Fragmento del Diario de un vampiro. Primero fue la vaga sospecha de que otra cosa, y no el viento, moldeaba formas extrañas en las cortinas de mi habitación. Solo un lunático hubiese creído que aquellas telas deslucidas acariciaban una figura invisible, espectral, acechante, moviéndose como un felino o una serpiente sedienta de luna. En esta hora incierta que precede al amanecer me río de mi ignorancia. No fue el viento rastrero de la llanura quien esculpió su silueta ni el pálido destello lunar lo que brillaba en el mármol de su piel. Apareció envuelta en un halo de inquietud. Débiles pulsos de un terror arcaico, medular, fueron barridos hacia el olvido a medida que sus ojos se hicieron más definidos en la penumbra. Sus caderas nacieron entre los pliegues de la seda, avanzando en silencio hasta mí, fugitiva. La belleza de las criaturas nocturnas puede ser motivo de desaliento, de profunda desolación, y así me sentí en su presencia, como un niño que se aventura en las profundidades del bosque y es reducido a una masa de instintos primordiales en presencia de los árboles. Su figura —estoy seguro— fue creada en la noche de los tiempos, cuando criaturas ya olvidadas se arrastraban en la oscuridad, mucho antes de que los hombres se refugiaran en el capricho de las palabras para darle un nombre —Lilith, Ardat, Lamia, Aisha— que pudiera definirla. Ella siguió avanzando. Sus pies desnudos parecían flotar sobre el suelo. Ráfagas estelares se derramaban sobre un cuello blanco, interminable. Sus labios se entreabrían como los pétalos de alguna desconocida flor nocturna. Detrás, la curva de unos colmillos, finos y delicados como pequeñas dagas de hielo. Y los ojos. ¡Los ojos! Me extravié en aquellos pozos insondables mientras la figura se ensanchaba, florecía, y acomodaba sus caderas sobre mi cuerpo. En vano traté de sincronizar mis movimientos con su danza. Ella perseguía un placer que se alejaba con cada espasmo, que se hacía inaccesible cuánto más cerca se encontraba. Sus dedos lívidos me desgarraron; uñas recubiertas con la tierra infame del sepulcro trazaron el misterio del pentagrama sobre mi pecho. Sus piernas se cerraron sobre mis caderas y permaneció inmóvil, observando mis ojos, mi alma, mientras me arrastraba hacia su interior. Entonces dejó caer su cuerpo sobre el mío, ya exhausto y vacío, cubriéndome con su piel fría. Besó delicadamente mi cuello. Sentí sus labios y debajo de ellos la promesa de un goce infinitamente mayor. Mañana; susurró. Me apresuro a escribir estas líneas desde mi habitación. Por la ventana abierta observo el crepúsculo enrojecido; y sé que no lo extrañaré.
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