Seven Steps | Numbers Song | Super Simple Songs
De preferencia, usar representación gráfica de esos números para la canción.
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Seven Steps | Numbers Song | Super Simple Songs
De preferencia, usar representación gráfica de esos números para la canción.
Vamos a remar - Canciones y rimas infantiles - Con subtítulos
Y el pasto verde crecia alrededor
POR FAVOR Y GRACIAS - BARNEY
Canción sobre Buenos modales.
A guardar, a guardar - Canciones infantiles - Preescolar - Con subtítulos
A guardar, a guardar, cada cosa en su lugar, sin tirar, recoger, que después hay que volver. A guardar, a guardar, cada cosa en su lugar, sin romper, sin romper, que mañana hay que volver. A guardar, a guardar, cada cosa en su lugar, sin romper, sin tirar, que mañana hay que jugar.
Actividad 3: La caja secreta.
Campo: Lenguaje y Comunicación.
Aspecto: Lenguaje Oral.
Competencia: Obtiene y comparte información mediante diversas formas de expresión oral.
Aprendizaje esperado: Describe personas, personajes, objetos, lugares y fenómenos de su entorno, de manera cada vez más precisa.
Se coloca una caja al frente de la clase. Se asigna a un niño a pasar. Se le cubren los ojos al niño seleccionado y saca un objeto de la caja. Los niños que observan describen el objeto mostrado para que el niño con los ojos cubiertos deduzca qué es lo que tiene en sus manos.
Se les puede pedir a los niños que digan las características físicas del objeto, qué hace, para qué sirve, etcétera. Pueden ser objetos sencillos, como:
Lápiz
Sacapuntas
Pelota
Libreta
Reloj
Papel higiénico
Ente otros
Actividad 2: Rimas.
Campo: Lenguaje y Comunicación.
Aspecto: Lenguaje Oral.
Competencia: Escucha y cuenta relatos literarios que forman parte de la tradición oral
Aprendizaje esperado: Escucha, memoriza y comparte poemas, canciones, adivinanzas, trabalenguas y chistes.
Los niños escuchan las siguientes rimas, sin incluir la primera línea. Ellos tienen que deducir la primera línea, la cual presenta el nombre del animal el cual se habla en el resto de la rima.
Rimas:
El pajarito
El gusanito
El gato blanco/El gato
La mariposa
Actividad 1: Cuento.
Campo: Lenguaje y Comunicación.
Aspecto: Lenguaje Oral.
Competencia: Escucha y cuenta relatos literarios que forman parte de la tradición oral.
Aprendizaje esperado: Escucha la narración de anécdotas, cuentos, relatos, leyendas y fábulas; expresa qué sucesos o pasajes le provocan reacciones como gusto, sorpresa, miedo o tristeza.
Los niños escuchan el cuento “El loro sin memoria” y al finalizar el cuento se les hace preguntas como: ¿Cuál es el nombre del loro? ¿Cómo hablaba el loro? ¿Qué sentía la gente cuando el loro les decía algo? ¿Qué hubieras sentido tú si el loro te dijera esas cosas? ¿Quién era Victor? ¿Cómo se sintió Victor cuando su loro le hablo? ¿Cómo le ayudó Bocazas a Victor?
Al finalizar las preguntas, realizarán un juego. La maestra les dirá frases y los niños las dirán al estilo Victor, algunos ejemplos:
-Eres lo que me protege del peligro.
Eres Peligro
-Qué ricos tacos de puerco.
Qué puerco.
-Mi sueño es ser maestra.
Mi maestra.
-Qué buen remedio para el dolor.
Qué dolor.
-¿Qué te pasa? No es molestia.
Qué molestia.
Al final se les pregunta qué les gustó más de la actividad.
Verde nací, amarillo me cortaron, en el molino me molieron y blanco me amasaron.
Cuento: Duendes al plato.
Voy a compartir contigo un secreto que solo unos pocos niños privilegiados conocemos y que, por su importancia, tendrás que guardar en el fondo del cajón de los secretos, fuera del alcance de ningún padre, cubierto de valientes peluches que lo custodien. En el fondo de todos los platos hondos, los que usan los papás para la sopa, los caldos y las lentejas, viven unos seres tan diminutos que durante siglos se pensó que eran invisibles. Son tan tan pequeñajos que solo los ojos nuevos de los niños pueden verlos, y eso si se fijan bien y ponen mucho empeño. Después, en cuanto creces, por mucho que quieras tus ojos, no podrán volver a verlos. Son seres mágicos cargados de poderes de lo más variado que se pasan al que se los come. Yo, que no era muy amigo de la cuchara, siempre que tengo oportunidad me voy a comer a casa de la abuela, que no perdona un primero de plano hondo ni en verano y, come que te come, voy vaciando el plato y abriendo cada vez más los ojos para poder verlos al llegar al fondo. Y nunca me decepcionan. Allí están, con sus calzas marrones y su camisa amarilla, con el gorro picudo y unos divertidos zapatos cuyo color varía en función de los poderes. Si te comes uno con zapatos rojos, te aseguras el poder convencer a mamá y a papá de lo que quieras, el de los verdes te permite correr a la velocidad del viento, el de mocasines marrones te enseña a trepar a los árboles más chulos del patio del cole, las sandalias azules te hacen nadar casi sin rozar el agua y el de las botas naranjas te permite meter los pies en los charcos sin que entre ni gota de agua en los zapatos, el de los botines blancos y negros me hace leer y escribir como si ya fuera grande y no veas cómo se pasa con los cuentos que tengo en casa. Y así, cada día, voy conociendo tipos nuevos y probando sus poderes, sin reparar en que, a cada cucharada me voy haciendo más y más grande. Ayer cumplí 7 años y casi llego al timbre de casa de los abuelos, y eso que viven en un noveno. Para celebrarlo, me empeñé en que mamá me hiciera crema de zanahoria y, a medida que me acercaba al fondo y por más que me empeñaba, no veía duende alguno. Tan solo me quedaba una cucharada cuando apareció un tipo menudo con chanclas de playa llenas de peces y soles. Me acerqué tanto como pude para verlo bien y, el muy golfo, me llenó la nariz de crema de zanahoria mientras trataba de bajarse de la cuchara. Yo lo perseguí por el plato hasta darle caza en el borde, a punto de saltar a la mesa. Lo acorralé con miga de pan y lo subí de nuevo a la cuchara. Abrí la boca bien grande y, ¡para dentro! Saqué la cuchara limpia y reluciente justo en el mismo momento que sentí un fuerte pinchazo en la punta de la lengua. Abrí la boca, saqué la lengua y me quedé bizco tratando de ver qué tenía en ella. Pegado a la punta, agarrado como una garrapata, estaba el duende de playa enfadado y gruñón. Tosí, escupí y lloré, pero no me soltó. Traté de arrancármelo con los dedos pero se aferró tanto que casi me tuve que parar por miedo a arrancarme la lengua. Mamá, que siempre presume con las otras mamás de lo bien que como, no podía creer lo que veían sus ojos. Nerviosa, se acercó a mí tratando de tranquilizarme, pero lo único que consiguió fue descuajeringar el molinillo de pimienta que tenía en sus manos y hacer que todo su contenido saliese volando. La cocina se llenó de polvos que parecían pica pica y, sin poder remediarlo, estornudé con fuerza. El duende se subió a uno de los "perdigones" de mi estornudo y salió disparado, yendo a aterrizar a la comisura de los labios de mamá que, muy alborotada, se llevaba las manos a la boca y hacía, sin querer, que el duende se colase en ella. Un gran vaso de agua remató la jugada, haciendo que el pequeño ser terminase en el fondo de estómago de mamá en un periquete. Aquella tarde fue estupenda. Mamá se convirtió en una sirena que cabalgaba por el salón en un enorme caballito de mar. Jugamos hasta la noche entre peces y algas, conchas y arena. Al final del día, aquel fondo marino volvió a ser, en un suspiro, el salón de casa. Agotados nos fuimos a la cama. No volví a ver ningún otro duende, al menos hasta la fecha, pero sigo tomando sopas y caldos y fijando mi mirada en el fondo mientras hundo la cuchara y cruzo los dedos para volver a encontrarme con un duende en chanclas.
Por Lucía Rodríguez Mourazos
Cuento: El loro sin memoria
Víctor era un niño un poco tímido al que le daba miedo hablar delante de la gente. Fuera del colegio no tenía amigos, aunque él soñaba con tener un grupo de amigos con los que jugar y pasarlo bien, sobretodo en verano. Un día paseaba solo por la calle y hacía muchísimo calor, así que se sentó a descansar bajo la sombra de un árbol. De pronto, escuchó un leve quejido y miró arriba. No podía creer lo que veía. Era un pequeño loro, muy bonito y con muchos colores. Pero tenía muy mal aspecto. Parecía que llevaba bastante tiempo perdido y tenía mucha sed. Apenas se sostenía sobre la rama de aquel árbol, así que no fue difícil cogerlo. Víctor se llevó al loro corriendo a casa y le dio agua y algo de comida. El lorito revivió enseguida nada más beber agua. En poco tiempo se hicieron muy amigos y Víctor encontró alguien con quien hablar. Le contaba muchas cosas, así que el loro pronto comenzó a aprender y repetir las palabras que escuchaba. Pero, el lorito tenía un problema y es que tenía muy poca memoria. Si alguien decía algo, él sólo recordaba la primera palabra y la última. Y ocurrió que una mañana la mamá de Víctor dijo: "Péinate con cuidado Víctor, o te quedarás calvo". Poco después, el papá de Víctor pasó cerca del loro y éste le dijo: "Péinate calvo." El papá se enfadó con el lorito, porque creyó que se burlaba de su problema de calvicie. Otro día, mamá le dijo a Víctor: "Cuidado con esa silla que está muy vieja". Luego pasó cerca del lorito la abuelita de Víctor y el loro dijo: "Cuidado vieja". La abuelita también se enfadó con el loro porque no le gustaba que la llamaran vieja y porque al decirle "cuidado", la abuelita se asustó y casi se cae. Al día siguiente, el papá de Víctor revisaba las facturas de la casa y dijo:"¡Qué caro está todo! Llegaremos a fin de mes por los pelos." La hermana mayor de Víctor, muy coqueta, pasó cerca del loro. Había pasado horas peinándose para estar muy guapa para un baile, cuando el lorito le dijo: "¡Qué pelos!" La hermana de Víctor se enfadó mucho con el loro por decir eso de su peinado y se fue a peinarse otra vez. Otro día, después de encontrarse con el perro de la vecina, la mamá de Víctor dijo:"Qué perro más sucio. Seguro que tiene alguna pulga." Pasó entonces por ahí la hermana pequeña de Víctor, que estaba muy contenta porque mamá le había dicho que estaba creciendo mucho. El lorito le dijo: "Qué pulga." La hermanita de Víctor se enfadó también con el loro. Como todos se enfadaban, pronto le pusieron de nombre Bocazas. Víctor era el único que entendía y quería a Bocazas. Como en casa todos se enfadaban con él, Víctor comenzó a sacarlo a pasear. Un día fueron al parque y unos niños estaban jugando al fútbol. A Víctor le apetecía mucho jugar con ellos al fútbol, pero como era muy tímido prefirió marcharse diciéndole a Bocazas: "Eres un loro y no puedo jugar al fútbol contigo. Además, yo soy muy torpe." Entonces, Bocazas gritó: "Eres torpe." El niño que tenía el balón en ese momento creyó que el loro le decía a él y todos los demás niños se empezaron a reír. Víctor pensó que por culpa de la poca memoria de Bocazas, ahora se había metido en un lío con esos niños. Pero no fue así, porque el niño que llevaba el balón también comenzó a reírse a carcajadas por lo que le había dicho el loro. A esos niños, al igual que a Víctor, Bocazas les parecía un loro de lo más gracioso y simpático. Víctor y los niños se hicieron muy amigos gracias a Bocazas, que le ayudó a vencer su timidez y le dio confianza para ser él mismo. Y Bocazas encontró unos amigos que se reían mucho y sabían aceptar las bromas y reírse de sí mismos de vez en cuando.
Por Eva Cano Fortuna
“Ronda, ronda, el que no se haya escondido que se esconda, y si no que responda.”
“Madre e hija van a misa, madre e hija han de volver. Mientras ellas van y vuelven cuento yo las dieciséis.”
“No quiero oro, ni quiero plata; yo lo que quiero es romper la piñata.”
“Brinco, brinco, San francisco; si me hago mal, que me cure San Pascual.”
“Aquí te espero, comiendo un huevo, patatas fritas, y un caramelo.”
Rima: El pajarito
Este pajarito
Anda por las ramas,
Se mete en el nido,
Se acuesta en su cama.