Reykjavik, Islandia. Un pasaje de ida sin vuelta.
-Nos vamos, Maggie- le dije esa noche, apoyada en su pecho.
Tardó en responder. Me miró con desconcierto y después sonrió.
-Saltamos juntas. Pero para quedarnos.
Gastamos nuestros ahorros en pasajes, un alquiler temporario y lo necesario para sobrevivir en esa ciudad que, podría jurar, me llamaba desde la adolescencia. Maggie dejó su banda, vendió su micrófono y guitarra para irse conmigo. Ella quería un nuevo comienzo.
Nos mudamos a la capital en invierno. Desde la ventana contemplábamos auroras boreales mientras pretendíamos saber lo que hacíamos. Conseguí trabajo como DJ; Maggie cantaba en bares. Su inglés era torpe para hablar, pero ideal para las melodías. Volvíamos de madrugada, ella con la voz rota y yo con los oídos saturados. Aun así, nos escuchábamos.
Pasaron las semanas y empecé a sentirme extraña. Mi cuerpo no era mío. Tenía visiones: la Iglesia de Vík, un hombre, un escrito ilegible. Pensé que eran las drogas que consumía en casa y en el trabajo. Después llegaron recuerdos que me aterrorizaron: una habitación llena de pósters, una taza azul, una valija cerrándose, Maggie llorando de espaldas.
Cuando se lo conté, se rió. Me pidió que dejara “las pesadas” y pensara en nosotras. Discutimos por primera vez desde que llegamos. Llorando me dijo que no había cruzado el mundo para perderme otra vez. Casi que me lo creo. Me estaba perdiendo.
Manejé dos horas hasta Vík. Entré a la iglesia. El hombre estaba ahí, rodeado de velas. No podía ver su cara.
-Los recuerdos mal enterrados siempre vuelven- dijo exhausto.
En el altar encontré una caja con fotos nuestras: otra mudanza, otro departamento, otro invierno, las mismas peleas. Había una carta de Maggie: Lo intentamos tres veces. Esta vez me voy yo.
















