Cuando el sexo genera confianza con los amigos… 😈👌
Mike Driver
Not today Justin

Product Placement
Today's Document
Lint Roller? I Barely Know Her
Cosimo Galluzzi
RMH

⁂
Show & Tell

Andulka
DEAR READER
Cosmic Funnies
Claire Keane
we're not kids anymore.
Game of Thrones Daily
taylor price
YOU ARE THE REASON
2025 on Tumblr: Trends That Defined the Year

Discoholic 🪩
TVSTRANGERTHINGS

seen from United States
seen from United States
seen from Spain

seen from United States

seen from United Kingdom

seen from United States
seen from Türkiye
seen from Iceland

seen from United States
seen from United States

seen from United States

seen from Belgium

seen from Austria

seen from United States

seen from United States
seen from United States

seen from France
seen from United States
seen from United States
seen from Türkiye
@incantatem23
Cuando el sexo genera confianza con los amigos… 😈👌
Aporte con el siguiente mensaje “Maricon redemption de Quilicura, siempre alega q suben sus mismas nudes, asi q ahi teni las que me mandaste hace poco maricon jajaja”
Igual ese culito esta rico
Conforme siempre 💕😊
La última noche en Viña
Siempre me causó envidia la vida social del culiao de mi hermano. Lo conocían todos como el Gonza, un cabro bueno, amigo de sus amigos, de pocas pololas, pero fiel (al parecer) Como entró a estudiar derecho, era el favorito de la familia, todos lo creían tan perfecto, y de cierto modo lo era, pero yo sabía que este hueón tenía sus secretos, en especial cuando se juntaba con sus amigos, las que se armaban cuando eso pasaba.
Todos los veranos, junto a sus amigos, arrendaba un departamento en Viña por varias semanas, pero este año fue distinto. Uno de sus más cercanos se bajó a última hora, así que me invitaron a mi (supongo que solo para cubrir la cuota). La dude harto fijate, no conocía mucho a sus amigos, pero era eso o quedarme en la casa aburrido,
Mis amigos se habían ido de vacaciones y no es que tuviera muchos, era un loser o así me sentía, siempre en segundo plano, siempre a la sombra del Gonza, no es que me cayera mal, teníamos una buena relación, pero tampoco lo sentía como un hermano mayor al que podía contarle todo, en especial mi secreto. De chico incluso sentí que ser gay era una forma de castigo, quería ser “normal”, como mi hermano, tan equivocado.
Mi vieja me prestó plata, supongo que tampoco me quería de vago todo el verano.
Ese mismo día partimos al terminal, allí nos juntamos con su polola, la María José, una niña más simpática que linda. Ya llevaban como un año y medio, iba sería la cosa, yo la amaba porque era seca, creo que fue una de las razones porque terminé yendo, siempre podía terminar hablando con ella sobre música, cine, series o cualquier cosa.
Pasaron los minutos y llegaron los demás. Primero el Nacho con su polola, la nueva, ni recuerdo su nombre, luego apareció el Pepé con una mochilita súper chica, era gracioso este tipo, en especial cuando se curaba, súper jugoso. Después el Rodri, el mejor amigo de mi hermano con su polola y al final el Javier. ¿Cómo te describo al Javier? Era como un hippie zorrón, pero sin ser zorrón (usaba un manbund), de cara tosca le adornaban los ojos verdosos más comunes que he visto, pero combinaban tan bien con su pelo castaño. Era de los que saluda de “hola perro”, pero te juro que no era zorrón, todo lo contrario, llegó con short de buzo, aunque hacía frío esa tarde.
Nos subimos al bus y a mi, por suerte, me tocó con el Javier, aunque en ese momento no lo creía así, te explico: soy más tímido que la chucha, me produce ansiedad terrible hablar con gente que no conozco mucho, ¿pero don Javier? oh hueón, después lo agradecí. Me senté a su lado y me puse los audífonos, a modo de barrera, a los 5 minutos me preguntó que escuchaba, le mostré la pantalla de mi celular, era “Los Bikers” de Dënver, me comentó que no los conocía y le ofrecí un audífono, escuchamos juntos por largo rato.
“Su cuerpo era gigante sobre mi…”
Era tan agradable y aunque hablaba puras hueás que no me interesaban, lograba cautivarme con su labia. Me conversaba de cosas políticas, qué “piñera culiao”, qué había que votar por la Bea, la verdad no le prestaba mucha atención al contenido, solo lo observaba y decía “sí, hueón, toda la razón”. Amé que fuera tan apasionado con todo, porque la verdad, yo no sentía esa pasión por nada, solo por el porno, la paja y el pico, muy monotemático, lo sé.
Llegamos al depa como a las 10 de la noche, luego de caminar unas cuadras de la estación. Estábamos en el tercer piso. Habían tres piezas, dos de ellas fueron ocupadas por las “parejas” y nos dejaron una para los tres: Yo, el Javier y este loco del Pepé. Por suerte había un camarote y un sofá cama de esos de esponja, yo me quede con la cama de abajo, el Javier arriba y el Pepe en el sofá cama.
Fuimos a la botillería con el Javier para comprar las cosas para la noche. Hablábamos sobre la vida y era maravilloso, porque te hacía sentir especial, como que sentía que le contaba puras hueás fomes, pero para él, en ese momento era lo máximo. Me contó que estudiaba periodismo, pero tuvo que congelar, al menos por un año, así que por mientras trabajaba. Piola. No tenía polola, había terminado una relación de 6 años hace poco. O sea solo había pololeado una vez, creo que Javier tenía unos 23 cuando lo conocí, así que el pobre no había estado con nadie más desde que eran un adolescente.
Regresamos al depa y comenzamos a tomar de una, bendito vodka que me ayuda a sacar algo de personalidad. Pero, no duré, me bajó el sueño terrible brigido como a las 2 am, no quería irme acostar, en especial porque ya el Pepé se había quitado los pantalones y se paseaba en slip por todo el depa, se notaba que le gustaba lucir el bulto, sobresalía.
A pesar de la linda escena, me fui a acostar. Caché que estos weones siguieron como hasta las 5am, Pepé ni durmió en la pieza, se quedó acostado en el sofá del living. Sentí llegar al Javier apenas, le costó subir, y al menos sus pies quedaron colgando, se acostó con ropa y todo. Fue gracioso verlo así, primero tan compuesto, tan maduro y ahora tan ebrio y tirado.
Obvio que también fui el primero en despertar, me duche, ordené un poco y fui a comprar para hacer el desayuno. Llegué y toda la tropa seguía durmiendo, cuando tosté el pan y freí los huevos, fueron llegando de a una. Pepé seguía en sus slip, nadie le dice nada, mejor. Javier fue el último en llegar, apenas se podía los ojos, le serví jugo y solo me sonrió.
TERMINA DE LEER AQUÍ
Relatos eroticos chilenos, 100% reales 🍆🍆
Su reblogeo es mi sueldo.
Cada domingo un nuevo relato a las 21:00 hrs.
¡Estamos culiando para usted!
Lista de relatos.
PARTE I
Nombre: Nicolás. Edad: 25 años. ROL: pasivo protagonista. Tipo: Varonil. Experiencia: 12 años de sexo, con cartas de recomendación y experie
soy de esos jóvenes calientes por naturaleza, de esos que no pueden pasar más de una semana sin tener sexo, soy soltero y hago lo que quiero
(Esto ocurrió el 2012) Cuando mi familia decidió ir nuevamente a arica de vacaciones lo primero que hice fue intentar buscar otro panorama c
Si me muero, me puedo morir feliz, he cumplido muchas fantasías sexuales, les contaré algo que parece mentira o difícil de creer, pero les c
Amigos hace algún tiempo descubrí una mina de oro, se llama felipe, lo describiré físicamente: flaco, debe medir como 1.81 (porque es un poc
Esta historia pasó hace menos de un año, soy asiduo a grindr y mi nick siempre refleja mi gran cualidad 🍑. Una noche muy tarde me habla un
He hecho un par de tríos. No me matan, y no he tenido experiencias tan bacanes, sin embargo la que les narraré estuvo muy rica. No sé cómo l
Recuerdo que tenía un examen muy complicado al día siguiente en la universidad y no me iba a ir bien, decidí no asistir al examen y consegui
tuve la oportunidad de viajar a Buenos Aires a un congreso de mi carrera, la actividad duró 4 días y yo iba por 5, en el último día, no agua
Estaba de vacaciones en la serena y fui a la disco arcángel,disco gay de la zona, en la cual baile, fumé y tomé bastante, el alcohol nos vue
En Línea, parte 4: Pensamientos
Parte 1, Parte 2, Parte 3
Las calles de Liquime estaban vacías a esas horas de la noche. Un perro cruzó de un lado de la acera al otro, y se acurrucó en el pasto del jardín de la primera casa de la derecha. Daniel y Jaime caminaron por el medio de la estrecha calle, por donde hacía horas ya no pasaba ningún vehículo motorizado.
Al llegar a la casa de Daniel, Jaime apoyó el hombro en el marco de la puerta de entrada.
—No hagas mucho ruido —le advirtió Daniel, abriendo lentamente la puerta. Ingresaron a la casa y Daniel pensó en decirle que tomara asiento en el sillón del living mientras iba a su pieza a buscar las llaves de Jaime, pero no lo hizo—. Ven, pasa —lo invitó.
Daniel caminó lentamente, intentando no delatar su ansiedad por volver a tener a Jaime en su habitación. Abrió la puerta de su pieza e ingresó, buscando las llaves. Tiró del cajón del velador y sacó el manojo de llaves que la noche anterior, su nuevo amigo había puesto en su garganta.
Se dio la vuelta, y vio que seguía de pie, apoyado en el marco de la puerta.
—Que vergüenza —dijo Jaime, en un susurro.
—¿Por qué? —preguntó descolocado Daniel, y sintió un vuelco en el corazón.
—Por lo de anoche —respondió después de dar un suspiro—. Te hice eso —refiriéndose a la “amenaza”—. No debí hacerlo —estaba arrepentido.
—No importa. Ya está —lo tranquilizó Daniel—. No tienes que preocuparte.
—Pero es que fue feo —Jaime se acercó—. Me siento pésimo.
Daniel le dio un abrazo apretado, para tranquilizarlo y darle a entender que ya no tenía importancia.
—No te sientas así. Solo estabas… desesperado —le dijo, separándose un poco de él y quedando a pocos centímetros de distancia.
Se miraron a los ojos, aunque ambos bajaban intermitentemente la mirada, sin decir palabra alguna.
—Gracias —dijo finalmente Jaime, con una sonrisa inocente.
Daniel tomó la mano derecha de Jaime y la acarició. Sintió la piel suave en sus dedos, y la levantó para que quedara a la altura de sus rostros. Con la izquierda puso las llaves de Jaime en su mano, y la cerró en un puño, cubriéndola con sus dos manos.
Jaime sonrió por la curiosa forma que tuvo Daniel de entregarle las llaves.
—Ya es tarde —dijo finalmente el muchacho de rulos.
—Si… —aceptó con pesar Daniel, que quería prolongar el momento juntos.
—Fue una buena noche, ¿cierto?
—Si —Daniel sonrió recordando todo—. Gracias por llevarme a pasear.
—Cuando quieras —Jaime sonrió de vuelta—. Si quieres volver a salir me llamas nomas.
—Si po, obvio —Daniel recordó el momento en que guardaron sus números en el teléfono celular del otro, y sintió un fuego en su interior al pensar en los nombres que habían escrito. Dany y Jaimito.
Jaime se despidió de Daniel, y dio media vuelta para salir de la habitación.
—Espera —Daniel no quería que se fuera aún, pero no sabía qué decirle para que se quedara. Miró al escritorio y dijo lo primero que se le vino a la mente al ver su notebook—: ¿tienes MSN?
Jaime se rió
—Obvio que si. Si aunque el pueblo sea chico no quiere decir que vivamos en las cavernas.
Jaime tomó una lapicera del escritorio, que estaba al lado de una libreta, tomó la mano derecha de Daniel, y escribió en su antebrazo su dirección de correo electrónico.
El corazón de Daniel se aceleró, pero de todas formas no se atrevió a hacer nada más.
—Háblame —ordenó Jaime, con un dejo de ternura. Se dio medio vuelta y salió de la habitación.
Daniel quedó a solas en su habitación, con el corazón latiéndole a rabiar. Se sentó en su cama, aún sin creer la emocionante noche que había tenido. Pasó la lengua por sus labios, para humedecerlos, y se levantó de un salto para asomarse a la ventana. Pudo ver que Jaime iba caminando calle abajo rumbo a su casa, y que antes de doblar en la cuadra de más abajo, se volteó y sonrió al verle devolviéndole la mirada. Daniel le hizo una última seña de despedida y volvió a sentarse en su cama.
Estaba confundido y no sabía exactamente como sentirse. Nunca se había sentido atraído por un chico antes. De hecho, se consideraba heterosexual hasta el momento. Pero Jaime era algo diferente. Cuando lo veía sentía la misma sensación de alegría que le provocaba ver a la chica que le gustaba en la universidad, pero no podía evitar preguntarse ¿está bien esto?
Después de mucho meditar entre si estaba bien o mal, decidía que no le importaba si estaba mal, y que se atrevería a hacer lo que sus sentimientos le dictaban. Pero entonces surgían otras dudas. ¿Será mutuo?, ¿será seguro?
Y entonces Daniel por primera vez se sintió vulnerable. Si bien él era bastante atractivo, en más de alguna ocasión se sintió inseguro sobre si lo que él sentía por alguna chica sería correspondido, pero incluso si no lo fuera, sabía que la chica no reaccionaría de forma violenta, o al menos no de una forma que amenace su vida.
Ahora era distinto. Jaime no le parecía alguien violento, pero aún así, sabía que al sentirse incómodo o atacado podría reaccionar de forma inesperada, e incluso violenta, lo que le hizo sentir un poco de pena. No por él, sino que por todos aquellos que nunca se atrevieron a decir lo que sentían por temor.
Se quitó la ropa y se acostó boca arriba en su cama, y siguió meditando. Después de unos minutos se dio cuenta de lo lejos que había llegado con sus pensamientos. Había pasado de la alegría de estar conociendo a una persona que lo hacía sentir vivo, a la rabia que le provocaba las injusticias sociales.
—Baja un cambio —se dijo en un susurro, y luego se rió. Volvió a pensar en Jaime una última vez, y pasó su dedo índice por su antebrazo, donde había escrito su dirección de correo electrónico. Cerró los ojos, y con una sonrisa en su rostro, se quedó dormido.
Jaime caminó por las calles del pueblo, con la imagen de Daniel en su mente y una sonrisa en su boca. A ratos mordía sus labios al recordar la cara de nerviosismo que puso cuando lo sorprendió mirándolo, o cuando le pasó las llaves.
Abrió la puerta de entrada de su casa y entró con sigilo, para no despertar a su madre, que de seguro ya estaba durmiendo. Sus hermanos estaban sentados en el sillón del living, viendo una película de terror en el cable con el volumen bajo, mientras comían galletas.
Les dio las buenas noches a sus hermanos y se fue a la habitación, donde apenas cerró la puerta, se desvistió y se acostó.
El corazón le latía a mil. No por la larga caminata, sino por los sentimientos que albergaba. Aún le dolía pensar en lo que había pasado con Katia la noche anterior, pero a pesar de eso, Daniel lo había ayudado a apaciguar el dolor.
Siempre pensó que si tenía una desilusión amorosa, otra chica sería la encargada de ayudarlo a superarlo. Nunca pensó que sería un amigo el que lo hiciera, y menos uno recién conocido.
Pero, ¿era realmente su amigo?. Y si lo era, ¿era solo eso?
“Por supuesto que es solo un amigo”, pensó. No podía pensar en Daniel de otra forma más que como un amigo. “¿Cierto?”. Por más que sonriera al pensar en él, y lo mucho que le gustara su sonrisa. Por más que se le acelerara el corazón cada vez que sabía que lo vería, o al recordar los momentos que compartieron. Por más que sintiera que la conexión entre ambos era exquisita, y la tensión sexual era innegable. Por más que pensara que su cuerpo era perfecto, y comenzara a deslizar su mano por debajo de la tela del bóxer al recordar el momento en que lo vió desnudo.
A pesar de eso, no podía verlo más que como un amigo.
¿Cierto?
XXI. Una última cita
Para ver la lista completa de capítulos, haz click aquí.
–¿Cómo estás, negro? –preguntaron los ojitos apiscinados con voz calma. –Bien. ¿Y tú? –Bien, bien. Pasa.
El departamento estaba más desordenado que antes. Los platos sucios se acumulaban en la cocina, las mesas y en el living. El aire tenía olor a humedad y sobre los sillones había varias bolsas con ropa.
–Estaba vaciando los clósets, a ver de qué me puedo deshacer –dijo Sr. Cuico. –Ahmm –respondí. –¿Tienes hambre? –Un poco, pero tranqui. –¿Vienes con bajón? –No. Estoy bien. –Déjame hacerte un pan que sea –insistió Sr. Cuico. –Bueno –acepté.
Corrí una de las bolsas y me hice un espacio en el sofá. Sr. Cuico sacó del refrigerador unos potes con queso y jamón y se puso a hacerme el sándwich. Después abrió el freezer y sacó unos bolsas de fruta congelada, picó unos trozos y los echó a la juguera. Mientras me daba la espalda y el ruido del artefacto inundaba el lugar, yo posé mis ojos en cada rincón del apartamento. Insistí en distintos ángulos y perspectivas, y a medida que iba obteniendo detalles interesantes, los anotaba en mi celular.
El disfraz de caballero.
–Pensé que ya no me volverías a hablar –dijo Sr. Cuico desde la cocina. –Sí. Yo también…
–Escucha al infeliz animal…
–¿Has estado bien? –siguió el dueño de casa. –Sí, mejor. ¿Y tú? ¿Encontraste pega? –Estoy en etapa de entrevistas. Me llamaron de una empresa gringa muy importante… no puedo adelantarte nada, pero es una muy prestigiosa. Si me resulta, probablemente empiece a aparecer en la tele y hasta tú me vas a tener que ir a entrevistar, jajaja –rió Sr. Cuico. –¿Ah sí? –Sí. Ha sido un proceso súper largo eso sí…
–Aquí va de nuevo, con su patética verborrea entrenada durante años. ¿Acaso no se da cuenta?
–Buena… –le dije. –¿No me vas a preguntar qué empresa es? –preguntó Sr. Cuico. –¿Y para qué? Si prefieres mantenerlo en secreto. –Jajaja, te estoy molestando –dijo riendo. –… –Es para Tuber. Así que ojalá resulte.
–No lo soporto. Díselo ya, de una buena vez.
Los miedos.
Sr. Cuico se acercó y dejó el pan sobre un plato en la mesa de centro, me pasó el vaso de jugo en la mano y luego corrió unas ropas para sentarse a mi lado.
–¿Por qué no respondías los mensajes, Rey? Me tenías preocupado. –No pensé que fuera necesario –contesté. –¿Por qué? –Porque… básicamente… ¿terminamos?
–¡Falso! ¡Descubrimos tus mentiras, idiota! ¿Acaso no se te pasó esa posibilidad por la cabeza?
–Es justo. Lo entiendo, Rey… –…
El perfume de Sr. Cuico se sentía más fuerte que de costumbre. La fragancia envolvió cada palabra emitida por su boca en un tono dulce y pacífico. La cabeza me empezó a doler y el nerviosismo hacía que mi lengua se pusiera lenta y traposa.
–Vamos, pregúntale. Acorrálalo y pregúntale por qué te mintió en todo.
–Bueno, cuéntame. ¿Qué andas tramando ahora, malulo? –preguntó Sr. Cuico, mirándome fijamente. –Nada. Iba pasando por aquí porque me iba a juntar con un amigo. –Mish. ¿Qué amigo? –No lo conoces. –¿Un pinche acaso? –Qué importa eso…
–Sucia víbora. ¿Quieres sus nudes para esos álbumes que coleccionas de todos los gays de Chile?
–Te ves un poco decaído. ¿Estás seguro que estás bien? –volvió a preguntar Sr. Cuico. –Me duele un poco la cabeza, nada más. –Pucha, creo que no me queda paracetamol. –Tranqui, si da lo mismo. De ahí paso a comprar.
–No compraremos. Le diremos a Mono que nos cure el sufrimiento con sus técnicas de doctor.
¿Dónde estás, Mono?
Nos quedamos callados por unos segundos. Bajé la mirada y me quedé pegado en sus rodillas, cuyos vellos rozaban mi pierna en una fricción demasiado tensa para dos personas que alguna vez se quisieron. Sr. Cuico esperó un rato antes de continuar.
–Rey… ¿qué me quieres decir? –preguntó el chico rubio. –¿Cómo? –No creo que hayas venido a mi casa sólo para saludarme… ¿o sí?
–¡Por supuesto que no, imbécil! ¡Tengo todos los papeles impresos en su mochila para tirarlos en tu cara! ¡Jajajajajaja!
Sr. Cuico acomodó un brazo y lo extendió en el sofá para abrazarme. Acercó sus ojos a los míos y luego alzó una mano para hacerme una caricia en el rostro. La nostalgia abofeteó mis sentidos como un ataque súper efectivo de Pokémon. Él era un Gyarados empedernido y yo un pobre Geodude jugando a ser un Milotic.
–Rey, yo… –intentó continuar Sr. Cuico. –…
–Vamos al baño.
–¿Puedo pasar al baño? –pregunté. –Obvio, Negro. Sube al mío eso sí, el de visitas tiene el lavamanos malo. –Ok.
Tic-tac, tic-tic-tac.
Subí las escaleras deprisa y me encerré en el baño de la habitación de Sr. Cuico. El corazón volvió con sus latidos sincopados de tic-tac tic-tacs y me senté en el wáter a esperar a que se me pasaran, aunque no tenía ganas de hacer nada.
–Rápido, avísale al Mono que nos pase a buscar acá. Puede que fracasemos en la misión.
Saqué el celular del bolsillo y le mandé un mensaje al Mono. “¿Te falta mucho? Estoy casi listo. ¿Me puedes pasar a buscar?”. Adjunté la ubicación y esperé la respuesta. “Ya, ok. Mi papá quiso pasar a comer eso sí, como para celebrar. Apenas terminemos te aviso qué onda”.
–Extraño mucho al Mono. Él al menos no nos miente.
El baño de Sr. Cuico lucía limpio. Sobre el lavamanos tenía un sinfín de productos de belleza y me puse a leer la etiqueta de algunos como para hacer tiempo. Me subí los pantalones, tiré la cadena y me sentí un poco mal por botar agua sin siquiera haberla usado. Mi nariz estaba congestionada y saqué un poco de confort para sonarme. Sniff sniff. Cuando fui a tirar el papel al basurero, vi un envase de tintura para cabello utilizado hace poco. El olor de los químicos aún podía atravesar el plástico del envoltorio. Era una tintura para cabello rubio.
–¡Ja! Ni siquiera puede evitar mentir en su color de pelo, pajarito…
Salí del baño y Sr. Cuico estaba sentado en su cama. Estaba leyendo unos papeles y los dejó de lado para preguntarme si estaba todo bien. “Sí, Cuico, tranqui. Me siento medio mareado no más”, le respondí.
–¿Estás seguro que te vendrán a buscar acá, Rey? –Sí. Vamos a ir al cine –le dije al hombre encorvado. –Bueno… –… –¿Te quieres acostar un rato? –preguntó Sr. Cuico. –No creo que sea buena idea –dije con voz seria. –No te haré nada, Rey. Duerme una siesta si quieres y te despierto en un rato.
–Dormir no suena tan mal. Así matamos el tiempo mientras llega Mono.
–Bueno. Ok –accedí.
La noche es nuestro hogar.
Me quité los zapatos y me acosté mirando hacia la pared y de espalda hacia Sr. Cuico. Pude sentir cómo los tic-tacs se hacían cada vez más fuertes e incluso escuché cómo las gacelas comenzaron a galopar mucho más rápido en las praderas africanas. Parecía una caña de jale, como cuando intentas quedarte dormido de forma desesperada y sin éxito. Pero esto era mucho más profundo que un simple polvo blanquecino lleno de químicos estrafalarios: esta era caña de tristeza, dolor y engaño.
–¡Debes decírselo! ¡Grítaselo ya, en el oído, para que llegue a quedar sordo de tanta confusión!
–¿Por qué soy tan malo hablando? –¿Ah? –dijo Sr. Cuico. –Soy mucho mejor escribiendo las cosas.
–Hay cosas que nunca van a cambiar, pajarito.
–No te entiendo, Rey –dijo Sr. Cuico. –Filo, no importa.
–Llama al Mono, rápido. Es urgente.
Fui a la opción favoritos de mi celular. Marqué el número de Mono, pero no contestó. Después me di cuenta que aún tenía agregado a Sr. Cuico en esa sección, así que lo borré. Mantuve los ojos cerrados y me quedé así, entre dormido y muerto, esperando paciente una llamada que nunca llegaría.
–¡Debes hablar, pajarito! ¡DEBES HABLAR!
Las manos de Sr. Cuico comenzaron a hacerme cariño en la cabeza. Los tic-tacs del miocardio se agitaron aún más, pero dejaron de ser tan ansiosos y pueriles, generando la ilusión de entrar en un compás simple y bien construído. La angustia seguía su curso como bolo alimenticio por todo mi tracto digestivo, a la vez que la serotonita –tan desgastada y mal cuidada– intentaba estabilizar las reacciones químicas que a esa hora ocurrían en mi cerebro.
–Me gustaba cuando me hacías cariño en la cabeza. –Lo sé, Negro –respondió Sr. Cuico. –Lástima que esto vaya a terminar tan mal. –¿Cómo, Rey?
La erección de Sr. Cuico no desaparecía a pesar de mi silencio. Abrí un poco los ojos y recibí la vibración de un whatsapp. Era un mensaje del Mono diciendo que ya no se sentía seguro de esto, que necesitaba un tiempo para pensar las cosas. En ese instante, mientras los dedos de Sr. Cuico aún estaban enredados en mi cabello, Mono tomaba la decisión de irse a culear con un muchacho X que vivía por Pirque, a quien también conoció hace un tiempo por Facebook.
–¡Ay, mi pajarito! Tan pequeño y ya te obligan a volar sin plumas.
No quería un novio para expiar las culpas. Sólo un tipo que me recogiera y me dejara llorar un rato en su hombro. Tal vez uno que otro besito loco con sabor a moco salado. Pero bueno, ahí estaba, con el fusil por la espalda, los párpados mojados y muy cerrados para no dejar caer ni una gota más; y su sombra, su enorme insolencia sin el más mínimo titubeo, amenazando con infectar cada una de las células de mi cuerpo. Quizá debí haber pedido un Uber. Todo habría sido mucho más rápido.
–Estoy contigo, pajarito. Estoy contigo.
CONTINUARÁ…
Todos los veranos mi familia se va a la Serena por unas semanas, pero este año me dio paja, así que me quede solo durante dos semanas, ya había terminado la U por ese semestre, así que no tenía ninguna preocupación. Mi vieja me contó que en esos días iría el Rodrigo, el hijo de un conocido que le arregló el auto a mi papá, el cabro tenía 19 y necesitaba una pega, eran bien humildes, así que lo contrataron para que hiciera unos arreglos piolas a la casa.
Termina de leer sin censura aquí
Pico a domicilio
Mañana volvemos con un nuevo relato. Al fin.
🇨🇱
Rico
El Huaso: Lista de capítulos
Capítulo 1: Noche de Estudios Capítulo 2: La Balsa Capítulo 3: La Hacienda Capítulo 4: El Río Capítulo 5: El Otro Capítulo 6: Sergio Capítulo 7: La Primera Vez Capítulo 8: Reencuentro Capítulo 9: Curiosidad Capítulo 10: Vuelta a Clases Capítulo 11: Pidiendo Perdón Capítulo 12: Reconciliación Capítulo 13: Amigo Gay Capítulo 14: Cambio de Roles Capítulo 15: Jockstrap Capítulo 16: La Cena Capítulo 17: Bryan Capítulo 18: Confesiones, Fantasmas y Sorpresas Capítulo 19: Noche de Emociones Capítulo 20: Cumpleaños Feliz Capítulo 21: Fuera del Closet Capítulo 22: Sueños de Modelo Capítulo 23: Cambio de Planes Capítulo 24: Primos Capítulo 25: Fantasías Capítulo 26: Alarma Capítulo 27: Trío Capítulo 28: El Último Beso Capítulo 29: Tesis Capítulo 30: El Regalo Capítulo 31: Flu Capítulo 32: El Escritorio Capítulo 33: Victoria Capítulo 34: La Verdad Capítulo 35: El Deseo Capítulo 36: Cabos Sueltos Capítulo 37: El Grito Capítulo 38: Mari Capítulo 39: Rumor Capítulo 40: Práctica Capítulo 41: El Aniversario Capítulo 42: El Fin Especial Navideño
El Diario de Larry: Navidad
El día jueves 22 de diciembre desperté a las 6:30 am con la alarma que había puesto el Bryan. Él estiró la mano para tomar el celular y apagarla, y luego me dio un beso en la frente. Levantó las frazadas para poder levantarse, y yo intenté rodear su cuerpo con mis brazos.
—Quédate un ratito más —le rogué—. Hace frío.
Él se rió y volvió a acostarse conmigo.
—Cinco minutos nomás —advirtió, y buscó mis labios para besarme, antes de abrazarme con fuerza.
Sentí su piel caliente a través de nuestros pijamas. Ambos teníamos cierta intolerancia al frío, así que dormíamos con ropa interior y una polera. Pasé mi mano por debajo de su pijama, y acaricié su espalda, antes de disponerme a seguir durmiendo.
Al cabo de cinco minutos, el Bryan se levantó definitivamente. Abrí los ojos por un par de segundos, y lo vi de espaldas, cepillándose los dientes frente al espejo del lavamanos. Cruzamos miradas a través del reflejo. Le sonreí adormecido, él me lanzó un beso silencioso, y yo volví a quedarme dormido.
—Nos vemos en la tarde. Te amo —me dijo el Bryan despertándome para despedirse. Me besó en los labios y se dio la media vuelta para salir de la habitación. Me quedé a solas y volví a dormir otro rato más.
Cerca de las 9:30 volví a despertar, pero esta vez definitivamente. Me levanté, me bañe y bajé a tomar desayuno.
Cuando el Bryan llegó a Chiloé en marzo, hizo un reemplazo de dos meses en urgencias, y luego se liberó una vacante en UCI, donde quedó trabajando de día. Yo en cambio, seguía haciendo turnos en urgencia.
En el hospital apenas nos veíamos, ya que estábamos en áreas diferentes y en modalidades de trabajo distintas, pero cuando coincidíamos en horarios (yo haciendo turnos de día) almorzábamos juntos.
—No puedo creer que estén juntos —me dijo la Caro, mi compañera de turno cuando se dio cuenta que nos tomábamos de la mano durante uno de los primeros almuerzos que compartíamos después de que el Bryan se fuera a UCI.
—¿Por qué? —le pregunté un poco confundido por su comentario.
—Por tonteras nomas. Es que la Leti, de la UCI me había dicho que había llegado el medio mino a trabajar al piso. Y uno tiende a asumir que un mino es hetero a no ser de que se indique lo contrario —explicó ella, y el Bryan se puso rojo.
—¿Te ha tratado bien la Leticia? —le pregunté al Bryan.
—Es simpática —respondió él, escueto, aún sonrojado. Ese mismo día al llegar a la casa, el Bryan me contó que ya le había contado a la Leti de nuestra “relación”, que si bien ella no se le había insinuado directamente, sí habían estado conversando casualmente y el tema salió espontáneamente. Actualmente, después de nueve meses ambos se hicieron muy amigos.
Mientras tomaba desayuno en el comedor, me quedé pegado mirando el árbol de navidad, que estaba cruzando el marco de la puerta que daba a la sala de estar.
—¿Cuándo se va a visitar a su familia, Larry? —me preguntó la Señora Cecilia, entrando al comedor por la puerta de la cocina. La dueña de la casona nos había permitido arrendar una pieza con dos camas individuales para que viviéramos con el Bryan. El precio que nos cobraba era demasiado conveniente, y solo quedaba a quince minutos del hospital en bicicleta. De todas formas, le ayudaba en todo lo que podía ahí en la casona, como había hecho cuando llegué mochileando a la Isla Grande. Me cambié de vuelta con ella, ya que en la pensión donde estuve los primeros meses de trabajo, que estaba a cinco minutos a pie del hospital, no me permitieron alojarme con el Bryan pagando lo mismo, aunque estuviéramos compartiendo la cama individual, así que arrendó una pieza contigua, pero luego la dueña de casa nos quiso aumentar el arriendo, argumentando que sería igual con todos los inquilinos; comprobamos que no era así, solo nos quería fuera por nuestra relación, asi que nos fuimos de ahí. La Señora Cecilia nos recibió con los brazos abiertos y no se mostró incómoda por nuestra relación sentimental.
—Mañana temprano nos vamos —le respondí. Ese día jueves era el último que trabajaba el Bryan, y yo entraría a mi último turno esa tarde a las ocho, y saldría a la mañana siguiente. Teníamos planeado tomar el avión en Puerto Montt a las 11:40am con rumbo a Antofagasta. Yo había pedido a mis colegas que me cubrieran un par de turnos y yo los retomaba cuando quisieran, en año nuevo inclusive, y ellos, entendiendo la distancia que me separaba de mi familia, accedieron.
Durante la tarde ayudé a la Señora Cecilia en la casona, recibiendo veraneantes y atendiendo sus necesidades. El Bryan llegó cerca de las seis de la tarde, y me saludó con un beso y un abrazo.
—¿Estuviste todo el día aquí trabajando? —me preguntó.
—No, dormí un poco en la tarde —mentí. No le gustaba cuando me iba a trabajar habiendo estado despierto todo el día porque se preocupaba por mi cansancio.
—¿Hiciste tu bolso? —cambió de tema, y sonrió con emoción.
—No, ahora lo haré —le respondí con alegría también, ansioso por la idea de volver a ver a mis padres después de tanto tiempo.
Con el Bryan no habíamos vuelto a Antofagasta desde la ceremonia de titulación en marzo, y les habíamos dicho a nuestras familias que no iríamos para las fiestas porque había sido imposible organizar los tiempos, así que la idea era sorprenderlos cuando nos vieran llegar.
El Bryan me ayudó a preparar mi bolso, que más que ropa, llevaba los regalos para mis seres amados en el norte, aparte de útiles de aseo. Mismo caso con el bolso de él.
En la tarde, el Bryan me acompañó caminando hasta el hospital, ya que no me iría en la bicicleta como todos los días, porque al otro día nos iríamos directo desde el hospital al terminal, y no queríamos dejar la bicicleta ahí botada en el hospital.
El turno estuvo bastante tranquilo durante la noche, pero cerca de las siete de la mañana empezó a aumentar la llegada de pacientes por un choque de dos vehículos que resultó en volcamiento. El atender esa emergencia nos llevó mucho trabajo y tiempo, y cuando eran ya las ocho, mi horario de salida, no pude retirarme. La emergencia ameritaba que continuara en mi trabajo hasta controlar la situación, mientras el Bryan me llamaba al celular y no le podía contestar. Cuando ya eran las 8:45 recién me desocupé y llamé de inmediato al Bryan por celular.
—Perdóname por no salir antes, estaba muy cuático todo —me disculpé con el Bryan.
—Tranquilo, estoy aquí afuera esperándote —me respondió calmado.
Me di una ducha rápida, me cambié de ropa y salí a encontrarme con el Bryan. Nos saludamos con un fuerte abrazo, lo que me hizo sentir de golpe el cansancio de la jornada laboral, y me dieron ganas de irnos a la casona y dormir por horas, abrazados en la cama.
Llegamos al terminal y tomamos justo el bus que salía a las 9:30. Una vez nos embarcamos, comencé a verbalizar la ansiedad.
—No vamos a alcanzar —le dije al Bryan.
—Tranquilo, sí alcanzaremos —me intentó calmar.
—Debiste haberte ido a Puerto Montt nomas, por último yo me quedaba acá.
—¿Cómo se te ocurre? —se rió—. No te voy a dejar botado —dijo, e intentó calmarme con un abrazo.
Me dejé tranquilizar por él, ya que no había nada más en nuestras manos que pudiésemos hacer. Me quedé dormido antes de llegar a Chacao, y desperté cuando llegamos al terminal de Puerto Montt.
—¿Cómo dormiste? —me preguntó el Bryan.
—Mas o menos —sentía como si solo hubiera pestañeado.
El bus llegó a destino diez minutos antes de la hora planificada, así que nos daba un poco de esperanza de poder alcanzar a tomar el avión. Tomamos un taxi en el terminal faltando veinte minutos para el despegue de nuestro vuelo, pero el tráfico nos detuvo por mucho tiempo, y llegamos al aeropuerto a las 11:50, rogando por un atraso en el despegue del avión.
Lamentablemente el avión ya había despegado, así que perdimos nuestro vuelo. Preguntamos si era posible embarcarnos en algún próximo vuelo, pero en la aerolínea nos dijeron que estaban todos los vuelos reservados, que nos podrían poner en lista de espera, pero en esas fechas era difícil que corriera la lista. Finalmente nos ofrecieron volar hasta Santiago, que había un vuelo disponible en la tarde, pero que no tenían asientos disponibles en vuelos hacia Antofagasta. Tomamos el vuelo ofrecido, que salía a las 7 de la tarde, y al aterrizar en Santiago tuvimos que buscar alguna posibilidad.
Había un vuelo que salía a las once de la noche, pero solo había un asiento disponible.
—Si quieres lo tomas, estás más cansado que yo —me ofreció el Bryan.
—¡No! —respondí tajantemente—. Vamos a viajar juntos.
Finalmente nos encontraron asientos disponibles en el vuelo del mediodía siguiente hacia Antofagasta, así que pasamos la noche en el aeropuerto esperando.
Buscamos un rincón en la sala de espera, ya que los asientos estaban la mayoría ocupados por gente durmiendo, separados entre sí por un asiento (el derroche). Nos abrigamos un poco, y el Bryan me dio un abrazo.
—Perdona por hacerte pasar por esto —le dije, sintiéndome culpable por la travesía.
—No te preocupes, Larry —me tranquilizó con una sonrisa que reflejaba su cariño por mí—. Aparte, ha sido entrete igual, andar corriendo para todos lados, buscando alternativas de vuelos… no puedes negar que ha sido adrenalínico.
El Bryan tenía tendencia a ver el lado positivo de las cosas.
—Si, tienes razón —me reí—. No habría sido lo mismo sin ti —reconocí, y le di la mano, entrecruzando nuestros dedos.
Él siempre aceptaba esas muestras de cariño, sin importarle donde estuviéramos. Nos podíamos tomar de las manos, abrazarnos cariñosamente, e incluso, darnos un tierno beso en público sin que él se espantase.
Él apoyó su cabeza en mi hombro, y yo apoyé la mía en la suya. Nos quedamos mirando el enorme árbol de navidad que adornada el aeropuerto a lo lejos.
—¿Estás nervioso? —le pregunté al Bryan, después de unos minutos de silencio, y un leve apriete con sus dedos me indicó su respuesta.
—Un poco —respondió—. Mucho.
Resulta que el Bryan me contó que había salido del closet ante sus padres la noche anterior a viajar a Chiloé. Durante la cena les anunció que estaba muy enamorado de una persona y que iba a hacer lo imposible por estar con él (yo).
—Karen siempre me pareció una muy buena chica, nunca entendí por qué terminaron —había comentado su padre, pensando que se refería a su ex polola.
—No estoy hablando de la Karen —le respondió el Bryan, mientras el Pedro, su hermano, lo miraba con orgullo—. Estoy hablando del Larry. Mañana me voy a Chiloé a verlo.
Un silencio se hizo en la mesa del comedor. Su padre estaba atónito, con el puño cerrado sobre la mesa, mientras su madre bajaba la mirada. El Pedro estiró la mano para tomar la suya, en señal de apoyo.
—Si piensas que él es el indicado, puedes hacerlo —dijo su madre después de unos minutos, tras aclararse la garganta—. No te puedo decir que no lo hagas. Eres mi hijo, y te amo. Te amamos.
Su padre permaneció en silencio, hasta que se levantó de la mesa, diciendo un escueto “permiso”, y se fue a su habitación.
—Tú sabes cómo es —dijo la madre, intentando tranquilizar a su hijo—. Le cuestan un poco estas cosas, pero se le pasará.
Al día siguiente el Bryan se quiso despedir de su papá, antes de partir al aeropuerto, pero él seguía encerrado en su habitación, así que se había ido al sur sin despedirse.
Por eso el Bryan estaba nervioso. Volvería a ver a su padre después de mucho tiempo, y no estaba seguro de cómo reaccionaría. Si bien, habían hablado por teléfono de vez en cuando durante los nueve meses de distancia, la prueba de fuego sería en vivo y en directo.
—Todo va a salir bien —intenté tranquilizarlo—. ¿Quieres que te acompañe mañana cuando vayas por primera vez a tu casa?
—No, prefiero estar solo con ellos. Si mi papá te ve quizás le dará un ataque —sonrió sin ganas.
Nos acomodamos en el piso, acostados usando nuestros bolsos como almohadas, y nos pusimos a dormir.
Al día siguiente, tomamos el avión pasado el mediodía, y aterrizamos en la ciudad cerca de las tres de la tarde. Tomamos un transfer y cada uno para su casa.
Cuando entré a mi hogar, sorprendí a mis padres que estaban haciendo sobremesa después de almuerzo. Se levantaron emocionados al verme llegar de sorpresa y me abrazaron con amor.
Mi madre me sirvió un plato de ensalada con atún, un almuerzo liviano ya que en la noche habría una cena más contundente.
—¿Y el Bryan?, ¿se quedó allá? —me preguntó mi papá, cuando mi mamá tomaba asiento en la mesa con nosotros.
—No, viajamos juntos. Fue toda una odisea —les expliqué todo el drama del viaje y ellos se mostraban preocupados y entretenidos por mi forma de contar la historia.
—¿Va a venir a cenar entonces? —preguntó mi madre, entusiasmada.
—No sé si venga a cenar. Quizás viene mañana a pasar el rato —les expliqué que habíamos decidido que ambos pasaríamos la Noche Buena con nuestras familias, y luego el 25 nos visitaríamos.
Terminé de comer, y me acerqué al living para ver mejor el árbol de navidad. Estaba adornado con bolas de color rojo y dorado, y con fotos de la familia colgando de las ramas, la mayoría eran mías de cuando era pequeño, enmarcadas en un rectángulo de madera.
—Que bonito esto de las fotos —comenté—. ¿De dónde sacaron la idea?
—La Ale —le vecina de enfrente— me dio la idea cuando vino a conversar sobre las nuevas alarmas vecinales. Justo estábamos sacando las cajas de adornos cuando vino —me explicó mi mamá—. Dijo que su hermana ponía fotos familiares en el árbol. Le daba un toque personal.
Después de conversar harto, poniéndonos al día con nuestro año laboral, ayudé a mis padres a preparar la cena (carne al horno con puré de papas), y ya cerca de las diez de la noche nos sentamos a cenar, con villancicos como música ambiental, y luego fuimos a abrir los regalos. Mis padres me habían comprado un libro como regalo de navidad (“Te Daría el Mundo”), y una polera con el logo de la plataforma 9¾, y además me entregaron el regalo de cumpleaños, que me habían comprado, pero obviamente no me lo entregaron por la distancia. Pretendían guardarlo hasta que viniera a visitarlos. Era un libro sobre cine.
Estuvimos disfrutando y compartiendo el resto de la noche, felices de poder estar juntos nuevamente en una fecha tan especial como la navidad, dándonos cariño amor y respeto.
A medianoche, antes de acostarme a dormir llamé por teléfono al Bryan.
—Feliz Navidad —le dije apenas contestó.
—Feliz Navidad para ti también, Larry —me deseó genuinamente.
—¿Todo bien allá? —pregunté con curiosidad.
—Todo bien —respondió escuetamente—. ¿Mañana nos vemos en tu casa y luego en la mia? —propuso.
—Esta bien —acordé, feliz de que ya tuviera todo planificado.
Nos deseamos buenas noches y me dispuse a dormir.
Al día siguiente, el Bryan vino a mi casa. Saludó con nerviosismo a mis padres, quienes lo recibieron con un afectuoso abrazo.
—¿Cómo has estado, Bryan? —le preguntó mi mamá.
—Bien, tía, ¿y usted, ustedes? —respondió él, dirigiéndose a mis padres.
—Muy bien.
Mi papá le dijo que tomara asiento, mientras yo fui a la cocina a buscar algo para comer y beber. Al volver, el Bryan ya estaba más relajado, conversando con mis padres como lo hacía siempre cuando venía a mi casa a estudiar.
Me senté en el brazo del sillón al lado del Bryan, para no interrumpir su plática.
—¿Y ustedes están… pololeando? —preguntó con curiosidad e indiscreción mi padre.
El Bryan se volteó a mirarme con complicidad, y respondimos al unísono.
—Si.
Mi mamá se alegró mucho y se levantó a abrazarnos de inmediato. Mi papá fue más sobrio pero de todas formas se alegró mucho por nosotros.
La verdad era que yo ya le había contado a mi mamá sobre lo que pasaba con nosotros en líneas generales, pero nunca le había dicho como había sido todo. Durante la segunda semana de julio con el Bryan habíamos ido a visitar el Fuerte Ahüi. Salimos en la mañana con buen clima, le pedimos prestadas un par de bicicletas a la Señora Cecilia y partimos. Ya a mediodía el clima cambió y comenzó a llover torrencialmente. Por suerte llevábamos ropa abrigada e impermeable, pero no fue suficiente. El agua caída formaba barro a nuestro alrededor y hacía intransitables algunos caminos.
Llegamos al Fuerte cerca de las 2 de la tarde, agotados y ya casi sin ganas de nada, pero igual nos dedicamos a recorrer y conocer el lugar (hermoso, por lo demás). A nuestro regreso, el Bryan estaba muy agotado, así que se detuvo a un costado del camino, dejó la bicicleta tirada y se sentó sobre una roca.
—¿Qué pasó? —le pregunté preocupado, bajándome de mi bicicleta y sentándome a su lado.
—No puedo más. Estoy muerto —dijo casi sin aliento.
—Sí puedes, dale, no te rindas —intenté motivarlo. Él negó con la cabeza y yo solo atiné a abrazarlo—. Nos quedaremos aquí hasta que tú quieras.
Después de unos segundos nos dimos cuenta que ya no llovía, no sabíamos cuándo había parado, pero al menos había dejado de llover. Levantamos la mirada y pudimos recién apreciar el lugar donde el Bryan había decidido detenerse. Era un mirador, desde donde podíamos ver un valle frente a nosotros, con dunas irregulares llenas de árboles y arbustos frondosos. Por aquí y por allá se veían algunas construcciones: Casas, cabañas e incluso una iglesia en la lejanía, y al fondo, donde las nubes comenzaron a dar espacio a los rayos del sol, se formaba un arcoíris.
—Qué lindo —comenté impresionado.
—Si —concordó el Bryan.
Nos quedamos ahí abrazados, mirando el paisaje frente nuestro, por un largo rato. Comenzamos a conversar y luego sacamos de la mochila nuestros bocadillos que habíamos preparado para el día. Sacamos el termo, tomamos té mirando la postal y disfrutando de nuestra compañía.
—No puedo creer que me haya aweonado tanto —dijo ya más tranquilo el Bryan.
—Tranquilo, yo estuve a punto. Si no te hubieses parado acá, yo me paraba más adelante y quizás no hubiéramos tenido esta vista —dije intentando subirle el ánimo—. Incluso cuando no lo sabes, haces las cosas bien —le tomé la mano y lo miré a los ojos, inspirado por el escenario que tenía en frente—. Bryan, yo sé que en este tiempo desde que llegaste he sido súper ambiguo contigo, y tú has sido súper paciente y respetuoso para no presionarme y exigirme definir lo nuestro. Te juro que me gustas de verdad, y que si bien, hemos tonteado un par de veces desde que llegaste —nos reímos con complicidad—, no ha pasado más allá de eso. Quiero estar contigo, hacerte feliz y acompañarte a otro nivel, más allá de la amistad. Bryan, quiero ser tu pololo, ¿me aceptas?
El Bryan sonrió y se acercó a besarme, con pasión y cariño.
—Obvio que te acepto —respondió—. No pudiste elegir un mejor momento —agregó con una sonrisa.
Mis padres escucharon atentamente la versión resumida de la historia, donde omitimos que ambos nos sentíamos pésimo y que por eso nos habíamos detenido.
—Espero que sean muy felices —nos deseó mi papá.
Con el Bryan subimos a mi pieza un rato, me acompañó a terminar de arreglarme para ir a su casa.
—Hace rato que no estaba acá —comentó mientras se acercaba a abrazarme.
—Igual yo —concordé—. Casi no la reconozco —dije antes de besarlo.
Él sacó de su mochila un paquete envuelto en papel azul navideño. Y me lo entregó.
—Feliz Navidad, Larry. Te amo.
Se lo recibí con un abrazo, y antes de abrirlo, de dentro de mi bolso saqué un paquete un poco más grande, envuelto en papel rojo y se lo entregué.
—Feliz Navidad también, Bryan. Te amo más.
Nos sentamos en mi cama y abrí primero el regalo que me dio él. Era un BluRay set con la saga de películas de Harry Potter.
—¡Te pasaste! —dije sorprendido—. Gracias, gracias, gracias —lo llené de besos.
—De nada —respondió con humildad, y se dispuso a abrir mi regalo para él. Era un libro con las portadas de los comics Marvel más importantes—. ¡Wow!, ¡está genial! —dijo con alegría, y me dio más besos de agradecimiento.
Arreglé mi mochila, donde llevaba un regalito para el Pedro, el hermano del Bryan, y bajamos. Le pedí el auto a mi papá y nos fuimos. En el camino, el Bryan me contó cómo había sido su reencuentro con su padre. Dijo que lo recibió con los brazos abiertos.
—Desde el minuto que me fui se arrepintió de no haberse despedido de mí. Dijo que no pensaba que lo del viaje a Chiloé fuera verdad, o que durara tanto tiempo. Igual cuando estaba allá hablamos por teléfono un par de veces, pero nunca me pidió perdón ni nada, como que omitía todo. Pero ayer llegué y me abrazó muy fuerte, y me dijo que me amaba, que lo perdonara por haber sido tan frío, pero que la revelación le había llegado por sorpresa. Que cando el Pedro salió del closet fue distinto, porque igual sospechaban de antes, así que estaban “preparados”, en cambio conmigo no sospechaban nada —me contó—. No supo como reaccionar.
Le tomé la mano en señal de apoyo y llegamos a su casa.
Sus papás me recibieron de muy buena forma, y el Pedro apenas me vio se lanzó a abrazarme.
—¡Larry te eché tanto de menos! —me dijo con alegría.
—Yo también, Pedrito —le respondí sinceramente—. Te ves guapo así.
Pedro, que acostumbraba a usar el cabello alborotado, ahora lo tenía muy corto y ordenado.
—Gracias, Larry —sonrió ante mi cumplido.
El Pedro subió a su habitación y volvió con un pequeño regalo para mí.
—Mi hermano me había dicho que vendrían, así que te compré algo —me entregó el regalo.
—Gracias —dije muy sorprendido por el gesto—. Yo también te traje algo.
Saqué de mi mochila un regalo de dimensiones similares al que él me había regalado. Ambos abrimos nuestros regalos y nos sorprendimos al ver que eran muy similares. Él me regaló un tazón con diseños de la bandera LGBT+, y yo le había regalado uno de un grupo de K-Pop, que él amaba.
Nos pusimos a conversar, y más tarde llegó el Victor (pololo del Pedro), y tomamos té todos juntos.
Ya cerca de las diez de la noche, el Bryan me dijo que si quería salir a caminar un rato y yo acepté.
Salimos al tibio aire de verano nortino, ambos muy livianos de ropas. Él cruzó su brazo por mi espalda y lo apoyó en mi hombro, y yo apoyé el mío en su cintura.
—Es tan raro volver —comenzó a decir—, después de tanto tiempo.
—Si… —concordé—. Nos fuimos siendo amigos, y ahora volvimos siendo pololos.
—El próximo año vamos a volver casados y al siguiente volveremos con dos hijos adoptados —comentó en broma.
Me quedé en silencio un rato, con la imagen de su broma en mi mente. Continuamos caminando hasta llegar a un pequeño parque a un par de cuadras de su casa. Los pocos árboles presentes en el lugar habían sido adornados con luces blancas, lo que les daba un aire navideño al lugar, sumado a las miles de luces que parpadeaban desde los hogares aledaños.
En la calle y en el mismo parque habían muchos niños, de distintas edades usando los regalos que les había traído el Viejito Pascuero la noche anterior. Desde bicicletas y patines, hasta pelotas de fútbol, autos a control remotos y muñecas.
—Sabes que no soy muy bueno con los niños. No creo que quiera ser padre alguna vez —le expliqué, al sentarnos en una banca que estaba desocupada y alejada del resto.
—Si sé, Larry —me acarició la mano—. Era una broma —se quedó en silencio unos segundos mirándome con una sonrisa—. ¿Eso quiere decir que te quieres casar conmigo? —me preguntó emocionado.
Me sonrojé antes de responder.
—Me encantaría casarme contigo, Bryan —respondí sinceramente—. Pero en primer lugar, acá no podemos; y segundo, es muy luego para casarnos. Llevamos apenas seis meses pololeando.
—Si sé —aceptó fingiendo resignación—. Pienso lo mismo. De hecho, quizás llegamos a viejitos, felices juntos y sin habernos casado nunca.
Nos quedamos ahí sentados conversando, mirábamos a los niños jugar y recordábamos nuestras navidades de cuando éramos pequeños. El Bryan creyó reconocer a los hijos de unos antiguos amigos entre los niños, pero no estaba seguro.
Estábamos tan cómodos y relajados conversando que no nos dimos cuenta cuando ya había pasado la medianoche.
—Mañana tenemos que levantarnos temprano —dijo él, anunciando que teníamos que volver a su casa—. Tenemos el vuelo, recuerda.
Asentí y me puse de pie para retornar. Él volvió a posar su mano en mi hombro y yo posé la mía en su cintura.
—Fue un bonito fin de semana —comenté—. Feliz lo repetiría por el resto de mi vida contigo.
El Bryan me besó en la sien en señal de concordancia, y continuamos nuestro camino rumbo a su casa.
AVISO:
Ya que Tumblr no nos deja ni siquiera subir un GIF no pornográfico para acompañar los relatos, iremos subiendo los nuevos relatos en:
https://erraticosrelatos.wordpress.com/
Como también iremos agregando los viejos relatos que Tumblr eliminó.
Ok, ordinaria la URL y el diseño, pero estamos trabajando en ello.
Aquí solo avisaremos cuando los nuevos relatos estén listos.
VI. La enfermedad del Diablo
Para ver la lista completa de capítulos, haz click aquí.
El gusto amargo de la boca iba aumentando con el paso de los días. Se sentía ahí, en los ojos, en las paredes blancas y también en el aire. Habíamos llegado a la cúspide de la recta y la montaña rusa ahora sólo podía hacer una cosa: caer, caer hacia el fondo, hacia lo desconocido, hacia nuestros propios vacíos. Los malestares de Sr Cuico empeoraban y los “aislamientos” recurrentes de los médicos ya no me permitían quedarme con él. Las veces que lográbamos hablar por teléfono eran cada vez menos y su voz se hacía débil y opaca, dando la sensación de querer rendirse con todo.
La ansiedad me hacía ver nuestra foto cada 15 minutos. Pensé en ponerla como fondo de pantalla del celular y así evitar la paja de estar desbloqueando el móvil a cada rato, pero desistí porque iba a ser muy chulo. ¿Aunque qué importaba? La abstinencia a su cuerpo me estaba matando poco a poco, lo quisiera o no. ¿Por qué reprimirme entonces de esos pequeños goces, si iba a morir de todas formas? También escuchaba sus audios antiguos, esos donde se oía un poco más alegre, más animado, con un poco más de certezas sobre una posible vida feliz juntos. Les daba play, se acababan, los volvía a escuchar. Me tapaba con las sábanas y trataba de dormir, pero el miedo siempre era más fuerte. ¿Cuánto más resistirías, Sr. Cuico?
Todo se resumía a probabilidades ínfimas, y yo nunca he sido una persona de mucha suerte. De hecho, nunca apuesto a nada porque sé que voy a perder. Es un designio, un axioma, un como-quieras-llamarle. Soy mejor en los juegos de destreza, en los de ingenio, en los de Nintendo o hasta en los de eructos. Pero no en los de cosas tan azarosas como una ruleta, una tirada de dados o una orgía prohibida, donde el resultado no depende de ti, sino que de lo que sea que los surcos del espacio y el tiempo tramaron en silencio. Aunque en este caso, el problema no era ser poco afortunado, sino que unir a dos personas poco afortunadas queriendo ser afortunadas juntas; haciendo oídos sordos a sus propias contradicciones y anhelando superar la barrera de lo posible: dejar de ser humanos.
POSTULADO DEL INFORTUNIO
Entonces, un día cualquiera de un mes cuando ya no era verano de 2017, en Santiago, recibí estos mensajes:
01:33:57: Tengo algo que se llama Enfermedad del Diablo. Es una condición autoinmune que hace que mis células se inflamen y ataquen mi propio cuerpo. Lo tiene 1 hombre entre 99.999.999 sanos. Es genético, y de por vida. No debería causar ningún problema si tomo los remedios, excepto si llego a contagiarme… si llega a pasar, moriría antes de 3 meses con los pulmones llenos de líquido.
01:35:55: Hoy fue mucha información. Y además de que de verdad me pidieron minimizar la exposición a gente, necesitaba pensar qué hacer.
01:37:27: Necesito pensar. Tengo susto.
01:37:44: Lo siento. Me siento maricón, pero tengo susto.
***
Yo también, Sr. Cuico.
Yo también tengo mucho susto. ***
CONTINUARÁ…
Charles Demuth, Four Male Figures, 1930, watercolor
Depto 109
Antes de salir del colegio, mi vieja se metió en un crédito y compro un departamento en providencia (Santiago) para cuando yo me viniera a estudiar. El edificio es un edificio viejo, por ende, cuando me vine a vivir acá, vivían puros viejos y mis roommates y yo éramos los únicos jóvenes del edificio. Con el paso de los años. Los viejos se fueron yendo y el edificio empezó a poblarse de gente más joven con los que daba gusto conversar, e incluso hacer algunas buenas migas. Al quinto año de vivir en el depto (piso 7) mis roommates migraron y me quedé viviendo solo, así que decidí adoptar un perro. Cómo buen humano, lo saco a pasear varias veces al día (4 en total) y con esos paseos, empecé a encontrarme con más gente que vivía en el edificio. Al 6to año, mi perro ya estaba full educado, así que nuestros paseos eran ya la rutina de todos los días. El paseo de la noche era el más entretenido, sobre todo los fines de semana, cuando desde el patio del edificio podía ver lo que pasaba dentro de los departamentos del primer piso, y el 109 daba justo al pasto dónde a mi perro le gustaba hacer sus necesidades, así que todas las noches pasaba harto rato afuera de su ventana, pero el depto estaba desocupado. Un día sábado de febrero, alguien se estaban mudando, por lo que había un camión de mudanzas en el estacionamiento y harta gente entraba y salía del edificio acarreando cosas, habían llegado vecinos nuevos al 109. Ese día en la noche, como era habitual, saqué a mi perro al baño, y se escuchaba música y harta gente, estaban haciendo un carrete de inauguración en el dpto 109. Aproveche de mirar y habían como 7 hombres y 3 mujeres carreteando y fumando, conversando y cargándose de la risa. Al día siguiente, cuando saque a mi perro en la tarde. Me encontré con todo el grupito saliendo del depto, ya se iban a casa, los pude ver mejor, estaban hechos mierda, habían carreteando toda la noche, y recién se iban yendo a sus casas. Todos eran medios musculines y las tipas muy fitness. Cuando salí en la noche al paseo habitual, miré por la ventana y en el living, estaba quien lo había arrendando, un tipo de pelo castaño claro, maceteado, muy fibroso, de brazos anchos. Estaba sin polera y con un traje de baño, tomando algo que parecía una piscola de lo que había sobrado del carrete de la noche anterior. Desde ese día, mi rutina en la noche ya no era sacar al baño a mi perro, sino que ir a mirar al vecino del 109. Pasaron los meses y me lo encontraba casi día por medio en la noche, en su living, viendo tele, o haciendo ejercicios, o con con más amigos. Un día, estaba con una mina, las cosas se pusieron calientes y se la empezó a comer, le estaba sacando la ropa, y miró para afuera y me vio mirándolos, él sonrió y siguió con lo suyo. Avergonzado, no pude seguir mirando, así que agarré a mi perro y subí a mi dpto. Después de ese día, el vecino cachaba que yo lo iba a mirar, así que se ponía todos los días a hacer ejercicio en el living y solo con boxers. Para mí era un show gratis, y babeaba por él. Varias veces lo veía con minas y a él le gustaba que lo viera, así que un par de veces me quedaba mirando desde el patio por la ventana a través del visillo, imaginándome que yo era la mina que se estaba tirando, después subí y me corrí una paja con esa película en mi cabeza. Pasó un año de esta rutina voyerista en que lo veía haciendo ejercicio, o tirándose a minas en el living de su casa, pero un día, parece que la mina que llevó a su dpto, se le puso difícil y le armó un pequeño escándalo, se escuchaba como discutían y de repente un portazo, la mina se había ido y lo había dejado solo, ese día las cortinas estaban abiertas, y me vio mirando por la ventana, se acercó y me dijo Vecino: psst, quieres venir? Yo: qué? Vecino: que si quieres venir a mi dpto, te invito unas chelas Yo: no puedo, estoy con mi perro Vecino: pero anda a dejarlo y nos tomamos algo Yo: hmmm… No tomo cerveza (muy hueona mi excusa, si babeaba por ese hueón) Vecino: jajaja okay, pero igual tengo pisco y vodka, tú eliges. Yo: sonreí, oka, voy y vuelvo Así que subí, deje a mi perro y baje al 109. Toque el timbre y me abre él, sin polera y con un traje de baño. Vecino: Hola, soy Gustavo, un gusto Yo: hola, soy Matías Gustavo: pasa Pase y en la mesa del comedor tenía cervezas, pisco, vodka, Coca-Cola, tónica y jugo de naranja, dos vasos y hielo. Gustavo: ¿qué quieres tomar? Yo: una piscola está bien. Me sirvió una piscola, que se veía cabezona y él abrió una lata de cerveza y la sirvió en el otro vaso. Mientras servía su cerveza me dice Gustavo: así que te gusta mirar, eh? Yo: eh… (Me puse rojo y me bajó todo el nerviosismo) un poco Gustavo: está bien, si igual es rico mirar cuando hay algo bueno que ver. Yo: jejeje (me reí tímidamente y me senté en el sillón con mi piscola) Gustavo: igual cacho que te gusto un poco, si me miras todos los días hacer ejercicio y otras cosas por la ventana (sonrió) Yo: parece que a ti igual te gusta que te vean Gustavo: si, encuentro rica esa sensación, calentar a alguien que no está involucrado en lo que está pasando. Yo: demás, a mi igual me da pudor que me vean hacer cosas íntimas (mirando al suelo con expresión de vergüenza en la cara) Gustavo: y te gusta esto? (Dejó el vaso de cerveza en la mesa levantó uno de sus brazos sacando músculo y con la otra mano se acariciaba el abdomen marcado) Yo: si, eres muy guapo Gustavo: (se acercó a mí) toca Muy nervioso, con una mano le toqué el brazo y con la otra los pectorales, tenía todo muy duro, como si fueran de fierro y estaba un poco sudado por el calor que hacía, se me paró al toque. El me agarró de los brazos, me levantó y me chantó un beso. Era un beso torpe, no besaba bien, pero su cuerpazo lo compensaba. Lo rodee con mis brazos y acerqué mi cuerpo al de él, era un poco más alto que yo, y aproveche de tocarle el culo, lo tenía redondito, duro y súper parado. Cómo nos acercamos, el noto mi erección. Se separó un poco y empezó a manosearme por sobre el short que tenía puesto. Con la otra mano me sacó la polera y quedamos en igualdad de condiciones. Gustavo: te gusta? Yo: (medio atontado) si Gustavo: igual podrías hacer un poco más de ejercicio y ser como yo Yo: (full avergonzado por ser tan flaco) igual hago ejercicio de pronto, pero nunca he podido sacar músculos. Gustavo: estás comiendo mal entonces, yo te puedo ayudar con eso (se sacó el short y quedó desnudo) Cuando vi esto, quede un poco decepcionado, su cuerpo era el de un atleta griego, pero la tenía chica, la tenía parada y dura, pero no superaba los 10 cms. Yo no la tengo grande (16 cms, promedio) pero al lado de la suya, la mía se vería amenazadora. Ante esto, lo volví a besar y pero mis intenciones ahora eran otras, ya no quería que me follara, yo me lo quería follar a él. Así que con el beso, empecé a jugar con su trasero de acero, con las dos manos le abrí los glúteos y empecé a pasar mis dedos por su ano, él empezó a jadear, parecía que lo estaba disfrutando, y eso me calentó mucho. Después de unos cuantos besos con mis dedos en su ano, me senté en el sillón y lo voltee, dejando su culo al frente de mi cara, lo agarré de la cintura y lo acerqué, metí mi cara entre sus cachetes y empecé a pasarle la lengua entre sus glúteos. El empezó a gemir y se inclinó más, abriendo naturalmente su trasero, así que quedé con mis manos libres, con una lo agarraba de las caderas y lo empujaba hacia mi, y la otra la pasé entre sus piernas y le agarre el pico y empecé a correrle una paja. El estaba mojado, su pene goteaba mientras yo intentaba meter mi lengua en su ano. El empezó a hacer presión con su culo en mi cara, así que lo solté de las caderas y con la mano libre que tenía, me baje el short y mis bóxers, fue difícil estando sentado, pero logré hacerlo sin sacar mi boca de su culo. Cuando logré quedar con el pico expuesto, deje de pajearlo, lo agarré de la cintura y lo senté encima mío. Mi pene quedó delante de él, con sus testículos uno a cada lado, y su pene sobre el mío, quedaron las cabezas tocándose. Con mi mano agarré ambos penes y empecé a corrernos una paja doble, él lo estaba disfrutando y empezó a mover la cadera. Habrá pasado un minuto así, mi pene estaba lubricado entero con su liquido preseminal, lo agarré de la cintura, lo levanté un poco, agarré mi pene y lo llevé hacia atrás, puse mi cabeza en su ano y con la otra mano en su cadera lo empuje hacia abajo, forzando mi pene dentro de él, en un solo movimiento, sin previo aviso. El dio un pequeño gruñido, le dolió, no estaba acostumbrado, pero ya no había vuelta atrás, intentó levantarse para que yo sacara mi pene de su culo, pero no lo dejé. Gustavo: compadre, me duele. Yo: cuando haces ejercicio intenso te duelen los músculos no? Gustavo: (medio confundido por mi comentario) si? Yo: y después te acostumbras a ese dolor cierto? Gustavo: si Yo: esto es lo mismo, te va a terminar gustando, así que quédate tranquilo Gustavo: (quejándose del dolor) ok, pero esto duele más Yo: shhhh.. quieto Con una mano le agarre el pene y empecé a correrle una paja nuevamente pero esta vez con movimientos muy lentos y cortos, sin mover el resto de mi cuerpo. Al rato, él empezó a disfrutar la paja y empezó a mover la cadera con la intención de que la paja quién le estaba haciendo fuese un poco más intensa. Cómo caché que ya no le dolía el culo, le solté el pico y lo agarré de las caderas y empecé a moverlo lentamente hacia arriba y hacia abajo, estaba súper apretado, y sentía que me estaba estrangulando el pene, pero se sentía rico tener a este musculín encima mío, con el que había fantaseado tantas veces estar en roles invertidos y ahora yo se la estaba poniendo. Después de un rato él empezó a moverse solo, ya no era necesario que lo guiará con mis manos en su cadera, así que volví a agarrarle el pico y mientras él se movía disfrutando mi pene en su culo, yo le corría una paja. Cuando el ya estaba completamente cómodo y dominando el ritmo, se levantó, se dio vuelta y se sentó encima mío frente a frente, con una mano se metió mi pene en el culo y siguió saltando encima mío. Cómo yo había sido la mayor parte de mi vida pasivo, sabía que es lo que se siente mejor, así que me hundí un poco en el sillón e hice que mi pene apuntará hacia su pubis dentro de él, justo donde está la próstata, el seguía subiendo y bajando y cuando logré esa posición, empezó a gemir cada vez más fuerte. Echó su espalda un poco hacia atrás, dejando sus abdominales completamente contraídos para no perder el equilibrio, mientras saltaba encima mío y jadeaba cada vez más fuerte. Pasó un rato y su pene sin tocarlo explotó y me baño en semen, el se quedó quieto, mientras su pico palpitaba, y botaba semen sobre mi abdomen. Esa escena me calentó demasiado, y también me quería ir, así que con mis manos agarré su trasero, lo levanté un poco y empecé a embestirlo desde abajo, fuerte y rápido, el solo gemía y mientras su pene seguía botando semen. No pasó mucho rato así, hasta que terminé dentro de él, con 3 estocadas fuertes vacíe todo mi contenido en su interior, él se acercó a mí, y me dio un beso. Yo estaba cansado, pero él se veía como si nada, estaba acostumbrado al cardio, así que de cansado no tenía nada. Cuando dejó de besarme, separó un poco su cuerpo del mío, con mi pene aún dentro de él, me miró y dijo Gustavo: hueón, te deje bañado Yo: si, un poco, y yo te dejé preñado Gustavo: jajaja pero ahora tú estás marcado, eres mío, mírate, tienes algo de mí en todo tu abdomen, pecho y cara. Con una de mis manos recolecté un poco de su semen que había en mi cara y lo lleve a su boca, él se rehusó en un principio, nunca había probado su propio semen, me miró con cara de “que onda?” Así que con mi otra mano le agarré la mandíbula, la abrí la boca y le metí mis dedos con su semen y le cerré la boca. Instintivamente el saco el semen de mis dedos con sus labios, le agarre la cabeza y lo acerqué hacia mí y lo besé. Yo: ahora tenemos algo en común. Gustavo: la wea freak, nunca había hecho esto, pero fue muy hot. Yo: siempre me imaginé algo distinto contigo, pero esto no estuvo nada de mal. El se levantó, fue a buscar su vaso de cerveza a la mesa del comedor y se lo tomó al seco, yo agarré mi piscola e hice lo mismo. Me puse la ropa, mi polera quedó empapada de su semen y me dirigí a la puerta Yo: bueno vecino, fue un gustazo conocerlo (con una sonrisa picarona) Gustavo: igualmente vecino Yo: espero que después me invites a tus carretes, no vivo muy lejos Gustavo: jajaja, igual tengo un par de amigos que se cacha que son medios hueviado. Yo: mejor todavía, en una de esas, podemos hacer un upgrade de este encuentro. Gustavo: en una de esas Yo: chao Gustavo: chao Subí por las escaleras para no encontrarme con nadie, porque iba pasado a sexo, con mi polera empapada en su semen, pero con una satisfacción cuática. Al día siguiente no lo vi, pero la semana después de eso, en uno de mis paseos nocturnos, lo pillé haciendo ejercicios nuevamente en su living, me acerque a su ventana y le pedí su teléfono, nos agregamos a WhatsApp y me dijo que el sábado de esa semana iban a venir unos amigos a carretear, y que estaba invitado. Así que después les cuento cómo lo pasamos en ese carrete.