self-para.
título: 11.41 am. tema: suicidio de regulus hargrove participantes: regulus hargrove locación: hogar de los hargrove trigger warnings: suicidio (nada explicito, pero muchas referencias y centra en ello)
A las 11.41 am de un día de enero, un disparo es escuchado en el domicilio de los Hargrove.
Toma una exactitud de quince minutos para que una de las mujeres de servicio aproxime a la fuente del sonido, única entre un grupo de tres que luego de mirarse las caras por un par de segundos, al frío, cuestionando qué tipo de caos tendrían que limpiar ahora, toma el valor suficiente para acercar hasta el despacho de Richard Hargrove, segura del lugar de ejecución debido a sus años viviendo con la familia. Se pregunta el momento en que el hombre dejó de ser cuidadoso con sus negocios, siempre limpio, siempre tan fríamente calculador. Y por supuesto, sorprende cuando el despacho se encuentra vacío y el sonido del disparo queda sin procedencia. El domicilio de la familia era extremadamente amplio, de altos techos y habitaciones de sobra, las cerámicas del suelo y el espacio disponible lograban que un eco se ejecutara con facilidad. ¿Y ahora a quién debía recurrir?
El nombre de la señorita es el primero en pasar por su cabeza. Cabellos rojizos y mirada gentil, sería Lilia a quien preguntaría por el sonido, y de lo contrario, reportaría de este para que luego ella encargara de comunicar al de su sangre lo que había sido escuchado en su domicilio cuando este no estaba a su interior. ❛ Señorita Lilia.❜ un golpeteo triple le presenta al otro lado de la puerta, bien nadie jala de esta desde su interior para atender a su comunicado. Gira del picaporte por ello, encontrando la nada y el orden, la personalidad de la muchacha siempre bien reflejada en un cuarto limpio y el dulce aroma que flores naturales dejaban en este. Recorre la habitación con la vista, todo en su perfecto lugar, una Lilia sobre el escritorio y la brisa proveniente del balcón. Le asume de visita en la floristería, una hora y quizá esta ya estaría de vuelta. Y sólo adentra para bloquear las corrientes y cerrar el ventanal. Termina abandonando la habitación siquiera al minuto después, y con las palabras aún en la boca y la extrañeza del sonido, recuerda haber cruzado pasos con el menor de los Hargrove a tempranas horas por la mañana.
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❛ ¿A dónde vas tan animado? ❜ le sorprende doblando en el corredor principal, adentrándose al domicilio, sosteniendo una lilia en su zurda y el principito bajo la axila para así obsequiarle una sonrisa a la mujer que prácticamente lo había criado. ❛ A ninguna parte, Alicia. O a todos lados, donde el destino lo decida.❜ dramatiza. Y la mujer ríe, porque suena a las ocurrencias que cada cuanto abandonaban los labios del muchacho. Alicia encantaba verlo de esa manera, tan contraria al cómo solía pasear por los pasillos con caras largas y mal aspecto. Le observa perderse con los escalones, subiendo de estos de dos en dos, como si llevase prisa consigo. Entonces niega, celebrando la felicidad del chico para así volver a perderse al interior de la cocina.
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Se vuelve su nueva opción, el menor, último en acudir para preguntar si él también ha escuchado de ello, si sabe si tiene alguna relación con los socios que solían visitar el domicilio, demandar que se le entregara último recado de Richard, y así abandonar con la misma rapidez con que sus autos estacionaban en la entrada al final de la rotonda. Así que vuelve a tocar, cinco golpes para la ocasión, una manera silenciosa de comunicar al muchacho que se trata de ella y no alguien de apellido Hargrove. Y de esperado, no recibe respuesta, pero sus falanges van de igual manera al picaporte para girar de tal y abrir la puerta de la habitación. Sus orbes recorren de esta en la misma manera que había recorrido la habitación de la de cabellos cobrizos. Por las paredes, desde las multas por velocidad que el muchacho exhibía con orgullo en un collage sobre el escritorio, hasta el lío de hojas y libros que se podían apreciar sobre este. La cama mal estirada, de esa manera tan propia que tenía el menor de hacerla, queriendo siempre ahorrar tiempo y trabajo a quienes recibían un sueldo por ello. Tiene un mal presentimiento, como si de por abrir la puerta hubiese dejado escapar de mil y un suspiros prisioneros entre cuatro paredes. Así que adentra, uno, dos y tres pasos hasta que no posee la fuerza en el cuerpo para dar un cuarto. Retiene el aliento, o más bien se le es arrebatado por la escena que presenta el muchacho, un sonido cual chillido escapando de sus labios al momento de encontrar el origen al sonido perturbador de las 11.41.
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Levanta a fragancias aromáticas que solo puede asociar con el cuarto de Lilia, lugar donde fingía descansar por un par de horas para garantizar confianza a la mayor, un acto cruel que no creería poder perdonar, pero nuevamente, había una lista considerable de cosas que no podía creer perdonar a su nombre. Así, una hora más tarde se encontraría en el papel de impostor, dejando una rosa sobre escritorio impropio para imitar a la cobriza durante cada mañana pasada en el último año. Le da un toque personal al acompañarle de una hoja arrancada de cuadernillo personal, aquel de hojas blancas que no demoraba en rellenar con un millón de palabras, el descargue de la mente y el alma plasmado en tinta negra. Y aprecia del material de cada objeto en su retirada, cerrando la puerta a sus espaldas para recorrer los pasillos a un paso lento, como si ya trata de un ente y no de una persona, deambulando por el hogar que nunca sintió como tal, con la inexplicable sensación de ir deshaciendo los nudos en su pecho con cada andar, cada cuadro tocado con la punta de sus dedos, cada papel mural inspeccionado con las yemas y cada pétalo de flor al cual dedica apreciación. Y entre sus paradas, cae de cuclillas a un costado del can, descansando frente a la escalera, acariciando su cuello y detrás de sus orejas en lo que parece una despedida. Besa su frente, un lo lamento que dura un par de segundos, bien acomoda su placa, brillante y nueva, y continúa haciendo cariño de este. Repasando esos segundos, no sabe si buscaba tranquilizar al can, o a sí mismo, pero sí que fueron minutos de absoluto valor.
Irónicamente, viste colores en vez de tonalidades de negro. Una camisa de rosa palo, regalo de su madre que no utilizó hasta ese día. Jeans azules y descalzo. Siente liviano aun incluso cuando el arma sostenida en su izquierda sentía cual saco de rocas. Pesada, quizá por las vidas acabadas a su obra o porque presentía la intención de quien ahora le cargaba, dudoso. Le había decidido en el transcurso de la misma semana, una combinación de números que le dejaría a la exactitud de cuarenta y dos para el aniversario del primer intento. Más importante que el hecho de cumplir años o estar despidiendo los dieciocho, más caótico. Arrancada de un mal escondite pensado por su progenitor, bajo la suavidad de un colchón que poco había sido ocupado durante las últimas dos semanas, las señales del muchacho perdidas en un encuentro fugaz donde Richard no logró descifrar -o poner atención suficiente- a lo que el de orbes azulinos intentaba comunicar a su propio estilo de palabras. Nadie logró descifrar.
Le explora como una extensión de la anatomía, con preguntas cuyas respuestas cree nunca llegar a encontrar. Siente solo, pecando de débil para cuando dejar caer el paño que envuelve al arma para así sentir su frialdad. Una ola de miedo recorre su espina dorsal, le aterra fallar de entre todas las cosas, y mientras busca un motivo por el cual bajar del arma y no proceder a sus planes, le faltan opciones de reemplazo al acto. Intenta juntar cinco nombres, y en su fracaso, quita del seguro.¿Era un delito, atentar contra el cuerpo que te encarcela? Nota el nublar al pestañar, el último grito de auxilio encontrándose en el silencio, la manera en que las lágrimas caían con el ritmo establecido de una rutina.
Para cuando vuelve a contar hasta cinco, el arma había besado su frente, el índice el gatillo y su sangre la alfombra.











