zakariakhaleel:
No era consciente del tipo de imagen que podría presentar, sólo esperaba que la buena voluntad de la persona a la que había detenido lo llevara a ayudarle, fuera príncipe de algún país o no. Llevó su mano libre a su rostro, buscando en vano limpiar el espeso líquido rojizo que caía a un lado de uno de sus ojos, el temblor de sus extremidades fomentado por las molestias que el dolor de cabeza generaba, un mareo importante haciéndolo tambalearse ligeramente. Su ceño se frunció, como si no hubiera comprendido las palabras que le eran dirigidas. —Eso dije,— respondió en voz baja, parpadeando confundido, sin haberse percatado de que su idioma materno había salido a relucir en una situación en que se requería su total atención dirigida a un idioma que todos pudieran entender. Y es que era complicado, incluso en un estado de mente normal, el lidiar con toda los acentos del mundo era, como mínimo, extraño. No sólo su acento marcado por el árabe, sino por aquél que el resto poseían, lo convertía todo en una buena oportunidad para no entenderse. —¿Sabes el camino?— preguntó después de una pausa, sus orbes buscando fijarse en el rostro ajeno, borroso, extraño ante todo lo ocurrido, con el desorden que parecía ser apocalíptico en la ciudad.
La situación lo sobrepasaba. Bastaba mirar las condiciones del príncipe que tenía enfrente para sentir que sus piernas perdían toda estabilidad. Los pocos meses de entrenamiento que había padecido por el mero objetivo de viajar a Dinamarca comenzaban a caer sobre el escolta— Sí, confíe en mí —se esforzó por no evidenciar nervios, pero ah, ¡vaya si los sentía! Colocó su mano con suavidad en uno de los brazos del hombre (puesto que parecía ciertamente desorientado), y con la otra palma señaló hacia su derecha, dispuesto a acompañarlo hasta el interior del palacio—. Solo mire hacia adelante, por favor —agregó lo último en caso de que su sentencia haya sonado como una orden, cuando no era más que el intentar ahorrarle unas pocas imágenes de lo que probablemente quedará en su memoria por el resto de su vida. Mientras avanzaban, y aunque quizá debía estar observando el territorio que los rodeaba, se distrajo con la sangre que descendía por el rostro ajeno:— ¿Dónde lo lastimaron? —se decantó por indagar, suponiendo que al ingresar lo más conveniente sería no perder tiempo y ser lo más preciso posible en la enfermería.











