Sueños de trenes
Qué inmensa acción tan cotidiana, mecánica y predecible: encender el televisor, seleccionar una app de streaming, elegir una alternativa, ya sea una película o una serie; y comenzar a verla. Esa secuencia de pasos encaminados enteramente por una decisión me llevaron a ver "Sueños de trenes".
Hay una definición psicológica algo reciente que afirma que la felicidad 'no es lo que nos pasa, sino cómo interpretamos lo que nos sucede'. En los minutos finales de esa película "Sueños de trenes", el protagonista Robert Grainier parece constatar ese concepto sin saberlo plenamente al hacer un sobrevuelo en un avión biplaza de cabina abierta, el tipo de avión para labores de entrenamiento o acrobacias, que pasó por encima de su lugar de residencia y de su antiguo trabajo en aserraderos en un punto boscoso de la costa oeste de Estados Unidos. Su rostro revela sorpresa, asombro y una calma conmovedora, a pesar de que era la primera vez que atisbaba todo desde ese punto cenital. Observó detenidamente con los ojos propios de un niño, que empieza a reconocer y a maravillarse con el planeta. Con la grata novedad de lo mirado hasta donde alcanzaba la vista. Con los sentidos sacudidos por saberse apenas un átomo viviente en esa vastedad verde. Un leñador jubilado testigo de lo que le esperaba de forma insospechada más allá de la puerta de su casa, en la pradera.
Robert Grainier experimenta por unos segundos el milagro de la vida. En ese instante se ve feliz, y lo valora desde esa altura, años después del cisma personal vivido por la muerte de su esposa e hija en un incendio forestal. Las llamas indolentes abrazaron y destruyeron su casa de troncos de madera. El fuego demoledor acababa en varios parpadeos con su familia soñada. Con su razón de ser. Con su motor. Con su fortaleza. Bien podría decir sin temor a equivocarme que “Sueños de trenes” es la película más triste del mundo. Son muchos los instantes en que se forma ese llamado nudo en la garganta o que la vista se nubla un poco por tantas lágrimas capaces de ahogar nuestro sentido de la visión.
Ese leñador vive en un luto demoledor, que contiene vagamente con la esperanza tan humana de que un día aparezcan las dos, madre e hija, y lo sorprendan con la llegada y con las plegarias cumplidas. Y lleguen los abrazos, y el llanto de alegría, y la felicidad desbordada.
Pero en ocasiones, las oraciones de los hombres son insuficientes y Robert Grainier es un viudo, que resiste su viudez sujeto con todas sus fuerzas al recuerdo tan presente de su mujer y su pequeña, cuya risa dominaba todo el entorno. Abraza esas memorias lejanas como si fueran el tronco de tantos árboles que debió preparar, talar y derribar para ganarse unos cuantos dólares. Troncos de las miles de toneladas de madera, usadas para el desarrollo de Estados Unidos.
Tan duro el luto de ese hombre como el momento de la aceptación que sus dos adoraciones jamás regresarán para iluminar con su sola presencia un corazón suspirante. Aceptar lo inevitable. Aceptar que la muerte es incanjeable e irreductible. Aceptar el destino por inhumano e insoportable que llegue a ser. Aceptar la pérdida por perdido que parezca el nuevo rumbo. Aceptar lo inaceptable para alcanzar otro tipo de paz. Aceptar el pasado para aceptar el nuevo presente. Aceptar que los mejores sueños pueden desvanecerse. Aceptar que la vida es imperfecta, pero hay que vivirla pese a todo.










