Recuerdo nuestra primera noche juntos.
Sentados frente a esas enormes pantallas, viendo un montón de notas que no se acomodaban.
Hartos, nos fuimos a dormir a mi cama.
A ninguno de los dos nos importó lo que pudiera parecer. Quedamos inconscientes en el momento en que nuestras caras cayeron sobre las almohadas, y despertamos muy tarde al día siguiente.
Después de eso, nunca ibas a dormir en tu cama porque pasábamos la noche entera en mi estudio.
Nadie parecía quejarse de lo que hiciéramos, como si no les importara que pasáramos todo nuestro tiempo juntos.
Finalmente, una noche pasó lo que tenía que pasar.
No fue impresionante, pero se sintió como algo que debíamos compartir, y logré comprenderte de una forma que no había imaginado.
Desde ese día empezamos a ser menos profesionales y más allegados.
Nuestras salidas al escenario se hicieron mucho más vigorosas también.
Estabas cada vez más viva y energética, y yo notaba de a poco que eres una mujer.
Que cuando nos conocimos dijiste que habías pasado más tiempo sola del que podías calcular.
Que eres más romántica que las canciones que tan bien interpretas.
Que tú, igual que yo, habías perseguido esta afinidad con alguien por toda tu vida, creyendo que no lo encontrarías nunca y que era sólo un cuento de hadas.
Pero fue difícil seguir ignorando nuestros compases perfectos, y nuestra sincronía en todo lo que hacíamos, y la comodidad que era tu cuerpo junto al mío durante la noche. Fue difícil no notar que todo eso se estaba volviendo indispensable en mi vida.
Al fin reuní el valor y te pedí hacer lo nuestro oficial.
Por un instante tuve miedo, de haberlo malinterpretado todo y haber construido un enorme castillo en el aire. Pero tu sonrisa, tu sonrojo y tus fuertes abrazos despejaron todos mis temores.
No quería salir nunca de la casa, porque en ella estabas tú. No me interesaba nada ni nadie si no contaba contigo. Había tanto que podíamos hacer ahora que estábamos juntos, como si hubiésemos obtenido una especie de poder ilimitado.
Jugábamos en los pasillos, corríamos por el jardín, componíamos en el estudio, y nos abrazábamos por horas en mi cama, sin hacer nada más que cerrar los ojos y disfrutar del tiempo. Éramos como niños con un nuevo juguete.
Las canciones que me cantaste. Los álbumes que me dedicaste. Los artistas que me recomendaste. Los duetos a los que me invitaste. Todos ellos dejaron una marca en mi corazón, y casi me hacían sentir endeudado contigo. Todo momento de mi día en el que escuchara tu dulce voz era un momento feliz.
Han pasado años desde esos primeros días. Años espectaculares que jamás podría olvidar.
Hoy sigo viendo a la misma chica hermosa que un día me dijo “yo también hago música”, en su departamento sucio y oscuro, vistiendo una pijama que tenía varios días en uso constante.
Sigo viendo a la misma chica hermosa que se quedaba dormida sobre mi hombro cuando teníamos que terminar una canción a altas horas de la madrugada y terminaba por dormir en mi cama, relegándome al suelo porque todavía no éramos tan cercanos.
Sigo viendo los mismos ojos llenos de una curiosidad juguetona y alegre que me invitan a vivir una aventura todos los días.
Sigo escuchando la misma voz angelical que se escondía detrás de filtros y sintetizadores por temor a no ser lo bastante buena.
Hoy sigo sujetando la misma mano que hace tiempo pedí en matrimonio, y sigo protegiéndola como mi tesoro más valioso, precioso como mi propia vida.
Después de cientos de canciones, espectáculos, días, noches, contratos, fechas límite y sesiones de ensayo.
Sigo escuchando un “yo también”
Cada vez que digo “te amo”.