Esa manía tuya de llamar suerte a lo que en realidad es el amor que siempre has merecido. Como si no fuera fruto de tu luz, de tu bondad, de todo lo que ofreces sin pedir nada a cambio. No es suerte, es el reflejo de lo maravillosa que eres, de lo mucho que vales. Porque merecer amor no es azar, es la consecuencia de todo lo bueno que llevas dentro y que el mundo, inevitablemente, devuelve.
















