Ante las palabras de Natasha la miró con los ojos bien abiertos, como miraría un niño pequeño. En ese momento James no se sentía mucho más diferente que un niño enfrentándose solo al mundo. Asintió cuando le ofreció asiento y acto seguido lo tomó, sin poder evitar sonreír un poco ante la mención de que el café no había sido envenenado. — En ningún momento he pensado que lo esté — replicó, llevándose la taza a los labios después para dar un pequeño sorbo. — Necesitaba de veras decirte todo eso — dijo a continuación, algo más relajado y como si se hubiera quitado un peso de encima. — No podía vivir con la simple idea de que me odies por algo que hice sin ser yo mismo.
¿No había pensado que lo estuviera? Mal hecho. Decían. No confíes en la Viuda Negra, decían. Incluso ella. Se sonrió por esto mismo. Estúpido James Buchanan. Y estúpida su última frase, que hizo que Natasha volviera a la neutralidad facial, su punto fuerte.
—Sería hipócrita hacer eso.












