A lo largo de la mañana apenas habían entrado dos o tres personas a su librería. Era un día tranquilo pues al ser invierno, no había mucha gente en la calle y tampoco grandes multitudes de turismo. El sonido de la campanita de la puerta que le avisaba de que un nuevo cliente había entrado le hizo alzar un poco la cabeza, aunque no duró mucho así ya que la propia experiencia le decía que a menudo el comprador se sentía incómodo al ser mirado. Estuvo concentrado en una pequeña televisión antigua que tenía debajo del mostrador hasta que vio que aquella persona cogía un libro. Su simpatía y el querer hacer una venta le impidieron callarse más. — Esa es una muy buena elección, ¿es para un regalo o para usted? —. Sonrió amablemente.