Regalo Godín Tropical para el día del cumpleaños. Sí, adivinaron, es una loncherita con aislante para mantener los tópers frescos camino a la oficina. Aunque también puede ir a la playa, le caben hasta tres latas de chela. Woohoo!

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Regalo Godín Tropical para el día del cumpleaños. Sí, adivinaron, es una loncherita con aislante para mantener los tópers frescos camino a la oficina. Aunque también puede ir a la playa, le caben hasta tres latas de chela. Woohoo!
La buena noticia: he encontrado un depa en Cancún. La mala: no tiene aire acondicionado. La otra buena: me queda a 8 minutos en bici de la oficina (y me siento súper triunfadora, la neta). La otra mala: llevo dos semanas dándole una shaineada, en lo que llegan mis muebles de allá de la capital. La mejor: está junto a un parque, veo la copa de los árboles desde la ventana de la recámara y los escucho sisear cuando sopla la brisa. El plus: tiene cuarto de visitas. A ver, ora sí. ¿No que no tronabas, pistolita? Así sí baila m'hija con el señor.
Les presento a su majestad El Flamboyán. Para quien ha vivido en la Ciudad de México y ha visto la lluvia de jacarandas pintar las calles de lila, esto es lo más parecido que encontrará en este lado de la Península. No es que estén por todas partes… Todavía. Algo pasa con estas bellezas que la gente empieza a plantarlas y a procurarlas. El árbol de las flamas rojas (etimología rocks) parece ganar terreno en esta ciudad tan ingrata con la naturaleza. Los chaparritos que se ven en los camellones han de ser bebés. Pero hay unos veinteañeros inmensos cubriendo las esquinas con su domo encendido. Su sombra es bella y generosa. Además, dan unas semillas que más bien parecen cartuchos; vienen en unas vainas duras que cuando las agitas al ritmo del cumbión, hacen chhh chk chhhh chk chhhh, como maracas, pues. A ratos también huelen a almizcle, pero no tanto como las jacarandas. Eso es lo de menos, en verdad. Cuando puedes detenerte bajo su sombra y llenarte los ojos con sus contraste, entiendes que en el corazón siempre hay lugar para nuevos amores forestales. Y sí, la del vestido color Flamboyán soy yo, posando ridículamente sobre una de mis piezas de ingeniería tropical favorita, la celosía, que se merece su propio post.
Pastel de cumpleaños para quien vive cerquita del arrecife. Ájale!
Godínez Tropical va camino a la oficina. 15 minutos de pedaleo, viento en contra, calor de no mamar, pérdida de glamour inmediata. Aun así, no lo cambio por un trayecto en metrobus a las 8 am.
Que pusieran mi escritorio en el área de diseño es lo mejor que pudo pasarme. Esta banda no sólo es talentosísima y súper creativa, también sabe jugar y bromear sin temor a sentirse ridícula. En este lado de la oficina hay buen café, gente chingona y muchísimas carcajadas. Para muestra, una tarde cualquiera en la vida del Señor Plátano.
Una cheve local, está buenísima. Algo pasa en estos climas que la cerveza resbala como agua. Y está bien para quitarse el calorón, pero a veces uno quiere sentir el peso específico de la cerveza y toda su gana aromática (ya me puse de mamerta, ni modo). Así que esta chulada de cerveza está en ese equilibrio perfecto entre frescura y sabrosura del fermento afrutado.
Torta de maciza para empezar un sábado de gondinismo tropical.
El godinismo tropical tiene sus privilegios. Estos atardeceres desde la azotea de la casa me sacan dos que tres suspiros. Luego posteo otro con el barullo de los pájaros, para que se den idea del nivel de sonido ambiental que le venimos manejando.
Scouting entre semana. 9:30 am, 32 grados. Momento emblemático del godinismo tropical: mis coleguis buscando señal de datos a la orilla del mar, en una playa cuasi deshabitada y sin soltar el café, que para esas horas sabe a flan agrio.
Trabajar en sábado tiene sus compensaciones.
También vamos a comer en bola. El calor evita que nos convirtamos en ese ente colectivo que abarca toda la banqueta y obstruye a los demás transeúntes.
Ineficiente, caro, de pésima calidad, contaminante. Así es el transporte en Cancún. Con la cantidad de impuestos que paga el turismo, era como para que hubiera un tranvía ultramoderno y con aire acondicionado. ¡Cáaaaalmate!, dirán ustedes. Y les concedo el beneficio de la duda, pero sólo hasta que complete el post sobre los funcionarios y el arte de robar.
El asunto es que desde hace seis años, mi principal medio de transporte ha sido la bici. En mi fantasía, podría vivir cerca del trabajo y pedalear para evitar la cochinada de transporte cancunense. Recorrí ocho (sí, ocho) tiendas departamentales y supermercados buscando algo más o menos barato y no tan feo. Les voy a ahorrar la descripción de los cacharros que vi. En donde menos lo esperaba (la tienda Coppel) me encontré esta maravilla. Nada barata, pero funcional y sexy. (Pos sí, antes muerta que sencilla.)
Al igual que con mis otras bicicletas, le puse un nombre cursilón. Así, Langosta y yours truly la pasamos bomba mientras la sensación térmica estuvo por debajo de los 30C. Lo que no había tomado en cuenta -ilusa ciclista citadina- es que en las mañanas hay que pedalear con viento en contra. Y no mames, es como traer a tu hermanito (y su mochila llena de libros) subido en los diablitos de la rueda trasera. En la tardenoche, sales del trabajo y el regreso es realmente un regalo. El cielo, un espectáculo de tonos malva, dorado, azul y violeta. En los árboles y en los cables, los pájaros lanzan sus trinos acuáticos mientras yo tarareo “La vereda tropical”.
Todo iba sobre ruedas hasta las últimas dos semanas que empezaron los calores. La onda es así: el aire está caliente. No tibio, caliente día y noche. Además, húmedo. Igualito que en un baño de vapor, pues.
Pedalear más de 5 minutos a 36C con 100% de humedad = pérdida inmediata del glamour. Llego hecha una sopa a la oficina. Dejar de sudar me toma unos veinte minutos bajo la heladez del aire acondicionado. No sé si aguante toda la temporada, la verdad. Todavía me resisto a la idea de comprar un coche.
¿Cultura ciclista en Cancún? CERO. Ya sé, yo también me lo repito a cada rato: me equivoqué, aquí no es Playa del Carmen ni Tulum.
Y si les contara como manejan los automovilistas aquí…
¿Vista al mar? Ja ja, con trabajos tiene ventanas.
Godínez tropical
“Me voy a trabajar a Cancún”. Cada vez que lo decía, la gente se acordaba de sus últimas vacaciones en la playa, ponía una enorme sonrisa y decía: “Pero qué padre, wow, la playa, lo máximo”. Jamás les pasaba por la cabeza que un trabajo de oficina en el destino más artificial del Caribe mexicano no tiene nada que ver con pasar el día en traje de baño mirando el mar. De hecho, el mar queda a quince minutos en camión desde el centro de la ciudad. Con suerte, ves la playa el fin de semana.
Pero la experiencia lo amerita. Por eso estoy aquí (en el tumblr). Éste es el humilde diario de vida laboral de una editora chilanga que dejó su contaminado pero amado terruño para perseguir la chuleta en el trópico. Y no porque le gustara vivir cerca del mar, sino porque aquí había chamba y quise rifármela.
Para quien no lo sepa, el apelativo “godínez” es un término mexicano de reciente adopción popular; refiere a todo aquel oficinista que trabaja tiempo completo en una empresa. Ser godínez, de por sí, tiene su chiste. Ahí están los cientos de posts de Mundo Godínez para ilustrarlo. Sin embargo, las variables que ofrece este estilo de vida en el trópico dan para llevar un registro como éste y acordarse de lo necesario que es reírse de uno mismo.
Y a darle.