Intento hacer mi mejor esfuerzo.
Te abrazo y te esfumas en el aire. Es verdad que en este mundo frío, el corazón de un poeta se excita cuando sus tristes ojos observan el callado nevar que cubre las calles sin reparar en daños, vamos, que el desdichado alimenta su concentración de la capa húmeda de sal que comienza a dejar sin color la ciudad.
Pero era diferente aquí. La tinta se conservaba tan bien. El color en las mejillas te abstenía de transcribir el ambiente, hacía tan buen tiempo que el lirismo por vez primera parecía una pérdida de tiempo. Retozar en el herbazal era la mejor oferta del día: sí, porque corrías y podías llegar a todos lados, porque de las agujetas al muslo te acariciaba el forraje, tan verde, tan coloro; pareciese como si al tacto te pudiese expresar cariño. Y tu mente, ah la mente. A esa pequeña nube no se le mantenía en el presente por nada del mundo, detenerla al hacer planes y visitas al futuro, era tan tonto como querer sacarle el aire caliente a un globo aerostático que se mira tan lindo allá arriba, tan inmenso, tan coloro.
Y aun así, sin avisar, pareciese que poco a poco se fuera apagando. La delicada nevisca comienza. Y no quiero, ¡y no la dejo! Salgo con mi sombrilla y me planto en medio del paraje, justo en medio. ¡Me rehúso!
- “No voy a entrar a la choza otra vez”. Pienso.
- “Y es que apenas ayer por la tarde comenzaba un nuevo juego”. Me repito.
- “Además no hace tan mal tiempo todavía”. Me convenzo.
- “No me voy a mover”. Sonrío.
Y me quedo ahí, firme sobre mi idea. Al principio es muy divertido ¡he engañado al clima! Observo mis pies y todo parece estar en orden: el color aceituno de la hierba me mira con ternura, con sus bellas espigas siento como me susurra en cada poro lo agradecida que está por la sombra que le proporciono ante estos tontos copitos. Respiro hondo. Me relajo. Aparentemente todo va bien. Giro mi cabeza, de la peca del hombro izquierdo a la peca del hombro derecho.
- “Es correcto”. Me digo mientras me agarro los codos.
¿Los codos? ¡Caramba, que me ha dado frío!
- “¡Frío!”. Mis ojos se abren como dos grandes platos.
- “Pero… ¡¿qué ha pasado?! ¿Qué hace este color glauco sobre mi brillante herbazal?”
Me empiezo a desesperar. ¡Me quiero mover! Pero se ha formado un delicado círculo de sal alrededor de mí:
- “No me hagas esto, no me hagas esto”. Comienzo a pensar.
- “¡Déjame moverme!”. Principia la desesperación.
- “¡¿Por qué haces esto?!”. Le grito frustrada al cielo gris.
- “¡No te lleves mis colores!”. Y comienzo a llorar.
Caramba. Que estoy segura que no existe un color carmín tan escandaloso como el que se asoma por debajo del iris cuando intentas contener las saladas gotas de debilidad que se asoman por aquellas delicadas y acuosas ventanitas. Y sigue. ¡Y no para! Las reprimo y me muerdo los labios y me paso la muñeca con fuerza por los ojos para llevarme con la palma mis estúpidas ideas de querer salvar un millón de hectáreas con un paraguas… ¡Con un paraguas!
- “¿Pero por qué sigo sosteniéndote aquí?”. Lo aviento.
- “¡Y tú! ¡Tú tienes la culpa! ¡Te llevaste mis colores y estás mojando mi falda con tus descuidos!”. Bajo la mirada, pero no puedo contener la rabia y me giro nuevamente hacia arriba:
- “¡Jamás vuelvo a jugar afuera! ¡Me has lastimado y ya nunca vuelvo a salir!”. Me meto corriendo.
Desde la ventana he observado casi todo el día. He hecho enojar al cielo. Es una pena. Le he gritado tanto y me he enfadado tan estrepitosamente que me ha mandado una gran tormenta. Vuelvo a acomodar el mentón sobre las manos y sigo mirando con los codos en la mesa.
- “¡Ya sé qué hacer!”. Grito con mi mejor sonrisa.
- ”Yo me planto afuera, ¡le grito al cielo! Y le pido perdón. Ya está”. Me dirijo a la puerta.
Pues nada. Sigue frío allá y caliente aquí. El cielo no me ha escuchado porque estoy muy lejos. ¿De qué sirve el calor de los leños si no puedo hacer travesuras allá afuera? De nada. Pasa largo rato y nada. Y nada otra vez.
Muy pronto se ha perdido todo color allá afuera. Y todo es culpa del paraguas. Si tan solo hubiera sido uno más grande. Estúpida sombrilla. Me siento en el piso y abrazo mis rodillas.
- “El Sol me odia. Me ha abandonado”. Sollozo.
Me tambaleo y me dan ganas de vomitar. Me siento vacía y me duelen los hombros de tanto tensar el cuello. Quiero decirle al buen tiempo cuánto extraño su calidez y me temo que nunca vaya a volver. Ahora me siento en la cama y me quedo con la cabeza recargada en la pared para que Morfeo me abrace con su lindo aroma a tiempo.
En la mañana, siento un cosquilleo que roza mi mejilla izquierda, un vehemente rayo amarillo que se rehúsa a ser cubierto por la cortina. Me giro sobre la cama y la preciosa línea de luz que proviene de fuera me recorre lentamente al ritmo de mi movimiento desde la mejilla, por la oreja y se mantiene en mi cuello con la posición que he adoptado ahora. Como si una mano me tomara por la parte baja de la nuca y me obligase a despertar con su lindo tacto. Y me quedo sin respiración...
- “¡Mis colores! ¡Han venido a darme los buenos días!”
El vacío en mi pecho me recuerda por qué me he mareado anoche. Veo la pequeña cicatriz y le guiño un ojo:
- “Estás mejor allá afuera, ¿eh?”. Respiro aliviada.
Ahora llevo un peso menos sobre este saco de huesos, porque le he dejado al cielo un corazón necio y pesado a cambio de 35 días soleados por 30 de cada mes.
Desde las cuatro hasta que me marché del despacho.
Después de esa tonta pelea.