“Ahí estás,” anuncia en un canturreo de celebración. Sus labios se tuercen en una entorpecida sonrisita ni bien nota a la rubia acercarse a la barra, pero la jovialidad que puede percibirse en su rostro se trata solamente de una máscara que busca disimular el hecho de sentirse un poquito más miserable ahí dentro, que no encaja entre las carcajadas y el olor que el lugar irradia durante las noches. Ha sido una mala idea recurrir al alcohol, ahora lo sabe. Unos cuantos tragos vacíos descansan a su lado, sobre la superficie de madera, delatando su estado. “Por favor no me juzgues, tengo mis motivos,” una súplica, una promesa de otorgar explicaciones en otro momento. Cuando las palabras no le pesen y el mundo deje de darle vueltas. Sin pensárselo, toma su abrigo de la barra y abandona su asiento de un saltito, aterrizando en el suelo con torpeza, casi trastabillando. “Oops.” Una aguda risita se le escapa. “Vamos, sácame de aquí.” ( @brcnnie )