Así como la calma precede a la tormenta, también predomina después de ésta. Digo esto después de una, la más intensa de mi relativamente corta vida.
Conocí lo que es una crisis existencial tal cual; me reconocí como el escandaloso que soy, el mismo que se puede reír días con el mismo chiste bobo, al que le pica el corazón con ver una acción sincera fallar.
Me reconocí como aquel que mira seguido al cielo para ver los puntitos blancos que la naturaleza nos da permiso de ver, y más en los los lugares que el ser humano no se ha entrometido. Y también me vi como aquel que se sigue emocionando con el mismo solo de una canción de Soda Stereo.
Aprendí que las mentiras son la mayor falta de respeto que pueda haber, y la sinceridad no a cualquiera se le puede confiar.
Y vaya, qué podré decir de aquella cosita loca llamada amor, sí, es algo único, no hay ni ha habido duda nunca, y no es nada escandaloso, dramático, extremista, ni mucho menos, no tiene por qué serlo, y el que así lo considere, pobre, no me puedo compadecer de él. Pero igualmente no hay comparación cuando uno se anima a querer bien, querer realmente con el corazón, con sonrisas, palabras y miradas~ , y sentir el exacto opuesto de aquella sensación, en fin.
Aprendí a ver al espejo, ver a la persona que más tiempo llevo conociendo. Le di algo de tiempo, de espacio, que fuese quién le diera la gana ser y hasta espacio de equivocarse, de aprender a las buenas o a las malas, ¿quién más podría merecerse esa oportunidad?
Y sí, pasó la hecatombe, mis respetos porque aún sigue ahí, cada mañana en el espejo, mirándolo con respeto y cierto cariño, a pesar de todo y aún sigue ahí con ganas de vivir, de hacer ruido, hacer y deshacer.
Ahí, ahí fue donde me reconcilié con él.