'Luz Negra', la insólita novela de terror española que imagina 'Nosferatu' como una puerta de acceso a horrores cósmicos
Pocas veces la literatura de terror española nunca ha sido tan pringosa, erudita y generosa con el lector ávido de truculencia y nueva carne. El autor Pedro Berruezo presenta su nueva novela que supone el crossover definitivo entre la cultura pop de Drácula, el expresionismo alemán y la ficción lovecraftiana.
La historia de ‘Nosferatu’ es tan increíble como el nacimiento de la novela ‘Frankenstein’, de la que existen numerosas películas que fantasean sobre aquella tenebrosa velada en la que nació la literatura de terror tal y como la concebimos hoy. En el caso de la película expresionista no faltan aproximaciones interesantes, como ‘La sombra del vampiro’ (2000), en la que se fantaseaba con la leyenda de que el actor que interpretaba al Conde Orlok era realmente un vampiro, pero había mucho campo abierto, dadas las raíces esotéricas de su concepción. Lo que resulta increíble es que a nadie se le hubiera ocurrido antes escribir una novela de terror sobre la destrucción de las copias de ‘Nosferatu’ por parte de la viuda de Stoker. A priori, la idea no tendría sentido, pero Pedro Berruezo ha tirado del hilo de esa intrahistoria y ha hecho la conexión definitiva con la idea de la película maldita que nos fascinó a todos en ‘Cigarrette Burns’ de John Carpenter. La ficción sobre cintas cuyo visionado puede provocar sucesos terroríficos fuera de la pantalla y la historia ocultista de ‘Nosferatu’ estaban hechas la una para a otra, y ‘Luz Negra’ no solo lo hace realidad sino que la lleva más lejos de lo que el lector pueda imaginar, componiendo una mitología de horror cósmico propia mientras concibe la carta de amor definitiva a la primera película de vampiros.
Las ideas de Carpenter no acaban ahí, y Berruezo parece venerar tanto ‘El príncipe de las tinieblas’ como ‘En la boca del miedo’, que proponía la idea que la propia ficción de terror fuera capaz de servir como llave para la entrada en nuestro mundo de entidades incognoscibles y devastadoras. Solo hacía falta una veneración erudita por la historia de la creación de la novela, la película ‘Nosferatu’ y las inclinaciones herméticas de su artífice en la sombra, Albin Grau, para darnos una fascinante colisión de horror cósmico, gótico y metaficción ucrónica con la historia ocultista de la película como telón de fondo. Tiene Berruezo esa concepción implacable del horror de Clive Barker, pero con más afecto por los conceptos de ciencia ficción que la fantasía, atendiendo al motivo cuántico para las conexiones espaciotemporales con la misma profusión que sus efectos en la anecdótica existencia del ser humano. Poca prosa en castellano ha conseguido describir y desarrollar las alambicadas e indefinibles sensaciones del horror cósmico con tanta soltura y viscosidad maligna, con la concisión humorística y costumbrista de los tebeos Bruguera pero el mismo acercamiento con el que un creador de efectos especiales de látex le explicaba a directores como Brian Yuzna las mutaciones body horror del final de ‘Society’.
Quizá por esa capacidad, igual porque nadie se atrevía nunca a ser tan pringosa, pero ‘Luz Negra’ es una de las novelas de terror españolas más insólitas y ágiles leídas en mucho tiempo, sin omitir un solo detalle de truculencia y nueva carne, profesa conocimiento pop y actitud punk, sin dejarte encariñar demasiado con cualquier personaje, porque hablamos de horrores más allá de los eones. Pero la novela no es todo, este volumen contiene un posfacio sobre el trasfondo de ‘Nosferatu’, la viuda de Stoker y los personajes reales que se pasean por la historia que funciona como un ensayo valioso por sí mismo, mucho menos solemne que el que te haría Alan Moore, y que vale por sí solo el precio del libro, rematado, por cierto, con una increíble portada de Tomas Hijo, expresionista moderno con una visión artística idónea para conectar con los poderes arcanos que tratan de abrirse paso hasta la tierra.
Las 41 mejores películas de terror de 2024 (Parte 2)
Continuamos nuestro repaso a lo más importante del cine de terror del año 2024, entrando en la fase determinante, solo quedan 20 puestos para conocer nuestro número uno, pero además, en este segmento del top 41 también podréis encontrar el programa doble recomendado para cada una de las seleccionadas y algunas menciones especiales que han quedado fuera del top
20-Alien: Romulus (2024)
Un intenso parque de atracciones para fans de la saga que recupera el terror perdido en las secuelas al tiempo que ofrece un sangriento "greatest hits" de esta, con una última media hora de serie B colosal. Fede Álvarez recicla su plantilla de Don't Breathe (2016) en el espacio, con un filme que parece tener alma de slasher juvenil y acaba replicando el ADN del clásico de Ridley Scott. La factura está cuidada al detalle, con un diseño de arte tangible que hoy resulta un lujo insólito y una apuesta por los efectos especiales artesanales, los animatronics solo traicionada por la decisión inexplicable de resucitar digitalmente a Ian Holm. El desarrollo es una colección de habitaciones de escape room temáticas de la franquicia conectadas, lo que implica cierta previsibilidad final, pero también una voluntad lúdica autocontenida en cada nueva escena de acción, algunas de ellas memorables. Tiene algo de tren de la bruja disfrutable lleno de fan service que en su síntesis se atreve a llevar más allá algunas ideas arriesgadas de las secuelas menos queridas, lo que la aleja de la mera mímica y le suma muchos puntos.
A veces tiene pasajes terroríficos, como una galería de cadáveres digna de un barracón de feria, pero esto también sirve de antídoto a esas "secuelas puras" que "eliminan" a las anteriores. Aquí se reconoce hasta a las más exóticas. Lo mejor del conjunto son sus migas de pan anticorporativistas a costa de Weyland Yutani Corp, la ruptura con la visión idealizada de las colonias a través de la explotación laboral, cimentando a la compañía inequívocamente como el gran villano de la franquicia. También sabe mirarse en algunas de las decenas de imitaciones de la propia original, llegando a parecer hasta cierto punto una de ellas con más medios y presupuesto. Álvarez parece conocer muy bien los delirios ginecológicos grotescos de Xtro (1982) y su monstruo, los capullos y el body horror cronenbergriano de las dos primeras Species y, por supuesto, la llegada al siniestro Demeter espacial asolado de Event Horizon (1997). La decisión de ubicar una minipelícula de monstruos en su final demuestra desvergüenza y arrojo al jugar con las posibilidades genéticas de la saga que siguen una lógica de cine de criaturas sin prejuicios y aparta el componente de ciencia ficción a un lado.
Programa doble: Elevation (2024)
Lo normal es que este híbrido de terror y ciencia ficción hubiera entrado como acompañante de A Quiet Place: Day One, ya que es más bien una exploitation de la original que, además, tiene una escena en túneles muy similar a la precuela, pero en este año de terror de “reglas” también la de Fede Álvarez, también aplica escenas de tensión similar a su secuela de Alien. En esta tenemos extraterrestres que no pueden subir más de cierta altura, convirtiendo la película en una serie de carreras para llegar a la finish line bastante tontas, pero muy bien rodadas y divertidas. Es una serie B de videoclub como la copa de un pino con actores de esa categoría, como Morena Baccarin y Anthony Mackie, pero resulta corta, entretenida y más resultona de lo que se comenta, incluso con alguna escena estupenda como la del teleférico o el laboratorio.
19-Speak No Evil (2024)
Contra todo pronóstico, el remake del éxito danés es bastante superior al original. El director de Eden Lake (2008) recupera temas y el nervio de aquella en una clase maestra de tensión irrespirable y humor negro que se cuela entre lo mejor de terror del año. Tras un año de desastres encadenados, Blumhouse nos vuelve a cerrar la boca con su mejor película de terror desde Black Phone (2022), un remake del que no se esperaba nada y mejora por mucho a su original. Presumíamos que iba a ser una copia idiota para público americano y al final tenemos que poner en perspectiva su elección por el suspense y el humor que la original quizá no supo ver en su planteamiento nihilista y abnegado. Conserva de aquella ese cierto afán moralista, pero nunca es tan tremendista y en vez de querer ser Haneke, aprende del Hitchcock más perverso, con un suspense constante y un no parar de gags cómplices con el espectador, incluso para los que saben lo que va a pasar, con un tono más lúdico y dinámico. Sobra decir que James McAvoy vuelve a estar soberbio con un papel en el que vuelve a aterrar, pero la MVP es Mackenzie Davis, representando la incomodidad e incredulidad del público con reacciones de timing cómico muy preciso, encarnando el absurdo del status quo.
Sorprende al usar puntos clave de la original y cambiarles o ampliar su significado, rompiendo el comentario sobre la sociedad danesa y sus modales para hablar de diferencias de clase, educación y la maleabilidad de la voluntad por vía del gregarismo masculino. Puede que la parte más controvertida de esta nueva versión sean los cambios en su segunda mitad, ya que decide comprimir los dos primeros actos de la danesa para desarrollar mucho más el tramo más tenso, juguetón y disfrutón, plagado de guiños conscientes y mucha mala baba. Sigue un camino tangente a la original, desembocando en un violento y extenso clímax, más cercano a la propia Eden Lake o Straw Dogs (1971) que a aquella. Para muchos resultará más convencional, pero dentro de su propuesta abierta al gran público es bastante más coherente, pulcra en su gramática, por lo que diferencia a ambas películas es que la de 2024 está mucho mejor escrita, tiene mejores diálogos, personajes mejor perfilados, más fluidez, sarcasmo macabro y autoconsciente... está sembrada de momentos encadenados coronados por una presión constante hasta el último minuto.
Programa doble: Nightwatch: Demons are forever (2024)
Si la original Speak no Evil era danesa, también desde Dinamarca nos llega esta tardía continuación de aquella película que en los 90 arrasó en el circuito del cine independiente, adoptando la forma de secuela legado, diferente a las que vemos en Hollywood por su forma de integrar la historia de la hija del protagonista original con elementos nuevos. Si la original ha inspirado éxitos sobrenaturales recientes como The Possession of Hanna Grace (2018), esta vuelta del concepto al thriller tiene solo un par de secuencias en la funeraria, y recupera más un germen turbio de otras películas de la época en la que nació, como Tesis (1996) o Mute Witness (1995), donde el elemento del asesino en serie era mucho más oscuro. Un poco neogiallo en su misterio, no es sin embargo sangrienta ni busca ser un slasher, sino que se apoya más en el suspense que en la truculencia, en el juego de quién es quién, pero tiene momentos impresionantes, como el sórdido cara a cara final en la oscuridad, y resulta mejor exploración del “trauma del superviviente” que la última trilogía de Halloween,la secuela del remake o incluso Terrifier 3.
18-Lovely Dark and Deep (2023)
A menudo se comenta que faltan ideas en el cine de terror, pero también a menudo se suele concretar la conversación en estrenos que vienen avalados por grandes distribuidoras con un buen aparato de publicidad. Sin embargo, las productoras independientes no dejan de apostar por títulos pequeños pero llenos de versatilidad como el debut de Teresa Sutherland, guionista de la reivindicable The Wind (2018) y miembro del equipo que escribió Midnight Mass (2021). Aquí orquesta una historia basada en las numerosas desapariciones reales de los Parques Nacionales de Estados Unidos, que si bien no explora demasiado todo el aspecto true crime documental para elaborar un híbrido narrativo, se sirve del hecho como punto de partida de algo que se da tan por hecho que genera una importante capa inquietante de partida. Tanto los guardabosques como sus superiores aceptan y asimilan que esto es una realidad con la que deben lidiar, con lo que el problema no es tanto el cómo o el qué, sino la propia exploración de una experiencia en esa situación. Pasando de ideas de thriller y evitando las criaturas al estilo Body at Brighton Rock, el guion desarrolla una experiencia de aislamiento para su protagonista, una hipnótica Georgina Campbell que arrastra en sus silencios y mirada melancólica los pesos de un trauma infantil causado por una desaparición en el parque en el que ha empezado a trabajar.
Muchos planos de ella dando vueltas por el monte y recursos de cine en los backwoods en clave lo-fi, pero con un uso de las lentes y fotografía muy específico, le dan una entidad visual bastante sólida y separada de otros estrenos directos a VOD que llenan catálogos cada semana. La construcción de la atmósfera es paciente e impecable y va introduciendo claves de horror psicológico y onírico en la dinámica de un personaje solo con sus temores. Muy destacables sus encuentros con "desaparecidos", el juego de sombras en el exterior de su tienda o toda su media hora final, donde se rompe la lógica de la realidad y se van dejando migas de pan para interpretar lo que está pasando. Como una inversión del punto de vista de Picnic at Hanging Rock o una temporada de Channel Zero —en realidad Butcher's Block se parecía menos que esta al creepypasta que adapta, Search and Rescue Woods, inspirado en estas desapariciones reales en parques—, dedicada a la naturaleza y condensada en 80 minutos, las resoluciones y sugerencias pasan al horror cósmico entendido según el dúo Moorhead-Benson y combina bien con películas de la década pasada como Yellow Brick Road (2010). Lovely Dark and Deep no ofrece respuestas fáciles ni definitivas pero sí pistas para entender su universo de desapariciones sacrificiales, conspiraciones entre Rangers y un Satisfactorio laberinto de enigmas abiertos que dejarán enganchados a los amantes del buen cine forteano.
Programa doble: The Watchers (2024)
Georgina Campbell está apareciendo en unas cuantas películas de terror y fantástico recientes tras su irrupción en Barbarian (2022), pero es casualidad que en este mismo año se haya perdido en bosques que se tragan a la gente en dos obras muy diferentes, pero igual de misteriosas. Lo mejor y lo peor de este debut de Ishana N. Shyamalan es que comprime material para tres temporadas de From en 100 minutos de sobreexposición constante, de hecho es tan inconsistente como esa serie, pero al menos esta te permite salir del cine con respuestas y su combo final de giros de bolsilibro de aeropuerto funciona mejor de lo que muchos están dispuestos a reconocer. Un batido sin vergüenza de todos los mystery box de bosque posibles, con una dirección competente, pero que también arrastra muchos vicios de primera película y de la escuela de la familia. Tiene bastantes fugas al terror que flirtean con la alegoría y las leyendas irlandesas, un digno producto de viernes noche con su cinturón de seguridad PG-13 que como poco resulta más digno que Trap.
17-Daddy’s Head (2024)
La plataforma Shudder sigue creciendo poco a poco a buen ritmo y la mejor noticia que nos puede dar es que poco a poco sus producciones van siendo más sólidas. Quizá no tanto las que son precisamente originales desde su propio nicho de EEUU, como las que es capaz de adquirir de otros países. Probablemente, la mejor de esa tanda de cine hecho para televisión, de cine concebido directamente para streaming, no está necesariamente concebida con esa perspectiva. Esta es Daddy’s Head, una suerte de inversión del concepto de Babadook (2014) pero tamizada por la ciencia ficción. No se asuste el aficionado al terror por esta etiqueta, pues ese elemento de aquí tiene más que ver con Xtro (1982), digamos que es la versión de A24 de aquella, también con una entidad extraterrestre adopta la forma del padre fallecido de un niño y se presenta a buscarlo para llevárselo.
El giro de la situación es que la madre del niño ya había fallecido previamente, y queda al cuidado de una madrastra con la que nunca ha tenido una relación especialmente buena, lo que crea una dinámica diferente a la que había en la obra de Jennifer Kent, porque no es la madre la que no soporta al niño, sino que sencillamente este tampoco puede conectar con su tutora. Esto crea una tensión latente que persiste durante toda la película de forma bastante cruda y amarga, y solo se intensifica cuando empieza a manifestarse una criatura en las sombras, en las esquinas de la habitación, en lo más profundo del bosque. Pero lo más inquietante de todo es que tiene la cara del padre, una pesadilla infantil hecha realidad. El gancho es tan simple como eso y necesita más allá, salvo que cuando la criatura va tomando forma se vuelve más y más terrorífica. Una película muy sencilla en cuanto a conceptos, centrada en las apariciones y esas escenas de terror que rozan lo surrealista también en algún momento onírico. Probablemente hubiera funcionado muy bien como un episodio de una serie como Guillermo del Toro’s Cabinet of Curiosities (2022), pero no es larga, es efectiva, y concluye antes de abrir la boca y decir “papá”.
Programa doble: The Shade (2023)
El nuevo tópico de los dramas de terror se ha convertido en una mutación en la que se suele usar el género como metáfora de traumas, duelo, presiones sociales etc, pero pocas veces estamos ante un verdadero drama, drama, en el que lo que se prioriza son las relaciones de personajes y se plantea como un coming of age en el que no se siguen códigos del género. Esta película es como si una pieza indie de Xavier Dolan de repente tuviera apariciones de un ser terrorífico, sin embargo, estas no son el objetivo, por lo que la película se pasa una hora sin rastro de género. Pese a su duración y modestia, algunos de estos momentos de horror son verdaderamente espeluznantes, sin usar jumpscares ni sonidos estridentes, lástima su duración desproporcionada, porque merece al menos considerarse como la rareza que es.
16-Hellboy: The Crooked Man (2024)
Pocas películas con tanta proyección al odio ha habido este año como esta secuela inesperada de Hellboy (2004), en realidad una precuela de la película de Guillermo del Toro que, probablemente sea la adaptación más fiel en imagen, texto y espíritu al trabajo de Mike Mignola. Es cierto que aquellas aventuras iniciales son una bonita oda al fantástico, pero vienen con una calificación PG-13 que en realidad no se corresponde con el tono oscuro, turbio y lleno de elementos de terror, esotérico y weird, de los tebeos, que nunca hasta ahora habían brillado tanto como en esta entrega del director de Crank (2006). Está claro que tiene un bajo presupuesto, pero se percibe una vocación por el gótico clásico ausente en capítulos anteriores, que ignoraban esos cuentos cortos que ponían al demonio rojo andando por lugares extraños donde hay leyendas desconocidas, monstruos escondidos y pueblerinos asustados. Esto hace que Hellboy sea un pasajero en una historia de la Hammer llevada a viñetas sobre brujería en un lugar perdido, con muchos árboles, mucha niebla y elementos de terror que parecen sacados, incluso, de una película de John Carpenter.
De hecho, escenas como la de la Iglesia podrían ser perfectamente una variación de The Fog (1980) con dosis de acción. Un pulp horripilante y divertido, a veces creepy, con recreación noble del material fuente, que sabe mirar al pasado del personaje para integrarlo dentro de la trama sin que chirríe. Seguramente cuando llegue un momento de sequía de género, estos estrenos malditos a los que nadie le hizo mucho caso en su momento tendrán una oportunidad, se pondrá en perspectiva The Crooked Man, un regalo para los verdaderos fans, que bebe de los 70, de los colores crudos de la productora Tigon, y probablemente se acabe convirtiendo en una secuela de culto, o al menos la bajada al barro que precisamente le hacía falta a la franquicia, que podría iniciar una serie con este mismo tono y un pequeño caso del demonio rojo en cada episodio.
Programa doble: The Crow (2024)
Un romance trágico en clave de fantasía urbana oscura y ultraviolenta que cambia los códigos góticos de la película original para desplegar una visión más horror postpunk del cómic. La sangrienta secuencia de la ópera es de las mejores del año, el resto, muy lejos de ser el fiasco que se ha narrado, puesto su mayor pecado es creer en la historia de amor de Bill Skarsgård y FKA Twigs, el núcleo de una historia menos complaciente que la de 1994, mucho más amarga y que sabe encajar con el mito de Orfeo. También incorpora más elementos fantásticos que juegan y alteran los componentes faustianos del original, con el villano diabólico encarnado por un siniestro Danny Huston. También se acerca al mundo de los superhéroes de tebeo de los 80 como Cloak & Dagger, incluso replicando sensaciones y puntos de la trama que hasta parecen una versión gore de Ghost (1990). Skarsgård compone un Eric Draven muy diferente, un joven marginal, por lo que no es gratuito que su némesis represente la alta sociedad y las élites, introduciendo la conciencia de clase en la tragedia, con una puesta en escena estilizada, gore y con algunas sorpresas para los fans del terror, que la separan del estrato conocido del cine de superhéroes actual.
15-Grave Torture (Siksa Kubur, 2024)
El maestro del horror Joko Anwar ha tenido doblete este año en Netflix, primero su episodio de la serie Nightmares and Dreamscapes, que parece un complemento a su esperado nuevo largometraje, una tenebrosa exploración de los castigos del más allá en el Islam que tiene un desarrollo paciente para llegar hasta el tramo final más extremo del cine de terror de este año. Aunque no llega a la espectacular Satan's Slaves 2: Communion (2022), Siksa kubures el trabajo más maduro de Anwar, donde combina rituales fúnebres, horror psicológico y religioso en una especie de versión perversa de Jacob's Ladder (1990) en la que retuerce la idea de la devoción por miedo al infierno, una respuesta a los viajes al averno con mensaje moral de Jigoku (1960) o el cine de Zé do Caixao que hace homenaje al cómic más vendido en Indonesia en los años 80, que hizo que millones de niños leyeran sádicas torturas infernales que les enseñaban a no pecar, y aquí transforma esa tradición cultural que en realidad era vista con ironía y su fondo religioso era prácticamente una forma de saltarse la censura del régimen de Suharto.
Anwar dispara a instituciones y fanatismos de forma incendiaria, aunque juegue con los elementos de esa mitología a partir de la idea de una grabación "real" en casete, como si fuera un creepypasta que podría haberse rodado en formato Found Footage y ya en su segunda mitad es donde la narradora empieza a ser no fiable, y el director se deja llevar por su tendencia a las microhistorias y escenas autocontenidas que vuelven a sus raíces Raimi, Wan y de J-Horror moderno, siempre con una puesta en escena exquisita. Esto nos deja algunas escenas antológicas como la de la lavadora o la morgue, tan solo la antesala a la ejecución del plan de Sita, que vamos conociendo gracias a elipsis y pasa por encontrar al mayor pecador posible, rayando con la historia de venganza de Tras el cristal (1986). Y es en el tramo final en donde Grave Torture rompe esquemas y conecta con su corto original (que podría servir como prólogo) y exhibe afinidad tanto por el terror clásico de entierros prematuros de Poe, como el Fulci gore y lovecraftiano de Paura nella città dei morti viventi (1980).
Programa doble: Dosen Ghaib It's Nighttime or You Already Know (2024)
Ha sido un año intenso para el cine de terror indonesio. La cantidad de títulos producidos es tan grande que se empieza a hacer imposible ver todo, aunque desafortunadamente la calidad no acompaña esta explosión, y ni siquiera la nueva película de Kimo Stamboel, Dancing Village: The Curse Begins o la prometedora Respati estuvieron a la altura, pese a su impecable acabado de producción. Entre krasues, maldiciones y posesiones, pocas son reseñables o se mantienen firmes durante todo el metraje, por eso esta pequeña aventura juvenil es la más resultona, una historia de fantasmas que podría salir de las páginas de un manga de horror, que en realidad parece un remake extendido de Go to the Head of the Class (1986), el episodio de Robert Zemeckis para Amazing Stories, cambiando a Christopher Lloyd por un profesor enjuto con cara del zombie de Peter Cushing en Tales from the Crypt (1972), divertida, muy corta, ágil y con algún momento gore, le falta punch final, pero mejora a otras que han tenido mejor prensa.
14-Longlegs (2023)
Perkins se consagra como maestro del terror latente con una retorcida pesadilla satanic panic que se disfraza de thriller criminal a lo Red Dragon para desplegar imaginería espeluznante digna de Sinister (2012). Un puzzle fascinante donde la resolución va pasando a segundo plano y lo que acaba embriagando el desarrollo es su atmósfera densa, la sensación constante de que hay algo verdaderamente maléfico siempre acechando. Donde más inquieta es en su forma de presentar ideas como fotos policiales, grabaciones de los casos o escenas del crimen. Perkins dota de un aura siniestra inexplicable una simple sucesión de imágenes fijas, lo que imaginamos siempre es más que lo que se ve realmente. Texturas vintage, ambientación noventera y Maika Monroe en estado alterado desde el primer minuto, todo está cuidado al detalle, y aunque no esté a la altura de la película que sugerían sus tráilers, su misterio deja huella e incomodidad días después. En el fondo, entra dentro del tipo de thriller policíaco con pinceladas de otro mundo que siguen el molde de The Exorcist III (1990) siendo esta uno de sus vástagos más adelantados junto a Cure (1997).
Lo de Nicolas Cage trajo cola, aunque su personaje tiene bastante más en común de lo que se comenta con el asesino de Black Phone (2022), pero tanto su actuación extrema, como su caracterización (un poco Joaquín Reyes) puede resultar aterradora o provocar la reacción contraria. Tiene también líneas de guion no demasiado pulidas y cierta exposición final innecesaria, incluso muchos no querrán ver también que The Conjuring: The Devil Made Me Do It(2021) era, esencialmente, una película muy similar, pero a pesar de ser algo menos de lo esperado el mayor valor inquietante son sus imágenes subliminales, no solo en montajes intensos con fotogramas con significado oculto, sino apariciones en los márgenes del plano, o al fondo, con pistas que se relacionan con The Blackcoat's Daughter (2015), que ya entremezclaba el culto al diablo con la enfermedad mental y esta podría ser una precuela secreta. Perkins explora rasgos que son ya parte de su lenguaje, como los planos generales con siniestras siluetas en la distancia que ya ensayó en Gretel & Hansel (2019) así como la simbología ocultista asociada al mal que hace que en su cine haya una vileza silenciosa impregnando todas sus imágenes.
Programa doble: The Soul Eater (2023)
Los directores de À l'intérieur (2007) prueban en el thriller criminal con elementos de folk horror y bastantes parecidos a Longlegs. Es como si Lucio Fulci hubiera hecho su Seven (1995), con muertes muy gore y un misterio tangente a redes de abuso infantil. La pareja Bustillo y Maury demuestran poder hacer casi cualquier subgénero de terror y en este caso abordan el nuevo polar, tipo Les Rivières Pourpres (1997) desde una frialdad irrespirable, adentrándose en todos los aspectos turbios que ofrece el subgénero para acercarlo a su terreno. Pese a que la investigación no es muy intrincada, sus ingredientes sórdidos y su alegría al regar el set de rodaje con sangre convierten The Soul Eater en una explotación de ese tipo de narrativas, pero con ciertas conexiones de interés con leyendas similares al Wendigo.
13-The Substance (2024)
Que en Cannes se celebre una película de terror tan mamarracha y festiva como The Substance es un hito que nos debería dar una pista de dónde está el cine de terror ahora mismo, ya que tradicionalmente en los festivales no ha habido tanta manga ancha para el género si no venía acompañado de una justificación intelectual o de autor, sin embargo, esta combina los espantos con ciencia ficción y cuento de hadas para reírse del edadismo y la trampa de la belleza exigida socialmente. La clave es volver la mirada a Sunset Boulevard (1950) a través de la nueva carne, con una desembocadura final de puro grand guignol que se apoya en la falta de pudor de una Demi Moore espectacular, cuya elección para hacer de una estrella mayor de 50 años, de la que pocos se acuerdan y que apenas recibe papeles, es casi un manifiesto, una perversa sátira sobre la adicción al botox y las operaciones estéticas a la que esclaviza el mundo del glamour, que vuelve a los FX artesanales, el látex y el blandiblub.
No es el colmo de la originalidad, incluso puede considerarse un remake de Rejuvenatrix (1988), de a que se diferencia en la bipolaridad que lleva a al mito de Dorian Gray, donde nuestra versión joven es una también entregada Margaret Qualley, lo que genera un conflicto interno a partir de la adicción a la atención externa, una Cenicienta cuyo hechizo se deshace, donde la reina malvada se mira al espejo mágico y se encuentra con la bruja que teme ser mientras la joven Blancanieves es absorbida por su propia vanidad. Durante casi dos horas y media la trama se extiende un poco de más en algunos conceptos y estampas que tienden a la reiteración, pero siempre se revuelve con una costra de humor corrosivo o algún exabrupto de body horror gomoso deudor de Frank Henenlooter, el Brian Yuzna no solo de Society y los clásicos sobre elixires mutantes que van desde The Leech Woman (1960) a Beauty Water (2020). Aunque ojo, que la orgía de gore y látex que se prometió en Cannes no es tan apoteósica, sin embargo, lo que sí promete la directora es una narración llena de ideas narrativas como ese prólogo conectado al epílogo, siempre rezumando un humor macabro delicioso.
Programa doble: Blink Twice (2024)
El terror dirigido por mujeres ha dado el golpe definitivo en 2024, y si Fargeat aborda aspectos que afectan a la mirada del cuerpo femenino y el edadismo, la debutante Zoe Kravitz profundiza en temas que bien podrían formar parte de Revenge (2017), porque a su manera, Blink Twice es también un rape and revenge, uno que se parece por encima a Get Out (2017), compartiendo elementos de control, programación y un sentido del humor ácido que en este caso colisiona con una perturbadora base de fondo, que no deja de ser similar a la que vimos en The Invitation (2023), solo que aquí cambiamos a los vampiros por señoros. Es conflictivo decir que es divertida, pero sabe cómo alcanzar un tono donde coexisten muchos elementos antagónicos y Kravitz dirige fenomenal, aunque igualmente la película puede ser un trigger para víctimas de abuso sexual.
12-The Funeral (2023)
Hace unos cinco años se estrenaba con dificultades The Antenna de Orçun Behram, un debut extraño que desarrollaba una pesadilla kafkiana única, abandonando la lógica realista para entrar en una asfixiante alegoría de horror surrealista a fuego lento sobre la propaganda mediática de Erdogan. Ahora el director vuelve con un romance fúnebre que parte de algo como un sórdido romance gótico que parece un psycho thriller con no-muerta hasta que da un giro ocultista inesperado que lleva a un siniestro tercer acto que ofrece a los pacientes mucho más de lo que sugería su minimalismo inicial. Pasa de una nueva Dellamorte Dellamore (1994) a adentrarse en otro terreno inesperado que juguetea con la idea de la no muerta en una especie de versión sórdida de Bones and All (2022), retratando una Turquía decrépita y turbia. No es la típica película de terror frenética, que marca el paso del género hoy en día, es más una de aquellas rarezas europeas de los 90, flemáticas y oscuras que iban cogiendo sabor a su propio compás, centrada en su atmósfera sórdida y en un personaje en desgracia.
Sin embargo, sabe ir de menos a más, con un status quo contenido sin reflexiones líricas, reduciendo a la crudeza de una situación desesperanzada, moralmente cuestionable, que amplía su mirada en su segunda mitad con un giro ocultista que eleva el concepto de partida a otro nivel. Añadiendo elementos de Autopsy of Jane Doe (2016), Return of the Living Dead III (1990)y Baby Blood (1990),resultando en una película insospechada cuyos personajes traspasan zonas grises del confort moral para reformular al antihéroe gótico más decadente en forma de chófer funerario turco y no-muerta. El punto de partida puede verse como una nueva variación de Viy (1967), sobre un hombre obligado a permanecer varas noches o el cadáver de una bruja, pero tiene más en común con la versión yugoslava del relato de Gogol, la tenebrosa Stevo Mesto (1990), que incluía una dimensión necrófila tangencial con Edgar A. Poe, a la que se le une un desarrollo no tan diferente al de Mortal Zombie, tirando más a lo sobrenatural. En ese punto, la película sale de su estructura y pasa hacia algo esencialmente esotérico, que puede tener más que ver con un tono relacionado con el terror como Kill List (2011) que con el planteamiento inicial. The Funeral es una rareza modesta pero inusual en Europa, con una atmósfera opresiva y un ritmo pausado, ofrece una alternativa a contracorriente en un mercado codificado por tendencias.
Programa doble: Little Bites (2024)
Es raro que no se haya vendido como “la película de terror del hermano pequeño de Rob Zombie producida por Cher”, pero es que su propuesta es tan áspera y a contracorriente que ni siquiera le pega venderse así. Si en The Funeral tenemos una relación malsana de amor necrófilo que exige alimentar con muertos, aquí tenemos a una joven con problemas que es la "familiar", una especie de sirviente o fuente de alimento de un monstruo bebedor de sangre que tiene la mira puesta en su pequeña hija. La película parece utilizar la figura del vampiro como una metáfora del abuso doméstico, una representación de una relación tóxica y de dependencia que se toma su tiempo, pero genera una atmósfera decadente y opresiva que consigue hacer verdaderamente temible a su criatura. Además, hay cameos de actrices conocidas del género de terror como Barbara Crampton, Heather Langencamp y Bonnie Aarons.
11-Late Night with the Devil (2023)
El gran descubrimiento de terror de la temporada de festivales de 2023 fue este mockumentary que rescata un "episodio perdido" de un Talk Show de 1977 como si fuera una mezcla entre Ghostwatch (1992) y The Exorcist (1973). Algo se nota cuando se puede ver que el director de Lake Mungo (2008), Joel Anderson, que no ha hecho una película desde aquella, ha sido productor ejecutivo de esta, una vuelta de tuerca retro al found footage con una recreación asombrosa de un programa nocturno que juega con los tropos de la comedia de terror y el cine satánico, casi como llevar a la pantalla una de las láminas retro de Steven Rhodes. La diferencia con otras muestras del formato es que se las ingenia para ir contando una historia entre bambalinas que viene de mucho antes, al mismo tiempo que se suceden las distintas escenas de impacto, además de señalar la falta de escrúpulos en el mundo de los medios de comunicación. Satanic Panic en directo con posesiones, sectas y tratos con Lucifer que se atreve a romper las reglas del formato para crear un puzzle subjetivo fascinante alrededor de un Pepe Navarro de los 70.
Late Night With the Devil es también un One Man Show de David Dastmalchian, el actor de terror actual llamado a recoger la llama de los Karloff, Lee o Price, aquí divertidísimo conduciendo el espacio televisivo en el que cada invitado desencadena diferentes eventos extraños que parecen señalarle directamente. La fidelidad a la época es asombrosa, dotando de un tono de comedia negra al conjunto en equilibrio con escenas de impacto muy efectivas. La entrevista a un poseído recuerda inevitablemente a la del profesor Cavan en El día de la bestia (1995) y, aunque se ha comparado con Historia de lo oculto (2020), el referente más similar es el episodio Public Tv of the Dead (2021) de la serie Creepshow. La fascinación en este caso es que pertenece a una corriente diferente y reciente del metraje encontrado, más pareja al analog horror, en la que se venera el formato, se aprecian las texturas, el contraste entre la inocencia del estilo y la moda o peinados con elementos de horror tradicionales. Bebe de obras como las dos WNFU Halloween tapes (2013-2022) y se atreve, como en Longlegs, a esconder una presencia sobrenatural en diferentes reflejos y recodos del plano a lo largo de toda la película, cerrando material de revisionados del que apunta a film de culto del futuro.
Programa doble: Haunted Ulster Live (2024)
Literalmente el Ghostwatch irlandés que nunca existió. Como aquella, un programa en directo de Halloween en una casa embrujada en pleno 1998. Con más afinidad a la comedia y al collage nostálgico como las WNFU, rescata no pocas joyas turbias de la televisión de la época, como los anuncios de información pública durísimos sobre “cualquiera puede tener un terrorista en casa”. El acento y el modo de vida le dan un color propio que validan su existencia, aunque algunas veces las interpretaciones son tan torpes que rompen la magia. Las escenas de miedo funcionan, aunque muchas veces se intercala la comedia, pero tiene algo que conecta el Halloween con el Samhain tradicional, con detalles folk horror, información de dólmenes malditos que parecen páginas de Scarfolk y un final bastante terrorífico que introduce elementos temporales y texturas de videocámara casi creepypasta, para captar a su ser de pesadilla, Blackfoot Jack.
10-Salem’s Lot (2024)
Una tercera adaptación de la mejor novela de Stephen King podría haber sido muchas cosas, pero, aunque Warner nos deba un director's cut de 3 horas, esta versión es como el cómic que Marvel habría sacado en los 70 para celebrar la adaptación de Hooper. Un gran sí a esta versión de tebeo del clásico de Stephen King que, sin ser una gran adaptación, sí es una excelente película de vampiros de serie B, deudora tanto del universo The Conjuring como de los clásicos de los 80 como Fright Night (1985) y The Lost Boys (1988). No es una representación respetuosa con el tono de la novela, pero usa sus greatest hits para concebir un divertidísimo asalto al cine de chupasangres inspirado por la obra, casi una consecución inagotable y frenética de estupendas escenas de terror y acción (a veces) sangrienta. Arrastra los problemas de producción y los reshoots, hay saltos de edición bruscos y la música necesitaría un reajuste, pero eso no es óbice para que ofrezca algo refrescante en el panorama del blockbuster de horror. Dauberman se afianza en una puesta en escena simple, pero llena de ideas y transiciones deliciosas que, con el apoyo de la fotografía de Michael Burgess, hacen que la película luzca muy rica a nivel visual, desde sus claroscuros a su chillón juego de colores que invoca a Mario Bava.
Dauberman comprime infinidad de artificios de narración con sencillos juegos de fundidos, Split diopters y buena división de los encuadres con elementos destacados en primer plano y un uso constante de la profundidad de campo para cargarlos de información, como el uso de reflejos, que evocan una pura narración visual, donde incluso emplea algunos trucajes antiguos, inspirado por un clasicismo general que acaba resultando en un anacronismo tan camp como encantador, como desprende, por ejemplo, la escena de los hermanos Glick que parece sacada directamente de Häxan (1922). Si Stephen King afirmó que la casa EC fue clave para desarrollar a sus criaturas, Dauberman recupera la onda cómic de la época en la que se escribió la novela, con las historias de vampiros de las revistas Warren, Creepy, Eerie e incluso las colecciones de Marvel enfocadas al terror. De hecho, su sencillez ingenua y su ritmo vertiginoso recuerdan a la lectura de algunas cabeceras de vampiros con Marv Wolfman y Gene Colan a la cabeza, y no por casualidad esta encarnación de Mark Petrie, lo mejor del conjunto, acaba funcionando como una especie de Blade en miniatura. Su ritmo acelerado ganaría con más escenas de reposo, pero quizá realmente sea el necesario en estos tiempos de series repletas de episodios de relleno y sobreexplicaciones.
Programa doble: Abigail (2023)
Lejos de la fiesta que prometía, a lo nuevo de Radio Silence le cuesta arrancar, le pesa que sepamos su sorpresa y algunos bailes sin gracia, pero logra salir del paso gracias a sus explosiones de gore y un Dan Stevens, que salva la película. Con un similar al punto de partida del relato de Stephen King Popsy, los directores reciclan ideas de Ready or Not (2019) para ofrecer otra decente distracción de viernes noche regada de hemoglobina, siguiendo los pasos del subgénero de "criminales encerrados con peligro inesperado" que tiene como pioneras las españolas Más allá del terror (1980) y La mansión de Cthulhu (1990), aunque se aferre a otras más recientes de terreno diabólico como Whisper (2007) y El habitante (2018). La diferencia con las demás, acaso, es el concepto introducido de danza, que funciona como gimmick gratuito y parece una llamada desesperada a la generación TikTok tras el "triunfo" del baile de M3GAN (2022). Universal concreta así este año su multiresurreción del vampiro más famoso de todos los tiempos, desde la perspectiva histórica, la comedia pura, o el clasicismo gótico y aventura marina.
9-A Quiet Place: Day One (2024)
Parecía una precuela innecesaria y resulta ser la mejor de las tres. Una peli de monstruos con el mejor efecto especial posible: buenos personajes y, aunque el cine de terror nunca se lleva Óscars, Lupita Nyong'o, Joseph Quinn y el gato aquí lo habrían merecido. Las comparaciones como "la Aliens de la saga" no son muy precisas ya que, su mayor logro es hacernos olvidar que estamos viendo una película de monstruos y entremos en su muy conmovedora historia íntima, aunque también sea espectacular y esté llena de suspense. Funciona más como un capítulo aislado en la saga, una historia autónoma que aprovecha el conocimiento del lore de las películas previas para poner a funcionar sus escenas de acción de inmediato, pero el foco real es la misión de los protagonistas: comer una pizza. Plantea un viaje que pasa el primer acto y no introduce al otro acompañante hasta bien entrada la película. Poco después parece que ambos llevan un camino conjunto de meses y lograr esto es una barbaridad, un mérito de dos actores en estado de gracia.
Tiene una serie de secuencias de monstruos y tensión que alternan el terror y la acción de forma muy equilibrada. Una de las mejores ocurre en el metro, y parece invocar algunas parecidas de 28 Weeks Later (2007), Cloverfield (2008) y los túneles subacuático de The Relic (1996). Devuelve a las grandes urbes el cine del subgénero apocalíptico "no hagas esto o te come el bicho" que nació en The Vanishing on 7th Street (2010), con la que guarda bastantes similitudes, aunque se acerca más a una road movie indie de cine fantástico como Monsters(2010), es decir, muestra la destrucción de Nueva York desde un punto de vista de pocos personajes, con el uso del fuera de campo en los ataques y las escenas de destrucción más masiva se multiplican gracias al reflejo en las caras de los supervivientes, alcanzando lo sublime. Una bellísima fábula humanista escondida dentro de una película de terror, criaturas, desastres y fin del mundo, un pequeño bálsamo de emociones elementales para tiempos muy cínicos
Programa doble: Consumed (2024)
No es una de las mejores películas de terror del año, pero es casi inevitable establecer el paralelismo con A Quiet Place: Day One por su forma de tratar el cáncer con una protagonista que no tiene miedo a los monstruos porque ha asimilado su destino. Aquí no tenemos unos extraterrestres, sino una bestia en los bosques, una mirada al wendigo que mira más hacia el horror cósmico que a las tradicionales representaciones asociadas al folclore nativoamericano. Devon Sawa es un adecuado antihéroe-villano y aunque no es tan divertida como Significant Other (2022), hay una representación de los cadáveres de las víctimas muy macabra y gráfica y el diseño del monstruo (aunque solo se vea un minuto) es bastante grotesca.
8-Vermines (2023)
Y llegaron el repelús y los gritos entre butacas a las salas de cine con una infestación arácnida que se posiciona como la mejor película de ataques de araña desde Aracnophobia (1990) de la que toma, entre otras ideas, el mayor miedo de alguien con fobia a estas: el suspense y la sorpresa al meter el pie en la zapatilla cada mañana. Puro pánico cinema que te pica y no te suelta hasta el final en una sucesión muy potente de escenas de supervivencia que parten de una idea bastante similar a REC (2007), ya que todo ocurre en una cuarentena con los habitantes de un edificio atrapados junto a un peligro monstruoso, solo que aquí en vez de zombies o infectados hay una especie exótica de arañas que se multiplican a una velocidad exponencial. Llegado cierto punto pasamos más a algo parecido a Arac Attack (2002), ya que aumentan hasta tamaños insospechados, e irreales, exigiendo cierta complicidad del espectador para entrar en el juego, aunque los efectos especiales, totalmente creíbles en movimiento y texturas, ayuden a entrar en la propuesta.
Uno de los elementos más interesantes es que la acción transcurre en una zona de extrarradio, sus protagonistas podrían ser los mismos de películas como Les misérables (2019) o Athena (2022), lo que le da un pequeño matiz social completado por música con hip hop francés que añade energía a la dirección vertiginosa de Sébastien Vanicek, que por alguna razón ha sido elegido por Sam Raimi para dirigir una de las próximas nuevas entregas de Evil Dead (1982). Su pulso tras la cámara, dándole un aspecto de movimiento constante y un naturalismo granuloso, ayuda a que las escenas con los artrópodos sean más tangibles, dejando momentos memorables en la ducha, en la casa de la vecina muerta o el pasillo de los interruptores, que es básicamente la misma escena de los facehuggers de Alien: Romulus, solo que esta se añade un elemento de cuenta atrás ingenioso que la supera en angustia. Su parte final es más espectáculo de monstruos tradicional, pero el momento con la última araña paralizada es una guinda perfecta para una de las películas de ataque animal más memorable de los últimos años.
Programa doble: Sting (2024)
Pocos años se juntan dos películas de arañas asesinas tan efectivas como Vermines y esta Sting, un salto cualitativo que impresiona del director de la saga Wyrmwood, que parece casi mejor candidato que el elegido por Raimi, ya que en sus limitados recursos, utiliza muchas lentes aberrantes, grandes angulares y ojos de pez para retratar un edificio de apartamentos que sirve de trampa mortal para una familia atacada por una araña extraterrestre que, como las de la película francesa, crece a gran velocidad. Quizá el australiano trata de imitar a su vecino Peter Jackson, puesto que la inventiva de la puesta en escena y su voluntad cómica conecta con aquel espíritu del terror de los 90, también con producciones de Brian Yuzna como Ticks (1993), a la que imita en un gran uso del gore y los efectos prácticos. El conflicto familiar central está bien llevado y la niña protagonista es carismática y opuesta a los niños pera de otras imitaciones de Amblin. Toda una sorpresa que puede que no remate la faena en un gran clímax, pero que muestra un dinamismo en montaje que hace fluir sus gags, y se permite un poco de corazón y momentos horripilantes en medio de un tono común a la comedia de terror, o quizá tan solo sea que concibe el género de una forma más elástica, como muchos de los 80 a los que se parece sin buscarlo.
7-El Llanto (2024)
El terror español no falta a la cita con una extraordinaria historia clásica de fantasmas vistos a través de la realidad aumentada, en la que el tormento es intergeneracional, femenino, y donde Isabel Peña revalida su maestría en el guion fragmentado tras su As Bestas (2022). La guionista, que ya ha metido las manos en el género a través del thriller, no muestra reparos a entrar de lleno en lo sobrenatural, dominando la narración de cronología sinuosa, tomando referencias bastante insólitas en el cine de terror español como The Entity (1982) o Kiyoshi Kurosawa. No titubea al plantear saltos temporales y espaciales para ilustrar sobre la universalidad del abuso que encarnan ciertos fantasmas, siempre con la constante del diálogo entre tecnología y el medio de vídeo, con deudas a It Follows (2014) pero también a los creepypasta analógicos. En esos saltos espaciales se sugiere un enigmático edificio donde se escucha "el llanto", una idea que invoca los lugares malditos y el horror arquitectónico brutalista del corto The Black Tower (1987), o la tradición de rascacielos embrujados de Poltergeist 3 (1990) o Dark Tower (1989).
Puede resultar desigual en sus segmentos, porque no distribuye sus momentos de terror de una forma convencional. En lugar de sustos periódicos al estilo Hollywood, va contando la historia y sus apariciones surgen y son determinantes para alterar también la narrativa. Esta vez con algunas escenas que ponen los pelos de punta dentro de un gusto por la atmósfera de extrañeza, acompañada por una dirección llena de detalles y reflejos constantes en superficies. Peña firma otro guion exquisito con cadencias J-horror que invierte el tropo habitual del espectro que busca venganza, volviendo a demostrar el pulso de un cine de género patrio sin miedo a afrontar tendencias de actualidad, atreviéndose con riesgos narrativos que cambian el punto de vista, el arco espaciotemporal y las caras protagonistas al estilo de la saga Ju-on, imaginando una maldición como un elemento contagioso, insidioso e imposible de evitar, sirviendo aquí como metáfora de la lacra de los abusos y la violencia contra las mujeres, y cómo esta es un parásito implacable y ancestral.
Programa doble: Anatema (2024)
La directora Jimina Sabadú afronta el terror religioso castizo con un guion coescrito por el veterano Elio Quiroga en un laberinto de catacumbas donde lo sobrenatural se entrelaza con la historia del Madrid de La torre de los siete jorobados (1947). Monjas investigadoras y misteriosas muertes en un antiguo monasterio, todo pintaba bien para hacer una continuación de Memorias del Ángel Caído (1995), pero los problemas de producción afloran y queda algo más parecido a una movida italiana de los 90. Catacumbas, conspiración y una Leonor Watling ofreciendo dignidad a la producción, sigue teniendo un encanto Fantastic Factory, con algunas escenas tróspidas para el recuerdo, como la comunión del principio y la memorable monja cósmica del final.
6-Exhuma (2024)
El cine de terror coreano parecía haber tomado un impulso cuando se estrenó la monumental The Wailing (2016),pero lo cierto es que no hubo una repercusión real en calidad, aunque sí que hemos podido ver una explosión de chamanismo en distintas películas orientales. Es fácil tratar de poner a la altura de aquella esta Exhuma, pero lo cierto es que se le hace poco favor haciendo comparaciones, lo que sí podemos afirmar es que desde hace ocho años no hemos tenido una gran película de terror de Corea del Sur, y esta toma el testigo volviendo a los rituales y el folk horror, pero también proponiendo una especie de fascinante episodio doble de Supernatural (2005-2020), con un pintoresco grupo de cazafantasmas y médiums que centran mucha parte de su actividad en la exhumación y tratamiento de los restos de muertos que pueden estar haciendo la vida imposible a familiares y alterando el Feng shui de los hogares. Una dimensión al habitual proceso de exorcismo chamánico que crea una dinámica específica para esta película y consigue un equilibrio muy armónico entre escenas de procedimientos mágicos asumidos por la sociedad, investigación y escenas de terror.
Su aproximación es paciente, empleando una buena media hora en desarrollar el caso y presentar a los personajes, con una fascinante exposición de dinámicas ocultistas, de aceptación de lo sobrenatural que no solo es atractivo por su exotismo, sino por la forma en la que tanto los personajes como la propia película creen en lo que está contando, lo que hace que su atmósfera siempre sea ominosa y amenazante, hasta que las primeras apariciones se presentan como un elemento inevitable, dando al encantamiento un aire de fatalidad de difícil solución que lo hace más peligroso y terrorífico. Durante una buena parte de la película las escenas de elementos fantasmales dan verdadero miedo, aunque cuanto más se descubre del caso entra en juego la carga histórica y política sobre la presencia japonesa en Corea del Sur. Es en esa fase en la que la película se torna más física y el terror se hace más violento y tangible, incluso gore, y deja estampas visualmente alucinantes, como la aparición de una bola de fuego volante. Su recaudación de 98 millones de dólares nos habla de un éxito de dimensión visual maximalista y bien acabada, dejando el regusto de un gran piloto para una serie de terror de investigadores y magos que firmaríamos para ver ahora mismo.
Programa doble: Devils Stay (2024)
De los mismos productores que Exhuma, y también circulando alrededor de rituales funerarios llega esta muestra menor de cine de posesiones católicas en Corea del Sur, algo que ya había tocado Jang Jae-hyun en The Priests (2015),y que aquí se perfila en un exorcismo post-mortem, cuando una niña poseída muere en el rito y su cadáver queda contaminado por un demonio. Devils Stay podría ser mucho más de lo que es, pero es dinámica y tiene alguna sorpresa, como un sacerdote que tan pronto investiga como se pone a sacudir tollinas. Hay detalles gore, elementos macabros poéticos como una invasión de polillas y un trasfondo que en el fondo tiene en común con las clásicas historias de transplantes malditos, en este caso recordando a la adaptación de Kazuo Umezu, Evil Heart (1985). Sin sus flasbacks cursis podría aspirar a ser una gran película de terror asiático, pero como está parece un buen piloto para una serie estilo The Guest (2018).
5-Gueules Noires (2023)
Esta incomprendida odisea lovecraftiana, sobre unos mineros franceses en 1959, tiene una premisa de currantes atrapados con un monstruo que puede parecer otra variable de The Descent (2005), pero estamos ante una genuina aventura weird fiction de época llena de gore y un mal ancestral lovecraftiano de diseño alucinante que parece casi una extensión subterránea de Prince of Darkness (1987) de Carpenter y sus universos body horror/apocalípticos, con personajes blue collar que mantienen una actitud similar ante el desastre. El subgénero de "gente atrapada en cuevas" con algo monstruoso o sobrenatural es extenso, desde la falsa secuela Alien 2 (1980) a The Cave (2005), pero esta conecta más con las más esotéricas As Above, So Below (2014) y rarezas perdidas como la italiana Le Porte dell'Inferno (1989). En la onda de películas con trasfondo laboral como los trabajos de Brad Anderson, Gueules Noires dedica un buen espacio de su tiempo a describir los fascinantes avatares del oficio (canarios, caballos, dinamita...) en una peligrosa mina de Francia en 1959, antes del terror ya hay gran sensación de claustrofobia. Funciona porque sus protagonistas son obreros abocados a un trabajo durísimo, pero además consigue añadir, tan solo exponiendo contexto histórico, un elemento social sobre un oficio con racismo selectivo y explotación de inmigrantes que es relevante a día de hoy.
El elemento terrorífico tarda en aparecer pero no se hace esperar, sin embargo no es la copia de Aliensque puede hacer parecer su punto de partida, no es un correcalles de acción, sino un paciente y muy clásico viaje por pasillos con pistas, misterio y secretos innombrables. Prácticamente un remake con medios de la rareza de los años 80 The Strangeness (1985), con una premisa con puntos en común con Graveyard Shift (1990), la historia de Stephen King sobre unos trabajadores de espacios confinados que encuentran una criatura. Esta voluntad de verdadera regresión pulp conecta con aventuras vintage como Quatermass & the Pit y otras creaciones de Nigel Kneale, incluso enlazando directamente con relatos de Lovecraft como The Shadow Out of Time (1936), recordando a otros acercamientos franceses a su obra, como Maléfique (2002). Sin embargo, ese espíritu clásico no renuncia al splatter y las muertes se representan de forma gráfica, con sangrientos FX tradicionales como el inolvidable momento ventrílocuo. En un momento en el que el cine rodado en digital parece haberse olvidado de lograr que se vea algo en escenas de oscuridad, The Deep Dark presenta una fantástica fotografía de Alain Duplantier que muestra un contraste cristalino entre personajes iluminados, penumbras y sombras. Gran fotografía, diseño de monstruo y buen gore: todo lo que debería tener una gran película de terror.
Programa doble: Innsmouth School for girls (2024)
Una sorprendente y deliciosa fantasía alternativa dentro de La sombra sobre Innsmouth de H.P. Lovecraft hecha con lo puesto. Perteneciente a ese desconocido subgénero de adaptaciones del autor de Providence hechas por fans con más voluntad que medios, este nuevo trabajo del adalid del DIY cinema, Joshua Kennedy, mezcla el relato con la plantilla de La residencia (1969) para seguir a una joven que se matricula una misteriosa institución con un oscuro secreto que afecta a toda la ciudad. Entre la ineptitud encantadora y la filia por lo retro, sus simpáticas protagonistas parecen un grupo de universitarias ayudando en un proyecto del friki de la carrera, envuelto en un aroma naíf que lleva a un juego final de siluetas, luces y sombras con recortables que, en plena era de las pantallas verdes y el matte painting digital, resulta delicioso. Probablemente solo para muy cafeteros de los fan films del autor de Nueva Inglaterra, pero extrañamente adorable.
4-The Moor (2023)
La gran joya oculta del cine de terror de 2024 es una pequeña peli británica con la primera y última secuencia más escalofriantes del año. Dos horas de atmósfera en los páramos llenos de niebla de Yorkshire, misterio y folk horror explorando el enigma de un extraño páramo maldito donde desaparecieron varios niños en los 90. La mezcla entre narrativa convencional y el estilo found footage da sensaciones de ser un verdadero true crime dentro de un lienzo sobrenatural ubicado en los insondables parajes reales del noreste de Yorkshire donde hay asesinatos reales que ha permanecido sin resolver durante años. Este planteamiento ubica desapariciones y traumas en los 90 que se hacen eco en el presente, usando un tamiz similar al del episodio Loch Henry (2023) de Black Mirror, que también utilizaba crímenes sin resolver en zonas rurales británicas, apoyándose en "metraje encontrado", conectándolo con el revival de folk horror asociado a los parajes más ancestrales del Reino Unido, rescatando las rocas como gran elemento de invocación, está presente en títulos recientes como Enys Men (2023). La primera secuencia retrata la amenaza del "stranger danger" que marcó la conciencia colectiva de Reino Unido en los años 70-90 y reubica su misterio de raptos en un paraje casi fantástico.
Esto la aproxima a un horror telúrico intangible, omnipresente y etéreo impulsado por niebla y geografía insondable. El grueso de la película, no apto para impacientes, son principalmente paseos por el páramo, algunas pesadillas intercaladas y vuelta a paisajes sin principio o final, en un crescendo de elementos amenazantes que nunca conocemos, que podrían ser desde fantasmas a horror cósmico. En realidad la trama sigue una pauta clásica del cine de casas encantadas, usando el mismo tropo de la medium adolescente de The Legend of Hell House (1973), ahora aplicado a una escala topográfica en vez de doméstica, conectando también con ideas cósmicas del Nigel Kneale de The Stone Tape (1972). En el corazón de The Moor está el juego de culpa y la difícil relación de dos personajes que liman su tensión pasada haciendo improbable equipo para un mismo objetivo, aunque cuando la trama parece que va por un lado, siempre hay un vuelco que sorprende, hasta su inesperado e impactante final. La apuesta se decanta por atmósferas cercanas a las historias de fantasmas de M.R. James adaptadas por Jonathan Miller o The Woman in Black (1988), mientras se envuelve de una tristeza (y ocasional formato documental) similar al de Lake Mungo (2008). Horror más sugestivo que de impacto, aunque escenas como la de la tienda de campaña son muy intensas, pero muy alejado de lo que suele ofrecer Hollywood, con un sabor clásico y añejo, de otra época.
Programa doble: Dead Whisper (2024)
Una película extraña que ha pasado totalmente desapercibida pese a estar rodada con buen gusto, quizá ignorada por su desarrollo lento, que en su apuesta por las atmósferas costeras y la tensión psicológica. Cuenta la historia de un hombre consumido por el dolor y el deseo desesperado de volver a conectar con su hija fallecida, para lo que viaja a una isla aislada y misteriosa en donde se le presenta la tentadora oportunidad de reunirse con ella. Como podemos presuponer, el reencuentro tiene el coste de su propia alma. Dead Whisper logra una inquietante ambientación apoyada en una fantástica fotografía que deja algunas estampas memorables, como las figuras espectrales dispersas por la isla, o los sueños recurrentes dentro de una casa siniestra. Quizá le falte un final algo más potente para colarse entre el top general, pero no debe dejarse pasar, especialmente los fans de Offseason (2022) o The Strings (2020)
3-Stopmotion (2023)
Esta tenebrosa joya escondida del cine de terror de un 2024 lleno de títulos merece que no se olvide en los tops de final de año, un excelente debut en el largo del genio de la animación tétrica Robert Morgan que sorprendió el pasado festival de Sitges. Los cortos de Morgan eran ya verdaderos viajes de pesadilla, llevando al extremo la técnica stop-motion con materiales viscosos y diseños desagradables. Ahora, frente a las narraciones de épica de cine independiente que pasan los 2 millones de dólares, su Stopmotion logra efectos impresionantes a base de hacer de la paciencia una artesanía que apenas llega a las 800k libras de presupuesto, convirtiendo su modestia en una virtud y, aunque sea más independiente y pequeña que Longlegs o The Substance, les planta cara con una concepción del horror retorcida y putrescente que no acostumbramos a ver en salas. Una tortuosa espiral hacia la locura de una animadora de fotogramas consumida por su propia obra, que vemos en grotescos y espeluznantes segmentos que acaban tomando vida propia e infectando su percepción en una alucinante colisión de realidades y segmentos animados. Su descenso al desastre se plantea como una modesta narración de acción real invadida por las creaciones de pesadilla de su trabajo en donde brilla el arte de Morgan, imprescindible para amantes del estilo Quay Bros o Švankmajer.
Conjura el arte tortuoso de Francis Bacon y la simplicidad aterradora de los cuentos para plantear sus lúgubres segmentos animados, embebidos en una clásica historia de colapso digna de House of Psychotic Women, con una absorbente interpretación de Aisling Franciosi. Es inevitable pensar en Censor (2020) durante el desarrollo de la caída de la protagonista, que también entra en un bucle de autolesiones y alucinación que la acerca a Saint Maud (2019), cerrando una especie de trilogía temática sobre colapsos mentales en el nuevo cine británico. Stopmotion es el primer largo y la culminación de la obra del prestigioso Robert Morgan, artista del formato animado que se presentó con el mítico corto The Cat with Hands, desarrollando su particular estilo en otras piezas como Separation o su segmento de ABCs of Death 2 (2014). Morgan parece exorcizar sus demonios como creador de stop-motion, las horas de trabajo, la soledad y el efecto psicológico del proceso creativo. Abundan sus imágenes de body horror y momentos de impacto, alguno causó un desmayo en uno de sus pases de Sitges 2023. Poca broma.
Programa doble: The Primevals (2023)
La técnica stop motion y los monstruos son indivisibles y hace 45 años, el genio David Allen empezó un proyecto que se perdió tras rodar mucho metraje a lo largo de las décadas. Hay una pequeña obra de arte perdida dentro de esta aventura forteana que empezó a cocinarse hace tanto tiempo. No, no es Mad God (2021), pero cualquier amante del King Kong original, los monstruos de Harryhausen y los efectos especiales de movimiento tradicionales, está ante uno de los eventos del año. Recuperada por Full Moon, que la ha terminado en no pocos años posteriores, el resultado final nos ofrece una serie B de aventura, monstruos gigantes y mundos perdidos en la tradición de Burroughs y Verne con el elemento camp de las películas tardías de la productora y, pese a que tarda en coger carrerilla, su espectacular tramo final es una delicia de criaturas de todo tipo que introduce conceptos incluso de At the mountain of madness, si la hubieran adaptado los propios Harryhausen y O'Brien.
2-The Devil’s Bath (2023)
La dimensión sobrenatural de algunos folk horror recientes ha ido encaminando la tradición británica a películas como Starve Acre o The Moor, en las que las piedras, lo ancestral, invocan algo desconocido y terrible, pero si miramos a la película que removió las aguas del género recientemente, Midsommar(2018), encontramos que el elemento de terror es sencillamente la tradición, el culto a rituales paganos que nos resultan demasiado salvajes y extraños, con lo que el terror viene del contraste, de introducir la civilización dentro de un lugar sin evolucionar. El caso de la nueva película de Veronika Franz y Severin Fiala es particular, puesto que tienen en sus manos una propuesta de prestigio, que puede escudriñarse como un drama histórico con un desarrollo de digestión lenta que puede atraer al público de los festivales más refinados y las temporadas de premios, de hecho, fue seleccionada por Austria para ir a los Óscar. Pero que nadie se lleve al engaño, el estilo del terror del dúo siempre ha sido flemático y despiadado, con un humor oscuro que mira a la desesperanza más agónica con cierta maldad, y en esta ocasión han afilado su escalpelo a un extremo de perversión elevada a arte. En su final podemos reestablecer todo lo que hemos visto —con un juego de paralelismos en puesta en escena con la primera escena tremendamente desolador— y vemos cómo toda la tradición terrible del folk horror depende del punto de vista. La única diferencia en ese final y lo que vemos en la película de Ari Aster es que no seguimos a Florence Pugh, sino que observamos desde dentro los rituales impensables, poniendo al espectador, ahora sí, en primera fila de la capacidad para normalizar la barbarie del ser humano.
Pero no solo tiene The Devil’s Bath una conexión con el folk horror a través de la historia, sino que en sí misma puede considerarse un true crime, la diferencia con ese subgénero es que no hay un crimen concreto, sino casos más o menos documentados que han supuesto ciertos en una de las mujeres que utilizaron el suicidio por proxy, que resumiendo el concepto era cuando para quitarse la vida, optaban por un asesinato que les condenara a muerte para así poder ser ejecutadas. Frank y Fiala orquestan toda la historia de su protagonista sobre ese hecho, por lo que en su parte final tenemos primero una sórdida crónica negra, que recuerda por su crudeza a algunas películas como El bosque del lobo (1970) o El huerto del Francés (1978) y otra de un cine de brujería desde el punto de vista de las mujeres víctimas que se ha perpetuado en la obra de Dreyer, principalmente en Vredens dag (1943) o La Passion de Jeanne d'Arc (1928), de la que toman buena nota los directores en su parte final. Pero sobre todo, The Devils Bath es una crónica de una depresión femenina que se mira en los dramas psicológicos de Robert Altman y otras películas que han ido englobándose en el género House of Psychotic Women de Kier-La Janisse. La diferencia es que esta también tiene suicidios en cascadas que podrían haber sido pintados por Caspar David Friedrich o cadáveres decapitados entre columnas totémicas, ritos de un cristianismo remoto e indiferenciable con el paganismo que además de estampas de horror puro, tienen un poder subversivo destinado a remover a través de la historia.
Programa doble: Witches (2024)
Un estupendo documental dirigido por Elizabeth Sankey que sirve como complemento perfecto a la película de Franz y Fiala, ya que explora la fascinante intersección entre las representaciones cinematográficas de las brujas y experiencias reales de mujeres, en particular en relación con la maternidad y la salud mental. No solo es una buena recapitulación de la imagen de la bruja en el cine y la televisión a lo largo de la historia, sino que investiga cómo se relaciona la imagen de celuloide con las consecuencias del posparto, conjugando experiencias personales de la directora y otras entrevistadas con imágenes de archivo de varias películas y series, creando un collage íntimo que conecta la persecución histórica de las mujeres acusadas de brujería con las presiones y expectativas de la sociedad actual especialmente las madres.
1-The First Omen (2023)
Es raro que una película que forme parte de una saga sea uno de los títulos más reseñables de la última década. No solo una de las mejores precuelas de la historia, sino de las secuelas —en el sentido más amplio— de todo el cine de terror. Un impresionante debut de Arkasha Stevenson que revalida todo lo que sospechábamos en su dirección de Channel Zero (2016-18) y Brand New Cherry Flavor (2021), y es que, con todo lo que hemos visto suyo hasta ahora, podemos decretar que ha nacido una nueva maestra del horror. Su puesta de largo es un paciente descenso a los infiernos hacia un gran éxtasis satánico que no solo respeta y honra el clásico original, sino que sabe separarse de él construyendo su propia historia aislada, reservando para su catártico tramo final sus conexiones más obvias, como hacía otro éxito reciente ligado a otra gran franquicia como es Doctor Sleep (2019). Recuperando el tono de la original, se adapta a la fotografía y formato narrativo de los 70, construyendo un sólido misterio de conspiraciones al estilo de la época, cambiando instituciones políticas de Alan J. Pakula por la iglesia católica en el corazón de Roma. En la nueva historia, la directora aprovecha el lienzo para exponer un retorcido relato de body horror femenino y embarazos impuestos, un recado relevante en medio de la derogación del caso Roe vs. Wade en USA y que encaja como un guante en la trama del nacimiento del Anticristo.
Pero esto no impide que The First Omen sea una película de horror moderna sin miedo a entrar en el género, además de dirigida como pocas, desde la puesta en escena a la imaginería grotesca, sin remilgos para el gore, con humor negro e incluso una escena de parto gráfica que nunca se había visto en una película de estudio, mucho menos producida por Disney. La planificación visual de Stevenson está llena de ideas, símbolos, lenguaje secuencial y pistas que se acompañan con una espectacular fotografía de Aaron Morton. El montaje, lleno de elipsis y fundidos llenos de intención, es un baúl de alegorías casi salido de cine experimental con detalles como una banda sonora coral de mujeres, que junto a recorridos de cámara subjetiva por la calles de Roma, o sus pasillos subterráneos llenos de secretos nos lleva a una resemblanza fuerte a Suspiria (1977) donde la bruja final lleva hábitos. Nell Tiger Free da la interpretación del año tirando un guiño a Possession (1981) y lidera esta cima y tesis final de la tendencia revival del subgénero nunxploitation dentro del horror religioso de los últimos tiempos, con la diferencia de que usa los preceptos sacros para invertir el sentido del simbolismo cristiano como algo siniestro, compartiendo un onirismo oscuro y perverso con la obra de autores como Michele Soavi o Mariano Baino. Una obra maestra.
Programa doble: Apartment 7A (2024)
Lo nuevo de Natalie Erika James tras Relic es la hermana pequeña de The First Omen, se rodó entre misterio hasta revelarse como una precuela de Rosemary's Baby sobre la mujer muerta en el edificio antes de los hechos de la obra maestra de Polanski, a la que empezaba homenajeando desde el póster que enlaza con el diseño original con el edificio Dakota en primera línea. Con estreno directo a Paramount+, cuenta la historia del personaje de Terry, a quien Rosemary conocía brevemente en el clásico: una joven bailarina lesionada (Julia Garner) a la que se le ofrece una sombría oportunidad de alcanzar la fama. Está ambientada en la ciudad de Nueva York de 1965, explorando lo que sucedió en el apartamento del Bramford antes de que los Woodhouse se mudaran allí. Una subtrama que la miniserie de 2014 exploraba y cuyo final se deja entrever en la película de 1968. Consciente de no poder llegar a Polanski, la absoluta falta de ambición de esta precuela de le sienta bien, pero podría tener más osadía y detalles como su parentesco con The Red Shoes. La dirección de James supera y mejora su Relic en elegancia y concreción, pero detalles como la muy vulgar banda sonora no están a su altura y restan fuerza a su perspectiva intimista. El retrato de la vecina olvidada, sin embargo, alberga una tristeza insólita. La historia de Terry Gionoffrio lógicamente sigue los pasos del clásico, por algo se mostraba en aquél con el colgante, pero está muy, muy lejos de ser un reboot. Hay constancia de lo que pasa pronto, no se juega con la paranoia y se torna más en un cuento faustiano consciente.
Menciones especiales
Acide (2023)
Si te traumatizó el momento 'ayúdame' de Robocop, ojo con este ecoterror con recado climático en forma de pesadilla colectiva en la que no se dulcifican las consecuencias de la lluvia ácida, en la onda de brutales conjeturas nucleares de los 80 como The Day After. Despiadado ecothriller francés con recado de alerta climática que adapta tropos del cine de catástrofes a un agente implacable. Drama familiar bajo la lluvia ácida plagado de momentos de impacto y horror apocalíptico con voluntad activista. Bruta. Acide recupera la crudeza de ficciones de supuestos nucleares como The Day After (1983), Testament (1983) o Threads (1984), enfocándose en una posibilidad medioambiental inducida por el hombre, y como aquellas, su ferocidad destila una voluntad de concienciación implacable. 'Copia' también de la serie The Rain o, hay otra peli francesa con planteamiento parecido, con Olga Kurylenko, La Bruma.
Desaparecer por completo (2022)
Una de las sorpresas del cine de terror en México, una historia sobre un ambicioso fotógrafo sin escrúpulos que comienza a sufrir un misterioso padecimiento que le hace perder, uno por uno, los cinco sentidos. Una especie de combo entre Nightcrawler y Thinner, que sigue la estela de brujería urbana planteada en Huesera (aunque se rodaron al mismo tiempo) en forma de sórdido drama con tintes de psychothriller que acaba virando hacia lo sobrenatural casi de forma simbólica, como si fuera una digestión kafkiana de las alegorías morales de horror de Chicho Ibáñez Serrador. El morbo, la cultura clickbait y la muerte de la empatía son el tema central de un descenso al fondo de la culpa que se queda algo huérfana de escenas de terror en favor de una introspección concreta en una atmósfera fatalista y enfermiza, apostando todo a su parte final, bastante terrorífica conceptualmente. Sus conexiones con el mundo de la política y el esoterismo también la conecta con la obra de Mariana Enríquez.
Violett (2023)
Extraña y muy modesta producción australiana que asume a modo de cuento de hadas oscuro para adultos la caída en el infierno del duelo materno. Concebida como una especie de pesadilla constante sin una estructura clara, seguimos a una mujer en un estado de derrumbe emocional devastador, hasta el punto que no sabemos si realmente su visión del mundo es estable o elástica, de forma que ve a vecinos amenazantes, peatones que se transforman frente a ella y otro tipo de disociaciones macabras que convierten la mayoría del metraje en una especie de buffet de alucinaciones terroríficas, algunas con mejor fortuna que otras. Un clásico del subgénero de “psychotic women” que esconde secretos, recuerdos y memorias reprimidas. Un tanto trasnochada en cuanto a su representación del trauma, pero para ser un bajo presupuesto consigue bastante de lo que se supone que va a buscar.
The Breach (2022)
Presentada hace dos años pero sin distribución hasta este primer tercio, lo nuevo de Rodrigo Gudiño se viste del primer Larry Fessenden para reinterpretar El caso de Charles Dexter Ward de Lovecraft en clave lo-fi, con más voluntad que medios y un nudo dilatado de más hasta su gran final de aberraciones corporales al estilo de los 80.
The Monolith (2023)
Una pequeña peliculita indie en la que Lily Sullivan cambia los deadites de Evil Dead Rise por una conspiración alienígena en una sesión de podcast y misterio cósmico dentro de un solo escenario que inquieta y recuerda a Pontypool o a la serie Limetown, juega con la idea de conspiración global muy inspirada en las teselas de Toynbee, pero lo confina a un solo espacio, en una especie de reverso maligno de La paradoja de Antares (2022) y Something in the Dirt (2022).
All You Need is death (2023)
Dioses y demonios ancestrales que habitan en canciones irlandesas más antiguas que el lenguaje, invocaciones e investigaciones prohibidas en una extraña muestra de folk horror musical lastrada por una dirección algo pedestre. Curiosa y llena de posibilidades, su tramo final no va por los derroteros esperados y confirma la propuesta como una verdadera rareza con un universo que podría tener su propia serie de televisión.
Last Straw (2023)
Sólido remedo gen Z de The Gas Station (1993) de John Carpenter reubicado en un Dinner, que juega con el punto de vista de la historia resolviendo con buena fotografía, algo de detalles sociales nada pomposos y un especial cariño a su protagonista.
Your Monster (2024)
Encantadora RomCom fantástica que parece una secuela adulta de BIG MOUTH en la que el monstruo de las hormonas representa la autoestima, casi como una La bella y la bestia con espíritu John Hughes. Menudo DO de pecho de Melissa Barrera.
Regreso del cine asiático
El cine asiático de terror ha vivido una explosión gracias al streaming, como cada año, filipinas no falta a la cita y lo hace con Nokturno (2024), dondeel director y la actriz de la excelente Deleter regresan con otro sencillo pero más que competente largometraje de terror sobrenatural en la variante asiática post-conjuring, que en este caso ahonda en seres tradicionales de la mitología filipina, los Kumakatok, seres altos con velos que tocan a las puertas en plena noche y que matan o condenan a un familiar de aquel que visitan. Una premisa elemental que permite aproximarse a un efectivo relato de fantasmas bajo la excusa de un drama familiar de duelo al que no se le dan demasiadas vueltas. La atmósfera fría y la fotografía azulada es perfecta para jugar con las siluetas y las sombras de las entidades maléficas, presentes en sustos sencillos pero que siempre funcionan y protagonizan algunas apariciones muy creepy que ya quisieran tener estrenos avalados por millones dólares. Como Exhuma, también esconde un misterio familiar, apuntado a través de un ligero trasfondo sobre la ocupación japonesa en filipinas como detonante de los horrores, como hacía la reciente In my Mother's Skin. Ayuda un final negro y sin concesiones con el que ya quisieran muchas atreverse.
Japón no acaba de levantar cabeza y lo poco rescatable de este año es Chime (2024) en la que aKiyoshi Kurosawa le basta y sobra un mediometraje para crear una sensación de horror existencial de la que es imposible de escapar, ampliando si cabe la extrañeza de algunos de sus trabajos más célebres con un concepto sobrenatural (o no) casi lovecraftiano, un sonido que obsesiona pero solo se oye dentro de la cabeza. Puesta en escena quirúrgica, con detalles alucinantes, como el reflejo de un tren pasando por toda una habitación para la historia de un profesor de cocina que entra en una espiral tras ver algo terrible en su clase. El horror se decanta de la futilidad de lo cotidiano y el fracaso de no encontrar sentido al día a día. Puede que su minuto final sea lo más siniestro del año.Poco comentada ha sido Best Wishes to All (2023), extraña variación de una leyenda urbana que saca al j-horror de su zona de confort con una representación de una historia cuya premisa parece salida de un manga de Junji Ito y consigue un viaje impredecible con momentos de gran terror e incluso escatología surrealista afín al Takashi Miike de su época más punk.
Documentales de terror
En el año 2024 han llegado unos cuantos documentales sobre cine de terror dignos de reseñarse, empezando por Exorcismo: The Transgressive Legacy of Clasificada 'S' (2024), un detallado estudio del cine de explotación español de la transición que baja a las entrañas del franquismo para analizar cómo el erotismo, la violencia y el terror fueron sinónimo de transgresión en una era en la que “el destape” y “la españolada” también definían la industria y el sentir de un pueblo reprimido y liberado. Imprescindible también Satan Wants You (2023), sobre el origen del libro que desató la histeria colectiva del Satanic Panic, que es analizado con una síntesis admirable y un montaje lleno de ironías para exponer cómo el puritanismo estadounidense produce los mismos monstruos de forma cíclica. Habíamos visto el lado pop del Satanic Panic en Stranger Things 4 pero este tremendo documental revierte el origen puritano del fenómeno en Michelle Remembers, culpable de la ola de puritanismo ciego que se ha reencarnado en QAnon y el Pizzagate.
Respecto a monográficos destaca Dario Argento: Panico (2023) un estudiodirigido por el italiano Simone Scafidi, autor del esencial Fulci for Fake, otro documental sobre el gran esteta del splatter, Lucio Fulci. Este es el documental definitivo sobre el cine del maestro del terror italiano, pero sí un profundo acercamiento a la personalidad insondable de un icono, exponiendo y ratificando la tesis que le consagra como un artista absoluto. El estudio del género de terror japonés The J-Horror Virus (2023) merece la pena como retrospectiva, pero si lo que uno quiere es saber todo sobre el muñeco diabólico, el esencial The Chucky Doc (2024) es una inmersión de cuatro horas dentro de la saga, duración que incluso supera Aliens: Expanded (2024), la mirada definitiva a la secuela de James Cameron de la gran saga de terror y ciencia ficción.
Las 41 mejores películas de terror de 2024 (Parte 1)
El 2024 ha acabado y toca hacer repaso y cuenta a lo que dio de sí el cine de terror y sus títulos más relevantes durante sus 12 meses. Seleccionamos nuestras 41 películas favoritas estrenadas comercialmente durante el año 2024, ya sea en la gran pantalla o plataformas de streaming, y comentamos por qué creemos que merecen estar en una selección de imprescindibles
El inicio de la década vino atropellado por una pandemia que evitó que los grandes estrenos de cine convirtieran al cine de terror en un invitado a las salas, por lo que en ese rocoso inicio vimos cómo los esfuerzos independientes se consolidaron como una alternativa en la sombra en los catálogos de plataformas, manteniendo la llama del género encendida durante la borrasca. Sin embargo, la vuelta a la normalidad convirtió al género en un salvavidas para la taquilla, convirtiéndose en 2022 en una verdadera tendencia que dejó infinidad de grandes títulos que marcaban una nueva pauta para los estudios. El cine de terror es una opción de inversión económica y con alta rentabilidad, y hoy, varios meses después estamos ante una explosión sin precedentes.
Pocas veces han llegado tanta cantidad de obras financiadas por estudios, plataformas, compañías independientes, pequeñas productoras, financiaciones europeas, mercados asiáticos y todo tipo de procedencia internacional generando cine de terror, y la consecuencia es que el número de títulos se ha convertido en algo inabarcable, siendo muchas veces su entidad de alto valor, con resultados sólidos en la pantalla, aunque muchas veces todo ese esfuerzo ni siquiera encuentra una campaña de marketing para darse a conocer. Una situación insólita que deja la puerta abierta a decenas de tendencias y movimientos, lideradas, eso sí, por las sempiternas secuelas, remakes y reboots que en este año han dejado obras muy potentes. Sin más dilación, entremos en el bazar de la diversidad que el género ha dejado en un año sembrado como pocos.
41-Terrifier 3 (2024)
En un año con unos cuantas películas de asesinos, Damien Leone se consagra como ingeniero técnico del gore en el regreso de Art The Clown, cumpliendo con un buen puñado de muertes hiper salvajes pero dejando muestras de fatiga y una notable pérdida de frescura respecto a la anterior entrega. Con todo, es una buena tercera parte que ha sido un fenómeno en sí misma, logrando más 74 millones de dólares en todo el mundo con un presupuesto de 2 y estrenándose sin calificación, superando a los 55 que logró en su día Dawn of the Dead (1978). De hecho, aquí el director perfecciona sus alucinantes efectos especiales gore para tomar el testigo del propio Tom Savini, dejando dos secuencias, la inicial y la de la ducha, para los anales del slasher sobrenatural. Una lástima que le reste tanto que muchas otras escenas estén bastante descompensadas, además de que Art haya perdido un poco de chispa y a veces está un poco repetitivo. Quizá se echan en falta algunas sorpresas como su café infernal y sus canciones.
Hay una dicotomía entre el splatter festivo y los momentos dramáticos que, si bien ya existía en Terrifier 2, aquí no tiene la catarsis final que transformaba a la protagonista en una heroína y acababa justificando las escenas de flashback con su padre fallecido. Aquí esa dualidad no funciona igual, quedando una pugna de dos películas muy diferentes. Incluso hay momentos de Art con su nueva amiga que caen en el tedio por muy bizarras que resulten, con lo que la película mejora cuando supedita su violencia al puro grand guignol y el espectáculo de la sorpresa en el gag gore, mientras Leone abraza el espíritu Herschell Gordon Lewis de la anterior. Incluso sus momentos de sadismo más premeditado tienden a un protocolo torture porn que está un poco fuera de las ondas de diversión pop que sí logra en otros momentos. Su falta de clímax deja a esta tercera entrega en un lugar de punto de bisagra, el enfrentamiento entre Lauren LaVera y el payaso es testimonial y lleva a un anticlímax con cliffhanger, como si fuera una serie, que deja, eso sí pequeños atisbos de un viaje al infierno que prometen un final de la saga brutal.
Programa doble: In a Violent Nature (2022)
El slasher desde el punto de vista del asesino es un experimento con algunas de las muertes más brutales vistas en el género últimamente. Experimento indie que ofrece un reflejo más o menos realista de lo que sería un slasher arquetípico, con todos los estilemas de los clásicos de los 80, pero desde el punto de vista del asesino. Si esta película va a recordarse es porque tiene una muerte salvaje que nunca se ha visto en el género. En esencia no se diferencia tanto de The Rise of Leslie Vernon, pero aquí la dirección pone en la posición de observador al espectador a un nivel íntimo, siguiendo de cerca al ser que merodea por el bosque. Peca de cierto exhibicionismo cínico que parece querer estar por encima del espectáculo gore que propone, derivando en este caso en un tercer acto incomprensiblemente anticlimático, que llega como si el alcohol se acabara en el mejor momento de la fiesta.
40-MaXXXine (2024)
MaXXXine fue definida como un "whodunit slasher", pero el cierre de la trilogía de terror y porno de Ti West y Mia Goth tras X y Pearl aparca el misterio criminal y el body count para centrarse en representar el contexto industrial en la década dorada del subgénero. Era un final muy esperado por los fans del experimento retro de A24, pero a pesar de la decepción generalizada, el resultado es un divertido LA Gothic que supera con creces a Pearl al no tomarse nada demasiado en serio y ofrecer un tono de serie B atolondrada más cercano a Planet Terror (2007) que a Once Upon a Time in Hollywood (2019), que combina mejor con X por ser una secuela directa, corrigiendo el tono autoimportante de la a base de gags sexuales idiotas, pasajes grotescos y FX aberrantes, culminando en un clímax pasado de vueltas mucho más divertido que el plasta-monólogo final de la anterior, donde West intentaba abarcar demasiado. Sin embargo, aquí cede a su cinéfila y aprovecha cada resquicio para plasmar algún homenaje de culto como Chinatown (1974), Blade Runner (1982), La Dalia Negra (2006), más De Palma, o Lizzie Borden (1975), conectando el true crime estadounidense con Pearl tanto por el arma y el crimen en sí, como por las aspiraciones de la actriz muerta en Los Ángeles y la turbia historia de los inicios en el cine para adultos que une a las tres películas.
La coherencia temática entre las películas de la trilogía se consuma en un juego metacinematográfico fiel a su estilo, adoptando los estéticas de las épocas en las que se ambienta. En este caso, replica los ochenta de películas como Body Double (1984), Terminator (1984), Vice Squad (1982) y el giallo italiano tardío como Le Foto di Gioia (1988). Por el camino, West nos deleita con escenas memorables como la del molde de maquillaje, cierto momento en un callejón y todo el inicio y epílogo. Hay bastantes momentos brillantes que sobresalen sobre otros desaprovechados, como la presencia del Night Stalker y el Satanic Panic, pero es que también quiere ser un testamento al fetichismo analógico VHS de los últimos años se convierte en un elemento periférico que tiene mucho en común con Them: The Scare, también sobre crímenes turbios en LA, que no por casualidad tiene episodios dirigidos por Ti West. Un un cierre muy coherente sobre la dificultad del trabajo en una división llena de prejuicios. Podría ser la película más personal del director en cuanto a su posición en Hollywood como cineasta B.
Programa doble: Strange Darling (2024)
Un buen psycho-thriller noventero lleno de giros, tiros y planteamiento kink para completar una dinámica experiencia con aroma de literatura pulp, aunque mucho más predecible de lo que parece se presenta con una mirada panorámica en 35mm que hace perdonarle todo. Además, tiene tanta violencia que, pese a su coartada de thriller, se acumulan muertes y tan sangrientas, que a veces parece un verdadero slasher contado con una cronología alterna. Por otro lado, no está de más recapitular sobre lo que significa la psicopatía antes de suponer agravios ideológicos con los que dio lugar a una de las polémicas más etéreas del año.
39-Mr Crocket (2024)
Los estrenos de terror de Hulu en octubre, basados en dos cortos de su serie Bite Size Halloween, suelen dar sorpresas, y en esta ocasión nos han traído dos experiencias baratas, grotescas y llenas de gore que habrían hecho una gran película antológica. Ambas se basan en sendos cortos homónimos, que siguen la tradición del canal de ir adaptando las mejores muestras de su evento, expandiéndolos de forma orgánica, con todos los directores implicados, dándoles una oportunidad de trabajar con bajo presupuesto. Aunque merecerían estar juntas, de elegir una es Mr. Crocket la más interesante, ya que resume muy bien la modestia y voluntad de divertir de estos proyectos, que recuerdan a los estrenos para vídeo de la era previa a streaming. Muy modesto pero lleno de ideas horror noire que convierte a Bill Cosby en un Freddy Krueger para la era de la nostalgia 90s, los VHS malditos, Candle Cove, FNAF (2023) o Ringu (1998).
Este es el episodio largo de Goosebumps más turbio y gore que nunca fue y adapta al largo un cortometraje previo que ya condensaba sensaciones creepypasta que podrían estar en la última temporada de Them, de hecho la historia daba para toda una nueva colección de capítulos. Su trasfondo racial toca algunas teclas dispuestas en Candyman (1992), pero también esconde una tétrica lectura de los abusos en la infancia. No es la primera vez que un presentador de un programa infantil vintage se convierte en un hombre del saco. Además de Candle Cove (2016), el episodio Uncle Howie (2013) de The Haunting Hourtenía prácticamente el mismo tono, e incluso Familiar (2018) de X-Filestenía similitudes. Pero esta pequeña película sobre niños perdidos, presentadores con secretos oscuros y programas antiguos malditos es suficientemente perturbadora y gore como para seguir la carrera de Brandon Espy. Con todo, tiene más encanto de estática VHS que la gazmoñita I Saw the TV Glow.
Programa doble: Carved (2024)
El complemento a Mr. Crockett (de hecho comparte al actor protagonista) no es ni más ni menos que un slasher sobrenatural plagado de gore divertido, tono de comedia idiota, body count alto, ritmo incesante y valores de producción de episodio de Into the Dark, pero con cierto encanto que se echa en falta en estrenos de género más "serios". Por supuesto, Carved no es la Dark Harvest (2023) de este año, pero mantiene viva la llama de las calabazas vivientes asesinas de videoclub como Jack-O (1995), siendo casi una prima carnal de la de Tales of Halloween (2015), ambas autónomas y sin ser la cabeza de ningún tronco.
38-The Last Video Store (2024)
Una chuchería retro pequeñita, tan torpe y barata como encantadora. Pura nostalgia ochentera concentrada que convierte el fetichismo por la cultura de videoclub en el Jumanji (1993) del horror cósmico, con neones, FX artesanales, sintetizadores y el VHS como nuevo Necronomicón. El culto a la cultura del formato ha ido cogiendo en los últimos años a través de diferentes representaciones del horror y lo analógico en el que la cinta se convierte en un elemento totémico, sin ir más lejos, este mismo año hemos tenido otras dos películas como Mr. Crocket y I Saw the TV Glow, que vienen de una explosión reciente de la que esta puede considerarse el punto culminante de una etapa de celebración y nostalgia por un formato desaparecido que empezó hace una década con diversos libros o documentales sobre los videoclubs. Los directores Tim Rutherford y Cody Kennedy han mantenido la historia de su videoclub en distintos trabajos y cortos como The Video Store Commercial (2019), en las que el mismo personaje experto en vídeos y cultura de los 80 se enfrenta a cintas malditas que atraen amenazas interdimensionales.
Hay que imaginar una expansión a lo Clerks (1994) de la similar Beyond the Gates (2018), que jugaba con la memoria de juegos como Atmosfear, aunque esta es más pura comedia absurda, pese a usar el mismo ruido estático y gamas cromáticas de púrpuras y azulados exagerados, casi una propuesta de nicho dentro del nicho, filodocumental, sobre gestos de una era perdida que antes eran el día a día, convirtiendo muchos de los rituales anacrónicos asociados a los videocasetes en claves para sobrevivir a un ataque de criaturas meta que salen de la TV. De hecho, podría haber formado parte de un subgénero clásico que precisamente reinaba en los videoclubs de los 80, de pelis o juegos que salen a la realidad, con la televisión y VHS como portales de monstruos, zombies o demonios que cruzan al mundo material por la pantalla, también con un puntito Cabin in the Woods (2011), solo que aquí las estrellas invitadas son trasuntos de Jason Voorhees, el Cobra de Stallone o seres salidos de las infinitas imitaciones baratas de Alien (1979) directas a vídeo de los 90, donde aún reinaba un CGI a medio desarrollar. Parece un proyecto del colectivo Astron-6 y no es casualidad, Steven Kostanski se encarga de los FX y maquillajes y se añade a una gran cantidad de ideas ocurrentes en una sola localización, con el abono geek de diálogos tan entrañables que resulta irresistible.
Programa doble: Frankie Freako (2024)
Si The Last Video Store hace homenaje al formato de vídeo que reinó en los 80, Frankie Freako, de Steven Kostanski, sería una de las películas que estarían en el pasillo del fondo, entre Munchies (1987), Ghoulies 3 (1991) y The Garbage Pail Kids Movie (1987), es decir, un delicioso homenaje las versiones de Gremlins (1984) de bajo presupuesto de los años 80 y principios de los 90, mezclado terror, comedia y esa ciencia ficción de rayos de colores pintados, celebrando los efectos prácticos y el humor chusco. Otro regreso nostálgico a una época más sencilla del género, cuando los animatronics, el látex, y la imaginación eran los reyes. Quizá sea más una película de fantasía que propiamente de horror, como pudo ser House II (1987), pero es una de las imprescindibles de este año.
37-Baghead (2024)
Puede que haya sido recibido con demasiada frialdad por comparaciones inevitables con Talk to Me (2023), pero el debut de Alberto Corredor es una expansión de un corto que no toma la clásica ruta para hacerlo más largo, por lo que a veces funciona más como un episodio televisivo de alguna vieja antología de terror, lo que no es necesariamente un problema. La premisa de una entidad encerrada en los sótanos de un pub inglés, que concede la conexión con los muertos durante dos minutos, podría ser el principio de un clásico slasher sobrenatural, o un pilar para elaborar un terror de sustos al uso, pero no acaba yendo por ese camino sino por el juego de identidades, de secretos, mentiras y reglas a seguir o romper para un pequeño puñado de personajes. La concepción es casi minimalista, pero de alguna manera funciona avanzando como un tiro, dejando esparcida una mitología que se remonta a tiempos muy antiguos, con guardianes estilo The Sentinel (1977) y espacio para la sorpresa cuando sabemos que la entidad tiene rango para alterar la percepción, logrando engañar a los guardianes y las personas que acuden a su oráculo.
En ocasiones, Baghead resulta tan sencilla que acaba pareciéndose a segmentos de la Amicus, un terror gótico de tebeos Creepy que parece sacado de otra época, pese a que el montaje e iluminación dejen que desear a un puro nivel técnico. Tampoco busca ser un denso ejercicio psicológico, sino un toma y daca de intereses de personajes con secretos, falsos motivos, desesperación y búsqueda de dinero. Al final ese manejo de las expectativas es el combustible de su desarrollo y se evitan grandes aspavientos o conclusiones de espectáculo. La criatura tiene el síndrome de Botet, y en algunos momentos se utiliza para algún que otro momento más enfocado al terror visual, como sus estupendas secuencias en una gruta oscura pero en general lo que mueve el guion es cierta sordidez derivada de sus premisa, y las vueltas para intentar engañar a los humanos de la entidad.
Programa doble: Tarot (2024)
Es difícil recomendar esta monster mash juvenil, pero al menos recoge el espíritu de 13 Ghosts (2003) con una colección de demonios con estupendos diseños del artista Trevor Henderson que, aunque quedan algo desaprovechados por una dirección sin chispa, su estructura sencilla de slasher sobrenatural los encadena en escenas de miedo y apariciones haciendo que sea entretenida. Con muertes son muy sobrias a pesar de su violencia, y el terror apoyado en sustos de volumen poco interesados en crear anticipación y suspense, entra en la liga de películas comerciales de los 2000 como Darkness Falls (2003), deja algún detalle a lo Insidious (2010) y podría ser una secuela más de Ouija (2013) o Long Time Dead (2003), pero se esfuerza poco en alcanzar a sus referentes, incluso sus geniales demonios carecen de contexto, con todo, no es una mala introducción al género para chavales y alguna de las estampas de las entidades en la oscuridad merecen ser rescatadas entre la hoguera.
36-Black Cab (2024)
Bruce Goodison presenta un viaje claustrofóbico en el que una joven pareja se encuentra atrapada en un viaje en taxi aparentemente ordinario cuyo chófer tiene un lado siniestro que genera muchas incertidumbres. Una premisa minimalista apoyada en la interpretación de un Nick Frost psicopático que tiene aquí la mejor de sus tres propuestas de género de este año, junto a Get Away y Krazy House. Sin embargo, por algún motivo no ha caído bien entre los aficionados, pese a entrañar una variación sobre ruedas de las historias de fantasmas a la que no le faltan escalofríos y la revelación de diferentes secretos que hacen que su metraje siempre avance. Sin embargo, su espacio visual reducido puede agotar a los que no tengan paciencia para decodificar su historia de fondo, que va siendo trazada desde el primer minuto, en el que ya consigue crear una atmósfera tensa y claustrofóbica, donde el taxi amplifica el miedo y la vulnerabilidad de los personajes y las oscuras y lluviosas carreteras británicas añaden un marco cromático frío perfecto para contar un relato de miedo sin más pretensiones que serlo.
Frost nunca ha estado tan escalofriante, su personaje es enigmático y amenazador, pero tiene unas razones más interesantes y turbias de lo que parece en un principio; al final no es un villano muy diferente al de Hugh Grant en Heretic. La cualidad más interesante de Black Cab, sin embargo, es que es capaz de hacer un thriller de carretera en la tradición de The Hitcher (1987) o The Nature of the Beast (1995) y hacer que su descenso gradual hacia lo sobrenatural sea orgánico, saliéndose en ocasiones de su propio itinerario autoimpuesto con un par de secuencias encapsuladas fuera del coche del título con un juego del gato y el ratón angustioso, a las que se le suman algunas apariciones espectrales tan sencillas como deliciosas, usando trucajes que, digitales o no, desprenden cierta cualidad naïf que la entroncan con antiguas producciones televisivas británicas de series que se rodaban en plató, casi con lo puesto. En particular, a veces recuerda mucho a una pequeña joya que cada vez se va redescubriendo más como fue Dead End (2003), tanto en su tono como en estilo de terror, nada más y nada menos.
Programa doble: Hostile Dimensions (2024)
Si bien el cine de terror británico de este año nos ha dejado alguna buena sorpresa como Stopmotion, películas como Black Cab o esta siguen pasando desapercibidas en los circuitos de distribución, aunque demuestran que siguen siendo capaces de hacer verdaderos tour de force con recursos limitados e ideas minimalistas. Graham Hughes sigue puliendo su formato found footage tras la escalofriante Death of a Vlogger (2019) con una historia mucho más ambiciosa pero menos terrorífica, con la premisa de un posible creepypasta en el que un grafitero desaparecido lleva a una aventura en dimensiones alternativas unidas por puertas, o lo que podríamos llamar una especie de remake casero de House II (1987), pero con un giro oscuro. De nuevo mucha creatividad y pocos medios, pese a que lo que ofrece no tenga tanta consistencia como su debut.
35-The Seven Darks (2024)
Uno de los fenómenos simultáneos al éxito del cine de terror en la taquilla de salas es la proliferación de pequeños proyectos con factura casera que han ido dejando nombres de autores recurrentes como Dutch Marich y otros comunes en el canal gratuito Terror Films releasing, que centran sus esfuerzos en la experiencia y las atmósferas para encajar en movimientos no muy alejados del analog horror, los creepypasta y la cultura de los cortos de youtube. Normalmente esta facilidad de rodar, editar y sonorizar un largometraje completo es un peligro que plaga la red de intentonas inútiles y material de relleno de plataformas que empañan el trabajo de autores autónomos capaces de convertir la escasez en un arma, evitando las narrativas tradicionales que estudios más grandes acaban estableciendo como plantilla. Uno de esos nombres que tratan de abrirse camino con mucha pasión y trabajo es Alexander Henderson, quien logró llamar la atención hace unos años con su antología Evil Tapes (2022), tras haber abierto brecha con la irregular The Red Nightmare (2021), demostrando en su canal de youtube, donde pueden encontrarse gratis, que es un trabajador prolífico.
La diferencia de esta The Seven Darks con otros trabajos es que se atreve a salir de los confines de un piso o una casa para captar las calles desoladas y abandonadas de unos Estados Unidos plagados de lugares desangelados, grises y vacíos, idóneos para la proliferación de historias de terror urbanas, cuentos de tradición oral instantánea y la peor de las obsesiones paranoides, la sugestión. En sus siete cortos independientes Henderson juega con la profundidad de campo, la oscuridad y el montaje para crear siluetas que se ven por el rabillo del ojo, amenazas humanas que se quedan mirando fijamente y realidades aumentadas por el móvil que vienen a por ti en momentos que pueden inducir al infarto. Con ecos las historias de Fuan No Tane, adaptada en 2013, o los relatos cortos de Yami Shibai, esta colección no siempre acierta de lleno, pero tiene al menos tres historias que dan verdaderos escalofríos y nos avecinan una voz que, de ser adoptada por estudios interesados en fenómenos aparecidos en internet, puede dar forma algunas pesadillas urbanas con un pulso contemporáneo que muchas veces está perdido en grandes producciones.
Programa doble: V/H/S/Beyond (2024)
A estas alturas la antología found footage no engaña en lo que tiene que ofrecer, pero eso no impide que en cada entrega se pongan más irreverentes y se enfoquen más en hacer segmentos divertidos y sangrientos sin muchas pretensiones. La temática extraterrestre de esta le queda muy bien y da pie a algunos relatos memorables, como Stork, que básicamente es como la primera mitad de Rec 2 (2009), pero con un “final boss” de ver para creer, otro con paracaidistas e incluso uno guionizado por Mike Flanagan. Lo importante es que, aunque la saga empiece a tener un sabor reiterativo, sigue dando ideas de planificación y uso de FX del que grandes blockbusters deberían tomar nota, además de un frenesí gore inagotable en un capítulo que mejora a 99 y 85.
34-BeetleJuice Beetlejuice (2024)
El estreno de Beetlejuice Beetlejuice y de Dune Part 2 en el 2024 significó que a final del año se habían estrenado en el cine dos segundas partes con gusanos de arena gigantes, pero el sorpresón inesperado fue que esta nueva comedia de terror nos trajera a un Tim Burton en forma y de vuelta a su lado más chiflado y macabro. Puede que el mayor valor sea el regreso de Michael Keaton y Winona Ryder como personajes principales, rompiendo la tendencia de las "legacy sequels" a prestar más atención a los nuevos personajes. Aquí lo importante es Lydia y su historia con el bio-exorcista, incluso tiene bastante peso Catherine O’Hara, aunque se hayan unido al convite Jenna Ortega y Justin Theroux. Otro plus es el humor negro de Burton, que se materializa en brillantes gags físicos de body horror puro, digno de dibujo animado o cómic de la EC. Marionetas, stop motion, gags gore, homenajes clásicos del género... La expresión "no se toma en serio a sí misma" debería redefinirse tras el festival de chorradas contagiosas y humor tontorrón que despliega, y que más que subtramas o estructura, se deja llevar por la inofensiva espontaneidad del caos y lo inesperado.
Una celebración en pantalla que huele a reunión de viejos amigos sin más pretensiones que pasárselo en grande, Tim Burton nos presenta a su novia cadáver ideal en la imponente rediviva de Mónica Bellucci. Destaca también la atención a los detalles en segundo plano, la oficina del inframundo está llena de muertes ingeniosas y monstruitos geniales, y es que el director no pisaba este terreno del terror splatter desde hace años, debe haber conseguido la calificación PG-13 de milagro. Pero lo mejor es cómo narra su historia de orígenes en un homenaje tremendo a La Maschera del Demonio (1960) y otros clásicos del horror gótico italiano clásico como Danza Macabra (1964) en un carrusel de guiños a clásicos del cine de terror que se atreve con It's Alive (1974), la BSO de Carrie(1976), los zombies blackxploitation de Sugar Hill (1974) o la succión vital de Lifeforce (1988), entre decenas de gags macabros y horripilantes. La máxima de Bitelchús debería ser, "convertir los dibujos animados en una realidad", y efectivamente trae ese peligro, la maleabilidad de los cuerpos, lograr que cualquier cosa pueda pasar y las bromas idiotas. Lograr esto en un mercado tan diferente al de 1988 es un logro insólito.
Programa doble: Destroy All Neighbors (2024)
La vuelta de la comedia de terror también va haciéndose palpable en el contenido de plataformas, y esta gamberrada de Shudder mezcla gore y humor negro absurdo, dentro de una afinidad por el cine serie B de heavy metal de los 80, pero aquí dando prioridad a situaciones extravagantes, splatter exagerado y una premisa delirante, en la que un músico de prog-rock mata accidentalmente a su odioso vecino, Vlad para intentar encubrir el crimen y verse enredado en un macabro juego del gato y el ratón con las partes reanimadas del cuerpo de Vlad. Sus chistes y gags son muy particulares como para convencer a todo el mundo, pero su desfile de efectos tradicionales y maquillajes grotescos, con el actor Alex Winter debajo, la convierten en la rareza estrambótica del año.
33-Godzilla x Kong: The New Empire (2024)
El MonsterVerse por fin se atreve a dar el protagonismo a los monstruos en el gran viaje al centro de la Tierra de Kong, una aventura y serie B para un delirio de kaijus psicodélico lleno de luchas, nuevos seres y mínima trama de humanos, aunque sí que cuenta con algunos de los protagonistas de la anterior. La buena noticia es que se queda con lo mejor (Rebecca Hall) y no vacila en deshacerse de Millie Bobby Brown sin mayor explicación. Su papel es complementario a la "misión" de los colosos, como un apoyo logístico que nos ahorra verles correteando debajo de los pies de los monstruos. La gran noticia es que el alma, el corazón y la fuerza de la película es King kong, que vive su propia versión de Congo (1995) en un mundo fantástico en donde encuentra un pequeño gorila que no es el personaje cuqui para juguetes que parecía en los tráilers, donde Wingard había jugado con las expectativas y les ha dado la vuelta. En su parte central por momentos parecemos estar viendo un cruce entre Dawn of the Planet of the Apes (2014) y War of the Gargantuas (1966), donde el gran gorila es el héroe de su propia misión salida de una novela pulp de Edgar Rice Burroughs o sus adaptaciones de Kevin Connor.
Godzilla también tiene su parte importante, pero reservada para un tercer acto explosivo, plagado de colorines, energía, galletas y una buddy movie entre colosos que redime a la insulsa anterior entrega a base de fantasía sin límites e ideas disparatadas hasta el puro exceso. Y si algo se le puede achacar es su dependencia del píxel, con un cuidado desigual en la calidad del CGI que puebla muchas escenas, especialmente en su clímax. No llega a tocar algo como Asylum, pero en ocasiones de apelotonamiento se siente como una película de animación 3D mejorable. A pesar de ello, el ritmo frenético de la odisea nos lleva en menos de dos horas de la Tierra a la zona hueca y de vuelta sin pestañear, una cartografía global plagada de disparates weird, que incluyen la destrucción de Cádiz o un salto de trampolín desde el Peñón de Gibraltar. Abraza sin rubor el camp de la era Showa, siendo generosa en enfrentamientos, nuevos monstruos que podrían salir en Ultra Q, recuperación del lore más excéntrico del universo y hasta algunos apliques mecha en forma de nueva carne a lo Tetsuo. Otro elemento sorprendente de Godzilla x Kong The New Empire es su uso sin complejos de la violencia. Además de los golpes dolorosos y destrozones, evitando el color rojo para la sangre de monstruo consigue mostrar mutilación y decapitaciones de colosos que impactan en un PG-13.
Programa doble: Sous le Seine (2024)
La idea de un gran tiburón mutante suelto en el río Sena daba para una fiesta al estilo Piranha 3D, pero Xavier Gens no es Alexandre Aja y este eco-terror animal de Netflix se queda un poco a medio gas, aunque su conexión con el cine de catástrofes y algún apunte gore la hacen muy entretenida. Sus momentos de visita turística subacuática a las catacumbas es su plato fuerte, y tras picotear con ideas de cambio climático satiriza cierto activismo al confrontarlo con la perspectiva científica y la propia naturaleza, en una escena de matanza tan divertida como reaccionaria. Aunque mejore a otras sharkploitation de este año como The Last Breath y No Way Out veces tiende demasiado a la película alemana de Domingo, pero su trama esconde giros y vueltas cada vez más locas, con ocasionales matanzas de las de perder la cuenta a la gente devorada, aunque no siempre se recree en esos planos y la sangre acabe muy diluida. Podría haber sido mejor en manos de Dick Maas, pero es una serie B de monstruos resultona con un final nihilista que se burla de la decisión de limpiar el río para los juegos olímpicos de Paris 2024.
32-The invisible Raptor (2024)
El cine de terror de monstruos nos tiene acostumbrados cada vez más a creaciones de CGI, y de un tiempo a esta parte las explotaciones de Jurassic Park (1993) han dado muchas variaciones Asylum de ver y olvidar. Pero ¿qué pasaría si la criatura fuera un velociraptor hiperinteligente que, además, es completamente invisible? Como si fuera la trama de una secuela de Carnosaur (1993), el dinosaurio escapa de un laboratorio cuando un experimento considerado alto secreto sale mal y provoca el caos en un vecindario cercano. Los héroes que deben detener a esta amenaza invisible son un paleontólogo caído en desgracia, su ex novia y un famoso criador de pollos de la zona. La idea es una tontería, pero se hace mucho más divertida de lo que parece gracias al factor de invisibilidad, que añade suspense y momentos cómicos gloriosos, gags visuales creativos y momentos de tensión en los que los personajes evitan por los pelos convertirse en comida de raptor.
La ausencia real de una amenaza tangible hace que el humor se incline hacia el absurdo, llegando a puntos hilarantes en el que solo vemos a dos actores fingiendo que hay un monstruo ahí, lo que llega a puntos delirantes. La caradura de la propuesta es lo que la hace divertida, pero además está sembrada de chistes malos conscientemente estúpidos, un montón de muertes gore, y una actitud de parodia afectuosa al género de vieja escuela que recuerda a gamberradas como The Lost Skeleton of Cadavra (2001). El delirio de la idea se va de madre con la presencia de orina de pollo como arma, disfraces ridículos y decapitaciones con timing de película de trompazos. Como una prima pobre de Tammy and the T-Rex (1994) y Tremors (1990) dedicada a los fans del cine tonto, The Invisible Raptor es una delicatesen para paladares de la estupidez concebida con ingenio, que se lo podría haber ocurrido a la Troma en sus mejores años, y aunque este año no haya tenido mucha repercusión, acabará redescubriéndose y convirtiéndose en una pequeña joya perdida de culto.
Programa doble: Adult Swim Yule Log 2: Branchin' Out (2024)
Y si hablamos de comedias de terror con un asesino absurdo, podemos hablar de un tronco ardiendo que mata a la gente. Esta secuela directa del primer Yule Log sigue a la protagonista superviviente de aquella intentando superar los traumáticos sucesos que vivió. Sin embargo, las cosas toman un giro muy extraño cuando se ve atrapada en una cursi comedia romántica navideña del canal Hallmark, adoptando todos los tropos y clichés de esas películas, pero con la retorcida sensibilidad de Adult Swim y llena de muertes salvajes. Además de humor negro, giros estrafalarios, personajes extraños y una realidad cambiante, esta secuela añade un extra de imprevisibilidad que la diferencia de aquel experimento que se adelantaba a la Here de Zemeckis y que si tiene una tercera puede ser absolutamente cualquier cosa.
31-Starve Acre (2024)
El terror británico ha vivido un renacimiento en esta década que ha dado títulos excelentes como You’re not My Mother (2021) o A Banquet (2020) que han sido ignorados o enterrados en el laberinto de la distribución internacional, y ese es el camino que parece que va a acabar llevando esta pequeña joya del folk horror más ortodoxo, atado a sus raíces y al medio rural más incognoscible, contando una historia que podría pertenecer a uno de esos especiales televisivos de Lawrence Gordon Clark de los años 70, a los que se parece incluso en texturas y ambientación. En realidad se basa en la novela Michael Hurley de hace unos cinco años, aunque su idea de presentar una pareja con problemas, viviendo un duelo y la influencia de la tierra sobre su hijo no es nueva en el subgénero, y parece tratar aspectos vistos en A Hole in the Ground (2019) o Wake Wood (2011), pero su premisa acaba derivando en algo menos dependiente de ciertos tropos del niño malvado y se asemeja más a una especie de Kitchen Sink Drama sobrenatural más heredero de Burn, Witch, Burn (1962), en el que la influencia del poder ancestral se retroalimenta con la tensión entre los personajes.
Aquí el show lo lleva el dúo de fantasía Morfydd Clark y Matt Smith, que hacen el crossover de Rings of Power y House of the Dragon que probablemente ningún fan de esas series va a llegar a ver. Smith hace otro de sus papeles antipáticos a la perfección y Clark se sale de los marcos donde la hemos visto observando con resignación la deriva obsesiva de su esposo cuando le da por escavar en el jardín. La granja en la que tiene lugar la historia es una zona aislada en donde podrían aparecer todo tipo de reliquias ancestrales, casi un vecindario de los paisajes de Lamb (2021). Se le puede achacar a Starve Acre que pasan menos cosas de las que la idea promete, pero es en su ritmo pausado donde lo maléfico encuentra el tiempo para ir filtrándose por los poros, dejando una sensación enrarecida creciente en donde vemos a un conejo diabólico que deja al que aparecía en The Witch (2015) en una mascota de programa infantil. Su mitología abre espacios que prometen mucho más en su final, pero conseguir que un árbol sea amenazante tiene su mérito, de cualquier forma es una película muy indicada para connoisseurs de clásicos folk horror como Baby (1976), el episodio de la serie antológica de Beasts de Nigel Kneale, al que ya la novela original le debía lo suyo.
Programa doble: Lord of Misrule (2023)
El voluntarioso William Bret Bell ataca todos los subgéneros de terror y consigue que más o menos acaben derivando haca el mismo tipo de drama familiar paternofilial, con un tono parecido pero que no suele esconder los dulces a los aficionados que se acercan por su ración de terror, sustos y criaturas. Aquí se acerca al folk horror arquetípico con una especie de revisión o secuela apócrifa de The Wicker Man (1973) en la que despliega la mejor fotografía de su carrera y mantiene la mayoría de disparates en un porcentaje razonable, aunque algún chiste involuntario con abuelas y orines hay. Con todo, no cuaja mal con los excesos no faltos de humor del film de Hardy y de alguna manera se concluye en un paseo por el subgénero lleno de máscaras vistosas, pasajes en el bosque, rituales nocturnos y un adecuado twist sobrenatural que la convierten en uno de los homenajes más honestos al estilo y forma original del terror rural anglosajón.
30-Apocalipsis Z: el principio del fin (2024)
No deja de ser curioso que en el mismo año tengamos dos películas postapocalípticas en las que los protagonistas no dan un paso adelante sin sus gatos. Lúculo de AZ y Frodo de A Quiet Place: Day One son los dos héroes supervivientes inesperados del cine fantástico/terror de 2024. Esta muy sólida adaptación de la importante novela zombie española arrasó en Amazon Prime Video y no sorprende, ya que se separa de la masa de un subgénero agotado recuperando esa experiencia zombi perdida de peripecia y truco ingenioso frente al dramón en el que se ha convertido el subgénero, abrazando su olvidado lado más aventurero, que además confía en el carisma de Francisco Ortiz, una joya nacional que habría que valorar mucho más. Con una dirección meramente pragmática, quizá no a la altura de su bien construido guion, el ritmo de Apocalipsis Z nunca descansa, siendo capaz de comprimir muchas etapas y situaciones episódicas en menos de dos horas.
La supervivencia limita el drama y se centra en la experiencia tipo road movie. Es inevitable no pensar que llega tarde a la fiesta, pero al menos recupera cierta ingenuidad perdida de aquella excitante primera ola de literatura zombie de hace 20 años, con el ingenio de The Zombie Survival Guide que se trasladó a la bitácora apocalíptica de Manuel Loureiro. Ortiz encarna a un perfecto Manel, íntegro, con una nobleza cercana, su característica voz profunda con la que cautivó en ¡García! y una perfecta solvencia para las escenas de acción, un buen acompañante en las secuelas que van a seguir a esta El principio del fin. Curiosamente, si coincide con 28 Years Later (2025) y la Twilight of the Dead (2025) de George A. Romero, serán tres las películas de zombies que se ambientan en una isla el año que viene, un dato curioso menos relevante que el propio hecho de que el subgénero esté viviendo una resurrección en toda regla sin haberse acabado de marchar nunca.
Programa doble: Håndtering av udøde (2024)
Nueva adaptación del autor de Let the Right One In (2008), que afronta ahora los zombies con una exploración del duelo amarga, oscura y perturbadora. John Ajvide Lindqvist también participa esta vez en el guion, que plantea un verano en Oslo en el que los muertos despiertan misteriosamente, y tres familias se ven sumidas en el caos cuando sus seres queridos fallecidos vuelven a ellos, aunque nadie sabe qué buscan. Es curioso que la premisa sea similar a la de la película francesa The Revenants (2004), que se alejaba también del modelo caníbal de Romero, y acabó teniendo su propia serie e incluso remake de esta en USA. Sin embargo, en realidad son enfoques muy distintos. Vuelve el tono amargo del autor en una tétrica elegía zombie cargada de lírica visual crepuscular, cuyos escasos diálogos solo remarcan la credibilidad íntima y ultrarrealista de un evento del todo extraordinario.
29-Frogman (2024)
Da igual los años que pasen, las modas y las manías, el género found footage sigue vivo y resulta un gran punto de entrada al cine para los cineastas noveles que deciden hacer una película en el bosque con sus amigos. Dentro del formato hay sus propios movimientos y obsesiones, y uno de ellos es la criptozoología, en realidad el verdadero origen del subgénero, con los primeros falsos documentales sobre el bigfoot y las fotos trucadas sobre sus avistamientos. De ese mismo ser hemos visto desde Willow Creek (2013) o Exists (2014), el homenaje del cocreador de The Blair Witch Project (1999) al fenómeno que le inspiró, tan solo cambiando ese folclore “científico” por uno sobrenatural. El territorio estadounidense se ha convertido en una zona fértil para la aparición de estos avistamientos y puede decirse que el medio rural ha encontrado una fuente de ingresos en la construcción de sus propias leyendas, desde el Mothman al demonio de Jersey, pero hay una muy singular, que es el hombre rana de Loveland, en Ohio, una criatura que ha generado su propia microcultura, merchandising y acervo, con lo que una película sobre ella estaba por llegar de alguna forma.
Y esta Frogman sigue los pasos de sus antecedentes, con un tono no del todo común de extraña comedia de terror, casi inevitable por el tema que trata. Las ranas de por sí no han sido un tema omnipresente en el cine de terror, quizá este es el aspecto menos comprendido de este nuevo found footage, que abraza la singularidad de su improbable monstruo y le añade sin miedo los detalles mágicos del mito original (una varita con efectos impredecibles) y lo desarrolla con un aspecto de contagio con consecuencias nada ridículas, con un body horror de transformación tan escueto como grotesco y memorable, aspectos de reproducción traumática propios de Humanoids from the Deep (1980) y una base lovecraftiana que inevitablemente tocará la fibra de los nostálgicos de Innsmouth. Si a eso le sumamos un final que rompe con la simple desaparición de los autores y va un pasito más allá, junto a un fetichismo por las texturas High 8 de los viejos vídeos encontrados, merece destacarse como una de las mejores entradas del formato en estos años.
Programa doble: Mind Body Spirit (2023)
Otra parcela recurrente en el reciente formato found footage es el de los streamers que se ven acosados por las fuerzas del mal en directo y este año ha tenido algunas representantes como Chateau (2024). Este ejemplo en concreto muestra a una monitora de yoga que encuentra un grimorio de su abuela y comienza a practicar sus recomendaciones en sus grabaciones. Una idea bastante graciosa que juega con su sátira del mindfulness y los métodos alternativos de salud espiritual de forma similar a Family Dinner (2022) con las dietas paleo, pero que en realidad es una pequeña exploitation de Hereditary (2018) con menos ambiciones de hacer un comentario social, sino agrupar una buena cantidad de sustos y algo de body horror contorsionista. Con demasiadas trampas en la banda sonora, podría haber volado más alto con un diseño de sonido más sofisticado y menos burdo, pero ofrece más de una sorpresa y ciertos momentos cafres que la hacen menos estirada, jé, que otras con más popularidad como Host (2020).
28-Nosferatu (2022)
Una faraónica reimaginación del clásico de terror que, curiosamente, no es la única de este año. También está el ejercicio de estilo low cost Nosferatu: a Symphony of horror (2023), que usa cgi para recrear la original con sonido, pero un estilo no muy diferente. En su esfuerzo, Robert Eggers alcanza lo sublime y lo ridículo como si fuera un libro de Taschen sobre el cine gótico en movimiento, tan hermoso de mirar como difícil de escuchar por su música innecesariamente chirriante (y algunos diálogos), su punto débil es un Conde Orlok que parece una mala caricatura de un noble del este, más cerca de Nandor que del Vlad que busca ser. Eggers permite que en sus más de dos horas cohabiten dos películas, un gran homenaje al expresionismo, al vampiro clásico y las raíces del mito, cuidada al extremo en diseño de arte y foto, ideal para proyectar en una sala de arte y ensayo. Y otra, un drama histórico que busca el respeto y la justificación de ser un blockbuster con pedigrí, actuaciones de teatro al límite de la comedia involuntaria, con actores al borde del histrionismo.
Se permite más acercamientos a las subtramas de la novela Drácula de Bram Stoker, aunque sigue optando por dar protagonismo a Ellen Hutter, que encarna el ardor femenino y la histeria con referentes en Isabel Adjani, y no solo la del Nosferatu de Herzog, sino más bien la de Possession (1981), con un tratamiento de su dolencia visto como una posesión diabólica. Las mejores escenas de un segundo acto atragantado son las de la peste y el cortejo fúnebre por las calles del pueblo, que junto al uso de sombras al estilo del original, permitiendo que el lado irreal e iconográfico tome los mandos de la narración en una composición del plano pictórica y deliberada, con gran atención por los marcos y las arquitecturas de un diseño de arte impecable. Hay mucho que celebrar en esta versión, pero también elementos de decepción, quizá la mayor es que apenas se explora la dimensión esotérico-espiritista que codificó Albin Grau en las imágenes más enigmáticas de la de 1922, con todo, su triunfo en la taquilla mundial y la interacción de público diverso con un clásico da esperanzas de que el cine de terror de gran presupuesto todavía tenga una oportunidad en las salas.
Programa doble: The Vourdalak (2023)
Representación bufa del clásico de Alexéi Tolstói que expande el texto desde la fidelidad y navega entre lo paródico y lo terrorífico. Su cualidad teatral y minimalista juega a favor con su representación de la criatura con una marioneta de la que ya podría haber aprendido Robert Eggers. La propuesta juega en un espacio extraño entre la fidelidad escenográfica, la performace y la relectura del texto original, exponiendo el poder de la figura masculina en la familia, sin dejar de lado el aspecto vampírico y lúdico, con una magnífica conexión final con Carmilla.
27-Blackout (2023)
El padrino del nuevo indie de terror americano, Larry Fessenden, completa su trilogía lo-fi de monstruos clásicos de clase obrera con una tragedia rural con un hombre lobo normie, en una obra tan falta de preocupaciones y ajena a tendencias que parece precisamente sacada de la misma época en la que redefinió el mercado underground con obras como Habit (1995). Lo cierto es que para encontrar algo parecido al cine de licántropos clásico hoy es difícil si no pasamos por el filtro de la postmodernidad de los bajos presupuestos. El resultado es una versión minimalista que le da una vuelta de tuerca a la tragedia casi con un enfoque argumental parecido al de 25th Hour (2002), pero en clave rural. El director sigue demostrando lo que era el cine de género alternativo USA antes de su chapa y pintura con productoras de más músculo como A24 o Neon, dejando a la vista que lo que le funcionó en los 90, irónicamente también funciona ahora, puesto que su propuesta es demasiado anacrónica como para venderla en esas ventanas.
Una obra coherente, modesta e inspirada que hace gala de su incomodidad transgresora habitual y un feísmo realista que contrasta con un diseño y maquillaje de licántropo rudimentario y naíf, con el que Fessenden hace homenaje a los efectos vintage, recuperando sin miedo los tropos más esenciales del subgénero, desde la luna llena, el transformado corriendo por los bosques descamisado, a la bala de plata o la turba airada, dentro de un universo redneck de interior común con su Wendigo (2001). Además, el autor se permite utilizar insertos de arte y animación en medio del metraje, sin más razón particular que canalizar el problema del personaje a través de su misma mirada, ya que es un pintor caído en desgracia. Blackout es el resumen de un cine como actitud, centrada en personajes y diálogos, con pose melancólica pero sin renunciar al humor. Casi con maneras de neowestern, parece una prima hermana de Late Phases (2014) y algo más lejana de Silver Bullet (1985), pero con más interés en los diálogos que en las escenas de matanzas.
Programa doble: Werewolves (2024)
Como si una película de Asylum mezclara licantropía y The Purge (2013), solo que con estupendos FX de transformación y geniales animatronics para los hombres lobo. Mucha acción y horterada de direct to video de los 2000 en una fiesta a la que le falta algo de sangre. Una serie B de Steven C. Miller, director underground especializado en rodar películas de presupuesto casero para hacerlas parecer producciones mucho más grandes, cuyo punto débil era que sus películas parecen largos reels de trabajo a los que les falta alma, aquí corrige un poco ese detalle con un punto de partida interesante, integrando conceptos de ciencia ficción y una "superluna" que transforma a la gente en hombre lobo con solo iluminarla, lo que da lugar a algunas metamorfosis excelentes, de las que ya podrían aprender muchas películas de Hollywood de los últimos años. La presencia de Frank Grillo la conecta aún más con la saga de Blumhouse, pero a pesar de que le da entidad al conjunto queda un poco desaprovechado por un guion que llega por la mínima. Al final, uno se queda en los fantásticos hombres lobo, que cumplen con lo prometido en el título.
26-Never Let Go (2023)
Alexandre Aja sigue mostrando su solidez como director de terror con lo que le pongan delante, aquí se atreve con las madres terribles, reglas para evitar demonios, colapso mental y unos cuantos momentos gore inesperados para dar una de las sorpresas perversas del terror comercial del año, donde propone una especie de temporada comprimida de Fromcon solo una cabaña y un bosque, que en principio parece una especie de La mesías con monstruos, pero alberga varios elementos no tan presumibles y giros que la hacen bastante más retorcida de lo que parece. De hecho, engaña pareciendo una de esas películas postapocalípticas de supervivencia en el bosque con reglas como "no mires", "no hagas ruido", o aquí un "no te sueltes", revelando una naturaleza menos catalogable, ajena a Bird Box (2018) o A Quiet Place (2018). Sin embargo, no se parece demasiado a nada reciente, pero nos sirve para recordar un pequeño clásico de culto como Frailty (2002), la película que dirigió Bill Paxton con la que tiene muchas cosas en común y con la que haría un estupendo programa doble de cine religioso y paternidad.
Aja sigue demostrando una competencia rotunda en todo tipo de proyectos de terror, desde el extremismo francés a encargos de gran estudio, sean remakes, terror animal en vertiente festiva o tensa, incluso en el coming of age diabólico más inclasificable, con una rotunda solvencia al tratar la ambigüedad del horror psicológico, las familias disfuncionales tipo Our Mother's House (1967) o El castillo de la pureza (1973) o la paranoia de un personaje obsesionado con conceptos cristianos del fin del mundo de 10 Cloverfield Lane (2016) o Take Shelter (2011). Sin embargo, Never Let Go encaja en una tendencia silenciosa del terror 2024, y es el de las madres afroamericanas solteras enfrentadas al mal, ya que en muestras como The Deliverance, Them o Mr. Crocket se reflejan sus dificultades para salir adelante, a menudo tras vidas turbulentas o adicciones. Un film que se apoya sin miedo en recursos de horror gótico, sobrenatural o religioso, para tratar temas como el homeschooling o la transmisión del miedo entre generaciones con unos cuantos momentos turbios inesperados.
Programa doble: Azrael (2023)
Aunque en su desarrollo guarde muchas similitudes conla decepcionante Hold Your Breath (2024), Never Let Go trata de apocalipsis bíblicos secundados por demonios, tales como los que presenta Azrael, que nos ubica tras el rapto evangélico. La buena noticia es queSamara Weaving vuelve a empaparse de sangre en un survival horror lleno de violencia y gore, aunque va de menos a más por ser demasiado deudor de la perezosa estética The Walking Dead —¡ay esa temporada de los susurradores!—, y una primera mitad que alterna más tedio del esperado con buena acción en silencio. Es en su tramo final donde brillan el gore y Weaving es la apuesta perfecta para contar una persecución sin diálogos, una Naked Prey (1965) satánica que no se mueve de la forma frenética que podría evocar su propuesta. Sin embargo, su meridiano aligera la losa de su innecesaria (y muy tramposa) subtrama "romántica" para corregir a tiempo su abulia.
25-Beezel (2024)
Una de las particularidades del cine de terror es su carácter democrático, a veces no hace falta más que una antigua casa de Nueva Inglaterra y unos cuantos personajes para ser una de las piezas más aterradoras de la temporada, sin grandes gastos, sin millones ni actores conocidos. La idea de una presencia siniestra que lleva aterrorizado a diferentes generaciones de habitantes se hace realidad con una atrevida estructura de líneas temporales conectadas, empezando en los años sesenta y una primera víctima. A medida que la historia avanza a lo largo de las décadas, nos encontramos con una serie de individuos que caen presa de una antigua bruja ciega que acecha bajo las tablas del suelo con un apetito insaciable por las almas humanas. Su mayor fortaleza es su atmósfera de terror opresivo con una combinación de elementos visuales y sonoros inquietantes, sin compasión por los protagonistas y una desazón constante que la emparenta con la cada vez más popular Aterrados (2017) de Damián Rugna.
La casa en sí misma llega a convertirse en un personaje más, con sus pasillos oscuros y un sótano tenebroso lleno de secretos que evoca toda una historia de maldad, narrada a través de una trama fragmentada en la que entran en juego elementos de found footage, que reaparece en algunos de sus segmentos temporales que enriquecen la perspectiva de la maldición que pesa sobre la casa. Usualmente, una película de bajo presupuesto corre el peligro de caer en la suspensión de la incredulidad, pero esta logra sobreponerse gracias al cuidado en detalles como el diseño de sonido, la caracterización de la bruja y la dirección de Aaron Fradkin, quien también coescribe el guion, usando trucos básicos pero muy efectivos para lograr secuencias tensas y perturbadoras. Su mayor problema es que su tramo final no está a la altura de los escalofriantes segmentos de apertura, pero es difícil obviar la sensación de incomodidad y horror.
Programa doble: Whisper of the Witch (2024)
El cine de terror ruso siempre es un arma de dos filos, ofrecen grandes fotografías, iluminaciones coloridas y una atmósfera interesante, pero parece que hay alguien en postproducción que edita todo para dejarlo de la forma más genérica posible, con sustos de garrafón etc. Sabiendo estos problemas, Whisper of the Witch es un visionado agradable, con algunas imágenes macabras, como el uso de polillas en goteras de sangre, que enriquecen su plantilla de terror postconjuring, con antiguos sacrificios, fonógrafos con sonidos malditos y un enfoque de investigación que siempre mantiene el interés, además tiene una bruja y eventos del pasado que la emparentan con Bezeel, pero en general solo es recomendable para muy completistas.
24-Heretic (2024)
La última carta sobre la mesa de A24 de este año es un agudo thriller de horror religioso que funciona como un engranaje perfecto. Hugh Grant da escalofríos como ateo obsesivo haciendo mansplaining a dos mormonas, acompañado de un guion lleno de sorpresas e ideas brillantes. Sorprende que lo nuevodel dúo Scott Beck y Brian Woods fluya de forma tan ágil cuando su base central son largos diálogos, explicaciones pedagógicas e incluso dilucidación teológica pura. Parte de su truco es una planificación en la dirección muy variada y precisa coronada por una gran fotografía. Parte de ese show de Grant puede hacer pensar que sea la película la que quiera que nos riamos de los creyentes con él, pero son más bien maniobras de evasión para despistar la atención a detalles a priori menos relevantes del guion plantados y que siempre tienen correspondencia. Y es que, en el fondo, no es tanto una película sobre la fe como sobre la arrogancia, la necesidad de probar a otros nuestro punto de vista a cualquier precio para demostrar que tenemos razón. El villano resulta más un gilipollas engreído que un psicópata inquietante.
Sin embargo, Heretic tampoco es un film diseñado para cambiar el género, hay lugares comunes, pero los resuelve con decisiones inesperadas que para nada son lo previsible, de hecho, no cae en la típica confluencia de acontecimientos que llevan a la construcción de la "final girl" arquetípica. De hecho, su criticado tramo final es una coherente alusión a la bajada a los infiernos que proponen las religiones expuestas en cuestión y su ambigüedad en sus momentos finales resulta en una coda elegante, sabiendo cómo hacer reaparecer, repensar y hacer florecer conceptos que antes ha dejado caer. Cuanto menos se sepa de ella mejor, pero hay palabras clave que ya forman parte de su identidad, como Monopoly, Radiohead o Jar Jar Binks. Es, en cierta forma, una buena evolución natural de la propia Haunt (2019) de los mismos directores, su primera e infracomentada película.
Programa doble: Y2K (2024)
Este ha sido el año en el que A24 ha confirmado su nueva línea de cine más abierto a un público menos preocupado por las tipografías cuqui que por las palomitas, una disposición a entrar en la carrera por la taquilla que lleva incluso a las comedias de terror como The Front Room y esta. Si Heretic podría haber sido un producto de la Blumhouse más preocupada por los autores, Y2K se sumerge del todo en el producto nostálgico que recupera el humor post American Pie (1999), no sin razón, ya que está ambientada en el final de los 90, y propone qué pasaría si hubiera habido efecto 2000. El resultado es desigual, pero muy divertido, más sangriento de lo que se podría presumir, proponiendo un Maximum Overdrive (1986) o Chopping Mall (1986) en clave atolondrada, incluso con un épico cameo de Fred Durst y un jukebox de canciones de la época para enmarcar.
23-Oddity (2024)
Aunque siempre la etapa de Halloween tiende a borrar las huellas trazadas por el género durante el año, en 2024 hubo una explosión veraniega de tal envergadura que hizo que películas como Oddity quedaran algo eclipsadas por otras más esperadas o promocionadas, como Longlegs o Alien: Romulus, sin embargo, la crítica americana la abrazó como el gran fenómeno inesperado de la cartelera, tras venir con los galones de distintos festivales. Quizá esa mirada abierta a una producción tan pequeña y minimalista se deba a una saturación de estrenos cortados por códigos similares y acabados cada vez más parecidos, pero lo cierto es que la modestia de Damian McCarthy acaba dejándose ver más de lo que sugiere el enamoramiento del Tomatómetro. Es cierto que hay un gran salto frente a su anterior Caveat (2020), pero quizá le falta todavía un poco de músculo técnico, en sencillos detalles como el montaje o la música, sorprendentemente proclive a subidas de volumen poco elegantes y no muy bien masterizadas. Pero quizá esos detalles puedan pasarse por alto gracias al espíritu de la película, una especie de viaje al pasado en el que las películas de terror tenían fantasmas vengativos de antaño, hechizos y tiendas de antigüedades con objetos malditos.
Cuanto menos se sepa de Oddity mejor, pero tampoco vayamos a esperar giros que cambien las reglas, sin embargo, sí que hay cierto juego con la cronología y las elipsis que convierten una historia bastante simple en algo bastante refrescante. El material de la historia tiene el ADN de los cómics Warren y las películas Amicus impreso en cada fotograma, y cuando decide volcar la tinta hacia los aspectos más góticos se convierte en una delicia de pasillos vacíos, ruidos al fondo, tablones chirriantes y siluetas en los márgenes a la que es difícil resistirse. McCarthy sabe cómo recoger una nueva luz desde lo arquetípico y su pequeña película no es tan sencilla de alinear con las tendencias actuales, pese a caminar por terrenos sobrenaturales familiares. Con su extraño maniquí de madera, que parece una recreación del de la olvidada The Fear (1995), añade un toque extraño y retorcido, pero no es el elemento principal de la trama. En sus momentos de interacción con el público tiende a los jumpscares de barraca, algunos más elegantes que otros, pero también atiende a la atmósfera y la localización por que las fuerzas acaban equilibrándose en una propuesta muy simpática, que quizá se alarga de más, pero aun así supone un complemento de vieja escuela para la gran alineación de títulos de este año.
Programa doble: You’ll Never find me (2023)
Un realmente impresionante debut a nivel de dirección que sabe sacar oro de un emplazamiento y dos personajes sin ser la típica película barata que utiliza una sola localización porque no parece poder hacer mucho más. Una situación de status quo entre una mujer que debe entrar en la casa de un hombre solitario que genera una tensión creciente que por momentos parce moverse entre la propia Barbarian (2022) y Death and the Maiden (1994). La diferencia es que aquí hay una construcción de atmósfera minuciosa, densa y con un diseño de sonido apabullante que parece continuar el gran trabajo de su pareja de directores, Josiah Allene y Indianna Bell, en sus cortos previos. Con ecos del viaje surreal de Maniac (1980) y una creatividad en la puesta en escena inusual, la película podría volar muy alto pero su limitación acaba por crear ciertas reiteraciones que se habrían solucionado con un afeitado en la sala de montaje, con todo, un tremendo ejercicio de estilo que debería pone todas las miradas en lo próximo de este dúo creativo australiano.
22-Immaculate (2023)
Resulta ineludible el inaudito parecido entre The First Omen e Immaculate, con una serie de coincidencias que convierte a una en un reflejo de la otra, especialmente por una gran diferencia entre ambas que las hace complementarias. Son el programa doble del año, pero es imposible negar que la película de Arkasha Stevenson es muy superior. Lejos de relegar esta como un acompañamiento de la anterior, sí que merece su propio espacio, entre otras cosas por el milagroso bautizo de sangre de Sydney Sweeney para convertirse en Scream Queen con un cambio de registro radical. Aunque acudió al casting en 2014, el proyecto nunca se materializó, con lo que ahora, con su éxito personal, pudo permitirse ser la productora, así que compró el guion y levantó la película ella sola, y lo ha hecho por la vía del nunxploitation con pedigrí europeo, en el que se atreve hasta con texturas de extremismo francés. Nadie imagina hasta donde ha llegado la actriz, especialmente en su tramo final, que es algo tremendamente impactante y blasfemo.
Sigue todas las claves del terror religioso reciente pero lo lleva hacia un thriller de misterio muy oscuro con ribetes de horror italiano, con un impresionante banda sonora que se adelantó a It’s What’s Inside en el uso de la pista de La Dama Rossa Uccide Sette Volte (1975), y diversos códigos del gótico tradicional en conventos malditos, donde no faltan monjas creepy. Hay momentos que parecen de Hermana Muerte (2023) porque tenemos iconografía católica corrupta, conspiraciones, asesinatos y secretos al estilo La Residencia (1969), sensualidad con ecos a Walerian Borowczyk y una regresión primordial de la actriz que recuerda al cine de Bustillo/Maury. Combina la idea del sufrimiento de la doctrina católica con pasajes de body horror adelantados en propuestas como Saint Maud (2020), rescatando y adoptando tendencias del "horror anticonceptivo" de gestaciones tortuosas que son tendencia. Reincide en recursos vistos en conventos de cine pero coincide con la visión de las lavanderías de The Devil's Doorway (2018) (esas catacumbas) y también hay rastro de las sectas intra-eclesiales de La Casa Sin Fronteras (1972) y sus "métodos" extremos de proselitismo. No reinventa la rueda del terror religioso pero fluye ágilmente, y deja abiertos flecos de dualidad sobrenatural interesantes en una duración de sólo 89 minutos llenos de planos concebidos con un belleza macabra.
Programa doble: The Exorcism (2024)
El terror religioso no deja de aparecer en pantalla y el lío con Russell Crowe y su The Pope’s Exorcist(2023) y esta peli rodada en 2019 es lógico, pero ni es una secuela, ni tiene nada que ver con los clásicos exploits del género, más bien es una reflexión meta del subgénero que se adelantaba a la explosión de títulos de estos años. Sin ser una obra verdaderamente destacable, si está lejos de muchos de los peores ejemplos de su subgénero, o al menos es un interesante anexo al rodaje de The Exorcist (1973) y su película dentro de la película prácticamente es la de Friedkin, desde su trama hasta la reproducción de los escenarios, iluminación y puntos clave meta que los fans reconocerán. Pero la historia solo tiene sentido entendiendo el drama del alcoholismo del actor Jason Miller ya que la película la dirige su hijo, Joshua John Miller, y Crowe es el alter ego de su padre y asemeja la posesión a la caída en picado en la adicción en el rodaje de una película de terror, casi el equivalente a Shadow of the Vampire (2000) del cine de posesiones. Solo para muy fans del clásico y su intrahistoria.
21-Smile 2 (2024)
La idea de una maldición maligna sobre una superestrella del pop estilo Taylor Swift es una genialidad, pero Smile 2 quedó algo por debajo de sus posibilidades, pero de igual forma, es una modélica y divertida secuela que aumenta con lupa pero no expande los aciertos de la primera, trasladando la maldición a una víctima insólita, interpretada aquí por una impresionante Naomi Scott. Calca la estructura de la primera cambiando a la víctima de la maldición, haciendo que el proceso sea mucho más arriesgado y con mayor escala, aunque el fondo sea el mismo: cómo la presión laboral y social del día a día genera una imposibilidad de parar y tomar un respiro. El director Parker Finn utiliza una mayor partida de presupuesto para mostrar su precisión en el movimiento de la cámara, con una puesta en escena musculosa, dinámica, virtuosa y precisa que no es capaz, sin embargo, de orquestar escenas de miedo con la habilidad invisible de la anterior sugeridas por sus reglas en el camino. Por ejemplo, su primera escena es un alucinante plano secuencia que juega con todo lo aprendido en la anterior en una explosión de acción y violencia que el resto nunca supera.
La sonrisa como elemento escalofriante empieza a sufrir cierto agotamiento al aumentar en número su aparición, un mal pasable si tenemos en cuenta los atrevimientos de violencia gráfica en una película destinada a atraer a las salas al gran público. La apuesta de Paramount por el terror adulto sin renunciar al evento festivo y truculento no deja de ser bienvenida en un mercado disneyficado, y a cambio de esa reproducción de momentos familiares hay una disposición frontal a los momentos de impacto, que se suceden con más dinamismo, dando una vuelta de tuerca hacia la mitad que hace que la película coja revoluciones y se convierta en una frenética carrera sangrienta que hace del humor negro y sarcasmo de la primera algo más evidente. La autoexigencia a cualquier precio, la sonrisa de cara a la galería mientras la mente se ahoga es una idea que dinamita los dogmas sociales neoliberales y retrata un mundo superficial basado en la imagen, el cuerpo normativo, y la factura mental que hay que lidiar en silencio... La falta de riesgo no convierte a Smile 2 en un evento menos interesante para el cine de terror de gran estudio, sino que demuestra que las grandes sagas sin remilgos en el gore y despiadadas con sus personajes, como Final Destination, tienen su mejor heredera aquí.
Programa doble: Street Trash (2024)
En la categoría de secuelas innecesarias pero que resultan estar bastante bien llega esta especie de historia paralela del clásico de los 80 del pringue y el mal gusto que sucede en Sudáfrica. En realidad, el título es una excusa del director de Fried Barry para volver a sus chistes internos y humor de fase anal pero con mejores gags y más ritmo que su anterior gamberrada, con un tono, eso sí, bastante respetuoso con la original, que tenía grandes hits escatológicos como el pene volante, que encajan muy bien con las intenciones chabacanas de Kruger. Ahora lleva el espíritu VHS del clásico a una revuelta urbana a medio camino entre Jim Van Bebber y la Troma, donde caben aliens primos de los Feebles, guerrillas Carpenter entre Escape from New York (1981), They Live (1988) y Acción Mutante (1993), bromas chuscas, parafilias repugnantes, tiroteos, explosiones y muchas, muchas personas derretidas con fluidos, viscosidad, litros de leche y moco de colorines. Toma tiempo sintonizar con su particular grupo de personajes, pero su batalla épica de mendigos contra una gran corporación, rodada en 35mm es buen cine punk para desatascar de tanto corsé de cine pautado con lógica y cabos cerrados, frente a body horror de látex, surrealismo y mal gusto al servicio de una sátira de las secuelas del apartheid con más puntos en común con District 9 (2009) de lo que parece.
Un nuevo cambio de año y un nuevo repaso a lo que dio de sí el cine de terror y sus títulos más relevantes durante sus 12 meses. Seleccionamos nuestras veinteséis películas favoritas estrenadas comercialmente durante el año 2023 y comentamos por qué creemos que merecen estar en una selección de imprescindibles.
Tras un año plagado de títulos como 2022 era esperable que el género redujera algunas marchas en la siguiente temporada, pero es difícil hablar de un mal año cuando se acaban quedando fuera decenas de títulos. De hecho, en su recta final ha tenido algunos estrenos memorables que nos recuerdan que no se debe cerrar el telón hasta las últimas semanas. El terror ha hecho acto de presencia en numerosos estrenos de la gran pantalla de formas muy variables, de los monstruos de Guardians of the Galaxy 3, deudora de La isla del Dr. Moreau, a los apocalipsis con giro de Shyamalan en Knock at the Cabin, las barreras del género siguen deshilachándose y hasta nos hemos atrevido a subir al podio una obra de género mutante, pero esperamos que encontréis el tiempo para leer las razones.
Han quedado fuera estrenos competentes que misteriosamente han tenido más presencia en España que en otros países, como The Piper, nueva variación de las partituras malditas con el último trabajo de Julian Sands a The Offering, una pesadilla de judíos ortodoxos que funciona como curiosidad. 2023 también ha sido un año de explosión en el cine de género en España, lamentablemente un esfuerzo pocas antes visto en el país que parece darle la razón a los que no se atrevían con el terror en las reuniones de financiación, porque no es ya que pasen desapercibidas, es que se reciben con peores ojos por su procedencia. Con todo, son un buen puñado de esfuerzos muy competentes que merecían tener su representación adecuada. Ha habido muchos monstruos gigantes, muchas monjas terroríficas y exorcistas en la gran pantalla, secuelas y recuelas de clásicos, y alguno de los slashers más marranos que se recuerdan en años. Un menú espectacular que desgranamos título a título.
26- Baby Ruby (2023)
Una nueva variación del cada vez más diverso subgénero de terror anticonceptivo, en su variación de los primeros meses de crianza de un bebé, que podemos contar desde The Unborn (1991) hasta la miniserie The Baby (2022) y, aunque en este caso hace muy buena pareja con la pequeña False Positive (2020), con la que comparte un negrísimo sentido del humor. Aquí tenemos a la actriz francesa Noémie Merlant haciendo de Jo, una influencer que tiene un bebé con su esposo Spencer, un adecuado Kit Harington, cuya madre Doris (Jayne Atkinson) es la clásica suegra entrometida. Jo tiene éxito con su videovlog "Love, Josephine" en el que presenta su envidiable y lujosa vida como una mujer francesa en Estados Unidos. Allí conecta con una pandilla de mamás primerizas en una boscosa zona rural del norte del estado de Nueva York, pero Jo encuentra que su hija Ruby no se parece ponérselo tan fácil como los bebés de los demás y acaba condicionada por sus lloros constantes mientras los cochecitos de sus amigas son silenciosos, además, la pequeña muerde. El debut como directora de la dramaturga Bess Wohl mezcla thriller de horror surrealista con sátira feminista y un estudio subjetivo de la depresión posparto que funciona como una inmersión en ese estado de ánimo como pocas veces se ha puesto en pantalla.
Reflejando cómo los cuidados de un bebé pueden abrumar y sus efectos no son iguales en todas las mujeres, reflejando de forma siniestra las diferentes presiones sociales sobre las madres para que acepten las cargas de la maternidad como una experiencia privilegiada. El enfoque de Wohl es más sagaz de lo que parece, y por cada aspecto de la lactancia que se intenta romantizar, tiene una coda corrosiva, ya sea los intentos de la abuela por ayudar, amamantando al estilo Hereditary (2018) a la posición del hombre ante los cambios, algunos momentos cotidianos se convierten en pesadillas y gags como el del perro o la olla son tan negros que hacen llevarse las manos a los ojos. Pero el humor no difumina la sensación de inquietud que se acumula en Jo, de hecho, ponen perspectiva a las expectativas sobre las mujeres. Hay elementos reiterativos, como los llantos, que se hacen parte de la banda sonora, aumentando la claustrofobia y la angustia hasta quedar exhaustos como la protagonista, nos guste o no, elevando la sensación de posible fractura mental, con buenos momentos de horror como las visiones de Jo de su propio cadáver desnudo, y la paranoia propia de Rosemary’s Baby (1968) sin llegar nunca a sugerir lo diabólico, pero dotando de todo lo que necesita la película para entrar con honores en la selección House of Psychotic Women de Kier-La Janisse.
Programa doble: El cuco (2023)
El cine de terror español de este año está lleno de propuestas sobrenaturales que hace unos años eran impensables. En este cuento de hadas oscuro y perverso sobre la crisis de la mediana edad se llevan los rituales de intercambio a lo Hereditary al terreno de thriller noventero, rescatando la idea de los cucos de nuevo y aplicándola a una pareja castiza combinando elementos de brujería, folk horror y apps de intercambio de pisos. También se toca el embarazo, la paranoia de la madre y otros temas que seguimos viendo como punto de partida en estos años. Tiene un par de secuencias realmente enfermizas relacionadas con rituales y ocultismo que nos hacen replantear algunas de los diálogos que han tenido lugar en los primeros compases y un giro loquísimo e inesperado que entra en el terreno del disparate pero hace del conjunto un todo muy divertido.
25- Re/Member (2023)
Esta pequeña locura de Netflix es un slasher sobrenatural con bucles temporales mucho más generoso en muertes ocurrentes y sangre que Happy Death Day (2016), y aunque ambas puedan relacionarse, el manga de 2013 que inspira la presente lo hizo antes. Además, la película de Blumhouse no era el primer cruce entre Groundhog Day (1993) y el slasher, sino que otras como Camp Slaughter (2005), Salvage (2006) y Haunter (2013) probaron la idea. Aquí la forma para salir de la paradoja temporal es encontrar las piezas del cadáver de una niña de 8 años que fue brutalmente descuartizada treinta años antes, lo que da lugar a una clásica ficción de juego mortal, en la línea de Gantz y similares, que se ha hecho común en los productos juveniles violentos japoneses, con unas reglas claras y un esquema que se repite, y aquí el gancho es que los diversos miembros del grupo comiencen a recordar y dejen de lado sus diferencias, mientras les persigue un fantasma-criatura grotesco, con una boca al estilo de los vampiros de The Strain y un diseño inusual, propio de nuevos monstruos de internet dibujados por Trevor Henderson.
Al principio de la película hay visiones dignas de Junji Ito y no hay que olvidar que el autor de moda del manga de terror también tiene un estilo dirigido al público joven. Re/Member no deja de ser otra variación de terror de la idea de The Breakfast Club, con distintos estereotipos de instituto haciendo sociedad, como The Faculty, Detention of the Dead y, sobre todo, Detention (2011), otra película de culto también con viajes en el tiempo, bucles, paradojas, y asesinos. Aquí sus hipotecas al público juvenil rebajan el resultado, y sus bloques de amistad ingenua, sentimentalismo y romance con música cursi, en cierto modo son inherentes a una ficción con espíritu shōjo, pero también le dan un contraste muy chiflado cuando aparecen estudiantes partidos en dos cada poco tiempo. Por mucho que moleste su parte más ñoña, la idea de mezclar dos mundos y tonos distintos como el splatter y el culebrón adolescente es algo que solo podrían hacer los japoneses, y no es tan distinto a lo que convierte a un delirio como Hausu (1977) en cine de culto, y al final del día lo cierto es que el catálogo de muertes es mucho más generoso y salvaje que el de producciones de hype trasnochado como M3GAN (2023). Que Re/Member se haya zarandeado en pos de la comedia de viajes en el tiempo con asesino sin gracia, sangre ni muertes de Totally Killer, resulta sintomático.
Programa doble: Fenómenas (2023)
La apuesta de Netflix por el cine de terror de todo el mundo ha tenido muy distintas encarnaciones este año, cine taiwanés, indonesio, coreano y… español. El sobrenatural patrio ha vivido una explosión sin precedentes en 2023 y esta recreación del grupo Hepta real merece ser rescatado por su cuidado de personajes y cariño por el trío de señoras castizas que investigan lo sobrenatural en el Madrid de los 90. Casi adelantándose a lo que ha sido El otro Lado, es menos comedia de lo que aparenta y tiene sus momentos de terror, aunque no tan intensos como la serie de Berto Romero. Con un poquito más de mimo en las atmósferas podría haber sido un título a destacar este año, pero su idea merece la pena que no caiga en el olvido.
24- Ashkal (2023)
Esta película africana puede ser el estreno de horror más desapercibido del año, con una distribución anecdótica en salas que no ha tenido una continuidad ni siquiera en plataformas. También es una de las películas de género más elusivas para los aficionados, ya que su aparición en festivales y salas fue enmascarada como thriller político, aunque en realidad estamos ante todo un relato gótico postmoderno sobre inmolaciones en una Túnez fantasmagórica y liminal, rodada con una elegancia hipnótica e inquietante en la tradición deKiyoshi Kurosawa, con algunos detalles de la trama que hasta coinciden con Cure (1997). Sin embargo, Youssef Chebbi no presta tanta atención a la investigación policial en sí misma, que podría ser un capítulo de X-files, sino a detalles como el paisaje arquitectónico de edificios todavía en su esqueleto y nichos sin terminar, cemento y vacío como representación de una ciudad abandonada y con un pasado terrible que aún la embruja. Ashkal desarrolla un misterio más a modo de autodescubrimiento de la protagonista y otros personajes que como solución, abriendo la puerta a una atmósfera de frecuencia murmullante, elipsis silenciosas que siembran el fuego del pueblo sobre las cenizas de la revolución.
La historia utiliza un supuesto fantástico de personas que deciden prenderse a sí mismas sin un motivo aparente para abordar la naturaleza de la rabia y el dolor asociado a las inmolaciones reales del 2010, explorando su significado social y su expresión desde un ángulo sobrenatural que se torna en metafísico, como contrapunto a un legado corrupción policial que hace aflorar el trauma colectivo de un país asolado por las crisis. El enfoque, sin embargo es de cine de terror, tanto en su lenguaje visual como en el uso de una música desasosegante que podría acompañar perfectamente a It Follows (2014). Singular y paciente en su desarrollo, Ashkal es una pequeña obra independiente de ritmo aposentado que alberga algunos de los instantes más hermosos y siniestros del cine fantástico de este año, recordando tanto a algunas producciones orientales como a cierto horror Kafkiano y político reciente como The Antenna (2019) y algunas piezas eslavas de los 70 cargadas de metáfora histórica.
Programa Doble: Naga (2023)
Un rarísimo thriller de Arabia Saudí, que no es tanto una película de terror como un viaje psicotrópico deudor de The Trip (1967) de Roger Corman, en el que percibimos la realidad según la percepción alterada de su protagonista, en un mal viaje cuenta atrás donde todo el punto de vista está aberrado como el de Fear and Loathing in Las Vegas (1998) y es extremadamente amenazante para la mujer. Una persecución que llama la atención por el protagonismo de un camello monstruoso que reta a las mejores películas de terror animal de los últimos años, dando un uso a esos elementos que certifica su lenguaje como una perfecta herramienta para mostrar brechas de género en cualquier cultura.
23- Meg 2: The Trench (2023)
Una triple sesión de pipas con más tiburones, monstruos, catástrofe, aventura submarina y circo de acción imposible. Exactamente el espectáculo idiota, macarra y trepidante que muestra su tráiler: un mojito de serie B con repelente de snobs que parece la versión cara de una epopeya de Asylum, con complejo de secuela de Fast & Furious. Ben Wheatley deja claro su tono en su secuencia inicial, convirtiendo el Under Pressure de Aftersun en una broma macabra que muestra el descaro carente en la inferior primera parte. Como aquella, el mayor pecado es su calificación PG-13, la falta de sangre y tono indisoluble de su target primario, el público chino. Está secuela es como una versión con vitaminas de las abundantes películas de monstruos gigantes que aparecen cada año en ese mercado. Su premisa repasa Jaws 3D (1983) y la lleva a una exploración submarina que habría firmado el Juan Piquer Simón de La Grieta (1989), convirtiéndose en una hora de escape del Poseidón con peleas de menú de héroes de videoclub que nos hacen olvidar de los escualos gigantes con ritmo apisonadora. No tiene la clásica estructura de película de tiburón asesino, y prefiere jugar a ser una 20.000 metros de viaje submarino con trajes como los de Aliens (1986), en modo misión de Voyage to the Bottom of the Sea (1964-68) con fauna y flora desconocida y peligrosa.
Wheatley consigue comprimir la narración de al menos dos blockbusters diferentes en menos de dos horas sin que nada parezca apresurado. En una época de estrenos que desafían vejigas, la concisión directa a la diversión resulta irresistible a pesar de su guion cochambroso. Los efectos varían de lo pasable a criaturas que mejoran lo visto en Jurassic World: Dominion, pero el acabado pasa a un segundo plano cuando cada escena busca sistemáticamente regalarnos el más difícil todavía, convirtiendo a Jason Statham en un rejoneador de escualos gigantes. Cine para dejar el encefalograma plano, y nunca busca otra cosa que lo inverosímil por bandera. No aspira a mucho más que las producciones de tiburones gigantes del canal SYFY, codificadas como una buddy movie de Statham, una especie de Hobbs & Shark que lleva la expresión “saltar el tiburón” de vuelta a sus orígenes con Fonzie y Ron Howard, solo que aquí es un megalodón. Es la película más disfrutable del director de Kill List (2011) desde aquella, y aunque sea un encargo vuelve a su personal mezcla de géneros totalmente distintos: donde antes mezclaba folk horror y thriller criminal, en esta cruza ciencia ficción de acción y el kaiju acuático. Una colección de disparates y frases lapidarias de chichinabo, pero tiene helicópteros, lanchas, explosiones y villanos devorados por monstruos como en los thrillers con ladrones y tiburones de Enzo G. Castellari. No va a cambiar el género ni falta que hace.
Programa doble: Sharksploitation (2023)
De la pobre oferta original de Shudder este año hay que destacar su potente colección de documentales, y este es uno de los mejores que se han hecho sobre un tema inabarcable como el cine con tiburones asesinos. Con una minuciosa exploración de los orígenes en el cine de aventuras, el punto de bisagra que supuso Jaws (1975) a la deriva de serie Z de Asylum, el recorrido está muy bien hilado y descubre títulos, rasca en tendencias y consigue ubicar su origen de forma precisa. Por ejemplo, localiza el boom del interés por los megalodones y estos hits de taquilla en un engaño de la Shark Week, Megalodon: The Monster Shark Lives (2013) un mockumentary que mucha gente tomó como real y debería reivindicarse como uno de los hitos del found footage de terror.
22- Deleter (2022)
El cine filipino de terror hace tiempo que dejó de ser el reducto de explotación de los 60-70 y ha entrado en una fase de estilización que cineastas como Erik Matti han llevado como respuesta al terror sobrenatural americano en títulos como Seklusyon (2016) y Kuwaresma (2019). Otras películas como Sunod (2019) y Eerie (2018) han sido pequeños éxitos allí y ahora el director de esta última presentó Deleter (2022), una historia de fantasmas muy tradicional que destaca por el tema concreto en el que ubica su historia. Antes de entrar en ella, volvamos atrás cinco años, cuando el documental The Cleaners (2017) reveló al mundo un problemático perfil laboral que pocos pensaban que existiera en el mundo real: los moderadores de contenido digital en Redes Sociales. Personas que trabajan llenando las 24 horas para garantizar que empresas como Facebook, YouTube, Google y otras plataformas no emitan contenido tóxico. Este puede incluir desde trolls, fotos o videos sexualmente explícitos, amenazas violentas y material gráfico que eventualmente puede entrar en el terreno del cine mondo. Muchos podríamos pensar que esto se gestiona con filtros automatizados por algoritmos, pero aún hay ojos humanos que deben visualizar, explorar y limpiar todo tipo de contenido y decidir “borrar o ignorar”. Esto, claro es un gran punto de partida para una película de terror con aspectos sociales incorporados.
Hay innegables influencias del cine japonés de los años 2000, pero el cine asiático de los últimos años resulta más empático con historias de injusticias sociales y la presión corporativa imperialista, concretamente en filipinas es un tema recurrente que pudimos comprobar el año pasado en Nocebo (2022), con lo que de nuevo aparece la idea de la explotación como verdadero horror detrás de los espectros. Deleter es casi minimalista en su presentación de los efectos psicológicos y traumáticos de observar violencia continuada, la protagonsita, Lyra, queda atrapada en su tristeza, tratando de mantener serena por fuera, pero acercándose a un punto de ruptura que se alimenta con el suicidio de una compañera debido a la naturaleza de su trabajo y el abuso que había sufrido por parte de su jefe. En esta escena se hace referencia a la muerte de Brian Velasco, quien se quitó la vida de manera similar mientras transmitía en vivo —en un vídeo que tuvo que ser eliminado en Facebook —, pero no es la única referencia al mundo real, como el caso de Elisa Lam. La película es explícita al mostrar algunos vídeos violentos, juega con la atmósfera y los ecos del creepypasta, acaba funcionando como una película de horror psicológico sobre la culpa, no muy diferente a las películas sobre “horrores laborales” de Brad Anderson, en especial a The Machinist (2004), lo que coloca al trabajo de Matti en ese poco habitual grupo de películas de género comprometidas que no esconden que tienen algo que decir ni se quedan cortas en elementos de impacto o sustos.
Programa doble: In My Mother Skin (2023)
El cine filipino no deja de estrenar cine de terror con acabados más que competentes, y en esta curiosa nueva revisión del mito del aswang hacen su propia interpretación de El laberinto del fauno (2006) ubicando su historia en la Segunda Guerra Mundial y las conscuencias de la invasión de Japón. Una constante presencia de cigarras, apariciones marianas kitsch, drama familiar, y un tono de cuento de hadas con gore que rompe súbitamente algunos de los muchos espacios muertos entre diálogos. Con una fotografía muy digna, buenos efectos especiales, algunos momentos visuales inspirados y una construcción de la atmósfera que abraza el terror gótico, podría haber sido una de las sorpresas del año, pero las interpretaciones no están afinadas y sus elementos temáticos zigzaguean al son de un ritmo letárgico. Con todo, merece destacarse como una rareza que hasta ha tenido buena aceptación en festivales.
21- Talk To Me (2023)
Esta sólida puesta al día del cine de espiritismo y Ouijas para la generación de los desafíos virales, con la posesión como alegoría de la droga y el angst adolescente, es bastante atrevida y oscura, aunque su collage bis de horror sobrenatural promete más de lo que termina dando. Sin duda una propuesta muy interesante, que merece estar dentro de lo mejor del año, con los hermanos youtubers RackaRacka sorprendiendo con una dirección bastante madura para un debut que, a pesar de ser muy pequeño, está mejor acabado y tiene que muchas más ideas que la media del cine juvenil de terror USA, con algunas escenas de impacto que entran entre lo más angustioso visto en esta temporada. Su secreto no llamar la atención al utilizar retales de éxitos recientes, desde Insidious (2010), It Follows (2014), Smile (2022) o Aterrados (2017), para construir una mitología propia que funciona y da para una franquicia, aunque en esta primera entrega nunca llega a explotar todo su potencial. El guion lanza un órdago en su primera mitad, atreviéndose con ideas que nunca aparecerían en una película de gran estudio, para finalmente decantarse por un enfoque psicológico más melancólico y genérico, acorde a otras variaciones de la historia de La pata de mono entre las que se cataloga sin ninguna duda.
La propuesta de los hermanos Philippou se siente fresca porque sabe conectar con la personalidad generacional del presente, ubicando su punto de partida en ideas propias de creepypastas estacionales que se dan por hechos en su universo de adolescentes que viven en los móviles. También está llena de recursos y movimientos de cámara interesantes, aprovechando muy bien sus medios, pero también tiende a caer en lo cursi en momentos concretos, especialmente por el efecto de una banda sonora que se deja llevar por el sentimentalismo ordinario. Lo mejor de Talk To Me son sus apariciones y el imaginario de horror paranormal que despliega, que funciona y se construye alrededor de una mitología sencilla, que parece una corrección de los juegos de posesión juveniles de Head Count (2018), e incluso en su segunda mitad deriva en algo más similar a Verónica (2017), cambiando la Ouija por una mano maldita y una adolescente acorralada por sus circunstancias en la irrupción de lo sobrenatural. Si no está a la altura de sus propias expectativas es porque su final resulta abrupto, da la impresión de que faltara el clímax de un tercer acto que se queda con ganas de continuar. Con todo, plantea mejor el duelo adolescente por la madre muerta que la reciente The Boogeyman, pero al final tenemos dos obras en el mismo año con la misma adolescente deprimida, el mismo conflicto y las mismas metáforas a través del monstruo. Ya toca ir renovando la plantilla.
Programa doble: It Lives Inside (2023)
Una colisión perfecta entre un capítulo de Never Have I Ever y Goosebumps que lleva la mitología hindú a institutos de EEUU con influencias de J-Horror, cine juvenil y el ingrediente básico de una Creature Feature decente: un buen monstruo de FX prácticos. No llega para cambiar el género, pero saca cierto músculo al compararse con superproducciones de terror con las que coincide en numerosos detalles, como The Boogeyman. Los ritos familiares y religiosos de comidas y ofrendas para enfrentarse al monstruo tienen una peculiaridad estrafalaria y Megan Shuri hipnotiza.
20- La piedad (2022)
Esta tragicomedia de horror psicológico pop sobre madres terribles y síndromes de dependencia tóxica de Eduardo Casanova merecía algo más de atención este año, o al menos no merecía el odio por cierta parte del fandom. El autor continúa con su cine-provocación lleno de mal gusto y estética chicle, sin embargo, con todo lo desagradable o cuqui que parezca, nada de lo que aparece en pantalla está puesto sin una intención, o más bien sin una concreción milimétrica. Casanova consigue convertir la subversión en gags y su cuidada estética en una trampa mental, casi una obra de teatro con escenarios simplificados hasta el abstracto, pero al mismo tiempo con cada detalle bajo control. Su minimalismo es deliberadamente simple, con colores grises y rosas en contraste con una iluminación casi clínica y su estética sirve para definir la forma en la que asimilamos lo que nos presenta en pantalla, desde números musicales orientales a gore explícito, desnudez gráfica y aspectos impactantes como el suicidio, el cáncer o el infanticidio.
Más aguda, ágil y menos episódica que Pieles (2016), consigue eliminar la sensación de antología de cortos que tenía aquella, narrando la trágica historia de Mateo, un joven que vive con su madre, una Ángela Molina que es todo un espectáculo como Libertad, una encarnación del narcisismo y la manipulación llevado a extremos de comedia negra verdaderamente cáustica, llena de situaciones tan divertidas como escalofriantes, casi de risa nerviosa. En parte una historia de terror doméstico y en parte un melodrama enfermizo sobre la obsesión y la codependecia, La piedad se expande a lo más extraño cuando se introduce el tema de Corea del Norte como metáfora, el miedo y la devoción como una relación marcada por un temor irracional que presiona las mismas teclas. La escatología habitual de Casanova pasa aquí a escenas explícitas, como ese parto grotesco propio de la película Xtro (1982) o Society (1989), que converge en nueva perspectiva alegórica artie de “terror de autor”. Es divertida, enfermiza, salvaje y a veces pueril en su intento de epatar, pero también se sabe chabacana y no por ello es menos brillante. Un artefacto subversivo de comedia negra punk con el que el director logra incomodar y divertir. Algo único en el cine Español, pese a quien pese
Programa doble: La niña de la comunión (2022)
Otra muestra de género de cine español en un año de explosión. Esta fue un cuento arquetípico de fantasmas, con terror no muy intenso pero bien ambientado en la España de los 90. Con un reparto con gancho y lo cañí remando a favor, no es un mal reciclaje de Ringu (1998) o La llorona (2018) a la tradición confesional ibérica, con un punto de partida que recuerda a los eventos de uno de los crímenes más oscuros de la década, el asesinato de las niñas de Alcasser, como hacía la serie Paraíso, sin embargo no acaba centrándose en esos aspectos por su simpatía por sus personajes, que acaban siendo el gran descubrimiento de lo que podría ser una película de terror mucho más reseñable, pero con algunas ideas mejores de lo que sugería su título.
19- Unwelcome (2023)
Si Straw Dogs hubiera sido rodada por Charles Band en los 80 se parecería a esta comedia de terror irlandesa del autor de la infravalorada Grabbers (2012) de Jon Wright. Aquí se centra en una pareja que se muda a una casa rural en el campo irlandés, donde empiezan a sufrir fenómenos extraños al mismo tiempo del acoso de algunos de los lugareños, lo que resulta especialmente angustioso para ellos ya que la razón por la que han decidido cambiar de aires es un asalto doméstico bastante angustioso, que tiene lugar en su oscura introducción en la gran ciudad. Unwelcome juega con muchos de los tropos el género home invasion sin esquivar las sensaciones más incómodas de este, pero al mismo tiempo juega en el terreno de la comedia, quizá más por las reacciones de los personajes que por ofrecer una sucesión de chistes. El tono es similar al de un episodio de una serie juvenil de terror, pero introduciendo violencia e incorporando elementos de cine de fantasía oscura de los 80 de la casa de Jim Henson y Frank Oz, bajo el tamiz de un humor chabacano propia de propuestas splatter británicas al estilo The Cottage (2008) o Tucker & Dale vs Evil (2008).
Juega con la idea de propuestas divertidas y gamberras clásicas de películas de medianoche de festival, pero al mismo tiempo es constante con los temas de trauma de los personajes en una mezcla de tonos que quizá muchos encontrarán extraña, pero que lleva la marca de Jon Wright, quien era capaz de tratar el tema del alcoholismo con monstruos con gracia en su anterior película y aquí hace lo propio con los contrastes de la vida urbana y rural en la Irlanda, explorando aspectos de superstición e intolerancia y contrastando con la perspectiva urbanita. Pero lo bueno es que, aunque juega con todos esos elementos, nunca se le atragantan, y en su segunda mitad se entrega a los gags con sangre y el cine de muñequitos de la Empire, rescatando sagas olvidadas como Leprechaun, Ghoulies o títulos como Hideous, a los que le añade el sabor de las leyendas, la brujería y el folk irlandés relacionado con el intercambio, familiar a The Hallow (2015) o You Are Not My Mother (2022). Su puesta en escena denota muchos interiores que tratan de pasar por exteriores, y algunos desajustes de presupuesto que indican su esfuerzo independiente, pero los efectos de criaturas son alucinantes y su tercer acto es un festival de gore muy coherente con un estilo ochentero que no apela a la nostalgia sino al espíritu de diversión sin prejuicios.
Programa doble: There’s something in the Barn (2023)
Otra comedia de terror navideña heredera de Gremlins (1984) que no sabe si posicionarse en la gamberrada de medianoche o el divertimento familiar. Tarda en arrancar pero es simpática y con un humor con más mala baba de lo que parece. Los fans de Krampus (2015) encontrarán situaciones similares, aunque a veces quiere jugar al gore de sesión golfa y no termina de salpicar con toda la sangre que pudiera, pero se encuentra a gusto en una zona intermedia que tampoco hace daño.
18- Enys Men (2023)
Si Chantal Akerman hiciera una película de terror se parecería a esta obra de Mark jenkins. Lo primero que llama la atención de su Enys Men es que es como contemplar un episodio perdido de las adaptaciones de M.R. James de la BBC en los 70, solo que no hubiera sido emitido en su momento por ser un experimento formal radical en 16mm. El cineasta vuelve a su mundo de texturas y material cinematográfico obsoleto para crear la ilusión de estar viendo realmente una película de otra era, sin ninguna justificación más allá del juego de texturas. Los productores de Antrum (2018) podrían haberle pedido que Jenkin le hiciera su película maldita, porque habría colado. Es normal que haya creado rechazo, puesto que su trama es una repetitiva secuencia de rutinas de una botánica solitaria que observa la progresión del crecimiento floral en una escarpada isla costera, con una trágica historia de fondo que vamos descubriendo a base de pequeños flashes intercalados. Si hay una película de terror contemplativa es esta, pero nuestra posición externa nos permite familiarizarnos con los rituales, como cuando deja caer una piedra por un pozo, esperando oír su ruido lejano día tras día, sin cambios aparentes, pero una vez entras en su ritmo y las distintas variaciones en la repetición de tareas entendemos el poder maldito de una isla entrando en una hipnosis visual pura.
La dinámica empieza a requebrajarse con recuerdos que se cuelan como pensamientos intrusivos, a veces imágenes incoherentes, pero que insinúan detalles del pasado de la isla. Una placa "in memoriam" de marineros muertos, cambios de estación, una vía férrea casi enterrada y el accidente de un barco visitante. La flora le advierte de que sus recuerdos no son fiables y van y vienen al son de las mareas, piedras ancestrales, y apariciones de fantasmas que indican una atracción magnética de la tierra de puro folk horror y espectros del duelo que recuerdan a los compases del cine de Nicolas Roeg y su Don’t Look Now (1975), a la que se hace referencia a través del chubasquero rojo de la protagonista. Líquenes que van creciendo sobre heridas, conforme la atmósfera opresiva va entrando en la casa, casi como una versión más exquisita y cuidada de Shepherd (2021), también parece inspirarse en la historia galesa del faro que inspiró la película homónima de Robert Eggers. Enys Men es melancólica y oscura, críptica y con olor a sal, es la clásica historia de aflicción bajo el son del sonido del oleaje, que recuerdan a viejas producciones de la BBC que el propio director ha citado como influencias, desde The Stone Tape (1972), Requiem for a Village (1975) a Penda’s Fen (1974), invocando una sensación de verdadero horror telúrico que crece lento como la hierba pero queda pegado en recovecos de la cabeza.
Programa doble: Moon Garden (2023)
Sin parecerse demasiado a Enys Men, esta odisea fantástica en un mundo de pesadilla industrial, oscuro y surrealista está también rodada con técnicas que la hacen parecer de otra época, concretamente en película caducada de 35 mm con lentes antiguas, que se combinan con técnicas stop motion y efectos ópticos tradicionales. Producida por Oscilloscope Films, la compañía de Adam Yauch de The beastie boys, es una especie de mezcla de Labyrinth, Paperhouse y The Fall, con una niña queda en coma tras un accidente y entra en un mundo de sueños donde es atormentada por un hombre del saco de pesadilla que se alimenta de sus lágrimas. Una Mirrormask (2005) modesta, con influencias de Jeunet/Caro o Del Toro y algunos efectismos que dejan sabor agridulce. La niña debe seguir la voz radioestática de su madre para poder regresar a la conciencia en un angustioso viaje carrolliano multicolor y artesanal con un variado crisol de técnicas, para describir mundo imaginario que en sus mejores momentos parece recreado por Švankmajer, los Quay o Borthwick. Su problema es que las conexiones con el drama real son tan melodramáticas y repipis que deslucen un conjunto lleno de belleza macabra, que alcanzando varios momentos siniestros potentes, quedan algo perdidos en un drama real lleno de clichés.
17- Evil Dead Rise (2023)
Probablemente, la entrega más convencional de la saga, pero una que logra un gran carrusel de sustos y splatter que va de menos a más hasta un fantástico clímax que se hace esperar. Tomando buena nota de ideas de Rec (2007), como la grabación con sacerdotes, o Demons 2 (1986) y el cine indonesio, a efectos de continuidad, pertenece al mismo universo de la original, pero en realidad se mimetiza con cine de género estándar para perder algo de identidad por el camino, adhiriéndose de forma mecánica a tópicos del terror actual. Quizá el mayor lastre de esta secuela es que tarda en empezar a rodar en un primer acto largo lleno de lugares comunes recientes, metiendo con calzador dilemas de maternidad y familia accesorios propios de un guion coyuntural. Una vez logra dejar atrás el drama, es un crescendo sin pausa de gore y fuerzas del mal desatadas con alguna sorpresa, momentos de body horror afín a las creaciones zombies de Yeon Sang-ho y un uso del rayador de queso "creativo". Además de su parecido con Venus (2022), es una nueva adición al cine de terror en grandes edificios de apartamentos, también casi todas secuelas, desde Poltergeist 3 (1990) a la superior Satan's Slaves 2: Communion (2022). Algunos momentos claves en la saga se transfieren al entorno urbano, por ejemplo, cambiando las ramas diabólicas del bosque por cables en el ascensor, llevando el Lore kandariano de posesión a terrenos más transitados de cine de exorcismos católico, con tropos como síntomas más progresivos, uso de moscas como muestra del mal y las contorsiones óseas o la oposición arácnida para trepar en el techo, casi como una entrega de los Warren.
Lo que más destaca es el papel de Lee Cronin tras la cámara, definitivo para lograr imprimir dinamismo en todo momento a base de recursos como ángulos aberrantes, split diopter constante, distorsión, ojos de pez y una fotografía opresiva y lúgubre de Dave Garbett. Por otra parte, la banda sonora es estruendosa, abusa de efectos de sonido para acentuar cualquier movimiento como si fuera un susto, tiene subidas estridentes y en general tiende a arrear al espectador para reaccionar de forma condicionada sin respiro. El gran descubrimiento de la película es Alyssa Sutherland, puede que el deadite con más personalidad y energía de toda la saga, un espectáculo de saltos, muecas y un maquillaje mínimo donde la propia actriz es el mejor efecto especial. La vacante de Ash queda un poco desdibujada en el personaje de Lily Sullivan que, aunque logra sostener el pulso, no está del todo a la altura de la versatilidad y energía de Jane Levy, y acaba siendo una especie de sosias de aquella. Hay convergencias, referencias y homenajes a otras películas de terror, como una escena en particular réplica el baño de sangre de Jessica Chastain en It Chapter 2 (2019) o la mítica caída de chorros del ascensor de The Shining. Pero más allá de homenajes Raimi como productor sabe adaptar el título a las sensibilidades del cine de terror reciente incluso en pequeños detalles de diseño de producción como la forma triangular de su clásica cabaña en el bosque, al estilo de Gretel & Hansel (2020) o Midsommar (2019) y lejos de camuflar su inspiración se referencia en momentos calcados a otra película de Aster como Hereditary (2018), desde la madre asesina, los golpes con la cabeza a la planificación de sus apariciones.
Programa doble: Blood Flower (Harum malam, 2022)
Un festival de visiones macabras, criaturas, posesiones, exorcismos grotescos, babas, fetos devorados, infanticio y gore para un delirio torpe de horror malayo que recupera las charcuterías de los 80 de Shaw Brothers y Joe D'Amato en una visión alucinada y torpe proveniente de Taiwán. Siguiendo el punto de partida de un niño medium viendo movidas grotescas, todo funciona de forma episódica, con clips inconexos a cada cual más extraño. La película comienza como una de posesiones, que como en Evil Dead Rise, quedan en familia, y continúa como un paseo por una casa del terror con señoras embarazadas rajándose, otro fantasma comiéndose un bebé, vómitos en la boca, más niños muertos, monstruos en stop motion, más machetazos a embarazadas (con un cigarrillo en la boca), incesto, fraticidio , dimensiones paralelas infernales y una planta carnívora gigante en el centro de todo. Lo normal.
16- Horror in the High Desert 2: Minerva (2023)
El falso documental Horror in the High Desert, que exploraba algunos sucesos misteriosos en los rincones más rurales de Nevada, quedó algo desdibujado entre la oferta de terror del año pasado, pero los que la vieron seguro que no olvidan su escena final. Ahora, el prolífico director Dutch Marich ofrece un nuevo capítulo en su misterio del desierto reduciendo las partes de entrevistas y concibiendo largas secuencias found footage que logran algunas de las imágenes más espeluznantes del año. Algunos años después de la desaparición de Gary Hinge, su enigma atrae a muchos curiosos del true crime, hasta que otra chica llamada Minerva también desaparece. La secuela amplía la historia de la primera película y presenta las grabaciones de otros personajes que han corrido destinos similares en medio de la nada. En 75 minutos, la segunda parte es como un gran episodio de Unsolved Mysteries con escenas “reales” en vez de recreaciones. Entre la leyenda urbana y el documental, ambas películas mantienen el interés porque dejan en el misterio lo que realmente en la noche, dejando enigmas abiertos como dónde acaban los desaparecidos, de donde viene la extraña música que suena sobre la montaña o quiénes son las figuras que aparecen.
A diferencia de la alargadísima The Outwaters, Maritch adapta y comprender verdaderamente el tipo de atmósfera en la que se basan muchos creepypastas, como mostrar solo una pequeña cara de una historia más grande, enterrada bajo ocurrencias individuales, secuencias de video crípticas que muestran breves destellos de los últimos momentos de víctimas, dejando al espectador reconstruir lo que puede estar pasando, aunque lo único claro es que hay algo que acecha en la oscuridad. Haciendo uso del menos es más, basa sus instantes de más miedo en que la cámara es capaz de ver algo que el personaje no ve, además de cargar cada plano de algunas sutilezas de perdérselas si pestañeas, incluso algunas formas que no nos percatamos que están ahí hasta que se mueven. El resultado es una constante sensación de fatalidad inminente, rastros de maldad que solo se hace real en la oscuridad de las zonas más despobladas y aisladas, que trasforma los miedos subjetivos en una sensación de pánico, con mención especial para la escena del coche perdido en la inmensidad y los últimos quince minutos en el sótano de la cabaña desierta que abren un potencial universo de terror completamente nuevo para la franquicia, que tiene ya en camino una tercera parte. Si es tan fácil lograr lo que logra Marich, ¿por qué es tan difícil encontrar terror tan efectivo y epidérmico en el cine para la gran pantalla?
Programa doble: V/H/S/85 (2023)
Otra sólida entrega de la paulatinamente menos fresca antología de found footage, en la que destacan los segmentos de Scott Derrickson, que parece conectado con su universo de Black phone y Sinister, y el más corto del director de Hellraiser que une el resto de historias con más interés que la mayoría de piezas intermedias, a través de una paulatina transformación con ribetes body horror y reminiscencias lovecraftianas. El resto son inferiores, pero no tan infames como se ha comentado, aunque el nivel de la entrega 94’ queda lejos. No estaría mal que le dieran un par de años de descanso a cada una.
15- The Nun II (2023)
La Endgame del horror católico, una superior secuela que cambia la influencia de Fulci de la anterior por las conspiraciones a lo The Omen (1976), en la que una mitad es un slasher sobrenatural y otra ya directamente aventura con reliquias de poder, gore, levitación, sustos, combustiones y milagros. Probablemente el mejor spin-off de The Conjuring, lo primero que hay que afrontar es que el guion no es su fuerte, se echa de menos a Joseph Bishara y hay algunos frame-flashbacks para tontos innecesarios, pero como otros spin-offs de la saga, que ahora parece se juzgada con otro desdén diferente, la trama es una excusa para desplegar un sinfín de escenas de terror e imágenes de raíz ocultista. Ahora el Universo Warren es casi un equivalente de género a Marvel, tanto por su tono de tebeo de Marv Wolfman como por sus conexiones con la saga, además de entregarse ya totalmente a la acción y la evasión 100% lúdicas, incluso con referencias directas a Indiana Jones. Hay dos subtramas paralelas, una es una investigación de sacerdotes asesinados que rescata la premisa de The Unholy (1988) y la otra sigue la herencia de pelis con seres sobrenaturales en el internado femenino de filmes como Hasta el viento tiene miedo (1968) o The Woods (2006). Cuando ambas se unen todo se convierte en un puro carrusel de horrores, posesiones y distintas manifestaciones de Valak, que sorprendentemente no aparece mucho tiempo en pantalla, quedando su presencia como una huella en distintos lugares, incluso hay easter eggs escondidos con su nombre. Chaves también consigue que nos interesen más los personajes de la primera, dándole algo de esencia trágica a Maurice y proponiendo a Taissa Farmiga como una perfecta alternativa de Lorraine Warren. Storm Reid aporta carisma y hace una gran pareja de monjas detective con Sor Irene.
El director Michael Chaves ha perfeccionado su composición de escenas de terror, pese a que aún hay jumpscares, abundan más las sombras y siluetas, las apariciones al fondo y por el rabillo del ojo, las pareidolias y el punto de vista forzado jugando con la geografía. También hay algunas set pieces antológicas, desde la del kiosko, vista en el tráiler, a las que suceden en la escalera, la habitación de las cucarachas o la que tiene una muerte por monaguillo zombie y botafumeiro que gana el duelo de mejor arma homicida de 2023 al rallador de queso de Evil Dead Rise. Parte del mérito de sus escenas de horror está en la fotografía de Tristan Nyby, experto en gradientes de oscuridad tras la escalofriante The Dark and the Wicked (2020), quien logra atmósferas góticas más sutiles que en la primera, pero realzando la decadencia de las localizaciones. Chaves convierte la iconografía cristiana en mitología cinematográfica de fantasía, usando la imagen de la crucifixión, las vidrieras o el aspecto más turbio de los mártires para hacer literales los rituales de la liturgia y convertir la fe en un superpoder de cómic. Usa las reliquias como arma contra el mal al estilo Demon Knight (1995) y se une a la tendencia actual que convierte a sacerdotes y monjas en cazadores de demonios aventureros de tebeo, desde 30 Monedas a Prey for the Devil y The Pope’s Exorcist. En última instancia, The Nun II no rompe los moldes de la franquicia, pero demuestra que todavía tiene mucha diversión que ofrecer.
Programa doble: Consecration (2022)
Ahora que las posesiones y demonios en conventos están en su cénit, lo nuevo de Christopher Smith prometía surfear la ola, y quizá el recibimiento ha sido muy tibio porque sus implicaciones sobrenaturales son llevadas por caminos menos obvios. Sorprende el director con una notoria mejora tras The Banishing (2020) en la que regresa al cine de terror de sugerencia. Empieza como otras películas de investigación en abadía, jugando con elementos psicológicos y referencias a clásicos de terror religioso más pausados, como Black Narcissus (1947) o Matka Joanna od Aniolów (1961), con imágenes certeras de acantilados con religiosos cayendo o monjas en el suelo en extraños rituales. La resolución es la clave, llevando el evento de los milagros y la fe al terreno paracientífico, en un ángulo agnóstico frente al fundamentalismo coherente y que aplica un doble sentido a lo que hemos visto hasta el momento, dejando claro que la película tiene un motivo sencillo pero muy bien planteado y consecuente desde el primer minuto. Jenna Malone vuelve a demostrar que es uno de los grandes nombres del cine de género haciendo doblete este año en la curiosa Swallowed.
14- No one Will Save You (2023)
Seguramente la sorpresa de terror, por inesperada, del año. Aparecida de un día para otro en Hulu, esta serie B sobre una chica asaltada por aliens empieza como un home invasion y se convierte en una persecución sin descanso durante 90 minutos de tensión virtuosa... ¡Sin un solo diálogo! en los que pasa por todas la iteraciones posibles del cine de invasiones extraterrestres comprimidas en una sola persecución plagada de sorpresas, giros idas y vueltas. Pese a un cgi modesto y un final que dio que hablar, consigue ser una experiencia absoluta, como un repaso autoconsciente (casi) en tiempo real de lo que ha dado de sí el género, desde el seminal episodio The Invaders (1961) de The Twilight Zone al asalto de Close Encounters of the Third Kind (1977) el clímax de Signs (2002) hasta todo el cine de abducciones y secuestradores de cuerpos. Brian Duffield, guionista de Underwater (2020) vuelve a proponer una película contenida en sí misma, centrada en la peripecia minuto a minuto, en donde todo el peso cae sobre una prodigiosa Kaitlyn Dever, que son decir una sola palabra logra que comprendamos el conflicto de su personaje, aunque hay detalles algo baratos en su presentación, casi fotocopiada de la de Last Night in Soho (2021).
También se le puede achacar algo de exceso de efectos aparatosos en su tramo final que rompen con cierta sobriedad del conjunto, pero la conclusión deja mucho espacio para el debate y no es todo lo que parece. No deja de ser una evolución coherente de las propuestas de género con códigos young adult en donde siempre se ha movido Duffield, con el mismo encanto optimista de Spontaneous (2020) o su guion de Love & Monsters (2020), pero extendiendo su lado melancólico y oscuro, más generacional. Con todo, el principal recorrido de la película es de suspense y tensión, con algunos momentos de terror en la gran tradición de las películas de las que bebe. El hilo argumental es mínimo pero siempre rompe las expectativas en cada momento que esperas que pase algo concreto. La representación de los aliens es el clásico modelo Roswell, con un giro siniestro que se explota en los recovecos y emplazamiento de una casa de la suburbia aislada, lo que permite al director jugar con la profundidad de campo, las siluetas y figuras ocultas en el fotograma. No One Will Save You es una nueva oportunidad de ver cómo habría sido esa Night Skies, la secuela de terror de E.T. nunca realizada que se basaba en el encuentro "real" Kelly-Hopkinsville, que también ha inspirado películas como Critters (1986), Altered (2006), Extraterrestial (2014) o Devil's Gate (2017), entre otras.
Programa doble: Appendage (2023)
Hulu se ha convertido en una pequeña industria de talentos a partir de su muestra de cortos de Huluween, que ahora están trasladándose e en largos como Matriarch (2022) o Clock (2023). Pero esta Appendage también es una buena muestra de terror con mirada femenina, tratando temas en común aunque aquí la somatización de tensiones y la opresión toma formas más literales, al estilo de las excrecencias de The Brood (1979) pero dándose la mano con Frank Henenlotter y Bad Milo (2013) para conformar una sátira body horror con muñecos prácticos que, si bien nunca llega a desatarse, se sale de lo convencional no permitiendo que su premisa se estanque en una idea, con una trama que va tomando curvas y avanzando hacia lugares inesperados.
13- Skinamarink (2022)
Aparecida en 2022 en el circuito de festivales, fue una de las sensaciones inesperadas del Fantasia y solo el tráiler ya ponía los pelos de punta. Sin embargo, poco después de su presentación en la sección online del festival de Molins en Filmin, la película se eliminó del catálogo. Una filtración indeseada hizo que acabara con rapidez en páginas de descargas. Pocos podrían imaginar las consecuencias de esa torpeza. Clips en tiktok, hagstags de gente aterrada y los usuarios de youtube aficionados al próximo fenómeno del llamado analog horror haciendo una bola imparable. Todo el mundo tenía que ver Skinamarink y comprobar si realmente es tan terrorífica como decía el de al lado. Sin embargo, aunque alguna cuenta de cine de terror se aventuró a colocarla entre lo mejor del año, lo cierto es que su estreno oficial y comercial no fue hasta 2023, cuando su creador Kyle Edward Ball empezó a ver algún dólar tras observar cómo su película se viralizaba sin poder rentabilizarla. Afortunadamente el fenómeno creció y empezó a recibir la atención de medios generalistas. Había algo nuevo en el género y hasta páginas más intelectuales querían un pedazo de esta propuesta extrema y sin ningún tipo de posibilidad comercial más allá del interés por ella como pieza de videoarte. Skinamarink se desarrolló a partir de su propio cortometraje Heck, siguiendo su premisa con dos niños que se despiertan en medio de la noche y descubren que sus padres, las ventanas y puertas de su casa han desaparecido, mientras algo desconocido les observa desde la oscuridad.
Los que la han visto hablan de ella o bien como una experiencia de miedo puro, con mínimos elementos que no te deja dormir si la ves de noche, o bien como un vídeo interminable de rincones y pasillos mal iluminados. Es normal el rechazo puesto que su desarrollo narrativo es mínimo, pero es refrescante ver cómo un solo cineasta puede proponer un juego radical, en la tradición de Begotten (1990) en la que el miedo proviene de las formas e ideas que se condensan en la cabeza a partir de las imágenes, aunque no estén ahí, por ello el miedo que provoca es tan subjetivo para cada persona como aquellas imágenes 3D de los 90, en las que podías ver o no la figura oculta, de ahí la frustración de muchos frente a ella. En última instancia, su colección de planos inclinados e inusuales es un resumen del universo de capas de oscuridad de Ball, de luces de tele de tubo, juguetes y aislamiento. Busca un terror expresionista y experimental en estructura y estética, lleno de grano de vídeo, para reflejar miedos infantiles a partir de la sensación de vagar de noche por una casa a oscuras frente al ruido blanco crepitante de un viejo televisor frente a dibujos animados inocentes que añaden un aura maldita al recuerdo. Los momentos de auténtico miedo aparecen en voces desde el piso de arriba o gritos de los niños, momentos duros que revelan un posible trasfondo de abuso infantil. Su plano final es verdadero combustible de pesadillas.
Programa doble: Landlocked (2021)
2023 fue el año de los espacios liminales y el analog horror, o al menos en el que el público más allá de youtube empezó a interesarse por ellos, y este caso ha pasado muy de puntillas en su estreno comercial. Desde su paso por festivales en 2021 ha ido conquistando a algunos por su mezcla de escalofríos y melancolía, donde un chico pasa por los lugares de su infancia recordando vídeos familiares con su cámara usada como si fuera una realidad aumentada, pero pronto empieza a ver elementos extraños en la imagen, que puede que estén también en el presente. La idea daba para mucho más, pero los amantes del ruido en la imagen y el proceso analógico encontrarán un compañero interesante a Skinamarink.
12- Thanksgiving (2023)
Tras una época de deriva en proyectos de estudio y ceder su nombre en producciones televisivas, por fin tenemos el glorioso regreso de Eli Roth a lo que mejor sabe hacer: terror de vieja escuela lleno de adolescentes erráticos despedazados, gente desagradable y la tarea de doblar y sorprender tras las muertes y el gore del tráiler original aparecido en Grindhouse (2007). Es la tercera película oficial salida de los tráilers falsos de aquella, tras las dos películas de Machete (2009) de Robert Rodríguez, aunque Hobo with a Shotgun (2011) también nació de un concurso derivado, por lo que puede contar como parte de ese universo de explotación del cine de los 70 y principios de los 80. Sin embargo, Thanksgiving abandona el aspecto vintage de película dañada y viejuna que hizo célebre el evento de Rodríguez y Tarantino para reincidir en un look visual torpe y anodino, marca de la casa del cine de Roth, que de alguna manera juega a su favor. De la fotografía al casting, lleno de actores con rasgos inusuales en una gran producción, todo es cutre con motivo. Una constante en el cine del director que aquí se transforma en un acierto que marca el tono recordando a los slashers más grasientos de los años 80, con una estructura de venganza clásica en películas como My Bloody Valentine (1981), que también son el modelo de sus brutales muertes.
Porque Roth sabe que el body count es clave e imagina maneras brutales de morir en donde abundan decapitaciones y salvajadas de todo tipo, muy sangrientas, macabras e hilarantes, que dejan homenajes constantes — torsos partidos, asesino con sombrero— y comparte tono con la española Mil gritos tiene la noche (1982), de la que también recupera el aspecto whodunit del giallo. Que la película de Juan Piquer Simón sea la película de terror favorita del director debería dar una indicación de por dónde van los tiros, pero quizá por interés de Sony o como moneda de cambio para realizarla, Thanksgiving también tiene algo en común con la nueva tendencia revival de Scream (2022), y esas clave para encontrar quién es el asesino tras la máscara, también es una herencia de los 90 que Roth incorpora a su homenaje al género. Pero no nos podemos olvidar que el autor de Hostel (2005) no deja de ser un profeta del torture porn, y algo de esa delectación por el dolor queda en alguno de los retorcidos asesinatos de este puritano que no tendrá la misma entidad de un Ghostface o Michael Myers, pero puede competir con Art the Clown en sadismo. De cualquier manera, es una suerte que haya habido un renacer del género que haya podido permitir a Roth completar la promesa de hace 16 años y no solo ha logrado el gran slasher del año, con permiso de la televisiva Chucky, sino probablemente su mejor película de terror desde Cabin Fever (2002).
Programa doble: Sick (2022)
Mientras Scream 6 sigue rascando duros de la gran pantalla, el creador de la original, Kevin Williamson, se alía con John Hyams para concretar un híbrido de survival rural y slasher con el Covid de fondo, en lo que parece una parodia de “la policía del confinamiento” que, más allá de la pereza de recordar esos tiempos, es una simple excusa para una modesta persecución con asesinatos aquí y allá que resulta más trepidante de lo que se podría esperar de ella. Sin ser algo particularmente memorable, es otra propuesta digna del director de la infravalorada Alone (2020).
11- La Espera (2023)
El terror sobrenatural sigue creciendo en el cine español con esta Los santos inocentes de terror en un claustrofóbico infierno de calor, sudor y bares que adapta las formas de thriller ibérico reciente y lo transfigura en un sórdido spanish gothic puro. F. Javier Gutiérrez regresa a su tierra tras dirigir Rings (2017), investigando en recuerdos de su infancia para levantar este opresivo relato de culpa en la Andalucía de los 70 que rescata el cine más turbio de Saura y Borau para retorcer una tragedia rural con pinceladas de los mismos temas (y estructura) del género kaidan tradicional, cambiando a los señores de la guerra por señoritos de cortijo y sus guardeses en la pobreza. Una tierra de conflicto entre religión y superstición que tiene la caza como modo de vida, casi de subsistencia, y los toros en la televisión como entretenimiento, un dibujo perfecto de la España abotargada por la dictadura que deja a los que viven junto a la tierra a su suerte. La época ayuda a expandir una historia mínima gracias a su ambientación, trasladando el polvo y el sudor de una atmósfera sofocante, con olores conocidos y el trasfondo del mundo de las armas y los puestos, un costumbrismo sureño auténtico que sirve como esqueleto del oscuro retrato de personaje que propone.
Todo el peso de La espera recae sobre los hombros de un gran Víctor Clavijo, en un gran papel al que acompaña Ruth Díaz, que logra conducir su estado de ánimo con la mirada, introduciéndonos en su viaje al centro del remordimiento, en el que la tragedia solo engendra más tragedia, bajos instintos y una paranoia que da lugar a grandes estampas de tenebrismo ibérico: un cuerpo ahorcado con los pies devorados por jabalís, cráneos de cabras enterrados, cadáveres de pájaros y perros, apariciones fantasmales en graneros o transformaciones animales con efectos especiales prácticos impecables. El ritmo hace honor a su título, pero en su dilema paciente permite saborear su fotografía, un trabajo casi pictórico de ocres, tinieblas y blancos de Miguel Ángel Mora, que mejora y se explora con sucesivos visionados, clave para sostener el desarrollo, a veces casi experimental, del conjunto. Una propuesta minimalista pero de las películas de terror mejor dirigidas del año, y que triunfa al mezclar lo autóctono con la magia negra, con referencias de género que van de Burnt Offerings (1976) hasta algunos clásicos satánicos que es mejor no revelar para no dar pistas de su final. Una obra que crece en el recuerdo y merecía mejor suerte en taquilla y en el boca-oreja de los aficionados.
Programa doble: Viejos (2022)
Otra película de terror española con calor y sudor, pero en un entorno urbano. Los directores de La pasajera (2020) dan vida a un guion coescrito por el escritor de género Rubén Sánchez Trigos, que ofrece una especie de versión geriátrica de ¿Quién puede matar a un niño? (1976) en un Madrid infernal que se desvía de la ya conocida tendencia de abuelos terroríficos en pelotas, con un ángulo discutible del que es mejor no saber nada y una realización cuidada llena de ideas. Es probable que sin los últimos 10 segundos hubiera sido una película mucho más enigmática y su idea de partida más potente y terrorífica.
10- Hermana Muerte (2022)
Paco Plaza debutó en Netflix con su película de terror más clásica, un sencillo misterio en el convento lleno de imaginería macabra que evoca a clásicos del terror español como La residencia (1969) y Marcelino pan y vino (1955) para concretar un excelente complemento retro a su Verónica (2017), con la que enlaza temáticamente, más allá de los lazos argumentales del personaje de Narcisa que interpreta ahora Aria Bedmar, sino por la presencia de un eclipse solar que resulta clave en la trama de ambas. La película recupera la cadencia del cine confesional de posguerra en una propuesta visual alejada de tendencias de terror comercial actual, con modos de fantaterror, estando estrechamente relacionada con el cine de Narciso Ibáñez Serrador, Chicho, al que la película parece estar haciendo un homenaje desde el propio nombre de la protagonista. Por una parte se atreve con el terror mediterráneo a la luz del día de ¿Quién puede matar a un niño? (1976), y sus construcciones de paredes blancas, que ya salía emitiéndose en tv en Verónica. Por otra, La residencia, que es clave en todo el cine de internados femeninos con secretos macabros, y se replica en esta escuela para niñas que también guarda un misterio atroz. No olvidemos que la relación del director con el maestro viene de lejos, incluyéndole en su remake de Freddy (2022) e interpretándole él mismo en la película Saben Aquell (2023). Un nombre que, de hecho, también podría tener relación con un clásico del cine con monjas poseídas y conventos, la hermosa Black Narcissus (1947), de Michael Powell y Emeric Pressburger, en la que además, el atuendo de las religiosas era igualmente blanco.
Un color perfecto para alterarlo con sangre, una iconografía clásica desde la novela The Monk (1796) de Matthew Lewis, en la que un fraile contempla la aparición de un fantasma con forma de monja con el hábito manchado de sangre y un cuchillo. Un clasicismo acorde a su apuesta por el terror sosegado, dosificando sus momentos de impacto para subir de intensidad en un crescendo impecable con un capítulo final plagado de visiones terroríficas, perversiones de la iconografía católica, revelaciones y un gran despliegue visual. De ahí se retoma imaginería consolidada de horrores con monjas, como las hermanas plantadas en el suelo de Matka Joanna od Aniolów (1961), "las disciplinas" herederas del nunxploitation como Satánico pandemonium (1975). Hermana Muerte vuelve a la postguerra española y el franquismo para hacer un programa doble con El Espinazo del Diablo (2000), el clásico de Guillermo del Toro también con niños internados, fantasmas y Guerra Civil,y como aquella, comparte paralelismos con el gran clásico The Changeling (1980) sus bañeras con secretos y pelotitas rodantes, entre otras referencias de terror, como la escena del confesionario de El Exorcista III (1990). Sin embago, en sus detalles históricos recupera la leyenda urbana de los No-Dos secretos sobre apariciones marianas, que ya recogía el film NO-DO (2009), a modo de pequeña introducción de "metraje encontrado" con factura asombrosa, que incluso recuerda en ocasiones a la Tierra sin pan (1933) de Buñuel. Plaza se consagra como un maestro internacional, pero ante todo como tesoro nacional de un género que esperemos no abandone nunca.
Programa doble: Deliver Us (2023)
En un año de terror en conventos y monasterios esta producción de XYZ ofrece una alternativa más áspera y violenta, con un sacerdote investigando el misterio del embarazo de una monja que dice haber recibido la simiente de forma divina, siguiendo una profecía que habla del nacimiento de dos hermanos que representan el bien y el mal respectivamente. Lo que sorprende aquí es que no sigue la misma estructura de misterio, y rápidamente ocurren cosas que lanzan la película a un género de huida más parecido quizá a Son (2021). Su mayor problema es que no sabe continuar el impulso en su nudo, con una especie de dilema amoroso que entra dentro de los designios ancestrales. Con todo, generosa con sexo y gore (incluso con desnudos explícitos) y con una textura granulosa que le da un punto más sórdido que otras fantasías de horror religioso de este 2023.
9- The Pope’s Exorcist (2023)
El cine de posesiones católicas es un género que parece no agotarse nunca y es tratado con honores por los grandes estudios, que insisten en darle un presupuesto digno y el tratamiento comercial a lo grande. Este año esa operación ha dado un gran fiasco vendido como la secuela del gran clásico, The Exorcist: Believer, que dobla en presupuesto a la sorpresa que ha sido The Pope Exorcist, de nuevo terror visto como gran espectáculo de aventuras y con un gran Russell Crowe socarrón haciendo de un carismático exorcista real. Lejos de ser un subproducto en el que te encuentras a un actor en horas bajas, la película le da la oportunidad de hacer uno de sus mejores papeles, que incluso da para franquicia. Esta es la mejor de esta nueva tendencia de cine de posesiones católicas en la gran pantalla, con un discurso parcialmente crítico como 13 Exorcismos (2023) o Prey for the Devil (2023), aunque pocas pueden presumir de lucir trazas de Evil Dead —incluso es más Raimi a veces que la secuela estrenada en cines— y la exploitation italiana, con el mismo Franco Nero como el Papa y un recuerdo de Paul Naschy en el aspecto de Crowe. Aunque el guion sigue al dedillo los lugares comunes del cine de posesiones le da un cariz de humor y tono pulp casi de cómic, con levitaciones, gore, fuego y acción. Avery no es ajeno a estos festivales, y su misma Overlord (2018) era algo así como una posible historia de Weird War Tales de DC. Este Amorth recuerda al exorcista de los cómics Marvel, que se llamaba Gabriel: el cazademonios, una miniserie dentro de la colección The haunt of horror (1974) que convertía casi en un superhéroe como Blade a un sacerdote con el mismo nombre de pila que el Padre Amorth.
Amorth, sobre quien William Friedkin, el mismísimo director de The Exorcist original hizo un documental, se transmuta en un cazademonios estilo matrimonio Warren, pero a diferencia de The Conjuring (2013) evita en gran medida los sustos, sin prestar mucha atención a la atmósfera sino a la verbena del ritual romano, como una versión católico-festiva de The Rite (2011) que concibe el duelo con el diablo como un espectáculo teatral de levitaciones a lo Raimi, maquillaje grotesco, alucinaciones y visiones engañosas. La encarnación de Amorth de Crowe está a medio camino entre el Van Helsing de Bram stoker's Drácula (1992) y el padre Vergara de 30 Monedas, entrando también en luchas intestinas vaticanas que recuerdan a aquella y la añorada serie The Exorcist (2016). Aquí, el cineasta Julius Avery toma la vía del gran espectáculo circense, convirtiendo a Crowe en un peculiar Indiana Jones con Sotana en un enfoque aventurero que ya puso en práctica Demián Bichir en The Nun (2018) y se adhiere a su condición de cine de evasión con un gran diseño de producción, con osarios lúgubres y subterráneos con secretos de la Inquisición que convierten al sacerdote en protagonista de un serial weird fantasy entre Nigel Kneale y Dennis Wheatley. Sigue la tradición de cine con el mal escondido en subterráneos o muros de viejas iglesias presente en And the Wall Came Tumbling Down (1984) de Hammer, Prince of Darkness (1987), La Chiesa (1989) o, por supuesto, las precuelas de The Exorcist de 2004. Además tiene un fondo interesante sobre la expiación de los pecados de la iglesia que funciona como dardo envenenado.
Programa doble : Qodrat (2022)
El exorcista como héroe de aventura no es ya una novedad en la gran pantalla, pero ya verle como un maestro de artes marciales solo podría ocurrir en el cine indonesio. Qodrat es la versión musulmana de estos héroes, con una lucha entre los seguidores del diablo y de Dios que presenta muchos elementos del Islam, como el concepto de rukiah y la recitación de versículos coránicos, mezclando elementos de cine de venganza y de acción, aunque ojo, que por su mezcla de géneros no deja de tener alguna escena de miedo intensa. Podría haber sido algo mucho más espectacular con algo más de presupuesto o contando con un nombre más potente tras la cámara, como Timo Tjahjanto
8- Huesera (2022)
En un año en el que las películas sobre embarazadas son una tendencia, hay que destacar que en esta temporada, además de Baby Ruby, otra de las grandes películas sobre el tema es esta fábula sobre el desafío del papel tradicional de la mujer como madre en México. Hemos visto un interesante enfoque en The Womb, con la pobreza y los vientres de alquiler en Indonesia como aspectos reseñables, o la presión social de “el reloj biológico” en Clock, pero ninguna de las dos acaban de rematar sus perspectivas sobre el tema. Huseresa es una verdadera pesadilla de gestaciones por convención que utiliza el body horror óseo para albergar un subversivo subtexto sobre tradición y familia que desafía ideas enquistadas en la cultura católica, empezando desde su impactante primera secuencia, con una gran imagen mariana a la que se rinde culto, para ponernos en situación de lo que las decisiones de la protagonista pueden suponer en la sociedad en la que transcurre el periodo de concepción, gestación y nacimiento de un bebé no deseado. Un contexto clave para entender la obra de la debutante Michelle Garza como una vuelta al cine de terror como elemento transgresor, usualmente domesticado en grandes estrenos provenientes de Estados Unidos.
Sin embargo, Huesera conecta perfectamente con las tendencias actuales del cine sobrenatural con apariciones y algunos sustos, siempre dentro de una matriz de drama psicológico con maldiciones y escenas de terror sutil, con siniestras implicaciones sobre la maternidad para una película de género importante en México, que no reniega de sus referentes, tanto por la aparición de La llorona (1964) en la televisión, o la tradición de El esqueleto de la señora Morales (1960). En ocasiones Garza parece concebir la historia como una secuela tenebrosa en un mundo alternativo del cómic Locas de Jaime Hernández, donde su protagonista pasa del idealismo punk a entrar en el camino de las expectativas de familia creadas para mujeres, viviendo su conflicto como una posesión maléfica intermitente. La novedad es que la protagonista utiliza la magia negra como revulsivo a dinámicas culturales aprendidas, pero esto no significa que deje de ser peligrosa. Su discurso está en el otro lado del cine sobrenatural norteamericano actual y plantea un desafío a lo conservador en la misma frecuencia de clásicos como Rosemary's Baby (1968) o Possession (1980). Garza es uno de los nombres a los que hay que prestar atención los próximos años, y su nuevo proyecto, Palizada, en la que repite con su coguionista Abia Castillo, explorará la violencia intrafamiliar, atacando otro estamento sagrado universalmente, bajo la óptica del cine de terror.
Programa doble: La Hora marcada - La mano (2023)
Remake libre de uno de los episodios más célebres de la serie de terror mexicana Hora Marcada, probablemente el mejor de la nueva tanda de este revival de una piedra angular del fantástico del país. Michelle Cervera demuestra ser la directora con una voz más reconocible de esta generación de artesanos latinos del terror y ofrece en algo más de media hora una perfecta consecución de los temas y enfoque del género de su Huesera, con otro viaje a la locura con protagonista femenina en el que las ansiedades laborales y edadismo infusionan en un relato de realidades difuminadas, espacios cotidianos que se transforman en avernos de pesadilla con apuntes de iluminación y atmósfera.
7- A Haunting in Venice (2023)
Kenneth Branagh demuestra que el terror no es un género sino un lenguaje cinematográfico convirtiendo un clásico misterio de asesinatos en una noche espeluznante que recuerda a las viejas "Old Dark House" movies de los 30 y 40. Probablemente, el caso más simple de la trilogía de Poirot, la trama es casi una excusa para cincelar un barroco ejercicio de estilo del género de espantos gracias a sus ángulos de cámara, uso de la perspectiva o lentes de ojo de pez, amplificando la atmósfera sin poner barreras a la posibilidad sobrenatural. Brannagh no es ajeno al género desde Dead Again (1991) un misterio con elementos de giallo y su excesiva y ultragótica adaptación de Frankenstein (1994), en las que se pueden apreciar ideas de puesta en escena que aquí se desparraman sin mesura. Llegó como una sorpresa, pero si miramos atentamente en Belfast (2021), el director ya nos daba una pista de cuál sería su próxima adaptación de Agatha Christie, la novela Hallowe'en Party, que Brannagh debió leer cuando era un niño. Estando menos encorsetado por la deuda a su franquicia o a la autora de lo que se presupone, se juega aquí con la carta del detective racional versus farsa paranormal y decide quedarse en el medio para jugar con la ambigüedad, logrando un carrusel de momentos de escalofrío, puntos de vista siniestros y sustos que jamás renuncia a su opción estética negándola en el último momento.
A pesar de ser una adaptación de Agatha Christie, explota la límite las posibilidades del texto original para zambullirse sin pedir disculpas en todos los "lugares comunes" del género, es decir, absolutamente todo lo que nos gusta del terror gótico desatado, tal y como lo haría el Mario Bava de Operazione Paura (1966). Aunque Brannagh parece recrearse en las formas de The Haunting (1963), concibe el conjunto como una obra de teatro dirigida por Mike Flanagan y se muestra contiguo a la historia de fondo de El orfanato (2007), mostrando un eco de la tradición británica de las historias de fantasmas más melancólicas. Pese a que gran parte de la película sucede en interiores, Brannagh saca todo el jugo a las posibilidades inquietantes de Venecia como la ciudad más misteriosa del planeta, probablemente ninguna otra desde Don't Look Now (1972) ha logrado captar su cualidad esotérica de esta forma. A Haunting in Venice no solo se diferencia de sus dos predecesoras en su género, ya que, quitando la presencia de Poirot y los detalles aprendidos del personaje, el enfoque es mucho más contenido, sobrio en cuanto a uso de fondos CGI, con una cualidad casi de cine independiente. El resultado es una delicia de Halloween casi autónoma que nos introduce en una noche laberíntica en la que no hay un momento que no sea juguetón o sugerente, una verdadera joya para amantes del cine de terror… de antes de 1970.
Programa doble: Brooklyn 45 (2023)
A Ted Geoghegan hay que reconocerle que levanta sus pequeños proyectos completamente ajeno a tendencias y lo que puedan estar haciendo otros compañeros. En su última película propone una sesión de espiritismo en Nueva York, el crepúsculo de la Segunda Guerra Mundial con un grupo de personajes militares que encuentran una puerta abierta a lo sobrenatural en medio de un juego de confianzas y traiciones. El terror está apartado al mínimo, pero funciona como una obra de teatro que realmente podría representarse en vivo, rescata maneras de un cine de género que ya no se hace, y solo por eso merece nuestra atención.
6- Cobweb (2023)
Incomprensiblemente tapada tras el anuncio de su estreno a lo grande por Lionsgate, el debut del director de Marianne (2018) en el cine es otra de las películas de terror sencillas, directas y aisladas de tendencias de este 2023 que ha resultado ignorada por los aficionados. Samuel Bodin compone un pequeño cuento de hadas oscuro que recoge el aura siniestra de Coraline (2009) con una puesta en escena estilizada que capta el poder de las pesadillas infantiles. Puro cine de Halloween basado fugazmente en El corazón delator de Poe que encuentra su razón de ser en sus crujidos nocturnos, voces en la oscuridad, relojes incesantes, telarañas, golpes en el otro lado de la pared, nanas desasosegantes... un buffet libre que despliega todos los trucos del relato gótico en un juego de suspense clásico que podría ser un episodio de Tales from the Darkside que hay que ver con las luces apagadas. La película también recupera algo la lírica perdida del cine francés de terror que prefiere estilo sobre fondo y los excesos formales propios de Fulci o Argento a una trama cuyos giros no necesitan sorpresa, porque lo interesante está en el juego perverso que propone, con un niño encerrado en su propio infierno familiar desde el primer minuto.
Empezando como un thriller doméstico en el que los padres no son lo que parecen, la primera parte se apoya en unos tremendos Lizzy Caplan y Antony Starr, quienes replican la energía macabra de Parents (1989) y otros clásicos en los que los niños sospechan una conspiración doméstica, en una tradición que va desde Invaders from Mars (1954) a episodios de Goosebumps. Quizá no para todo el mundo, su punto de vista subjetivo toma una lógica infantil en la que lo que ocurre sufre una óptica distorsionada, incluso ingenua y torpe, en la que lo importante es la atmósfera y los pelos de punta y no la coherencia. Hay una ambigüedad omnipresente que se apodera de su retrato suburbano grotesco, planteando un juego de suspense clásico que va dejando cada vez más espacio a lo sórdido, como un The People Under The Stairs (1990) más comprimido que acaba dando paso a un último tramo donde se desata una locura, a caballo entre el cine de Guillermo del Toro y lo que podrían presentarnos unos Alexandre Bustillo y Julien Maury si adaptaran un manga de Junji Ito, que de nuevo vuelve a hacer acto de presencia en los diseños e inspiración del cine americano. Cobweb coexiste en un terreno común a cierta película juvenil de Nickelodeon prohibida por la cadena en Halloween del año 2000, tras las quejas de los padres por ser demasiado terrorífica, pero tiene algunas de las escenas más terroríficas del año, como esa pesadilla que nos recuerda la capacidad que demostró el director en su serie de Netflix.
Programa doble: Family Dinner (2022)
Perversa reimaginación alemana del cuento de hadas de Hansel y Gretel en clave de terror psicológico flemático, con una sutil cubierta de humor muy oscuro para caricaturizar el mundo de las dietas paleo, el nutricionismo detox, la gordofobia encubierta y los gurús de la salud. Una película pequeña, pero muy perversa y que sabe aprovechar al máximo sus cuatro elementos de partida y de producción, consiguiendo un thriller que se transforma en otra cosa más parecida a algo ideado por Ari Aster, más efectivo que The Visit (2015) y que también haría una buena pareja con la disruptiva Club Zero (2023)
5- Dark Harvest (2023)
El esperado regreso de David Slade al cine de terror, tras dirigir muchos episodios de series muy potentes, habría sido una verdadera rareza en el panorama de producciones para salas, y quizá por ello acabó estrenándose directamente en Amazon Prime Video. El director aplica su estilizada mirada al género invocando a Stephen King y los Misfits en una fascinante fantasía rockabilly-horror que propone un juego de supervivencia adolescente (con monstruo) durante el Halloween de un pueblo atascado en una época indeterminada entre los 50 y los 60. Partiendo de una variación de The Lottery de Shirley Jackson, en la que los jóvenes de un pueblo son sacrificados al estilo The Long Walk de Stephen King, el juego aquí consiste en destruir a un ser con cabeza de calabaza que sale de caza una noche al año. Algunos problemas de producción y montaje no impiden que la idea siga siendo una premisa radical que cuenta una gran tragedia americana de padres sacrificando el progreso y las semillas de la próxima generación. Slade demuestra seguir siendo uno de los directores con un estilo visual más abrumador, con una fotografía azulada y llena de brillos en la oscuridad de Larry Smith, y además de no cortarse con el gore, en algunas de las muertes más impresionantes del cine de terror de este año, sabe ir más allá del simple slasher, y hacer que la parte central más violenta no sea el corazón de la historia. Hay elementos como el secreto del pueblo, el monstruo y la relación del protagonista con la conspiración, que llevan a un tercer acto que deriva en un final inesperado y oscuro.
Pero lo interesante es este mundo propio en el que parece como si Battle Royale (2000) y Children of the Corn (1984) tuvieran un hijo con el melodrama juvenil de los rebeldes de Coppola, las bandas de de The Wanderers/The Warriors y los relatos de noche de difuntos de Ray Bradbury. Un lugar donde suenan los Damned, Eddie Cochran y clásicos de los 50 que aportan la energía a su relato de rebelión juvenil en un microcosmos que refleja el ideal patriarcal y racista de los EEUU de posguerra, dentro de una cultura de miedo que busca perpetuar un sistema cerrado. El festival anual utiliza y motiva a los hijos del pueblo como tío Sam invita a luchar por el país, con promesas y recompensas que aprovechan los instintos y la mente manipulables de la adolescencia. Dark Harvest es una pequeña fábula que relee los pilares de la cultura USA a través de un monstruo que alterna el clásico hombre con cabeza de calabaza que acecha en las noches de Halloween de variaciones como Pumkinhead (1988) o Sam de Trick r' Treat (2007), aunque también hay algo de la leyenda del espantapájaros Harold de Scary Stories to Tell in the Dark (2019). El balance tiene la energía de Jeepers Creepers (2001) y la cadencia de un concierto de los Cramps, la promesa que nunca se cumplirá de decenas de historias más en ese pueblo maldito y el ADN de las películas que trascienden su época para convertirse en obras de culto.
Programa Doble: Pet Sematary (2023)
La precuela del devastador clásico de Stephen King es un más que digno complemento al original con una violenta extensión del relato de Judd que se convierte en casi un remake inesperado de Deathdream (1974) fiel al espíritu del libro. Sí, tiene algunos problemas de edición, pero se ciñe a la idea del relato sin salirse del tiesto, no cae en la reiteración del proceso se "resurrección" y empieza en el punto que todos sabemos lo que ha pasado, de esa forma saca ventaja al insípido remake. Una economía narrativa que recuerda a las clásicas secuelas de grandes éxitos producidas para videoclub, una limitación tan carente de ambición como concreta en su objetivo: plantear un evento violento que explique el horror oculto en Ludlow y su relación con el personaje común. Esto nos deja momentos siniestros y cómplices con el espectador familiarizado con el universo del cementerio viviente, pequeños guiños y una ampliación convincente de la mitología que consolida la familiaridad con el mal ancestral cíclico en los aledaños malditos del pueblo. Cuando hay muertes, son bastante grotescas y con buenos efectos especiales. De nuevo, recupera las conexiones nativas de la leyenda de Ludlow y las conecta con la mitología americana del Donner Party, que está emparentada también con el Wendigo de la novela. solo trata de narrar un "incidente" maligno como si fuera un evento asimilado en el pueblo, para ello introduce un concepto interesante respecto a los secretos de Ludlow, el papel de compromiso de ciertos habitantes que explican la actitud de Judd en el futuro.
4- The Last Voyage of the Demeter (2023)
Hace más de 90 años, la poco conocida versión hispana de Drácula (1931) tenía una alucinante escena sobre el viaje en barco del vampiro que permanece muy olvidada, pese a ser mucho más pesadillesca y espeluznante que la del film con Bela Lugosi. Había un buen germen para una película de terror autónoma allí y ahora se ha hecho real en medio del curioso el renacimiento que el conde ha tenido en los últimos años, con adaptaciones que reinventan El invitado de Drácula como House of Darkness (2022) o The Invitation (2022) el año pasado, dos en 2023 y el Nosferatu de Eggers y la versión que prepara Zhao a la vuelta de la esquina. Este año Universal rescata su mito por partida doble y, en la mejor de ambas versiones, el cineasta André Øvredal imagina el capítulo marítimo de la novela de Bram Stoker como si fuera la Alien (1979) original, que a su vez se inspiraba en dicha bitácora. Ahora el vampiro se presenta como un murciélago monstruoso tal y como se vio, tanto en la Drácula (1992) de Coppola en la fallida Van Helsing (2004). La versión más larga hasta la fecha centraba en el segundo episodio de la adaptación británica de Netflix, en la que el fragmento de la novela se convertía en un cluedo vampírico, pero la idea ha sido utilizada recientemente en Blood Vessel (2019), que también tenía a una criatura-murciélago. Ahora el director de The Autopsy of Jane Doe (2016) confirma la tendencia de Universal de sacar estrenos bastante chiflados de cine de género de perfil medio y calificaciones R sin remilgos, como Violent Night y Cocaine Bear, a las que están dando una oportunidad en multicines, pese a que algunas parezcan pensadas para el mercado streaming.
Desafortunadamente fue tal fracaso de crítica y público que los estrenos en muchos países se cancelaron, una pena porque la película es una potente serie B contada de forma clásica y sin remilgos con la violencia. Más allá del buen maquillaje y la actuación de Javier Botet, The Last Voyage of the Demeter destaca por construir su aventura marítima oscura paso a paso, con un body count menos generoso del que quizá se esperaba, pero centrándose más en los aspectos del vampiro relacionados con la lucha entre superstición y ciencia que estaban subyacentes en la novela. Hay escenas de terror excepcionales, algunos giros inesperados en una película de gran estudio y un halo de tristeza y honor acorde a la filosofía marinera de los que saben de antemano su destino. Tiene mucho de los textos Wlliam Hope Hodgson, y de hecho, el guion sabe canalizar los ecos victorianos de un mal que va tomando un lugar poco a poco, de alguna forma hasta puede considerarse una especie de remake a escala de la parte inglesa del texto de Stoker, con sus transfusiones y su equipo improvisado para cazar al vampiro, teniendo en cuenta los ataúdes, la tierra y todos los elementos que han construido el mito en un solo espacio. Por ello, puede que no sea una película hecha para los tiempos que exigen tensión, sustos y acción, pero, además de ofrecer algo no muy diferente a la estupenda serie The Terror (2018), debería ser un banquete para los amantes de la Hammer, el libro original y la mitología del vampiro, porque es la mejor película hecha para cines desde la versión con Francis Ford Coppola.
Programa doble: Renfield (2023)
Probablemente la secuela oficial más bizarra del cine de terror: una gamberrada llena de gore explosivo, acción a lo John Wick y un refrito sin disimulo la relación abusiva entre Drácula y su sirviente según la dinámica de Nandor y Guillermo de What We do in the Shadows en los que Nicolas Cage convierte al Drácula de Bela Lugosi en un dibujo animado. Porque esta es, a todos los efectos, una continuación directa del film de Tod Browning, como deja claro su alucinante prólogo, que nos pone en situación reproduciendo la textura y momentos más míticos de la película. Una película definitivamente coyuntural, pero ver a Cage como vampiro, cumpliendo el sueño febril de su personaje en Vampire Kiss (1988), merece la pena por su recital histriónico, exagerado y teatral que cuaja bien con el tono de parodia del conjunto que asimila la influencia de Hong Kong por convergencia a la de la saga Mr. Vampire, con vampiros volantes y elementos del wuxia incorporados a una traducción del horror gótico como espectáculo de comedia física. Una película que mejora cuando se entrega al desparrame splatstick más exagerado, con luchas sangrientas y decapitaciones, alternando sangre digital con algunos maquillajes grotescos poco usuales en producciones de gran estudio, jugando en la liga de comedias vampíricas que los directores John Landis y Wes Craven hicieron en los 90.
3- Godzilla: Minus One (2023)
El final del año nos dejó en unas pocas salas uno de los mejores kaiju de la historia. La vuelta del poder alegórico del icónico monstruo en su versión más terrorífica y devastadora es casi una respuesta a Oppenheimer desde el lado japonés, explorando el trauma nuclear colectivo. Un éxito sorpresa de taquilla que evidencia un error de cálculo garrafal de algunas distribuidoras que no han medido la respuesta que tendría en salas, un testamento al poder de los rarísimos blockbusters con actitud y FX al servicio de la historia y no al revés. Por una parte, el largometraje consigue un balance insólito entre el peso emocional y el gran espectáculo de efectos especiales perdido en el blockbuster americano actual, logrando aprovechar sus limitados recursos al máximo, poniendo en evidencia a las últimas entregas del Monsterverse. Además, su vocación "acuática" hace que tenga algunos momentos con vocación de aventura marinera que recuerdan a los momentos de peripecia más memorables de Jaws (1975), lo que convierte a Godzilla en una criatura más fiera que crea lazos con el cine de terror animal más tradicional. Con un equilibrio perfecto entre el cine de criaturas y el bélico, la fusión funciona gracias a su parte humana, un drama construido sobre la culpa, el énfasis militarista sobre el honor perdido y el resentimiento nacionalista de un Japón buscando reconstruir su orgullo.
Imposible no pensar en Hiroshima en la forma en la que se presenta el uso del rayo característico de Godzilla, reflejando el efecto devastador de una fuerza inesperada que aparece por efecto de otras pruebas militares americanas, usando al coloso como avatar del terror atómico. Desde las "quemaduras" del lagarto, a la forma de reflejar el pánico civil, la presencia de una lluvia de ceniza... La imaginería es un catálogo de efectos de la bomba nuclear que explora todo lo que a Christopher Nolan no le interesaba reproducir, mostrando la otra cara de la moneda. Curiosamente, Godzilla: Minus One, entre sus varios recursos del cine bélico, recicla algunos momentos del cine reciente de Christopher Nolan, concretamente de Dunkirk, en algunas de sus escenas navales, que dan la distintiva personalidad marítima a esta entrega frente a las demás. Además, es toda una vuelta a la original para seguir la senda ideológica de Shin Godzilla (2016), de nuevo planteando un país en ruinas con un gobierno en el que no se puede confiar y unos EE.UU. dibujados como el enemigo en la sombra, dejando la lucha contra Godzilla a los ciudadanos. El resultado es una de las mejores películas del año en cualquier género, llegada en tiempo de descuento, pero marcando de chilena, Takashi Yamazaki insufla nueva vida al mito y nos prepara para la que puede ser un revival kaiju equiparable al de la trilogía de Gamera en los 90.
Programa doble: 65 (2023)
Serie B blandita pero muy digna que se agarra fuerte a su concepto de "Adam Driver vs dinosaurios feroces" y presenta una modesta aventura a contrarreloj, espantando la admiración zoológica de la saga Jurásica para centrarse en la acción con un ritmo endiablado. No es muy creativa a la hora de sacar jugo a su premisa ganadora, pero la sostiene con eficiencia y pulsa un sencillo mecanismo dramático sobre paternidad que funciona, sin ser muy distinto al de The Last Of Us. Cumple su cometido en 90 minutos y sirve para ver, disfrutar y olvidar. 65 podría ser más violenta y aprovechar mejor sus oportunidades, pero pertenece a ese tipo de producciones de ciencia ficción y terror como Life y Underwater que juega con presupuestos medio-bajos y tratan de enfocarse al gran público. Solvencia sin mucha ambición pero que cumple. Tiene una premisa similar a Outlander (2008) pero en clave minimalista y familiar, con un tono similar a las aventuras de las adaptaciones de Julio Verne de Piquer Simón y sus Islas misteriosas, viajes al centro de la tierra y otros mundos perdidos llenos de saurios gigantes. a de esas películas que se adhieren al término "intrascendente" sin trampa ni cartón. Dinosaurios con mejor CGI que superproducciones que cuatriplican su presupuesto y 90 minutos en la era dorada de las vejigas sufrientes. Es el ejemplo claro de que en salas no hay espacio para el cine de gama media, parece repeler porque no va a cambiar el mundo, mientras que si se estrenara en una plataforma tendría seguimiento masivo y se comentaría como el gran evento de ese mes de Netflix.
2- Malum (2023)
El director Anthony DiBiasi llevaba una década algo desperdigado tras un inicio de carrera potente, desde que adaptara a Clive Barker en la reivindicable Dread (2009) hasta la joya de culto Last Shift (2014), sobre la cual ha decidido ahora hacer un remake. Tras películas adolescentes y episodios de televisión, Malum es una forma de autoreivindicarse y devolver la visibilidad a una obra que ha producido mucha afición pero poco dinero a sus creadores. No es la primera operación que va en esta dirección, el remake de Night of the Living Dead (1990) no era más que una argucia para conseguir la rentabilidad perdida, y poco más o menos Evil Dead 2 (1987). DiBiasi no ha hecho el salto de producción que podría esperarse, sino que se ha aliado con la productora reciente Welcome Villain para hacer algo así como una versión alternativa del original, en la que permanecen algunos de los elementos claves de aquella, pero en la que se eleva el ritmo, las apariciones y el trasfondo de la secta y sus elementos sobrenaturales. Esto hace que el presupuesto quede algo justo en ocasiones, pero en general la experiencia es más complementaria que repetitiva, siendo menos atmosférica que la primera pero a cambio ofreciendo un viaje onírico lleno de sangre y una mitología demoníaca que vuelve al autor a Clive Barker. Malum no parece una película de 2023, contiene el ADN del terror rabioso de los años 2000 y el ímpetu del Rob Zombie más satánico, la actitud de fuera de Hollywood de Baskin e incluso un tramo final que podría ser la mejor adaptación de los juegos Survival horror que se haya plasmado en pantalla. Aunque tiene algún problema y detalles de interpretación en su desbocado tramo final que podrían mejorar, es despiadada, oscura y urgente, apenas dura 90 minutos y siempre está en movimiento, en una cuenta atrás que no da nunca esperanzas de que vaya a acabar bien.
El relato de una policía novata en una comisaría abandonada no es nuevo. De hecho, Last Shift no era más que un remake en sí mismo del episodio Eater (2008) de la serie Fear Itself, ademáshemos visto otras variaciones en The Void (2016), con la que la nueva versión hace una rima estupenda. Los añadidos del culto a lo familia Manson son potentes, con una visión más amplia de la ciudad y la presencia omnipresente de la secta, cuyas acciones fuera de la comisaría se hacen presentes. La ruptura espaciotemporal que experimenta la protagonista es una espiral a la locura que rompe cualquier norma narrativa, Dibiasi no se preocupa en dar una lógica a su percepción, todo puede pasar y la experiencia se asemeja a una verdadera pesadilla, lo que le da un parecido inesperado con un clásico de videoclub con otro monstruoso gurú de secta muerto reapareciendo, Bad Dreams (1988). Su segunda mitad tiene apariciones, momentos sangrientos, alucinantes diseños de entidades de los artistas tras los cenobitas de Hellraiser (2022), gore tradicional de vieja escuela y alguna muerte que deja con la boca abierta y nos lleva a otra época. No hay forma de que esto hoy pasara el corte para multicines de masas. En una época en la que triunfan en taquilla M3GAN y The Boogeyman y el terror pareceuna atracción segura para ir en familia, Malum devuelve la fascinación por la sorpresa macabra, la economía narrativa con un montaje afiladísimo y una reivindicación de la literatura de terror de los 80 y 90 en el cine. Poco importa que tenga en común con desarrollos de Venus, The Empty Man o Hereditary — ojo, que la original tenía antes un demonio llamado Paymon—, su descenso a los infiernos no se preocupa por encajar en las plantillas confortables para productores, sino que ofrece de forma valiente todo lo que hemos venido a ver y lo hace de forma implacable.
Programa doble: Where the Devil Roams (2023)
La nueva película de la familia Adams, directores de las sorprendentes Hellbender y The Deeper you Dig, es otra visión del cine satánico más relacionada con cine de otra época que con la tendencia sobrenatural de los sustos de la corriente The Conjuring. Ambientada durante la era de la depresión en Estados Unidos, trata sobre una familia de artistas de feria ambulante asesinos. La familia sigue a lo suyo y ahora se disfrazan de renegados del diablo de la era de la depresión en una extraña road movie que parte de Carnivale y se transforma en una especie de variación de Haeckle's Tale de Clive Barker hasta una videoperformance de un grupo musical de los 90. A veces los anacronismos de estilo resultan ya un tropiezo para que el cine de los Adams de un paso adelante, pero al mismo tiempo todos los momentos metacinematográficos parecen un acto de amor hacia la hija de la familia por parte de sus padres, por lo que tiene algo de entrañable.
1-Beau is Afraid (2023)
Es difícil catalogar el último trabajo de Ari Aster como una película de terror y probablemente él mismo no estaría de acuerdo en verla encabezando una lista de cine de género, pero lo cierto es que tampoco es una comedia, ni mucho menos la picaresca que él dice que es. Lo cierto es que la etiqueta “comedia de pesadilla” con la que planteó el proyecto se ajusta bien a lo que nos encontramos, y dentro de sus tres horas hay una película de terror onírico puro, en la que el personaje va enfrentándose a sus miedos encarnados uno a uno. Aunque en el fondo hay escondida una secuela de Psycho y el posible origen de todos los traumas sexuales de un asesino que plagaban los giallos, además de ser uno de los mayores exponentes del subgénero de la madre terrible. Pero buscar explicación y etiquetas en esta obra monumental es absurdo. Se nota que el autor de Hereditary y Midsommar está a los mandos y su manejo de la puesta en escena se ha convertido en un obsesivo caldo de detalles y obsesiones, y sí, sabe hacer escenas de tensión más potentes y horripilantes que ninguna película del 2023. Todo su primer capítulo es un viaje al fondo de la ansiedad donde los habitantes de una calle parecen vampiros de I Am Legend esperando un momento de flaqueza de Neville, o miembros de un culto contra el pobre Beau, pero el resto de sus episodios también tienen momentos que dan escalofríos, como ese secuestro en el que los anfitriones esconden secretos extraños, hay adolescentes que mueren grotescamente por beber pintura y vídeos de seguridad que muestran escenas que aún no han ocurrido, como si fuera Lost Highway (1997).
Beau is Afraid es una odisea freudiana llena de momentos perturbadores y extraños que desafían cualquier categoría o lógica narrativa convencional, recogiendo algunas de las obsesiones del autor mostradas en cortos como el germen de la película y Munchausen (2016), en el que ya presentaba un vínculo maternal disfuncional. Aster desarrolla un mundo kafkiano totalmente subjetivo que contiene innumerables pistas y enigmas para resolver un puzzle siniestro en el que va dejando algunas perlas de imaginería macabra. Un cuerpo decapitado en un ataúd, un cuadro que muestra a un ancestro monstruoso, cadáveres descompuestos en piscinas, desvanes con secretos oscuros, penes gigantes horripilantes hechos como los animatrónicos de los 80, hombres enjutos fantamasles, mujeres con máscaras perturbadoras… un caleidoscopio de recuerdos, fobias y subconsciente reprimido hecho realidad tiene más que ver con el Wojciech Jerzy Has de Sanatorium pod klepsydra (1973) y su viaje rozando el terror a los recodos de una vida o el Fellini onírico de Gliulieta degli spiriti (1965) y Toby Dammit (1968). Como un gran cómic de Daniel Clowes llevado a la pantalla, es quizá la obra de Aster más precisa a nivel de dirección, con un nivel planificación pasmosa y una claridad de puesta en escena que no evita que sea una obra inabarcable en un solo visionado. El final de la película es solo el principio e invita a decodificar los momentos de la vida de Beau de forma intuitiva a partir de sus símbolos, memorias e imágenes recurrentes. No hay nada puesto al azar y se convertirá en una pieza de culto que puede que no volvamos a ver, dado el giro comercial de A24.
Programa doble: Dream Scenario (2023)
El sello del Aster de Beau está muy presente en su nueva producción, también a priori una divertida dramedia onírica, prima de la etiqueta “nightmare comedy” y como aquella, va de hacérselo pasar muy mal a un personaje de 50 deprimido. Aquí un gran Nicolas Cage como un hombre gris con el que sueña todo el planeta, que parte de una premisa similar al creepypasta "This-man" y atesora sus mejores momentos en escenas de sueño que relatan las apariciones de Cage, en las que se navega entre el humor surrealista, algunas escenas muy creepy e incluso de puro terror cuando se pone realmente oscura. La extrañeza propia de Jonze, Gondry y Kauffman satiriza los anhelos de ego en la mediana edad. Con la estructura del episodio del "Yo no he sido" de Bart Simpson, pero en este "auge y caída" hay una sardónica exploración de los efectos de la cultura de la cancelación y la ligereza de la percepción del amor y el odio colectivos en la era viral.
Menciones especiales
Cocaine Bear (2023)
Este éxito sorpresa en su primer fin de semana de estreno se basa en la historia real que tuvo lugar cuando un contrabandista en 1985 sufrió un accidente de avión mientras transportaba casi 15 millones de dólares en cocaína. El oso fue quien la encontró y comió, aunque después del incidente solo encontraron el cadáver del animal, que murió de sobredosis después de provocar el caos. Elizabeth Banks junta a un grupo de policías, delincuentes, turistas y adolescentes en un bosque de Georgia donde un depredador de 230 kilos ha ingerido los kilos de la droga, volviéndose loco y sediento de sangre y de... más droga. Pertenece al género de terror animal pero enfocada en forma comedia llena de gore y un humor bastante amoral. La tendencia de Universal de estrenos bastante chiflados de cine de género de perfil medio y calificaciones R sin remilgos, como Violent Night y esta, a las que están dando una oportunidad en multicines, pese a parecer pensadas para el mercado streaming, es una oportunidad a celebrar.
The Unheard (2023)
La nueva película del director de The Beach House es un tremendo salto de calidad respecto aquella, tanto por dirección como por consistencia, aunque mantiene su espíritu indie como lienzo en donde es capaz de ofrecer elementos diferentes al terror mainstream. La historia trata sobre una adolescente sorda, que se somete a un procedimiento experimental para curar sus problemas de audición tras el que comienza a sufrir alucinaciones auditivas aparentemente relacionadas con la desaparición de su madre. Una propuesta de fantasmas clásica que recupera el glitch y las texturas granulosas de terrores analógicos en la onda de Censor, Broadcast Signal Intrusion o Archive 81, pero lo lleva al terreno auditivo de Masking Threshold, con un diseño de sonido que nos mete en la experiencia de una discapacidad de forma creíble y envolvente. En realidad, la película no acaba de explorar esas alucinaciones auditivas sino que lo utiliza como muestra del subgénero de médiums contra asesinos, en una especie de remake moderno de Lady in White (1988) con elementos de Hush (2016) que se alarga demasiado, pero se erige como una muestra de género sólida y diferente.
Birth/Rebirth (2023)
Tercera actualización más o menos apócrifa de la historia de Frankenstein en 2023 tras The Angry Black Girl and the Monster y Poor Things, esta toma una vía más cercana a una ciencia ficción fría de un Cronenberg en su fase más Dead Ringers (1988), de hecho su personaje principal tiene puntos en común con las hermanas del remake televisivo y el mundo de los embarazos. Este sólido debut de Laura Moss combina los dilemas de la maternidad con la creación de la vida en una afilada sátira sobre los límites de la manipulación de la concepción. En el rango de películas sobre mad doctors jugando a ser dios modernas, como No Telling (1991) o Splice (2009), el gran atractivo de esta pesadilla obstetricia es una Marin Ireland sensacional como racionalista extrema, una pena que más allá de sus dilemas mórbidos no decida explotar más en un tramo final para el que parece que se prepara toda la película.
Batman: The Doom that Came From Gotham (2023)
Lo que ocurre si mezclas al justiciero de DC con Lovecraft. Un film animado que adapta la novela gráfica homónima serializada de DC Elseworlds de 2000, escrita por Mike Mignola, con tono de aventura de horror vintage y referencias a At the Mountains of Madness. Aquí Bruce Wayne pasa por varias aventuras y espantos salidos de obras que van de From Beyond a Call of Cthulhu, un crossover imposible sobre un Bruce Wayne explorador en los años 20, que sin querer desata un antiguo y poderoso mal al estilo de la novela del de Providence, incluso con los pingüinos albinos del texto. Además se enfrenta a versiones nuevas de aliados y enemigos ya conocidos, como Green Arrow, Ra’s al Ghul al estilo Abdul Alhazred, Mr. Freeze, Killer Croc, Dos Caras, en una reinvención próxima a From Beyond y James Gordon.
Wolfkin (2022)
Una versión moderna del conflicto del clásico The Undying Monster (1942), añadiendo la idea del nurture vs nature pero manteniendo su perspectiva de maldiciones de la clase alta para revelar dinámicas conservadoras de la burguesía. Tiene algo de esas secuelas de The Howling (1981) que mostraban sociedades de licántropos pero con una perspectiva dramática que quizá conjuga con la Blood (2023) de Brad Anderson, pero en este caso hay algo más de conflicto y puede ser una de las versiones más hilarantes de la nueva tendencia “eat the rich”, llevando la tendencia a la literalidad.
Les Chambres Rouges (2023)
Perturbador thriller psicológico alrededor del fenómeno real de las "groupies" de psicópatas, el snuff y las infames habitaciones rojas de la dark web, que consigue poner los pelos de punta sin mostrar ninguna escena gráfica, aunque sí un audio estremecedor que nos genera peores situaciones en la cabeza que si las viéramos. En realidad todo circula alrededor de un complejo estudio de personaje, con algún paralelismo con Mantícora, pero en su juego de ping pong con el drama judicial acaba convirtiéndose menos en una obra de terror y más en una especie de fantasía del público true crime.
Insidious: Red Room (2023)
Modesto pero muy digno cierre de la saga de los Lambert que convierte la historia de Dalton y su padre en una Boyhood del terror, con Patrick Wilson más atento a los personajes que a los sustos, logrando contar una historia e incluso emocionar. Una exploración de las consecuencias de lo visto en la segunda parte, representando el despertar de recuerdos reprimidos como una regresión de un trauma real de abuso paterno, con reminiscencias al ciclo del alcoholismo y su impacto, representado como el demonio rojo escondido. Las escenas de miedo alternan entre sustos facilones y golpes de montaje muy pobres con algunas apariciones silenciosas, siluetas y juego con la profundidad de campo muy elegantes. La secuencia del TAC entra automáticamente al podio de las mejores de la franquicia. Es cierto que la dirección de Wilson queda lejos de Wan o Whannell, pero a diferencia de otros títulos más llamativos visualmente, su corrección está al servicio de un relato de perdón intergeneracional que se traslada de abuelo-hijo-nieto en un eco de heridas escondidas en dimensiones ocultas. Insidious 5 redondea bien un arco épico que da valor a momentos clave de la saga y confirma al demonio carmesí como un icono sobrenatural moderno, encajando también con gracia apariciones de personajes clave de la saga en una despedida agradable, mejor de lo que la han pintado.
Five Nights At Freddy’s (2023)
Una película que sorprende porque más que la típica historia de "noche encerrado con marionetas asesinas" priman aspectos de terror psicológico y fantasía infantil: parece una temporada perdida de Channel Zero para chavales. Puede verse como un terror "adulto" muy suavizado o como una introducción al género bastante oscura. Nos inclinamos por la segunda y es gracias a una dirección con cierto poso de Emma Tammi, que se mueve más hacia el Blumhouse de Black Phone que al de Night Swim. Puede que todo su valor de resida en su buena decisión de casting y centrar el peso de la historia en un Josh Hutcherson errático y afectado por el trauma, una subtrama peregrina que consigue hacer creíble y funcional en el marco aún más disparatado de la película. El mayor atractivo a nivel visual reside en los animatronics de la factoría Jim Henson, un pedrigrí que más que por su artesanía cautivadora, apela a una tradición de cine fantástico juvenil oscuro que dialoga con el terror y la confrontación de temas adultos a través de muñecos.
Como cada temporada, el cambio de año nos lleva a hacer una reflexión sobre las ofertas más relevantes del género durante sus 12 meses. Seleccionamos nuestras veintiocho películas favoritas estrenadas comercialmente durante el año 2022 y comentamos por qué creemos que merecen estar entre lo imprescindible del año.
Tras dos años de pandemia hemos vivido un racionamiento de grandes estrenos en la gran pantalla que el año pasado empezó a cambiar, pero en este 2022 ha supuesto una explosión de títulos, calidad y diversidad que han convertido este año en el más grande para el género de este siglo. No solo se han alcanzado cinco números uno en la taquilla, sino que ha habido regresos como el de David Cronenberg o Dario Argento, películas realistas, sobrenaturales, de animales, zombies, vampiros, brujas, found footage, surrealismo, experimental, asiático, español, dirigido por mujeres y hasta sleepers de puro gore en pantalla que han derivado en estudios sociológicos de por qué la gente ha convertido en fenómeno a un payaso asesino sádico.
Además de la coyuntura industrial, no se debe subestimar el poder del cine de terror como termómetro de la historia y las inquietudes colectivas que resultan de las consecuencias de todo lo que pasamos como sociedad. Además, el terror ha servido como alternativa en la gran pantalla a los superhéroes y grandes blockbusters, lo que no significa que este género no se haya visto empapado por el género, con Sam Raimi haciendo su película más Sam Raimi desde Drag me to Hell, y el veterano del género Matt Reeves infiltrando su impronta en un gran revienta taquillas. Sin más pasamos a elegir 28 ejemplos algo diferentes y alternativos, olvidadas de grandes listas y títulos imprescindibles con su correspondiente programa doble tradicional.
28.- Deadstream (2022) y V/H/S 99 (2022)
Este divertido casi-remake del episodio de Tales from the Crypt pionero del found footage Television Terror (1990) cambia el programa de televisión con emisión en directo por la era streaming, pero manteniendo muchas de las ideas que ya estaban allí. Un presentador oportunista y desagradable que refleja a los reporteros con pocos escrúpulos que aquí se redefine con su evolución lógica, el youtuber que ha conseguido su fama a través de bromas de mal gusto y el narcisismo. También sigue con una estructura ya típica para este tipo de propuestas, al estilo de Grave Encounters (2011), pero aumentando las dosis de comedia, gracias al carisma de su protagonista, Joseph Winter, también codirector de la película junto a su mujer Vanessa Winter, con la que también ha dirigido To Hell And Back, el mejor segmento de la antología de metraje encontrado V/H/S 99 (2022), una extensión en toda regla del universo de esta, que narra un viaje al infierno en donde podemos encontrar apariciones compartidas en ambas y que se alza por mucho como lo mejor del combinado.
Puede que Deadstream hubiera sido más compacta y superior si se hubiera contado como un episodio de una serie antológica, la consecuencia del exceso de metraje es que tarda un poco en arrancar y su carrusel de sorpresas se hace un poco de rogar, pero cuando explota cuenta con un buen plantel de espectros y monstruitos que animan su viaje de comedia, quizá en ocasiones demasiado escatológica, con bastante sabor a Sam Raimi. No es común ver tantas películas del formato dedicadas al humor y de hecho, este resulta ideal para su sátira del submundo de influencers caranchoa, que se une a las recientes Death of a Vlogger (2019) y la insufrible Dashcam (2021), también estrenada este año. Una película idónea para pases de festival o con amigos en Halloween, pese a que responde al hype como se presume, su catálogo de criaturas final la convierte en una golosina horripilante y ligera que cuenta con la revelación genial de a actriz Melanie Stone —también por partida doble en la antología— y el mérito añadido de sacar brillo de medios muy escasos.
Programa doble: Holes in the Sky: The Sean Miller Story (2022)
El found footage ha resurgido con fuerza en 2022, pese a que no en todos los casos la distribución ha permitido que muchos se hayan visto más allá del circuito de festivales. Uno de los casos más desconocidos es este Holes in the Sky, que adopta el formato documental para recuperar uno de los temas que ha estado ligado a este subgénero desde antes de The Blair Witch Project (1999), las abducciones extraterrestres, siendo casi una actualización o secuela espiritual de The McPherson Tape (1989) y otra buena muestra de la misma tras The Fourth Kind (2009) o Phoenix Forgotten (2017), solo que mucho más modesta aunque con actuaciones naturales y un carácter amateur que juega a favor, dando bastante escalofríos en al menos tres escenas planteadas como pequeñas piezas alrededor de un caso.
27.- O Corpo aberto (2022)
Un relato de folk horror en Galicia que parece llevar Sleepy Hollow (1999) a la España rural de 1909, con tinieblas de cine gótico, rituales de hogueras y bailes a lo Midsommar (2019). Dirigida por la debutante en el largometraje de ficción Ángeles Huerta, supone otro caso de una directora patria que afronta el género este año tras la llegada de Cerdita (2022) aunque en este caso es algo más sugerente y clásico, uniéndose a nombres como Laura Alvea o Alice Waddington, quien también nos ofreció una Galicia recóndita en el episodio La pesadilla. Protagonizada por Tamar Novas, se basa en el relato Lobosandaus del escritor gallego Xosé Luis Méndez Ferrín, manteniendo la esencia de la historia, incluso con una apertura epistolar lovecraftiana que da al conjunto un aire atemporal, como un relato de la cripta más mesurado, aunque con un final muy deudor de los clásicos. Un relato pequeño, carente de sustos, apariciones o cualquier herencia del J-Horror que hemos incorporado hoy a cualquier película "de miedo" actual, mirando más en los cuentos fantásticos de autores de la literatura española, con espíritu de cine casi de Tourneur.
Huerta juega con la crónica negra aplicando una ambigüedad sobrenatural sutil, heredera de las producciones, para un atípico tipo de cine basado en atmósferas, las leyendas autóctonas, la superstición y el retrato de un lugar y sus habitantes bajo una óptica naturalista, para manifestar lo siniestro y ultraterreno a través de detalles de puesta en escena, la música o el montaje. Con los mimbres de un relato de fantasmas, conjura algunas de sus estampas recurrentes, con la sutilidad psicológica y las pulsiones sexuales de los cuentos de Henry James, capaz de encontrar su voz propia frente a la impronta patria de Los otros (2001) o El espinazo del diablo (2000), conectando por su conjura brumosa celta con el folk de la tv británica y las adaptaciones de M.R. James de Jonathan Miller, un horror telúrico de texturas y el influjo del monte sobre los aldeanos, recogiendo el acervo cultural gallego, donde la barrera de los vivos y los muertos se difumina, para participa en su tradición folclórica, que ya aparecía en el cine en la adaptación de Valle-Inclán Flor de santidad (1973), que convergía en sus ritos paganos al mismo tiempo que The Wicker Man (1973), también muy presentes en la TV en la estupenda miniserie Néboa (2020).
Programa doble: 13 Exorcismos (2022)
El terror en Galicia se ha hecho más presente en el cine español, y esta película rodada en Ourense recoge ideas de diferentes casos reales de posesión documentados recientemente en España, con el equipo creativo de Malasaña 32. Un modesto pero muy sólido retrato fantástico de un suceso trágico que usa los tropos del cine de posesiones para exponer una España negra de represión católica que en el fondo tiene mucho más Camino (2008) que The Exorcism of Emily Rose, pese a una cubierta aparentemente influenciada por James Wan que se adentra en el drama de su protagonista, una adolescente con problemas víctima de una educación confesional opresiva. Centrándose en su tormento, 13 exorcismos podría hacer programa doble con Verónica (2017), pero su martirio "sobrenatural" responde más a la metáfora de una tragedia como Requiem (2006). Por ello, José Sacristán, un sacerdote estoico, está lejos de ser un héroe al estilo los Warren, basado en el sacerdote real Jesús Hernández Sahagún, vallisoletano autorizado por la iglesia para realizar exorcismos, que junto a los padres de una adolescente burgalesa acabó en procesos judiciales por la responsabilidad sanitaria de su suicidio. Un caballo de Troya del cine de horror religioso que lanza un dardo envenenado a la intromisión eclesiástica en competencias sanitarias o de educación que funciona mejor como coming of age oscuro que como carrusel de sustos.
26.- Hellhole (2022)
El polaco Bartosz M. Kowalski vuelve a dar muestra de su versatilidad tras sorprender hace seis años con la brutal Playground (2016), cambiando totalmente de tercio con una opresiva historia esotérica sobre un policía que finge ser un monje para infiltrarse en un monasterio que funciona como clínica de poseídos, pero que podría esconder realmente a una secta que trata de invocar a un ser ancestral. La primera escena parece una mezcla del prólogo y el final de El día de la bestia, aunque sin esa capa de humor negro de Álex de la Iglesia, y el resto de la película comienza ya en los ochenta, donde durante la mayor parte del tiempo es como una "intriga en la abadía" al estilo Der Name der Rose (1986) pero de serie B, es decir con ocultismo, pasadizos, libros prohibidos y oscuros secretos, y sin ser una montaña rusa de investigación, centrándose principalmente en las atmósferas umbrías, pese a que en un primer momento funciona como una variación del cine de posesiones pura, con exorcismos y rituales, pero va retorciéndose hacia el cine de cultos y secretos propia de videoclub. Sin embargo, su segunda mitad cambia hacia la idea de un mal que impregna cada ladrillo antiguo de los lugares escondidos del edificio.
Sus lúgubres pasadizos, las habitaciones a la luz de las velas o las celdas que albergan a los atormentados y gustarán especialmente a fans de horrores religiosos al estilo The Unholy (1988), Dark Waters (1993), Alucarda (1977 ) o los trabajos de Soavi y otros ancestros italianos con aventuras impías al estilo de The Other Hell (1981). El tono podría ser más propio de un episodio de Masters of Horror, con un argumento muy simple pero que sabe jugar con sus sorpresas con algunos giros bien ganados, que llevan a situaciones inesperadamente cómicas dentro de su tono siniestro, acorde a una propuesta modesta. Sin embargo, donde realmente Hellhole se gana su puesto es en su final espectacular, una inesperada coreografía de tintes apocalípticos sin remilgos en mostrar lo que muchas otras suelen evitar, un momento que da más de lo que se le puede pedir a una película pequeña de estas características, que eleva una película más o menos ordinaria a una pesadilla monástica nihilista sin miedo a adoptar con dignidad los tropos del terror satánico con la desvergüenza de las portadas de Creepy o Vampus o el descaro lúdico de nombres sin miedo a los críticos como Lucio Fulci.
Programa doble: The Exorcism of God (2021)
El mundo de las explotaciones de El exorcista (1973) sigue sus propias reglas, pero su punto común es que la mayoría toman un exorcismo base y cambian algún elemento del ritual conocido para justificar toda una película sobre el mismo. Esta luce mejor que la gran mayoría, con una dirección competente de Alejandro Hidalgo, pero su espíritu sigue siendo igual de sinvergüenza que las primeras aproximaciones italianas al género, utilizando el erotismo barato y los bajos instintos para hacer un espectáculo con implicaciones turbias sobre abusos en la iglesia y otras ocurrencias impías, como un Jesucristo poseído, una actitud a lo Demons (1985), y el supuesto gancho de esta iteración particular, las poseídas haciendo un ritual inverso a Dios. Antes de tomársela demasiado en serio, piense que el equivalente a Merryn aquí está interpretado por Joseph Marcell, Jeffrey el mayordomo de El príncipe de Bel-Air.
25.- The Reef: Stalked (2022)
El cineasta australiano Andrew Traucki nunca ha engañado con lo que ofrece en su obra. Su estilo casi documental refleja una actitud de cineasta primitivo, ya que normalmente sus películas son baratas y reducen su esencia al mínimo para conseguir transmitir la experiencia de la confrontación más pura del hombre en la naturaleza. Su forma de ver el cine tiene algo de la misma experiencia por la que pasan sus personajes, esa impronta de los aficionados a deportes extremos que deciden grabar sus hazañas. Por ello no le da muchas vueltas a sus historias y concibe el conjunto como una forma de revivir lo que pasaría cuando un grupo de personas se quedan a solas en el hábitat de un gran depredador. Traucki ama los cocodrilos y los grandes tiburones y sus películas son esencialmente variaciones en distintos entornos de la misma narrativa de supervivencia, con la única excepción de The Jungle (2013), que es más explícitamente en formato found footage. Con The Reef (2009) consiguió una de las películas más espeluznantes sobre tiburones blancos, una variación de Open Water (2003) pero con un mejor uso de los recursos disponibles en mar abierto. Si con Black Water: Abyss dio réplica a su primigenia odisea con cocodrilos, tomando prestado el punto de partida de The Descent (2005), aquí asemeja más a su grupo de chicas al de la película de Neil Marshall y las pone a hacer pesca submarina, con la previsible situación de peligro cuando un gran jaquetón las empieza a acechar.
En esta ocasión, el guion crea una pequeña situación de trauma para el personaje principal, con lo que su lucha por sobrevivir en medio del océano tendrá un reflejo en su propia superación, una coletilla no muy original pero que funciona gracias a actrices convincentes y un montaje agobiante de una situación de violencia doméstica realmente desagradable que se entrelaza de forma convincente. The Reef: Stalked vuelve a repetir las claves de su predecesora con un gran manejo de los silencios, las bandadas de pájaros y las inmersiones con agua vacía, dosificando la tensión hasta niveles de infarto y logrando transmitir la amenaza invisible que siempre funciona más cuando no aparece en cámara. Las escasas apariciones siguen la técnica de combinar metraje del animal real con el de las actrices, con algún defecto de fx sin importancia, en comparación con los resultados, siguiendo un minimalismo que consigue exactamente lo que pretende. La segunda mitad del filme hace un homenaje comprimido a Jaws (1975), pero con una perspectiva zoológica, el pez ataca pero no siempre acierta, no siempre es una máquina de matar, y se parece más a lo que podemos ver en un documental. Es extraña la recepción negativa a las obras de Traucki, modestas, competentes y centradas en el suspense puro, un cine del pánico sin aderezos que transmite honestidad de serie b, una apuesta por mojar la cámara y una fascinación por la fauna mortífera encomiable. Que siga haciendo más.
Programa doble: Shark Bait (2022)
Hay tantas películas de tiburones en el mercado VOD cada año que es casi imposible determinar si una sola de ellas merece realmente la pena. Con el terror —y no porque dé miedo– de Great White (2021) y el delirio trash de The Requin (2022) cerca, pocas ganas de experimentos quedaban para otra excursión genérica de universitarios que se quedan aislados en alta mar a merced de un tiburón blanco. La sorpresa es que Shark Bait abraza el lado más exploit por el lado sangriento, se plantea casi más como un slasher que como un survival deportivo al que tienden estas películas y sustituye al señor de la gasolinera que avisa de que no hay que ir al viejo campamento por un mendigo mutilado por un jaquetón. Luce mejor que la media y los efectos no están nada mal, pero lo que sabe hacer es dar sustos tontos, pero que funcionan y cumplen su función hasta un final tan sinvergüenza como el de 47 meters Down: uncaged (2018). El complemento perfecto para The Reef 2.
24.- The Menu (2022)
Es raro ver en el cine de terror una propuesta producida por Adam McKay y Will Ferrell, tras colaborar en su triunfal Succession que utilizan aquí el género como una variación perversa de la comedia más corrosiva para dirigir sus disparos al neoliberalismo en forma de brutal gastrosátira de horror, casi teatral, que dispara con humor macabro a críticos, clientes y el arte dirigido a las élites. Una perversión culinaria de The Invitation (2015) en la que seguimos la perspectiva de una gran Anya Taylor-Joy, mientras el guion juega con el thriller, la comedia negra y el terror murder mystery. En realidad, su idea central esconde la misma idea de películas de venganza y terror británicas como Theatre of Blood (1973) pero en el mundo de la cocina conceptual, y como aquellas, nunca se toma demasiado en serio a sí misma, ni deja de ser cáustica en su dibujo de la explotación velada de clase. Ralph Fiennes borda a un personaje enigmático y preciso, una caricatura siniestra de los grandes chefs cuya posición de autoridad frente a los comensales pone de relieve la ironía real de la relación de los clientes de alta cocina con quienes son, al fin de cuentas, el servicio.
The Menu plantea algo bastante radical, reduciendo la experiencia culinaria a un hecho social, cuyos potenciales pagadores experimentan porque pueden, no porque lo aprecien como el autor pretende. El guion resulta brillante al componer una experiencia progresiva en cuanto a la construcción de la tensión, como en una performance surrealista, algo que en cierta forma conecta con Flux Gourmet (2022) y facilita un statu quo digno de El ángel exterminador (1962). La reducción del acto cultural al consumismo por disposición más salvaje ofrece un dilema inteligente que funciona como oda a la belleza inherente del arte “pretencioso” y al mismo tiempo cuestiona su misma existencia, sin dejar ni un hueco por evaluar del microcosmos ideológico y la impostura que se genera durante una simple cena de un restaurante de lujo. Pese a que muchos podrán achacar su adscripción al cine de terror, su clímax haría feliz a Ari Aster y sobre las dudas posibles, cedemos la palabra al guionista de Black Phone, C. Robert Cargill, que tuiteó al respecto ese debate de forma fulminante: “Es una puta película de terror, punto final. Estoy cansado de que la gente intente quitarle parte del mejor terror del género porque les da vergüenza”.
Programa doble: The Northman (2022)
Anya Taylor-Joy ha hecho doblete este año y vuelve a trabajar con Robert Eggers, quien explora las raíces nórdicas del folk horror de las que en el fondo bebe Midsommar, pero con la atmósfera de The Witch (2015) y la épica de Conan. Más que terror es una fábula de venganza al límite de la locura, llena de violencia y fugas al fantástico a través de imaginería visual grandiosa: drogas, tapices, runas, muertes, rituales y mitologías compartidas, Eggers cita a su amigo Ari Aster como si hiciera una precuela espiritual de su pesadilla sueca, pero también se autocita y encontramos ritos paganos en el bosque, levitaciones y animales mágicos con una gran cantidad de referencias visuales del cine europeo, como la vidente de Na srebrnym globi (1988) y su tono de cuento mira también hacia el cine fantástico soviético de Aleksandr Ptushko y Aleksandr Rou como Sampo (1959) o Kashchey bessmertnyy (1945), pero con muchos elementos de género como la transformación de los Hijos de Fenrir, la cabeza momificada de Willem Dafoe, el zombie fantasma, los cuerpos grapados a la pared o el sacrificio humano de la parte final.
23.- Barbarian (2022)
Uno de los números 1 de terror en la taquilla USA que se ha considerado la gran sorpresa de terror del año, recibiendo alabanzas de directores como James Gunn y Edgar Wright, con un 92% de críticas positivas en Rotten Tomatoes e incluso siendo bautizada como "la Malignant de 2022". Lo cierto es que bajo las capas de hype, algo exagerado, hay un divertido pastiche de lugares familiares del género, cómplice con el espectador mientras juega con sus expectativas y el suspense, prometiendo mucho más de lo que acaba ofreciendo, pero con suficientes sustos, espacios tenebrosos y gore festivo como para resultar muy destacable. Utilizando cierta iconografía arquetípica muy reconocible para plantar una semilla de paranoia en el público, es consciente de lo que este puede esperar y en su primera mitad trata de jugar con lo que se va a encontrar de forma retorcida. Una vez comprendemos sus revelaciones, Barbarian se conforma un poco y no va demasiado más allá, de hecho, sus giros no muestran nada que no hayamos visto ya en películas de Wes Craven, e incluso clásicos de culto británicos como Raw Meat (1974) y más recientes del cine de terror español y francés.
Si Fresh (2022) representa los nuevos peligros de las citas a ciegas con apps, el debut en el terror de Zach Cregger hace lo propio con el mundo de los AIRBNB y alojamientos dejados de la mano de Dios. El director tuvo la idea a partir del libro The Gift of Fear: Survival Signals That Protect Us from Violence, pero lo que realmente eleva el conjunto es el uso de los suburbios abandonados de Detroit como emplazamiento casi neogótico, un uso recurrente en el cine de terror post-crisis económica, con títulos como Boo! (2018), It Follows (2014), Lost River (2016) o el verdadero tratado que daba Don't Breathe (2016). Llegada directamente a Disney+ en España, puede que no funcione igual en la soledad de un sofá que frente a un público entregado, ya que tiene un punto de barraca de feria, un bootleg en toda regla dedicado a sorprender cueste lo que cueste en el que la experiencia es lo importante. Es fácil comprarle la idea y disfrutar con interacción que propone con decisiones como la elección de Bill Skarsgård en el casting de chico sospechoso, pero su final abrupto crea confusión rompe cierta ilusión creada y deja dudas sobre lo que hemos experimentado es un show explosivo con fecha de caducidad.
Programa doble: Adult Swim Yule Log (2022)
Los especiales navideños “yule log” para televisión son una tradición americana que se remonta a 1966, que suele tener lugar alrededor de un fuego, y el canal Adult Swim ha decidido convertir el suyo de este año en una película de terror surrealista del director de Too Many Cooks y el anuncio del Cheddar Goblin de Mandy (2018) y guarda unas similitudes, a priori, muy similares a Barbarian, ya que empieza con una pareja en una casa que esconde algo inesperado. Como aquella, parte de la gracia está en no saber nada, ni siquiera la premisa básica, lo que hace que cada giro sea aún más emocionante, pese a que el presupuesto es muy pequeño y hay que tener paciencia en la primera media hora. Empezamos con un asesinato frente a una chimenea y vemos que la premisa incluye de asesinos a flashbacks de momentos oníricos al estilo Twin Peaks, finales alternativos, locuras gore y muchas más sorpresas inesperadas.
22.- Nope (2022)
Lo nuevo de Jordan Peele ha hecho grandes números en taquilla, pero, sobre todo, ha logrado infiltrarse en la cultura popular con un gran concepto, aunque tarde prácticamente una hora en entrar en él. La idea de hacer una especie de Tremors (1990) en el cielo es muy jugosa, y aunque no desarrolla todas su posibilidades lúdicas hasta su final, con una extravagante revelación, es toda una curiosidad veraniega, la obra más expansiva de su autor, quien ha desparramado varias ideas interesantes dentro de algunas metáforas enrevesadas y, aunque no está a la altura de sus mejores trabajos, demuestra una versatilidad infalible, resultando muy original al afrontar el género de ciencia ficción y terror. Muchas de sus obsesiones están desperdigadas en ideas sin pegamento que tratan de construir una retorcida alegoría sobre el espectáculo, y al mismo tiempo pule una gran cantidad de imágenes muy hermosas en su película mejor dirigida, logrando conexiones con horrores telúricos, e incluso inexplicables —esos gritos que van recorriendo la pantalla—, que en algunos momentos se diluyen en situaciones muy deliberadas que respiran más fuera que dentro de la pantalla. A veces resulta muy difícil conectar con los distintos personajes de Nope, hasta el punto de que algunos de ellos se hacen muy cargantes, pero el que interpreta Michael Wincott es todo un hallazgo.
Puede que lo más decepcionante del conjunto es que posee demasiados apéndices muy interesantes, como el de la sitcom de los 90 y el chimpancé Gordy, que resultan impactantes y apuntan a una película que se hace más y más grande en la cabeza, solo para acabar desinflándose cuando la conexión entre ellos es mucho más simple de lo que parecía. Hay flashbacks, figuras paternas ausentes, caballos, bromas que hacen pensar en algo que no es, Nope tiene infinidad de vías de entrada pero pocas para salir, acumula enigmas para desenvolverlos de forma arbitraria, en el peor de los casos para crear el enésimo terror de reglas tipo "No hacer algo", en la onda de Bird Box (2018), o llegar a un final con ciertas decisiones críticas de diseño en su tramo final que denotan un gran riesgo asumido por Peele, pero que son de tomar o dejar. Como siempre, lo más interesante de la película viene en las pequeñas pistas, y su plano final está colocado de una forma muy ambigua, lo que lleva a nuevas discusiones e interpretaciones que cada uno proyecte en él, haciendo del conjunto una buena adición a la filmografía de un autor que sabe conectar sus ideas e inquietudes a propuestas de gran entretenimiento.
Programa doble: Prey (2022)
Y si Nope propone un ataque de un alienígena y posterior caza del mismo, Prey, la nueva precuela de Predator dirigida por Dan Trachtenberg, hace lo propio ambientándose hace 300 años, con una guerrera comanche que debe proteger a su tribu de un brutal cazador sideral. Un survival de terror y acción estándar, con Disney+ utilizando la marca para llevar la franquicia al terreno del bajo presupuesto dando la impresión de una "vuelta a lo básico" que esconde una mimesis digna del origen de la mitología. Sustituye grandes estrellas y presupuesto por una economía de medios que no acaba de aprovechar nunca, con efectos especiales digitales en lucha con la intención realista del emplazamiento y su intención de elevar el tono de la franquicia a algo que nunca fue. Un equivalente actual de las secuelas económicas para el estudio en formato doméstico, al igual que en su día Mimic 3 o From Dusk till Dawn 3, un testamento a la confianza del estudio a la saga que aboga por un emplazamiento histórico o un gran concepto escalado que sustituye movimientos de cámara y producción por una innovación que se apoya en un guion lleno de subrayados. Una especie de The Naked Prey de cine fantástico con que aterriza de pie por un final bien resuelto, un gran nuevo diseño del Predator sin evolucionar, y un perrito callejero real que se ha convertido en uno de los mejores actores del conjunto.
21.- Texas Chainsaw Massacre (2022)
Tras un primer intento en la gran pantalla, fue Netflix el destino de la secuela del gran clásico de los 70 bajo la producción de Fede Álvarez, una apología del gore cafre demasiado salvaje para estrenarse en el cine, con un Leatherface contra la gentrificación reventando a niñatos influencers y modernos en un concepto que no da para más, ni intenta demasiado salirse de ese molde. Puede que su mayor error fuera postularse como secuela "coherente" de la original, pero a la hora de la verdad acaba haciendo lo mismo que la mayoría, reinterpreta la saga como un slasher más, pero con la máxima de "cuanta más sangre, mejor". Además de estar mejor realizada que la mayoría de secuelas, la buena noticia es que consigue introducir un body count inaudito en solo 73 minutos, que es exactamente la misma duración que la original, y en ese tiempo le da tiempo a comprimir tantas escenas de muerte y descuartizamiento que la película parece un manifiesto truculento contra la democratización del capitalismo. El problema es que desaprovecha un emplazamiento fantástico para desarrollar más las texturas de un pueblo fantasma que serviría de igual forma como escenario de un weird western. Como propuesta de estudio no es muy original, vuelve a desaprovechar la oportunidad de revivir la atmósfera de la de Hooper y parece explotar la plantilla de la nueva Halloween (2018), rescatando a una superviviente de la original para convertir la historia de nuevo en una venganza, sin embargo la coincidencia es anecdótica, el papel aquí de la final girl vetusta es menor y el protagonista absoluto es Leatherface.
El resultado es lo más parecido a una obra de explotación inmoral hecha por un estudio, una obra misántropa, demasiado incómoda para exhibir en público, que consigue que absolutamente ninguno de sus protagonistas caiga bien, invitando al espectador a ponerse de parte del asesino con poca vacilación. Como la mayoría de secuelas, Texas Chainsaw Massacre no entiende nada de lo que hace a la original una gran película de terror, pero eso no significa que sea un mal slasher moderno: es tremendamente directo, cruel y con secuencias como la del autobús que dan un nuevo significado a la palabra "matanza". Además, las muertes tienen una puesta en escena de David Blue Garcia con gancho, el gore goza de buenos efectos especiales y gags memorables como ese brazo partido que degüella al mismo personaje. También hay algunas escenas de tensión conseguidas, como la de la furgoneta y tiene una gran fotografía que permite momentos memorables como la aparición de Leatherface entre un campo de girasoles. La música es mejorable y el guion está a nivel de una película de Viernes 13 cualquiera, pero para muchos será un bálsamo contra otros slashers blanditos, culebrones adolescentes meta y terrores de alta autopercepción. A su modo, una rara avis en el panorama actual y tratar de buscar en ella la película que no es no significa que no esté por encima de al menos la mitad de las secuelas. Puede que quede deslucida cuando trata de insertar la agotadísima carta del trauma, pero funciona mejor cuando se vuelve completamente cínica y ridiculiza el mundo de influencers, star ups y la superioridad moral urbanita, estableciéndose como una fantasía American Gothic con sin sutilezas, pura catarsis prohibida, incorrecta y terapéutica.
Programa doble: Christmas, Bloody, Christmas (2022)
Joe Begos la lió en Sitges2022 con su mejor obra junto a Bliss (2019), una explosiva variación navideña de Chopping Mall (1986) con un Papá Noel mecánico asesino que muestra cómo se hace un gran slasher: sangriento, punk y sin reposo. Nos recuerda que la primera Terminator (1984) también era una película de terror y juega con sus referentes en una carrera de supervivencia salvaje, rodada en 16mm, plagada de neón, personajes a los que apetece seguir y música llena de groove ochentero que parece el resultado de Richard Linklater y Scott Spiegel. Una vez empieza nunca pone el pie el freno. Otro antídoto salvaje contra los slashers con profiláctico y la confusión del subgénero con el whodunit juvenil.
20.-Masking Threshold (2021)
Salida de la nada, esta pesadilla sonora experimental de horror psicológico se mueve en los mismos códigos que Pi (1998) o Phase IV (1974), combinando elementos de una película de videodiario, un pseudodocumental en primera persona con metraje encontrado, un tutorial de YouTube y la estética de cine de interfaz de escritorio que llega a lo cósmico desde lo macroscópico a través de una propuesta extrema y no para todos los gustos, pero diferente a todo lo que has visto. Johannes Grenzfurthner dirige, escribe y monta todo lo que se ve en pantalla y construye su película casi en su totalidad a partir de un montaje interminable de imágenes con una narrativa esquiva, escondida en una serie de capítulos a saltos, que va dando ráfagas de información digital que van desde los primeros planos extremos de pantallas, gráficos, diagramas, fluidos y equipos de grabación, casi todos diegéticos, que ha rodado y va narrando el propio protagonista. Todo ello para presentarnos un extraño viaje a la madriguera de conejo de un hombre sin nombre con delirios narcisistas que sufre de una forma rara de tinnitus y nos describe su condición y las consecuencias que ha tenido en su vida. Convencido de que los médicos no pueden ayudarlo, decide embarcarse en una serie de experimentos para descifrar qué frecuencias desencadenan su aflicción más que otras, para diagnosticar y, con suerte, curar su enfermedad. Vemos el proceso y los minuciosos resultados de sus experimentos, que, como si fuera una especie de mad doctor, va catalogando cuidadosamente en su laboratorio casero improvisado.
Esto conduce a una escalada que empieza con tejidos, luego con moho y, finalmente, con insectos y pequeños mamíferos. Esto va siendo progresivamente más y más repulsivo y estomagante. Hay que señalar que a secuencia de créditos indica que "Contrariamente a las apariencias, una hormiga fue el único animal muerto en la realización de esta película. FX FTW". El director de fotografía Florian Hofer y la diseñadora de sonido Lenja Gathmann van haciendo más y más opresiva su experiencia, ilustrando de una forma inusual el estado mental desde dentro de la mente de una persona que se desintegra gradualmente a hasta caer en el abismo de psicosis conspiranoica. Especialmente representativa de la era postpandémica y antivaxx, Masking Threshold nos atrapa dentro de la cabeza de un individuo cada vez más perturbador y descama su terror en texturas a un nivel íntimo para relatar la espiral de un narrador no fiable que desarrolla una descabellada búsqueda de un sonido siniestro, en un año en el que las películas como Flux Gourmet (2022) exploran la idea del ASMR relacionado con el terror. También está en la onda de The Sound of Violence (2021) pero con una perspectiva científica al estilo de Altered States (1980), editando una videobitácora radical y fascinante en la que la ambigüedad de la información volcada también juega al terror.
Programa doble: Something in the Dirt (2022)
Justin Benson y Aaron Moorhead se convierten en unos Fox y Scully de barrio con mucha química, en un L.A. Gothic que tira de los mismos hilos (y falta de soluciones) del enigma Toynbee y parece el film de horror cósmico que firmaría Kevin Smith. Su desarrollo de conexiones imposibles y análisis científicos caseros la conecta con la obra de Grenzfurthner, aunque su tono ligero la separa del cine de terror de falso documental y crea una constante distancia que llega a lo metacinematográfico, aunque trata la mente conspiranoica de una forma similar.
19.- Doctor Strange in the multiverse of Madness (2022)
El episodio de What if…? De Doctor Strange convirtió a la serie en la Twilight Zone de Marvel. Una revisión faustiana del día de la marmota con el hechicero haciendo las veces de Orfeo con invocaciones lovecraftianas y consecuencias al estilo de La pata de mono, probablemente lo más turbio visto en el MCU, que este año parece abrirse al género, también con el especial Werewolf by Night (2022). La nueva película del cirujano brujo no es la película de terror que nos habían prometido, pero si una frenética aventura esotérica oscura de gran cine fantástico llena de criaturas, sustos y psicodelia, que recupera a un Sam Raimi en plena forma —eso debería bastar a los fans del género— consiguiendo una narración vibrante y momentos que crearán el éxtasis de los fans de Marvel. Como si fuese una versión tenebrosa de Bill & Ted Bogus Journey (1991), en la película puede pasar casi cualquier cosa y sus reglas siguen su propia lógica dentro de su u̶n̶i̶multiverso, toma algunas decisiones iniciales valientes desde el inicio y plantea dilemas que el usuario medio Marvel actual puede tomar como controvertidas, pero se atreve con todo lo que Wandavision no tuvo arrojo de concretar, llevando a La bruja escarlata al terreno de los cuentos y el mundo del Mago de Oz. Su escena de posesión podría pertenecer a Warrenverso, y tiene detalles Raimi exquisitos: una taza con un océano, comida que cobra vida como en Poltergeist (1982), POV de asesino slasher, fotos y reflejos que cobran vida… además, Raimi utiliza horizontes surrealistas, paisajes abstractos y escenarios caleidoscópicos muy hermosos e inquietantes, dentro de diseño de producción creativo y extraño, aunque siempre de queda a las puertas de hacer algo verdaderamente rompedor con su abanico de posibilidades.
El director incluye muchas referencias a su saga Evil Dead aquí, desde la aparición de Bruce Cambell al punto de vista de las almas de los condenados, pero sobre todo toques de Army of Darkness (1992) y Drag me to Hell (2009), que aunque ni por asomo se acerca a lo que esta última lograba con un PG-13, si que tiene zombies, doppelgängers y momentos tremendos como la confección de una capa de demonios que parecen de una película de Harryhausen. Pese a las cadenas, basta un poquito del Raimi de la trilogía de Spider-man y Darkman (1990) para inyectar diversión y un storytelling visual inédito en las últimas fases Marvel, con soluciones dinámicas, zooms familiares y un montaje pulcro que cuenta todo de forma enérgica y fluida. Además, aplica su sensibilidad pulp e ideas ingeniosas en los combates mágicos, recordando en muchas ocasiones al mítico duelo a muerte de magos de The Raven (1963) de Roger Corman, la adaptación más bizarra posible del relato de Edgar Allan Poe. Tampoco se queda corto en monstruos, necronomicones, demonios, redivivos y otros aderezos de cine de terror. Sin ser espeluznantes, sí acercan la película al género, con una memorable set piece de Kaiju lovecraftiano cortesía de Shuma-Gorat, renombrado Gargantos, pero en realidad una creación de Robert E. Howard para los mitos de Cthulhu, por lo que Doctor Strange in the Multiverse of Madness podría ser oficialmente parte de estos.
Programa doble: The Batman (2022)
Matt Reeves reinventa el personaje en una densa pesadilla urbana que introduce al héroe de DC en una investigación criminal a caballo entre Saw y Zodiac, presentando una Gotham mugrienta llena de escenarios góticos y texturas de cine de horror que no se parece a otras películas del hombre murciélago ni sigue las pautas del cine de superhéroes. Matt Reeves construye una atmósfera tétrica irrespirable en la que hasta la relación con Gordon recuerda a Se7en (1995) con muchas claves de cine de terror, como el Batmóvil casi con vida propia inspirado en Christine (1983) y el aspecto de Riddle, inspirado en el atuendo de asesinos como Zodiac o el de la película The Black Panther (1977), su primera escena, un home invasion a lo The Strangers (2008) y un desarrollo de cine de asesinos en serie al estilo Thomas Harris como Manhunter (1986), con su juego de mensajes y acertijos con la policía que comienza en Halloween, tiene escenas propias de un film de Dark Castle como la del orfanato y su villano camina entre un Peeping Tom (1960) con interacción con vídeo constante y asesinos reales como el BTK.
18.- The Cellar (2021)
Hay ciertas películas de terror que son difíciles de catalogar por su público objetivo. A menudo las expectativas no encajan con la idea del proyecto, principalmente porque la intención del director o la producción no es aclarada correctamente. The Cellar es una película de terror pensada como puerta de entrada al género para chicos preadolescentes. Sin embargo, se ha presentado en diferentes festivales como una obra de horror adulto y esto ha llevado a que se haya considerado como una película suavecita, en vez de como una película para chavales bastante fuertecita. Es un espacio muy desagradecido e incómodo, pero en todo caso, el problema no es de la obra en sí. Hoy por hoy, las películas de terror para gente menuda tienen que estar muy cuadriculadas por códigos heredados de la forma de plantear estos productos de canales como Disney Channel. Sin embargo, series como The Haunting Hour (2010) de R.L. Stine suelen tener momentos de terror muy atmosférico y oscuro, normalmente con finales muy siniestros. El director Brendan Muldowney ha adaptado y ampliado su gran corto The Ten Steps (2004) en una película pensada para asustar a los niños, según comenta en Bloody Disgusting, su inspiración fue Roald Dahl porque “no rebaja las cosas a los niños. A los padres de sus personajes infantiles les suceden cosas terribles. Él no les habla con desdén y hace sus cuentos oscuros y aterradores y creo que de ahí es de lo que vengo. Si vas a hacer una película de terror para niños, aún puedes tratar de asustarles”.
Si es cierto que muchas de estas aventuras juveniles tienden a tocar todos los tropos posibles del cine de casa encantada, y en The Cellar entra la desaparición de una niña de Poltergeist (1982), y otras claves de herederas como Insidious (2010), pero todo está adaptado sin miedo a repetir esquemas porque lo que le interesa es la atmósfera y los recursos clásicos, que ejecuta con pulcritud y narración impecable, pero siempre dentro de una burbuja de obra pensada para una edad preadolescente. Su tono recuerda a obras británicas de los 70 como Shadows (1975-1979) o Tales of the Unexpected (1979–1988), pensadas para ver en familia, sin violencia o visiones gráficas pero con un buen trabajo de atmósfera. La historia de la adaptación del corto original sigue la historia y explora ideas que conectan el horror gótico con la física cuántica y las matemáticas, al estilo de La habitación del niño (2006) o The Stone Tape (1971) y lleva el concepto a terrenos cine satánico e incluso de películas de Fulci, puesto que hay no pocas referencias a Quella villa accanto al cimitero (1981) y L'aldilà (1981), donde Elisha Cuthbert regresa al género haciendo las veces de Catriona MacColl en una típica investigación que no pierde el tiempo, tiene algunos sustos bien concebidos y un tramo final tremendo, en donde conectan fantasía y horror casi lovecraftiano. Una buena pieza para la colección de cine entre dos mundos junto a The Hole (2009), Gretel & Hansel (2019) o Come Play (2020).
Programa doble: Nocebo (2022)
El terror llegado de Irlanda ha tenido un gran momento en 2022 y una de sus muestras más incomprendidas es la nueva película de terror de Lorcan Finnegan, que vuelve a exponer un discurso social sobre explotación con el humor negro e imaginería FX de un episodio de Tales from the Crypt. Aquí Eva Green prueba medicinas alternativas filipinas que salen mal en una dinámica que no está centrada en el misterio y permite que la suposición clara de lo que va a pasar juegue a su favor, nuestro punto de vista va trasladándose del personaje de Green al de la criada, haciendo que todo lo que esta hace (y dice) sea macabramente divertido. Finnegan atrapa por su uso de un imaginario grotesco de terror bastante inusual, con la presencia de garrapatas, perros decrépitos y aves grotescas, incluso llegando a usar efectos especiales animatrónicos y otras propuestas afines también, en fondo, a Thinner de Stephen King.
17.- A Banquet (2021)
A Banquet es la enigmática ópera prima de la directora escocesa Ruth Paxton. Protagonizada por Sienna Guillory, Jessica Alexander, Ruby Stokes, Kaine Zajaz y Lindsay Duncan, es una película de horror psicológico casi imposible de inscribir en un subgénero concreto, pese a que tiene elementos desperdigados de varios de ellos, pero en realidad toda etiqueta es fútil cuando sus códigos fantásticos no son el fin sino la forma de contar el duelo de una viuda luchando por sobrellevar la situación mientras su hija deja de comer misteriosamente. En sus noventa minutos pasan muchas cosas al mismo tiempo, aunque superficialmente es solo un acercamiento atmosférico a una familia que comienza a desquebrajarse mientras intenta recuperarse de la tragedia. Mientras su protagonista trata de averiguar qué le pasa asistimos a un contagio de la ansiedad bajo un aparente trastorno de la alimentación que nos lleva a pensar en Safe (1995) y el misterio de una condición invisible que se traslada al lenguaje de la película, cada plano de un alimento consigue resultar hostil, desagradable. Desde un puré que se tiñe de rojo a unas gotas de salsa cayendo sobre el suelo, el diablo está en los detalles, y es la propia forma de narrar la película la que incomoda, no los temas de posesión, la angustia de la maternidad, la histeria o la fe que van apareciendo conforme los meandros de la película siguen su curso. El trauma femenino multigeneracional de películas recientes como Reunion (2020) o Relic (2020) se adhiere a unos códigos cada vez más reconocibles de horror corporal y psicológico con raíces en horrores adyacentes al género, desde las anomalías alimentarias, la tensión entre hijas y madres –podría ser una Ladybird (2017) vista a través de Haneke– , y el poder de control, o la falta de este, del propio cuerpo. Con películas como A Banquet, dirigidas por autoras con un mundo por explorar en el terror que buscan transmitir su propia experiencia, se va conformando un subgénero reconocible en sí mismo fuera de los elementos familiares que se utilizan de apoyo para estos temas.
Sin embargo el mayor fuerte del film es su capacidad para transmitir inquietud dejando navegar la historia sobre lo desconocido. Por ejemplo, Betsey regresa de una fiesta una noche después de ser atraída al bosque por susurros de brujas y encantada espiritualmente bajo una luna roja como la sangre, pero nunca obtenemos la respuesta de qué significan toda esa serie de elementos. Los médicos están desconcertados por la misteriosa condición de la adolescente, que ha dejado de comer pero no pierde peso, mientras insiste en que su cuerpo ahora está al servicio de algo más grande que ella. Hay elementos de The Exorcist (1973) o Rosemary's Baby (1968), pero no los que uno espera, sino que tiene más que ver con la visión de la maternidad de Shelley (2016), concibiendo el cuerpo como recipiente, haciendo una metáfora de la voluntad y la independencia vista como un temor al fin del mundo. Paxton explora métodos de narración para aumentar aún más el magnetismo cambiante de la puesta en escena a través de una estética muy particular y paisajes sonoros espeluznante, capturando el mundo íntimo de los personajes, con paredes oscurecidas, esquinas agresivas y una fotografía a veces surrealista con imágenes grotescas. Puede parecer que la película agarra más cosas de las que puede apretar, pero deja posibilidades fascinantes para interpretar su lógica interna para conectar intuitivamente el desorden alimenticio, el martirio metafísico religioso a lo Saint Maud (2020). A veces parece Take Shelter (2011) y otras Melancholia (2011), pero su ambigüedad plantea una mitología esquiva que invita a revisar los detalles, la ausencia de resolución satisfactoria es un acierto. Con su mirada íntima a una familia expande su mundo de leyendas y hasta incluye una convergencia a cierta película de James Wan, sin embargo mejora porque al acabar sigue siendo indescifrable y sabe que es su gran baza para ser inquietante, por lo que no pide permiso.
Programa doble: Shapeless (2022)
Un drama doloroso sobre el efecto físico y psicológico de un trastorno de la alimentación. La directora Samantha Aldana describe con imágenes el estado de duermevela entre realidad y la autopercepción distorsionada de una víctima de un desorden alimenticio utilizando el lenguaje y la música del cine de horror. No solo la partitura es inquietante, sino que los pasajes de alucinación son exquisitos juegos ópticos y distintos recursos casi experimentales para describir la pesadilla de una espiral sin respuesta ni solución aparente. Imágenes muy duras y desagradables se combinan con otras de body horror alucinante con dedos y ojos apareciendo en lugares que no deben, conformando el monstruo resultante de un proceso de enfermedad que pocas veces suele tratarse en el cine. Algunas partes sobre la carrera musical de la protagonista podrían ser mucho menos extensas pero el conjunto es una experiencia hipnótica, densa y sensorial que pone a Aldana en el punto de mira para sus próximos trabajos.
16.- You Are not My Mother (2022)
El cine de terror británico está viviendo una nueva era dorada, o al menos la explosión de lo que parece anticipar una resurrección tras una época de intrascendencia a principios de siglo. Pero lo que llama la atención de esta inyección de sangre nueva es que está liderada mayoritariamente por mujeres. Muchas directoras con nombres como Prano Bailey-Bond, Rose Glass, Corinna Faith, Ruth Paxton, Lynne Davison o Romola Garai han dejado huella en sus debuts causando un fenómeno sin precedentes en las islas. Ahora hay que añadir a Kate Dolan, que se une a la gran lista de debuts de jóvenes realizadoras con una película de terror clásica y sencilla que demuestra, como sus compañeras, un gran conocimiento del género. Como otras películas irlandesas recientes, You are not my Mother se adentra en las leyendas clásicas que conforman el folklore local, tratando la influencia del Samhain, y explorando algunos matices de la leyenda del intercambio, convirtiéndola en una película de Halloween en toda regla. Pero en vez de tener un tono de viejo cómic de terror, adopta una estética de cine social crudo, casi de drama familiar, que no hace sino cimentar la atmósfera deprimente y oscura que acompaña el día a día de la protagonista, una adolescente cuya progenitora parece vivir en una constante lucha con su depresión, dotando de cierta ambivalencia, no tanto en la ficción como en la interpretación, de sus elementos fantásticos. Como una versión de terror de Mommie Dearest (1981), la película entra de lleno en la categoría de películas de madre terrible, y hasta cierto punto tiene una relación de punto de vista, puesto que está más centrada en la vida de la niña, en cuyo camino se cruzan otros problemas como el bullying.
Esto da al conjunto un aire nuevo frente a películas que tocan temáticas similares como The Hallow (2015) o The Hole in the Ground (2019). Además, centrarse en la idea de una madre desconocida conecta con miedos infantiles primarios, como si fuese un episodio de Goosebumps para adultos con la misma percepción siniestra del espacio familiar como algo amenazante e inescapable de Invaders from Mars (1953). Pero Dolan es capaz de imbuir de una atmósfera de pesadilla espesa e irrespirable a su conjunto de resortes reconocibles, con una dirección segura, utilizando los marcos de las puertas entreabiertos desde distintos ángulos, para crear una sensación de inseguridad doméstica muy sutil, desde su impactante prólogo a las escenas de pesadilla o momentos increíblemente inquietantes, como en el que Char ve a su madre por el rabillo de la puerta haciendo algo inexplicable y esta le visita en la noche susurrando. Son los instantes en los que lo cotidiano se convierte en una trama los que hacen que la tensión de You Are not my Mother sea una experiencia opresiva, y la forma en la que el guion integra as reglas del mito en ideas aparentemente arbitrarias –el baile espasmódico, la alimentación– es bastante ingenioso. La resolución acusa cierta falta de ambición, pero presiona teclas emocionales adecuadas y el conjunto deja muchas estampas indelebles, y una asimilación del paisaje suburbano como un lugar desamparado y gris que concibe una nueva idea del emplazamiento gótico para las noches de difuntos en las que todo puede pasar.
Programa doble: Hatching (2022)
Esta pequeña sensación de festivales podría ser la versión inversa de You Are not My Mother, es decir, la versión tradicional del doppelgänger con un hijo siendo sustituido, con la diferencia de que aquí afronta esa trama a través de los mitos de Finlandia, con una niña que cuida de un huevo hasta que aparece un pollito gigante (con efectos animatrónicos impresionantes) que se transforma en una niña como ella. Un caso muy típico de hype exarcebado que acaba siendo algo simpático pero no merecedor de loas desproporcionadas que juegan en su contra. Es mejor y más de terror que Lamb, pero sigue jugando en una liga de metáforas algo postizas, en este caso de maternidades terribles, y todos los logros de su primera parte quedan descompensados por una segunda mitad más rutinaria y predecible de lo que promete, aun así, una muestra de género inusual que debe ser mencionada.
15.- X (2022)
Ti West se estrenó en A24 con un regreso doble al terror con X y Pearl, la precuela de esta. Aunque la segunda es un complemento muy dependiente del original, la ambientada en los 70 es un regreso a los horrores de cobertizo que cita al Tobe Hooper de Eaten Alive (1976) en una divertida comedia american gothic con un montaje muy creativo que confronta sexo y muerte, reflexiones sobre la vejez algo toscas y sangre en abundancia. Tiene una colección de personajes cuidados y con chispa, juega al divertimento retro de visualizar el mundo del cine de los 70 con claves vistas en Boogie Nights (1997) o Death Proof (2007) y lo adapta a un formato de cine independiente actual con atmósferas heredadas del éxitos de género moderno. La premisa de cine dentro de un rodaje conecta el origen del movimiento indie con la industria del porno, recuperando la idea de las dificultades dentro de una producción desde el otro lado de comedias como Living in Oblivion (1995), Zack & Miri Make a Porno (2008) o el neogiallo Un couteau dans le coeur (2018), utilizando el rodaje como forma de confrontar la liberación sexual frente al puritanismo heredado del evangelismo del sur, un contraste constante del eros y el thanatos que busca el cuestionamiento del propio cine slasher, en ocasiones verbalizando el subtexto en exceso.
Sin embargo, utiliza el tropo de cine dentro del cine para plantear un rodaje de película en el que las víctimas son del equipo de producción, en la tradición de House of Seven Corpses (1974), Terror (1978), Return to Horror High (1986), Cut (2000) o Diary of the Dead (2007). Tanto en Pearl como en X, la cámara de West muestra dedicación y pleitesía a Mia Goth, cada vez más icono morboso e incuestionable en el cine de terror actual, un gran trabajo de la actriz en una dualidad versátil que pone la cara a la naturaleza antitética del discurso de senectud frente a erotismo que mueve el film. También retoma el planteamiento slasher de lo antiguo confrontado a la sangre nueva, adoptando una trama muy, muy similar a la de películas como Terror at Red Wolf Inn (1972) y American Gothic (1987), con matrimonios de la tercera edad aislados reaccionando frente a las pulsiones. En ambas películas demora bastante el inicio de su carnicería, pero la espera se aclimata con suspense y humor para concentrar en el tramo final bastantes exabruptos macabros, tocando distintos referentes clásicos, desde Reazione a catena (1972) a Psycho (1960), aunque su concatenación de lo grotesco y lo paródico, hasta el límite de bordear la caricatura Grand Guignol tiene más de Nothing but Trouble (1991) y Deranged (1974) que de la propia The Texas Chainsaw Massacre (1974), con la que se la ha comparado.
Programa doble: Studio 666 (2022)
Si en X tenemos a un equipo de rodaje yendo a una mansión a hacer una película, aquí tenemos un grupo haciendo lo propio con un disco. Producto anómalo imposible para los alérgicos al cantante de Foo Fighters, los de territorio neutral encontrarán una de esas fiestas atolondradas de cine Heavy de los 80 llevado a un terreno más familiar heredero de Tenacious D y la imprescindible Todd and The Book of Pure Evil. Una convención de ancianos llena de homenajes al cine de terror, cameos imposibles de John Carpenter (que hace algo de la banda sonora) y Lionel Richie, apariciones de ojos rojos muy efectivas y una colección de muertes ultragore demencial. Que un producto así tenga mejores efectos tradicionales que festivales de CGI de vergüenza como Malignant es sintomático. Una rareza torpe y divertidísima con el botón del humor estúpido encendido, para colocar junto a otras como Rock'n roll Nightmare, Killer Barbys, La pesadilla de Alice Cooper y Kiss Meets the Phantom of the Park. Una despedida divertida para el llorado batería de la banda, Taylor Hawkins.
14.-Terrifier 2 (2022)
Esto no nos lo esperábamos. Terrifier fue un slasher ultragore, prácticamente amateur, que ya resultaba algo anacrónico en su afinidad al torture porn de hace casi 20 años, era a tramos divertida, pero no mejoraba los cortos del payaso Art, que había creado cierto ruido en las dos entregas de la antología de terror All Hallows Eve. Sin embargo, ahora su director, Damien Leone, se ha sacado de la manga una muy superior secuela que lleva la idea del slasher sobrenatural a la máxima potencia, transformando a Art de un hombre del saco a genuino artista Grand Guignol del terror de bajo presupuesto. Lo sorprendente es el fenómeno viral que se ha formado a su alrededor, en un proyecto sin el aparato de publicidad de un gran estudio ha llegado a los 10 millones de dólares recaudados, exactamente 40 veces más de los 250.000 dólares que costó, convirtiéndose en una de las películas de terror más rentables de este siglo y uno de los temas de conversación en redes tras su estreno sin calificación, con denuncias de padres por pesadillas de los hijos y gente saliendo de la sala de cine por las salvajadas que se representan en la pantalla.
Como en muchas ocasiones, el circo de controversia, y las proyecciones de festivales o medianoche dejan en el aire la gran prueba de fuego, pero en este caso, casi de forma milagrosa, Terrifier 2 sí sobrevive al hype. Es fundamental ver la película como lo que es, no hay gran trabajo de cámara ni logros de narrativa audiovisual, su opción estética de texturas retro se plantea como un verdadero regreso a la exploitation y el gore como forma de expresión, de la salvaje torpeza naíf de Herschell Gordon Lewis y lo grotesco de clásicos gochos de la era dorada del cine de terror creado para el mercado VHS como Ice Cream Man (1995). Puro cine basura para aterrar a madres y animar fiestas en pisos de los depravados de la clase. Su imposible duración de 2 horas y 28 minutos la convierte en un rito de paso splatter zumbado, una prueba de fuego que va encontrando las formas para ser cada vez más retorcida hasta la sádica muerte central. Su protagonista, Art funciona como una versión salvaje del payaso asesino tradicional, principalmente porque su dinámica se basa en la mímica clásica. El mismo balance de humor de cine mudo y del miedo que produce el maquillaje en la realidad se subvierte con la complicidad vil con el espectador.
Programa doble: Project Wolf Hunting (2022)
Y si el gore extremo ha vuelto a la pantalla en 2022, cabe destacar esta aportación de Corea del Sur en la que los seres humanos se convierten en bolsas de sangre. Un híbrido de Con Air y Pánico en el Transiberiano en el que literalmente no pasa un minuto sin una muerte ultraviolenta. Gastaron 2'5 toneladas de hemoglobina en el rodaje y se puede asegurar que cada litro aparece en sus casi dos horas y media, como en Terrifier 2, algo exageradas, ya que además hay tanto body count que hasta acaba llegando a provocar empacho de géiser de sangre, principalmente porque no hay demasiada inventiva en las muertes y se acaban convirtiendo en una herramienta algo rutinaria.
13.- A Wounded Fawn (2022)
The Girl on the Third Floor (2019) es una película que nunca se mueve a donde apunta, pero también extravagante, gore y atrevida, proponiendo un relato feminista desde un narrador protagonista no fiable, una representación de la imagen de hipermacho nocivo sobre la que gira su discurso de venganza sobrenatural con temas uso y abuso de la mujer como objeto sexual, dando un giro extraño que, en realidad, confiere significado completo al resto de la obra, en un movimiento arriesgado pero singular que en A Wounded Fawn se convierte en la base de una estructura poco convencional. El director Travis Stevens reincide en su particular universo de horror sobrenatural, hombres miserables y castigos femeninos, esta vez llevando a cabo una desconcertante representación surreal de la imagen mitológica de la venganza de la Erínias con dos partes bien diferenciadas. Hay un primer tramo que no es otra cosa que una versión de los peligros de las citas a ciegas que coincide con Fresh en muchas ideas, salvo que combina el punto de vista de la mujer invitada con el del hombre, cuyas intenciones tenemos claras. Sin embargo, logra representar muy bien las dudas, la falsa confianza o la incomodidad palpable que se genera en la víctima. En una segunda parte, el desarrollo de una pesadilla tiene al hombre sufriendo un tormento, una especie de purgatorio virtual que se convierte en una galería de ideas psicodélicas, rupturas narrativas, delirio propio del cine de Dario Argento y la representación de un castigo como una obra de teatro clásico.
No deja de ser una especie de versión a muy pequeña escala de Jigoku (1960), pero lo inesperado de cada nueva situación convierte la película en un delirio fascinante, con escenas memorables y desconcertantes como la aparición de un costillar con ojos que está diseñado exactamente igual que la ilustración del póster polaco de Alien (1979). Coescrita con Nathan Faudree, Stevens ha hecho algo muy diferente a Jakob’s Wife (2021), una película sin el ánimo disruptivo de su último trabajo, que está rodado en 16 mm, lo que le da un grano y una textura que pocos han logrado en los últimos años, y se expande en su diseño estético a las temperaturas de color reminiscentes a la década de 1970. Esto hace que tanto la violencia como las visiones extrañas tengan una cualidad atemporal y que todo el descenso a la locura tome una forma de una obra perdida grindhouse con los parámetros morales de un tebeo de EC. No hay muchas películas de terror como A Wounded Fawn, pero tampoco es algo para todo el mundo, sin embargo, en un año en el que el terror de gran pantalla ha logrado hacerse notar, es necesario recordar que este tipo de propuestas kamikaze son fundamentales para expandir las lindes de género sin necesidad de renunciar a ninguna de sus señas de identidad.
Programa doble: Run Sweetheart, Run (2022)
Es el año de las citas que salen mal y las chicas metidas en la boca del lobo, y estrenos tan divertidos como Run, Sweetheart, Run demuestran que el menos interesante de todos los ejemplos ha sido Fresh. En este caso es la divina Ella Balinska la que se encuentra en una cena de ensueño que acaba siendo una pesadilla, provocando una persecución alocada que puede definirse como un After Hours (1985) de terror que también está llena de sorpresas y revelaciones que no son lo que parecen en un principio, un montón de muertes y giros inesperados que la convierten en una experiencia impredecible, muy divertida pese a que está llena de consignas muy obvias y facilonas, aunque puede verse como un cierto sabor a las intenciones de Russ Meyer con base sobrenatural.
12.-Watcher (2022)
Un impresionante debut de Chloe Okuno con Maika Monroe de protagonista, aquí reviviendo fantasmas de It Follows mientras vuelve a ser seguida de cerca por una figura siniestra en Rumanía, aunque en esta ocasión no tenga nada sobrenatural detrás. Okuno se hizo ver cuando se encargó del segmento Storm Drain de la antología de terror V/H/S/94 (2021), el mejor de la entrega, sobre un extraño culto a un dios rata en las alcantarillas de una gran ciudad. En Watcher mantiene el tono oscuro y de horror, pese a que su monstruo sea más terrenal. El espectador se sumerge en la perspectiva de extranjera de Julia, incapaz de entender el idioma y pasando gran parte del tiempo sola cuando su marido está trabajando, lo que amplifica su sensación de aislamiento. Las cosas también se ponen inquietantes cuando la película adopta el punto de vista de un voyeur que observa cómo Julia y Francis hacer el amor. Esto lleva a un thriller turbio que se cuece a fuego lento y afronta la idea de la dificultad de comunicar una amenaza no visible para las mujeres. No hay muchas sorpresas en Watcher, que, de alguna manera, es como una versión minimalista de Fright Night (1985) con un marco de thriller de la escuela Hitchcock, y similitudes con la poco vista Someone's Watching Me! (1978) de John Carpenter.
La diferencia aquí de que todo lo que experimenta Julia tiene un gran componente de especulación y paranoia. Su desconexión va siendo cada vez más opresiva y deriva en un espeluznante juego del gato y el ratón en el que Julia se encuentra constantemente con dudas, barreras culturales y obstáculos sociales mientras su vida corre peligro verdadero. La actuación de Monroe hace conectar instantáneamente con su creciente frustración y claustrofobia en este entorno, y ahí es cuando el misterio sombrío que rodea a su observador se va convirtiendo en un terror casi abstracto. El rostro sin cara mirando por la ventana es simplemente escalofriante y Okuno consigue que su presencia parezca casi salida de un terror gótico, con una silueta a contraluz que pone la piel de gallina. A ello también contribuye un diseño de sonido taciturno, que ayuda a establecer un tono en el que cada entorno crea un poco de inquietud. Watcher es una pieza de terror sencilla pero intensa, con gran atmósfera y tramo final de infarto. No ofrece nada que no se haya visto antes, pero basa su poder en una puesta en escena tenebrosa, opresiva, con una fotografía decadente y apagada que nos traslada a un Bucarest de pesadilla en donde escenas como la del metro resultan escalofriantes con elementos mínimos y acaba con un impactante acto final, lleno de tensión y en el que el miedo puro ya se desata sin cadenas.
Programa doble: Significant Other (2022)
Dios salve a Maika Monroe. Mientras todas las miradas recaban en los distintos papeles de Jenna Ortega en el cine de terror, la actriz de It Follows ha regresado a lo grande con Watcher y esta sorpresa estrenada directamente en Paramount+. Una película pequeña que empieza más o menos como Honeymoon, con una pareja haciendo montañismo, pero a la media hora todo cambia y se convierte en una especie de Prey más ingeniosa y desnortada, una sátira de los fines de semana en parejita llena de humor y soluciones disparatadas que nunca se acomoda en su propio status quo y demuestra que un presupuesto humilde puede dar para mucho si los cineastas se lo proponen.
11.-The Timekeepers of Eternity (2022)
Una de las sorpresas más inclasificables de la proyección en festivales de 2021 y 2022 fue esta remezcla de una película para televisión de Stephen King de los 90 que se comprime y transforma a través de una hipnótica animación en blanco y negro para reconstruir y remodelar meticulosamente su aventura sobrenatural con un efecto inquietante y enigmático. El director griego Aristotelis Maragkos concibe una absoluta genialidad experimental que convierte todos los episodios de The Langoliers (1995) en una locura digna de Buñuel, condensando 3 horas en una versión ligera de 64 minutos con un final diferente a la versión original. La compleja historia de viajes en el tiempo ahora se centra en la ansiedad del personaje de Bronson Pynchot, Craig Toomy, que queda constantemente en el centro de la película, casi reinterpretando toda la obra como una pesadilla del mismo, en donde sus traumas son el motor de los eventos sobrenaturales, y su fetichismo rompiendo papel marca el estilo de todo lo que aparece en pantalla, mezclando animación, con efectos de rasgado, arrugas, concibiendo la realidad planteada como un universo de celulosa que marca los pulsos emocionales de los personajes.
Maragkos imprimió todos los fotogramas originales de la miniserie y luego los ha usado para animar con escenas superpuestas una encima de la otra, rasgaduras de papel y agujeros que revelan ojos incorpóreos, trabajando en elipsis, transiciones y todo tipo de recursos narrativos de puntuación gracias al papel. La apariencia recuerda a un episodio original de Twilight Zone, consiguiendo que los anacronismos del original se fundan en una textura vintage, convirtiendo los envejecidísimos efectos CGI, en criaturas de papel espeluznantes que rompen y devoran el verdadero tejido de la realidad para recrear las escenas del ataque al aeropuerto. The Timekeepers of Eternity es una combinación de proyecto de cine de arte y ensayo, trabajo de amor y espeluznante relato de ciencia ficción y horror psicológico surrealista que recuerda al cine de los 40 y 60, consolidando la estética monocroma de forma elegante y aprovechando el histrionismo del origina para transformarlo en puro expresionismo. Una obra de arte del reciclaje que hay que ver para creer y se convierte en la forma canónica de consumir esta obra de King.
Programa doble: Unicorn Wars (2022)
El cine de terror animado también ha dejado algunas sorpresas y esta aventura lisérgica española del director Alberto Vázquez reimagina la Batracomiomaquia de Homero pero con osos amorosos y unicornios salidos de series infantiles. Sin embargo, pese a parecer una extensión de un episodio de Happy Three Friends, consigue ser bastante más que el chiste de su título, adentrándose en un oscuro relato animado de génesis, con su Caín y Abel, donde caben de Rankin-Bass a Hideshi Hino, gore, monstruos y horror bélico con aire a fantasía de los 80 hasta un final con un ser mutante digno de The Thing (1982).
10.-Shepherd (2021)
Hablábamos de la explosión de directoras noveles de terror en las islas británicas, y este año se une al grupo un chico, Russell Owen, que tras dos películas de encargo realiza su proyecto predilecto para Castle Valley Film, GC Films y Darkland en lo que es una aventura totalmente fuera del circuito de productoras habituales. Independientemente de si Owen se acabará metiendo en ese pack de sangre nueva del terror de Reino Unido en el futuro, Shepherd es una película de terror arquetípica, la clásica historia de hombre aislado en una isla rumiando sus pensamientos y culpas para lidiar con fantasmas que despiertan sus demonios personales. A diferencia de sus contemporáneos, Owen no encajaría en los movimientos de renovación del género, de hecho, sus texturas a veces son toscas y hasta cierto punto anacrónicas. Owen se inspira en el mismo incidente del faro Small de Gales que dio lugar a las dos películas The Lighthouse (2016) y The Lighthouse (2018), de hecho cuenta que se enteró del trabajo de Robert Eggers gracias a la actriz de The Witch (2015) Kate Dickie, que se une junto a las ovejas siniestras como toques de influencia del director en esta, mucho más modesta. Y puede que Owen no consiga una obra tan sofisticada como la de Eggers, pero lo cierto es que es mucho más comprometida con sus condición de historia de terror y su manejo de la atmósfera y el espacio generan mucha más inquietud que la comedia negra con Pattinson y Dafoe. Además de ofrecer una variación de la historia original más fresca, Shepherd es una película de terror absoluta, sin freno de mano y que tira todo lo que tiene para fabricar una experiencia completa.
No engaña desde la cita que inicia los créditos y engancha escenas de pesadilla dentro de una realidad consciente de que todos sabemos hacia dónde va desde un principio. El misterio sobre su pasado y la razón que lleva al personaje a una isla perdida a trabajar como pastor es mínimo, aun así todo el metraje está lleno de enigmas, símbolos y texturas, no todas muy sutiles. Su mayor carta maestra es la isla escocesa donde transcurre todo, un apabullante escenario natural con vida propia que convierte cada plano en un Caspar David Friedrich. Las maderas podridas, el óxido como chorros de sangre o el propio faro lleno de pájaros disecados son la propia esencia del desarrollo, que entiende The Woman in Black mejor que el remake de 2012 e imagina las adaptaciones de M.R. James como si fueran una superproducción. El trabajo musical de Callum Donaldson combina sonidos chirriantes, lamentos, olas y viento con una partitura opresiva que, si bien a veces se torna excesiva y agotadora, también se impone con una cualidad casi experimental, una aproximación suicida y casi torpe que sin embargo logra una atmósfera irrepetible que nos traslada a la isla y no nos deja salir de allí. Como una versión de horror de The Edge of the World (1937), dentro de Shepherd caben Edgar Allan Poe y Carnival of Souls (1962), recuerda más a The Dark (2005) que a Lamb (2021) y encaja perfectamente en las rarezas psicológicas sobre la culpa tan olvidadas como Chasing Sleep (2000). Una obra tan valiente como ingenua en su arrojo inconsciente hacia el miedo alquímico, propio de obras que no se preocupan en encajar en movimientos y tendencias. Pasará desapercibida y criticada por los monóculos que buscan piezas deliberadas y simétricas, pero su lanzamiento sin red al gótico costero y el mundo de las pesadillas es un regalo.
Programa doble: The Mare (2020)
Una pequeña producción noruega dirigida por René Bjerregaard que usa sus recursos limitados para contar una pequeña historia de terror onírico lleno de atmósfera y elecciones de puesta en escena. Paredes pintadas, espacios fríos y azulados y una casa llena de rincones oscuros para describir el espacio de una pesadilla encajonada llena de falsos despertares y una convenientemente confusión entre realidad y el sueño. Hay algún susto barato y torpezas propias de una producción regional y casera, aunque no luzca como tal, pero a cambio hay 70 minutos de terror sin lógica inspirado en The Nightmare (2015) y películas recientes como Come True (2020), del que no se produce en un gran estudio, con la presencia de una mujer mayor que rivaliza en escalofríos con la bruja de Marianne. Además, el final da bastante miedo.
9- Hellraiser (2022)
No todas las franquicias de terror que han visto secuelas, precuelas o remakes en 2022 han salido airosas del peso de sus marcas, y a la nueva iteración de Hellraiser no le han faltado sus críticas, pero lo cierto es que es una película de terror extraordinaria que sabe distanciarse lo suficiente del original para ofrecer el mejor ejemplo de la irregular saga desde la segunda parte. Como Prey, esta producción de Hulu fue concebida con el mercado streaming en mente, pero en este caso, la intención cinematográfica está claramente pensada para disfrutar en una pantalla grande, con planos concebidos para un 2.39 : 1 suntuoso y con preciosa fotografía de Eli Born, que da un aspecto de gran producción a un imaginario que llevaba demasiado tiempo atrapado en el molde de los directos a vídeo baratos, olvidando que la cosmogonía de Clive Barker tiende al infinito y se merecía una visión con algo de ambiciones, ni que sean estéticas. Y el precio a pagar por su estilización es una restricción en los temas sexuales y de sadomaso que teníamos en la original, que recordemos era una obra más pequeña. Sin embargo, el gore están tan presente como en la más sangrienta de las secuelas, con un diseño de cenobitas enfermizo y estomagante, variaciones de la cultura de la automutilación y la nueva carne que lleva el concepto del dolor y la tortura a auténticas obras de arte vivientes de carne y elementos de metal.
También se nos olvida que esto estaba destinado a ser estrenado en Disney+ en muchos países, aunque es tan gráfica que su distribución ha sufrido una lógica autocensura que ha dejado el título en una posición marginal nada acorde a su calidad. El director David Bruckner continúa su aproximación al género desde la arquitectura que ya perfiló en su The Night House (2021), convirtiendo las ideas del espacio mutante y las entradas al mundo real en verdaderos ejercicios de creatividad escheriana, aperturas imposibles, paredes que se mueven y estructuras fuera del alcance de los humanos, concibiendo un infierno que se infiltra con lógica angular, con escenas imposibles y brutales como la aparición de los cenobitas en el interior de un coche. Aunque Hellraiser reinventa la mitología, puede verse como una secuela más de la saga. Utiliza elementos conocidos como la configuración del lamento y lo expande con ideas vistas en los cómics, recupera al Leviathan y en general implementa la escala de horror cósmico en detrimento de las resurrecciones y sexo con cuerpos sin piel, pero en esencia tiene un espíritu de slasher sobrenatural que juega con reglas de los cenobitas como soldados a los que se puede engañar, matar e intercambiar en los pactos fáusticos que conforman el juego argumental. Lo cierto, guste más o menos, es que ninguna película de Hellraiser está tan bien dirigida, su mundo sigue siendo lovecraftiano, infernal y peligroso, aunque no de la misma forma y, se mire como se mire, Bruckner es un superclase del cine de terror actual. Su compromiso con los efectos especiales tangibles o el diseño de arte modernista y ordenado es también coherente con todas sus producciones, dando una gran producción de autor que sigue sin ser una buena opción para llevar a alguien en la primera cita.
Programa Doble: Matriarch (2022)
“You’re not my mother, just the cunt i came out of”. Los incontables relatos de maternidades terribles de este 2022 se complementan con esta pequeña producción para Hulu que demuestra, de nuevo, la variedad y compromiso de la plataforma con el cine de terror. También acompañada por The Visitor en la temporada preHalloween, tenemos otro relato de pueblos con cultos extraños, maldiciones familiares y una tradición con aires a Lovecraft, que en realidad en este caso podría haber salido de uno de los cuentos de Books of Blood de Clive Barker. Una madonna terrorífíca, la degradación de la carne, personajes LGTBI+ y sexo rarito. Podría haber sido mucho mejor con un repaso a su guion e interpretaciones menos al límite, pero es un relato de horror trastornado con una gran escena con Kate Dickie como sacerdotisa suprema en una iglesia que la confirma como una de las caras del terror más imprescindibles este año.
8.-The Cursed (2022)
Estrenada en Sitges bajo el nombre de Eight for Silver, en esta historia épica, que incluso atraviesa generaciones, concibe la licantropía es una peste, y adquiere un tono de weird western Victoriano que conecta con obras de la antigua productora británica Tigon como The Blood on Satan's Claw (1971). The Cursed se ajusta a la clásica historia de un pueblo aislado que está siendo acosado por un lobo monstruoso, una forma de ver el mito diferente a la perspectiva en primera persona que suele verse en los títulos derivados de The Wolfman (1941) pero que no resultaba ajena al género en títulos como The Undying Monster (1942), Le Loup des Malveneur (1942), o incluso Romasanta (2004). La actualización más conocida en ambientes urbanos es Silver Bullet (1985) de Stephen King, con no pocos detalles en común, y sigue la estela de un pequeño subgénero de “caza de la bestia” en pequeñas poblaciones cercanas al bosque, con casos como la divertida Werewolf: the Beast among us (2012) o incluso la curiosa precuela Ginger Snaps Back: The Beginning (2001), aunque esos escenarios de época y atmósferas sombrías que no es difícil asociar con éxitos recientes como The VVitch (2015). Aquí el protagonista, interpretado por Boyd Holbrook, parece una especie de jovencito Van Helsing, cuyo primer caso ha sido al parecer, ocuparse de la bestia de Gévaudan, que tendría el mismo origen que esta, por lo que esta podría ser una secuela de todas las películas que tratan el tema, como Le Pacte des loups (2000).
Con un reparto con caras conocidas como Alistair Petrie o Kelly Reilly, este esfuerzo de presupuesto limitado hace mucho con poco gracias al empeño de Sean Ellis de rodar en 35mm, lo que supone un regreso al terror con aires de época, sin renunciar a la crudeza de películas actuales con una apuesta por llevar ese tipo de cine de horror decimonónico más decadente a una producción con más visión panorámica de lo habitual, con grandes parajes de exteriores llenos de niebla, atmósfera gótica y paisajes recogidos por gran angular. Esto contrasta con un licántropo distinto a lo habitual, ya que no es convocado por la luna llena ni regresa a su forma humana, ya que es más una enfermedad que consume por completo el cuerpo y el alma, con algunas variaciones anatómicas grotescas que recuerdan al body horror mutante de The Thing (1982). Combinando muertes grotescas y notable dirección de arte, los FX físicos coexisten con un CGI modesto, que está relegado a cortes de montaje corto, evitando lanzar a la cara o fijar la cámara en sus monstruos. The Cursed hace pensar en cómo luciría hoy un gran estreno de horror de vieja escuela, con una actitud anacrónica que complacerá a los que se tragaban todas las de Christopher Lee y Peter Cushing en Alucine, sin buscar reinventar nada pero con sentido de la aventura pulp oscura, con brujería
Programa doble: Raven’s Hollow (2022)
2022 ha visto un fenómeno en el que han aparecido muchas películas que son hermanas espirituales. Uno de los ejemplos más curiosos es que han coincidido dos piezas de época sobre la juventud de Edgar Allan Poe, ambas en una academia militar con misteriosos asesinatos. La más grande de Netflix, es un thriller gótico con Christian Bale investigando grotescos asesinatos junto al futuro escritor de terror, pero ha resultado peor que la más modesta, Raven’s Hollow una película de terror en el que un pequeño pueblo parece esconder terribles secretos. Sin ser nada que vaya a cambiar el género, hay muchos detalles macabros interesantes, tiene una buena fotografía e imagina una fantasía sobrenatural que encaja muchos más detalles, mejor encajados de lo que parece, que explicarían la innombrable inspiración de Poe para su poema ‘El cuervo’. Para muy fans del escritor.
7.-Men (2022)
Una de esas películas de terror que rascan a aficionados y negacionistas de A24, en la que Alex Garland consigue su obra más redonda dando la réplica al Antichrist (2009) de Von Trier por la vía de Brian Yuzna y con matices de fábula folk horror sobre el miedo a la manipulación masculina. Llena de simbolismo, imaginería gore surrealista y atmósferas densas, todo el peso acaba recayendo sobre una colosal Jessie Buckley, aunque es imposible no alabar el trabajo de Rory Kinnear, capaz de pasar de lo grotesco a lo vulnerable o la ira sin inmutarse, creando uno (o muchos) de los personajes del cine de terror del año. Men es tan sencilla y directa en su discurso como llena de capas, motivos visuales y pistas para asimilar la complejidad del propio dilema que plantea, no es una película de respuestas sino de preguntas sugeridas —¿son todos los hombres iguales o solo los ve así la protagonista?—, explorando el efecto real y figurado del gaslight en la psique femenina. Aunque está llena de ideas y metáforas relevantes sobre el patriarcado, no deja de ser nunca una película de terror llena de escenas inquietantes, construidas con elegancia por Garland, que emplea tiempo para oxigenar su desarrollo y abrir las puertas a la lógica de pesadilla de su segunda mitad en la que su surrealismo hace parecer convencionales las narrativas de Robert Eggers y Ari Aster.
Garland parece recuperar las tesis del tercer acto de su guion de 28 Days later (2002) y las lleva al terreno del relato gótico, con ecos de las adaptaciones de M.R. James de la televisión británica y el descaro de las alegorías filmadas sin filtro de Louis Malle, encajando bien en el canon de A24, aunque también báscula entre el horror psicológico heredero de Repulsion (1965) y las "Woman in peril" del cine británico de los 70 como See no Evil (1971), llevando el conjunto a un terreno inesperado, inconformista y que ha generado una lógica controversia y rechazo, especialmente en su alucinante final. Uno de los grandes puntos fuertes de Men es el paisaje rural en donde transcurre, uno de los puntos clave del horror pagano británico, pero además incorpora a su imaginario al hombre verde, figura céltica del renacimiento cíclico que la iglesia abrazó a través de la arquitectura, viéndose aún en muchas iglesias europeas, escondidos en paredes y techos, al parecer sobrevivió por su conexión con la resurrección de Jesús. Estos símbolos paganos se confrontan con referencias religiosas bíblicas, como las manzanas del árbol que come Harper o la piel de una serpiente retorciéndose en el póster, que referencia al pecado original, conectando con el tema de la culpa femenina asumida durante siglos. Alex Garland ha citado como influencias el anime Attack on Titan, pero también puede seguirse el rastro de Tomie de Junji Ito, la nueva carne de David Cronenberg o la más reciente parábola feminista de Romola Garai, Amulet (2020), e incluso la (no) lógica de Mother! (2017) de Aronofsky.
Programa doble: Resurrection (2022)
Un inclasificable drama psicológico que va tomando tintes de horror de paranoia y colapso mental femenino a medida que avanza, dibujando la caída de una mujer profesional soltera interpretada por una —como siempre— sublime Rebecca Hall que debe afrontar que su hija sale del nido. A ratos relato polanskiano, a ratos deriva a lo Possession (1981), el tono es mucho más sobrio y sin muchos momentos de horror, basando su impacto en los diálogos y las pistas del pasado horrible de la personaje junto a un exnovio, interpretado por un maligno Tim Roth. Como la película de Garland, Resurrection explora el daño de la manipulación sobre la psique femenina, y pasa al terreno de la metáfora o la alucinación en un clímax que abraza el body horror para representar el daño heredado por las dinámicas de posesión patriarcales.
6.-The Black Phone (2022)
Un muy potente regreso de Scott Derrickson al terror con un cuento de hadas sórdido sobre abuso infantil donde confluyen la pesadilla urbana en la Norteamérica suburbial en la era de John Wayne Gacy, el Stephen King de IT y la modernización del relato gótico Lost Hearts de M.R. James. Es probablemente la mejor adaptación de Joe Hill hasta la fecha y una de las mejores obras de su director, que no solo no ha perdido ni un poco de pulso a la hora de crear texturas de horror sino que está en la misma forma de Sinister (2012), repitiendo con un Ethan Hawke absolutamente repulsivo y creepy. Parte del mérito de su personaje recaba en las grotescas máscaras alargadas, entre teatro kabuki y la pesadilla de carnaval, que fueron diseñadas nada menos que por Tom Savini. Aunque el verdadero secreto de la película reside en sus personajes, un grupo de actores preadolescentes muy reales, entre los que destaca la MVP, una maravillosa Madeleine McGraw, capaz de hacer levantar más de una sonrisa dentro de un universo de turbiedad y crudeza gracias a una espontaneidad creíble y contagiosa, es el balance que el director utiliza para lograr un tono positivo dentro de un historia con implicaciones de abuso muy turbias.
Su apoyo en los actores y con mucha parte del metraje en una misma localización, hay una aproximación minimalista en la propuesta, pero el director sabe expandir bien sus pocas piezas y acaba encajando todo de forma satisfactoria, mientras vuelve a crear momentos perturbadores con algunos sustos muy dosificados, pero con máxima efectividad. El guion consigue encajar un microcosmos de vivencias personales de Derrickson a modo de coming of age muy negro en unos 70 muy creíbles, dentro de una historia de fantasmas urbana que conecta directamente con de Stir of echoes (1999). Al mismo tiempo, parece que la obra de Hill busca concentrar un homenaje constante a la obra de su padre, desde los poderes de The Shining (1980) al plan de The Shawshank Redemption (1994), pasando por los fantasmas que avisan de Pet Sematary (1989), en incluso algunas referencias cinéfilas diegéticas a películas terror, haciendo citas directas a The Tingler y The Texas Chainsaw Massacre, la figura de Bruce Lee tiene una importancia que va más allá del guiño meta.
Programa doble: Jaula (2022)
El debut de Ignacio Tatay es un buen thriller psicológico lleno de misterios y giros, que mantiene su intriga como una novela de aeropuerto condensada que va tomando desvíos muy turbios hasta llegar a un clímax de terror. Como Black Phone, hay sótanos escondidos la vista de todo el mundo y niños secuestrados, pero la propuesta es diferente. Hay tono frío, casi de drama oscuro, atemporal y denso para sugerir y desconcertar al espectador mientras acumula pistas que Elena Anaya descifra en un descenso a la madriguera de conejo con suficientes enigmas como para llenar una temporada de una serie de Netflix. Elena Anaya muestra su pulso como actriz idónea para el terror psicológico un retrato de maternidad proyectada que se mueve desde películas como Pelican Blood (2019) a terrenos de condicionamiento psíquico en donde las "jaulas" son diferentes para cada personaje. Cuanto menos sepas de ella, mejor.
5.-Offseason (2021)
El director Mike Keating es uno de los últimos supervivientes del mumblecore horror, una escisión del cine indie para catalogar a la generación de cineastas que durante los últimos compases de la década de los 2000 y principios de los 2010 iniciaron una nueva ola de respuesta a la explosión del neoamerican gothic, los remakes de los 70 y el torture porn. Los presupuestos eran prácticamente caseros, pero con la llegada de la tecnología digital los resultados eran válidos y permitía recuperar otras texturas dentro del género, que luego se han ido canalizando con un toque de prestigio gracias al diseño de A24. Si compañeros de Keating como Adam Wingard, Matt Bettinelli-Olpin, Tyler Gillett, Dennis Widmyer, Kevin Kolsch han conseguido trasladarse al mainstream, otros han desaparecido, muchos han acabado en la televisión y otros como Ti West han reaparecido a cobijo de la productora de nombres como Ari Aster. Ejemplos como A.D. Calvo y Keating consolidaron la tendencia a regresar a películas de los 70 más desconocidas como fuente de inspiración, con Sweet, Sweet, Lonely Girl (2016) o Darling (2015) como pioneras en la sombra de inspiraciones estéticas inusuales y retro que han sido asimiladas por los cineastas del “terror de autor” más conocidos de la actualidad. Offseason tiene mucho que ver con Darling en su apuesta estética extrema, casi caricaturesca, del cine de medianoche de los 60 que podrían firmar Curtis Harrington o Heck Harvey. De hecho, su punto de partida, con una pareja visitando un cementerio apartado parece replicar, incluso en su vestuario, el inicio de Night of the Living Dead (1968).
Keating ofrece un ejercicio de estilo puro, que apenas presta atención a su argumento, poco más que una reformulación actualizada de The Shadow Over Innsmouth (1931), muy similar a la de la película Cthulhu (2007), ubicada en una isla de Florida que funciona solo en verano, mientras que en la temporada baja es un erial abandonado que parece de otro tiempo. No es aventurado afirmar que Offseason es a Lovecraft lo que House of the Devil (2009) fue al cine satánico, y no solo por la presencia en ambas de Jocelin Donahue, sino por su apuesta estética minimalista, anteponiendo las atmósferas sobre la trama y su elegancia a la hora de proponer un terror de texturas y sonidos, que encuentra su lenguaje en la niebla y las canciones de épocas olvidadas. Keating evoca la lírica fúnebre de Jean Rollin y se detiene a respirar para plantear una pesadilla inmersiva que nos muestra cómo sería una Silent Hill (2006) avant garde, recordando que lo de la bruma ya estaba en Il deserto rosso (1964), más interesada en replicar una experiencia literaria —su inspiración es The Summer People de Shiley Jackson— que en contar algo que no hayamos visto ya mil veces, pero la cámara disfruta y su cuidado aparato de producción convierte lo mínimo en un condicionante, con mínimos sustos y terror basado en figuras en la lejanía de una playa, personas mirando fijamente con ojos antinaturales que evocan el Fulci sobrenatural y apenas sombras para mostrar algo más terrible. Offseason es un regalo para los que disfrutaron de Dead & Buried (1981) y forma una extraña trilogía costera junto a la similar Messiah of Evil (1973), de horrores desconocidos y olor a agua salada y alga en descomposición, pero lamentablemente su recepción apunta a que será tan incomprendida y relegada a la oscuridad como las otras dos, demostrando que Mike Keating es más que nunca un súper clase para paladares selectos.
Programa doble: Venus
El cine Lovecraftiano sigue ganando terreno en las pantallas, y además de tener una variación curiosa en Glorious hemos tenido varias adaptaciones muy libres. Si Offseason no deja de ser La sombra sobre Innsmouth, la nueva película de e Jaume Balagueró, que adapta a Lovecraft con las claves de su cine de apartamentos embrujados, con ecos de LORDS OF SALEM, en un digno thriller criminal esotérico que deja su parte explosiva para un clímax donde Ester Expósito se convierte en final girl la segunda entrega de The Fear Collection y está inspirada muy libremente en el relato The Dreams in the Witch House de H.P. Lovecraft, que también ha sido adaptado este año en un episodio de Guillermo del Toro's Cabinet of Curiosities y una película independiente. Baagueró se lleva a Lovecraft a su terreno, siendo Venus un punto intermedio entre su survival en un edificio siniestro de Para entrar a vivir (2006) y su universo de "madres alternativas" a la trilogía de Argento que supone Musa (2017), incluso con "cameo" del velo negro. Sigue un patrón definido por cine sobre criminales que se topan con algún mal sobrenatural, desde Beast from Haunted Cave (1959) a From Dusk till Dawn (1996), pero que ya había sido constante en el fantaterror como Más allá del Terror (1980) o La Mansión de Cthulhu (1992).
4.-Satan’s Slaves 2: Communion (2022)
Joko Anwar sorprendió con su remake de Satan's Slaves (2017) hace cuatro años, y ahora está de regreso con una secuela muy ambiciosa que no solo trata de ampliar y consolidar la mitología de la anterior, sino crear la plantilla para hacer un universo más extenso que seguro que aplica, al menos a una película más. Esto no significa que este capítulo intermedio no tenga un valor por sí mismo, llevando la historia un terreno suficientemente convincente sin apoyo de la entrega previa, que toma las reglas de la casa embrujada de aquella para aplicarlas a un complejo de apartamentos con más familias además de la protagonista, reconfigurando la misma idea de Poltergeist 3 (1988) o Demons 2 (1986) en un edificio de viviendas protección de arquitectura brutalista que se convierte en un pasaje del terror con una soberbia puesta en escena en un 2:35 que capta las líneas de fuga de la estructura para darle una personalidad única, convirtiéndola de hecho en la protagonista absoluta de una propuesta que pone tanto énfasis en ir picoteando en distintos personajes y apartamentos como en ir explicando la historia del edificio, desde un prólogo en 1955 que nos muestra una macabra escena de decenas de cadáveres exhumados en un observatorio, hasta la investigación de los protagonistas y fotos de la construcción del complejo a lo largo de los años, como una especie de cronología del origen de un lugar maldito.
Pengadbi Setan: Communion amplía, corrige y mejora la primera, deshaciéndose de los lastres de ser un remake de un clásico para ofrecer una terrorífica aventura de horror coral llena de sustos, apariciones, y condenas diabólicas. Lo más interesante es cómo Anwar es capaz de ir haciendo una lasaña de escenas totalmente lúdicas y cómplices con el espectador de una película dirigida a las multisalas con elementos sociales y puntos clave de la historia de indonesia, desde las ejecuciones de delincuentes de Petrus, a la tendencia a las inundaciones en Yakarta, que se apunta bien aquí a un problema que afecta principalmente a los sectores de la población menos agraciados. Un elemento que convierte las desgracias y castigos que suceden en una especie de metáfora de que las catástrofes siempre afectan al escalón más bajo de la pirámide. También es fascinante cómo la construcción de la historia va uniendo detalles de los militares y las sectas a hechos históricos que nos llevan directamente a un terror político propio de la literatura de Mariana Enríquez. Por otra parte, la película llena de secuencias de horror magistrales, como la del ascensor o el tubo de la basura, que sacan gran rendimiento a su localización, dejando una geografía llena de atmósferas, texturas de oscuridad y recodos de un lugar embrujado que se va explorando casi habitación a habitación a ritmo de una partitura fantasmagórica, llena de voces de ultratumba y melodías inquietantes que empapan las imágenes y las llenan de una densidad tétrica incomparable. No faltan homenajes a clásicos del cine de terror, desde el jersey de Freddy, la foto final de The Shining o los flashes de la autopsia de The Texas Chainsaw Massacre. Una superior continuación que corona al director como rey actual del horror asiático,
Programa doble: Incantation (2022)
“La película más terrorífica de la historia de Taiwán" de Netflix resultó ser un mockumentary bastante trilero de horror sobrenatural con sustos de barraca, magia negra, tropezones de dramón y una juguetona estructura cronológica con trucos interactivos a lo William Castle. Al final, fue otro caso de marketing maximalista de como el de The Medium, pero no tan exagerado y decepcionante, pero aunque quede lejos de lo que prometían, además, la presente no se demora tanto en comenzar su divertido tren de la bruja, muy descarado y que utiliza todos los trucos de la biblia de las trampas del found footage, resultando desde el principio poco convincente y fullera, pero cuando abraza ese espíritu de feria cae simpática, gracias a su fragmentación temporal y su surtida gama de rituales chamánicos, y mejora cuando trata de parecerse a las películas de los 70 de Shaw Brothers, con prácticas religiosas comparables a títulos como Xie (1980), y a veces su didáctica juega con el espectador para animarle a recitar hechizos y contagiar así la magia fuera de la pantalla. Tiene al menos tres buenas secuencias de terror, pero es muy irregular en su desarrollo dramático, jugando a ser Dark water con torpes tramos de tragedia doméstica que entorpecen la atmósfera y restan a la experiencia de ristra de resortes de miedo.
3.-La abuela (2022)
La nueva película de terror de Paco Plaza se construye sobre un guion de Carlos Vermut que nos enfrenta al terror inevitable de la vejez con un naturalismo incómodo y obliga a confrontar nuestro mayor miedo, con una elegante narración rica en silencios e imágenes especulares muy artie, que deriva en poderosas estampas de género con una cualidad atemporal. La historia trata sobre una joven modelo que vuelve a Madrid para encontrar a alguien para cuidar de su abuela, quien la crió como a una hija, y su visita se convierte en una pesadilla. La mujer anciana ha sido un tropo en el cine de terror de los últimos años desde que Lords of Salem (2012) lo empezara a usar de forma cruda, le siguieron decenas, como The Taking of Deborah Logan (2013), It Follows (2014), Hereditary (2018) o Relic (2020), a menudo derivando en cine sobre la demencia y la enfermedad mental asociada al ocultismo. La abuela invierte tiempo en su representación de la dependencia, sin escapar nunca de los detalles menos agradables la idea de la vulnerabilidad se explota casi sin palabras en diferentes montajes obligando a confrontar el temor más profundo, el mirar la decrepitud propia, centrándose en el propio horror a la decadencia inevitable, al proceso de oxidación del cuerpo hasta la indefensión, tanto a un nivel mental como físico. El guion de Vermut no tiene prisas en introducir escenas de horror y presenta la situación como un lienzo para el trabajo de las dos actrices, mientras la capacidad empática de Plaza define su facilidad para dibujar personajes y conversaciones que resultan reales y cercanas sin que esto suponga una fricción para la aparición de los elementos fantásticos, oscuros rituales a lo The Mephisto Walz (1971) y una aproximación claustrofóbica heredera de Polanski.
La trama de La abuela se parece mucho a la de Gramma (1986) de The Twilight Zone, la adaptación de un cuento corto de Stephen King en el que una abuela moribunda que realizaba ritos esotéricos acaba poseyendo a su nieto en una velada de terror dentro de un mismo piso, el guion toma referentes más clásicos del tema secular de la eterna juventud, entrando en la tradición de The Picture of Dorian Gray (1890) y el retrato que revela la imagen real, al mito de Erzsébet Báthory, El diablo de Guy de Maupassant, un duelo entre moribunda y cuidadora con fuerte componente moral, el subgénero hagsploitation, o la presencia de brujas familiares como La tía Alejandra (1980), dando cierto cariz de cuento de hadas oscuro coronado por un sensacional tercer acto tenebroso que parece recrear La gota de agua de Mario Bava. Pero la película juega con sus temas de forma silenciosa, trata sus referentes mediante un diálogo visual con ecos recurrentes, un naturalismo incómodo, con una elegante narración rica en silencios e imágenes especulares como el reflejo y lo que representa, abriendo nuevos enigmas como la extraña ausencia de espejos en la casa. Plaza utiliza una sola localización deteniéndose para explorar detalles que van más allá de la aparente mirada estética. Hay planos que contienen claves de la película, como el simbolismo de las matrioskas o los fractales de una cortina conteniendo otras imágenes más pequeñas. Paco Plaza ha firmado una obra llena de matices y un ritmo flemático, que va envolviendo de maldad sus fotogramas para completar un binomio oscuro madrileño con Verónica (2017) y convertirse en su película más minimalista y madura, pero también la más enigmática, un cuidado aquelarre en el Barrio de Salamanca de Madrid que bebe más del cine de terror clásico de lo que pudiera parecer y esconde una cuenta atrás inexorable llena de simbolismo, pistas y secretos ancestrales que tan solo podemos intuir, conformándose como el autor más fiel, constante e importante del cine de terror europeo actual.
Programa doble: Moloch (2022)
No hay muchas películas de terror venidas de Holanda, pero esta mezcla de folk horror y pieza sobrenatural con rasgos de Hereditary y Satan Slaves recupera una tradición marcada por el film de culto The Johnsons, pero la lleva al reciente terreno de “señoras mayores que empiezan a tener síntomas de demencia” y otros grandes éxitos del terror actual independiente que se adaptan bien a la mitología hebrea. Resulta bastante competente en todos sus apartados y, aunque todo suene a déjà vu, consigue inquietar en bastantes momentos, con una espesa atmósfera gótica de nieblas con sabor a la Hammer y tonos azulados, logrando que su pequeña historia de maldiciones familiares tenga una resolución que invita a repasar lo que se nos ha ido mostrando, con detalles de guion que cobran sentido en un plan más atado de lo que parece y alguna aparición convenientemente espeluznante que combina los efectos prácticos y el cgi con buena mano. Hay un elemento en común con la película de Plaza que la hace prima hermana.
2.-Mad God (2021)
Esta película se empezó a hacer en 1987, antes de que muchos de vosotros nacieseis, y este año se ha podido ver terminada en su gloriosa forma final. El nombre de Phil Tippett quizá a muchos no les diga nada, pero seguramente han visto alguna vez parte de su trabajo, ya que el legendario artista de efectos visuales, diseñador de criaturas, y continuador del arte stop-motion no solo ha trabajado en Star Wars, sino que es responsable de las creaciones más alucinantes de RoboCop (1987), Pirannha (1978), Willow (1988), Starship Troopers (1997) e incluso parte de Jurassic Park (1993). Esta es la obra en la que trabajó en la trastienda desde que empezara con Verhoeven en los 80, dando rienda suelta a sus obsesiones hasta crear un delirio teológico y de paraísos perdidos, ángeles caídos y civilizaciones que están inspirados de forma confesa por las visiones del infierno del Bosco, pero que también evoca a libros intertestamentarios, la obra de William Blake, o Pieter Brueghel. Pura narración visual sin diálogos, ilustrando el verdadero alcance de su imaginación en una estructura no verbal que traza la geografía de un mundo macabro a ritmo de música progresiva. Detrás de la creación de cada monstruo y escenario hay un trabajo de planteamiento mastodóntico, una especie de nueve círculos del infierno de Dante con una dimensión industrial en los subterráneos digna de Metrópolis (1927).En ocasiones parece como si los habitantes de los vertederos y lugares prohibidos de los Fraggle Rock hubieran conquistado todo sin dejar nada bueno en el camino. Todo es feo y grotesco, con carne, líquido y metal oxidado fusionándose de forma nauseabunda.
Los cuerpos son aplastados por todo tipo de objetos, triturados por exprimidores industriales gigantes para alimentar a cosas monstruosas en un interminable dominó de muerte en el que todo es machacado para para crear otra nueva generación a la que machacar. Hay criaturas con bocas hechas con dentaduras postizas reales que parecen creadas por Jan Švankmajer, titanes que aplastan todo lo que encuentran en su camino que parecen creaciones clásicas de Ray Harryhausen de una dimensión alternativa, una en donde Ralph Bakshi convirtió Heavy Traffic (1973) y Wizards (1977) en una sola película. Tippett ni siquiera se limita a usar stop motion para describir la desolación y colapso ambiental apocalíptico a un clímax de verdadero horror cósmico con monolitos y un viaje lisérgico hasta la escatología underground, en la que aparecen desde Metal Hurlant a Crumb o Dave Cooper a Jim Woodring. Un monumento a la fantasía oscura en distintas texturas, desde el steam punk al expresionismo postindustrial, pasando por los cuentos de hadas de Jim Henson si este se inyectara LSD. Puro caos de la transformación con lógica interna que se sigue de forma intuitiva, siempre con una excelencia técnica que convierte su espectáculo mutante en un hito del cine de animación adulto digno de figurar frente a La planéte sauvage (1973) o Midori-ko (2010). Una obra de arte de ingeniería de la imaginación que se coloca en un lugar reservado al cine más allá de expectativas. Necesitaremos años para asimilarla.
Programa doble: Chuck Steel: Night of the Trampires (2018)
El cine de terror y la animación hacen a menudo muy buena pareja, y en el caso de Night of the Trampires la aleación parece hecha en el cielo, ya que su técnica claymation está tan depurada que consigue hacer todo tipo de efectos especiales gore y grumosos para imitar a la perfección el gran cine de terror de los años 80. Si imaginas las parodia del cine de acción de Los Simpsons del personaje Rainier Wolfcastle protagonizando su propia película, pero mezclado con Fright Night (1985) se parecería a esta gamberrada de lujo presentada en festivales hace cuatro años, que ahora ha aparecido de tapadillo representando una grotesca y grosera sátira del cine de la Canon, con Cobra o las películas de Charles Bronson encarnadas en un héroe misógino y con todos los defectos de la era Reagan posibles, pero mezclada con el terror de la época. A veces parece una especie de versión americana de Torrente y su humor incide demasiado en el mal gusto, especialmente cuando toca bromas algo rancias de travestismo, pero cuando empieza su brutal tercer acto solo hay sitio para el gore, los vampiros, y una barbaridad de criaturas finales con un clímax a lo Harryhausen antológico, todo ello con un sentido de la acción y una puesta en escena que muchas de acción real desearían.
1.- Smile (2022)
No vino presentada como la sensación de moda del festival de Sundance, no tiene alegorías sobre el mundo del espectáculo ni reflexiones sobre la vejez, Smile tan solo es una película preocupada en dar miedo. Un carrusel inagotable de sustos y escenas de horror orquestadas con la precisión de un director que ya domina el género como algunos maestros, logrando dar una vuelta de tuerca al cine de maldiciones con la versatilidad del cine de gran estudio y la visión del cine de autor e independiente. Fue también la rara producción mainstream que nunca da un paso atrás para mostrar lo grotesco, convirtiéndose, sin dudarlo, en la película más espeluznante del año, un tren de la bruja capaz de alternar horror psicológico con sustos, impacto e imaginería de pesadilla digna de Junji Ito. El debut del director Parker Finn, se rodó en secreto y supone la rara apuesta por el cine de terror de calificación R, que se traduce en un compromiso con el tono del inicio a su valiente final, sin miedo a ser coherente con sus reglas. Smile también es uno de los casos recientes de traslación a la gran pantalla del fenómeno de los cortos de terror virales en internet pasando al imaginario popular como Bedfellows (2008), y este origen se asimila a su identidad y las intenciones del formato, no tiene interés en un argumento complejo y elabora una trama esencial como excusa para desarrollar una escena tras otra de "planteamiento, suspensión de tensión y golpe de efecto", que antepone la experiencia sobre cualquier otro elemento.
Smile es como un remake apócrifo de películas como Ju-On (2002), pero en realidad no deja de ser una adaptación apócrifa de Le Horla (1886) de Guy de Maupassant, sobre gente que cuestiona su propia cordura hasta acabar con su vida por estar "controlados" por una entidad invisible. Utiliza elementos de maldición como Ringu (1997), pero es la misma variación de Casting the Runes (1911), el seminal relato de M.R. James sobre maldiciones con un demonio que persigue, con fecha de muerte en un tiempo determinado y replicación interminable de persona a persona, aquí bajo el filtro de creepypastas modernos. La variación con todas ellas es la idea de proyectar todo esto en la perspectiva de una mujer a la que nadie cree, una ampliación del cine de fractura de la psique femenina, jugando con la ambigüedad de lo real o imaginado y el concepto de la sonrisa irreal como placebo moderno de problemas que no nos gusta afrontar como reflejo y sátira de tabús de la psicología, tratando desde la impostura de las relaciones de pareja, al burnout laboral. Sim embargo, sus temas no evitan que esté muy dedicada a crear miedo bien dirigido que no necesita ser "algo más", sin metáforas enrevesadas ni querer ser un drama, ni otra cosa y con un humor negro subyacente que la convierte en un artefacto mucho más perverso de lo que se le presupone.
Programa doble: The Yellow Wallpaper (2022)
La controvertida historia de horror psicológico de Charlotte Perkins Gilman puede ser una de las piezas de literatura más influyentes de todos los tiempos. Prácticamente todo el género de mujeres en pleno colapso mental, de Repulsion (1965), a Images (1972), la reciente Knocking (2021), e incluso algo de Smile son deudoras de una forma u otra de esa historia sobre la influencia del patriarcado en la ruptura con la realidad de una mujer. Sin embargo, la pieza es una gran desconocida dentro de la arqueología del género, pese a que ha sido adaptada en infinidad de ocasiones. En esta, se ha expandido la historia a más de 90 minutos, haciendo de la historia de una madre reciente obsesionada con el peculiar empapelado amarillo de su dormitorio una experiencia agotadora y claustrofóbica, dura pero llena de matices siniestros, una banda sonora de puro horror gótico y un crescendo de duermevela que la colocan como la mejor adaptación hasta la fecha desde la versión de 1989.
Menciones especiales
El cine de terror de 2022 ha sido extenso en títulos, una explosión de plataformas, estrenos en salas y otros canales de distribución que hacen la cantidad a tratar inabarcable. Podemos ver pequeños fenómenos como el regreso de los vampiros, con títulos más interesantes de lo que parece, como House of Darkness, una reinterpretación feminista de cierto relato de Bram Stoker con Justin Long duplicando su papel de Barbarian, casi prima en concepto es The Invitation, que mejora en su versión unrated, y fue número uno en taquilla en un año en el que los chupasangres han vivido una tranfusión con Let the Wrong One in, Kicking Blood, Blood Relatives, Day Shift, Morbius, Todas las lunas o Slayers.
No se quedan atrás las películas sobre posesiones, que además de las comentadas hemos tenido Prey for the Devil, un digno terror dirigido al gran público, en la onda de The Rite (2011), con buena producción y fotografía pero desarrollo convencional. Las secuencias de exorcismos son estupendas y alguna escena desafía su calificación PG-13. Plantea algo nuevo dentro del terror religioso: la idea de que una monja pueda hacer exorcismos, dejando alguna idea progresista en la estructura patriarcal de la Iglesia, incluso en materia del aborto, adoptando una estructura casi de piloto de algo más grande. Dirigida por Daniel Stamm, es coherente con su The last Exorcism (2010), centrándose en el protagonista exorcista, incluso planteando algunos comportamientos y contorsiones de los poseídos que conectan directamente con aquella, como si estuvieran en el mismo universo. Además, esta es una prima de la mexicana La exorcista, y también hemos visto la adaptación de My Best Friend Exorcism, Twin, Don't Look at the Demon, Karem: la posesión, The Accursed, The Possessed, Zalava, Possession 2022, The Last Possession, Sin Eater, Exorcist Vengeance o The Free Fall.
Películas cercanas al terror
Otra buena cantidad de estrenos han tenido el terror como epicentro de alguna manera, aunque su adscripción al género puede generar mucho debate. Películas como Beast, Fall, The House, Du som er i himlen o All my Friends Hate Me son ejemplos que dan paso a una gran cantidad de propuestas que se apoyan de una forma u otra. Como los siguientes ejemplos.
The Munsters (2022)
Un incomprendido trabajo de amor de Rob Zombie tratando de imitar el estilo tontorrón de la serie The Munsters bajo el filtro de un esteta de la parafernalia rock and roll: colores chillones, planteamiento cómic, homenajes al estilo de Creepshow (1982), diseño de arte increíble, chistes malos, la actitud de un vídeoclip con pin-ups y la subcultura de monstruos haciendo cosas que responde al espíritu de una subcultura ya perdida. Es la típica película que pasarían todas las noches en los bares de punk, rock y cultura pop de Malasaña en los primeros años 2000, o la que se proyectaría en el fondo en un concierto de Killer Barbies. Un dibujo animado viviente muy modesto y que hay que ver con la óptica adecuada.
Don’t Worry Darling (2022)
Es un buen título de fantástico comercial, más retorcido y perverso de lo que parece y han contado. Se reciclan viejos esquemas de misterio con giro que no deberían distraer de su pertinente punto de partida, otro análisis de la Norteamérica MRA organizada y las burbujas social media consentidas por los algoritmos. Más que una parábola feminista, es un relevante corolario de un fenómeno cocinado en internet. Se juzgó mucho por su "revelación" como algo predecible, pero Olivia Wilde es plenamente consciente de la experiencia previa del espectador, no hay ninguna ingenuidad en el planteamiento, de hecho, una vez la película alcanza toda su dimensión, puede comprobarse que el juego de roles de género que plantea es mucho más complejo de lo que aparenta.
The Tragedy of Macbeth (2021)
Joel Coen conecta con la adaptación de Welles en un despliegue teatral de claroscuros tenebrosos con ecos a la visión de las obras de Poe de la Universal en los años 30. Su representación de las brujas es puro horror de vanguardia marca A24. Con más énfasis en el texto original de Shakespeare y el oxígeno para los actores, el minimalismo tableau vivant de Coen no alcanza el poder pesadillesco de Welles o Polanski, pero comulga en tono con la versión de Kurosawa y es mucho más interesante que la del 2015. Con grandes interpretaciones de Denzel Washington, Frances McDormand o Brendan Gleeson, The tragedy of Macbeth apuesta por la literalidad en el verso, funcionando como pieza de cámara experimental, casi como una versión televisiva de la BBC en los 60-70 de una obra de Beckett.
The Eternal Daughter (2022)
Tilda Swinton interpretando a una madre y una hija pasando un fin de semana en una mansión que se va embrujando a cada momento, un cuento de fantasmas o un drama psicológico, bastante amable pero no menos embriagante. La iluminación, mortecina y de colores “verde Vértigo (1959)”, deja estampas de una belleza gótica que mira a los clásicos de fantasmas de la BBC, pese a que nunca lleva el terror hasta el final, juega con todos los tropos, con una banda sonora desasosegante que embriaga los escenarios llenos de sombras, niebla y lápidas. Entre la fantasía del escritor planteada Providence (1977) y el Mike Flanagan relacionando el duelo con los espectros psicológicos, la película de Joanna Hogg se une a la reciente tendencia de directoras británicas que crean cine fantástico, aquí más preocupada de las relaciones madre e hija, pero con un par de apariciones en la ventana que conjura el terror de fantasmas clásico como nadie ya se acuerda.
Mantícora (2022)
Carlos Vermut infecta lo más cotidiano con tabús innombrables creando un mecanismo turbio de precisión que perfecciona su capacidad de incomodar hasta el paroxismo, para relatar la creación de un monstruo desde semillas psicológicas recónditas. Independientemente de lo que escueza lo que narra Mantícora, lo cuenta con matices muy agudos, su sobriedad estomagante lleva a convertir un plano dirigido al vacío en algo atroz, dejando que las sombras invadan a los personajes, con una descarnada interpretación de Nacho Sánchez.
Cerdita (2022)
Crónica negra del medio rural convertida en comedia grotesca sobre bullying que destaca por la gran dirección de Carlota Pereda, que se basa en su propio corto del mismo nombre y con la misma actriz, Laura Galán, como protagonista. Una valiente interpretación que ha sido de los aspectos más laureados en su paso por festivales, aproximando el Spanish Gothic a la era Instagram, siguiendo la herencia de la comedia grotesca española con algún saludo a Tobe Hooper en un clímax que se hace esperar.
Speak no Evil (2022)
Una maliciosa sátira sobre la muerte cultural de los modales que empieza como una dramedia de parejas maduras, continua como un thriller y acaba en un terror gélido al estilo Sluizer y Haneke. Algo predecible, pero no por ello menos oscura.
Bones and All (2022)
Una road movie generacional de amor caníbal en la que Guadagnino propone una especie de secuela espiritual de Raw, con la lírica visual de Badlands, en donde confluyen el romance monstruoso, el horror truculento y el peinado 80s de Timothée Chalamet.
El regreso de los muertos vivientes.
Malnazidos (2022) Una muy sólida aventura bélica de terror en la Guerra Civil con mimbres de Romero, Overlord o La vaquilla y una agradecida dosificación del humor costumbrista en el que acaban cayendo este tipo de proyectos en favor de la acción, para otra estupenda adición a la exitosa tradición de cine zombie en España. Maneja bien en un tono de ficción histórica fantástica, utilizando la presencia nazi en la península ibérica para crear un tono similar a la saga Indiana Jones que la dota de un gran sentido del espectáculo a menudo ausente en aproximaciones al género similares. Su cuidado por los personajes, con un guion que pisa un terreno complicado del que sale airoso tirando de sarcasmo y golpes de humor bien medidos, deja espacio también para algunos detalles gore y confianza en el espectador para jugar con los tropos trillados del género zombie. Los zombies obligan a dos bandos rivales a unirse contra un adversario común salido de las tumbas, al más puro del cine de John Carpenter, quien, además de inspirar parte del tono de la película cedió un tema suyo de la banda sonora de Vampires (1998)
The Sadness (2021)
Un regreso a las películas de categoría III chinas de los años 80 y 90, donde lo principal era mostrar sangre y sexo sin que importara demasiado el argumento. En esta hay una especie de regreso al cine de epidemias, al estilo Ebola Syndrome (1996) y zombies que ofrece una versión diferente a lo que nos tiene acostumbrados el cine asiático, centrándose en la violencia que generan los infectados, una especie de variación sádica de The Crazies (1973), pero con más insistencia en su sexualidad perturbada, digamos que lo más cerca que el cine ha estado de hacer una adaptación del cómic Crossed (2008) de Garth Ennis, aunque sin las reminiscencias religiosas. La película falla en darle algún sentido a su salvaje espectáculo de sangre pero hasta cierto punto esto añade la sensación nihilista al conjunto. Podría haber sido algo mejor con un tramo final más expansivo en vez de íntimo.
Cine de Monstruos
Los monstruos han vuelto a la gran pantalla y en muchos casos con ánimo de diversión desprejuiciada, como el caso de la demasiado maltratada The Lair (2022), el regreso de Neil Marshall a la monster movie bélica de tebeo, con lo puesto y sin vergüenza, con toneladas de plomo, trajes de goma, sangre y frases de baratillo en un monumento a la cochambre con toda la diversión y descaro desaparecidas en la gran pantalla. La sorpresa de fin de curso es la edición extendida de Jurassic World: Dominion (2022), una sustancialmente mejor versión del fin de ciclo de la trilogía, que añade más prólogo prehistórico, más dinosaurios y algo más de sentido a su aventura familiar, con acción competente, muchísimas criaturas distintas y viejos conocidos unidos por escenas bien realizadas y un guion un tanto perezoso. Otros ejemplos divertidos, que recuperan el espíritu kaiju son las curiosas Troll, Crabs o Shin Ultraman.
El retorno de las Brujas
Las brujas han tenido una revancha importante de forma troncal o tangente, y entre ejemplos no demasiado reseñables, como She Willl o Warhunt hay algunas películas muy destacables como Mal de ojo (2022), que recoge la tendencia actual de cine de brujas y abuelas terribles se pone en modo de cuento de hadas reintegrando clásicos del terror mexicano como La tía Alexandra (1980) o Veneno para las hadas (1986) en un juguete de FX ochenteros y algún giro predecible de más pero con alucinantes efectos prácticos. Mucha de esa imaginería se disfruta en la humilde pero matona Two Witches, que está plagada de brujas grotescas y elementos que recuerdan al cine italiano de los 80. Aunque el plato fuerte es HellBender (2021), la nueva película de la familia Adams, un matrimonio y su hija que se dedican a hacer películas de terror de bajo presupuesto con prácticamente ellos solos de equipo. El resultado de su estupenda The Deeper you Dig (2019) prometía una carrera interesante dentro del género y con su segunda obra han aumentado la apuesta en una historia de brujería desde el punto de vista de una madre que observa cómo su hija comienza a desarrollar su potencial. Otra sorpresa muy a la par de Pyewacket (2017), pero con una perspectiva original del punto de vista narrativo, ya que vemos un equilibro entre la visión de la madre y la hija. Una Ladybird de hechicería y rock con numerosas visiones, alucinaciones y sueños que son el fuerte de la marca Adams, delirios psicodélicos, imaginería tremenda y algún que otro exceso de galería de efectos digitales que no tenía la anterior. Con todo, otro logro que abre muchas posibilidades al cine regional americano de terror actual.
El metraje encontrado y faso documental
Deadstream, VHS99 y otros muchos títulos han devuelto mucho protagonismo al formato mockumentary, y entre estos hay que destacar Godforsaken (2022) que está disponible de forma gratuita y legal, un modesto found footage de terror sobre unos reporteros que van a investigar el extraño milagro de un funeral en un pueblo de Canadá. Puede verse en VO en el canal Terror Films es una película hecha a nivel local y no profesional, pero el resultado está por encima de ella media de los FF recientes, con una dosificación de las sorpresas diabólicas y los sustos y una locura creciente que no baja en sus 80 minutos escasos. Last Radio Call (2022) es otro muy humilde ejemplo que alterna investigación con metraje body cam, logrando un exploit de Blair Witch Project con escenas bastante espeluznantes y algún que otro susto tontorrón. Se puede ver completamente gratis en youtube y trata sobre la esposa de un policía desaparecido que trata de descubrir qué le pasó en un hospital abandonado, descubriendo la terrible leyenda entre los nativos de una entidad conocida como The Red Sister. Un pastiche de Lake Mungo y Session 9 en solo 75 minutos. Y para cerrar el ciclo, apareció The Found Footage Phenomenon (2022), un completo pero no muy exhaustivo documental sobre el auge del formato, con conclusiones desdibujadas pero un apasionante énfasis en los títulos menos conocidos de origen previos a la cinta de Eduardo Sánchez y Daniel Myrick
Dos recomendaciones extraviadas
What Josiah Saw (2022)
Un inusual combo de American Gothic, thriller y relato sobrenatural de fantasmas que despliega su trama en una estructura episódica severa, en la que tres hermanos se nos presentan en sus diferentes entornos de forma que ninguna de sus historias parece tener una conexión plena con la anterior, pero de una u otra forma todo lo que pasa en sus vidas está relacionado con su turbio pasado y un momento innombrable del que solo sabremos hasta el final de la película. No es una película de sustos pero su estilo es el de una película de horror intensa, con un diseño de sonido y banda sonora espesa y escalofriante. Es recomendable no revelar mucho, pero su final invita a reinterpretar todo lo visto antes, especialmente su primera parte, que cobra un sentido más perturbador. Un relato desolador cuyos toques fantásticos son sutiles pero cierran un relato de condena inevitable con ecos de Poe y películas como 1922. A rescatar.
Suicide Forest village (2022)
La vuelta al cine de terror de Takashi Shimizu en 2019, con la estupenda Howling Village (2019) mostraba al autor de Ju-On (2002) con una pericia tras la cámara que muchos de sus compañeros de la explosión J-Horror habían perdido, concibiendo una gran épica de terror de pueblo embrujado como una serie de viñetas vagamente interconectadas, muy al estilo de sus maldiciones. En aquella había muchos hallazgos, especialmente la recreación de fantasmas como imágenes fotográficas difusas en movimiento y un nada apocado uso del gore. En esta nueva secuela espiritual, que conforma una trilogía con la inferior Ox-Village, sigue bastante en forma, pero cambia el aspecto fantasmal por una mezcla entre folk horror ancestral, de naturaleza viviente con la pura fantasía, con dimensiones fantasmales extrañas de reglas difusas para de nuevo componer una serie de buenos momentos de terror con más energía que lógica, convirtiendo a Shumizu en lo más parecido a un Fulci del cine de terror japonés.
Smile (2022) review: la película más terrorífica del año parece un cruce de ‘It Follows’ y las pesadillas de Junji Ito
No es la película de moda del festival de Sundance, no tiene alegorías sobre el mundo del espectáculo ni reflexiones sobre la vejez. Por fin hay una película de 2022 que da miedo, un carrusel inagotable de sustos y escenas de horror orquestadas con la precisión de un director que ya domina el género como los maestros, logrando dar una vuelta de tuerca al cine de maldiciones con la versatilidad del cine de gran estudio y la visión del cine de autor e independiente, es la rara producción mainstream que nunca da un paso atrás para mostrar lo grotesco, convirtiéndose sin dudarlo en la película más espeluznante del año.
Nota: 90
Nota del autor: La reseña no tiene spoilers, pero algunas referencias a otras películas pueden dar pistas que quizá el espectador no quiera saber.
En la última década, la cultura de los cortos de terror se ha hecho muy popular como forma de consumo del género. Puede que alejado de las pantallas de cine o de las plataformas, pero muy presente en los móviles y dispositivos pese a la falta de publicidad. La plataforma Quibi quiso explotar esa tendencia transformando ese contenido en grandes producciones, pero no acabó de funcionar. Sin embargo, dentro de youtube siguen apareciendo piezas como Don’t Peek (2020), algunas de ellas se hacen tan famosas que dan lugar a películas. A menudo, con resultados decepcionantes como Lights Out (2016), otras mejores de lo que parece pero no a la altura de su original, como Come Play (2020), basado en Larry (2017), sin embargo, por fin hay una película que no solo sobrevive a las expectativas de su corto, sino que las supera. Esa película es Smile.
Los escasos doce minutos que consiguieron la atención de festivales tuvieron una vida más bien corta en internet, porque en Paramount vieron su potencial enseguida, Laura Hasn’t Sleep (2020) apareció en plena pandemia e impresionó tanto al productor Robert Salerno que pronto consiguió luz verde para su versión de largometraje. El director Parker Finn ha extendido ese germen hasta casi dos horas en las que, ante todo, mantiene la idea que mueve y hace que todos esos cortos sean ejercicios de terror absoluto, centrando toda su atención en la experiencia en sí y no en la parafernalia que suele acompañar las prolongaciones de estos hits de internet. Muchos pueden acusarla de ser derivativa en cuanto se analicen sus líneas maestras de desarrollo, indiscutiblemente familiares y sin ambición de cambiar el curso de ningún subgénero, pero su compromiso con el viaje es precisamente lo que hace que resulte fresca, y más en este año de películas cargadas de metáfora, alegoría y justificaciones para ser más que lo que permiten las etiquetas.
Smile cuenta la historia de una psiquiatra que, tras un encuentro muy bizarro y duro con una paciente, empieza a experimentar una serie de sucesos imposibles, aterradores e inexplicables y se convence de que algo diabólico ha entrado en su vida. Su espectacular primera escena antes de los créditos, más o menos un remake del corto original con su misma actriz, deja muy claras las intenciones de lo que viene. Vamos a ver mucho a la doctora Rose enfrentándose a visiones terroríficas de gente con sonrisa siniestra. Y bajo este punto de partida, el guion sigue más o menos al pie de la letra los códigos del cine de maldiciones herederas del J-Horror, desde Ringu (1998) a Kairo (2001), con dosis extras de la mitología de Ju-On (2002), con lo que vamos a ver una investigación adentrándose en la madriguera de conejo conforme la protagonista va tirando del hilo. Pero las reglas y lo que descubre no son demasiado complicadas ni originales, tan solo el lienzo perfecto para que el director destape su creatividad con una cantidad inagotable de escenas de miedo.
No hay que esperar una gran revelación final —pese a que hay algunas sorpresas inesperadas— que no se salga de lo que ofrece una clásica película de cadenas virales diabólicas, pero una vez entramos en la espiral junto a Rose no para ni un momento. En los 115 minutos de duración del conjunto Finn deja respirar las escenas para orquestarlas con el tiempo necesario y oxigenar también lo justo entre cada set piece, de manera que Smile se convierte en un tren de la bruja en el que caben los sustos de sobresalto, las presencias en el recodo de la sombra del cuarto de estar, las llamadas siniestras, los audios con sonidos extraños, e incluso imágenes de impacto que no se cortan con la violencia (ojo a algunos maquillajes prácticos y efectos tradicionales de Tom Woodruff Jr). La película nunca se echa atrás y se sale con la suya en una buena parte de situaciones que en el cine producido para multisala suele tender a rebajar con agua, incluido su implacable tramo final, en donde los ejecutivos y los pases de prueba se suelen poner más nerviosos.
La mayor diferencia con las películas de maldiciones como Truth or Dare (2018) y similares, pese a sus elementos en común, es el ángulo psicológico con el que se afronta la caída en desgracia de la doctora, un caso claro del subgénero de neurosis femeninas al estilo de Polanski y Altman, pero en vez de con el enfoque de drama contemplativo o artístico que podrían tener la nueva película de terror de moda del festival de Sundance, es llevado a un terreno más comercial y sin complicaciones excesivas, en donde las visiones y sucesos que experimenta tienen un componente de desequilibrio mental, como si los traumas que experimentamos se convirtieran en demonios reales, con lo que hasta cierto punto incluso parece una sátira del cine de terror reciente, en el que el trauma se usa como punto de partida, “comercializando” esa idea de forma más evidente, para dar una película mucho más juguetona, menos grave y solemne —tampoco faltan algunos momentos de humor muy macabro—, con un enfoque totalmente pragmático de la idea original.
Smile puede pecar de falta de ambición a un nivel argumental. Su obstinación por crear escenas de terror de forma persistente le lleva también a convertirse en una posible víctima de la avidez por la novedad y los cambios de paradigma que asolan un mercado impaciente y plagado de ideas, pero hay muy pocos ejemplos de quien las pueda llevar a cabo de forma pulcra, con lo que no sería extraño que, pese a ello, no le llovieran críticas por ser percibida como convencional. Y puede que en algunos casos no sin razón, porque si algo se le puede achacar al conjunto es que se percibe como un cóctel de todas las tendencias del terror más o menos reciente comprimidas en un mismo artefacto, con lo que podemos ver alguna escena que recuerda mucho a Hereditary (2018), algunas visiones que bien podrían estar en la dupla de IT (2017-19) o Daniel Isn’t Real (2019) e incluso hay una idea general del declive mental de esta y la impotencia de los personajes asaltados por amenazas que solo ellos son conscientes a los que nadie cree de otras muchas películas.
Ya lejos de éxitos recientes, Parker Finn ha citado como influencia Safe (1995) de Todd Haynes, inspirándose en su ansiedad palpable y la manera en la que mete al público en la mente del personaje de Julianne Moore, con el objetivo de experimentar una perspectiva subjetiva, lo que puede comprobarse en la tremenda escena del cumpleaños, un homenaje nada velado a aquella. Otra pieza fundamental es Cure (1997) de Kiyoshi Kurosawa, en la que según él se inspiró para buscar conseguir su particular tono de sueño febril, ya que se plantea la película como una pesadilla que crece constantemente, buscando introducir completamente la misma sensación de irrealidad de lo que experimentamos al vivir algo mientras dormimos, la misma lógica de un mal sueño. Hay momentos en los que la realidad se hace elástica para la protagonista, pero no hay elementos surrealistas que realmente conviertan la experiencia en un viaje verdaderamente onírico. Sin embargo, sí que es permeable al estilo de Kurosawa en los momentos en los que vemos la muerte irracional de algunos personajes, aunque el motor no sea la hipnosis. Ciertas escenas en un caserón abandonado también recuerdan estéticamente a la película japonesa.
Y no es la única influencia del terror hecho en ese país, si el momento de la "cabeza colgando" del tráiler desprendía muchas vibraciones del trabajo de Junji Ito, era por una buena razón. Finn es muy fan del mangaka de terror y esto se deja notar en algunos momentos de la imaginería de las caras sonrientes y derivaciones, funcionando a veces con la lógica conceptual de sus historias, incluso no solo del famoso autor de Uzumaki, sino de otros coetáneos como Masaaki Nakayama. Aunque nunca llega a romper del todo esa barrera de lo imposible en una película de sus características, Finn aprovecha la oportunidad para mostrar un músculo como director inusual en la gran mayoría de debuts. Su manejo de la cámara es arrollador. Convierte el objetivo en algo omnisciente que se desplaza por los espacios y observa constantemente. Los ojos del espectador están obligados a seguir ese movimiento perpetuo, que en ocasiones rota, y en otras funciona prácticamente como montaje sin cortes en la toma, de esa forma se percibe un control constante de la geografía, logrando que su sistema de sustos e impactos juegue con las expectativas de una forma que pocos han logrado desde Wan.
Esto se combina con una banda sonora inusual de Cristobal Tapia de Veer, alternando sonidos industriales, instrumentos de cuerda y ocasionales efectos y voces que nunca dan respiro ni siquiera a momentos de serenidad o intimistas. Algo que contrasta con el perfil visual de su diseño cromático sosegado, con predominio de las tonalidades crema, como el irreal hospital de paredes rosas, un color recurrente que sugiere una falsa sensación de seguridad y confort para ir sustituyéndose sutilmente por claves más oscuras conforme el entorno de la protagonista se va desmoronando. La fotografía de Charlie Sarroff trata de codificar el estado de la mente de Rose tomando puntos de partida en el cine de Polanski o películas como Jacob’s Ladder (1990), combinando de forma extrema planos con gran angular y primeros planos, mientras que el diseño de producción de Lester Cohen esquiva los lugares comunes de piezas más góticas con un aspecto de ambiente administrativo y burocrático en donde parece que hay algo no cuadra y todo se va enrareciendo.
Mucha de esa sensación también recae en los hombros de Sosie Bacon —la hija de Kevin—, que hace una combinación brillante de scream queen y de mujer profesional a la que le sobrevienen sus propios miedos, intentando manejar desde la razón y el conocimiento de los mismos, apareciendo en pantalla casi a cada minuto, reflejando todo tipo de niveles extremos de confusión, estrés, depresión y pánico. Smile mantiene un equilibrio excepcional entre la apertura de miras del cine de gran estudio y la visión del cine de autor más independiente, es la rara producción mainstream que nunca da un paso atrás para mostrar lo grotesco con la precisión de un director que ya domina el género como los grandes maestros, logrando dar una vuelta de tuerca versátil al cine de maldiciones, en donde de principio a fin hay un propósito perverso que se puede otear hasta su coda circular, un cierre perfecto para convertirse, sin duda, en la película más espeluznante del año.
Un repaso de todo lo que dio de sí la televisión de terror de 2021 con las principales 17 aportaciones al género en forma de serie o miniserie. Contando nuevas temporadas y programas de nueva creación, incluimos todo lo emitido durante el año, aunque en alguna ocasión no haya terminado la temporada corriente. Desde Black Summer a Midnight Mass o Chapelwaite, estas son nuestras favoritas del año pasado.
2021 significó ver la luz después de la pandemia tras un año en el que las plataformas de streaming fueron claves para el consumo de entretenimiento audiovisual y, por primera vez, vimos las series que se habían rodado en condiciones muy restrictivas por los protocolos covid, una circunstancia que puede notarse en escenas no muy abarrotadas de extras, pero que también se han beneficiado de más tiempo para macerar los guiones, y la consecuencia es que hemos visto algunas de las mejores temporadas de terror televisivo en los últimos años, con lo que entramos en un repaso en el que incluso hemos tenido que eliminar algunos títulos clave. Veremos una a una, a modo de anuario, las mejores y más destacadas producciones televisivas.
17- Black Summer Season 2
La temporada 2 de Black Summer de Netflix es aún mejor que la primera. De ser una interesante variación de las trilladas series postapocalípticas ha pasado a convertirse en un frenético viaje de supervivencia en donde los zombies son un peligro latente pero no los absolutos protagonistas y lo que cuenta de verdad es el suspense casi en tiempo real, elevando la tensión en inmediatas secuencias de acción que llegan a la excelencia con la dirección gonzo de John Hyams, cineasta que ha ido creciendo desde sus trabajos para el mercado de vídeo, definiendo un estilo muy áspero que dio un nuevo giro con su notable Alone (2020). Aquella era una pieza de terror casi minimalista cuya efectividad se corrobora en esta nueva entrega del spin-off de Z-Nation, donde el director ha perfeccionado aquella fisicidad audiovisual latente y se las ha arreglado para ofrecer algo fresco dentro de un género agotado sin realmente hacer nada nuevo. El ambiente nevado recuerda al de ciertos westerns bajo cero y su falta de complicaciones acaba acercándola a dicho género en no pocas ocasiones, como el asalto del episodio cuatro, que viene a ser un clímax de cualquier tiroteo de los grandes duelos clásicos a lo Río Bravo (1959). Algunos planos secuencia de Black Summer parecen en cierta forma reformulaciones o una extensión de lo que propuso George A. Romero en Diary of the Dead (2007) en la que el creador del subgénero innovó con un punto de vista de metraje encontrado, pero que se asemejaba mucho al de la serie, ya que al estar grabado por los protagonistas llevaba a diferentes segmentos a modo de road movie dando una nueva perspectiva al apocalipsis.
Otra ventaja de Black Summer es que, a diferencia con muchas series de Netflix, no hay relleno porque no trata de nada en particular, es casi un observatorio de supervivientes huyendo a ninguna parte con lo que el atractivo está en la experiencia a tiempo real, la angustia de las persecuciones, la acción con cámara en mano y los planos secuencia. Su presupuesto modesto permite una aproximación minimalista el género y explorar el concepto de meternos en la piel de los protagonistas a un nivel tan sintético que se reduce a correr, correr y correr delante de zombies. El argumento de Black Summer pasa a ser lo de menos. Cada episodio circula alrededor de un pequeño evento o lugar al que los protagonistas llegan de alguna forma, no difiriendo mucho a un videojuego cuando se meten en casa y edificios desconocidos que están llenos de recodos, pasillos largos y sombras. La temporada 2 mejora y perfecciona todo lo que planteaba la primera, logrando convertirse en un gran survival centrado en la tensión pura pero al que no le falta violencia. Como muchas obras postapocalípticas, el aspecto de la serie es rico en tonos grises y lavados a juego con el tono desangelado de su mundo, y también hay una visión oscura de la humanidad, pero tampoco se detiene a recrearse en el drama como en otras ficciones recientes, porque los muertos vienen detrás sin parar y los duelos suelen tornarse en carreras enloquecidas, acción sin descanso, y diversión con una puesta en escena coreografiada sin que nunca se llegue a notar demasiado.
16- Kingdom Ashin of the North (2021)
Netflix estrenó este superior episodio especial de la serie de zombies coreana que mantiene la factura cuidada para retratar la era Joseon, llena de exteriores y fotografía panorámica, pero en esta ocasión con una narrativa contenida que sirve como one shot de un personaje del que apenas sabíamos nada. El resultado es una historia que consigue un equilibrio tenue entre el drama, la acción y la violencia, rescatando un eco emocional alrededor del honor que le da una personalidad única dentro de las ficciones de muertos vivientes que llegan habitualmente. Ashin puede verse como una especie de aperitivo a la tercera temporada pero ha resultado ser, de forma inesperada, mejor que la serie en sí, cambiando los problemas y asuntos políticos de la jerarquía social, por una lacónica historia de venganza que toca en los habituales resortes de catarsis de obras como Lady Snowblood (1970). El guion de Kim Eun-hee se adentra en el origen de la flor púrpura de la resurrección, mientras el director Kim Seong-hun narra la catálisis de la epidemia con un montaje ágil de la cadena alimentaria que, si bien muestra un cgi mejorable, es muy efectivo y consigue llegar hasta un tigre zombie mucho más terrorífico y temible que el felino putrefacto de Army of the Dead (2021). Esta aparición del animal convierte la primera mitad de Ashin en un relato clásico de aldeanos a la caza del monstruo como Daeho (2015) de Park Hoon-jung o Mul-goe (2018), saliéndose de las dinámicas típicas de Kingdom sin abandonar temas clásicos del cine de género coreano reciente.
Pero al mismo tiempo que se narra el origen de la plaga el episodio especial nos cuenta una épica historia de venganza en medio del ataque de los muertos vivientes, por lo que seguimos al personaje desde niña en una odisea de aventura y terror, como si Sympathy for Lady Vengeance (2005) fuera de época y tuviera infectados. La historia de la niña ocupa la mitad de la historia y la segunda parte ya nos muestra al personaje con la cara de Jun Ji-hyun, a la que seguimos hasta un tramo final sangriento, espectacular y despiadado en el que confluyen la ira de Ashin, como una especie de implacable ángel exterminador, con el ataque de los infectados. La gran ventaja sobre otras entre entregas de Kingdom es su historia está contenida en sí misma lo que, además de sacar más brillo a los valores de producción al estar comprimida en 90 minutos, hace que pueda verse de forma independiente a la serie, de hecho sirviendo como una precuela idónea o bien una puerta para neófitos para adentrarse en su mundo, aunque Ashin no aparecerá hasta el final de la segunda temporada. Familiarizarnos con la historia Ashin convierte a la villana en más bien un antihéroe dentro del universo de la serie, una especie de agente del caos en nombre de una justicia de vida o muerte. De cualquier manera, la fotografía y la puesta en escena van un paso más allá que en un episodio normal, con un acabado cromático más variado y más localizaciones y exteriores. Nunca se muestra perezosa en enseñarnos el mundo en el que transcurre y ofrece 90 minutos de acción y terror ejemplares.
15 - Are You Afraid of the Dark? The Curse of Shadows
La serie original Are You Afraid of the Dark? que se emitió en la década de 1990 fue una antología sorprendentemente oscura para ser un producto de Nickelodeon dirigido a chavales. Dentro de las obras de introducción al terror se colocaba un paso por encima a Goosebumps, casi coincidiendo con la obra de Christopher Pike, cuyo The Midnight Club (1994) pareció inspirar el título de la emisión en castellano El club de la medianoche. Antes de que veamos en Netflix la adaptación del libro de Pike de Mike Flanagan, y el terror de franja preadolescente vuelva a televisión, la mítica serie había cogido la ola de It (20017-2019) y Stranger Things (2016-) con un revival que cambiaba la antología de capítulo a capítulo por temporadas uniformes de seis entregas. Si la primera fue un refrescante regreso a las ferias ambulantes malditas con un espíritu Something Wicked This Way Comes (1983) esta segunda temporada se adentra en un terror sobrenatural de leyendas y sustos más oscuro y parecido al que hemos estado viendo en el cine durante los 2010. Cada temporada se concibe como una macropelícula independiente, con un nuevo elenco, una nueva ubicación y un misterio completamente distinto, con el tema del club de la medianoche de jóvenes amantes de las historias de miedo como hilo conductor. Y lo cierto es que este Curse of the Shadows Su segunda temporada mejoró mucho.
Con solo seis episodios, la temporada se las arregla para manterse tremendamente entretenida y sin valles de ritmo, cada episodio mantiene la atención y demuestra que ha conseguido mantener el espíritu original ya con su propia voz, a diferencia de la más titubeante primera temporada. Hay algo de nostalgia por la propiedad, pero en general The Curse of Shadows se erige como una versión aceptable para jóvenes de un posible monstruo del universo Warren, dotando de una oscuridad gótica azulada, a través de una paleta de colores afín a directores como David F. Sandberg, lo que no es de extrañar con el veterano de proyectos de la gran pantalla de Blumhouse Jeff Wadlow. La ciudad de Shadow Bay en donde transcurre la acción es una de las clásicas localizaciones junto al mar salidas de una novela de Stephen King o The Fog (1980),de John Carpenter y es un lugar idóneo para desarrollar una historia de maldiciones y leyendas, aunque la mayoría de escenas de terror juegan con la premisa básica heredera de A Nightmare en Elm Street (1984) de que las pesadillas de una persona pueden hacerse realidad. Aquí en vez de Freddy tenemos al Shadowman una especie de Wendigo, con astas que salen de su cabeza y un aspecto que realmente da escalofríos. Hay tensión y algunos sustos tradicionales, desde golpes en la noche, payasos que miran y persiguen a los adolescentes, un muerto viviente que intenta arrastrar a una chica al agua y muchas sorpresas que tensan el límite de un producto para menores de 13 años, pero que es muy disfrutable por todos los adultos sin complejos.
14- The Serpent (2021)
Las historias de crímenes reales se han convertido en un material recurrente para las series documentales, cantidades de información, material de archivo y entrevistas que tratan de dar una visión objetiva y desmitificadora a los asesinos, sin embargo, desde Henry: Portrait of a Serial Killer (1986) la crónica ficcionada es un territorio más del cine de terror, ya que los elementos de crimen, policiales y de misterio quedan a merced de lo irracional, la maldad y el miedo por las víctimas. Este es el caso de The Serpent, la inaudita historia real del asesino Charles Sobhraj comprimida en una miniserie en coproducción entre BBC One y Netflix. Encajado en un relato de caza al criminal más o menos arquetípico, con un ángulo burocrático que la emparenta con otras obras como Citizen X (1995), se construyen escenas de tensión irrespirable en un reflejo de Catch Me If You Can (2002) de terror, con una pareja digna de Honeymoon Killers (1970), con un método de captación de víctimas propio de Hostel (2005). El el fascinante arco épico de un personaje diabólico en busca y captura que logró ir sorteando la justicia durante décadas es ensombrecido por el modus operandi particularmente desagradable del asesino interpretado aquí por un fantástico Tahar Rahim. Los viajeros jóvenes del "Sendero hippy" asiático de los años 70 de Tailandia, Nepal e India buscaban sintonizar y experiencias como quien hace el interrail, pero en un entorno mucho más desconocido y hostil, por lo que Sobhraj a menudo aparecía como un ayudante o una figura salvadora, brindándoles asistencia u ofreciéndoles la oportunidad de compartir las ganancias de las joyas que esperaba conseguir.
El actor Rahim conecta con la idea de maestro del disfraz del personaje, cambia su mirada para evadir sospechas y mantiene creíble la constante transformación del criminal con un aire siniestro y al mismo tiempo atractivo. El método de envenenar a sus víctimas resulta mucho más terrorífico que otros de sus medios de ataque más brutales y a menudo las mantenía enfermas e incapacitadas antes de deshacerse de ellas, lo que hace que contemplar cómo caen en al trampa sea especialmente angustioso. Sin embargo, el gran toque maestro de The Serpent es su intrincado montaje en diferentes momentos de un periodo más o menos delimitado antes de su primera captura, con abundantes y constantes saltos temporales en la línea de tiempo de los hechos, con avances de meses y luego vuelta atrás, lo que, lejos de resultar confuso, crea una sensación de peligro constante para el espectador, consciente ya del espeluznante superpoder de Sobhraj para detectar las aspiraciones de los viajeros y usarlas para ponerlas dentro de su hechizo. El espectador aprende y va yendo más pasos por delante de las víctimas, lo que hace que el suspense se transforme en una negra sensación de fatalidad inminente, que se une a la tensión de la persecución dirigida por un diplomático holandés, que va viéndose como único comodín de salida para los engañados. No hay una gran cantidad de violencia gráfica, pero la combinación de la sensación de impunidad de las fechorías y la perversidad aciaga de la facilidad de control sobre las personas del protagonista es suficiente para crear una sensación de indefesión que atraviesa la pantalla y saca escalofríos verdaderos.
13- Mil Colmillos (2021)
Mil colmillos es una sorprendente producción creada y codirigida por Jaime Osorio Márquez, autor de la notable pesadilla militar El páramo (2011), que, como esta, ya era una inusual traslación latina de horrores militares al estilo de R-point (2004) y Deathwatch (2002). El proyecto es la primera serie colombiana original que desarrolla la plataforma de contenidos audiovisuales HBO Max, y tras iniciar el rodaje en 2018 y un trabajo de más de 5 años, en el que participaron más de 500 personas, se estrenó en todo el mundo con una nota bastante triste, solo unos meses después, el realizador y guionista recurrió a la eutanasia por un cáncer que sufría desde algo más del inicio de la aventura. Una coda final amarga pero que nos deja disfrutar de su ambiciosa visión, coescrita con Guillermo Escalona, en una propuesta de nuevo de horror bélico salvaje que amplía sus referentes a piezas más ambiciosas como Predator (1987), de la que toma prestada su premisa de un comando especial del ejército colombiano en una misión mortal en las densas selvas impenetrables, donde deben escoltar a varios francotiradores, eliminar a un grupo de militantes y volver al punto de extracción. Como en la película de Schwarzenegger, todo se pone patas arriba cuando los cazadores comienzan a ser eliminados uno a uno por una extraña entidad, desatando una carrera para lograr escapar de la selva, mientras están a punto de enfrentarse a un oscuro y tenebroso secreto que lleva más de cinco siglos gestándose.
Durante los siete episodios la selva se convierte en un infierno para este grupo de soldados y en parte, recuerda a veces a la serie The River (2008), que tenía cierto espíritu semiantológico, y aquí el tono oscuro de la propuesta combina la acción, casi sacada de videojuegos como Call of Duty, y una gama variada de ángulos de terror que va variando en distintos episodios, desde un piloto más parecido al film de John McTiernan, a otros más tomando nota de The Descent (2005) e incluso aspirando en momentos a Aliens (1985). Dado el tempo que alcanza con el paso de los capítulos, el viaje va tomando un matiz de odisea, una clásica variación de Heart of Darkness que lleva a una resolución algo aparatosa y que tiene casi su propia lógica dentro de los dos últimos capítulos. Todo el recorrido es consecuente con su descripción del salvajismo y vuelta al lado más primitivo del ser humano, introduciendo algunas ideas fantásticas relacionadas con el folklore indígena, sin llegar a ser el punto concreto del matiz sobrenatural del asunto. Mil Colmillos encuentra su camino incorporando ideas sobre la brutalidad que acosa a Colombia, ya que según Osorio, la violencia endémica del país los impulsó a imaginar la serie.
12- Dark Stories (2019)
Dark Stories pudo verse en formato de largometraje durante festivales en 2020, pero en realidad, en sus orígenes era una miniserie de Internet que también tuvo emisión en la televisión TV de Francia. Los amantes de las antologías de terror no deben dejarse intimidar por su título genérico y a pesar de ser muy modesta, las 5 historias son de las más divertidas, creativas y con espíritu de vieja escuela que pueden encontrarse a día de hoy, quizá con un tono parecido a lo visto en la genial The Mortuary Collection (2019). Los diferentes estilos de cada historia recuerdan a las historias de EC Comics y otras viejas series de televisión episódicas como Tales from the Darkside y Monsters, y en su corazón se nota su falta de pretensiones más allá que divertir a los fans dispuestos a perdonar sus medios modestos, aunque para nada zarrapastrosos y siempre adecuados a la contención de su escala. En su historia de conexión nos encontramos a Kristanna Loken, la letal asesina de Terminator 3 (2003), interpretando a una madre suburbana atada y atrapada en su sótano por un muñeco de ventrílocuo espeluznante con la voz de Scott Thrun. La mujer le cuenta historias al títere asesino para sobrevivir.
La primera es una creativa variación del tema del cuadro maldito inspirado por el clásico de una de las primeras piezas antológicas de horror, Three Cases of Murder (1955), sobre un ejecutivo de un museo de arte cuyo hijo es succionado por un demonio de las pinturas. La pieza más abiertamente cómica tiene a Sébastien Lalanne como un zombi que busca venganza de los que le llevaron a la morgue antes de que se le caigan todas las partes del cuerpo. El segmento más aterrador tiene a Tiphaine Daviot interpretando a una mujer perseguida por un djinn, descrito casi como si fuera uno de los hombres sombra de la parálisis del sueño de The Nightmare (2015). Otros tienen a fantasmas que siguen a un corredor y un secuestro por parte de extraterrestres, y en general tiene la rara virtud de no tener ninguno de los relatos peores que los demás, quizá porque todos ellos están codirigidos y coescritos por solo dos cineastas, François Descraques y Guillame Lubrano, quienes se mueven sin esfuerzo entre lo serio y lo cómico logrando el equilibrio adecuado entre ambos y sin recurrir demasiado al gore, poniendo su énfasis principal en la atmósfera y la construcción de las piezas de cada segmento, logrando un resultado en el que la voluntad de hacer algo ligero no riñe con el cuidado en los resortes que hacen funcionar la narración, tengas dos millones de euros o solo unos miles.
11- Creepshow (2021) temporada 2 y 3
Shudder ha ido ganando popularidad como la principal plataforma de terror en los pocos años que lleva funcionando, y uno de sus estandartes asociados a su marca, es la serie inspirada en la película de George A. Romero y Stephen King, Creepshow (1982). Si la primera temporada de 2019 fue bienvenida por los fans y la crítica, lo cierto es que en su intento de adaptar pequeños relatos no siempre encajaba con el tono de las películas a las que intentaba hacer homenaje, y al final incurría en la irrelevancia de autores que acababan cediendo sus historias a momentos para introducir la secuencia gore del momento. La leyenda de los efectos especiales Greg Nicotero parece haber cogido confianza como productor y director, y ha conseguido sobreponerse a su antecesor para encontrar su propia voz. El Creepshow de televisión es modesto, no brilla en lo narrativo o en la capacidad visual de sus directores, pero con las limitaciones en mente la segunda temporada supo ir al grano en sus 5 episodios, con dos mitades independientes por cada uno, y al final sabe que su fuerte es mostrar monstruos, gags y animatronics, por lo que el concepto se asemeja más a la serie de los 80 Monsters que a otra cosa.
La segunda temporada es la más constante en la calidad de sus episodios. Algunos de los más memorables son Public Television of the Dead, un homenaje casi meta a The Evil Dead (1981) que recupera a Ted Raimi u otro en el que Justin Long se superpone tanto en dentro de Night of the Living Dead (1968) como de Pánico en el transiberiano (1972), con mención especial para la lovecraftiana Within the Walls of Madness, sobre un tipo que se enfrenta a un dios parecido a Cthulhu que le llama y finalmente se revela tan monstruoso y enloquecedor como él imaginaba. En la temporada 3 no hay tantos segmentos brillantes, pero el episodio Drug Traffic es una impresionante muestra de efectos especiales de Nicotero para dar vida al penanggalan, el demonio malayo consistente en una cabeza volante con las vísceras colgando. El episodio A Dead Girl Named Sue es un auténtico apéndice “oficial” a la primera noche de los muertos de George A. Romero y Queen Bee mezcla criaturas insectoides y poseídos a lo Demons (1985) o The Dead Pit (1989), un conjunto de esfuerzos que quizá podrían disfrutar de mejores guiones y directores para hacer lucir más el asombroso trabajo de efectos, pero hoy por hoy es consciente de sus limitaciones y su propuesta es un trabajo de fans para fans, con todo lo bueno y malo que pueda conllevar eso, un pequeño regalo que cuando funciona merece mucho la pena.
10- Two Sentences Horror Stories - Temporada 2
Las antologías de terror han sido una constante en la televisión reciente, pero una de las menos conocidas es esta desarrollada por la actriz Vera Miao, que aquí pasa a la tarea de guionista para escribir episodios basados en varias microhistorias de miedo compuestas por dos frases. Esta expresión de ficción empezó como una moda en las redes sociales y se ha convertido en un subgénero literario propio, y gracias a ello es la primera vez que un hilo de Reddit se transforma en una serie de televisión. Cada temporada de este experimento tiene 10 episodios, cada uno con una duración de alrededor de 20 minutos, y estos siempre se abren con la primera oración de la historia y cuando llegan a su conclusión aparece la parte final que ha inspirado el giro, y es ahí cuando el remate del episodio se aclara, normalmente con bastante humor negro. Este formato permite un regreso a un estado natural del género que se había ido perdiendo y es la duración concisa de cada relato, no pierde el tiempo al sembrar su premisa, logrando que no haya una sobrecomplicación en sus tramas y estas fluyan directas a su coda terrorífica y no demasiado halagüeña para sus protagonistas. Una de las características de Two Sentence Horror Stories es que tras sus premisas de terror siempre hay alguna vuelta de tuerca a algún subgénero conocido y un examen más detallado de sus protagonistas revela que siempre hay algún tipo de minoría representado, con lo que de alguna manera cada segmento aborda temas difíciles y, a menudo, controvertidos.
Presiona miedos primarios universales filtrados a través de las ansiedades de la generación más conectada entre ellos y racialmente diversa, abordando la adicción, el acoso trans, la codicia, los contagios, la vanidad y el blanqueo de cultura. A menudo hay un pequeño elemento moral como desencadenante, al estilo de las viejas historias de cómics de los 50, pero siempre hay algo más retorcido y con gamas de grises que hacen que el elemento tratado no sea una consecución de convenciones positivas. Si bien su primera temporada fue algo irregular, la segunda tanda de episodios han estado sorprendentemente inspirados, con grandes episodios como Bag Man una perversión de The Breakfast Club con Hellraiser con el miedo a los tiroteos en escuelas de fondo. Instinct, sobre una asistenta de hogar que comienza a sospechar que su empleador sea un asesino en serie. Impostor, sobre un asiático-estadounidense está a punto de recibir un premio cuando es acosado por un misterioso Doppelgänger, además de centros de venta e-commerce atacados, una hermana presuntamente poseída por un demonio, una esteticista que sospecha que pasa algo extraño en el salón donde trabaja, una niña perseguida por fantasmas en la morgue donde trabaja su madre, una criatura que acecha en un centro de cuidados paliativos… todo tipo de historias que sirven de excusa para ver un rato de horror eficiente y autónomo basado en los dos componentes esenciales del género: expectativa y subversión.
9- Historias para no dormir (2021) – Freddy
La resurrección de la serie Historias para no dormir de Chicho Ibáñez Serrador por parte de Amazon es un tanto decepcionante. No es que los episodios no estén bien dirigidos, pero los remakes de El doble y La Broma no son demasiado memorables, pese a que el último tiene un cierto punto como comedia negra. Otro como El asfalto sí que plantea una inteligente actualización del contexto social de un episodio clásico sin romper su poder abstracto, en el que la gran dirección de Paul Ortiz maneja la sensación de extrañamiento apoyada en un estupendo Dani Rovira, pero sobre todo dando un contexto social a la precariedad como cepo para los mecanismos más esenciales del ser humano, como es la paternidad. Pero la estrella de la función es el episodio Freddy, que hace un contraste estupendo al doblete que presentó en 2021 el director Paco Plaza, que sigue creciendo como el gran nombre del cine de terror español contemporáneo mientras presentaba en salas su aterradora La abuela
Aquí da un giro en tono y es capaz de adaptarse a un tono mucho más festivo sin condicionar su madurez a una solemnidad impostada. Así, en esta gran reformulación del episodio original cruza Shadow of the Vampire (2000) con Muertos de risa (1999) en un divertido neogiallo en plena era del destape que revive al mismísimo Chicho Ibáñez Serrador para ejecutar la obra meta definitiva de la serie, dándole verdadero sentido a la idea del reboot y haciendo del director un personaje recurrente de la televisión española tras su protagonismo en el episodio Entre dos tiempos (2017) de la serie El ministerio del tiempo. En esta nueva Freddy Lucio Fulci charla con Mariano Ozores y Dario Argento con José Luis Moreno y su monchito para desgranar la eterna relación entre ventrílocuo y el muñeco Charlie, que sigue la tradición psicológica de Dead of Night (1945), The Living Doll (1964) y Magic (1978), pero también se aprovecha la porcelana para dotarle de un sabor a lo Profondo Rosso (1975) y su variación de Dead Silence (2007), lo que se completa con algunos asesinatos planificados como una de aquellas películas de la era, adornado además con un precioso uso surrealista de los colores mientras la psique del protagonista se derrumba a golpe de cuchillo y los divertidos exabruptos de un muñeco que rivaliza en irreverencia a Chucky. Chicho estaría orgulloso.
8- Wellington Paranormal – Temporada 3
El éxito de What We Do In The Shadows, la serie de culto sobre vampiros que actúan como idiotas vanidosos que surgió de la película homónima, siempre ha eclipsado el hecho de que el primer spin off de la película de 2014 fue Wellington Paranormal. Los productores Jemaine Clement y Taika Waititi cogieron a los oficiales despistados que perseguían a sospechosos paranormales de la película para ponerlos en un formato similar a la serie Cops, —más bien al del crossover de esta con X-Files— con más presencia esta vez de Clement, que es responsable de algunos de los mejores guiones y dirige casi la mitad de los episodios. Wellington Paranormal está rodado al estilo de un documental policial, siguiendo a los oficiales O'Leary (Karen O'Leary) y Minogue (Mike Minouge) mientras investigan los muy comunes fenómenos paranormales en la capital de Nueva Zelanda. Su aliado principal es el sargento Ruawai Maaka (Maaka Pohatu), cuya trastienda “secreta” es un archivo de todos los casos paranormales en la ciudad desde hace casi 70 años, con lo que Maaka está comenzando a ver un aumento en los fenómenos y decide crear una unidad paranormal, como Mulder y Scully porque “ella es analítica como Scully y él es moreno como Mulder”.
Wellington Paranormal empezó en 2018 y ya lleva tres temporadas y un especial navideño, incluso crearon un clip de de concientización sobre COVID-19 con la policía real de Nueva Zelanda. La serie es un éxito en su país por una buena razón; es muy divertida y tiene un sentido del humor muy, muy peculiar, que en su lugar de origen conecta con el público a la perfección. Es raro, absurdo y a veces tan estúpido que roza un surrealismo no para todos los paladars. Sus personajes son inconscientemente cobardes, supuestamente estúpidos, pero nunca son juzgados, ni la cámara les mira por encima, sino todo lo contrario, son adorablemente ingenuos, les coges muchísimo cariño. Minogue y O'Leary ignoran el peligro de hombres lobo, vampiros, bichos gigantes, fantasmas o poseídos y los tratan como si fueran delincuentes normales, lo que crea un costumbrismo reconocible en contraste con el material fantástico que trata, haciendo del bajo presupuesto su bandera, la torpeza y los diálogos ridículos su lenguaje. Los homenajes al género implican un conocimiento del cine de terror a veces bastante agudo, y en la tercera temporada tenemos, Sasquatchs de la mitología maorí. personas atacadas por sus peores pesadillas o una gran masa de grasa congelada en las alcantarillas de Wellington con un gran homenaje a The Blob (1988) con lo puesto. La cuarta está en emisión y parece no bajar el nivel para convertirse en una comedia de terror a la altura de su prima americana.
7- Chucky (2022)
El slasher vuelve a estar de moda justo un par de años del remake de Child’s Play (2019) que se interpuso en los planes de Don Mancini de seguir con su saga predilecta, que estaba marinando para seguir en formato televisivo. Ahora, con secuelas de Scream (2022), Halloween (1978) y The Texas Chainsaw Massacre (1974), los iconos clásicos del terror de body count se reivindican como nunca y el creador del títere asesino ha tenido oportunidad de reivindicarse a lo grande, con un éxito que ha llegado a 9'5 millones de espectadores en plataformas manteniendo la esencia de su creación y logrando la mejor entrega desde Bride of Chucky (1998). Para lograrlo se ha aliado con Nick Antosca, con quien trabajó en la ya legendaria Channel Zero y los marionetistas Tony Gardner y Peter Chevako cuyo diseño se ha construido según el del capítulo con reacción más positiva de la saga a lo largo de los años los años, la estupenda Child’s Play 2 (1990), en la que Kevin Yagher dobló su maestría desde la sencillez. La nueva serie trata de unir todo el universo de las secuelas en un solo producto, recuperando la premisa inicial de la primera película, descartada por ser demasiado oscura, con un chaval, que más allá de ser una víctima, es el objetivo de la corrupción del muñeco, convirtiéndole en su herramienta.
El resultado no puede ser más extraño y diferente a lo que hemos conocido en formato largometraje, una reinvención teen oscura, con más en común con películas como Magic (1978) o The Pit (1981), llevando los tropos clásicos de la relación del hombre y su marioneta viviente a una dimensión psicológica que siempre ha existido en el cine de ventrílocuos desde Dead of Night (1945) hasta la española Freddy (1982) de Chicho Ibáñez Serrador, que hemos comentado. Hay detalles como la escultura de muñecos en donde se deja ver la mano del gran Nick Antosca, quien aporta una visión extraña, mórbida y oscura que sorprende por su ángulo de moral turbia, muy provocador frente al inusual transfondo LGTBI anhelado por Mancini durante años. Chucky aprovecha la apertura de miras de la televisión y afronta su trama queer explorando la vulnerabilidad y conexión del primer amor con más sensibilidad y honestidad que muchas series mucho más autoconscientes, pero lejos de tomarse en serio ofrece un desarrollo malvado, macabro y sin pelos en la lengua. Conforme pasan los episodios esta primera temporada presenta una tremenda colección de set pieces de horror y asesinatos creativos, crueles y verdaderamente gore, sin descuidar una construcción de la tensión que utiliza el formato televisivo para jugar con el tiempo sin miedo, llegando a un equilibro de suspense y sangre envidiable en episodios como el sexto, recogiendo lo mejor del manejo perverso de la tensión de Tom Holland con una inusual crudeza a la hora de elegir a sus víctimas, manteniendo siempre intacta su incorrección grosera, sardónica y empapada de sangre. Salvajemente divertida.
6- Ghost Stories For Christmas: The Mezzotint (2022)
A Ghost Story for Christmas es una serie de mediometrajes realizados para la televisión británica de forma anual, retransmitidos originalmente en BBC One entre 1971 y 1978, y resucitados esporádicamente por la BBC desde 2005. El actor y experto en cine de terror Mark Gatiss ha sido uno de los mayores impulsores de estas nuevas historias de fantasmas de media hora durante los últimos años, para crear una nueva generación de espeluznantes cuentos de Nochebuena y ahora, adaptando una historia corta del mismo nombre de M.R. James, como casi siempre, con The Mezzotint ha logrado su mejor episodio de esta nueva tanda de nuevo milenio. El episodio está ambientado justo hace 100 años en 1922, y su protagonista, Williams, es una figura clásica de la literatura de James, un solterón académico, enclaustrado en sus despachos de la universidad, disfrutando de las cartas, los libros y el golf y con poca conexión con el mundo exterior y en este caso, ha sido interpretado de forma impecable por Rory Kinnear, al que veremos en Men (2022) de Alex Garland.
Williams, a través de un comerciante, recibe un grabado (mezzotint) algo anodino de una casa señorial para su posible inclusión en el museo de la Universidad. El grabado tiene un maravilloso juego de luz de la luna a través del césped, pero hay algo raro y es que Williams cree recordar que no había ninguna luna en la imagen cuando miró la pintura por primera vez. Durante los siguientes días va notando más los cambios en la imagen, pero sobre todo la aparición de una figura retorcida y tambaleante que se acerca a la casa. Gatiss, añade algo más de momentos de miedo y un final más espeluznante a la historia. Con un presupuesto reducido y con un tiempo de rodaje limitado, el resultado es una redonda adaptación a la altura de las grandes de la serie Whistle and I'll Come to You (1968) o A Warning to the Curious (1972) haciéndole por fin justicia a una de las mejores piezas del autor, y a una historia que ha influenciado a muchas otras historias que tratan sobre una imagen que se mueve y va cambiando misteriosamente, a menudo con figuras espantosas que aparecen, como hizo la serie Night Gallery en su piloto The Cemetery (1969), el cuento corto The Sun Dog (1990) de Stephen King, que cambiaba la pintura por una polaroid, o uno de los mejores momentos de In the mouth of Madness (1995).
5- Yellowjackets (2022)
Una de las grandes sorpresas del 2021 fue esta magnífica serie aparecida de la nada en el canal Showtime, que guarda su secreto en su habilidad para desarrollar dos narrativas simultáneas, un Lord of the Flies femenino y un presente enigmático con las vidas complicadas de cuatro adultas supervivientes lidiando con el pasado. Los showrunners y creadores Ashley Lyle y Bart Nickerson idearon una historia que sigue a las chicas de un equipo de secundaria que luchan por sobrevivir cuando su avión se estrella en las montañas camino al campeonato nacional. Este punto de partida le ha ganado comparaciones con Lost, que también partía de un accidente aéreo, tenía flashbacks y se movía en un territorio lleno de suspense y preguntas sin respuesta. Sin embargo, en el caso de Yellowjackets hay una mezcla de varios subgéneros fusionados todo rico en escalofríos, parte Stephen King y parte cine de supervivencia o backwoods horror. Esta fue una de las razones por las que la serie llegó casi de tapadillo hasta convertirse gracias al boca a oreja en uno de los fenómenos del año pasado, en donde hasta su magnífica escena de créditos se ha convertido en una pieza de cultura pop reciente.
Su contexto de desesperación salvaje, el oscuro secreto caníbal que sobrevuela y las trampas de thriller psicológico van cimentando un misterio en donde caben ceremonias rituales, drama adolescente, elementos de folk horror, con figuras envueltas en pieles, y tensión constante a medida que hay una evolución desde la ficción de aventuras oscura al posible terror sobrenatural, que no se corta en el gore ni esconde detalles como símbolos misteriosos tallados en árboles, visiones aparentemente proféticas, sonambulismo, posibles elementos de historias de fantasmas e incluso una narrativa de posesión. Yellowjackets se toma su tiempo en desarrollar a sus personajes, y no tiene prisa en contar todo lo que ocurrió en los 90, conformando una sólida parte de presente amargo en donde las consecuencias generan nuevas preguntas, mientras suena una excelente BSO de los 90 que completa la experiencia con temas de Smashing Pumpkins ,Snow, Hole o PJ Harvey. Además, junta a tres iconos de la década como Christina Ricci, con uno de los grandes personajes del año, Juliette Lewis y Melanie Lynskey en un mismo reparto. La dirección del piloto de Karyn Kusama es espectacular y marca un empaque de cine puro, nada acomodado y siempre con un grano alejado de la textura digital que han convertido la serie en una de las imprescindibles de los próximos años.
4- Brand New Cherry Flavor (2022)
La sorpresa del verano 2021 en Netflix. Una indescriptible serie de terror candidata a rareza de culto para el futura sobre una aspirante a directora de cine que vomita gatitos, busca pelos púbicos para conjuros y que tiene visiones de mujeres con la cara hueca. Adapta la novela homónima de Todd Grimson pero apenas cubre un tercio de la misma, una historia de venganza sobrenatural en el mundo sórdido de Los Ángeles, con Hollywood como telón de fondo, conformando un LA Gothic fascinante que desafía los límites del género con su catálogo de apariciones, zombies vudú, sexo bizarro, demonios extraños, body horror y la imaginería más extraña que se haya encontrado en la plataforma. En parte comedia generacional, en parte la temporada cinco de Channel Zero, la trama va tomando un toma y cada de maleficios que la acercan a un Thinner reimaginado por Tom DiCillio, Lynch y Cronenberg que consagra a Nick Antosca como una de las voces más libres e inclasificables del terror actual con su relato amoral sobre el MeToo y la luchas de poder en el mundo del cine. Bajo un prisma de realismo mágico oscuro y texturas de noir indie de los 90 trata temas similares a películas Hollyweird como Inland Empire, o The Neon Demon, pero su tono no es tan opresivo, sino que trata el agujero negro de Hollywood como una comedia grotesca en la que la ética de todos los personajes es pringosa y cuestionable.
Hay locuras como producción de fetos de felinos por vía esofágica, órganos sexuales a lo Rabid (1977), y un fetichismo por los mismos digno de Crash (1996) lo que lleva a una escandalosa secuencia de sexo con fist fuckings dorsal explícito que deja el momento similar de Videodrome (1983) como un vídeo educativo de colegio de monjas, meses después de su estreno se convertiría en fenómeno viral en TIkTok. Hay lugares asfixiantes que reflejan los propios demonios, y un corto maldito llamado Lucy’s Eyes que tiene su propio encanto afín a los vhs underground. La actriz Rosa Salazar borda a Liza Nova, la antiheroína de la serie, un personaje oscuro con el que no es difícil empatizar a pesar de su comportamiento cuestionable, aunque la verdadera protagonista sea una Los Ángeles decadente y en contacto con el infierno, con puertas giratorias con Hollywood y el mundo del arte en la tradición de horror de The Day of the Locust (1975) o Under the Silver Lake (2018). Impredecible y con la lógica de horror surrealista de un cómic de Charles Burns (incluso Clowes), consigue un extraño equilibrio con la comedia absurda que la emparenta con otras rarezas únicas como Dellamorte Dellamore (1994). Brand New Cherry Flavor puede ser algo irregular, pero es una experiencia distinta (por fin) para los paladares hambrientos de rarezas que aparecen de la nada y huyen de la dictadura del algoritmo. Un viaje lisérgico y grimoso que muestra que las fronteras al género del terror están por trazar.
3- Evil – temporada 3
El matrimonio King no desaprovechó la pandemia y hasta consiguió rodar en cuarentena la estupenda parodia zombie de The Bite, totalmente recomendable para fans del terror, pero la nueva temporada de Evil fue un desafío total a las dificultades de producción —uno de los episodios transcurría en el metro y tuvo que ser cambiado— dejando una temporada absolutamente libre, que deja una inesperada sensación de que puede pasar cualquier cosa. Ya para empezar, cada episodio tiene una deliciosa presentación con un abecedario con los títulos a modo de libro emergente, creadas por el ilustrador Balvis Rubess, autor del Pop-up Book of Nightmares. Como es habitual, los nuevos episodios centran su terror en la ambigüedad, pero esta vez deja ver visiones, coincidencias extrañas, sueños, y alucinaciones demoníacas más a menudo muy centradas en el uso de efectos prácticos e iluminación antes que el CGI. Las posibilidades de la exploración del origen del mal se expanden con una juguetona plantilla infinita en donde cada casos es un lienzo en blanco para analizar temas relevantes y actuales, como el episodio en el que encuentran un círculo interno dentro de la policía, una forma de afrontar el caso George Floyd con resultados siniestros.
La serie nunca se acomoda, siempre se mueve hacia adelante sin repetir en absoluto dinámicas adquiridas o repetir esquemas de capítulo a capítulo, rompiendo todas las expectativas de su formato procedural. Una de las principales críticas que ha recibido la temporada es que expande mucho su mitología pero no cierra ninguna de sus subtramas. Si la primera estaba llena de códigos y elementos que se iban uniendo a lo largo de sus 13 capítulos, esta parece abrir el abanico de símbolos, claves y enigmas, sin acabar de dar todas las respuestas, algo que refuerza el matiz enigmático del conjunto y abre la puerta a un gran arco que merece paciencia para distintas temporadas. Por lo demás, juega de nuevo con la idea de los casos con posibles explicaciones racionales pero con una idea mucho más frontal del origen esotérico del mal que lleva a momentos atmosféricos, códigos visuales de horror sobrenatural moderno y apariciones que dan bastante miedo. Episodios como el del monasterio de clausura, totalmente en silencio de principio a fin, son brochazos de genio por los que la serie se compara con X-Files, también hay uno escalofriante de un ascensor maldiro yvariaciones geniales del tema de los zombies de Haití, los muñecos poseídos o las apariciones de ángeles. Con un trío de protagonistas lleno de química, tan adictivo como Mulder y Scully, Evil es la serie de terror en activo más absorbente, divertida y autoconsciente, de la televisión.
2- Chapelwaite (2021)
Stephen King sigue siendo una fuente inagotable de adaptaciones para la televisión de terror. Aunque por debajo de sus posibilidades, la nueva The Stand (2021) ha sido injustamente maltratada, y merece una oportunidad, pero la verdadera sorpresa del año fue Chapelwaite, una exquisita miniserie precuela de Salem’s Lot en 10 episodios que suponen un tremendo buffet libre para amantes del cine gótico de vieja escuela, con criaturas de la noche y un rango que va del horror psicológico al cósmico. Peter Filardi, guionista de la mítica The Craft (1996) actúa como showrunner, completando su visión de la obra de King tras escribir la reivindicable Salem's lot (2004), aunque en esta ocasión el acabado es más añejo, con el mismo director de arte de The Lighthouse (2019), recordando en su aspecto a la primera temporada de The Terror (2018). Aquí adapta el relato lovecratiano Jerusalem's Lot de Stephen King como punto de partida para crear una historia épica en la quinta ficción relacionada con la novela de King, tras las dos adaptaciones oficiales, y las secuelas apócrifas, incluyendo la fantástica temporada 2 de Castle Rock (2019), con la que tiene algún punto en común que da cierta coherencia al universo Marsten. Filardi usa el texto de King como gran fresco para condensar sin reparos todos los ingredientes del cine de terror gótico más decimonónico, con un tono que recoge el espíritu del ciclo Poe-Corman de la AIP: retratos de antepasados con secretos, mansiones chirriantes, maldiciones familiares, deformidad, exhumaciones...
Pero además, la historia deja espacio para incorporar elementos de literatura weird, con un combo de episodios que podrían ser una adaptación de The Rats in the Walls de H.P. Lovecraft, y algo también de The Haunter in the Dark y su protagonista es un viudo que podría haber salido de la pluma de Edgar Allan Poe. Hay tres actos bien diferenciados que introduce en el relato incluso elementos de folk horror. Afronta el género desde la vocación de terror atemporal, resultando casi anacrónica, alejada de tendencias en su paciente aproximación al gótico, centrándose en atmósfera y la gramática del cine de época de otra era, rara avis para amantes de los clásicos de los 60. Durante el primer acto la serie se centra en las leyendas alrededor de Preacher's Corners, los misterios de la mansión y el duelo del protagonista, creando un tono fúnebre y desangelado y se convierte en una espiral de locura paralela a los misterios. El tono lúgubre se mezcla con las leyendas de Nueva Inglaterra y la tradición de folklore americana, con pueblos supersticiosos y temerosos de extraños que parecen dibujados con los trazos de Sleepy Hollow y otros lugares de tinieblas de la obra de Washington Irving. Al llegar a su nudo cambia el horror psicológico por el mundo de horribles seres de la noche y ghouls, familiares en el universo de Stephen King, también estableciendo ciertas alianzas heróicas que parecen una variación genuinamente weird western de la novela. Stephen King explicaba que la inspiración para sus no muertos eran los que salían en las portadas de los viejos tebeos de terror de la EC y similares, y aquí siguen la misma doctrina extendiéndolo a las apariciones en revistas de la Warren.
La aproximación visual al no muerto se acerca a la podredumbre del cuerpo del Nosferatu (1979) de Herzog, así como la decrepitud de otras películas del género en los 70, como las duplas de Count Yorga y Dark Shadows o filmes tardíos de la Hammer. Ya el tercer acto de circula alrededor del horror cósmico, relacionado aquí con una creación de Robert Bloch que se incorporó en la mitología de H.P. Lovecraft, el De Vermis Mysterii una especie de necromomicón "menor" que aparece no solo el relatos de Bloch como The Shambler from the Stars, sino en obras del propio H.P. Lovecraft como The shadow out of time, pasando a la mitología de Stephen King, quien, también lo incorpora en la escurridiza Revival. El tramo final de Chapelwaite es una gran vuelta a los terrores de barricada de John Carpenter y George A. Romero, puro western horror que no escatima sangre para representar una lucha del bien y el mal épica. Su clímax, es diferente al relato de King, ajustando esa visión del horror cósmico de forma más sutil e indirecta: detalles de la presencia del mal, visiones de gusanos y soluciones sencillas que ajustan el presupuesto para nunca plasmar algo que luzca irreal. Con un epílogo más apoyado en lo emocional y una sentida interpretación de Adrián Brody, muy coherente con el tono melancólico del relato y la naturaleza del romanticismo literario acorde a las influencia victoriana sobre la que se construyen los personajes, la serie es la rara aproximación contemporánea al terror que tan solo quiere ser terror, con aires de otra época, de sesión de Alucine en sábado noche, una de las mejores adaptaciones de Stephen King recientes y un listón muy alto para el próximo Salem's Lot de Gary Douberman y James Wan.
1-Midnight Mass (2021)
El director y guionista Mike Flanagan, consagrado al género del horror y fantástico ha logrado perfeccionar sus fortalezas hasta un lugar donde parecía imposible llegar tras The Haunting of Hill House (2018) y Doctor Sleep (2019) completando su tenebrosa trilogía sobre la desintoxicación con una obra monumental de horror humanista sobre la fe, el fanatismo y la adicción. El director, más devastador que nunca, ha creado en Netflix una miniserie densa y literaria, como una adaptación de un libro perdido del Stephen King más maduro. Oscura como una sotana, y llena de decisiones impensables para una plataforma, Midnight Mass lleva el género a un nivel más profundo sin una sola escena colocada sin propósito, necesitando de un segundo visionado para vislumbrar al completo la dimensión de su arquitectura narrativa. Un clasicismo americano no muy distinto al de Frank Darabont, que sigue más preocupado en establecer los cimientos de una historia bien construida que en mostrar músculo técnico de piruetas, aunque el hecho de que los siete episodios tengan al mismo director detrás les confiere una elegancia cinematográfica inusual en obras de la plataforma y una coherencia sólida entre todos los aparatos de producción. Un trabajo de guion minucioso e inspirado que rinde homenajes a la obra de King como Salem’s Lot (1979), Storm of the Century (1999), The Mist (2007), Needful Things (1993) o Revival.
Pero quitando algunos parecidos con el punto de partida del relato arquetípico de Something Wicked This Way Comes (1993), la miniserie toca temas troncales al universo del autor como la rehabilitación y el peso de la culpa, y su elección narrativa de aumentar los minutos de largas conversaciones, diálogos densos y una cualidad dramática que a veces se impone sobre el terror, lo que llevó al cuestionamiento del conjunto. No faltan escenas de miedo efectivas, aunque conviven en equilibrio con los grandes temas de la fe, la manipulación de esta, el perdón y la muerte, deleitándose en pequeños momentos y en donde pequeños símbolos se resignifican, especialmente en las relaciones entre personajes que un segundo visionado surgen como revelaciones. Los símbolos cristianos de los estigmas, la señal de la cruz, los ángeles, los milagros o la pasión de Cristo son vistos bajo una óptica lateral, de forma que todos los pilares del cristianismo se ponen en cuestionamiento bajo el prisma del cine fantástico y de terror del género vampírico. Hay sin embargo más en común con la idea del Mad Doctor, encarnado en el Padre Paul, un personaje con una imponente actuación de Hamish Linklater, que decide probar los experimentos que ha vivido él mismo en un pequeño pueblo agonizante, levando el final a equivalencias con Jonestown y otras sectas religiosas con finales devastadores.
La fotografía de Michael Fimognari es exquisita, aprovechando la luz natural de los amaneceres y ocasos de Crockett Island para conseguir planos bucólicos naturales impresionantes, dejando grandes estampas como la icónica aparición del ángel en la misa final. Pero más allá de su cualidad cinematográfica, la historia en siete horas permite numerosos giros y decisiones en frío, tan poco comunes como arriesgadas, que hacen comprender por qué Mike Flanagan y Trevor Macy han ido arrastrando el proyecto durante diez años. Midnight Mass es su gran obra maestra, relevante, y que certifica la mirada humanista de su director tocando ansiedades eternas y horrores sin caducidad, reafirmando la importancia de su nombre dentro del género y reclamando un reconocimiento urgente un viaje tan hermoso como terrible, un inexorable camino hacia la condena hasta su remolino de emociones final, que pone los pelos de punta con un crescendo devastador que encuentra en los altibajos más oscuros y luminosos de la condición humana un tornasol de sensaciones quizá la mejor de terror (o no de terror) de la nueva era de la pandemia.
La abuela (2021) review: el magistral ritual esotérico sobre el miedo a la vejez de Paco Plaza
Un cuidado aquelarre en el Barrio de Salamanca de Madrid que bebe más del cine de terror clásico de lo que pudiera parecer y esconde una cuenta atrás inexorable llena de simbolismo, pistas y secretos ancestrales que tan solo podemos intuir. Una obra llena de matices y un ritmo flemático, que va envolviendo de maldad sus fotogramas para completar un binomio oscuro madrileño con Verónica (2017). Nos adentramos en algunos de sus secretos, claves, referencias e influencias.
Score: 90
SPOILERS de la trama de principio a fin.
La nueva película de terror de Paco Plaza se construye sobre un guion de Carlos Vermut a partir de una idea del propio director que, según ha comentado en diversas entrevistas, surgió cuando contempló la lenta decadencia de un familiar, así como de su experiencia en diferentes hospitales durante el rodaje de su estupendo thriller gallego Quien a hierro mata (2018). La idea del horror a la vejez, sin embargo, no sorprende en la filmografía de un autor cuya obra ha estado siempre presente en el tejido social de España, con su particular mirada a las relaciones familiares y cómo estas conectan con lo cotidiano entre diferentes generaciones. La capacidad empática de Plaza define su facilidad para dibujar personajes y conversaciones que resultan reales y cercanas sin que esto suponga una fricción para la aparición de los elementos fantásticos, casi una evolución más sosegada de las dinámicas de tebeo Bruguera de Álex de la Iglesia y una puesta en práctica de los elementos claves de la ficción de Richard Matheson o Stephen King aplicados a las particularidades culturales de España.
El tema de la vejez no es extraño en la obra de Plaza, ya era la idea central de su corto Abuelitos (1999), pero en La Abuela no solo se trata la gerontofobia, sino que hay un componente familiar turbio que no es tampoco ajeno a su obra. Ya en El segundo nombre (2002) existía un componente subversivo de familias que se devoran a sí mismas, con el sacrificio de la descendencia como parte de rituales ocultistas, y aunque el tono es muy diferente, ambas son sus dos películas con menos humor, más atmosféricas y asfixiantes. En su argumento no hay ninguna sorpresa, tras una escena inicial que muestra todas las cartas desde el principio, aunque de una manera silenciosa y llena de misterio, una joven modelo vuelve a Madrid para encontrar a alguien para cuidar de su abuela, quien la crio como a una hija, y su visita se convierte en una pesadilla en la que debe solucionar varios frentes laborales a distancia mientras se ocupa con paciencia de los cuidados de la anciana, víctima de un ictus y en estado casi catatónico.
El guion de Vermut no tiene prisas en introducir escenas de horror y presenta la situación como un lienzo para el trabajo de las dos actrices, siendo la contraposición de ambas mujeres el elemento más común a su filmografía, con diversos juegos especulares que van reflejando la idea de la decadencia, la belleza y el éxito, no ajenos a Quién te cantará (2018), pero que nunca llega a perder la perspectiva de una situación común a la mayoría. La abuela invierte tiempo en su representación de la dependencia, sin escapar nunca de los detalles menos agradables. Las deposiciones, las duchas, la comida a cucharadas… la idea de la vulnerabilidad se explota casi sin palabras en diferentes montajes que se van sucediendo de forma algo repetitiva, de tal forma que la visión inevitable del destino oxidado de uno se hace imposible de eludir. Son estos los momentos en los que Plaza pone a prueba al espectador, perjudicando algo el contenido fantástico de la obra pero obligando a confrontar el temor más profundo, el mirar la decrepitud propia, cómo se difumina la importancia de la juventud frente a un proceso inevitable. Tanto es así que cuando llegan las escenas de terror más familiares sirven como verdadera vía de escape más lúdica pese a lo tenebroso de su planteamiento.
Plaza y Vermut abordan el reciente subgénero de horror geriátrico con un relato mucho más centrado en el propio elemento social, superando por muchos enteros propuestas como Relic (2020) o The Manor (2021) y haciendo algo así como una versión inversa de The Father (2021) en la que se toman los mismos referentes espaciales de la trilogía de los apartamentos de Polanski, quizá centrándose más en Le Locataire (1976), en su uso de paleta de colores y oscuridad. También aparece el plato de comida llena de gusanos de Repulsion (1965) y hay mucha afinidad temática con Rosemary’s Baby (1968), cuya tipografía es recreada para el título sin dejar dudas de sus referentes. Una de las variaciones del éxito con Mia Farrow más famosas en los años 70 fue The Sentinel (1977), una película que ya había inspirado muchos momentos de Verónica (2017) y que aquí vuelve a ser un referente temático, con esa protagonista modelo que tiene flashbacks de las orgías de su progenitor, metido en diferentes tramas ocultistas que repercuten a su descendencia. También la presencia de alguien mirando desde la ventana, o esa aparición del anciano semidesnudo en medio de la noche, una de las primeras apariciones de la vejez como elemento perturbador del terror moderno. No es de extrañar que muchos encuentren similitudes con la película de Plaza y Hereditary (2018), ya que la película de Michael Winner también sirvió de inspiración a Ari Aster en y que parece que ha marcado la tendencia del género actual, como la aparición de la mujer en los pasillos de It Follows (2014).
Y aunque es muy fácil conectar La abuela con esa serie de terrores de autor de marca A24, especialmente por su paciencia y delicadeza a la hora de plantear sus escenas de tensión, Plaza tiene una caligrafía mucho más clásica y europea, y sabe que el uso de señoras de la tercera edad como elemento terrorífico no es un invento reciente. Detalles que a primera vista no trascienden, como la ausencia de espejos en la casa, dejan espacio para conectar la idea de la eterna juventud con The Picture of Dorian Gray (1890) y el cuadro que refleja su verdadero yo, aquí funcionando a la inversa, siendo los retratos de pintura la forma predilecta de verse así mismas para estas brujas que, como las vampiras, parecen odiar los espejos, además de poner en práctica a su manera los trucos de belleza de la Condesa Bathory. Desde la mujer de negro que levita de The House on Haunted Hill (1959), pasando por el final de Burnt Offerings (1976) y todo el subgénero hagsploitation, o la presencia de brujas familiares como La tía Alejandra (1980), Plaza y Vermut saben que su aportación llega en un punto en el que se debe cuestionar la figura del anciano como monstruo en sí mismo, por ello dotan de un cierto cariz de relato moral o cuento de hadas oscuro coronado por un sensacional tercer acto tenebroso que parece recrear La gota de agua de Mario Bava, autor cuyo juego de oscuridad y caras iluminadas en La fustra e Il corpo (1963) es otra inspiración confesa de Plaza.
El guion de Vermut se recrea en la idea del duelo entre una joven cuidadora y una moribunda en la cama, explorando una relación perversa que implica una dinámica de maldad planteada en relatos como El diablo de Guy de Maupassant, con algunos parecidos interesantes con la versión del mismo que se hizo en la serie española El quinto Jinete (1975). Aquí, la bondad inherente de Susana es puesta a prueba por su abuela Pilar, que finge su ictus para atraer a su nieta a tiempo para el día de su cumpleaños, mientras la lleva a la locura con un sibilino plan para retenerla cueste lo que cueste. El subtexto más a la vista contrapone el cuidado de los ancianos en el mundo real con un paulatino hastío que pueden provocar sus diferentes dificultades. Desde la desaparición sin rastro a la risa incoherente frente al televisor, todo son resortes reales que afectan a la paciencia de los que cuidan, y el personaje de Almudena Amor lo vive a costa de perder una gran oportunidad laboral que la lleva a desesperar tanto como para llegar a preparar un puré con un motivo ruin –ojo al sutil zoom de la cámara a su cabeza mientras lo prepara— que recupera una pista anterior cuando la abuela se atraganta por un pedazo de verdura mal picado. Este acto supone la corrupción final del recipiente, un requisito esencial para completar el ritual maligno que parece formar parte del plan.
Y aunque parezca que todo está contado en su escena inicial, hay muchos detalles que la película va desperdigando que esconden mucho más de lo que se puede notar a simple vista. El abyecto plan de Pilar se remonta a la infancia de Susana, que dice, con ingenuidad, que sus padres murieron en un accidente cuando era joven. Criada por su abuela desde bien pequeña, causalmente la ha dejado como única descendiente para ocuparse de ella y se pone enferma justo cuando su nieta le comunica que no podrá acudir a su aniversario. La turbia escena del día en el que las amantes marcan el destino de las dos niñas, cortándoles la coleta y dándoles de beber un enigmático brebaje, explica algunas de las pesadillas de Susana, quien encuentra en su diario –escondido en una contraseña de Estopa– una escalofriante visión de su abuela como un dinosaurio, dejándonos otra pista del mal ancestral que ha ido traspasando el tiempo a través de diferentes recipientes humanos, algo que sugieren los diferentes retratos antiquísimos en el cabecero de la cama. Quizá lo más terrorífico es que nunca sepamos qué es realmente, más allá de su parecido con las brujas o las madres de Argento, lo que empezó a trasladarse a cuerpos más jóvenes en un principio. La posterior visita de Eva es tremendamente siniestra, ya que no solo aparece para comprobar que el plan sigue su curso, sino para conocer mejor el receptáculo de la que será su pareja, tal y como parece que hizo Pilar unos meses antes, según nos deja adivinar la foto en la que aparece con ella, antes de que se completara el primer ritual que vemos al inicio.
Plaza se acaba pareciendo más a Taboada que a Oz Perkins, y su relato de terror de brujería es muy clásico y frontal, destapando todas sus cartas en su primera escena sin tratar de darle vueltas forzadas, con lo que deja que el espectador vaya tres pasos por delante de la protagonista y aumenta la sensación claustrofóbica e inevitable de la pieza. El terror inexorable de la edad se muestra a través de un naturalismo incómodo, con una elegante narración rica en silencios e imágenes especulares, juegos de espejos y simbolismos. Ideas como mostrar un pájaro que acaba enjaulado cuando Susana queda dentro del envoltorio moribundo o las matrioskas que también nos cuentan el secreto de la “digestión” de la propia línea genealógica de la pareja de brujas protagonista durante muchas generaciones, derivan en poderosas estampas de género con una cualidad atemporal. Es cierto que la premisa no es demasiado original, se parece mucho a la de Gramma (1986) de The Twilight Zone, la adaptación de un cuento corto de Stephen King en el que una abuela moribunda que realizaba ritos esotéricos acaba poseyendo a su nieto en una velada de terror dentro de un mismo piso, pero esto tampoco acaba resultando tan importante como la forma en la que se presenta la historia.
El rito de posesión dirigida del cuerpo por hechizos no es nada nuevo y la idea de las parejas de una edad que deciden poseer carnes más tiernas mediante oscuros rituales es casi un tropo del cine de terror sobrenatural que ya encontrábamos en la fantástica The Mephisto Walz (1971) y resulta prácticamente el mismo que vemos en otras obras más recientes como The Skeleton Key (2005), que ya tomaba como inspiración Get Out (2017). Pero en la sencillez de La abuela hay una falta de artificio que hace que su mirada a la decrepitud deje el poso que busca, además de su sutil imaginería de reflejos y tinieblas elevado por el trabajo de las dos actrices, en especial una Vera Valdez que da verdaderos escalofríos y maneja un lenguaje corporal fascinante que rima con la niña Medeiros de Javier Botet. Plaza completa la media naranja de Verónica (2017) creando un dúo de películas de terror en la gran ciudad que se complementan y relacionan, siendo la primera la versión de barrio obrero de una posesión diabólica, mientras en la última junto a Vermut analizan un aquelarre en el barrio de Salamanca, la zona más elitista y próspera de Madrid.
La complicada historia de rodaje interrumpido de La abuela hace que sea imposible no relacionarla con lo ocurrido durante 2020 y las muertes masivas en residencias que pusieron en el foco la vulnerabilidad de los mayores de edad, de tal forma que las imágenes de las noticias de la muerte de todos los ancianos de una residencia dan una ración doble de escalofríos y ratifica el momento relevante de una película así, más allá de la cantidad de estrenos de género relacionados con el edadismo social. Paco Plaza ha firmado su obra más minimalista y madura, pero también la más enigmática y llena de sugerencia, demostrando que su presencia se hace notar aquí o en una película como Rec 3: génesis (2012) sin que parezca que haya otra persona tras la cámara, conformándose como el autor más fiel, constante e importante del cine de terror europeo actual.
Como cada temporada, el cambio de año invita a hacer una reflexión sobre las ofertas más relevantes del género durante sus 12 meses. Seleccionamos nuestras veintiún películas favoritas estrenadas comercialmente durante el año 2021 y comentamos por qué creemos que merecen estar entre lo imprescindible del año.
Si 2020 fue todo un viaje, 2021 no le ha ido a la zaga. Una realidad alterada por una pandemia que condiciona todos nuestros movimientos y el pulso social que nos lleva a querer introducirnos en otros mundos, realidades más entretenidas y donde podamos pasar miedo con la seguridad de que lo malo ocurre al otro lado de la pantalla. Si algo bueno ha tenido esta segunda fase de la pandemia es que el cine ha respondido con decenas de películas, muchos proyectos que aguantaron el estreno cuando las salas eran una utopía y otros rodados con medidas de seguridad Covid. No han faltado títulos y hemos hecho hueco para alguno más para poder reflejar la extraordinaria cosecha de pequeños y grandes trabajos, puede que pocos destinados a ser clásicos que cambian el juego, pero sí una muestra de diversidad, de distintas voces haciendo cosas en el terror.
Hay muchas voces femeninas nuevas con debuts impresionantes, un regreso al slasher verdaderamente marcando la pauta de la versión mainstream del cine de terror, pequeños presupuestos que lucen como trabajos de estudio, avalancha de estrenos en plataforma, rescates de festival que no deben quedar en el olvido, muchas secuelas, el resurgir de la escena británica haciéndose cada vez más fuerte, la aparición de Nueva Zelanda en el mapa, nuevas muestras europeas y el regreso de maestros desde la tumba en un gabinete de pequeños caprichos, próximos filmes de culto y obras que requieren de varios visionados para descifrarlas. Pasen y vean.
21- Sound of violence (2020)
El director Alex Noyer expande el mundo planteado en su cortometraje Conductor en su debut en el cine para explorar el fenómeno de la sinestesia – estados alterados como sentir colores o saborear formas— filtrándolo a través del género de terror. Alexis es una chica sorda que tiene la capacidad de escuchar sonidos como colores, pero solo a través de hechos violentos, por lo que el sonido en la pantalla se filtra a través de sus oídos, haciendo que la trama en sí no sea tan importante como la experiencia. Noyer, productor de vídeos y documentales musicales, crea un diseño de sonido impecable, tanto para comunicar cómo se siente Alexis cuando no escucha nada como para transmitir sus horribles paisajes sonoros. Esta técnica permite que el espectador se sumerja por completo en su mundo, lo que nos permite centrarnos únicamente en ella y nos pone en una posición incómoda cuando se revela la naturaleza de la fuente de su música. Alexis trata de replicar su primera experiencia sinestésica durante toda su vida; una sensación tan fuerte que nos permite entender por qué quiere volver a experimentarla, con lo que se va convenciendo de que el verdadero arte proviene del sufrimiento de los demás.
Noyer, a través de Alexia, experimenta con los sonidos vistos como explosiones de color de otro mundo, pero estas solo surgen en el contexto de violencia extrema, lo que da lugar a una trama a lo A Bucket of Blood (1959) de “asesinatos por obligación” que equilibra la oscura montaña rusa emocional de la película con un humor perverso que nos hacen empatizar con la sonada misión de Alexis, una verdadera artista en busca de su última frontera. Ella encarna el espíritu del Dr. Frankenstein, tal y como se presenta a Peter Cushing en las películas de Hammer, un poco de Patrick Bateman pero con una ingenuidad curiosa insólita encarnada por una sorprendente Jasmin Savoy Brown, quien aparece en la próxima Scream (2022) y la flamante serie Yellowjackets (2021). Su periplo se nos cuenta a través de una experiencia audiovisual extraña, donde las representaciones de la sinestesia van desde trucos de luz a combinaciones de efectos en cámara, prácticos y digitales, que se unen para crear una fascinación sensorial que ella sintetiza en ritmos que la convierten en un reverso de horror de Sound of Metal (2020), donde la búsqueda del éxtasis místico aparece a través ondas imposibles que aparecen tras muertes atroces que ya quisieran las secuelas de Saw (2004). Sound of Silence tiene algunos momentos inconsistentes, pero es un relato alegórico de autodescubrimiento sexual a través de una especie de neogiallo experimental, lleno de explosiones cromáticas y splatter sónico para alcanzar lo cósmico que la convierten en una rareza insólita para un debut.
Programa doble – The Strings (2020)
Las posibilidades del cine musical y de terror de Sound of Violence tienen una réplica aún más independiente y modesta en esta especie de reflexión del duelo a través del proceso creativo que mezcla las historias de fantasmas más siniestras con la teoría de las cuerdas, de una forma sutil y quizá demasiado sosegada. No obstante, sus momentos de terror ponen la piel de gallina y el final da sentido a una película que pone tanto esmero en dejarnos ver la rutina de la cantante real Teagan Johnston como en crear una atmósfera opresiva, con escenarios costeros con apariciones que nos recuerdan a Whistle and I'll Come to You (1968). No es para todos los paladares, pero sí una opción para amantes de la música y enigmas circulares que no se descifran en un solo visionado.
20- V/H/S 94 (2021)
Vaya sorpresa el regreso de la saga de antologías found footage V/H/S que, no solo está a la altura de sus mejores momentos, sino que crea uno de los recopilatorios más compactos de toda la saga y, pese a que como en todas las antologías, tiene altibajos, el cómputo general es notable y muy divertido, aportando al menos un par de historias que podrían hacer un gran V/H/S Greatest Hits junto a Amateur Night y Safe Heaven, los relatos más icónicos de la franquicia. Aquí tenemos es espeluznante segmento Storm Drain, dirigido por Chloe Okuno, una especie de REC (2007) es los 90, con una presentadora de noticias en busca de una criatura hombre-rata que se ha visto por la zona a modo de leyenda urbana, un homenaje a Blair Witch Project (1999) que aprovecha el emplazamiento de las alcantarillas para crear claustrofobia y cuyo desenlace es mucho más loco y divertido de lo esperado. Muy potente también es Empty Wake de un Simon Barrett más inspirado que en su Seance (2021), sobre una chica que debe vigilar un ataúd en un velatorio nocturno en el que todavía no han llegado los invitados y familiares, una atmósfera que crece lentamente hasta que sucede lo inevitable en una aportación deliciosa y minimalista al género de morgues abandonadas como Nigth Life (1989) o The Possession of Hannah Grace (2018).
Algo más decepcionante es The Subject de Timo Tjahjanto, otro veterano de la saga, coautor de la obra maestra del cortometraje de terror de la segunda parte. Con una ruptura en la cuidada estética de vídeo olvidado y recuperado de los 90 de la película que propone una loca propuesta de Mad Doctor a lo Frankensteins Army (2013) que, pese a ser gore y divertido no va en línea con el resto. El final recupera un poco el tono con Terror de Ryan Prows el más político del conjunto y el que más textura noventera consigue imprimir, sobre un grupo de campesinos sureños decididos a desatar una presencia demoníaca en un complot terrorista. Tiene algo en común con el otro regreso de las franquicias found footage del año, la divertida Paranormal Activity: Next of Kin (2021), también desarrollada en una zona rural y con un final que recuerda mucho a la citada Safe Heaven y The Last Exorcism (2010). Steven Kostanski y Jennifer Reeder contribuyen con pequeños segmentos y la historia que hila las demás, dando la consistencia granulada, desenfoques de la lente, y aspecto vintage de lo que es una agradecida gamberrada gore, con más ganas de divertir que de asustar, que no desmerece en absoluto el nombre de la apreciada franquicia.
Programa doble - Horror in the High Desert (2020)
Una vez pasada la moda del found footage de gran estudio, el subgénero se ha convertido en un mundo aparte en el mundo del terror, regresando a su lugar natural, el cine independiente y regional. Tal y como el cine de explotación de pequeños autores de los 70, ahora hay un verdadero mercado sumergido en el que no es fácil encontrar títulos. La plataforma Tubi selecciona algunos de ellos como este aterrador híbrido ff salido de la nada, que, imitando las texturas histriónicas de un documental de Discovery Max, sigue la desaparición de un survivalista en Nevada. Sus últimas grabaciones son de lo más escalofriante que ha dado el género en años y ponen el nombre de Dutch Marich, cuya Reaptown (2020) es otro ejercicio de atmósfera espeluznante, en la lista de los cineastas DIY a seguir. Y como rescate adicional, el mockumentary Hollard’s Mills (2021) es digno de ver por su recreación documental llena de verosimilitud, pese a que tan solo juega ligeramente con lo inquietante es una cita ineludible para fans del formato.
19- The Boy Behind the Door (2020)
Angustiosa vuelta al esquema de Hansel y Gretel en clave survival horror, con dos niños escapando de un ogro moderno en la línea de Whoever Slew Auntie Roo? (1972) o The People Under the Stairs (1991), con un triste fondo de abuso infantil que le da un cariz más dramático y trágico que otras de su misma familia. Los directores y guionistas David Charbonier y Justin Powell nos cuentan la historia de dos mejores amigos que son secuestrados por alguien que no llegan a ver, pero uno de ellos logra zafarse y trata de salvar al otro dentro de una casa sórdida y llena de secretos. El actor principal lleva la película sobre sus hombros con una interpretación sorprendente para su edad y por lo demás angustiosa hasta lo difícil de digerir. El poder de la amistad que mueve al niño mantiene el corazón de la película bombeando esperanza y transmite la sensación inquebrantable de los vínculos infantiles como solo ha transmitido en el terror Stephen King, y su conexión simbiótica es su mayor fortaleza.
Pero la catarsis de las pequeñas victorias del protagonista vienen acompañadas por un terrorífico juego del gato y el ratón que centra toda su energía en transmitir la tensión de un modo parecido al que hacía Alone (2020) el año pasado, jugando con muy pocos elementos y centrando todo en la experiencia desesperada del niño, con quien compartimos la incertidumbre de no saber ni cuándo ni por dónde aparecerá el secuestrador. Nunca llega a ser demasiado explícita en sus elementos más turbios, pero las pequeñas trazas de las posibles consecuencias para la vida de los dos amigos son suficientes para abonar una incomodidad estomagante que contrasta con la voluntad abierta a entretener de la película. Los directores nunca tratan de indagar en los elementos más sociales que puedan implicar el tema sobre el que construye su huida. Revelaciones bien dosificadas y sorpresas son los ingredientes básicos de una película que no descubre nada nuevo, pero logra mantener el suspense durante todo su metraje.
Programa doble: The Djinn (2020)
Nada mejor para acompañar el visionado de la anterior que otro proyecto de Charbonier y Powell, nada más y nada menos que un doblete con el que debutan en el cine. The Djinn es aún más pequeña que la primera, pero pese a que incluso la fotografía es más tosca y digital, no resulta menos interesante por cómo consiguen levantar una película con apenas dos actores y un emplazamiento doméstico. En esta ocasión hay elementos sobrenaturales, con una entidad que mete al protagonista, uno de los dos amigos de la anterior, enfrentado a un ser que juega con su mente en una refrescante aproximación al revival ochentero con detalles que recuerdan a The Gate (1987) y un final nada complaciente.
18- The Power (2020)
Una premisa sencilla de vigilia en hospital semiabandonado puede resultar demasiado típica, pero The Power demuestra que sigue siendo efectiva gracias a una factura impecable en la que Corinna Faith debuta sacando brillo a puntos fuertes de una historia arquetípica: la fragilidad psicológica de una enfermera haciendo turno de noche. No se diferencia mucho a propuestas como Infection (2004) o Last Shift (2014), donde el verdadero protagonista es el potencial fantasmagórico de una localización, y aquí la fuerza de su escenario único y apasionante tiene que ver también con su ubicación temporal en el Londres de 1974, donde las disputas sindicales de mineros llevaron a dosificaciones de electricidad en forma de apagones programados. Esto deja mucho espacio para la esencia de la película, que es perderse junto a una trabajadora novata por los pasillos de un emplazamiento tenebroso, sin amparo y progresivamente más y más amenazador. A medida que pasa la noche, la enfermera tiene alucinaciones y se juega con la posibilidad de que sean antiguas presencias o su cabeza sin poder aguantar la presión. Los compañeros hostiles y la alienación laboral también enlazan con la fantástica Session 9 (2001), aunque esta respira un aire más gótico y es mucho más sencilla.
Pero Faith teje un guion con detalles subversivos interesados en la ausencia de poder que representa la oscuridad, la clase trabajadora o las mujeres de su época. El interés de Val en la conexión entre la enfermedad y la pobreza demuestra que los personajes de The Power tienen muy claro qué es estar en la parte más baja de la sociedad y desconfían de los médicos y administradores demasiado encantadores y felices que tratan de evitar las realidades desagradables y verdades ocultas. Se crea un paralelismo entre los demonios de la protagonista y los enigmas que atormentan el viejo edificio, estableciendo un orgánico cruce de caminos entre ambos, tratando los sensibles temas de fondo con elegancia y una resolución con más que justificado tinte feminista rematada por una macabra y dolorosa subtrama de denuncia y abusos tan vieja como los mejores relatos de fantasmas de M.R. James. Incluso en sus momentos menos sutiles, Faith demuestra un nivel de destreza a la hora de construir atmósfera y trabajar la oscuridad muy por encima de la media de debuts de género, ofreciendo además una obra con búsqueda de justicia sobrenatural totalmente coherente con la tradición de horror espectral británica.
Programa doble: False Positive (2021)
Una pequeña producción televisiva de A24 para Hulu que ha pasado sorprendentemente desapercibida. Horror psicológico con punto de denuncia feminista sobre la gestación subrogada a través de la experiencia de una mujer que, como la protagonista de The Power, cree estar perdiendo la cabeza. Gozando de un humor negro muy, muy oscuro, esta curiosidad está creada por la actriz Ilana Glazer, que firma un guion a modo de revisión ginecológica de Rosemary’s Baby (1968) y protagoniza junto a Justin Theroux como una pareja casada desesperada por quedar embarazada, pero ella comienza a pensar que su renombrado y encantador doctor de fertilidad, un Pierce Brosnan como nunca le has visto, tiene otros planes. Una fantástica recreación de la paranoia maternal, el contrabando de úteros y el gaslight gestante, con un final extrañísimo que sigue poniendo a Hulu como una productora de terror envidiable.
17 – Ghostbusters: Afterlife (2020)
Menuda sorpresa. No se esperaba mucho de la vuelta al universo de Ivan Reitman por parte de su hijo Jason, pero el heredero ofrece una vibrante aventura juvenil de terror y comedia socarrona con sabor a Joe Dante y Fred Dekker que convierte la tecnología de vanguardia del pasado en el equivalente steampunk para la generación Z. Aunque el fan service la hace predecible, es una notable secuela para la era Stranger Things, que entra de lleno en el síndrome Goosebumps (2015) y The Force Awakens (2015), pero aprovecha su plantilla con una mezcla equilibrada de sus elementos nuevos y viejos, estupendas secuencias de acción, gags, y un plan sorprendente que sabe encajar muy bien todas sus piezas en su último acto. El intento funciona gracias a su inspirada elección de casting, con el acierto de dar el protagonismo a Mckenna Grace, conocida y afín al género pero todo un hallazgo en un papel más protagonista que nunca. Le acompañan un ocurrente Logan Kim, el siempre efectivo Finn Wolfhard, la divina Carrie Coon y un Paul Rudd al que es imposible no adorar. Lo que define a esta Ghostbusters: Afterlife esta vez no son sus fantasmas sino sus cacharritos. En su mayor parte trata sobre chavales descubriendo y restaurando trastos hay una fascinación genuina por la interacción de los jóvenes con el pasado, casi como la primera mitad de Explorers (1985), siguiendo la tradición de My Science Project (1985), The Manhattan Project (1986) y, por supuesto, Back to the Future (1985), a la que se le hace un conveniente homenaje de puesta en escena, como si Reitman mezclara el efecto del film de su padre en su memoria con la onda expansiva de cine del año siguiente a su estreno.
Esta tecnología retro crea una barrera para la fantasía ya que no es un traje de nanotecnología todopoderoso, ni rayos en las manos, sino que supone verdadera dificultad, peligro, errores. Las cosas salen mal, y cuando salen bien son ñapas, carambolas. No hay explosiones salvadoras en postproducción. Sí, mucha de esa mirada al catálogo de dispositivos se escuda en la nostalgia, pero si es esa nostalgia la responsable de que "la magia" cueste, tenga consecuencias, y ofrezca fricción al espectáculo de efectos, bienvenida sea sobre la mayor parte de fantástico mainstream actual. Y por cierto, en los efectos visuales hay una mezcla de animatronics y digital admirable en estos tiempos, lo que le da al terror y los monstruos una mezcla de sensación familiar y nueva que funciona mejor cuando se apoya en la atmósfera, recuperando parte del peligro que desprendía la original. Se puede achacar a Ghostbusters: Afterlife apuntarse a la ola con su ángulo de fantástico juvenil con sabor Amblin, pero en realidad, su coguionista Gil Kenan es el director de la fundamental Monster House (2008), la película de terror infantil que se adelantó al revival de los 80 incluso antes que Super 8 (2010) y en el fondo, lo que logra aquí es replicar el engranaje del éxito de la fórmula más difícil, un guion con alma y con personajes que importan.
Programa doble – Don’t Breathe 2 (2020)
En un año de secuelas innecesarias que nadie pidió pero que han resultado salir sorprendentemente bien destaca este sólido thriller de venganza deprimente y desagradable con solo dos personajes que merezcan redención, uno de los cuales es un perro. No es ni la mitad de potente que su primera entrega, pero a diferencia de otras secuelas clónicas de este año, sabe buscar su camino y probablemente funcionaría mejor como una película independiente. Con violencia bestial, momentos de horror repugnantes y un uso del espacio excelente, esta sólida película de explotación conforma la figura del anti-zatoichi de Stephen Lang como un pequeño icono del cine más bastardo.
16- The Conjuring: The Devil Made Me Do It (2021)
Era lo esperable, la ausencia de James Wan en la saga de los Warren derivó en una secuela inferior a las anteriores pero también en algo mejor de lo esperado gracias a la sólida dirección de Michael Chaves, que, tras lo visto en la decepción esperpéntica de Malignant, ha resultado una opción más digna para la saga de lo que nos aventuramos a preveer. The Devil Made Me Do It se atreve a transformar la franquicia en un ágil tebeo de aventuras siniestras y trampas satánicas que podría haber firmado Gene Colan y el viraje hacia la investigación sobrenatural y la aventura satánica no es un tren de la bruja sin fin como las secuelas de Annabelle, sino más un equilibrio de elementos entre cine de posesión, juicios, investigación policial paranormal y enfrentamiento con un rival a la altura del matrimonio Warren. La película está basada libremente en el Juicio de Arne Cheyenne Johnson, el primer caso de asesinato en el que se aceptó como defensa la posesión diabólica, que ya fue adaptado al cine en The Demon Murder case (1983), un inquietante film de terror para televisión en la que ya aparecía la pareja de parapsicólogos. La parte central de aquella es aquí la primera secuencia en frío, un homenaje a The Exorcist (1973) concentrado en diez minutos fantásticos en donde caben contorsiones y apariciones que en otra circunstancia ocuparían el final del film. Una secuencia que destaca por sus efectos visuales, con contorsionistas reales haciendo locuras con el cuerpo humano y un invitado especial que sonará a los que conocen bien el Universo de los Warren, el viejo aliado del matrimonio, el padre Gordon.
El terror es algo más vulgar que las anteriores, con algunos detalles siniestros estupendos en una bienvenida huida hacia los márgenes que no se plantea como un carrusel de sustos y apariciones, de hecho, su mayor virtud es que se atreve a ir por otros derroteros, diluyendo su estructura en un juego de flashbacks que vuelve al punto de partida antes de la explosión del Conjuringverse en The Exorcism of Emily Rose (2005), de la que el guion de David Johnson sabe distanciarse centrando la trama en un enfrentamiento con más en común con la dinámica de The Wailing (2016). El viaje del matrimonio por los aledaños del caso para descubrir el origen de la fuerza maléfica tiene un ritmo intrigante y sin pausa, tomando el molde de una investigación sobrenatural en la que las habilidades de medium de Lorraine serán clave, convirtiéndose en el Frank Black de Lance Henriksen de la serie con asesinos sobrenaturales Millennium (1996-1999), pero con un toque vintage y un enemigo que la emparenta con las películas del psiquiatra David Sorell, un precedente televisivo de Kolchak que se enfrentaba a satanistas y sus conjuros en títulos como Ritual of Evil (1970). Chaves demuestra más nervio que en su debut y se apoya en una fotografía competente, con secuencias al ritmo de Call Me de Blondie y peligros que ponen a prueba al matrimonio Warren, que conforman ya una pareja icónica en su encarnación de Patrick Wilson y Vera Farmiga. Llenos de química, carisma mundano y nobleza naif, si algo demuestran películas como The Devil Made Me Do It es que las grandes franquicias de fantástico sobreviven cuando su corazón bombea al ritmo de grandes personajes.
Programa doble: La funeraria (2020)
Si la escena del depósito de cadáveres de The Conjuring 3 es una de las más inquietantes del año, esta modesta película argentina transcurre toda ella en una casa funeraria en la que una familia disfuncional empieza a resquebrajarse. Con elementos del universo Wan y de las relaciones familiares enfermizas de Hereditary, este pequeño debut de Mauro Iván Ojeda está lleno de momentos de auténtico miedo, sin recurrir a sustos y reinterpretando los patrones conocidos del nuevo cine de casa encantada, con su parapsicóloga y una cuidada atmósfera vil a través de silenciosos recorridos por las zonas de la casa que recupera la quietud sugerente de la verdadera presencia del mal. Lástima que el cierre se quede corto, pero es una película muy a tener en cuenta.
15- Censor (2020)
Hay una fascinación reciente alrededor de las cintas de vídeo y el formato mismo como fuente de horrores y estética que lleva apareciendo en obras como She’s Allergic to Cats (2019), Rent-A-Pal (2020), V/H/S/94 (2021) o la misma intro de la serie Yellowjackets (2021), que puede empezarse a considerar tendencia. Censor fue la sensación de terror de festivales y una de las películas más comentadas del año, pero su estreno en Sitges resulto en una recepción más tibia de la esperada. Poner las expectativas de película de terror del año a todo lo que viene de Sundance suele jugar en contra de las propias obras y, si bien el debut de Prano Bailey-Bond no está a la altura de las posibilidades que crea en su primera media hora, no es ni mucho menos una obra que se pueda desestimar a la ligera. Solo su fascinante mirada a la represión a través de la censura de las video nasties, como hacía Rodney Arscher en su corto Visions (2008), ha generado conversación por sí sola, recuperando el interés por el infame episodio de persecución a películas por parte del gobierno británico, y aquí el detalle sirve para replantear la trama de Evil Ed (1995) con mucho estilo, uniéndose a una tradición de películas sobre autores sufriendo alucinaciones con su obra o la violencia que ven en otro metraje que va desde Deadline (1980), The Last Horror Film (1982), Videodrome (1983) a Un gatto nel cervello (1990), en una estructura que no había inventado Berberian Sound Studio (2012). Aquí la directora expande su fantástico corto debut Nasty (2015), sirviéndose del planteamiento para elaborar con más espacio todos sus caprichos experimentales con glitch de VHS, cambios de relación de aspecto, los colores del giallo y las texturas retro, tanto de la época como de las películas que mira su protagonista.
Puede que el principal problema con Censor es que nunca llega a desarrollar un misterio que no alcanza su potencial a causa de un metraje efímero y engaña en su intenciones, acarreando decepciones por la expectativa que su propia intriga de "vídeo maldito” y la enigmática desaparición de un familiar generan, dejando solo pistas, detalles que pueden indicarnos qué pasó en realidad. En realidad la película no llega a encadenarse nunca a esa trama, por muy apetitosa que resulte y sirve más como retrato de un personaje, muy bien interpretado por Niamh Algar, cuyo estado psicológico nunca se define del todo por la violencia que ve como por la represión de sus propios fantasmas, adhiriéndose a la reflexión de Scream (1996) de que “las películas de terror no crean asesinos. Sólo hacen que sean más creativos”, siendo muy sutil en su comentario a la actual cultura de la cancelación, apartando del problema a las obras y centrando el foco en la mirada e interpretación de las mismas en el receptor. Pero Censor no busca responder ni al enigma de su historia ni contestar a las preguntas inherentes a su subtexto, porque estos nunca son tan importantes como la gramática visual en la cuidada puesta de escena de Bailey-Bond, desbordante y obsesiva en su recreación cromática del universo de videocasettes a los que rinde tributo, basándose en el arte de Cindy Sherman, películas prohibidas como Xtro (1982), Killers Moon (1978) o el Fulci más sobrenatural. Además, el diseño de sonido es muy notable, basándose en las escenas de los túneles de Watership Down (1978) para describir los pasillos del búnker de los censores, logrando una experiencia de terror que, incluso con su deprimente y fantasmagórico final, juega también con el humor macabro, lavando con chorretones de sangre las dudas sobre qué película quiere ser con la que se juzgan a muchas películas de “terror de autor” actuales.
Programa doble: Broadcast Signal Intrusion (2021)
Un thriller psicológico con tantos puntos en común con Censor que parecen hermanas a través del océano. Si la Británica está centrada en las películas prohibidas de los 80 de Reino Unido, esta que se inspira en las interrupciones reales de transmisión en Chicago a fines de la misma década en las que aparecía Max Headroom en medio de una emisión y que siguen sin resolverse a día de hoy. Ambas comparten el punto de vista de personajes obsesivos que pierden la cabeza investigando la desaparición de un ser querido a través de metraje analógico, y llenas de experimentación con texturas y formatos. Esta está ambientada en los 90 y si bien es menos surrealista, si consigue crear una espeluznante pesadilla tecnológica neo-noir basada en thrillers conspiranoicos de los 70 como The Paralax View (1974) o The Conversation (1974). Protagonizada por Harry Shum Jr., Broadcast Signal Intrusion va dejando claro que su clave no es tanto el misterio como el colapso mental y disfruta jugando con las texturas sonoras, el grano VHS y las máscaras perturbadoras que, inspirándose en el creepypasta Tara the Android, recuerda también a otros como Miss Shaye Saint John, dejando un final abierto escalofriante que sabe que la incertidumbre es mayor terror que resolver todos los misterios y permite revisionados y debate.
14- Come True (2020)
Cuando colocábamos la apreciable Our House (2018) entre lo más destacado del 2018 no sabíamos que el Anthony Scott Burns había declinado reconocer la obra y, aunque seguía teniendo su sello, nos queda la duda de qué habría pasado si se hubiera terminado de la forma planeada, con una banda sonora de Electric Youth desechada por Universal que se puede escuchar en el canal de youtube de Milan Records bajo el nombre de Breathing. Esta experiencia hizo que Burns decidiera hacer las cosas a su manera y su siguiente película, rodada con un equipo de 4 personas aparte de actores, con el director desdoblándose en infinidad de tareas, es una producción que compite con lo que podría haber hecho bajo el paraguas de cualquier estudio, solo que esta vez, además tiene la banda sonora de Electric Youth mano a mano junto al propio Burns, una joya sonora que han macerado durante años antes de empezar a rodar. El resultado es Come True, un inclasificable viaje de horror onírico al fondo del angst adolescente, lleno de hipnóticas (y adictivas) secuencias de horror surrealista, diseñadas para aterrar a víctimas de la parálisis del sueño, a lo que se le añade una buena pila de retro scifi que construye un alucinante híbrido de Donnie Darko (2001) y A Nightmare on Elm Street (1984) bajo el filtro de Tron (1982), que, aunque queda algo perjudicado por su perezoso final, resulta una de las experiencias más hipnóticas y obsesionantes del año.
Si ya el segmento de Burns para la antología Holidays (2016), era una pequeña gran joya de horror cósmico, contada desde la intimidad paternofilial y la tecnología de audio low-fi, esta nueva camina entre el terror young adult y la ciencia ficción ochentera como una hija bastarda deprimente de Dreamscape (1984), los experimentos del sueño de Nightwish (1991) y el terrorífico documental The Nightmare (2015). El director no tiene prisa en responder preguntas y trabaja los estados de ánimo y los colores, absorbiendo hacia su espiral tenebrosa de sueños febriles y relaciones disfuncionales en un etéreo collage con principio y final conscientemente difusos. Siendo dos películas sobre temas bien diferentes, Come True conecta estilísticamente con la citada Our House, que mezclaba el terror sobrenatural y la ciencia ficción de ecos Amblin con unas misteriosas entidades oscuras que podrían convivir en el mismo universo. Además, en Come True aparecen algunos guiños a George A. Romero, desde el clásico visionado de Night of the Living Dead (1968) en un cine, a la camiseta de la protagonista o las gafas de uno de los personajes, lo cuál podría ser una pista de cara a resolver su paradoja final. El estreno deficiente en países como España y la falta de atención de una crítica “especializada” que ni le dedica una palabra en redes en su premiere en plataformas no refleja la singularidad de una propuesta que va a acumular fans con el paso del tiempo.
Programa doble: Al tercer día (2021)
Otra de esas sorpresas Argentinas que pasan desapercibidas fuera de sus fronteras pese a su originalidad. Una historia de horror sobrenatural de pocos elementos y medios muy modestos contada a lo grande, llena de ideas visuales, fundidos originales y uso del color heterodoxo que recuerda a los mejores momentos del horror esotérico italiano. Cuenta la historia de una mujer que sufre un terrible accidente de coche, despertando aturdida tres días después sin su hijo a su lado, por lo que irán en su busca desesperadamente mientras su realidad parece desmoronarse a su alrededor. Como en Come True, mucho de su argumento se hilvana entre aparentes sueños, o visiones alucinatorias que enturbian lo que es palpable y lo que no, hasta su gran tramo final, que entronca también con el film de Anthony Scott Burns de formas inesperadas. Una película de terror excelente, pese a algunas limitaciones de efectos.
13 - Shadow in the Cloud (2021)
Una demencial pesadilla bélica a 20.000 pies con lógica de dibujo animado llevada sobre los hombros de una peleona Chloë Grace Moretz que se mueve a un ritmo poseído por el espíritu de Sam Raimi. Su idea sencilla, con tres elementos claros como un avión, un monstruo escondido y una carga preciada que debe ser transportada sin importar las dificultades, no deja de ser un remake apócrifo y alargado hasta la duración de largometraje del relato de Richard Matheson Nightmare at 20.000 Feet, adaptado por él mismo en la serie The Twilight Zone, y que conoció otras dos nuevas versiones (1983-2019) y hasta su propia parodia en The Simpsons. Terror y aviones han conjugado en muchas ocasiones. Willian Shatner revivió su pesadilla como cura contra el diablo en The Horror at 37.000 Feet (1978), y hasta hemos visto a Cthulhu en Altitude (2010), pero los Gremlins y los aviones son un clásico que van de la mano desde el primer registro literario que aparece en el libro The ATA: Women With Wings (1938) de la piloto británica Pauline Gower que los asociaba a Escocia y describía como seres con tijeras que cortaban cables de los motores de los biplanos. Esta asociación pionera tiene una coherencia histórica en Shadow in the Cloud, que se erige también como un homenaje a esas mujeres piloto de la guerra, como un consciente regreso del mito a sus orígenes.
La mezcla de géneros da un programa doble de terror bélico ideal para ver junto a Overlord (2018), con la que comparte un tono de aventura con lógica de cómics como Weird War Tales (1971-1983) de DC. Si la producción de J.J. Abrams bebía del tono spielbergiano de The Mission (1985) de la serie Amazing Stories, Shadow in the Cloud comparte el mismo modelo de avión B-17 y parte de la trama clavada en su primer acto, encerrando a su protagonista en el ombligo armado del avión. Pero el verdadero protagonista aquí es el gremlin, una fantástica creación de Weta digital para cuyo diseño se han inspirado en roedores, el murciélago de Gremlins 2 (1990) y algunas características del pez bruja, de grotescos pliegues y boca monstruosa. Llena de situaciones que desafían a la física, la dirección de Roseanne Liang es pura narración visual que fluye siempre de forma frenética alrededor de un Macguffin en forma de una pequeña carga secreta que conecta con cierta película de los hermanos Coen, invitando a absorber palomitas a puñados sin exigir verosimilitud a su ping pong de situaciones inverosímiles. Una gran sorpresa que hace honor a la ahora tan prostituida etiqueta pulp y da todo lo que debería ser el revival de Twilight Zone.
Programa doble: The Deep House (2020)
Y si la cosa va de llevar el terror a lugares inverosímiles, si Shadow in the Cloud lo hace en las alturas, la nueva película de Julien Maury y Alexandre Bustillo lo lleva a un lugar inédito: en las profundidades de un gran lago. The Deep House convierte el memorable prólogo subacuático de In Dreams (1999) de Neil Jordan en todo un experimento de terror de casa encantada bajo el agua, que trata de llevar los nuevos tropos del cine de rituales, fantasmas y demonios a un espacio sumergido, con las dificultades para salirse del molde lógicas en un desafío técnico sin precedentes. Si 47 Meters 2: Uncaged (2019) lograba un tenso survival submarino con tiburones ciegos que parecían presencias fantasmales, aquí juega más con la parafernalia y la atmósfera, pero el trabajo es muy meritorio y muestra a dos cineastas con ganas de probar y experimentar cosas nuevas, por eso, aparecen por partida doble por aquí.
12- The Night House (2020)
Lo nuevo del director de The Ritual (2017) es una fantástica variación esotérica del cine de casa encantada con un inquietante uso de la arquitectura para crear terror con pareidolias, misterios llenos de giros y una enorme Rebeca Hall, que borda a un personaje cínico y lleno de heridas profundas en la que puede ser la mejor interpretación en el cine de terror de este año. The Night House es otra más de las producciones de 20th Century Pictures que sufrió uno de esos reveses de pandemia que finalmente acaban en la pantalla pequeña tras el anuncio frustrado de que iba a llegar a los cines en algún momento. Y es una pena, porque David Bruckner huye del estilo del cine de terror sobrenatural reciente con un tono de drama de duelo sin sustos fáciles o apariciones, dejando que sus misterios aparezcan en sueños extraños, momentos de duermevela y enigmas que van destapando un original trasfondo ocultista. La confusión y frustración por la incertidumbre se cruzan con sucesos sin relación aparente, como que el equipo de música se encienda solo en mitad de la noche, o visiones que parecen tener claves sobre la escurridiza finalidad de la muerte de su marido, adentrando a la protagonista en un horror psicológico con ecos a películas como Let’s Scare Jessica to Death (1971) pero casi con un tono de thriller de los 90 que engaña.
Su mejor arma es trabajar los detalles, huyendo del estilo del cine sobrenatural reciente con un tono de drama sin sustos fáciles o apariciones para remover en la butaca. La exploración del duelo a través del terror conecta con el tono melancólico de The Changeling (1980), abordando horrores intangibles, de sombras, presencias y formas, que resultan una metáfora del dolor con implicaciones escalofriantes sobre la depresión y el suicidio. Sus revelaciones hacen reconsiderarla desde el principio y su arquitectura de verdades escondidas esconde mucho más de lo que aparenta. Un pasado donde nada es lo que parece lleva a una lucha oculta que solo intuimos, donde entran en juego la casa en donde vivían y una vuelta inaudita de sus secretos, la información sobre la arquitectura, las figuras que se encuentran y los libros donde la protagonista parece encontrar una línea de migas de pan hacia la verdad. Nada es lo que parece y todo lo que vemos son reflejos de la verdad, y todo lo que priori parece que no tiene importancia se revela importante. No hay nada colocado al azar y su puzzle deja espacio para reconstruirla de nuevo días más tarde y volver a ella en el futuro.
Programa doble: No One Gets Out Alive (2021)
Netflix estrenó esta fantástica adaptación de la novela del autor de The Ritual, también producida por Bruckner, una estilizada torsión del cine de casas encantadas que explora la geografía de sus espacios de forma espeluznante con el contexto de la emigración de fondo, con una joven en busca del sueño americano que cuando se ve obligada a alquilar una habitación en una pensión, se encuentra en una pesadilla sin salida. Santiago Menghini rueda No One Gets Out Alive con grandes angulares que recogen la geografía de su localización con una elegancia inusual para un debut, con una amplitud de visión muy pensada para la gran pantalla que la diferencia de los estrenos habituales de la plataforma. La obra despliega un terror taciturno, muy basado en una cuidada edición de sonidos y susurros en huecos y desagües, que no busca grandes sustos sino un juego entre las apariciones y la ruptura psicológica por la presión laboral y vital de una situación irregular. La obra es una respuesta urbana al folk horror de The Ritual –hay un guiño que las coloca en el mismo universo– con gran diseño de seres y un final muy satisfactorio.
11- The Tomorrow War (2021)
La pandemia ha condenado a tantas películas a las plataformas en estos dos años, que parece que se pierde la noción de lo que se produce directamente para la gran y la pequeña pantalla, y esto lo sufren estrenos como The Tomorrow War, una verdadera apuesta por el cine de acción, terror y ciencia ficción hecho para comer con palomitas y el cerebro en modo de viernes noche que ha acabado comprada por Amazon para pasar como una de sus producciones propias. Afortunadamente, esta rotunda fantasía militar con olor a pólvora, disciplina Heinlein y retorcidas criaturas de pesadilla logró convertirse en un gran éxito de la plataforma. Y es que Chris McKay pasa de solemnidades y ofrece un puro espectáculo Bis de ciencia ficción bélica monstruosa a tiro limpio, coloreado de humor tontorrón y frases lapidarias para redondear un megablockbuster sin muchas complicaciones, más serie B cara que un complejo artefacto de viajes en el tiempo sobrecomplicados. Es una película de monstruos de gran escala que no busca más ser una película de monstruos, con su corazón en los lazos emocionales entre personajes. Y es que The Tomorrow War sigue la tradición del gran cine de palomitas sobre invasiones extraterrestres a gran escala, desde el tono catastrófico de Independence Day (1996), o el ángulo bélico de Starship Troopers (1997) y Battle L.A. (2011) al componente de viajes temporales (simplificado) de Edge of Tomorrow (2014).
Sin embargo McKay revela su corazón de verdadera monster movie en la espeluznante primera aparición de sus seres extraterrestres que parecen los primos mayores de los Critters y acumulan cuerpos muertos como los Predator. La película se reencuentra con la sencillez de las películas con criatura en un delicioso tramo final más íntimo, un clímax a lo Tremors (1990) en las montañas de la locura que homenajea The Thing (1982) y se convierte en una miniaventura de caza al alien, con un J.K. Simmons estoico como Charles Bronson en The White Buffalo (1977). Otro de los toques de comedia marca del director de The Lego Batman Movie (2017) es que sus grupos de expedición no están formado por experimentados soldados, sino por vecinos y personas normales requeridos en el futuro que caen como moscas sin mucha piedad, con un reparto liderado por Chris Pratt, con buena química con Yvonne Strahovski y J.K. Simmons, dejando varias notas de humor absurdo dentro de su punto de juguete geek afín al manga, con el planteamiento de mandar gente a una batalla como si fueran participantes de Gantz, incluidos supervivientes de juegos anteriores, o una especie de Battle royale (2000), solo que aquí los participantes deben ser cuarentones. Una sorpresa inesperada, adictiva y que se deja gustar sin problemas.
Programa doble: Superdeep (2020)
Uno de los casos más extraños de resurrección de una película que se recuerden en años, esta apuesta de presupuesto holgado por el terror a lo The Thing (1982) se estrenó en un deficiente montaje en Sitges 2020 que tenía problemas de acabado, con un uso ortopédico de la BSO y una falta de tensión que la dejaban en tierra de nadie, sin embargo, en su estreno en Rusia con el montaje terminado parece otra película diferente. Con diversos avances de postproducción ahora luce perfectamente competente, proponiendo una reimaginación de la leyenda urbana de que el proyecto real del túnel Kola Superdeep se detuvo en los 80 porque los científicos perforaron tan profundo que llegaron al infierno. Una sólida película en la línea de Leviathan (1986) o Deep Star Six (1986), con FX grimosos de body horror fúngico a la altura, que si bien podría ir un poco más allá para ser verdaderamente notable no es ni mucho menos el bodrio que se pintó en sus primeras exhibiciones.
10 - Reunion (2020)
Aunque les cueste mucho salir fuera y dejar huella comercial, 2021 ha sido un año potente para las películas de terror de Nueva Zelanda. Si Shadow in the Cloud ganó el premio del público Midnight Madness en el TIFF del año pasado, este otro producto kiwi de Jake Mahaffy es una versión muy diferente del género. Su apariencia de melodrama extiende un tapiz perfecto para su historia sobre una mujer adulta embarazada y su difícil relación con su madre separada. Cuando regresa a la casa de su infancia ocurren cosas extrañas: escucha ruidos peculiares y las neurosis controladoras de su madre se vuelven dominantes hasta el punto de provocarle comportamientos erráticos. Los eventos del pasado de la historia se filtran a través de los recuerdos y entramos en un territorio que incluye posible abuso infantil, dilemas familiares, gaslighting, posible daño médico y memoria selectiva. El trauma juega un papel importante en la psique de la familia y a historia desenreda la tensión una sofocante espiral hacia la locura entre madre e hija que se vuelve tan aterradora mientras se revelan los esqueletos en los armarios en una serie de revelaciones impactantes que no son lo que parecen y deja espacio para revisar la película y los pequeños anexos incluidos entre actos, aparentemente sin relación.
Con puntos en común a la inferior Relic (2020), la difícil relación entre madres e hijas, con lo sobrenatural flotando entre los rincones y recovecos de casas antiguas y oscuras, adopta en Reunion la vieja fórmula de la ambigüedad entre enfermedad mental y los espectros mientras desarrolla sucintamente a sus personajes como seres humanos tridimensionales al revelar información sobre ellos gradualmente a través de la acción y no con exposición. Las dudas de por qué la madre bloquea constantemente las puertas de la casa o los constantes ataques de pánico de su protagonista son siempre intrigantes y enigmáticas. Mahaffy adopta conscientemente un perfil bajo de ritmo cuidadoso que se equilibra con el creciente exceso de Julia Ormond, recordando a algunas de las grandes reinas del cine de hagsploitation como Joan Crawford y Bette Davis en Whatever Happened to Baby Jane? (1964). Hay pequeños homenajes a películas como el vestido rojo Don't Look Now (1972), Eraserhead (1977) o The Omen (1976), pero en general el tema en el que se mete es plenamente original, aunque importe menos lo que toca que el desarrollo de una historia angustiosa con atmósfera opresiva y de pesadilla. Reunion consigue una escalada gradual del suspense que acerca los tabúes sigilosamente, una película de horror madura, hábilmente dirigida, con fotografía cuidada y que se deleita en ser exactamente el tipo de género con aroma a los 70 que promete su póster.
Programa doble: Son (2021)
Y de cine turbio con madres va la cosa, el tono de esta Son también es el de un thriller psicológico sobre el trauma, que aquí toma la forma de una efectiva road movie de horror sobrenatural que combina la paranoia maternal con síndrome de estrés postraumático, como si Martha Marcy May Marlene (2011) y Midnight Special (2016) quisieran ser Baby Blood (1990). Juega sobre lugares comunes del cine satánico y de niños creepy, pero con el gore y mal rollo necesarios surfea cerca del cine con canibalismo, ocultismo, mentes al borde del colapso y flashbacks de sectas que dejan una huella similar en la protagonista a la de The Lodge (2019), pero como si está estuviera en una trama entre Firestarter (1984) y To the Devil a Daughter (1976). Pese a su falta de originalidad, mucho mejor de lo que su tibio impacto en Sitges puede hacer pensar, haciendo del director Ivan Kavanagh un nombre a tener en cuenta tras su muy tétrica The Canal (2014).
9- Sator (2019)
Puede que nos encontremos ante el proyecto más singular del 2021. Una película sobre un hombre y una cabaña cuyo concepto se reduce a que tal vez haya algo en el bosque, pero que al mismo tiempo funciona como metadocumental, ya que su historia surge de una de las coprotagonistas de la película, la propia abuela del director. Sator, es uno de esos terrores mumblecore con ecos a The Witch (2015) y The Blair Witch Project (1999) que traspasan los límites de lo independiente, puesto que está realizada prácticamente en su totalidad por el director Jordan Graham, quien hasta construyó el mismo la cabaña de la película y aprendió postproducción para elaborar la cuidada dimensión sonora de la obra. El tipo de sorpresa que cambia los sustos por un estado de ánimo y algunas estampas que podrían abrir cualquier película de A24. Pero lo realmente espeluznante de la película es que Sator, el nombre, la evocación de la que habla el personaje de June Peterson que no es una leyenda inventada, sino que realmente fue descrito por ella en sus cuadernos de escritura automática que su nieto encontró. En esos textos se describía una entidad de la que su abuela siempre hablaba, que de hecho era un tema tabú en su familia, y las grabaciones a la actriz hablando de Sator son totalmente reales y pudieron ser captadas por el director de casualidad, puesto que al poco tiempo Peterson fallecía. De hecho, los escritos impresos en los créditos son de puño y letra de la anciana. Esto crea un híbrido de realidad y ficción que pone los pelos de punta.
Descrito por primera vez como un tutor que se le aparecía, el misterioso ser parece tener que ver con una maldición familiar y la película va alternando la línea temporal a recuerdos, representados con un cambio de relación de aspecto y una paleta en blanco y negro, para llevar esa conciencia de lo paranormal hasta el nieto de la película, Adam (Gabriel Nicholson), el hombre del bosque, cuya relación con las voces en su cabeza va revelando una realidad terrible, detalles imperfectamente encajados de una familia magullada en su núcleo, con mucho que comprender para los que tengan el valor de aventurarse de nuevo en el bosque para volver a verla. Porque Sator es aterradora, una experiencia llena de capas que sigue resonando en tu cabeza mucho después de terminar. Su dedicación a su universo de madera, oscuridad, y ruidos nocturnos la emparentan con los terrores de Across the River (2013), aquí estéticamente tan bien realizado que nos introducimos de lleno en su mundo y, aunque no haya un argumento plenamente definido, su acercamiento al enigma familiar dentro y fuera de la película crea un proyecto cercano a la experimentación que se mete bajo la piel.
Programa doble: Antlers (2020)
Si nos quedamos con hambre de criaturas ancestrales, leyendas de los bosques y cornamentas de ciervo, esta digna heredera de la mitología del Wendigo de Larry Fessenden, entre el American Gothic postcrisis y el cuento de hadas sórdido con gran criatura, es un excelente trabajo en atmósfera opresiva. Antlers está algo dañada por un final blandito donde se nota más a Del Toro de la cuenta, pero aún así, es un destacable de relato rural pequeño con trasfondo ecológico y social de una Norteamérica antes boyante y ahora abandonada a su suerte. Pocas veces hay detalles tan adultos o una representación tan cruda del efecto de un monstruo sobre los cuerpos en el cine comercial actual y su retrato de la América decrépita postcrisis tiene el pedigrí mugriento de Nick Antosca, no muy común en la oferta de multisalas. Merece mucho más atención de la que recibió, puesto que no es para nada la obra tibia y convencional que algunos quisieron ver.
8- PG Psycho Goreman (2020)
El cine de muy bajo presupuesto se ha convertido últimamente en un cajón de sastre en el que es difícil separar obras que aspiran ser obras de estudio y lo consiguen a medias de las que realmente utilizan la libertad creativa de la total independencia para sacar a delante proyectos que un estudio jamás haría. Steven Kostanski, una las dos mitades pensantes de la tremenda The Void (2016) suele dedicarse a las de la segunda categoría y con PG Psycho Goreman ofrece un auténtico catálogo de aventura, terror gore, comedia y acción llena de mala baba en una matrioska de escenas de inventiva sin límite, conectadas entre sí como historias que expanden un universo que recoge una idea nostálgica de la serie B sin replicar de cara a la galería. PG es una especie de parodia del cine fantástico infantil de los 80 o las series de mediodía de los 90 que trata de explicar con humor macabro, que algunas películas dirigidas para niños eran auténticos festivales de gore y efectos prácticos, confrontando una propuesta como The Gate (1987) frente a E.T. (1982) cambiando al extraterrestre por un destructor de mundos.
En un presente en el que el pasado se nos devuelve empaquetado y rodado con destello de lente y luces de neón, PG corrige la memoria visual del cine de gran estudio o las series de plataforma mundial para decirnos que el cine de los 80 también era sarnoso como un número musical en Mac and Me (1988), donde las pandillas de niños cazamonstruos fumaban mientras espiaban a la vecina a escondidas, y las hermanas pequeñas estaban como cabras. Pero no nos lo cuenta por la simple voluntad de epatar y provocar, sino que disfruta el camino con combates propios de series súper Sentai, diseñando a una plantilla de villanos de Greyskull que se pegan con explosiones de sangre y látex, monstruos, fantasía de space opera y brujería con terror cárnico donde cabe hasta las pesadillas en Elm Street. Lo más similar a ella que hemos visto es la saga The Guyver (1991) o el mítico anuncio fake Every 90s Commercial Ever, invocando la subcultura del videoclub con medios limitados pero una libertad absoluta, lleno de ideas rescatadas de films como The Brain (1988) y fugas flipantes a la fantasía épica espacial de Krull (1983) y medio catálogo de la Empire y Full Moon Pictures. Puede que Kostanski en solitario no tenga los mismos objetivos que parecía prometer su gran pesadilla lovecraftiana, pero ha dejado claro que es la parte más juguetona de su pareja creativa de aquella. En cada nuevo proyecto suyo puede pasar cualquier cosa.
Programa doble: The Resonator: Miskatonic U (2020)
Cuando nombramos a la Empire, la Full Moon y todas esas compañías dedicadas a crear terror en videoclub cuando un estreno de cine nos recuerda a esa época si nos olvida que Charles Band sigue produciendo películas con música de su hermano Richard y a veces son tan divertidas como esta secuela ¡oficial! de The Beyond (1986) en formato de serie de universitarios en Miskatonic. Con la estética de algo anacrónico como Buffy se enmascara su presupuesto ajustado, pero funciona perfectamente como lo que es, un piloto para una serie en el multiverso extendido de Stuart Gordon y Lovecraft que tiene gore, monstruos y desnudos gratuitos con efectos visuales de colorín y acabado de dibujo animado, respondiendo perfectamente al espíritu que quiere transmitir Psycho Goreman, hecho por verdaderos maestros de la caradura y la diversión pringosa.
7 – Candyman (2021)
Había dudas frente a lo que podía ofrecer una nueva mirada al clásico de Bernard Rose de 1992 en los tiempos del Black Lives Matter y la expansión cultural del horror noire tras el éxito de Get Out (2017), pero esta rotunda secuela de Nia DaCosta ha despejado las dudas reinterpretando el mito con una dirección llena de matices especulares y elegancia. Un manifiesto slasher del trauma racial que se iba a estrenar un año antes de la muerte de George Floyd, repleto de ideas visuales y body horror que se reapropia de un clásico, expandiendo sus ideas sobre gentrificación y condensando las leyendas urbanas con el legado de dolor para fabricar un monstruo trágico, atemporal, totalmente relevante y válido en 2021. El enfoque de presenta una espiral de decadencia similar a The Fly (1986) de Cronenberg, con temas comunes con la obra de Clive Barker en su sentido más amplio, haciendo paralelismo con la obsesión del protagonista de Midnight Meat Train (2008) aplicado a la inspiración artística. No es casualidad que el film se ambiente en el clasista mundo artístico del Chicago gentrificado, significando su crítica a través del ridículo y la sangre de la frivolidad de las galerías, pero diferenciándose del retrato de Velvet Buzzsaw (2018) al llevar su sátira a los conceptos de apropiación cultural e incluso la crítica blanca sobre la “obviedad del mensaje” que la propia película sufriría en su estreno.
Las muertes son bastante sangrientas y crueles pero no siempre directas; DaCosta utiliza los puntos de vista, el zoom y el juego de distancias en una puesta en escena que trata los asesinatos del ente con una creatividad que se echaba en falta en el cine de terror, más allá de cómo se elige un arma o escenario para las escenas. Candyman también cuenta con deliciosas secuencias de siluetas y sombras chinescas de la artista Kara Walker que narran tanto la historia de Daniel Robitaille como la de casos reales de brutalidad policial o vergonzosas injusticias raciales como la intolerable ejecución de George Stinney Jr., de 14 años. Además, DaCosta enfoca al personaje a través de su poder en los espejos, llenando la pantalla de ellos en la gran mayoría de escenas y a veces sus apariciones se esconden en los reflejos de forma oblicua y de reojo. Todo lo que ocurre alrededor de esa imagen especular, desde los títulos de crédito opuestos a los de la original, que nos avisan que vamos a ver la película “desde el otro lado”. En el fondo una semilla similar a la de Us (2018) en la que los personajes negros integrados, acomodados en un nuevo escalón social pierden su identidad y olvidan. Tanto los ligados como Candyman son espectros del pasado colectivo grotescos, incómodos, que reclaman memoria. La imponente aparición final de Tony Todd reafirma que su imagen icónica, encaje o no con la raíz literaria, pertenece ya a un legado cultural distinto que el de hace 30 años, y el camino hasta ese momento es el fascinante proceso de la reclamación de un mito.
Programa doble: Kandisha (2020)
La primera de las dos películas de Alexandre Bustillo y Julien Maury que nos han hecho recuperar la fe en ellos tras la imposible Leatherface (2018). En este mucho más sencillo slasher sobrenatural, la pareja da toda una réplica a Candyman, con otra figura de leyenda urbana con raíces marroquíes que se encarga de vengar a las mujeres maltratadas. Un grupo de adolescentes que de verdad parecen adolescentes de hoy, muertes brutales y gore sin restricciones de estudio, una buena conexión con la multiculturalidad de barrio moderna francesa y una criatura que va variando según se hace más fuerte, con una inusual aparición desnuda y con patas de cabra, convierten a Kandisha en una extravagancia digna de verse.
6- Woodlands Dark and Days Bewitched: A History of Folk Horror (2021)
No está mal recordar que los documentales también son películas, y pocas veces tenemos oportunidad de verlos en listas de lo mejor del año frente a frente las otras de ficción y narrativa habitual. En un año en el que se han estrenado muchas y muy diversas obras de terror dirigidas por mujeres, no podría faltar la primera aproximación documental sobre la historia del folk horror de la erudita absoluta del género Kier-La Janisse. Un monumental recorrido que explora el fenómeno desde todas las perspectivas imaginables durante nada menos que cuatro horas de metraje en la que descubre cinematografías ignotas, incontables títulos olvidados de todas partes del mundo que, además de un ejercicio de arqueología impresionante, hila todo su discurso de una forma orgánica y fluida. Janisse repasa el género desde sus inicios en la trilogía de películas: Witchfinder General (1968), de Michael Reeves, Blood on Satan's Claw (1971), de Piers Haggard y The Wicker Man (1973), de Robin Hardy, escarbando en el origen del término para reescribir la semilla que se le había estado atribuyendo estos años a Mark Gatiss. De ahí sigue a través de su proliferación en la televisión británica en la década de 1970 y sus manifestaciones, mutaciones y convergencias culturales específicas en el horror americano, asiático, australiano y europeo, hasta el resurgimiento del género en la última década hilando la narración con más de 50 entrevistas a expertos y nombres relacionados con el género como Piers Haggard , Lawrence Gordon Clark, Robert Eggers, Robin Hardy o Anthony Shaffer.
Producida para Severin Films, Woodlands Dark and Days Bewitched: A History of Folk Horror es mucho más que un extra para una cajas de dvd, e incluye una banda sonora original de Jim Williams, de A Field in England (2013) y secuencias animadas especiales con arte de collage nada menos que creadas por el cineasta Guy Maddin, por lo que nos encontramos ante una de las piezas más trabajadas dentro del formato este año. Mientras explora las claves cinematográficas del horror rural, tocando más de 200 películas, obras de teatro, episodios de televisión y las raíces literarias que lo inspiran, también examina el surgimiento del paganismo en la sociedad a fines de la década de 1960, la prominencia de la figura de la bruja en relación con la segunda ola del feminismo o el movimiento ecológico de la década de 1970. Se exploran los conceptos que siempre han creado dudas, se separa el grano de la paja y disipa ideas preconcebidas sobre un subgénero en boca de todos poniendo énfasis en elementos clave como el paisaje y la psicogeografía, la variación estadounidense, desde las historias populares desde los cuentos de los marineros y la historia colonial temprana hasta el gótico sureño y el horror de los bosques, la política de la nostalgia popular y en general las muchas formas en que se celebra el folklore, ocultando y manipulando las historias para amoldar su resonancia mística a cada entorno.
Programa doble: Tales of the Uncanny (2021)
Y si de documentales ha ido la cosa, los amantes de las antologías de terror tienen una cita con este extraordinario recorrido sobre las películas antológicas de terror, un formato en sí mismo que a veces se nos olvida es el estado natural de las historias de miedo. Desde las primeras piezas del cine mudo a las más modernas aglutinaciones de cortos, Tales of the Uncanny va poniendo el foco en los relatos más impactantes, los segmentos más influyentes y recordados, con entrevistas a decenas de autoridades del género, todos a tiro gracias a haber sido creado en la cuarentena de 2020, con lo que no falta a la fiesta ¡ni Roger Corman! Un proyecto certero, modesto y muy completo para llenar una de las asignaturas pendientes de la divulgación audiovisual de terror.
5 - Post Mortem (2020)
Vivimos en una era en la que el terror ha sido muy popular durante la década de los 2010, y, sin embargo, el terror europeo produce títulos que cuesta mucho poner al nivel de la industria americana. Hacía mucho tiempo que la cinematografía del Este no ofrecía una muestra tan despreocupada por el qué dirán, capaz de aunar las tendencias comerciales de antes de ayer con el gótico tradicional y la fantasía con raíces en el folklore local. El sabor de grandes autores soviéticos como Nikolái Gogol se deja notar en un tono de fábula que confluye con la comedia macabra más fúnebre y despreocupada. Pero aunque tenga detalles de filmes modernos como Insidious (2010), Post Mortem está rodada y planteada como un drama histórico de época, sobre la historia de un fotógrafo de muertos y una niña conectados por un vínculo sobrenatural que deben librar de sus fantasmas a un pueblo embrujado de la Hungría de entreguerras, uniendo el desarrollo de investigadores sobrenaturales como Carnacki de William Hope Hodgson con el splatstick con sabor al Sam Raimi de Drag Me To Hell (2009) o incluso el Peter Jackson más comedido de The Frighteners (1996). Pese a ser una gran apuesta de su país –fue la seleccionada para representar a Hungría en los Óscar–, el film de Péter Bergendy es modesto y usa un naturalismo inmediato que quizá queda corto para plasmar su retrato de época, especialmente para los paladares más acostumbrados a producciones americanas.
Pero a pesar de ello la actitud es la de estar rodando una gran producción, y el resultado es una necesaria incursión en un fantástico singular, afín a la estonia November (2017) —desde el humor, algunas levitaciones y escenas—, con el gamberrismo soviético de los cazabrujas de Gongofer (1992) y el empeño de una película histórica. Sin embargo, a la hora de plasmar algunas apariciones, como sombras reptantes que podrían aparecer en la obra del polaco Zdzisław Beksiński, se realizan con uso de FX digitales, que tienden a la sencillez, usando un efecto difusor de movimiento que recuerda al de los viejos trucajes de emulsión de fotos espiritista victoriana, lo que conecta con la temática Memento Mori. Cerca de su fin, se saca de la chistera un pequeño clímax febril influenciado por el expresionismo alemán, en el que las figuras aparecen en espacios vacíos y desaturados a modo de estampas de cine silente de terror, lo que lleva a la obra de los artistas europeos más oscuros de la época que retrata, como Hugo Steiner o Alfred Kubin. En un momento del fantástico en el que hay tanto análisis agotador de lo que ofrece o no de fresco el terror, forzando una idea del vanguardismo que el tiempo siempre acaba llevando a superficies familiares, es más necesario que nunca torcer la mirada hacia una progresión que no se fuerza, sino que aparece en películas como Post Mortem, una visión de lo de siempre bajo un filtro decididamente exótico, que algunos rechazan por el envoltorio, ignorando que forma parte de un acervo cultural igual de opaco y minoritario que otras nuevas miradas mucho más sencillas (y convenientes) de reivindicar.
Programa doble: La nuée (2020)
Entre la cosecha de Sitges 2020, además de la obra de Bergendy, también se proyectaron otras que hicieron poco ruido pese a ser tan interesantes como este gran debut de Just Philippot. Como Post Mortem, otra muestra de horror europeo diferente a lo que acostumbramos a ver, entre el horror psicológico en espiral de locura polanskiana y la pesadilla entomológica caníbal de cambio climático, este paciente drama parental francés mira al Peter Weir de Mosquito Coast (1986) con la paranoia catastrofista de Phase IV (1974) y The Curse (1987). Con reminiscencias al ecoterror de los 70, la nueé tiene menos de invasiones de insectos del cine de catástrofes como de la scifi documental de The Helstrom Chronicle (1971), que transcurre como catalizador determinante de las ansiedades de una madre viuda frente a su sueño vital.
4- Trilogía Fear Street (2021)
La trilogía de terror del verano de Netflix actualizaba la famosa colección de libros de R.L. Stine para la era Stranger Things (2016-) sin llegar realmente a adaptar ninguno en particular. Una gran película de seis horas que iba a estrenarse durante tres meses en cines y no estaba planteada como miniserie como podría asumirse por su destino en la plataforma. La historia que plantea es completamente nueva, pero tiene todos los elementos típicos de la literatura young adult del creador de Goosebumps. La ambientación de los 90 del inicio es un poco disimulado ejercicio de nostalgia no culpable, aprovechando su punto de partida para proponer una carta de amor a Scream (1996) con twist sobrenatural en el que no faltan muertes con gore –muy sorprendente para estar dirigido a adolescentes– y película de terror cajón desastre, en donde caben maldiciones centenarias, poseídos y experiencias al borde de la muerte que guiñan el ojo a Flatliners (1990). La directora Leigh Janiak entiende los mecanismos del género como diversión despreocupada, con violencia irreverente y el uso de las canciones de la época con intuición e intencionalidad. Fear Street también añade elementos al material original, con ciertos detalles sobre clase y ocurrencias atrevidas que demuestra por qué el slasher juvenil posterior a los 90 le debe mucho a series literarias como la homónima, captando las claves del género que ayudó a expandir Kevin Williamson, muy influenciado por las dinámicas del terror de instituto de Stine o Lois Duncan.
La segunda entrega de la trilogía ambientada en los 70, protagonizada por una Sadie Sink que roba la trilogía, desarrolla la historia en un campamento, en una reinterpretación de los slashers de la época dorada del género en campamentos de verano como Friday the 13h (1980), The Burning (1981) y Sleepaway camp (1983). Un episodio brutal, mucho mejor terminado que 1994, aumentando los litros de sangre con un body count aún más generoso – incluido el tabú infanticida– y, sorprendentemente, también incrementando la aparición de sexo, haciendo que el espíritu de final de década huela a borrachera nocturna, chustas a escondidas y sangre. Apariciones, cuevas ocultas y misteriosas masas viscosas se unen a los asesinos posesos en la mejor entrega de la trilogía. El episodio final vuelve a utilizar el flashback para llevarnos a 1666 y mostrarnos el origen de la maldición de Sarah en una colonia en la que empiezan a pasar cosas extrañas, siguiendo la pauta de los relatos clásicos de caza de brujas como The Crucible (1996), con la influencia inevitable de The Witch (2015) o la serie Salem (2014-2017), haciendo de los tres segmentos una historia completa sólida y llena de vasos comunicantes. Fear Street es un soplo de aire fresco por su desparpajo dedicado a un público concreto, al que no priva de algunos momentos realmente turbios para un film de estas características– la escena de la iglesia es lo más tremendo que hemos visto este año–. Está llena de sorpresas y la historia se cierra de forma bien entretejida en sus tres líneas temporales que logra cuadrar muy bien todos sus elementos y personajes para cerrar uno de los experimentos más estimulantes del cine de terror reciente, solo posible gracias a su vía de estreno en plataformas que por cosa del destino la convirtió en uno de los fenómenos de género más indiscutibles del 2021.
Programa doble: Halloween Kills (2021)
Secuela atolondrada de guion delirante pero mucho mejor dirigida y fotografiada que la previa, directa al grano, más tonta pero al mismo tiempo, también más Carpenter, con muchísimas muertes gore, brutales y crueles, con un prólogo-extensión del final de 1978 delicioso. Se quita la pesada losa del trauma y los giros de trama para cumplir todas las reglas de la secuela escritas por Scream 2 (1998): más cadáveres, más sangre y un asesino casi fantástico. Michael Myers está desatado y sin piedad en un slasher grosero, hiperbólico y grasiento que sube el volumen de salvajismo y roza la amoralidad hasta llegar a ser estúpida, conectando perfectamente con el espíritu de la era dorada del subgénero. La idea de Haddonfield hirviendo en busca de venganza es torpe y chirriante, pero todo se dirige a una secuencia tan inconscientemente grotesca y cafre que parece salida de una exploitation italiana de Umberto Lenzi, momentos de un cine perdido que solo salen de forma involuntaria. Una verdadera fiesta aún más salvaje en su edición extendida.
3- Last Night in Soho (2020)
La primera aproximación de Edgar Wright al cine de terror sin coartada de comedia es una deslumbrante colisión de horror psicológico pop y fantástico de regusto retro con una dirección estelar en donde caben desde Clouzot hasta la Amicus. El personaje de Eloise, una frágil chica rural que sigue sus sueños hasta la capital y es sobrepasada por la inclemencia de una urbe atroz, está delineada según el modelo de la Suzy de Suspiria (1977). Thomasin McKenzie ofrece una interpretación cálida y empática que gana al instante y sigue la tradición de la chica en residencia femenina con pesadillas reveladoras que descubre misterios que atormentan un edificio mientras sufre una crisis nerviosa, en común con películas como Hasta el viento tiene miedo (1968). Aquí las visiones le llevan mano a mano junto a una Anya Taylor-Joy ultraterrena que canta y baila para deconstruir el glamour del swinging London, en un guion coescrito con la nominada al Óscar Krysty Wilson-Cairns que no tiene tanto de análisis del arte post Me Too como de reconocer la nostalgia como un arma de doble filo donde se puede reconciliar la fascinación con su lado oscuro. Wright no descubre nada nuevo y cita muchos clásicos del cine de terror con la idea de la mujer asediada por la sexualidad masculina agresiva como Repulsion (1965) o Carnival of Souls (1962), de las que además toma no pocas referencias estéticas y oníricas.
Con un juego de espejos de pasado y presente que destapa las trampas de la historia, retrata los 60 con contrastes entre vestuario mod y una BSO espectacular frente a la sordidez urbana llena de utilitarismo sexual patriarcal en una trama llena de grises, que sabe perfectamente por dónde camina y no se hace un lío tampoco en su giro final, conectando con las ficciones feministas de Gillian Flynn. Una colorida representación de una trama arquetípica que sirve de excusa para aprovechar cada fotograma con una apuesta estética llena de clase y delirios caleidoscópicos que difuminan los límites de la realidad y la alucinación con un montaje abrumador y pistas hasta a A Nightmare on Elm Street (1984). Last Night in Soho no es un giallo, pero podría ser la secuela sobrenatural de uno, recupera la gama cromática imposible de Mario Bava, pero también mira hacia sus películas más allá de la estética, con esos ecos del pasado apareciéndose en la cama de La frustra e il corpo (1963) o el escenario de diseño de moda de Sei donne per l'assassino (1964). Algunas visiones del personaje de Anya Taylor-Joy están planteadas como imágenes psicodélicas de su época, con la Romy Schneider de la película perdida L'enfer (1964) de Henri-Georges Clouzot en mente y, en general, toda la apuesta de la película busca parecer más un espectáculo de luz, color, terror y experimentos de puesta en escena que se lo juega todo a una lógica de deleite tan gratuito como pensado para no ponerle muchos obstáculos.
Programa doble: The Woman in the Window (2020)
Un thriller criminal de horror psicológico canónico, con Amy Adams desatada que conecta con Last Night in Soho al perpetuar la dimensión paranoica de Repulsión y en una puesta en escena espectacular de Joe Wright con el Mario Bava más Giallo en mente. La idea de una mujer encerrada en un piso que presencia un asesinato es puro Hitchcok, pero encuentra su voz a través del estilo y una planificación y diseño de arte magistrales que domina la geografía de la localización crea un espacio mental para la protagonista y el espectador lleno de detalles, posibilidades, distancia e ideas que recuerdan al mejor cine de género de los 70. Casi un ejercicio de fetichismo visual que recrea la pesadilla agorafóbica sin conciencia del tiempo de la protagonista con transiciones chifladas que hasta idealizan hallazgos de Profondo rosso (1975), soluciones secuenciales majaras, planos violentamente divididos, flashbacks vertiginosos, split diopters y otros trucos de la escuela De Palma del que recupera la desfachatez de Body Double (1984), incluso rescata las raíces de Grand Guignol de la hagsploitation al slasher de ramalazo Wes Craven, con su delirio de gags de persecución y trompazo, descarrile cómico y ocasionales momentos de gore que no muestran ningún miedo al ridículo.
2-The Amusement Park (1973)
La obra perdida de George A. Romero es la gran joya inesperada del año lanzada desde el pasado. Una recuperación póstuma de un maestro del horror que no se ha tratado con la profunda importancia que merece, teniendo en cuenta que se hizo en el año 73, cuando el terror furioso de bajo presupuesto y a la luz del día todavía no se había conformado del todo frente a los horrores góticos de Hammer y AIP hasta llegar a The Texas Chainsaw Massacre (1974). Aunque sea un film creado con intenciones didácticas –fue un encargo de la sociedad luterana para concienciar sobre el edadismo social– tiene forma de pesadilla circular que parece underground de los 90 hecho en los 70, y se convierte ahora en un clásico pionero del subgénero de horror a la vejez de forma retroactiva. En momentos en los que que buscamos lecturas de nuestra era en el cine hecho en el presente podemos comprobar cómo han eclosionado películas de horror a la vejez como Relic (2019), Old (2021), La abuela (2020), The Father (2020) o The Manor (2020), y, en este contexto el descubrimiento de The Amusement Park es revelador, reafirmando la relevancia visionaria póstuma de un maestro del horror social como George A. Romero.
El viaje de un anciano por un parque de atracciones figurado es la obra más surrealista del director, una pesadilla circular que recuerda a un episodio salvaje y cruel de The Twilight Zone en el que un hombre no puede escapar de lo inevitable, un parque de atracciones de la vida para ancianos en el que todos acabamos. Si Carnival of Souls (1962) ha sido siempre relacionada como una influencia para Romero en Night of the Living Dead (1968), su cualidad alucinatoria es mucho más patente en la realidad escurridiza de The Amusement Park, que, como el film de Harvey, también usa una feria de atracciones. La obra comparte el trasfondo moral de otros filmes luteranos, algunos de terror sensacionales como la prima hermana de esta, Stalked (1968) y no se diferencia mucho del espíritu de relato advertencia heredado de los cómics E.C. que el autor practicó en Creepshow (1982). La obra tiene un matiz moderno disruptivo con la tradición del momento y crea un imaginario grotesco en el que aparecen máscaras de Halloween de muerte o de payaso y un grupo de moteros con un rudo grano antigótico que parece un pequeño adelanto a la imaginería visual rabiosa de Tobe Hooper, especialmente en de The Funhouse (1980) y por extensión del universo Rob Zombie. La película es mucho más que una curiosidad, sino un eslabón perdido que confirma a Romero como el pionero del grano crudo y el cambio en el género, y para muestra la secuencia en la que la pitonisa lee el desalentador futuro de una pareja, angustiosa y horrible, casi un boceto del segmento de Requiem for a Dream (2000) con Ellen Burstyn, que no desentonaría en el cine indie más underground y vanguardista de los 90
Programa doble: The Father (2020)
Sí, es un drama sobre la demencia, pero esta ganadora de dos Óscar de la Academia utiliza una gramática de horror psicológico sin matices para perdernos en el asfixiante laberinto de la memoria de su protagonista, lo que la acerca a películas como Mother! (2016), la trilogía de los apartamentos de Polanski o Images (1972) de Robert Altman. Una película completamente diferente a lo que su póster y promoción podría sugerir, en realidad, su manejo de los resortes de miedo cinematográfico a través de escenografía y el montaje la convierten en una experiencia empática aterradora, llevando su premisa de thriller surrealista hasta el último minuto. Su cariz de drama se apoya exclusivamente en la tremenda interpretación de Anthony Hopkins, que lleva el carácter de pieza teatral de la obra a un punto sublime, hasta su final desolador, brutal.
1-The Empty Man (2020)
Normalmente las reglas de nuestros listados de lo mejor del año siguen la fecha del estreno comercial de las películas como requisito principal, pero este un caso especial, y si la pandemia ha cambiado las reglas del cine, las nuestras también. Estrenada de forma kamikaze en medio de salas vacías en los peores momentos de la desescalada, y luego al filo de fin de año, en copias de streaming que mutilaban su suntuosa relación de aspecto widescreen 2:35:1, The Empty Man es una película de 2020 que incluimos a última hora en el listado del año pasado, pero no sería justo ni representaría el ciclo de vida que ha tenido si no la incluimos de nuevo, un año después, como el fenómeno más relevante en el cine de terror de 2021. No solo ha sido vista por primera vez como fue concebida en sus copias de plataformas este año, sino que la aparición de la sección adulta STAR ha permitido que haya sido incluida en el catálogo de Disney+, permitiendo que el público mayoritario accediera a ella por fin, tras ser abandonada por la propia distribuidora en su fantasmal paso por los cines americanos. Este detalle de distribución fue lo que hizo que la conversación empezara a cambiar su relato. Yotubers populares, podcasts, y numerosos medios empezaron a trasladar el boca a oreja como el propio mito del film. “¿Has visto The Empty Man?”, sin publicidad de ningún tipo, sin más eco que el de las propias personas que le dedicaban su tiempo a compartir y hablar sobre ella, estos 12 meses han convertido una rareza en la verdadera película de terror de culto de la era pandémica.
Se podría decir que el nuevo ciclo de vida de The Empty Man empezó un artículo de Film School Rejects en abril en el que se entrevistaba ¡por primera vez! al director desde su estreno en cines. En su día no hubo rastro de sus impresiones en ningún medio y su voz se podía hoy por primera vez, narrando el extraño periplo de la película, que fue rodada en 2017, cómo ha permanecido bloqueada por Disney todo este tiempo tras unos test screenings desastrosos que hicieron que cuando absorbieron 20th Century Fox decidieran dejarla como estaba porque los cambios del nuevo montaje fueron aún peor, algo que precipitó su tratamiento sin ni siquiera una edición física programada hasta hoy. La entrevista a David Prior reveló que las convergencias con Hereditary (2018) –hay sectas y algunos elementos de la trama que a veces son tangentes– estaban lejos de apuntarse a la moda del film de Aster por las fechas de rodaje y creó una onda de estudios analizando los significados del film y sus referencias, así como nuevas entrevistas, con contacto directamente con el director, que nacían siempre del interés por film y nunca por el proceso habitual de promoción de una distribuidora, devolviendo también parte de ese desaire hecho por Disney en 2020. El resultado es que la película ha ido apareciendo en listados de fin de año y repasos de todo tipo, completando por fin la apasionante narrativa de una obra maldita logrando sobreponerse a la tormenta por sus propios méritos.
Y es que, aunque hablamos de ella largo y tendido, The Empty Man es una extraordinaria película de terror a fuego lento que adapta una novela gráfica siguiendo su propio camino para compactar ideas de horror metafísico puro en un relato de investigación sobre un aparente hombre del saco que, lejos de ser la enésima variación de Candyman (1992), tiene un planteamiento totalmente distinto a la película de miedo ordinaria proveniente de gran estudio. Con un prólogo que de 22 minutos que ofrece una alternativa al Incidente del paso Diátlov con algunas situaciones que recuerdan al remake de La maschera del demonio (1989), David Prior desarrolla un relato Lovecraftiano devastador y elegíaco, un poso melancólico negro, que nos deja a la intemperie frente a una realidad esquiva y pesimista, con una puesta en escena elegante, de tonos fríos y oscuros captados por la impresionante fotografía de Anastas Michos, que ofrece una aproximación visual que es lo más parecido a las pinturas de Dragan Bibin plasmado nunca en el cine. Su desarrollo dialoga con películas como Dead & Buried (1981), Jacob’s Ladder (1990) o Angel’s Heart (1987), si en vez del satanismo o vudú hubiera ecos de nihilismo, ciencia ficción y existencialismo, con algunos momentos ocasionales de terror grotesco y horrores cósmicos de la literatura de Robert Chamers o Thomas Ligotti. Como su propia entidad protagonista, nada existe hasta que es nombrado. The Empty Man solo ha existido de verdad cuando su nombre ha empezado a ser pronunciado, los propios conceptos de la película han tomado forma en la realidad, validando su complicada tesis solipsista en una época en la que las certezas han dejado de tener sentido y cada uno las crea a partir lo que lee a su alrededor. Solo una obra que nos hace dudar de quienes somos podría representar de forma coherente lo que ha sido 2021.
Programa doble: The Vigil (2019)
Otro caso de estreno extraño que fue la clausura de Sitges 2019 y se estrenó de forma silenciosa en salas españolas en 2021, sin embargo no llegó a plataformas hasta abril, siendo también estrenada en Estados Unidos este año. Mejor de lo que se la recuerda, The Vigil cuenta la historia de un antiguo Hassid que debe permanecer toda una noche de velando por el cuerpo de un difunto miembro de la comunidad jasídica de Brooklyn, pero en la soledad de la vigilia, empieza a notar signos de que quizá no está solo con el muerto. Una especie de Viy de Gogol para la era WhatsApp con mimbres de La gota de agua de Mario Bava e Insidious (2010), su formidable fondo mitológico y emocional de culpa judía queda algo deslucido por sus jumpscares de sonido. Pero se le perdonan los sustos gracias a su satisfactorio final emocional y secuencias extraordinarias como la del vídeo con la mujer hablando o el viaje a través de un pasillo tenebroso con la desconocida entidad al fondo.
Menciones especiales 2021
Dos películas que no pertenecen al género estrictamente han sido importantes para el fantástico y tienen dentro grandes escenas que no deberían faltar en cualquier repaso de lo mejor del horror visto en 2021. La Escandalosamente brillante The Suicide Squad (2021) es como si The Expendables (2010) tuviera a Toxic Avenger, Snake Plissken, Willard y tiburones devorahombres en un demencial cóctel de gore brutal, mugre, furia, humor subversivo y postre con scifi-horror. James Gunn muestra su vocación y oficio en la Troma sembrando de gags, con espíritu de serie B de terror y monstruos, con una salvaje escena de laboratorio de Mad Doctor que cita directamente al George A. Romero de Day of the Dead (1985) y un final de ultracuerpos de ciencia ficción y terror puros con kaiju que recuerdan a It Came Without Warning (1980), Warning from the Space (1956), The Puppet Masters (1994) o los live action de Attack on Titan (2015). Un 10. Por otra parte, la elegante The Green Knight (2021) es un abrumador ejercicio estético de precisión con un aparato visual exquisito, que pese a ser cine fantástico en su sentido más amplio, tiene algunas de las mejores y más bellas secuencias de terror del año como el encuentro con Winifred, que parece una visión de fantasía oscura propia de las adaptaciones de Nikolai Gogol y sus relatos de ahogadas. El estreno tardío de The Devil Outside (2018), no debe despistar, es un coming of age de la familia de The Reflecting Skin (1990) de Philip Ridley con el trasfondo del fanatismo religioso que no es exactamente una obra de terror aunque está rodado como si lo fuera. Sus metáforas bíblicas y connotaciones demoníacas a menudo operan en el nivel onírico, donde nos encontramos secuencias vagamente alucinantes y motivos extraños, como las cosas duplicadas. Su final es muy inquietante y aunque se decante hacia el drama juega con la ambigüedad de forma mucho más efectiva que Saint Maud (2020).
Dentro de las que si podemos considerar dentro del género podemos rescatar la divertida Black Friday (2020) y sus criaturas de efectos prácticos creados por Robert Kurtzman, en especial ese kaiju que podría ser un habitante de PG Psycho Goreman. No es muy destacable en originalidad The Seventh Day (2021), pero es mucho más competente de lo que se dijo y no todos los días se ve un Training Day (2001) con exorcistas. La muy pequeña Scare Us (2021) es una divertida antología sobre escritores que se reúnen regularmente en una librería para compartir sus historias y mientras tanto un asesino nocturno está aterrorizando el área. The Arbors fue un indie extraño, lento pero siempre en movimiento con criatura como metáfora y un sórdido trasfondo que a aclarándose durante su paciente desarrollo de horror psicológico y pesadilla suburbana llena de atmósfera, una película probablemente hecha de forma casi familiar que ganaría con un metraje más pulido. La simpática Nightbooks (2021) es una producción infantil de Sam Raimi para Netflix, una golosina inofensiva pero con algunos buenos momentos que puede servir de puerta de introducción al cine de terror.
Premio Ed Wood Jr. 2021
Por último, pero no por ello menos importante está Separation (2021), ganadora de nuestro premio Ed Wood Jr. del año. Una película tan torpe que se va a superando a sí misma en su dislate hasta convertirse en un accidente fascinante. Un hombre que se pone a buscar nada menos que en google si los síntomas de la posesión diabólica coinciden con los de su hija es solo el principio de un compendio de todos los clichés de los dramas de terror recientes, pareciendo una especie de parodia voluntaria (no lo es) de Babadook (2014) o similares, es casi literalmente una ópera bufa del "elevated horror" financiada con dinero de estudio para hacer un gran sketch de Saturday Night Live. Brian Cox, recién salido de la gloria y el prestigio de primera línea con Succession, pasa al abismo absoluto de la peli de tarde de "divorcio de marido creativo y mujer controladora" con todos los tropos que caben en 90 minutos, el mismo complejo misógino extraterrestre de Tommy Wiseau con el añadido de crisis de la mediana edad y proyecciones de guionista convertidas en niñera que se insinúa a un papá madurito que deja sin palabras. Su arquitectura dramática pretende conjugar sus apariciones y el carrusel de sustos de barraca a modo de metáfora, con tal falta de norte que cuando llegan sus dos dementes giros finales la incredulidad se convierte en "esto no puede estar pasando". Dibujos infantiles turbios, diseños que toman vida, marionetas... los recursos tópicos de Separation vienen acompañados por los diseños de Zsombor Huszka que irónicamente son excelentes y hasta las apariciones de Twisty Troy funcionan a su manera. Es una mezcla de vergüenza y confort inexplicable que sigue la idea del dibujante de cómics que crea monstruos de Cellar Dweller (1988) y le da una vuelta Insidious para al final mezclar ideas de thriller de los 90, e intentar jugar con la lírica en imágenes de Guillermo del Toro de forma descacharrante.
Un repaso de todo lo que dio de sí la televisión de terror de 2020 con las principales 15 aportaciones al género en forma de serie o miniserie. Contando nuevas temporadas y programas de nueva creación, incluimos todo lo emitido durante el año, aunque en alguna ocasión no haya terminado la temporada corriente. Desde Lovecraft Country a 30 monedas, estas son nuestras favoritas del año pasado.
2020 será recordado como uno de los peores años de nuestras vidas, pero la irrupción de la pandemia, la cuarentena, y los estados de alarma nos hicieron depender por primera vez de las plataformas de streaming y no de los cines, una circunstancia que nos permitió conectar aún más en redes sociales, compartiendo nuestras películas y series favoritas. En un periodo tan extraño, la televisión respondió con una oferta sorprendente que compensaba todos los retrasos de blockbusters y grandes estrenos en la gran pantalla. Esto nos ha permitido ver, conocer y ampliar el fascinante panorama de sobreproducción de series y miniseries en todo el mundo, en un estado de competencia en la que muchas de ellas no llegan casi a sacar la cabeza del agua. El terror es un gran beneficiado de la situación y por ello hemos ampliado nuestra selección anual a 15 estrenos reseñables que repasamos uno a uno a modo de anuario, con un pequeño anexo de otras menciones especiales que no merecen quedar en el olvido.
15- Lovecraft Country (2020)
No es posible pasar por el 2020 televisivo de terror sin hacer una mención a esta adaptación la novela de Matt Ruff, que no deja de tener importancia y representación en el año de las revueltas por la muerte de George Floyd. Sin embargo, es difícil no quedarse con la sensación de que es una aventura decepcionante pese a sus ocasionales momentos de brillo. Empezó en HBO con un piloto espectacular que lograba una mezcla perfecta de acción, misterio y terror con mucha sangre, monstruos y una ambientación exquisita en la América segregada de Jim Crow. Un episodio que hacía pensar en una especie de Supernatural con gran presupuesto y el filtro racial de Jordan Peele, coproductor junto a J.J. Abrams. El jarro de agua fría llegaba ya en su segundo episodio, en donde se notaba un gran bajón en el nivel de producción, prominencia de interiores y efectos especiales digitales como la infame “serpiente en el pantalón”. A partir de ahí la serie alternó buenos episodios como Holy Ghost o Jig-a-Bobo con otros terribles como Strange Case o el mismo final de la serie, con una coda vergonzosa, incómoda y perturbadora en el peor de los sentidos. Personajes que pasan de grises a psicopáticos, fijación anal y escenas de sexo completamente perdidas en el tono, deriva narrativa e inconsistencia visual convierten a Lovecraft Country en una difícil elección entre lo mejor del año. Pese a que todos sus problemas vienen de querer abarcar más de lo que le cabe en la mano (no sabe si quiere ser terror de aventuras, una continuación de la serie Watchmen o un subproducto de Ryan Murphy), sí que es una muestra positiva para exponer que la cultura afroamericana también necesita su interpretación de la ficción pulp, pese a que la presente suena a gran oportunidad perdida.
14- The Third Day (2020)
El supuesto regreso del folk horror tras el éxito de Midsommar (2019) –cuesta hablar de una vuelta con títulos con solo una década como Wake Wood (2009), Black Death (2010), Kill List (2011) o The Wicker Tree (2011)– ha provocado un interés en nuevas variaciones de The Wicker Man (1973) y esta vez vino en forma de miniserie de HBO. Dividida en dos mitades, (Summer y Winter), The Third Day, empieza con una mitad veraniega, con un hombre (Jude Law) que visita una isla frente a la costa británica y descubre que sus habitantes tratan de mantener sus tradiciones paganas a toda costa. En el Invierno, una mujer (Naomie Harris) llega a la isla en busca de respuestas relacionadas con el tramo anterior, pero provoca una batalla para decidir su destino. Entre ambas partes, hubo un interludio teatral en vivo de doce horas que se pudo seguir también de forma online, que aunque no aporta demasiado a la trama, es un movimiento interesante e inédito en la ficción audiovisual y centra su via crucis en diferentes ritos que ofrece más de lo se supone que propone la propia serie editada. El creador de Utopía logra una actualización interesante de la premisa de Robin Hardy, con una narrativa alucinógena e inmersiva, dando prioridad al drama y al misterio sobre el terror. No deja de ser angustioso seguir a Jude Law desorientado en paisajes de belleza mórbida que acompañan la extrañeza casi fantástica de la isla, por lo que su primera parte es un sólido folk horror psicológico que, pese a que se hace un tanto reiterativo y espeso, es más fascinante que su desangelada conclusión, que confirma la sobrecompensación de elementos dramáticos y convierten The Third Day en una curiosidad que flirtea con el tedio y que podría haber sido una gran película de terror pagano con un montaje más equilibrado y fluido.
13- The Shivering Truth Season 2 (2020)
La primera temporada Shivering Truth fue una pequeña obra maestra de la televisión subversiva, consistente en varias viñetas interconectadas repartidas en múltiples episodios que duran solo 11 minutos de pesadilla claymation sin ataduras ni más espíritu que la apertura a la imaginería mutante, formas indefinidas y constantemente cambiantes. Adult Swim ataca con una segunda temporada más ambiciosa, menos contenida si es eso posible, y llena de malos viajes de plastilina, anatomía informe y paisajes de fuga alucinógena. La antología de terror de Vernon Chatman aumenta su cuota de surrealismo de impacto, con ecos al Lynch de sus primeros trabajos, aunque el aumento de escala hace que no sea tan inquietante, pero no menos divertida. El mayor punto débil de esta nueva entrega es que trata de ser aún más incómoda, y como todos los intentos conscientes de provocación, a menudo acaban resultando más gratuitos que incisivos. Afortunadamente sigue siendo variada y fluida en sus historias, que cubren una amplia gama de situaciones, desde un dispositivo de rayos X que proporciona un historial detallado de los Estados Unidos a una religión que rinde culto a la carne, apariciones de todo tipo de criaturas, cambios de personalidad y de cuerpo, argumentos que van dando paso a nuevos emplazamientos, personalidades y mundos dentro de otros a modo de matrioska con ecos a ciencia ficción vintage. The Shivering Truth es difícil de ver, pero al mismo tiempo es casi arte en movimiento, sigue resultando fascinante y su vocación marginal hace pensar en un título de culto en el sentido más textual del mismo.
12- Drácula (2020)
El primer capítulo de la adaptación de Stephen Moffat y Mark Gatiss es una brillante remezcla hiperbólica, irreverente y gore del clásico de Bram Stoker, con un Claes Bang diabólico, sexy y muy divertido, que convierte su despliegue de body horror decrépito en la mejor ficción sobre la novela desde Coppola. Un homenaje al legado de la Hammer que desafía al espectador con una atrevida deconstrucción del mito que da la vuelta a los pasajes más conocidos, reinventando las reglas de los vampiros, mientras ofrece escenas espeluznantes y novedades como los ghouls no muertos. Con un inteligente guion lleno de humor maléfico, el conde encaja como nunca en el papel del mismísimo demonio: burlón, falaz y con el atractivo absorbente del mal puro. El replanteamiento del texto consigue que el relato de siempre parezca fresco y nuevo, adentrándose en el horror, con FX sangrientos de vieja escuela, gran atmósfera gótica, algunos sustos e incluso cierta iconografía de cine satánico que justifica la naturaleza diabólica de la criatura.
La miniserie concibe cada episodio como una película basada en bloques del libro, por lo que, si el adictivo piloto es casi un resumen de distintas adaptaciones, el tramo del Demeter es un divertidísimo Cluedo sangriento lleno de giros y sorpresas que culmina con algunas decisiones arriesgadísimas que, si bien dejan abierta la puerta a otra serie muy diferente, puede servir como final abierto. En el tercer episodio es cuando recibe el mismo tratamiento que Sherlock en cuanto a formato e intenciones, pero se queda con lo peor de aquella. Y es que tomar riesgos está bien, pero solo si tienes una buena idea para continuar. Tras dos maravillas, el tercer episodio es un bajón enorme y deja un sabor de boca amargo, lleno de muchos hallazgos–ese escenario sacado de Abadía en el robedal (1809) de Caspar David Friedrich– pero pocas buenas resoluciones. Por ello, la miniserie acaba en una nota de decepción que deja a medias. Sin embargo, debido a la naturaleza casi antológica de cada episodio (son como obras de tono independiente), Drácula merece la pena en conjunto, pese a que su conclusión, llena de los irritantes manierismos de la pareja creadora, no hace justicia a los grandes dos episodios previos.
11- Monsterland (2020)
Hulu es una de las plataformas que más y mejor está apostando por el terror en los últimos tiempos, creando no solo películas con autores como Justin Simien o Babak Anvari, sino dando oportunidad a series como Into the Dark, que quizá no acaba de funcionar por su compromiso con la duración de largometraje de cada episodio, haciéndole más mal que bien a su presupuesto ajustado. Por ello, es una buena noticia que no limiten su apuesta a la carta de Blumhouse y tengamos la posibilidad de ver adaptada la galardonada colección de cuentos terror de Nathan Ballingrud North-American Lake Monsters en ocho capítulos que, si bien desiguales, sí que ofrecen visiones de la mitología americana con acertadas aproximaciones a temas sociales centrados en diferentes estados. La showrunner es Mary Laws, guionista detrás de The Neon Demon (2016) o series como Succession (2019), que lleva su formato de antología al fantástico puro, pero con una aproximación realista y áspera, acorde con las voces seleccionadas. Episodios como Eugene, Oregon recogen la tragedia de suburbio del director de Super Dark Times (2017) con un relato sobre a violencia surgida en los foros de 4chan y las paranoias QAnon no solo relevante sino angustiosa y creepy y un final que dio que hablar por su indefinición pero que tiene implicaciones desoladoras. New Orleans, Louisiana es un gran horror noire faustiano o New York, New York llevando el pecado yuppie a lugares que recuerdan a cierto filme de Larry Cohen, Plainfield Illinois rescata un American Gothic fragmentado y Palacios, Texas propone un cuento de sirenas moderno lleno de atmósfera. Todas comparten un tono de baja intensidad, sin concesiones y bastante depresivo, pero mantiene su espíritu episodio a episodio más que algunas antologías en forma de largo.
10- The Outsider (2020)
La primera, y por el momento única, temporada de The Outsider (2020) es un conjunto de diez episodios que adaptan la novela de Stephen King del mismo nombre de forma cerrada. Un misterio estructurado con la dinámica de un procedural policial que se mueve en el filo de lo insólito, pero con los pies más cercanos a la tierra de lo que una ficción con el apellido de King puede hacer pensar. Sin embargo, la miniserie de HBO es todo un evento para cualquier fan de X Files (1993-) gracias a su voluntad de establecer su cariz fantástico de forma esquiva, centrando el conflicto precisamente en la capacidad para digerirlo de su protagonista. No es una serie sin sus problemas, y en su recorrido de 10 episodios se mueve entre lo brillante y el puro tedio, con una saturación de relleno y minutos muertos que no siempre encuentran una recompensa. Pese a que su gran baza es el desarrollo a fuego lento, su morosidad y tendencia a la reiteración hacen que sobren fácilmente cuatro capítulos, aunque siempre mantiene parámetros de calidad cinematográfica, cierto cuidado en el guion y una voluntad de crear un tono sobrio y elegante. En conjunto su ansia de prestigio acaba restando en un producto algo anémico y falto de adrenalina hasta su impactante y brutal tercer acto, que demuestra que lo mejor se ha reservado para la hora final. Must / Can’t es el episodio emocionante y con brío que merecía una historia que exige tanta paciencia. La mitología del coco, las reglas del cambia formas y una disquisición sobre cómo lo racional lidia con la aceptación de lo irracional conviven con detalles del universo King y ese resplandor que puede atisbarse en tantas de sus obras.
9- Cryptid (2020)
El cine y televisión de género en Escandinavia no es demasiado prolífico, pero rascando un poco podemos encontrar cosas como la trilogía noruega Cold Prey (2006), o la serie sueca Black Lake (2016-2018), que se alejan más del clásico formato de thriller criminal con raíces folk que se lleva viendo los últimos años. El director de varios capítulos de esta última, que trataba sobre huéspedes de una estación de esquí atacados por fenómenos sobrenaturales, David Berron, se encarga ahora de esta muy curiosa mirada adolescente al género en diez capítulos tremendamente adictivos y concisos, que se basan en una idea del autor Sylvain Runberg, responsable de la adaptación de la novela gráfica de la trilogía Millennium de Stieg Larsson. Cryptid transcurre en el instituto de una pequeña ciudad sueca cerca de un lago que los jóvenes visitan a menudo. Ya en el primer episodio deja claro que no es la clásica serie limitada al público juvenil al estilo de EE.UU., un comienzo que no escatima en gore explosivo, que puede recordar a Spontaneous (2020), pero que toma caminos muy diferentes.
La historia aquí tiene una buena base de ocultismo ancestral, criaturas míticas y consecuencias imprevisibles con rasgos fantásticos propios de interpretaciones muy modernas de horror cósmico. Todo ello sin perder de vista que, ante todo, lo que vemos es una historia para chavales de secundaria con ansiedades y prioridades no muy diferentes a lo que podemos encontrar en Riverdale, pero sin alivios cómicos, en cierta forma conectando con un tono melancólico europeo común a Dark, con la que comparte cierta afinidad por Twin Peaks. Las referencias culturales son más selectas que la mayoría de trabajos de este estilo, como la sudadera de Revelation Records de Ester, un guiño para los amantes del punk y el hardcore de pedigrí, lo que le da a Cryptid un toque de autenticidad coronado por el temazo principal de la cabecera, que es asimismo el single de la banda de los protagonistas. Así, la serie busca su propio encanto dentro de su entorno nórdico con un reparto convincente, dando una sorprendentemente compacta pieza de terror juvenil con episodios de 20 minutos que vuelan y sorprenden por algunos giros muy feroces y mantiene interesado por el extraño trasfondo de seres de los que no sabemos nada.
8- 50 States of Fright (2020)
La idea de crear una plataforma de streaming para móviles tenía sentido en un mundo en el que el consumo de vídeo se ha ido haciendo cada vez en pantallas más pequeñas, casi al mismo tiempo en el que las televisiones ofrecen más centímetros cuadrados por mucho menos dinero que hace 10 años. Sin embargo, Quibi no ha sobrevivido al año de la pandemia, con contendidos preparados exclusivamente para ver en el móvil. Las series que han creado no eran precisamente baratijas, y la inversión en micro-series como 50 States of Fright no ha sido nada rácana, poniendo nada menos que a Sam Raimi al frente de esta antología que, como Monsterland, va recorriendo los Estados Unidos estado a estado para sacar una historia de terror de cada uno, basándose en alguna leyenda o relativo a alguna particularidad relacionada con lo oscuro y el terror. El resultado, como la mayoría de antologías, es desigual, concentrándose aquí las historias menos potentes en la primera temporada, con una mejora considerable en la colección de la segunda entrega.
El tono es más o menos el de un Tales from the Crypt moderno, mucho más ligero y gamberro de lo que estamos acostumbrados a ver estos días, recuperando cierta voluntad de entretenimiento por el entretenimiento añorada que se puede percibir en otras producciones de Raimi para el cine como Crawl (2019), aunque no siempre acaba siendo una receta para mejorar episodios mediocres como Oregón, Minnesotta o Missouri. Sin embargo, piezas como Iowa, Washington o Florida son memorables. En total son solo 9 estados, pero casa episodio se divide en pequeños fragmentos para conservar el espíritu de micropiezas para móvil. Una pena porque las interrupciones cortan la inercia que consiguen generar los episodios y mejoraría si se reeditaran en su duración completa. Hay monstruos, gore, atmósfera, codas siniestras y finales oscuros, todo lo que reafirma el formato corto como el mejor continente para el terror, pero su propuesta, con nombres interesantes en el género como Scott Beck y Bryan Woods, Alejandro Brugués, Ryan Spindell o el propio Raimi, no fue suficiente para salvar Quibi, que quizá no contó que hay mucho contendido en youtube, o Facebook, como Crypt Tv o los cortos de David F. Sandberg que son más que competitivos con recursos mucho menos lujosos.
7- Paranormal (2020)
Netflix puede estar perdiendo inercia en cuanto a ofrecer calidad en sus series estrella. La sobreproducción pasa factura y da la sensación de que su contenido es lanzado como pienso en un corral para no disgustar a sus suscriptores, con el desgaste que esto conlleva en cuanto al impacto real del producto, pero esa política también ofrece posibilidades para la diversidad creativa que pueden pasarse por alto. La conexión global está permitiendo que países como Polonia, La India o Egipto también tengan un hueco para mostrar su cara en el terror con medios suficientes y una presentación digna. Este último ha sorprendido con la historia de un hematólogo gafe enfrentado a casos inexplicables al estilo Lin Shaye en Indisious (2010), pero en El Cairo de los 60. A diferencia de la obra de Wan, la mayor cualidad de Paranormal no está en los momentos de terror, que son bastante suaves, sino en el delicioso humor negro que circula sobre su gran personaje, entrañable y adictivo. Refaat Ismail, interpretado por un flemático Ahmed Amin, es un médico que siempre ha ignorado todo lo que parece sobrenatural y basa todo su razonamiento en la ciencia, es como una versión africana de investigadores de lo oculto clásicos, desde Carnacki a Kolchak, pero este se hace verdaderamente singular, en cuanto que tenemos acceso a su diálogo interior, que a menudo es exactamente lo opuesto a lo que dice. El actor logra agregar una capa de cercanía costumbrista y con humor bastante sarcástico y oscuro, creando un personaje huraño, retraído y cínico es como ver a Saza o Jose Luis López Vázquez protagonizando X Files (1993-).
El personaje da a la serie un tono amable, más inquietante que espeluznante, y cada uno de sus seis episodios es un caso al estilo Dylan Dog pero con menos peso en los misterios que en las relaciones y reacciones al fantástico de Refaat, sarcástico y descreído, que narra en primera persona sus aventuras sobrenaturales, que adaptan historias de la serie de novelas Ma Waraa al Tabiaa, una exitosa colección con hasta 81 títulos que han vendido 15 millones de copias y recuperan figuras como momias, fantasmas, náyades, súcubos y demonios, con más peso en el drama y la aventura que en convertir estos elementos folkloricos en una actualización de sustos. Con un presupuesto moderado para una serie de estas características, Paranormal supone un pequeño hito para la industria egipcia, que cuenta con medios que usualmente no están allí tan a mano, y a cambio, el mundo tiene acceso a una producción cuando menos competente, que hace pensar en cómo sería una Evil (2019-) en una cultura y emplazamiento completamente diferentes, transportando al público por el país con un nivel o producción suntuoso y bien ambientado que recuerda en su exotismo a Under the Shadow (2016), sin llegar a tener la gravedad de esta.
6- Eli Roth’s History of Horror: season 2 (2020)
Que la figura de Eli Roth en el cine de terror se ha ido apagando como autor es una muestra de lo difícil que lo tuvo la generación splat pack para trasladar la crudeza de su cine más allá de la cada vez más lejana década de los 2000. Casi 20 años después de su debut, Roth permanece como una cara reconocible para los aficionados, con más influencia en Estado Unidos que en el resto del mundo, pero de alguna manera sobrevive con pequeñas gamberradas deliciosas de terror infantil como The House With a Clock in its Walls (2018). Sin embargo, su faceta como promotor y activista del género no cesa, y como el Clive Barker's A-Z of Horror (1997) o el Mark Gatiss’s A History of Horror (2010), su serie de historia del terror supone un hito para los aficionados y los que deseen adentrarse en el género por primera vez. Pero en esta ocasión ha logrado incluso que se haga una segunda temporada. Esto hace que sea algo más completa la experiencia que los siete primeros episodios dejaba renqueante, con seis nuevos especiales adicionales en donde no hay una gran exhaustividad, pero sí una selección experta a través de los ojos y las experiencias de Roth, contenido curado con un sello personal que da a la visión la perspectiva de la generación del videoclub, dejando que la narración nos informe de cómo los filmes han influido al director desde una mirada de fan, con la que, en realidad, cualquier generación circundante encontrará afín. Si la primera temporada cubrió historias de fantasmas, vampiros, criaturas asesinas, los demonios de la mente, Slashers (Parte 1 y 2) y Zombies, la segunda temporada abarca casas del infierno, (lugares encantados más allá del cine de espectros), Monstruos (esta vez con más atención al Kaiju), el Body Horror desde Cronenberg a la actualidad, niños terroríficos y brujas.
Esta vez hay un episodio extra llamado nueve pesadillas que desafían las categorías y límites del horror, en donde encaja Midsommar, The Wicker Man, Us o favoritas personales de Roth como Cannibal Holocaust y Mil gritos tiene la noche, un cajón desastre agradable que parece una forma de agrupar un anexo con adiciones de última hora con intención de darle a la temporada un toque de actualidad y recopilar algunas carencias que no encajan del todo en las categorías anteriores. Parece que parte de esta temporada se ha hecho con segmentos de entrevistas que sobraron de la anterior, como las realizadas a Rob Zombie, Stephen King y Tarantino, añadiendo nuevas como las de Jordan Peele, Joe Dante, Mick Garris, Bryan Fuller, Bill Hader Megan Fox, Chris Hardwick, Jack Black o Katharine Isabelle. Además, Roth se rodea de otros expertos y académicos como Kier-La Janisse, Jordan Chrucchiola, Jennifer Moorman, Tananarive Due o Chris Dumas. La selección de películas y metraje es estupendo, con un indudable cariz estadounidense, pero con suficiente material para alternar, gore, efectos especiales con la belleza más poética de muchas de las películas, de las que se trata de rescatar las razones de su impacto e importancia, desde el contexto y la influencia, sin excederse en subrayar subtextos y resultando siempre muy entretenido y absorbente. Esta segunda temporada hace de la experiencia completa de 13 episodios un valioso recorrido por el género que servirá, además, como testamento de la importancia industrial de este en el momento actual.
5- Caminantes (2020)
Una vertiginosa y salvaje miniserie de siete capítulos dirigidos por Koldo Serra que bien podría ser una película de dos horas si le quitáramos los créditos y el capítulo complementario (un divertido e interesante making-of dirigido por Borja Crespo). A pesar de ser una propuesta de Found Footage, es uno de los raros ejemplos del formato que está lleno de recursos e ideas, y eso se traduce en una versatilidad de puesta en escena muy poco común en otros productos del estilo. Aquí, el metraje encontrado se compone básicamente del material de vídeo de los móviles y el dron de un grupo de peregrinos adolescentes del camino de Santiago. El único salto sobre ese patrón se produce con la inclusión de algunos fragmentos de telediarios ficticios de los 90, que inyectan en el imaginario cotidiano las temáticas del cine de terror con las que juega Caminantes. El cine español no terminó de subirse a la ola del regreso de los 70 al género de los años 2000, no hubo un verdadero conector con las raíces rurales de nuestra geografía que tuviera la audacia de ir algo más allá al proponer ideas más radicales en cuanto a la representación de la violencia.
Aquí, Serra reimagina la Selva de Irati como un lugar de peligros afines a filmes de supervivencia menos populares que Deliverance (1972), pero con un manejo del terror invisible más sofisticado, desde Southern Confort (1981) a Rituals (1977), para llenar un hueco muy importante en la cinematografía española de forma excepcional, reactivando el formato gracias a referentes del cine salvaje que trasladan el horror físico y tangible de clásicos con un pulso lleno de tensión y violencia herederos de Wes Craven, Rob Zombie o Alexadre Aja en formato de Found Footage. Una planificación metódica y una vocación frenética de acción constante —con gran uso de la geografía y la profundidad de campo— con localizaciones en un bosque lleno de niebla que convierten la miniserie en un perfecto condensado de referentes resuelto con un ritmo vertiginoso, buenas actuaciones de un reparto juvenil y un brutal catálogo de crueldades, incluso con un uso escalofriante de los filtros aumentados de snapchat. Una sorpresa que llega desde Orange Tv y complementa la cinematografía del terror español con una de las mejores series de género del 2020.
4- What We do in the Shadows – temporada 2 (2020)
A estas alturas no debería ser necesario aclarar que una comedia también es terror, por mucho que no de miedo, pero por si acaso, es tan fácil como ver el género como un conjunto de temas y estéticas que pueden estar destinadas también a proponer carcajadas a partir de los lugares más conocidos del cine de monstruos, como, por ejemplo, los vampiros. La serie basada en la película de Taika Waititi y Jemaine Clement sorprendió hace dos años con un plantel de nuevos personajes que igualaban a los de su original y con su segunda temporada no solo se consagra sino que llega a superar al film. Un regreso a lo grande en el que la serie no sólo sigue siendo brillante, ingeniosa y creativa, sino que ahora se presenta con una fotografía renovada, que eleva el formato documental con un grano más cinematográficos, y FX de otra división que la alinea con las grandes comedias de terror del cine como Ghostbusters (1984).
No es ninguna sorpresa que tuviera 6 nominaciones en los Emmys 2020, incluida Mejor serie de comedia y Mejor guion, aunque urge empezar a reconocer a su reparto exquisito, capaces de crear personalidades reconocibles, desastrosas y absolutamente adorables. En esta temporada, además de Nandor, Laszlo, Nadja, Guillermo y Colin tenemos de nuevo cameos brutales como los de Haley Joel Osment y Mark Hamill, y se amplía la gama de temas sobrenaturales con los que se enfrentan los vampiros. De nigromantes a aquelarres de brujas, pasando por fantasmas y otras sorpresas. Si el gran momento en la anterior temporada fue la noche de fiesta con el Barón, el episodio 6 es el imprescindible de la temporada ya conocemos por primera vez nada menos que al inigualable Jackie Daytona, el alter ego de Laszlo que podría tener su propio spin off. No sería justo no incluir en esta lista la serie Ghosts, porque es casi tan buena como esta, pero es inevitable reconocer la temporada 2 de What We Do In The Shadows como una de las mejores comedias de terror del año.
3- Raised by Wolves (2020)
Creada por el guionista de Prisoners (2013), Aaron Guzikowski, y supervisada para la pantalla por Ridley Scott, puede que esta serie de ciencia ficción y mitología tenga una adscripción dudosa al género de terror, pero aunque no sea estrictamente ubicable en un mismo cajón, es ineludible que es una obra acorde al universo del director británico, tanto de Blade Runner (1982) como de la saga Alien (1979), siendo un ejemplo más confiado, sólido y salvaje que las precuelas con su misma firma. Por ello, independientemente de las diserciones sobre su etiqueta, es un auténtico festín, imprescindible no solo para los amantes del fantástico en su sentido más amplio, sino también para los que consideran el viaje de la Nostromo una pesadilla clave del horror espacial, es decir, plenamente ineludible en un listado de género con lo mejor del año. Su trama sobre androides que crían a niños humanos en un misterioso planeta virgen, mientras una colonia de humanos les acecha por sus diferencias religiosas sirve a Scott para proponer una versión galáctica de los caballeros templarios con un estilo tan extraño y esotérico que a veces toca lo experimental y resulta todo un continente para sus ideas más oscuras que llegan hasta la metafísica de Na srebrnym globie (1987) de Andrzej Zulawski. La actriz danesa Amanda Collin ha sido todo un descubrimiento como Madre, una loba androide que asombra con su lenguaje corporal de movimientos salvajes, representado una ira aterradora y una vulnerabilidad que genera compasión. Un ser tan trágico como terrorífico, un auténtico monstruo de cine de terror, que acompaña con sus poderes explosivos con resultado ultraviolento y muy gore: explosiones de sangre, transformaciones en masas tumorosas, criaturas anfibias… decenas de detalles que conectan con el influyente mundo de Scott.
Además de parecerse a no pocas películas con monstruo, la violencia exacerbada de Raised by Wolves se combina con operaciones a replicantes que acumulan una colección de Body Horror no menos perturbadora y brutal que el que nos muestra Cronenberg por tratarse de autómatas. Desde los primeros fetos conservados fuera de una matriz, ojos de quita y pon, operaciones de todo tipo y la muestra de unidades mutiladas, quemadas o con diseños siniestros, la senda del género se combina con temas de monstruo y creador salidos de Frankenstein, homenajes directos a la escena más grotesca de Poltergeist, criaturas que podrían estar en Dreamcatcher de Stephen King o incluso From Beyond de Lovecraft. La serie no solo es una cita obligada para los amantes del horror espacial: ojos como armas y herramientas para visitas al médico de los sintéticos, transfusiones imposibles, embarazos imposibles, naves, fauna y flora hostil y sexo VR con litros de “semen” para una ópera fantástica, violenta, hipnótica y sorprendente que se postula como la confirmación de que estamos en el momento clave en el que los grandes autores literarios inadaptables como el Isaac Asimov de Foundation y sus epopeyas robóticas u otros clásicos de la colección de ciencia ficción de bolsillo de Ultramar son posibles, y en este caso hay un mundo violento y fascinante que no para de crecer y que explota en su último episodio, abriendo posibilidades inmensas
2- The Haunting of Bly Manor (2021)
Mike Flanagan continuó su particular taxonomía del fantasma literario para Netflix con una continuación independiente a The Haunting of Hill House (2018) que consigue sobrevivir a las expectativas, pese a no llegar a la excelencia de aquella. La aproximación en este caso apuesta por un formato semiantológico que toma The Turn of the Screw (1898) de Henry James como matriz y, sabiendo que ha tenido infinidad de adaptaciones, variaciones e inspiraciones, decide separarse bastante de esta, como ya lo hacía Hill House. Pero en esta ocasión el desvío sirve como una forma de estructurar el plan real de la serie: conectar a través de las historias de los diferentes personajes una colección de adaptaciones de varios cuentos cortos de James que quedan embebidos en la línea general de Otra vuelta de tuerca, y sirven como trasfondo y cuerpo de conflicto de los protagonistas. Un tapiz completo de la obra de horror del autor completamente inédito hasta la fecha en el cine o la televisión que crea una variación caleidoscópica de tonos y sensibilidades en los diferentes episodios, ayudando a que cada miniadaptación tenga cierta personalidad y el experimento se beneficie de una mayor entidad.
The Haunting of Bly Manor se aleja de la familiaridad j-horror que James Wan y el propio Flanagan convirtieron en norma en el terror comercial americano de los 2010 con un tono más cercano al de una producción actual de la BBC de clasicismo rotundo que ya no se limita a la claridad narrativa típica del director, sino que se adhiere a un tono más retro y atemporal, apagado y propio del melodrama cinematográfico más universal. Flanagan homenajea a otras adaptaciones de James, con especial reverencia a The Innocents (1961), de la que toma prestada la canción O Willow Waly, y la sensibilidad del cine de terror italiano más romántico y tenebroso, como Danza Macabra (1964). Probablemente el punto más decepcionante sea el reciclaje del tema principal de la anterior temporada y una caligrafía más modesta que acusa la ausencia de Flanagan detrás de todos los episodios. Pero de nuevo, llega al punto B sin salirse de los renglones y vuelve a ofrecer una historia sorprendentemente sólida, bien atada en todos los flancos y con otro tipo de sorpresas, quizá no tan espectaculares, pero que dejan una recta final más potente, más oscura y bien conectada con el hilo conductor de la novela original, dejando la sensación de haber presenciado un producto de terror especial, con un juego constante con la realidad y el sueño, el recuerdo y el presente.
Un terror trágico y melancólico, que conecta más con la concepción de la obra de James en su sentido más amplio, moviéndose hacia el romance gótico, con fuertes atmósferas siniestras o de agonía sobrenatural, y personajes condenados que exploran el significado de los fantasmas como expresión de nuestro miedo a la muerte, a modo de un misticismo psicológico con poso de tristeza, que nos habla finalmente de convivir con el dolor y la ausencia. Pero Bly Manor también tiene suficientes momentos macabros y aterradores, algunas apariciones fantasmales perturbadoras, y un uso inquietante de la casa de muñecas de Flora, que va contando algo en segundo plano con figuritas creepy y estampas siniestras. Bly Manor muestra una madurez insólita en el género que tiende a modelar su aura según el estado emocional de los personajes una historia redonda, donde cada pieza tenía una razón de ser y cuyo final es tan conmovedor y agridulce como el de la anterior. Otro éxito para la televisión de terror de Netflix, imprescindible para amantes de Henry James, o la literatura gótica, abiertos al halo romántico y emocional intenso y puro, sin coartadas cínicas
1-30 Monedas (2021)
30 Monedas es el gran regreso de Álex de la Iglesia al horror que todos los seguidores de El día de la Bestia (1995) esperaron en su momento y no había llegado hasta ahora. Una trepidante aventura satánica de gótico costumbrista, con el director pletórico invocando a personajes de Miguel Delibes y Jonh Carpenter en una misa negra donde caben Lovecraft y Jose Luis Cuerda, Stephen King y Fernando Fernán Gómez, Jose Luis Borau y Dennis Weatley. Probablemente la mejor serie de terror española desde Historias para no dormir, y la más importante de la década hecha en Europa desde que empezó la década pasada. De la Iglesia está más interesado en el miedo que de costumbre, con un tono más serio en donde lo grotesco sigue moviéndose hacia el esperpento pero sin dejar de ser inquietante en ningún momento. Hay un constante juego fantástico con la imaginería católica, y al igual que la película que le dio la fama se mezcla con la exploración ocultista y un sacerdote encargado de librar una gran batalla contra el mal que encuentra recodos en el dogma para proponer una mitología irreverente con personajes siguiendo pistas, signos y vueltas que le llevan de un lugar a otro. La narrativa de una partida de juego de rol se trasforma en sus ocho capítulos en toda una campaña con módulos casi independientes. 30 monedas desata un crisol de influencias en donde aparecen Larry Cohen, momentos a lo X-Tro (1982) y la trilogía del apocalipsis de John Carpenter.
Cada capítulo responde a un subgénero de terror, casi a modo de semiantología, pasando por el cine de posesiones, la necromancia, las visiones de todo tipo y hasta las realidades paralelas. Mientras, de fondo avanza una trama de cismas siniestros en la propia iglesia que recuerda a la que desarrollaba la película Memorias del Ángel Caído (1997), con la que también podría compartir universo y mitología. Un episodio parece una continuación lógica de La habitación del niño (2006), explorando las mismas ideas de forma complementaria y coherente, tanto que podríamos decir que hay un universo de la Iglesia con reglas precisas, y un ámbito expansivo, inabarcable, que deja espacio para casi cualquier suceso sobrenatural concebible en el género. Eduard Fernández, que fue el diablo en Fausto 5.0 (2001), está tremendo como Vergara, el cura especializado en exorcismos que guarda un arsenal en la sacristía, y vamos siguiéndole por todo el mundo. Destacan una Carmen Machi aterradora o Miguel Ángel Silvestre como Paco, el alcalde del pueblo, inseguro, algo torpón, muy reconocible y diferente a lo que puede proyectar otros trabajos del actor. Megan Montaner también logra que su Elena sea más cercana que la clásica heroína de cine de terror o acción y los villanos de la función son un contrapunto de auténtica maldad con el brillante Manolo Solo a la cabeza.
La serie abraza el discurso teosófico sobre la aceptación del mal en la doctrina católica que vertebra toda The Exorcist III (1990), pero llega hasta H.P. Lovecraft y el Stephen King de Salem’s Lot, adelantando elementos que hemos visto este año en Midnight Mass (2021) o Evil (2021). De la iglesia tiene en cuenta los pueblos neblinosos de The Fog (1980) y Operazione Paura (1968) de Mario Bava, pero también hay sitio para Azarías de Los santos inocentes (1984), los rituales diabólicos sangrientos y desagradables a escala municipal, los hechizos a lo Helllblazer, los viajes oníricos y las criaturas monstruosas hechas con una impresionante combinación de animatronics y trabajo digital. Su banda sonora es también espectacular, vertebrada sobre el tritono prohibido del diablo, con el que un atinado Roque Baños inquieta con algunos temas de murmullo gutural en baja frecuencia y un tema principal que suena a Semana Santa maligna que proporciona momentos épicos. Guste más o menos, con sus imperfecciones y momentos que buscan abarcar más de lo que puede el presupuesto, 30 monedas es algo único, ajeno a modas y con su propio mundo, un delirio controlado pero que invita al disfrute sin complejos. Puro torrezno para amantes de una forma de entender el terror y la aventura siempre al límite, siempre en llamas, que, simplemente, ya no se hace.
Menciones especiales – Algunas series de terror que merecen recordarse
Betaal (2020) una miniserie en Netflix de horror militar en la onda de The Outpost (2007) y Demons (1985) que toma sus raíces en el folklore hindú para ubicar tensiones políticas locales actuales y fantasmas del colonialismo, que no renuncia a un espíritu ochentero de serie B de zombies y posesiones sin escatimar en gore.
El Palmar de Troya (2020) un documental seriado sobre una de las sectas más desconocidas de la península ibérica. Parte del modelo conocido de Wild Wild Country (2018) de Netflix pero encuentra su propia personalidad al retratar al papa Clemente, una figura tan ridícula y costumbrista como siniestra. Sus grabaciones susurradas son espeluznantes.
Motherland: Fort Salem (2020) una disparatada serie juvenil distópica que parece reimaginar cómo sería The Craft (1996) expandida y aumentada en una fantasía bélica matriarcal con formación militar de hechizos, armas con cánticos y lucha antiterrorista mágica con elementos de terror crecientes en la siguiente temporada.
Freud (2020) la miniserie de Netflix pasa de la historia oficial y ofrece un relato criminal pulp con doctores contra Svengalis, ribetes folk horror, posesiones, viajes psíquicos con presencias diabólicas y las teorías de Sigmund desperdigadas en un sangriento tebeo Weird Fiction bastante calentorro.
Ares (2020). Netflix expande a Holanda con 8 capítulos de sociedades secretas, extraños ritos, muertes salvajes, fluidos negros, rivalidad letal y estética aséptica con ecos de Eyes Wide Shut (1999) y Argento. Terror young adult con algo de gore, enigmático y gélido, donde las logias de élite diseñan crueles ritos de paso con personajes grises y suicidios traumáticos dentro de un trasfondo sobrenatural de expiación de los pecados y trapos sucios de la alta sociedad de Amsterdam. Episodios cortos con ritmo y absorbentes. Ares fue una sangrienta sorpresa.
Bloodride (2020) – Una antología de terror noruega de Netflix que recuerda en su humor negro a Tales from the Crypt. Aunque es barata y le falta imaginería de horror, lo suple con perversidad, humor salvaje y mala baba. No todos los episodios merecen la pena pero Small town y Dark secrets merecen un vistazo.
‘Grotespunk: tres pesadillas de horror extremo’ de John Tones (2020) book review: Antología grumosa con sabor a tebeos de otra era
El nuevo libro de terror del escritor John Tones, autor de la pequeña novela pulp Nigromancia en el Reformatorio Femenino (2012) y otros muchos volúmenes sobre cine como Cine de terror contemporáneo (2001) o Empire. El cine de Charles Band, Volumen 1 (2018), es en sí mismo un compendio de tres novelitas de terror de muy diferentes texturas e intenciones. Lo que sí se puede decir es que Carne de omnivagante en la nevera, La matrona y Los monstruos no existen y los muertos resucitan tienen en común es una actitud que bien resume el título de la antología, recogen por una parte lo grotesco de la literatura (y el cine) de horror de los 70 u 80 y por otra la actitud punk que el autor practica, desde la música a la aproximación frontal a la cultura popular para espantar postureos. Pero lejos de ser un cajón desastre en donde se han impreso tres obras de forma conveniente, Grotespunk existe como concepto de antología casi cinematográfica, con su pequeña historia conectiva, a modo de relato que amamanta al resto como en una buena película de la Amicus, lo que redondea una experiencia retro sin pretenderlo, una que sabe que los buenos cuentos de terror se presentan embotellados dentro de otros. Pasemos a desgranar cada uno de ellos.
Carne de omnivagante en la nevera
El primer segmento de la antología es una propuesta tan directa que te pasa por encima. Como si William Burroughs hubiese escrito tras una indigestión de portadas de tebeos de terror de la Warren y Toutain, llenas de imágenes satánicas y ocultismo voluptuoso, con ecos de peligro, cierta vocación punk, de fanzines y revistas de línea tremenda entendidos con una semántica de picaresca de tebeo, con cotidianeidad propios de un Pulgarcito. Un mundo en el que se dialoga con el demonio diciéndole “era un suponer” o “me cago en Dios, tío” después de hacer un brebaje con hierbas, orín de perro y sangre menstrual. Esta es la historia elegida por Albert Monteys para dedicarle la portada y según el autor surgió de imágenes de viejas portadas de fumetti eróticos de terror italiano dibujadas por Emanuele Taglietti, que mostraban a demonios, monstruos y seres cohabitando con voluptuosas musas y los cómics como El vecino de abajo de Doménec. La portada, que parece que toma la imagen de Cazafantasmas (1984) en la que Sigourney Weaver encuentra un portal ancestral en su nevera, desarrolla una mitología que circula sobre un trozo de carne maldito, extraterrestre y desconocido. Así, asistimos a un festín demente que rescata pactos con el demonio, con motivaciones con un punto de La pata de mono y Season of the Witch (1973) de George A. Romero y planes y subterfugios de novela de espías ocultistas. Hay obscenidades sexuales, encantamientos llamados “empujes” y con un gran final lleno de vísceras y caras partidas, ojos en llamas como “choricitos flambeados”. Demonios y carne cósmica que crea consciencias aumentadas y magos y portales en una lógica de jugos más allá del entendimiento que provocarían un orgasmo a Don Coscarelli.
La matrona
Una aproximación muy distinta a la anterior, que parte de una narrativa mucho más cristalina y la sensación de estar en uno de las espirales obsesivas de un relato de Clive Barker, al que el título no oculta una admiración especial. Aquí, la investigación de asesinato de una adolescente que podríamos ubicar en la España Negra pone como protagonista a una mujer que parece tener informaciones de primera mano con las que ayuda a la policía. Una médium como Lorraine Warrren en la última The Conjuring. Su estilo mucho más directo y contenido recuerda a una novela criminal más clásica y menos caótica, con descripciones más atmosféricas de casas desvencijadas y abandonadas que comulgan casi con el gótico más clásico y crea una tensión sencilla y efectiva cuando la protagonista se adentra en su investigación entrando en lugares lúgubres. La antigua morada de una médium da lugar a una investigación sobre una mujer con supuesta sensibilidad paranormal que también ayudaba a la policía a resolver crímenes en el pasado le lleva una conclusión llena de espantos cárnicos y palpitantes dignos de la película Amulet (2020). Mezclando la fascinación por expertos en ocultismo mediáticos españoles de los 70 y 80 como Jiménez de Oso y otros menos conocidos, el autor también cita las madres de Argento o The Sentinel (1977) como inspiración, por lo que el ocultismo sigue siendo una parte importante del pastel, que aquí vuelve a mostrar imágenes de body horror demenciales que tan solo podrían ser adaptadas por grandes maestros del látex de los 80.
Los monstruos no existen y los muertos resucitan
La última y más sorprendente novelita, puede ubicarse más dentro de un concepto más amplio de fantasía, puede que la escrita con más inspiración lírica, con un aura de relato entre la duermevela y viaje de Randolph Carter a un escenario con nigromancia, monstruos extraños y también, muertos vivientes. Una reconstrucción de recuerdos e ideas que van aclarando el propósito de su narrador, no muy fiable. A veces como una historia de búsqueda de respuestas y venganza de ultratumba que podría conectar con momentos de Dellamorte Dellamore (1994), a veces casi cyberpunk y ciencia ficción salida de una portad de CIMOC o Zona 84 y finalmente una espiral a los recuerdos que se funden con paisajes de pesadilla, infiernos que descritos con una prosa de un mundo sensorial, un espacio indeterminado poblado por seres de pesadilla, grandes criaturas de kaiju extravagante y reglas propias que se encamina a una conclusión desoladora, también llena de imágenes de nueva carne pero con un poso de tristeza ausente en las otras novelas que la convierten en la más inclasificable de las tres. Los monstruos no existen y los muertos resucitan es continuada por la conclusión de la simpática historia conectiva, cerrando un panorama de terrores muy diversos que se alejan de tendencias actuales y con una voz muy segura que nos muestra a un autor de voz muy clara e insobornable.
The Amusement Park (1973) review: la película de horror perdida de George A. Romero es un nuevo clásico llegado del pasado
Perdida durante casi 50 años, ‘The Amusement Park’ es el eslabón perdido en la filmografía de uno de los grandes maestros del cine de terror moderno entre su Night of the Living Dead (1968) y Martin (1977). Cargada de claves para descifrar algunas de sus obsesiones futuras, su mirada a los horrores de la vejez en forma de pesadilla circular que adelantaba imaginario de Tobe Hooper o Rob Zombie, incluso de Aronofsky, antes de que lo supiéramos, como si el episodio más cruento de The Twilight Zone se chocara con su metáfora social, más relevante que nunca.
Nota: 100
La última película de George A. Romero destinada a la gran pantalla, Land of the Dead (2005), tenía dentro un pequeño anuncio intradiegético que describe en pocas imágenes las ventajas de la vida en el edificio aislado de los muertos vivientes en un postapocalipsis donde los ricos se permiten imitar la vida del pasado a costa de una masa de supervivientes a los que se ha conseguido adocenar con vicios y juegos. Tiene esa falsa publicidad un toque de humor negro y sarcasmo afilado que resume bien las intenciones de buena parte de su obra, y conecta especialmente con su última pieza desde la tumba, la película perdida y reencontrada en 2018 The Amusement Park (1972).
Conecta porque este pequeño largometraje de apenas una hora es de alguna manera un gran anuncio como el de Land of the Dead, una expresión cínica y salvaje de una idea que no conforma en sí misma el carácter de relato de ficción tradicional sino que realmente es un trabajo didáctico sobre el problema del edadismo social, pero que utiliza, como el rascacielos de la cuarta parte de su saga, un espacio a modo de microcosmos, donde se concentran los reflejos de distintas situaciones de la vida adulta como si en realidad el espacio geográfico trasladara la idea a modo de alegoría tangible y contenida. De hecho, esta mini película es en realidad un gran anuncio de información pública de encargo, con lo que puede que sea la película más inequívocamente implicada con el contenido social de toda su filmografía.
Esto no es por casualidad, ya que en origen el proyecto surge como una producción de una organización con sede en Pittsburgh llamada Lutheran Services que contrató al cineasta, en apuros económicos en 1973, entre la producción de Season of the Witch (1972) y The Crazies (1973), para preparar algo con lo que pudieran denunciar las diferentes formas en que las que sociedad discrimina a los ancianos. Deseoso de trabajar, Romero rodó en tres días con Lincoln Maazel, más tarde el abuelo religioso del personaje principal en Martin (1977), un viaje por un parque que refleja el mundo moderno que olvida a las personas a partir de cierta edad, filtrado bajo la óptica de estos, cuyo resultado final consternó tanto a los luteranos que se negaron a publicarlo sin que el director tuviera el tiempo o la energía para pelear por un estreno en televisión del especial.
A diferencia de la mayoría de sus obras, películas dotadas de un naturalismo paralelo con Emile Zola, que en realidad funcionan como sátiras enmascaradas en cine fantástico, The Amusement Park es un film centrado en el contenido social real como objetivo principal al que se le despoja de cualquier elemento de realidad, funcionando como un ejercicio inverso al de las películas habituales de Romero, resultando la más surrealista de todas ellas al transcurrir en un escenario inexistente, que puede ser considerado un espacio mental, un parque de atracciones como la feria de Carnival of Souls (1962), la película que siempre se ha citado como una de sus influencias en Night of the Living Dead (1968), que aquí sí tiene, verdaderamente, un componente onírico compartido.
Hay dudas sobre si un producto de encargo de estas características puede considerarse estrictamente una película del director, o si por el contrario es un trabajo menor que debería colocarse en el típico anexo de los trabajos televisivos de los grandes maestros de terror modernos, y es posible que ni siquiera el propio Romero la tuviera en gran consideración a juzgar por las nulas referencias a su existencia en entrevistas durante los años posteriores, pero lo cierto es que si la pieza hubiera formado parte de una antología de terror al estilo The Twilight Zone (1959-1964) sería considerada uno de los episodios más recordados. Sin embargo, su duración es algo mayor al de un capítulo de antología y menor al de un largometraje, por lo que permanece en ese ángulo muerto de obras inclasificables que le da un carácter aún más único.
Lo cierto es que la limitación a una hora ayuda a dar incluso algo de autocontrol a Romero, que en aquella época acusaba una duración excesiva en algunos de sus films, un hándicap asociado a su forma de trabajo, acumulando el máximo de tomas y metraje en el set de rodaje y por otra parte a la habitual explosión de ideas que acababan colándose en sus guiones. En esta ocasión el ritmo es frenético, gracias al carácter episódico del periplo del protagonista, y que su habitual estilo de montaje relámpago está aquí perfeccionado y con un resultado aún más sorprendente por su fecha de producción, no era tan habitual esa capacidad de componer la acción a base de edición, y todo puede derivarse de la falta de medios con los que contaba.
‘The Amusement Park’ comienza en un lugar sin mobiliario, de un blanco clínico que lo acerca a una visión de un purgatorio neutro, con un hombre también de blanco hablando con una versión de sí mismo derrotado, sangrando y sollozando. Sin hacer caso a ese dopplegänger, decide salir a un parque que representa distintas facetas vitales. Aquí se despliegan obsesiones clásicas de Romero, desde el vendedor de boletos dibujado como un usurero, que tantas veces aparecerá en su filmografía, a los letreros con preguntas como formularios de seguro o advertencias sobre medicamentos. Hay trenes con apariciones siniestras de figuras con grotescas máscaras de Halloween de muerte o de payaso entre los pasajeros que parece que solo el anciano es capaz de ver –esto, junto a la aparición de las mismas entre un peligroso grupo de moteros dan un pequeño adelanto a la imaginería visual de Rob Zombie que se puede aplicar a la propia The Funhouse (1980) de Tobe Hooper–, dejando pequeños momentos inquietantes por su cualidad contingente.
Pequeños episodios como la entrada en el centro de rehabilitación son angustiosos y perturbadores, logrando un crescendo de absurdo tangente al tejido de una pesadilla circular, hasta que el protagonista se rompe cuando la niña a la que le lee un cuento es arrancada de su lado por su madre, como si él no estuviera allí, quizá el momento más cruel y desolador de los 60 minutos. En la lógica de sueño febril podemos adivinar al Romero de las escenas imaginarias de Martin y las pesadillas de Season of the Witch – preludio de las más sofisticadas de Day of the Dead (1985)–, pero es en el aspecto más doméstico de aquella en donde se puede ubicar al autor más centrado aún en el drama cercano, donde conforma una ahora aún más sólida visión agria de las estructuras sociales, del fracaso del matrimonio en Season a la visión cínica del amor juvenil de There’s Always Vanilla (1971), que tiene continuidad temática en el momento en el que dos enamorados contemplan su desalentador futuro gracias a la horrible clarividencia de una pitonisa, casi un boceto del segmento de Requiem for a Dream (2000) con Ellen Burstyn, que no desentonaría en el cine indie más underground y vanguardista de los 90.
De alguna manera, The Amusement Park serviría como tercera pieza de una trilogía espiritual del cine de Romero en la que pasamos por “tres edades” en las que se mete más profundamente en aspectos sociales más domésticos, un núcleo virtualmente invisible, ya que son sus tres obras que han conocido peor distribución o acceso a lo largo de los años. No obstante, esta última no solo es la mejor, sino que resulta de incalculable valor para adivinar algunos motivos de sus películas posteriores, como los moteros de Dawn of the Dead (1978), o el miedo a la vejez del propio director, encapsulado en un extraño momento de Diary of the Dead (2007) en el que el personaje del profesor aseguraba que “las mañanas y los espejos se han creado para aterrar a los ancianos”, un cabo suelto que se antojaba un detalle muy personal del film que ahora reconecta con otra pieza temática de su filmografía cerrando el círculo.
El descubrimiento de The Amusement Park no solo es un hecho histórico por sí mismo, sino que además es uno de los trabajos más potentes de la etapa de los 70 de George A. Romero. La particularidad de haberse concebido como un film de información pública no debería tener más peso que la circunstancia de financiación, y no es un caso extraño en grandes directores como Dreyer, cuyo corto They Caught the Ferry (1948), que podría ser el equivalente a un anuncio de la DGT, no es menos atmosférico y siniestro que sus obras maestras. Aunque tiene el trasfondo moral de otros filmes luteranos —también algunos de terror sensacionales como la prima hermana de esta, Stalked (1968)– la pieza no se diferencia mucho del espíritu de relato advertencia heredado de los cómics E.C. que ha practicado en Creepshow (1982) o la serie Tales from the Darkside (1983-1988), tan solo este episodio cambia el sabor gótico por una aproximación más cruda y al mismo tiempo experimental.
Una pequeña obra maestra, clave para deshacer y reconstruir la historia del género, que hay que contextualizar para asimilar su verdadera importancia, especialmente en tiempos de bombardeo de contenido de quita y pon, donde parece que ya se ha visto todo y se tiende a tratar a la ligera todo lo que llega del pasado. En plena era del horror geriátrico, The Amusement Park llega puntual de su hibernación, no cuenta algo muy diferente a La Abuela (2021) de Paco Plaza, Old (2021) de M.Night Shymalan, The Manor (2021) o el aterrador vehículo de Óscar para Anthony Hopkins The Father (2020), y sin embargo posee en sus imágenes crudas, de grano rabioso y ásperas texturas, mayor relevancia que variaciones del modelo de The Taking of Deborah Logan (2013) como The Visit (2015) o Relic (2020), convirtiéndose casi automáticamente —apenas había alguna que tratara el tema en su momento, salvo quizá películas de vampiros como House of Dark Shadows (1970)— en la película de terror seminal de referencia para el futuro subgénero de miedos de la vejez, aunque hasta este momento no lo supiéramos.
Midnight Mass (2021) review: Mike Flanagan se supera con otra obra maestra de la televisión de horror
El director y guionista Mike Flanagan, más incendiario y devastador que nunca, ha creado en Netflix una obra monumental de horror humanista sobre la fe, el fanatismo y la adicción. Densa y literaria como un libro perdido del Stephen King más maduro, oscura como una sotana, y llena de decisiones impensables para una plataforma, lleva el género a un nivel más profundo sin una sola escena colocada sin propósito, necesitando de un segundo visionado para vislumbrar al completo la dimensión de su perfecta arquitectura narrativa. Estreno 24 septiembre en Netflix. Review SIN SPOILERS.
Nota: 100
Si al director Mike Flanagan le importaran las opiniones de las redes sociales habría empezado hace tiempo a modernizar su estilo, estudiado radicales movimientos de cámara o influencias de autores europeos para tratar de cuadrarlo con los tiempos culturales, esos de hambre de festival y cine como chapita para la galería. Lo cierto es que a nivel formal, toda su obra es muy uniforme, con algunos detalles de puesta en escena en evolución pero sin abandonar un estilo tan puro y sencillo que le ha valido ser criticado como un realizador "plano y televisivo" (sic). Va a ser difícil que con Midnight Mass vaya a convencer a los que le exigen ser el cineasta que no es, pero él sigue a lo suyo, imperturbable, consagrado al género del horror y fantástico, logrando perfeccionar sus fortalezas hasta un lugar donde parecía imposible llegar tras The Haunting of Hill House (2018) y Doctor Sleep (2019).
Puede decirse sin riesgo de exagerar que esta nueva miniserie es su gran obra maestra, quizá la mejor de terror (o no de terror) de la nueva era de la pandemia. Su estilo, un clasicismo americano puro, no muy distinto al de Frank Darabont, sigue más preocupado en establecer los cimientos de una historia bien construida que en mostrar músculo técnico de lentes, piruetas y detalles para quienes están más pendientes cada año de revoluciones en el cine que de guiones bien escritos, personajes creíbles y actuaciones llenas de matices. Como un equivalente moderno de Dan Curtis, Flanagan se mueve con la misma soltura en la televisión que en el cine, y apenas varía su caligrafía más allá de detalles de acabado obvios y las limitaciones propias de un material descomprimido en un metraje muy superior.
No es habitual que toda una serie tenga al mismo director detrás, y esto confiere a Midnight Mass una elegancia cinematográfica que The Haunting of Bly Manor acababa perdiendo en algunos momentos, pese a sus notables resultados como antología de la obra fantasmal de Henry James. En esta ocasión, aunque que se prometió no volver a hacerlo, Flanagan se pone de nuevo detrás de la cámara en cada uno de los siete episodios de más de una hora de duración, para asegurar que su visión no queda alterada en lo más mínimo y ofrecer una coherencia sólida entre todos los aparatos de producción. Se nota que este es su proyecto predilecto y el cuidado en cada paso salta a la vista y al oído. Es un trabajo de guion minucioso e inspirado que ha conseguido junto a su hermano James, y apenas algunas colaboraciones acreditadas que redondean una historia coral épica donde cada frase, cada sermón (y hay bastantes), cada escena, cuenta.
Aunque en el terreno del fantástico Midnigt Mass comparte varios elementos claves en imaginería de su autor, como esa “fantasma” que atormenta al protagonista, es muy difícil hablar de ella sin desvelar muchos de sus secretos, o en qué parcelas del terror encaja y puede que esas revelaciones sean una decepción para algunos cuando se muestren, más o menos de forma clara, en el tercer episodio, pero lo cierto es que en realidad esto da un poco igual, porque lo que realmente importa son los numerosos giros y decisiones en frío, tan poco comunes como arriesgadas, que hacen comprender por qué Mike Flanagan y Trevor Macy han ido arrastrando el proyecto durante diez años por diferentes cadenas, productoras de cine y plataformas hasta conseguir luz verde. El compromiso con la historia es una aleación imperturbable que no deja espacio para las improvisaciones y peticiones desde la mesa del despacho. No solo porque su aproximación tan personal incluya temas troncales al universo del autor como la adicción, la recuperación y el peso de la culpa, sino porque la elección narrativa de esta serie aumenta los minutos de largas conversaciones, diálogos densos y una cualidad dramática que a veces se impone sobre el terror.
Sin embargo, no faltan escenas de miedo efectivas, aunque conviven en equilibrio con los grandes temas de la fe, la manipulación de esta, el perdón y la muerte que la miniserie acaba tratando, alternando la atmósfera inquietante, el misterio y algunos detalles capaces de helar la sangre dentro de fuertes nudos emocionales que hacen del conjunto un viaje tan hermoso como terrible, con un crescendo devastador que encuentra en los altibajos más oscuros y luminosos de la condición humana un tornasol de sensaciones en el que el mayor de los horrores baila con la tragedia y los momentos de esplendor más transparentes. Desde unos capítulos iniciales, más contemplativos, a su impresionante tercer acto, Midnight Mass se desarrolla con paciencia, deleitándose en pequeños momentos que nunca están ahí por capricho. Es difícil explicarlo sin despellejar sorpresas, pero el conjunto solo puede verse como un todo en el que conversaciones que parecen escritas sin un propósito acaban siendo determinantes, donde pequeños símbolos se resignifican, especialmente en las relaciones entre personajes para lo que un segundo visionado es todo un gabinete de revelaciones que muestran que todo, absolutamente todo, incluidos algunos monólogos a primera vista autocomplacientes, estaba ahí por un buen motivo, atado de una forma escrupulosa.
Puede que lo más interesante de la miniserie sea contemplar cómo da la vuelta a la simbología cristiana con las convenientes reinterpretaciones del padre Paul (un personaje con una imponente actuación de Hamish Linklater) y algunos paralelismos según cierta mitología de género, que desafía algunos postulados católicos aproximándolos a otros axiomas de la cultura de terror muy conocidos. Los estigmas, la señal de la cruz, los ángeles, los milagros o la pasión de Cristo son vistos bajo una óptica lateral, de forma que todos los pilares del cristianismo se ponen en cuestionamiento bajo el prisma del cine fantástico. De nuevo, no es posible explicarlo sin revelar sorpresas, pero el trabajo de analogía es tan brillante que cuesta entender cómo a nadie se le había ocurrido antes. Profundizando en el terror religioso desde una perspectiva nueva, pero para nada extraña para el aficionado, Flanagan ha creado un compañero perfecto para la actual ola del subgénero en la televisión, acompañando a Evil (2019-) y 30 monedas (2020-) en su irreverente, pero a la vez comprensiva, mirada al culto más extendido.
Midnight Mass podría ser una novela perdida de Stephen King que nadie se hubiera atrevido a adaptar por ser demasiado amarga, pero siguiendo su tradición, Flanagan muestra un gran conocimiento de la obra del escritor, concibiendo su historia de forastero enigmático predicando en pequeño pueblo como una mezcla de muchos textos, desde Storm of the Century (1999), The Mist (2007) –con esa Samantha Sloyan en clave Mrs. Carmody– o Needful Things (1993) hasta Revival, que curiosamente Flanagan iba a llevar al cine antes de que se cancelara el proyecto. Pero quitando algunos parecidos con el punto de partida del relato arquetípico de Something Wicked This Way Comes (1993), y que la cualidad general del trabajo es muy literario —recordemos que lo que relata es el contenido del libro que aparece en Hush (2016) y Gerald's Game (2017)—, Flanagan no busca hacer un pastiche referencial. Es una historia que no se parece demasiado a nada visto recientemente, aunque el cine de cultos y el folk horror hayan sembrado mucho terreno con mimbres similares. Quizá tenga más en cuenta ciertos hechos históricos reales, recortes de noticias increíbles y otros sucesos olvidados que películas concretas pero aunque hay momentos que suenan a déjà vu, consigue redirigir las ideas por la vía de lo siniestro, con un inexorable camino hacia la condena hasta su remolino de emociones final, que pone los pelos de punta en todos los sentidos.
Mike Flanagan concluye su tenebrosa trilogía sobre la desintoxicación tras The Haunting of Hill House y Doctor Sleep con un colofón de siete horas prácticamente perfecto en todos los ámbitos. La fotografía de Fliognardi es exquisita, aprovechando la luz natural de los amaneceres y ocasos de Crockett Island para conseguir planos bucólicos naturales impresionantes, que son acompañados por la partitura más variada de los Newton Brothers. Minimalista en lo terrorífico y emocionante y oscura en sus bellísimas piezas corales de música sacra, la banda sonora amplifica la sensación de gran liturgia tétrica. Explorando los ecos más oscuros de la existencia sin propósito, desafiando la idea del dogma y el poder fanatismo ciego en una era en la que la desinformación, manipulación y negacionismo coexisten con la razón en una lucha impensable hace una década, Midnight Mass es, simple y llanamente, una monumental obra de arte. No solo resulta relevante, sino que la mirada humanista de su director toca ansiedades eternas y horrores sin caducidad, reafirmando la importancia de su nombre dentro del género y reclamando un reconocimiento urgente como uno de los grandes narradores cinematográficos actuales en pantalla grande y televisión.
Malignant (2021) review: decepcionante regreso de un James Wan sangriento pero sin rumbo
James Wan rescata muchas de sus obsesiones en una irregular mezcla de thriller, giallo, slasher y cine de mad doctors que, ocasionamente, logra funcionar como excentricidad cara, pero cuya careta de cine trash y serie B esconde realmente el trabajo de un director que ha perdido la mano y no consigue insuflar fluidez orgánica a su capricho de body horror, gore y traumas atolondrados.
Nota: 55
Casos como el de Malignant nos hacen comprobar la apetencia de los grandes estudios a la hora de promocionar un film. Si el estreno de The Conjuring: The Devil Made Me Do It fue anunciado desde antes de la pandemia, con todo el aparato de marketing funcionando hasta su estreno, el esperadísimo regreso del creador de aquella franquicia al cine de terror ha sido tratado de una forma diferente. Los dos tráilers son casi iguales, no ha habido demasiado material, el énfasis no ha sido igual… no es lo mismo vender una franquicia hecha que un nuevo proyecto sin asideros previos. También queda la posibilidad de que no quisieran desvelar demasiado del final, pero cuando no han puesto la película a disposición de la prensa para hacer críticas previas algo hay bajo la alfombra.
Si hace unos meses muchos fans se lamentaban de que Wan no estuviera tras los mandos de la más que competente The Conjuring 3, visto el lugar en el que se encuentra el director de la original en el año 2021, quizá el cierre de la trilogía hubiera sido el fin definitivo de la franquicia. El autor de esta Maligno sigue juguetón y sin ningún tipo de vergüenza a la hora de afrontar el género, pero su otrora filigrana técnica se ha convertido en una ostentación de movimientos de cámara más grosera, mucho más fea y rozando lo molesto cuando hace maridaje con una banda sonora, a ratos electrónica, que hace cosas incomprensibles, como esa pieza basada en resamplers de Where is my mind? De The Pixies que aparece sin sentido ni rumbo de cuando en cuando.
Cuenta Wan en varias entrevistas que esta es su mirada al giallo, al cine de videoclub con el que creció, a De Palma, Argento y Cronenberg, y no le falta razón cuando explica su plantilla. Aparentemente estamos ante un giallo más tardío, en el que podemos ver escenas muy inspiradas en Trauma (1993), Tenebre (1982) y, sobre todo, Phenomena (1985), con una trama de visión a través de los ojos del asesino, deudora de Eyes of Laura Mars (1978) pero con un estilo de Fear (1990), Hideaway (1995) e incluso Monkey Shines (1988) de George A. Romero, sin embargo nunca hay un aclimatamiento estético verdaderamente a la altura de sus referentes. Hay tonalidades azuladas, una matriz de color oscura y mucha niebla que indican que el creador de Dead Silence (2007) está de vuelta, pero también un montaje anacrónico, un uso de cámara digital que parece vídeo –parece mentira que la fotografía sea de Michael Burgess, tras el cuidado mostrado en Conjuring 3— y un uso de sangre digital perezoso, que chirría con la voluntad de usar efectos prácticos e incluso animatronics en otras ocasiones.
Maligno se redime en parte con un tramo final en el que se desata la locura y entra en juego el gore y la bendita insensatez que debería haber empezado mucho antes, pero en sus casi dos horas se apoya demasiado en un argumento predecible, que se ve venir incluso con algunos giros locos presentados de forma bastante cómica. El problema es que mucha parte de su metraje parece tener un tono serio, un dramatismo que se va haciendo bola entre frases de guion que parecen escritas por un niño de 12 años y actuaciones de película directa a vídeo que se parecen más a la nueva Saw: Spiral (2021) que a las de su propia entrega de la franquicia. Hay una dimensión de horror psicológico en la que juega a Raising Cain (1992) pero en la que el frenesí enajenado de aquella se convierte en una imitación llena de humor involuntario. En ocasiones el conjunto recuerda a una producción perdida de los remakes de Dark Castle, con ese espíritu industrial y hortera de primeros de los 2000, que asemejan más la película a cosas como Gothika (2003) que al cine de Argento que trata de homenajear. Quizá estemos ante el fin de ciclo de uno de los más grandes.
A partir de este momento hay SPOILERS de la trama
Aunque si somos honestos, Maligno va de frente. Se propone ser una extravagancia de videoclub y lo consigue, aunque es una de esas películas de vídeo que recordábamos mejores en VHS que cuando la recuperas en su edición remasterizada. Su mezcla de géneros es imposible y por tanto el resultado es una locura digna de ver, aunque la ejecución sea más cercana a la de cine trash que del autor virtuoso que nos dio Insidious (2010). A decir verdad, parece que hay algo que se rompió en el autor con la llegada de Aquaman (2018) y no ha regresado, como deja ver su tercer acto, en el que realmente vemos que las intenciones desde un principio eran las que eran: adaptar su cómic Malignant Man al cine, como había anunciado hace unos años. Sus secuencias finales muestran el poso que ha dejado el cine de acción en Wan, con escenas de lucha feas que muestran la verdadera cara del film. En realidad todo esconde una historia de orígenes de un superhéroe oscuro, deforme, al estilo de Darkman (1990), solo que la ejecución es torpe y fea, parece que más bien esté haciendo su versión de Faust (2000) de la fantastic Factory.
No hay nada específicamente malo si te apetece una ración de serie Z con acción y sangre, pero da la impresión de que el larguísimo prólogo es una excusa, un intento de meter todo en el saco que esta vez no funciona. La idea del amigo imaginario que comete asesinatos, al estilo I, Madman (1989) convive con el muy previsible giro del hermano deforme, una evolución de Belial de Basket Case (1982) ) o una versión supervillanesca del Hideki de Evil Dead Trap (1988), que más que Cronenberg es muy Yuzna y más que Sisters (1973) de De Palma es The Manster (1959) o The Manitou (1978). Es divertido ver a Gabriel mover las manitas y luchar con su media cara malvada, pero quitando que la idea es delirante, James Wan no la convierte en algo realmente memorable, más allá de la sorpresa, hay algo que no acaba de cuajar. Maligno no es desdeñable y merece un aplauso por la idea atolondrada que intenta llevar a cabo, pero en el fondo no es más que un intento de tratar de adaptar un cómic grotesco con una coartada de thriller psicológico para el que Wan ni su guionista estaban preparados. Hay dos películas cosidas como dos siameses que tratan de seguir su camino y la operación es tan chapucera que ninguna de las dos es especialmente memorable y el conjunto solo puede mirarse como un admirable engendro.
Verano de terror en Netlix (2021) especial: De ‘Fear Street’ a ‘Red Blood Sky’
Julio es un mes dedicado a los grandes estrenos en salas de cine y blockbusters para toda la familia, pero también ha sido el mes elegido por Netflix para desplegar una buena cantidad de estrenos de terror para saciar la sed de sangre, asesinos, brujas, vampiros y sectas del fan del género. Comentamos, título a título, sus producciones originales que llegan al catálogo los próximos 30 días.
TRILOGÍA FEAR STREET
Fear Street: 1994 (2021) 75/100
Estreno 2 de julio
El divertidísimo inicio de la trilogía de terror de Netflix actualiza la famosa colección de libros de R.L. Stine para la era Stranger Things (2016-) sin llegar realmente a adaptar ninguno en particular. Más el primer acto de una gran película de seis horas, la historia que plantea es completamente nueva, pero tiene todos los elementos típicos de la literatura young adult del creador de Goosebumps. La ambientación de los 90 es un poco disimulado ejercicio de nostalgia no culpable, aprovechando su punto de partida para proponer una carta de amor a Scream (1996) con twist sobrenatural que funciona un poco como slasher, en el que no faltan muertes con bastante gore –muy sorprendente para estar dirigido a adolescentes– y película de terror cajón desastre, en donde caben maldiciones centenarias, poseídos y experiencias al borde de la muerte que guiñan el ojo a Flatliners (1990).
Este primer encuentro con la trilogía muestra un acabado algo televisivo que revela más un concepto de miniserie en tres piezas que de algo que pudiera estrenarse en el cine, algunos desajustes de postproducción y uso dudoso de la música de Marco Beltrami en ocasiones deja la impresión de prisas en el acabado. Pero la directora Leigh Janiak, que ha completado la trilogía completa, entiende los mecanismos del género como diversión despreocupada, con violencia irreverente y el uso de las canciones de la época con intuición e intencionalidad. Fear Street también añade elementos al material original, con ciertos detalles sobre clase y ocurrencias atrevidas que demuestra por qué el slasher juvenil de los 90 le debe mucho a series literarias como la homónima, captando las claves del género que ayudó a expandir Kevin Williamson, muy influenciado por las dinámicas del terror de instituto de Stine o Lois Duncan.
Fear Street 2: 1978 (2021) 90/100
Estreno 9 de julio
Con la segunda entrega de la trilogía basa en los textos de Stine queda claro que cada una de las películas no son sino la consecución de una misma historia dividida en tres actos que descubren distintos secretos de la maldición de Shadyside y Sunnyside, algo que incide en la idea de que, en realidad, puede verse todo el evento como una miniserie dosificada en píldoras de casi dos horas, una duración que podría hacerse pesada en un producto de estas características, pero que funciona como un tiro, en especial en este segmento ambientado en los 70. Fear Street parte 2 cuenta la historia de la superviviente que conocimos al final de la anterior, interpretada por Sadie Sink, haciendo a la anterior mejor, desarrollando la historia en el campamento Nightwing, el lugar de vacaciones para los jóvenes Shadysiders, donde las actividades al sol pronto se teñirán de sangre cuando uno de los residentes empieza a asesinar a sus compañeros.
En una clara reinterpretación juvenil de los slashers de la época dorada del género en campamentos de verano como Friday the 13h (1980), The Burning(1981) y Sleepaway camp (1983), Leigh Janiak ofrece un episodio brutal, mucho mejor terminado que 1994, aumentando los litros de sangre y, sorprendentemente, también de sexo, haciendo que el espíritu de final de década huela a borrachera nocturna, chustas a escondidas y sangre. Con un body count aún más generoso – incluido el tabú infanticida– y un ritmo incesante, la historia de la maldición se expande con elementos fantásticos de pura lógica Stine: apariciones, cuevas ocultas y misteriosas masas viscosas se unen a los asesinos posesos en la mejor entrega de la trilogía. Es uno de los pocos regresos al subgénero que realmente ofrece una fiesta sin arrugarse en último momento como la serie Dead of Summer (2016), sin guiños y humor que pretenda estar por encima del material que visita como American Horror Story 1984 (2019) o The Final Girls (2016). Además, de nuevo hay un genial uso de la música de la época con intenciones concretas, haciendo un eco brillante con cierta canción de David Bowie que hacen de este nudo un fantástico refresco de sangría en el cine de terror en el que parece que hasta sus creadores solo buscan pasarlo bien.
Fear Street 3: 1666 (2021)
Estreno 16 de julio
El capítulo final de la trilogía vuelve a utilizar el flashback para llevarnos a 1666 y mostrarnos el origen de la maldición de Sarah Fier revelando todos los secretos que cierran el círculo, haciendo de los tres episodios una historia completa sólida y llena de vasos comunicantes. En esta ocasión regresamos a Shadyshide cuando apenas es una colonia en la que empiezan a pasar cosas extrañas, siguiendo la pauta de los relatos clásicos de caza de brujas como El Crisol (1996), con la influencia inevitable de The Witch (2015) o la serie Salem (2014-2017). Esto da un cambio de pauta muy curioso, con algunos momentos realmente turbios para un film dirigido a público adolescente. Además, hay algunas sorpresas y la historia se cierra de forma bien entretejida junto al resto de líneas temporales, con una coda quizá menos sangrienta pero que logra cuadrar muy bien todos sus elementos y personajes para cerrar uno de los experimentos más estimulantes del cine de terror reciente, solo posible gracias a su vía de estreno en plataformas.
THE 8TH NIGHT (2021) 60/100
Estreno 2 de julio
Un trepidante bolsilibro de investigación criminal y fantasía oscura lleno de magia negra, chamanes, talismanes y poseídos, con algunos detalles inquietantes que la acercan al terror coreano sobrenatural que funcionan de forma desigual a causa de su factura modesta. La historia de un monje que tiene un pasado fue exorcista a la caza a un espíritu milenario que está poseyendo a humanos durante siete noches, buscando su octava víctima para desatar el infierno en la Tierra es dirigida y escrita por Kim Tae Hyung con eficiencia de K-Drama –a veces parece como una historia perdida de la serie The Guest (2018), pero con efectos especiales digitales que no están demasiado bien acabados– no hay nada especial en la puesta en escena pero logra mantener su historia siempre interesante, con una relación entrañable entre el monje y su alumno, pese a que algunas inclusiones, como un fantasma en busca de retribución, entorpecen la buena mezcla entre el thriller procedimental tradicional y el fantástico. Para incondicionales del pulp coreano y fans de The Wailing (2016) que quieran ver cómo su éxito se sigue perpetuando.
A CLASSIC HORROR STORY (2021) 60/100
Estreno 14 de julio
Una misteriosa producción italiana que Netflix definía como un cruce entre ‘Midsommar’ y ‘La matanza de Texas’ y que supone el regreso del país del pomodoro a lo que mejor sabe hacer: rescatar éxitos del cine de terror internacional e inventar la forma para replicarlos sin ninguna vergüenza aumentando las dosis de sangre y explotación. En este caso, la premisa no iba desencaminada, con un argumento arquetípico de cinco desconocidos que viajan por el sur de Italia para llegar a un destino en común. Cuando la caravana en la que viajan tiene un accidente, quedan atrapados en un bosque donde deben luchar desesperadamente para escapar.
Dirigida y escrita por Roberto De Feo, quien estrenó el año pasado Il Nido (2019), y Paolo Strippoli, A Classic Horror Story es un revuelto consciente de decenas de películas de terror recientes, pero que pone su mirada en el torture porn de la década pasada pero sin llegar a ser el despiporre de gore que promete, incluso con algunas muertes en plano general y un interés extraño en estilizar la imagen para crear paisajes de pesadilla a plena luz del día, con algunos añadidos de la cultura local, con muchos planos calcados a la película de Ari Aster pero con una irónica relectura de lo que significan las “sectas” en el sur de Italia. También ofrece un ángulo metacinematográfico un tanto pobre, jugando incluso con su identidad de película Netflix pero sin ningún comentario afilado que haga meritoria su extraña experiencia de desmitificación. Como un Frontieres (2008) aligerado y algunos elementos de terror de cultos sin llegar a desmelenarse nunca, da esperanza ver de vuelta el descaro del terror a la calabrese, pero parece demasiado encorsetado por una vocación de hacer algo más solemne de lo que le corresponde.
BLOOD RED SKY (2021) 50/100
Estreno el 23 de julio
La premisa de esta película de terror alemana no podía ser más interesante, una mujer con una misteriosa enfermedad se ve obligada a actuar cuando un grupo de terroristas intenta secuestrar un vuelo transatlántico nocturno. Para proteger a su hijo tendrá que revelar un oscuro secreto, y desatar su monstruo interior (que todos sabemos cuál es por las imágenes promocionales). Peter Thorwarth, director de la famosa The Wave (2008), hace una especie de híbrido entre Passenger 57 (1992) y el final de 30 Days of Night (2007), pero aunque la trama está bien llevada y no hay nada especialmente sorprendente o vibrante, aplicando una frialdad poco recomendable a un thriller de vuelos en peligro y terror. Su estética visual recuerda demasiado a las producciones alemanas para las tardes de fin de semana en el peor de los sentidos y no hay un desarrollo trepidante a lo Executive Decision (1996) o elementos de vampiros y terror que mejoren lo visto en Monster Squad (1987), cuando Drácula era transportado en un avión con resultados letales, The Night Flyer (1997) y el chupasangre de Stephen King que se desplaza en avioneta o el episodio piloto de The Strain (2014) que imitaba la llegada del Démeter a Whitby con un Boeing desolado. Sabe a poco, pero quizá la culpa sea de que la trilogía Fear Street le ha puesto el listón muy alto.
The Conjuring - The Devil Made Me Do It (2021) review: una sólida aventura satánica de los Warren
La temida ausencia de James Wan se traduce en un viraje de la saga hacia la investigación sobrenatural y la aventura satánica. El terror es más vulgar que las anteriores, pero el carisma de los Warren brilla como nunca en una secuela digna, con algunos detalles siniestros estupendos y un ritmo intrigante y sin pausa. No es recomendable ir con las dos entregas anteriores frescas en la memoria porque la bajada es prominente e inevitable, pero es una bienvenida huida hacia los márgenes que se pasa volando.
Nota: 70
Que Michael Chaves tenía muy complicado sustituir a James Wan es redundar en una idea que deberíamos haber digerido hace un par de años, cuando se anunció que el director de la sosa The Curse of La Llorona(2019) iba a encargarse de la nueva entrega de la saga troncal sobre la que flotan las demás, generalmente consideradas menores. Cuanto antes se acepte que es imposible acercarse a The Conjuring 2 (2016), una obra maestra de la composición expresionista que dominaba todas las posibilidades visuales y espaciales de la puesta en escena gótica, sin la voluntad de su mismo autor por superarse a sí mismo, más se disfrutará esta nueva secuela, que es plenamente consciente de la dificultad aparente de ir más allá.
El retiro de Wan –ya se juzgará su regreso al terror en Malignant (2021)– indica que en gran parte dijo todo lo que tenía que decir en el universo que aún tutela desde las sombras, por lo que hay cierto nivel de sumisión a una verdad clave: que ninguna de estas nuevas películas van a marcar el camino o reconfigurar el género del terror de ninguna manera, sino que se están dedicando desde hace mucho tiempo a seguir las sendas marcadas, echando alguna especia exótica que otra por el camino. De hecho, conviene no ilusionarse demasiado con las sorpresas, puesto que cuanto más nos acercamos al décimo aniversario del episodio original, más se diluyen las ondas de esa primera pedrada en el estanque de la cultura pop y más irrelevantes y miméticas se hacen sus herederas.
Por ello, no debe suponer ningún escándalo reconocer que esta The Conjuring 3 es peor película de terror que Annabelle: Creation(2017) y no mucho mejor que Annabelle Comes Home (2019), aunque siendo justos, no lo es porque no se plantea como un carrusel de sustos, apariciones y set pieces de terror, de hecho su mayor virtud es que se atreve a ir por otros derroteros, aunque a menudo tenga que justificar su escapada con algún peaje de jumpscares facilones que por fortuna no son demasiado abundantes. Afrontando un caso real algo turbio como para hacer mucha chanza sobre el origen diabólico de un asesinato real —el tema ético de todo lo relacionado con los Warren hay que dejarlo, si eso es posible, en la puerta de la sala– la película diluye su estructura en un juego de flashbacksy un juicio por asesinato con alegaciones religiosas que vuelve al punto de partida antes de la explosión del Conjuringverse, The Exorcism of Emily Rose (2005), de la que el guion de David Johnson sabe distanciarse centrando la trama en un enfrentamiento con más en común con The Wailing (2016).
Lo que quieran ver una adaptación más cercana en el tiempo del caso real pueden acudir a la nada desdeñable TV movie The Demon Murder Case(1983), la que puede considerarse como la primera película de los Warren, en donde la pareja, bajo otro nombre pero hasta con su museo de objetos malditos, se enfrentaba al exorcismo del niño y la posesión de su hermano de la manera más cercana al relato de Arne Cheyenne Johnson, que estaba interpretado nada menos que por Kevin Bacon. En The Conjuring 3 el proceso se aparta a un lado y nos centramos en el viaje del matrimonio por los aledaños del caso para descubrir una fuerza maléfica tremendamente peligrosa, tomando el molde de una investigación sobrenatural en la que las habilidades de medium de Lorraine serán clave, convirtiéndose en el Frank Black de Lance Henriksen de la serie con asesinos sobrenaturales Millennium (1996-1999), pero con un toque vintage y un enemigo que la emparenta con las películas del psiquiatra David Sorell, un precedente televisivo de Kolchak que se enfrentaba a satanistas y sus conjuros en títulos como Ritual of Evil (1970).
Pero no hay nada televisivo en la potente producción de The Conjuring 3, Chaves demuestra más nervio que en su debut y se apoya en una fotografía competente, secuencias al ritmo de Call Me de Blondie o incluso secundarios tan interesantes como el que interpreta John Noble. Hechizos escondidos similares a los de episodios de Supernatural (2005-2020), momentos que parecen sacados de Silence of the Lambs (1991) o incluso Doctor Sleep (2019), conforman una matriz muy diferente para el matrimonio Warren, que parecen vivir en las páginas de un tebeo de Marvel, de los de Gene Colan, y conforman ya una pareja icónica en su encarnación de Patrick Wilson y Vera Farmiga. Llenos de química, carisma mundano y nobleza naif, sus momentos de matrimonio veterano –geniales detalles de Lorraine dando por hechos los despistes de su marido– hacen que el motivo del film, tan explícitamente cursi y ausente de cinismo como el amor, funcione dentro de su microcosmos de grandes temas esenciales de la lucha entre el bien y el mal.
La impertinente comparación a las entregas anteriores nos recordará que no habrá grandes secuencias de miedo puro pero la banda sonora de Joseph Bishara consolida la atmósfera diabólica a lo largo del film y la aparición del Padre Gordon añade argamasa a un universo cinematográfico sólido, que supone un agradable espacio para el geekque busque su ración de terror y aventuras siniestras en un patio de juegos familiar y confortable. No es extraño que DC cómics haya creado una línea especial para tebeos como The Conjuring: the lover, una precuela en viñetas a la que seguro que siguen más misiones en este territorio de amuletos y reglas para la posesión, y puede que en ella estuviera la clave del contenido de la escena post-créditos que Chaves dice haber eliminado. Sería la conexión definitiva con los MCUs y DCUs de la gran pantalla, aunque sin ella ya parece casi un intento de reinicio de la franquicia.
No es extraño que algunas de las reglas de este episodio parezcan sacadas de películas como Hereditary (2018), que a su vez suponía un paso adelante en el terror de cultos, hechizos y demonios que sacudió Insidious (2010). Son las eras y las tendencias, pero el concepto de cine de marca Wan ya no posee la influencia de antaño y se encuentra en un final de ciclo, pero si Buffy, Mulder, Scully o los Winchester sobrevivieron años dando lo mejor de sí mismos a sus fans, no hay ningún impedimento para que no veamos envejecer a los Warren cazando demonios en el cine, porque si algo demuestran películas como The Devil Made Me Do It es que las grandes franquicias de fantástico sobreviven cuando su corazón bombea al ritmo de grandes personajes.
Army of the Dead (2020): la hermana idiota y con esteroides del remake de ‘Dawn of the Dead’
Zack Snyder combina muertos vivientes y atracos en una salvaje pero irregular recreación del espíritu de videojuegos como Dead Rising a la experiencia cinematográfica, con mucha acción, dramones, ritmo a trompicones, hectolitros de sangre, Zombies kung fu, orcos y unos cuantos arrebatos de mal gusto en una decepcionante vuelta al género del gran renovador del mismo en el siglo XXI, que luce como un directo a vídeo de 90 millones de dólares.
Nota: 55
En un momento clave del clímax de Dawn of the Dead (2004), de entre las masas de muertos vivientes, aparecía uno de ellos con un bidón de gas que los héroes habían lanzado, levantándolo como un atleta de halterofilia para que uno de los personajes pudiera disparar. En aquel momento, entre el frenético acontecer de escaramuzas, tiros, huidas y disparos, que cambiaron el género a partir del clásico de George A. Romero de los 70, ese pequeño detalle parecía casi un momento gracioso, el hecho de que entre los resucitados hubiera un hombretón, que seguramente ya daría miedo en vida, no hacía sino aumentar la sensación de que el contagio no entiende de clases, sexo, razas, tamaño ni profesión. Pero no dejaba de ser también un poco chirriante, casi naif, al parecer un ser monstruoso de otro tipo de película.
Cuando llegó 300 (2006) parecía que la anterior película la había dirigido otra persona, pero de alguna manera se forjó el Zack Snyder que todos conocemos ahora. Por supuesto, entre los ejércitos de Jerjes aparecía otro hombre gigante, monstruoso, usado como gran arma que tenía esa misma caracterización de fantasía épica que era presentado con la lógica de videojuego de “rival más grande”. Ahora, 17 años más tarde, Snyder vuelve al terreno de los zombies con Army of the Dead, no solo ignorando las mejores virtudes de su espectacular debut, sino que plagando la pantalla de esos uber zombies de fin de fase, tan grotescos que parecen descartes de una mala secuela a vídeo de algún éxito de taquilla, de esos que no entienden nada de lo que hacía especial a la original. Solo que aquí la secuela a vídeo es muy, muy cara. De hecho, es en esta película donde decide convertir a ese zombie jefe final en un Uruk Hai, concretamente el berserker “suicida” de Lord of the Rings, con su casco de metal y todo. Y ahora se explica mejor aquel primer grandote de su precoz obra maestra.
Pero el detalle de cambiar a los zombies por orcos no es tanto un problema como un síntoma. La evolución de Zack Snyder como cineasta se ha curtido a base de anabolizantes, uso arbitrario del slow motion y la cada vez más clara vocación de ser el sustituto natural de Michael Bay en Hollywood. Si al final de los créditos viniera firmada por el director de Transformers (2007) a nadie le sorprendería demasiado. Si el Snyder de 2004 hubiera empezado sus créditos con el Viva Las Vegas de Dead Kennedys aquí lo hace con una empalagosa versión de Karaoke con voz de Operación Triunfo o cantante en evento de la Super Bowl que acompañarán el resto de versiones con las que adereza de cuando en cuando las escenas. Las imágenes que acompañan esa cover son, por supuesto, en cámara lenta, una divertida orgía gore que tiene también parte de trasfondo de los personajes, pero que, más allá del salvajismo al que se atreve en esta ocasión, no son más que un remedo de los geniales títulos de Zombieland. No esperéis a Johnny Cash aquí.
Los créditos vienen precedidos de un pequeño prólogo en el que ya vemos las primeras carencias. Un chabacano momento que lleva a la liberación de un zombie que parece un luchador Wrestling. Zombies sin camiseta, zombies mazados. La tónica general del film. Un gusto de película de acción de televisión y protagonistas cortados por el patrón de comprobar quién tiene menos grasa entre fibras, con una descripción que hace que los personajes de Den of Thieves (2018) parezcan apocados. Los primeros minutos, llenos de tiros y gore, son un espejismo. Durante la primera hora de prolegómenos se desarrollan los planes de entrar a rescatar un dinero de Las Vegas con un par de subtramas dibujadas y la acción no empieza hasta que logran entrar, un poco al estilo de Escape from New York(1981), o más bien Doomsday (2008), pero cuyo mayor parecido a John Carpenter es en el maquillaje de la tribu de Ghosts of Mars (2001). Sin embargo todos los dibujos han sido difusos, parece que tampoco hubiera hecho ninguna falta, pero aquí estamos. Quizá lo más decepcionante es que se plantan detalles, como esos zombies “latentes” de los que el guion se olvida, que no llegan a utilizarse nunca.
A partir de ese momento, Army of the Dead se vuelve un blockbuster de estructura de libro, pese a que debería ser una misión contrarreloj. Alterna escenas de acción con lógica de shooter que no escatiman en disparos a la cabeza, sangre y todo el gore que se le puede pedir a un film de zombies, con parones de ritmo de drama familiar espeso y forzado, que no pegan nada con el supuesto tono divertido y macarra de la propuesta. En una de esas tramas toma prestada la idea de los muertos evolucionados, tan cuidadosamente presentada por George A. Romero película a película —esa idea que en el 2005 le valió agrias críticas de los aficionados— y trata de darles empatía y sentido de comunidad sin ningún tipo de preparación previa, dando unos cuantos momentos trash que podrían ser disfrutables si no se tomaran absolutamente en serio a sí mismos, dando lugar a los instantes más críticos de la filmografía del director. Espera a los que no acabaron de ver claro el parto de Dawn of the Dead.
Por cada buen efecto especial gore y géiser de sangre hay un maquillaje de monstruo de Buffy, Cazavampiros –la reina zombie principal parece de Night of the Demons 2 (1994)– o un tigre de CGI y la tónica general es el de querer ser la Aliens (1986) del cine de zombies. Tanto es así que se replican muchos, muchos, momentos de aquella como si su guion fuera ya una plantilla a la que el cliché del traidor que busca un ejemplar no lo hubiera visto nadie o, bueno, toda la parte final. Tampoco se corta en poner a su Vasquez latina con bandana roja, pero además tomando su arco paso a paso. “Homenaje” completo. También replica de forma idéntica el momento “zombie novia” de Land of the Dead y lo que el remake de Dawn of the Dead (1978) no utilizada, con el helicóptero en la azotea, sí que se pone aquí en el filo del tercer acto. El problema de apoyarse en tantos recursos no es que no sea demasiado original –podría ser un remake, final incluido, también de House of the Dead 2 (2005), que irónicamente se tituló en España Amanecer de los zombies– sino que se hace demasiado predecible, incluso morosa.
Army of the Dead trata de ser descerebrada, malota y edgy, pero su libreto no llega. La falta de James Gunn pesa tanto como sus parones sentimentales, pero su falta de ingenio y humor podría tener un pase si no tuviera esos detalles de ínfulas, ya sea por los insertos sociopolíticos aquí y allá, que por la simbología clásica, con ese Olimpo de los Dioses (literal) en el que viven los zombies instruidos, con el jefe bautizado como "Zeus”. Son esos momentos cuando Snyder se expone sin miedo, como cuando en Man of Steel (2013) quería emular la arquitectura de Krypton al stilo Giger, y por ello la civilización tenía cápsulas de escape en forma de dildo de sex shop. Resuta tan entrañable su forma de no entender del todo lo que está haciendo que parece que utiliza la canción de Cramberries Zombie, con su “and their bombs, and their bombs” y bien, “Zombie”, en cierto momento de la película en el que no queda claro si sabe que la canción trataba del IRA.
Los 90 millones de presupuesto de Army of the Dead no evitan que luzca como otra película Netflix más, con sobreabundancia de primeros planos que parecen consecuencia de cropear un 2.35:1 a un 1.78 : 1 que se alternan con generales bastante espectaculares, pero que no dejan de tener un look de cine hecho para tabletas y no para una gran pantalla, cerrando los planos en una fotografía lavada y vulgar que implementan la sensación de cine de usar y tirar y la separan aún más de la añorada Dawn of the Dead. Hoy ese espejismo de autor se sustituye por torpeza en la dirección de autores y la escritura, plagados de momentos de mal gusto que se agrían con cada nueva película. Una pena porque, el film es entretenido a pesar de sus arritmias y deja disfrutar sus ganas de transgredir a base de cubos de sangre, pero al mismo tiempo sabe todo a segunda mano, y más que el inicio de una nueva época para el género de los muertos vivientes parece más bien un cierre de círculo, enterrar para siempre una época de luces y sombras para un género explotado en cine y televisión hasta la desesperación. Puede que no haya una mejor manera de cerrar el epitafio con la obra que mejor refleja esa fatiga, con el reflejo casposo de la que sigue siendo, aún hoy, la obra insuperable del género en el siglo XXI.