Tu sueño imperios han sido
Sin excepción alguna, en todas las expresiones de la literatura, hay una defensa apasionada de la imaginación y de la creatividad. Un logro imaginativo por, en ocasiones, crear lo inexistente. Un acto total creativo con tal de detallar lo desconocido. Justamente esos dos elementos los encontramos en las páginas de la novela "Tu sueño imperios han sido" del escritor mexicano, Álvaro Enrique. Por donde sea vista, la obra es una constatación de las posibilidades del arte de la escritura: imaginar más allá de lo intangible. Imaginar lo propio de sueños y ensoñaciones. Imaginar para dar vida a lo que la vida nos queda a deber.
La novela de 238 páginas recrea los días previos al encuentro de dos mundos y el momento de ese cara a cara. Por un lado de la ecuación, el huei tlatoani Moctezuma, emperador mexica; señor de ese imperio prehispánico y descendiente de una casta dorada que dominó señoríos y que amasó un poder más allá de lo pensado. Del otro lado, el barbado, Hernán Cortés. El Malinche. El extranjero que comandaba una expedición de unos cientos de hombres. El aventurero insurrecto, que desde la península ibérica llegó tras la conquista de la isla de Cuba hasta el litoral del Golfo de México para pisar tierra firme en lo que hoy es suelo jarocho y conocemos como Veracruz.
Pero, antes de ese momento que significó un cisma y una nueva era hubo ficcionalmente, de acuerdo con “Tu sueño imperios han sido”, un entramado de alcance shakespeariano, donde la gente de palacio debía apaciguar la explosividad de carácter del tlatoani, su dispersión a los 52 años, sus pesadumbres, sus incógnitas, su mano dura y escape de la realidad mediante el influjo de alucinógenos proporcionados de forma reverencial por su chamán personal. Conocemos a un tlatoani rodeado de responsabilidades, muchas. Un emperador consciente de que eso que los hombres llaman futuro lo aguarda sigiloso como un sagrado jaguar. Moctezuma con la vestimenta de un semidiós, al que nadie puede ver directo al rostro.
Del lado de los expedicionarios, los barbados, los que llaman la atención por doquier, por sus ropas, por sus petos metalizados, por su hedor. Llaman la atención por donde avanzan; y por donde pueden mostrar el alcance cruel de sus batallas. Los llegados en navíos y que debieron arribar a lomo de caballos hasta la ciudad islote. A la capital de un imperio, que afirmaban disputaba en belleza y espectacularidad con Venecia. Los barbados que avivan preguntas de todos en la gran Tenochtitlán. Los amos de los venados sin cornamenta que tanto sedujeron al Tlatoani: los caballos.
“Tu sueño imperios han sido” ocupó un lugar en la lista del New York Times de los diez mejores libros del 2024. Sobran razones para entender ese lugar. Posee una cualidad de encantamiento. Convence. Seduce. Ilustra. Nos hace voltear a la forma de vida que imperaba en ese agosto de 1521, en la gran Tenochtitlán. A su actividad de urbe. A su orden y división de responsabilidades. A su soberbio diseño. A su sacrificios para ofrecer tributos a los dioses. A los puestitos del inmenso mercado de Tlatelolco con su oferta de frutas, verduras, animales y demás productos.
Como sucede con la literatura: esta novela nos muestra lo que desconocemos. Es un salto de los sueños a las letras. A traspasar el umbral de lo sabido. La conquista de la posibilidad onírica.
Un libro siempre es una promesa. También una enseñanza y un tanto, además, aprendizaje. Una lección. “Tu sueño imperios han sido” bien puede decirse que es tener en las manos un pedacito de lo que pudo ser imaginativamente la historia más grande jamás contada. Así caiga como violenta cubetada de agua helada.
Todo eso y algo más. Siempre más. Siempre con palabras.















