"El peine del viento" El hierro retorcido ya estaba cansado de las inclemencias, del óxido que atenazaba su piel. Lo llamaban el peine del viento, y a menudo envidiaba poder ser como ese viento que se enredaba entre sus dedos parecidos a garras atrapadas para siempre en la roca. Le hubiera gustado ser más ligero, poder soltarse y volar como las gaviotas que frecuentaban la playa de la Concha. En ocasiones maldecía a la roca a la que consideraba su freno en lugar de su soporte. La roca había estado cansada desde que tenía memoria, pero no se quejaba. Parada, dura, fría, solida, resistente y resiliente sin un lamento por siglos, hasta que se rompía con un crujido que hacía temblar todo. Le habían encargado mantener y cuidar por la enorme y pesada escultura y jamás pensaría ni soñaría con ser o hacer otra cosa. Pese al desgaste de las olas del mar, que erosionaba su piel mostrando sus diferentes vetas hasta los huesos.
El mar se ensañaba casi con odio contra la piedra y la escultura de hierro. Una guerra de milenios entre la tierra y el mar, con el objetivo de reducir a escombros, desgastar, sumergir, ahogar, conquistar terreno. El agua allí no fluía mansa, arrasaba.
¿Y el viento?, el viento lo miraba todo desde arriba con curiosidad. Unas veces jugaba a probar ser agua y salpicaba los rostros de la gente, otras ser tierra y levantar nubes de arena de la playa, muchas jugaba con las gaviotas a sostenerlas en su vuelo, pero lo que más le gustaba era desenredarse la brisas en "el peine del viento".

















