Dicen que los ojos
se besan mucho antes que la boca.
Que hay miradas
que ya se eligieron antes de acercarse,
que se entienden sin tocarse.
Que a veces el deseo
llega primero
y el cuerpo solo obedece después.
Con nosotros fue así.
No hizo falta decir nada.
Lo supe en la forma en que me miraste,
en ese segundo quieto
donde el mundo se volvió pequeño
y todo lo demás dejó de importar.
No parecía nada.
Y era todo.
No un gesto exagerado,
ni una mirada intensa de película.
Fue algo más simple, más peligroso:
esa certeza silenciosa
de que si dábamos un paso más,
ya no habría vuelta atrás.
Y aun así, nos quedamos ahí.
Sosteniendo el momento.
Sin avanzar, sin retroceder.
Dejando que los ojos hicieran
todo lo que la boca
todavía no se atrevía.
Después vinieron los silencios raros.
Las conversaciones que parecían normales
pero cargaban algo debajo.
Las despedidas un poco más largas de lo necesario.
Porque cuando los ojos ya dijeron demasiado,
todo lo demás empieza a desacomodarse.
Tal vez por eso dicen
que los ojos se besan primero:
para explicar lo que no ocurre,
para nombrar ese tipo de besos
que solo pasan por dentro.
Pura maldad ❄️















