosexuales, nos dejaban en paz. Pero el simple hecho de tocar música era suficiente para pasar por una familia de dementes. Nos miraban desde arriba: ¿cómo se le puede dedicar tanto tiempo a una cosa tan inútil como la música? Allá la gente vive y muere en unos pocos kilómetros cuadrados, sin nunca salir de ahí sin nunca parar de trabajar, cruzándose solo con gente igual. Yo me aburría espantosamente. Recién el día en que me fui, a los catorce años, me di cuenta de que había gente que vivía de otra manera, que el mundo era más interesante y rico que el suburbio de Dallas.
¿Cómo pasaste, en un medio tan estancado, de los Beatles a grupos punks bastante oscuros?
Por suerte, estaba mi profesor de piano. Tenía unos veinte años y componía piezas de piano de vanguardia, se apasionaba por la música tonal y la disonancia. Lo que tocaba me parecía un ruido espantoso pero, por lo menos, él me pasó su fe en la música. Empecé a comprarme discos de los que nunca le hablaba a nadie, me pasaba días enteros escuchándolos en mi habitación: eso me volvía loco de alegría. Eran como trucos de magia cuyos secretos yo trataba de desentrañar. De todos modos, no me gustaba salir, hablaba muy poco.
¿Cómo un chico del sudeste se encontraba en el noreste, en Portland?
Mi padre se fue de California y yo me fui con él a Portland. Allí había una escena de rock apasionante, con grupos como Hazel, los Wipers. Así que me volqué hacia mi única pasión: la música. Quería entender por qué algunas canciones me conmovían tanto. Así que las diseccioné, analicé todas sus costuras, con las esperanza de encontrar un manual de instrucciones para apropiármelas.
Las palabras se volvieron un placer recién mucho más tarde… Yo no hago música para ocultarme, no me molesta que las letras revelen diversos aspectos de mi personalidad. No puedo soportar los discos discretos, inofensivos. Muy pronto me di cuenta, al volverme adulto, de que el talento crecía muy mal balo la luz de los proyectores, que la gente que admiraba vivía forzosamente en la sombra. Por eso, me preparo para estar solo y ser despreciado, para ser destrozado por el futuro. Si me preparo para eso, no voy a decepcionarme. No es que sea pesimista: sé lo que va a pasarme y no me quejo. Estoy harto de que me encuentren sombría y melancólico. Francamente, preferiría escribir canciones alegres. Desde hacía algunas años, estaba saliendo con una chica de la que estaba locamente enamorado. Y entonces decidí que estaba harto de Portland, que estaba dando vueltas en círculos y me vine a vivir a Nueva York. Quería saber si era capaz de vivir solo, necesitaba una prueba. Quería vivir en un lugar en el que pudiera ser anónimo, porque en Portland conocía a demasiada gente, estaba atrapado en mis hábitos. Así que mi novia y yo nos separamos, y entonces creo que por primera vez en mi vida me dejé atrapas por el mito del beautiful loser: tomaba demasiado, caminaba por los túneles del subterráneo, hacía que me cagaba en todo… Por suerte, mis amigos me cachetearon un poco, les asustaba ver lo que estaba haciendo. Yo no me daba cuenta de nada. Era desgraciado y quería morirme. Así que traté de suicidarme (silencio)… Mis amigos me obligaron a seguir un tratamiento contra la depresión -que no tenía nada que ver con la droga, que ya había dejado cuando estaba en Portland.
¿Como luchas contra la depresión?
Mi problema es que tengo demasiado tiempo libre. Escribir canciones no es un trabajo full-time, entonces doy vueltas alrededor de alguna idea. Espero que el futuro me dé algo de lo que sentirme nostálgico más tarde porque, por el momento, no tengo demasiado de lo que pueda acordarme con ternura. Para matar el aburrimiento, escribo, trato de mantener mi cerebro activo pensando constantemente en canciones. Si me aburro, empiezo a tomar y a volverme malo. Tengo que estar luchando constantemente contra esa inacción. Tengo un montón de ideas mientras voy caminando por la calle o en el subterráneo. Y también cuando estoy en los bares, donde lleno mis cuadernos con palabras: no para usarlas después, sino solo como purga. Una vez que esas ideas están en el papel, me dejan en paz. Traté de escribir nouvelles, pero son espantosas. Tengo un gran amor en la vida: las canciones. No tengo ganas de ser un mal amante pintando o escribiendo libros.
¿Escribir no es entonces un placer, sino una vía de escape?
La creatividad es forzosamente el resultado de un problema. A mi vida, ciertamente, le falta algo. Pero mis canciones solo son deprimentes si uno encuentra la gente y la vida deprimentes. Si mis letras parecen tan tristes, es porque en el rock se miente y se finge. Cuando digo que yo soy una mierda en una canción, no es deprimente, solo es honesto. ¿Por qué impedir el acceso de ese tipo de sentimientos a las canciones? Hago música y otra gente gana plata con eso. Cuando la fuente esté seca, me harán a un lado. Pero no voy a llorar, no necesito algún cumplido. La gente nunca es justa, me maltrataron mucho, pero estoy acostumbrado. Voy a aguantar hasta que no pueda más.
¿Puedes explicarnos la historia de tu tatuaje?
Es Ferdinando, el personaje de una historia para chicos. Es el único toro al que le gusta oler flores, y cuando el matador va al campo a elegir las bestias de combate más violentas, repara en Ferdinando. El problema animal acaba de ser picado por una abeja mientras olía una flor y salta en todas direcciones. Así que lo seleccionaron para la corrida, porque todo el mundo cree que es el más brutal. Pero desde el comienzo del combate, los espectadores tiran flores a la arena y él se agacha para olerlas: no se da cuenta de que se supone que tiene que torear. Decepcionado, el matador lo devuelve a su campo, donde vive viejo y feliz entre las flores. La gente lo toma por un tonto, pero logró escapar de una muerte segura. Lo toman por un fracasado porque se niega a pelear, pero yo sé que no es verdad. Quiere vivir fuera del sistema. Me identifico mucho con Ferdinando.