La intención de poner resistencia y la necesidad de tener control sobre la situación, llegó mucho más tarde y en menor cantidad de lo que esperaba. Primero lo dejó eliminar distancia, invadir la piel de su mejilla con labios y dientes traviesos y por último la mano en su bolsillo. Se preguntó qué pasaría si mantenía ese perfil relajado y dispuesto a lo que el rubio tuviera en mente; qué pasaría si se quedaba con las manos a los costados, tal como se encontraba, dándole la libertad al contrario de salirse con la suya. “Quiero preguntarte otra cosa…” La risa de Nils había pintado una curva sutil en sus labios; expresión que permaneció intacta durante un par de segundos, mientras su diestra hacía un camino sigiloso hasta terminar enredándose en el cabello impropio. “¿Desde cuándo..?” Sus falanges se aferraron a hebras doradas con menos gentileza para terminar jalando, con la intención de tener el rostro contrario al alcance de su mirada. Un Déjà vu. Allí estaba otra vez el ápice desafiante en sus iris y la exigencia personal e involuntaria de poseer cierto dominio sobre el momento. “¿Desde cuándo has querido ponerme las manos encima? Porque tengo la vaga sensación de que te gusta esto.” Sus palabras pronunciadas con más lentitud no eran del todo ciertas. La sensación no era vaga; a River le gustaba pensar que tenía razón sobre Nils y el querer sentir su tacto. Su mano abandonó cabellos ajenos para posarse en su nuca, recuperando la sutileza del principio.
Se había dispuesto a incrementar la intensidad con que su dentina se aferraba a la piel del pómulo ajeno, posteriormente repartiendo un par de besos en la zona, una manera de contrapesar las acciones previas; o al menos lo hizo hasta que la mano impropia lo obligó a tomar distancia, dibujando una expresión divertida en su fisonomía, rematada por el vuelco que dieron sus ojos, mostrando cuencas en blanco por un milisegundo. Resopló cual niñato cuyo juguete había sido arrebatado de las manos causa de mal comportamiento, concluyendo en que su única opción era la de escuchar lo que el bruno tenía para decir. Sus cejas se elevaron como acto involuntario ante la interrogante emitida, en iguales partes por sorpresa y entretenimiento; su cabeza prácticamente reposando en la palma que la sostenía. “Oh, River, ¿no te enseñaron a no hacer preguntas cuyas respuestas no deseas conocer?” Siseó, acto sobrante para engrandecerse, la barbilla ascendiendo en un deje altivo. La moción se revirtió cuando agachó la cabeza, buscando nuevamente iniciar un contacto con la tez ajena. “¿O qué esperas que conteste, hm?” susurró, besando —o mejor dicho tocando, a juzgar por lo vago del movimiento de sus labios— el cuello del muchacho. “¿Que estuve soñando con este momento desde la primera vez que te vi, quizás?” Los casi-besos se esparcían por todo el lienzo que se le era otorgado, casi como un recorrido sin descansos que trazaba desde la base del cuello a la mandíbula en el lado opuesto y de vuelta. “Quizás hasta pienses que esa es la verdad escondida, ¿no?” Una risa interrumpió su labor, obligándolo a apartarse, a nuevamente buscar el mirar ajeno. “Si no puedo decirte que me retaron a encerrarte en una habitación y dejarte con las ganas,” Repentinamente y sin ningún aviso, toda la presión ejercida por su cuerpo para con el contrario se desvaneció, acrecentándose de a poco la distancia compartida, mientras la anatomía escasamente más alta retrocedía hacia la cama y se tumbaba sin más; gesto caprichoso y exagerado. Lo contempló desde allí y una necesidad imperativa de encender un cigarrillo acaparó su atención, mas la sonrisa maliciosa no se borró de sus labios.